Belarmino y Apolonio

Part 19

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--Lo pensaré, señor Apolonio. Pero, aparte de la escapatoria, que va para largo, usted tiene algo más inmediato que pedirme. Hable sin reparos.

--Tiene usted, divina criatura, el alma clarividente; alma de sibila. Usted lee en mi pecho. ¿Qué necesidad tengo de hablar? Ahórreme el mal rato de tener que decírselo yo.

--O habla usted, señor Apolonio, o quédese con Dios, que no soy amiga de adivinanzas.

--Sea. Sus deseos para mí son un ukase imperial.--Apolonio continúa hablando, cohibido y a tropezones.--No es vanagloria, no es orgullo satánico; es la verdad. ¿Qué le voy a hacer yo? Soy un hombre infinitamente superior a todos los que viven de caridad en esta santa casa; a todos; no dejo afuera a ninguno. Superior por la familia; superior en posición económica; superior en inteligencia. Yo he recibido una educación académica. Yo uso zapatillas de piel de cabra; ellos, de orillo. Yo he estrenado un drama con inenarrable éxito. Yo tengo un estómago delicado.

--Esta última superioridad es la que todos le reconocen.

--A eso voy. Yo necesito beber agua de Vichy en las comidas. Yo comprendo que, cuando vamos en fila al refectorio, yo, el único, con mi botella de agua de Vichy en los brazos, todos los demás me envidian, y diré más, hasta me aborrecen. Cuánto darían ellos por estar enfermos del estómago y por tener un hijo canónigo que les enviase dinero para comprar agua de Vichy y otros lujos y antojos.... Yo podría vivir con mi hijo, si yo quisiera. Pero mi hijo prefiere que yo esté aquí, al cuidado de encantadoras vírgenes, como huésped distinguido, sin que me falte nada. Pues bien: me falta ahora algo. La última botella de agua de Vichy se me ha concluído ayer. La superiora me dice que no ha recibido dinero de mi hijo, para comprar más botellas. Me explico el olvido, porque mi hijo me decía en una de sus últimas cartas que iba a Madrid, a predicar en la Capilla real; fíjese usted bien, en la Capilla real, nada menos. No tendría cabeza para pensar en otra cosa; es explicable. Pero, ¿cómo voy a ir hoy, hoy, precisamente, día de Pascua, al refectorio, sin mi botella de agua de Vichy? ¿Qué no dirían los otros, sobre todo alguno que, por desprecio, no nombro? ¿Cuál no sería la humillación, la befa, el escarnio? No, no y no; antes la muerte.

--¿Y qué puedo yo hacer, señor Apolonio?

--A eso iba, celestial hermana Lucidia.--La voz de Apolonio tiembla.--Yo quería pedirle permiso para que me consienta coger una de las botellas vacías de agua de Vichy, e ir a llenarla con agua del grifo de los laureles. Nadie me verá ni nadie notará nada.

--¿Por qué no? Se lo consiento--responde la hermana, sonriendo plácidamente.

Sepáranse. Apolonio siente maravilloso alivio; se le ha evaporado una gran pesadumbre de encima del corazón. La botella de agua mineral es para él--puesto que él presume que lo es para los demás--una insignia jerárquica, un símbolo de superioridad. ¿Un símbolo, acaso, de superioridad económica? Desde luego; pero esto, para Apolonio, es lo secundario. Lo esencial es que la botella, con su contenido hidráulico y terapéutico, se manifiesta a los ojos de todos como prueba sensible de la superioridad intrínseca y corporal de Apolonio. Este orden de superioridad irrefragable consiste--él mismo acaba de decirlo alardosamente--en padecer una enfermedad del estómago; aunque es lo cierto que disfruta un buche de avestruz y que digeriría piedras volcánicas. Apolonio--por algo es _a nativitate_ autor dramático--supone que la dilección o preferencia de los dioses por algunas criaturas mortales se acredita mediante un estigma o tara original, y que los verdaderos héroes en la tragedia de la vida humana sufren y ostentan cuándo una, cuándo otra enfermedad o adolescencia de la carne, como marca sagrada que distingue al protagonista entre la plebeyez del coro. Apolonio había elegido para sí la dispepsia. Hubiera preferido una mancha sanguinolenta en la faz, como la hermana Lucidia; por eso ama y reverencia a la monja. Pero la dispepsia le basta para sus intenciones, que son ofrecer palpable contraste y parangón con Belarmino. Ya puede Belarmino encerrarse en silencio hermético y filosófico, dando a entender, con la sonrisa de sus labios delgados y sin color, que está, al cabo, por encima y a distancia de todas las cosas. ¿Quién le creerá? Belarmino digiere bien. ¿Cómo admitir que ha trabajado mucho con la cabeza, él, que no se ha puesto enfermo del estómago?

