# Belarmino y Apolonio

## Part 15

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--¡Qué han de enseñar...!--exclamó don Guillén, riéndose alegremente--. Comprendo, comprendo.... Quiere usted darme a entender que le he metido en el Seminario para un cuarto de hora solamente y que no desea usted dilatarse en este lugar ni un minuto más de lo imprescindible. Pues ya se ha cerrado la puerta a nuestra espalda. En las narices, en los ojos, en los oídos, en la lengua, en el tacto, en el alma, recibe usted una impresión de verdín, lo que en Pilares llaman verdín; ese moho fofo y viscoso que nace, junto con las lombrices de tierra, en los rincones húmedos, sombríos y silenciosos. Estaremos en uno de esos rincones un cuarto de hora justo; viviremos luego cien años, y no se despegará de nuestros sentidos aquella sensación de verdín, de cardenillo vegetal, de frío en los tuétanos y de contigüidad con exangües lombrices, dúctiles y ondulantes cirios de cera amarilla. Estos cirios eran, claro está, mis compañeros. Los más provenían de extracción humildísima, de las breñas y entrañas del terruño labriego; pertenecían a familias de aldeanos pobres, con el peculio preciso para pagar a uno de los varones la modicísima pensión del Seminario, por entonces poco más de una peseta diaria; eran de una raza intermedia entre la pura animalidad y un rudimento de especie humana. ¡Qué facies y qué cogote, señor...! Había colodrillos perfectamente planos y obtusos, en cuya intimidad no era posible que cupiese un cerebelo. Otros colodrillos eran exageradamente apepinados y piramidales. Yo me preguntaba: ¿Dónde se les va a situar a éstos la tonsura, si no tienen espacio? Algunos de los dueños de estos colodrillos se sientan hoy a mi lado en el cabildo catedral; todos ellos están revestidos de autoridad, e imperan, en alguna medida, sobre el régimen privado de las familias y el régimen público de la sociedad. Lo curioso es que aquellas selváticas y fornidas criaturas, de frente angosta, cejas unidas, ojos montaraces y piel bronceada, apenas entraban en el Seminario adquirían el color incoloro y exangüe de la lombriz y de la cera. Y lo cierto es que, aunque muy mal (garbanzos agusanados, lentejas entreveradas con guijas, sebáceos pendejos de carne, queso ratonado, avellanas y nueces vanas), comían mejor que en sus casas. ¡Inexplicable fenómeno! Éramos unos doscientos. Entre tantos, por de contado que había hijos de familias mejor paradas de hacienda; de menestrales prósperos, de tenderos y tal cual de la clase media. De estos últimos había un Estanislao Correa, hijo de un procurador de los Tribunales, tímido y delicado como una virgen o como un lirio, al cual llamaban, groseramente, por mofa, San Estanislao de Cuesco, y le amargaban de continuo la vida. ¡Qué bárbaros! También yo pasé mis malos ratos. Lo que señaladamente les molestaba era que yo no perdía los buenos colores. Siempre fuí tan coloradete como ahora soy. Los más cerriles y pobretones caían sobre los que teníamos algún dinero, nos los ordeñaban por las buenas o por las malas, y después de sobornar a los criados les encargaban sustancias de comer y de beber, sobre todo vino blanco. Eran aficionadísimos al vino blanco. Como estaba prohibido el vino en el Seminario ni se consentía tener botellas, servíanse, para guardar el vino, de un expediente repugnante: lo metían en orinales, y de ellos bebían, a modo de cuenco. Dormíamos en grandes dormitorios comunes, que casi nunca barrían. El suelo estaba sembrado de mondas de castañas, naranjas y otros frutos, según la estación. Algunos de los medianos, y aun de los mayores, por la noche se escapaban «de mozas», como allí se decía. Solíamos asistir los demás a la escapatoria; quiero decir, al acto de escaparse. El Seminario, por la parte de los dormitorios, caía