Y Apolonio, con talante trágico y miserable, como un hombre predilecto de las divinidades funestas, se dirige hacia el grupo que componen el señor Colignon con los viejos casi desencarnados en torno suyo. Visten los viejos todos lo mismo: trajes de sayal, color franciscano, de paño casero, tejido en los telares, a brazo, del Hospicio provincial por los nacidos anónimos para los muertos anónimos. A todos les cae el traje demasiadamente holgado, y hace pensar en una mortaja. Apóyanse en cayados de haya descortezada, lustrosa y marfileña, que parecen huesos mondados y antiguos. Hablan con voz temblona, sacudida, como las últimas y desfallecientes repercusiones de los ecos.

_Olalla_ (un viejo que fué borracho):--Buenos son los dulces, señor franchute, pa los neños y las muyeres llambionas. Convídenos a sidrina, señor; la buena sidrina con _panizo_[1]. ¡Cuánto fa que non la cato!...

[Nota 1: Panizo = burbujeo.]

_Monasterio_ (un viejo que vivió en Cuba):--¿Dónde estás, Olalla? Donde estoy, estaba. Pitillos, señor, aunque sean de los de mataquintos. El hombre es humo, y en faltándole el humo, ya no es nada.

_Larrosa_ (un viejo que fué lechuguino):--Una corbata, señor, una corbatina, de las muchas que le sobrarán en el guardarropa; y si pudiese ser azul persia, que es el color de moda.... Sólo los criados van sin corbata. Aquí tiénennos sin corbata, que es peor que no comer.

_Cillero_ (un viejo glotón):--Calla tú, silbante. ¿Adonde vas? Señor, las lentejas, y las judías y los garbanzos tienen coco. El queso está ratonado. Que lo sepa el excelentísimo señor Presidente de la Diputación. ¿Y carne? Pa agolerla. Juntando con un fuso, porque está desfilachada y en hebras, la que nos dan a todos, saldría, a lo más, a lo más, un ovillo no mayor que este puño.

_El señor Colignon_ (palpándose, satisfecho de reconocerse tan vivo y pingüe, en medio de las sombras quejumbrosas de los hombres pretéritos):--Bueno, bueno, mis queridos pequeños viejos; algún día ello lloverá sidra, cigarrillos, corbatas, un epatante solomillo....

_Bellido_ (el usurero):--Qué sidra, ni pitillos, ni corbatas, ni solomillo. A mí no me importa beber, ni fumar, ni andar en pelota, ni comer lentejas con guijarros. Yo no soy un borracho; yo no soy una chimenea; yo no soy un pisaverde; yo no soy un cerdo; yo soy un hombre honrado, trabajador y justo. Justicia, justicia. Yo quiero lo mío. No moriré tranquilo, señor Coliñón, hasta que no sepa que han dado garrote vil al bandolero de Hurtado, que me robó el fruto de mis privaciones. Y usté sabe, señor Coliñón, que Belarmino me debe dinero. Usté fué socio de Belarmino. Usté debe pagarme ese resto de crédito.

_Varias voces_:--El bandolero eres tú. Y ladrón. Cochino. Abrenuncio. Fétido. Hasta aquí se arregla para llevarnos las cosas, ya que no hay cuartos.

_Bellido_ (irritado y convulso):--Callaivos, manguanes. Son transacciones lícitas, negocios de buena ley. ¿Quién vos tiene la culpa de ser perros y gandules?