sobre un profundo barranco, ya en las afueras de la ciudad. El prófugo tenía que ser mozo recio y de cabeza firme contra el vértigo. El instrumento de la evasión se aparejaba con no menos de veinte sábanas, que algunos de los seminaristas, procedentes de pueblos costeños, unían por medio de nudos de marinero. Cuáles veces, por embromar al juerguista, le retiraban la escala de sábanas y no se la echaban sino de mañana, con el tiempo preciso para que se presentase a la primera inspección, haciéndole pasar varias horas de congoja en el barranco, entre maleza e inmundicia, acaso bajo la lluvia. Pues en aquel ambiente se estaban incubando los futuros ministros de Dios. ¿Cuántos tenían vocación? ¿Cuántos se habían encaminado al Seminario siguiendo una voz interior persuasiva, una estrella ineludible? Yo les oía contar chascarrillos de curas de aldea, de lo mucho que tragaban, de lo majamente que vivían, de los amores con que se distraían, del respeto y obediencia que se les tenía; y se refocilaban de antemano con la esperanza de arrastrar una existencia a lo regalado y holgón en una parroquia rústica, con el ama y la sobrina, pues casi todos profesaban, teórica y cínicamente, la poligamia. ¿Tenía yo vocación? No sé si, por reacción y enojo contra mis compañeros, llegué a estar convencido de sentir una gran vocación. A ratos soy muy sentimental. Entonces, lo era mucho más. Los oficios canónicos, las ceremonias del culto, el canto del órgano, el resplandor de las luces, el misterioso recato de las imágenes; todo esto me enternecía y agitaba hasta los posos del alma, y tanto más en la medida que iba entendiendo el latín. Verdaderamente, la liturgia de la Iglesia católica es muy bella, muy bella, muy sensual, a propósito para temperamentos delicadamente voluptuosos. Leyendo vidas de santos, y sobre todo de santas, se observa que los arrebatados fervores y movimientos místicos del alma coinciden con las edades críticas: la pubertad y la menopausia. A este fenómeno, un materialista le daría un sentido bajo y torpe; diría que el sentimiento religioso es una emoción sexual disfrazada. Para un espiritualista, el fenómeno tiene una explicación más natural y profunda. Puesto que en esas edades críticas el cuerpo, con infatigable tenacidad, impone su hegemonía sobre el alma, es natural que en los seres de fina textura espiritual, el espíritu intente divorciarse desesperadamente de la materia y oponer a las precarias y fugitivas apetencias de la carne un objeto absoluto e incorruptible, adonde se concentren los anhelos elevados, y de él extraigan los más puros e inefables deleites. Se me dirá que esto no acontece sino a las naturalezas enfermizas y anormales. Concedo. Pero es que la inteligencia extraordinaria, los sentimientos nobilísimos y fuera de lo común, la peregrina aptitud para producir belleza, ¿no son anormalidades, enfermedades, como la perla es una enfermedad de la ostra? La materia en equilibrio, en inercia, es realidad a medias. La materia en transformación, en descomposición, es realidad íntegra, porque está creando vida y nuevas energías. Y la energía es el elemento espiritual del universo. Yo, sin jactancia, ¿qué jactancia puede caber en esto?, soy un hombre bastante normal y equilibrado. Pero mucho más equilibrados eran mis cerriles compañeros. Yo asistía a los oficios con emoción, aunque sin subir al deliquio ni al arrobo; ellos estaban como los perros en misa. Durante los cuatro primeros años de seminario, en los cuales se estudia con preferencia el latín, me apliqué a dominar esta lengua: ellos concluyeron los cuatro cursos sabiendo menos latín que un toro de Miura. Yo tenía afición a los idiomas. El francés había comenzado a enseñármelo la duquesa. Luego, por mi cuenta, perfeccioné su conocimiento. Me inicié también en el