_Varias voces:_--Engaños. A mí llevóme una camisa. A mí unos brodequines. A mí los pañuelos. Y pecunia también la esconde, señor franchute. Tiene gato. Tiene gato encerrado. Yo bien sé donde se acobija. Una noche llevaráselo la garduña.

_Bellido_ (lívido, iracundo y amedrentado):--Salteadores. Unicornios. No tengo gato, no; ni gato ni liebre. Engañasvos. Vivo por el amor de Dios y de las buenas almas. Todos me robaron, y vosotros también, manguanes, que me pedís cosas emprestadas y luego me negáis los réditos....

En esto, como inflado navío de aparejo redondo, un navío de ensueño, aporta Apolonio en el grupo. La tempestad de los viejos se encalma. Los viejos se alejan.

Están a solas Apolonio y el confitero francés. Apolonio habla, con su acostumbrada prosopopeya. El confitero escucha, con su regocijo acostumbrado. Después de un rato de palique, el señor Colignon se encamina hacia el lugar en donde Belarmino ha permanecido sin moverse. El banco donde descansa Belarmino está emboscado en un macizo de laureles, al modo de muro en semicírculo. Por detrás del muro verde se oye un chorro de agua.

El señor Colignon se sienta al lado de Belarmino y le toma afectuosamente las manos. El francés, sin desasir las manos del amigo, habla, con su acostumbrada profusión. Belarmino escucha, con su mutismo acostumbrado y sonriente.

--¿Qué es lo que es aquello?--interroga el señor Colignon, solicitado por insólito revuelo y algarabía que se ha movido entre los viejos, al pie del casón. Belarmino ni siquiera vuelve la cabeza a mirar. Nada le inspira curiosidad. Pasa algún tiempo.

La hermana Lucidia se acerca al rincón habitual en donde se halla Belarmino, y le entrega un papelito verdiazul, plegado. Es un telegrama. Belarmino, con gesto resignado e indiferente, lo abre y lo lee. Pero, apenas lo lee, se pone blanco. Una lágrima palpita en el borde de sus pestañas. Se pasa una mano por la frente.

--¿Sueño? ¿Estoy soñando? Yo, ¿soy yo? No me facturan las beligerancias, la inquisición, el pongo y quito de los comensales. Resurréxit. Aleluya.

La hermana Lucidia jamás había oído hablar así, ni casi de ninguna otra manera, al taciturno Belarmino. Piensa que, súbitamente, se ha vuelto loco. El señor Colignon eleva los brazos al cielo, en actitud de triunfo y acción de gracias.

--A la fin, a la fin--exclama--, ella se deslía la dulce y deliciosa lengua de otras veces. Habla, habla, mi bien amado amigo.

Pero Belarmino, húmedos los ojos, la voz opaca, extiende un brazo, y dice:

--Ahora, no; ahora, no. Otro día hablaremos; hablaremos, mi muy querido señor Coliñón; hablaremos hasta que el corazón se nos derrita en saliva, y la saliva en palabras, y las palabras en el viento.

Levántase Belarmino y va a ocultar su emoción detrás del macizo de laureles.

La hermana Lucidia y el señor Colignon se retiran. Antes de marcharse, el francés busca a Apolonio; pero no le halla, y se va sin despedirse de él. Apolonio también ha recibido un telegrama. Luego de leerlo, había dicho a los demás asilados:

--Señores: soy un sátrapa; tengo ya más riquezas que el preste Juan de las Indias, Creso y Montezuma juntos. Os prometo erigir un palacio donde viváis y llevéis cada cual la vida que os apetezca.--Y ésta era la causa del revuelo y algarabía de antes. Los viejos zarandeaban a Apolonio, disputándoselo a tirones de chaqueta y formulando, desde luego, solicitudes para lo futuro. Apolonio recibe, embriagado de dicha y vanagloria, como falso ídolo, las preces de aquellos infelices. En esto recuerda que el agua de Vichy se ha concluído, y que tiene que improvisarla, de prisa y corriendo, para la comida, que es a la una de la tarde. Se zafa de sus compañeros; se escurre por un pasillo, en busca de una botella vacía; sale al jardín y da un gran rodeo, porque nadie sospeche la maniobra. Crúzase, por ventura, con la hermana Lucidia, y le dice, al paso, sin detenerse:

--Grandes nuevas han llegado. Nos uniremos en himeneo, ángel consolador. Nuestro tálamo estará labrado en sándalo; digo, ¡qué impropiedad!, en otras maderas preciosas y adornado con gemas orientales.

Ya está Apolonio en la fuente de los laureles, llenando con agua apócrifa la botella de agua de Vichy. Como la postura en cuclillas le resulta incómoda, da una vuelta, y... ahí, frente a él, mirándole de hito en hito, sonriendo con lástima--cuando menos a Apolonio se le antoja una sonrisa de lástima--, descubre a Belarmino en persona. ¿En persona? A Apolonio le flaquean las piernas. Cae de rodillas. Belarmino está en pie, callado e inmóvil.

--¿Eres Belarmino, o eres un fantasma ilusorio?--balbuce Apolonio.

Belarmino no rechista ni se mueve.

--Seas Belarmino, seas su cuerpo astral--prosigue Apolonio, en expansión irresistible de amor propio vejado--, te advierto que es verdad que padezco del estómago; que el agua de Vichy que siempre he bebido era agua de Vichy auténtica; que ahora no venía a llenar de agua la botella, sino a lavarla, porque la necesito para meter agua de Colonia, ya que debo emprender en seguida un largo viaje. Y si pones en duda mi palabra, que es palabra más que de rey, ¡ya quisiera Su Majestad...!, te reto en singular combate.

Y se pone en pie, empuñando la botella por el cuello. Por la frente dramática de Apolonio cruza un negro pensamiento. Ahí está Belarmino, desmedrado e inerme, a su merced. Un botellazo en la cabeza, y asunto concluído. Que luego le procesarían, ¿y qué? Con dinero se cohecha a los jueces. Pero antes de rematar a Belarmino, saciando así un viejo afán de venganza, cuyos motivos, por más que ha rebuscado, Apolonio no ha conseguido encontrarlos en su corazón, ocúrresele humillarlo, rebajarlo cumplidamente, haciendo que por primera y última vez le envidie.

--Toma y lee--dice, ceñudo, Apolonio, alargando despectivamente a Belarmino, como si fuese su sentencia de muerte, el telegrama que acaba de recibir.

Después de haber leído el telegrama de Apolonio, Belarmino saca de la chaqueta otro telegrama, que entrega a Apolonio. Luego abre los brazos, mira al firmamento, y suspira:

--Toma y lee. ¡Bendito sea Dios!

El telegrama de Apolonio decía: «De vuelta en Castrofuerte me informan que soy heredero de fortuna fabulosa. Iré a buscarle en seguida. Viviremos juntos una vida venturosa.--_Pedro_.»

El telegrama de Belarmino decía: «Estoy salvada. Pedro me ha salvado. El mismo Pedro le sacará de ahí y le traerá conmigo en seguida. Seremos todos felices.--_Angustias_.»

Belarmino se mantiene con los brazos en cruz: pero ahora no mira al firmamento, sino a Apolonio.

Apolonio vacila un segundo, nada más que un segundo. Una fuerza ineluctable, una exigencia del destino le lleva, también con los brazos abiertos, la botella en la mano, y en alto, agresivo, hacia Belarmino. Belarmino se adelanta a su encuentro. Apolonio y Belarmino... se abrazan en un abrazo callado, prieto, efusivo y fraternal.

--Nunca te he odiado; lo juro--dice Apolonio, al cabo--. Nunca te he odiado, aunque tú me despreciabas.

--Nunca te he despreciado--murmura suavemente Belarmino.

Es la primera vez que se hablan, y se tratan de tú con espontaneidad, porque en el misterio del pecho eran íntimos el uno del otro, desde hace muchos años.

--Yo te admiraba y te envidiaba--confiesa Apolonio, con rubor.

--Yo también te he tenido envidia--declara Belarmino, con franqueza.

--Eres como mi otra mitad.

--Sí, y tú mi otro testaferro. (Testaferro = hemisferio.)

--Ya estamos unidos. Qué dramas voy a escribir ahora. Tú serás mi inspirador, como Sócrates lo fué de Sófocles; al menos, Valeiro así me lo aseguraba.