inglés. Mis únicas distracciones eran el estudio y la lectura, cosa inexplicable para mis compañeros. Mi lectura favorita, los himnos del Breviario. Ahora tiene usted que perdonarme si le hablo con alguna extensión del Breviario. ¡Sus himnos han influído de tal suerte en mi vida...! Me sé muchos de memoria, y he traducido algunos en lengua castellana. ¡Lástima que yo no sea un buen poeta! Los españoles no conocen la poesía cristiana. Los grandes poetas franceses, Corneille, Racine y otros, han vertido los himnos del Breviario en deliciosos versos franceses. En la manera de amar y preferir decláranse espontáneamente las personas y desnudan su alma. El ardiente Corneille traduce siempre al ardiente San Ambrosio; Racine, más cerebral y refinado, traduce a Prudencio, meticuloso artífice de la poesía litúrgica. En la segunda estrofa del himno a Laudes, de la quinta Feria, dice Prudencio: _Volvamus obscurum nihil_, y en la tercera estrofa: _Ne noxa corpus inquinet_. Racine, en estos dos versos, creyó ver un como remoto antecedente de la estética de Boileau, y tradujo, respectivamente: _Et que la vérité brille en tous nos discours_, y _qu'un frein legitime--Aux lois de la raison asservisse les sens_. Yo no sé de ningún gran poeta español a quien se le haya ocurrido ungirse con el óleo denso y aromoso de la poesía cristiana. Los himnos más primitivos y arcaicos eran los que con más dulce violencia me movían los afectos. Ya desde aquellos primeros años de seminario me he atrevido a pensar que la Iglesia cristiana, en el curso de los siglos, fué mudando de condición; de potencia espiritual y apostolado de caridad social, se trocó en potencia política. Con esta mudanza, lo que ganó en poderío e influencia lo perdió en eficacia y estabilidad, porque todas las potencias políticas son perecederas, por ser odiosas. Aquellos himnos originarios e infantiles correspondíanse con las almas simples e inflamables que los cantaban a coro en los humildes templos. Aquellas almas inocentes y piadosas consideraban decoroso y prudente que los clérigos viviesen con mujer, y la Iglesia consentía el concubinato eclesiástico. ¿Por qué la Iglesia, pensaba yo entonces, no ha de permitir ahora el matrimonio de los clérigos? Cuántos daños se evitarían.... Y lo pensaba, no porque yo sintiera deseos, ni estuviese enamorado de mujer alguna, sino porque miraba y compadecía a mis compañeros. El enamoramiento vino después; y el Galeoto, el Breviario. El primer cantor cristiano fué San Ambrosio de Milán, cuyo corazón era como un grano de incienso entre brasas. Un autor dice que San Ambrosio enseñó a la lengua latina a orar. En el himno _Aeterna Christi munera_, que se canta a maitines el día de los Apóstoles, se expresa así San Ambrosio:

_Devota sanctorum Fides, Invicta spes credentium, Perfecta Christi charitas Mundi triumphat principem._

«En vosotros, la fe religiosa de los santos, la esperanza invicta de los creyentes, la caridad perfecta de Cristo, triunfa sobre los príncipes del mundo.» ¿No es admirable de sencillez y de claridad? Nada de autoridad ni potencia política. Fe, esperanza y caridad, esto es, amor gracioso y no debido. Estas tres virtudes teologales le bastan al cristiano para triunfar sobre los caducos principados de la tierra. Tal era la misión social y espiritual de la Iglesia primitiva, de la Iglesia apostólica. El día de los apóstoles San Pedro y San Pablo, consta en el Breviario un himno compuesto por Elpis, siciliana, mujer del filósofo Boecio. Este himno se canta en el Vaticano, con música de Palestrina, por un coro numerosísimo, sobre la tumba de San Pedro, bajo la cúpula de Miguel Ángel. Dice la última estrofa:

_O felix Roma, quae tantorum Principum Es purpurata pretioso sanguine: Non laude tua, sed ipsorum meritis Excedis omnem mundi pulchritudinem._