Suena, lejos, la campana que llama al refectorio.

--Concluye de llenar la botella--aconseja Belarmino.

--Es verdad. Pero te aseguro que es la primera vez que hago esto.

--Ya lo sé.

Van del brazo, por el jardín de asfodelos, envueltos en la niebla dorada del sol, que produce una ilusión evanescente, como si aligerase la gravedad de las cosas materiales.

--Pero, ¿no estamos soñando?--interroga Apolonio, anhelante--. Apenas si toco la tierra en donde piso.

--Parece un sueño. El tetraedro es un sueño. Sólo es verdad el amor, el bien, la amistad.

Dentro de la casa, los asilados, en fila, están aguardando que lleguen Apolonio y Belarmino, a fin de ponerse al punto en marcha hacia el comedor y los pasteles.

--¿Por dónde andarán esos chiflados?--pregunta la hermana de los Dolores. Y sale en busca de ellos.

Al verlos venir del bracero, a lo largo de una vereda, la monja se santigua:

--¡Jesús, María y José! ¿Estoy soñando? ¿Qué milagro es éste? No es sueño, no. Es realidad.--Y añade, ya al par de ellos:--Gracias a Dios que se han reconciliado ustedes. El Señor les ha tocado en el corazón. Nada hay más sabroso que el perdón, sobre el resentimiento. Hoy, que es día de gloria, también yo me atrevo a pedirles que me perdonen. Hace ya años, y aunque con la mejor intención, yo les he hecho sufrir. Y algo peor: yo he contribuído, con mi aturdimiento insensato, a hacer desgraciada a Angustias, quizás a don Pedrito, y, desde luego, a ustedes. ¡Bien lo he pagado! Dios me perdonará. Perdónenme ustedes.

--¿Qué dice usté ahí, Felicita? No sea usté simple. Usté, sin saberlo, y por consecuencia de aquellos manejos de hace años, ha sido el _Deus ex machina_ de este día, el día más feliz de nuestra vida, de don Pedrito, de Angustias, de Belarmino y mía.

--Así es--comentó Belarmino. Y en seguida, meditabundo--. ¿Cuánto durará?

--Lo que nos resta de vivir--afirma Apolonio, accionando con rotundidad escénica.

Y le muestran a Felicita los telegramas. La hermana de los Dolores, invadida de congoja, casi desfallecida, se lleva las manos al corazón.

--A todos les ha llegado su hora de felicidad--bisbisea, como hablando consigo misma--. A todos, menos a mí. ¡Mucho premio me debe Dios en el otro mundo!

Ya están incorporados Apolonio y Belarmino en las dos filas de asilados. Ya se mueven las filas torpemente, con bastoneo, carraspeos y arrastrar de pies. Belarmino va andando, como siempre: con la cabeza baja, sonriente y ensimismado en su mundo interior. Apolonio, como siempre, ya desde su juventud, anda híspido, enhiesto el cráneo, con lentitud y prestancia pontificales. En los brazos, ostentatoriamente, conduce la botella de agua de Vichy, apócrifa, presumiendo que todos los demás contemplan con envidia aquel signo de distinción, testimonio de riqueza e indicio de dolor de estómago.

EPÍLOGO.

EL ESTUDIANTÓN.

Froilán Escobar, alias Estudiantón y Aligator, murió de hambre, lo cual cae dentro de la lógica inmanente de las cosas. Él mismo debió de vislumbrar el desastrado fin que le aguardaba, pues entre las notas y apuntes que dejó a su muerte leí esta sentencia: «El que consagra sus días a la busca y ejercicio de la Verdad, el Bien y la Belleza, es incompatible con la vida; por lo menos, con la vida tal como se nos ofrece en la sociedad presente. La vida moderna es la negación de la Verdad, el Bien y la Belleza; y, recíprocamente, la Verdad, el Bien y la Belleza son la negación de la vida moderna. De consiguiente, el que profesa en esta tres categorías, o renuncia a vivir, o se le tomará como revolucionario y anarquista.» Realmente, quien hubiera visto a Escobar, tan desgraciado de formas plásticas, tan desarrapado y cochambroso, jamás pudiera adivinar que el insigne Aligator había profesado en la categoría de la Belleza. Cierto que el infeliz aludía a la Belleza suprasensible y espiritual, que no a la física y perecedera. En fin, que fatalmente se tuvo que morir de hambre. Pero lo extraño, lo paradójico, es que se murió en casa de un carnicero, llamado Serapio, que le había recogido por caridad. El matachín le daba gratis un camaranchón, con un camastro, en donde cobijarse, y unas caídas, desechos o piltrafas de carne, especie de cordilla, para que comiese. Por desdicha, Escobar era herbívoro, y repugnaba la carne a tal extremo, que antes que comerla se dejó morir de inanición. ¡Qué contraste Escobar y Serapio! El carnicero, tan rollizo y colorado que parecía una res desollada, era la incorporación más corpórea del cuerpo humano en lo que tiene de más material. Escobar, amarillo, azuloso, vibrátil, casi etéreo, era la proyección más espiritualizada del espíritu humano en su tránsito a través del barro corpóreo.

Al morir, Escobar dejó gran caudal de escritos, la mayor parte notas y esbozos. Tuve la suerte de verlos y examinarlos, antes que Serapio los arrojase al cajón de la basura. Algunos de los pensamientos, expresados en forma escueta, me sorprendieron y llenaron de perplejidad. Por ejemplo:

«Los dos hechos históricos más nocivos para el progreso de la ciencia pura y el imperio final de la cultura fueron la invención del papel y la invención de la imprenta.»

«Si en lugar de escribir en resmas de papel se escribiese en un menguado folio de pergamino, entonces merecería leerse, porque no se escribiría sino lo que mereciera escribirse.»

«Todas las bibliotecas públicas debieran cerrarse.»

«La mayor estupidez que he leído es esta frase de Carlyle: _La mejor universidad de estos tiempos es una biblioteca_. Yo replico: la mejor universidad sería un cuartel. Quiero decir: una cultura socializada e impuesta al modo de la disciplina militar. La disciplina militar es abominable porque es inculta. La cultura moderna es abominable porque es indisciplinada. Nadie tiene derecho a poseer más cultura que la que le corresponde, según sus facultades y función social en que ha de emplearse. En el estado actual de la cultura hay generalísimos que son simples rancheros, y, por el contrario, hay miserables rancheros dotados de la chispa genial, hombres frustrados y menospreciados, que hubieran sido generalísimos por propio derecho, de existir la apropiada organización cultural cuartelaria.»

Se me figura que, al escribir las líneas anteriores, Escobar pensaba en Belarmino y Apolonio.

Según yo iba leyendo los borradores del Aligator, no pude menos de recordar al excelente don Amaranto de Fraile. ¡Qué unidos y qué opuestos los dos personajes! Estaban en la relación de los dos polos de un eje. Uno era el autodidacto; otro, el dogmático. Los dos estaban aquejados de _libido sciendi_, concupiscencia de saber, lujuria científica.

Si menciono aquí los papeles póstumos de Escobar, no es porque me hayan recordado a don Amaranto, sino porque en ellos se habla de Belarmino y Apolonio, y señaladamente que me proporcionaron un documento curioso y útil, del cual puede aprovecharse asimismo el lector.

Copiar todo lo que a Escobar se le ocurrió acerca de los dos zapateros, sería enfadoso. Trasladaré solamente algunas opiniones peregrinas. «Belarmino hubo de inventar su lenguaje porque carecía de instrucción, de lecturas. De haber leído desde la infancia variedad de autores clásicos, ¿cómo habría llegado a hablar y escribir Belarmino? Max Muller repite incontables veces, y lo prueba otras tantas, que pensamiento y lenguaje son idénticos. Por el estilo del autor se viene en conocimiento de su inteligencia: Estilo metafórico, estilo engolado, estilo arcaico, estilo recortado, estilo desnudo, estilo llano, estilo exquisito, estilo colorista, estilo abstracto, etc., etc.; todos ellos, cada uno de por sí, denotan inteligencia limitada y escasez de pensamiento. La totalidad y fusión de todos ellos, predominando cada manera según la razón del pensamiento: Cervantes, el primer pensador español.»

Y más adelante: