Part 13
A las cinco de la tarde, la cuadrilla cazadora, con el cautivo, estaban de vuelta en el palacio de Somavia. Novillo fué derecho a su fonda, con un fuerte dolor de costado. La duquesa hizo encerrar al seminarista, diciéndole previamente con cierto dejo irónico:
--Aquí te estarás a buen recaudo, hasta que comience el curso. Medita, hijo, medita, en quietud y a la sombra, la burrada que ibas a cometer, dejando el servicio de Dios y su pingüe soldada, por el servicio de una criatura mortal, hija de un zapatero remendón, que ni tú ni ella tenéis para llevaros un mendrugo a la boca.
Don Pedrito, deshecho en amargura, se atrevió a murmurar:
--Pero en el Seminario no querrán admitirme.
«Vaya con el monigote--pensó la duquesa--. Eso no se me había ocurrido a mí. ¿Que no te admitirán? Te admitirán, o yo no soy Beatriz Valdedulla.» Avisó que no desenganchasen el coche, y se hizo conducir al palacio episcopal. Al llegar la duquesa a la portalada, salía el Padre Alesón. «Esos mastuerzos se me han adelantado.»
Se le habían, en efecto, adelantado los Padres dominicos, a cuya Orden pertenecía el obispo.
--Pero a mí no se me encoge el ombligo--murmuró en voz audible la duquesa, según subía las escaleras, par a par de un familiar de Su Ilustrísima, clérigo bisoño y doliente, el cual, oyendo esta expresión extraña y para él inexplicable, fué víctima de un ataque de turbación tan intenso, que tropezó en un peldaño y a poco cae de bruces.
«¿Qué habrá pasado aquí? ¿De qué talante encontraré a ese Facundo, tan estrecho, el infeliz, de mollera?»
Angustias, al huir, no atreviéndose a dejar cuenta de sí a Xuantipa, por temor, ni a Belarmino, por amor, había usado de subterfugio y largo rodeo, adoctrinada por Felicita. El día de la fuga, Angustias dijo a Belarmino y Xuantipa que cenaría con la solterona y se quedaría en su casa a dormir, como otras noches. A la mañana siguiente, el Padre Alesón, sin saber cómo ni de dónde, recibía un anónimo, escrito en caracteres que simulaban letra de imprenta. El anónimo era creación literaria de Felicita; pintaba, con recargada sensiblería, los amores desgraciados de don Pedrito y Angustias, hasta el instante en que la pasión avasalladora les arrebataba en un torbellino y les impelía al rapto; refería que unos perseguidores desalmados iban a los alcances de los amantes evadidos, con propósito de destruir su felicidad; esbozaba, con trazos al carbón, el cuadro venidero de una doncella sin honor, de todos despreciada, y de un sacerdote indigno, caso que no se les permitiese casarse; y, por epílogo, suplicaba de los Padre dominicos y de los marqueses de San Madrigal que intercediesen con el obispo, con el cual tenían notorio metimiento, para que obligase al descarriado seminarista a cumplir como hombre cabal con la chica. Un sacudimiento vertiginoso y profundo, a modo de terremoto, recorrió la vasta humanidad del Padre Alesón. Angustias era algo de la casa; vivía a la sombra de la robusta Orden dominicana, como las rosas a la sombra de los cipreses, en los claustros conventuales. Las órdenes religiosas conservan la clausura, ese fuero interno de paz egoísta, muro defensivo, inexpugnable fortaleza; gozaron un tiempo el sagrado derecho de asilo, que era como el foso exterior de la clausura, universalmente respetado, y no se resignan a reconocer que lo han perdido, que ya no son inviolables cuantos se acogen a su protección y amparo. Para el Padre Alesón no tanto había sido raptada Angustias cuanto la Orden de Santo Domingo; y, más señaladamente, los miembros de la residencia pilarense habían sido violados y escarnecidos. Se imponía la justa sanción, la reparación adecuada, que no podía ser otra sino que don Pedrito perdiera la carrera y se casase con Angustias. El voluminoso dominico, con el anónimo de manifiesto, fué a ver a don Restituto y doña Basilisa, que, en su sentir, también habían padecido una pequeña violación. Los señores de Neira habían hecho poderosas dádivas a la diócesis, y el obispo les estaba obligado. De común acuerdo, el matrimonio y el fraile determinaron pedir al obispo, con humildad, pero con energía, que obligase al seminarista a cumplir la ley de Dios y la ley de los hombres. Hasta la hora de comer, Belarmino y Xuantipa no supieron nada de la fuga. Xuantipa, que se había convertido en una beata rabiosa, venía de pasar tres horas en la iglesia de San Tirso. El Padre Alesón les contó el suceso y les infundió esperanza en el desenlace feliz. Belarmino se llevó las manos al corazón, dobló la cabeza y sollozó. Xuantipa, con alegría diabólica en el semblante, dió libertad a la hiel que tenía almacenada:
--La hija del pecado vuelve al pecado, que es su elemento. A mí tanto se me da que se case como que no se case. Es más: digo que Dios no querrá que se case.
--Calla, lengua de escorpión--dijo, irritado, el fraile--. ¿De qué te aprovecha la frecuentación del templo?
--Aprovéchame--respondió Xuantipa, descarada--para conocer la justicia de Dios.
--Aviados estaríamos--replicó el fraile--si los fallos divinos se ajustasen a tu jurisprudencia.
Esto de la jurisprudencia fué como una losa de plomo que cayese sobre la lengua de Xuantipa.
Por la tarde, el Padre Alesón visitó a Su Ilustrísima. El obispo se mostró en todo conforme con el dictamen de su hermano en religión. El fraile salió radiante. Cuando él salía, la duquesa entraba.
--¿A qué debo el honor de ver a mi señora la duquesa por esta humilde casa?--dijo el obispo, con galantería, haciendo un paso de pavana, que le sentaba muy mal.
--Por lo pronto, que se retire este joven cacoquimio, que no quiero testigos de vista--dijo, nerviosa, la duquesa, señalando al tímido y doliente familiar.
--Manolín, auséntate. Y ahora, ¿a qué debo en esta humilde casa....?
--Déjate de resabios de fraile y lugares comunes. ¿Qué hablas ahí de humilde casa, si es una de las mejores de la ciudad?
--Bien, pero la humildad la habita.
--Eso lo veremos bien pronto.
--¿A qué debo la honra...?
--¿Y tú lo preguntas? ¿No lo adivinas? Pues debieras saberlo, puesto que acaba de salir de aquí ese cachalote....
--No sea usted cruel, señora; el pobre Manolín un cachalote....
--No te hagas más tonto de lo que eres; me refiero al Padre Alesón.
--¡Ah!
--¡Ah! Te has quedado boquiabierto. Pues yo vengo a lo mismo que el fraile. ¿Qué habéis hablado?
--Señora, no olvido mi pasado, mi niñez. En lo que yo pueda servirla, como hombre, la serviré. Como pastor, como prelado, cumpliré con mi deber, con entera independencia. Si usted me pregunta cosas de mi vida, le responderé; si cosas de mi ministerio, me veré obligado a desairarla, y la culpa no es mía.
--Pide el báculo y dame cuatro palos; ya no te falta más que eso. Pastor naciste y pastor eres, ¿gracias a quién?
--Al duque, su esposo; no lo niego.
--Como pastor te conduces, y todos, al parecer, para ti somos borregos. ¿No quieres decirme lo que has hablado con el fraile? Te lo diré yo, que a mí no me duelen prendas, Facundo. Habéis hablado de don Pedrito y Angustias. Queréis casarlos. ¡Qué monstruosidad, qué aberración, qué...--y soltó un ajo mondo, lirondo y sonoro--. Lo que no podrás negarte es a darme razones.
--Mi señora duquesa: las razones son clarísimas. De una parte, ese mancebo ya no está en condiciones de ser un buen sacerdote. De otra parte, una muchacha honesta ha sido seducida, deshonrada, ha perdido su virginidad, y el que se la arrebató debe devolverle la honra.
--Voy a contestarte por lo último, que es lo que me hace más gracia. ¡Qué risa! Hablas de la virginidad como los niños hablan de las hadas o como las personas mayores hablan de tesoros escondidos. Tú que eres un sabio naturalista, ¿qué me dices de la virginidad de los insectos? ¿Qué me dices de la virginidad del _draco furibundus_? ¿No se llama así?
--No se trata de insectos, sino de cristianos.
--¡Ay, Facundo! Tú, como vives en las Batuecas, no te has enterado de que el mismo valor tiene la virginidad entre cristianos que entre insectos.
--¡Ave María Purísima! No desvaríe, señora.
--Afirmas que a esa muchacha le ha sido arrebatada la virginidad. ¿Lo jurarías? ¿La has examinado tú, antes del rapto? ¿Has presenciado el despojo?
--Calle, calle, señora; se lo ruego.
--Qué he de callar.... Me gustan las cosas claras. ¿Es que la verdad te asusta?
La duquesa aguardó. El obispo no supo qué contestar. Comenzaba la dama a dominar al prelado. La táctica era la de siempre; aturdirlo, aturullarlo. Fray Facundo miraba a la señora, con pupilas recelosas y enconadas, resuelto a no entregarse.
--¿Quién ha empleado primero esa palabra? ¿Has sido tú o he sido yo? Tú has dicho que a esa chica le había sido arrebatada la virginidad. Y lo has dicho con tanto aplomo y firmeza como si hablases de un timador a quien hubieses visto robando la cartera a un transeunte. ¿Y si resultase que no hay tal timador ni tal robo, sino dos amigos, y que uno, del todo libre y con la mejor voluntad, le da la cartera al otro? ¿No se te ha ocurrido esto?
--Se me ha ocurrido, señora, lo que se le habrá ocurrido a toda persona pura y religiosa: que se han ido solos un hombre y una mujer, y que, en consecuencia, el hombre ha deshonrado a la mujer.
--Los que la deshonráis sois vosotros, las personas puras y religiosas. De manera que vuestra pureza se acredita mediante la facilidad con que inventáis actos impuros; vuestra religiosidad se cifra en la aptitud maliciosa para imaginar el pecado. ¡Qué grosero materialismo! ¡Qué cabeza tan atormentadas y lúbricas debéis de tener las personas puras y religiosas! Parecerá uno de esos reservados que hay en las barracas de feria, con figuras de cera, para hombres solos. De manera que en vuestra cabeza no tiene cabida la idea de que un hombre y una mujer viajen juntos muy limpiamente y muy decorosamente. Ya me libraré de que me acompañes tú en un viaje. ¡Qué horror!... Te estoy viendo como un sátiro....
--Señora duquesa...--suplicó el prelado, casi con lágrimas en los ojos.
--No te atortoles, Facundo. He ido demasiado lejos; pero era en chanza. Ya sé que se te puede dejar impunemente en el serrallo del Gran Turco o en el coro de las once mil vírgenes. Vamos al grano. Quiero concederte que esa chica ha sufrido cierta modificación, y que después del viaje no es la misma que antes del viaje. Pero, ¡hombre de Dios!... Esa es una modificación insignificante. Si le hubieran cortado el pelo se le notaría más. Y luego, y es por lo que no paso, a esa ligera modificación la llamas deshonra ¡Qué exageración y qué absurdo! Mis antepasados poseían el derecho de pernada, y aquellas doncellas sobre las cuales ejercían el derecho lo tenían a mucha honra. Y tus antepasados, quiero decir los obispos de entonces, sancionaban aquel derecho, sin escandalizarse ni hacer melindres.
Fray Facundo se tapó los oídos y exclamó en un arranque de coraje:
--Con todo respeto, señora duquesa.... Yo no puedo oír tales cosas....
Aguardó la señora a que el obispo descubriese las orejas, y dijo:
--No me vengas, Facundo, con escrúpulos de monja. Si no quieres oírme, rebáteme con razones sensatas, y yo me callaré. De lo contrario, tendré que pensar que eres un estúpido o que estás obcecado.
--Señora: reconozco que usted es mucho más lista que yo y que pone las cosas de manera que no acierto a responder; pero, como la respeto y la estimo, estoy seguro que usted, en su conciencia, reconoce que yo tengo razón y que usted defiende, con mucha habilidad, una mala causa.
--¡Adiós con la colorada! Zahorí me saliste, Facundo. Chico, no he venido a que me echases las cartas y me adivinases el pensamiento. He venido, óyelo bien, a impedir ese matrimonio. Por todos los medios; por las malas, si no lo logro por las buenas.
--¿Por las malas, señora? ¿Qué puede temer un siervo de Dios?
--Si tú fueras solamente un siervo de Dios, quizás no tendrías nada que temer. Pero eres también siervo de tu vanidad y de tu ambición, y por lo tanto, eres siervo de los demás, sobre todo de mi marido y mío.
La duquesa esperaba ver inquietarse a fray Facundo; por el contrario, el obispo respondió con calma:
--Es verdad; siervo, esclavo, en tanto no se me ordene algo contra mi conciencia.
--Quieres que tu sobrino salga diputado. Eso no va contra tu conciencia. Pues no saldrá. Y agárrate bien la mitra, que corre peligro de caérsete, o, si te parece mejor, te enviaremos a que la escondas en la República de Andorra, o en una diócesis _in partibus_, en donde estarás como Quevedo, o como el alma de Garibay.
La duquesa llevaba la de perder, habiendo perdido ya la serenidad.
--No concibo que la señora duquesa sea capaz de tomar esa venganza mezquina, máxime cuando al negarme ahora a complacerla, estoy evitando que la señora duquesa se haga responsable de una acción indigna.
--Chico, te desconozco. Me has atacado ahora por el punto vulnerable. Tienes razón. Yo sería incapaz de tomar una venganza mezquina; mezquina por lo que a mí respecta, que, en lo que te atañe, tú no la considerarlas mezquina. También creo que siempre que está en tu mano te tomas la venganza. Yo no. En eso nos diferenciamos los nobles de los que no lo son. Pero no tienes razón en calificar de acción indigna el impedir ese matrimonio. Lo he pensado bien. Es lo más conveniente, para él y para ella, que el matrimonio no se realice. Es lo más conveniente en todos los sentidos, incluso el religioso. Dijiste al principio que el muchacho ya no está en condiciones de ser un buen sacerdote. En eso estás equivocado. Ahora sí que está en condiciones; ahora, que ha gustado el dulzor y el dolor de la vida. Dios prefiere a los pecadores arrepentidos. Recuerda a San Pablo, a San Agustín. ¿Quién te dice que, cooperando a ese matrimonio disparatado, no destruyes en germen un futuro padre de la Iglesia? Y ahora se me viene a las mientes una gran idea. ¿No podríamos meter a la chica en un convento? ¡Qué solución tan santa daríamos al conflicto!... En tu mano está, Facundo, un gran beneficio o un gran daño. Decide.
--Qué gusto me da, señora duquesa, oírle razones que yo entiendo. Me hace usted vacilar....
El prelado permaneció pensativo. La duquesa dijo entre sí: «Esta pieza está cobrada. Cuidado que me dió guerra. La amenaza fué el balín que le hirió en mitad de la pechuga.» El prelado meditaba, bajos los ojos, dando vueltas con una mano a la cruz de topacios que pendía sobre su morado pecho. Cuando alzó los ojos, pronunció estas palabras:
--Ese matrimonio tiene que consumarse. Si no es conveniente, Dios lo impedirá.
--¿Es tu última palabra, Facundo?
--Es mi última palabra.
--Buen chasco me has dado.... Salgo volada.
--Ya se presentarán ocasiones sobradas de complacerla.
--¡Quia! Beatriz Valdedulla no te volverá a pedir un favor. No te incomodes en salir a despedirme.
En medio de su contrariedad, la duquesa experimentaba una sensación aplaciente y alegre. «Esta visita--iba pensando al bajar las escaleras del palacio episcopal--me ha servido para apreciar mejor a Facundo. Es un hombre de voluntad y obra conforme a su conciencia. Lástima que tenga tan poca sal en la mollera. Antes, le compadecía; ahora, casi le admiro.» De todas suertes, la duquesa estaba resuelta a no consentir el matrimonio, convencida de que resultaría desdichadísimo. Entretanto, mantuvo prisionero a don Pedrito, y dió tiempo al tiempo.
Angustias, al verse sola y desamparada en Inhiesta, escribió a su padre: «No te dejé porque no te quisiese, padre. Escapamos sólo para estar seguros de casarnos, padre. Queríamos que usted viniese luego a vivir con nosotros, padre. Pedro le quiere a usted tanto como yo le quiero, padre. Padre, me lo robaron. No sé lo que me pasa, padre. Quiero volver con usted, padre.» Esta carta se cruzó con otra que Xuantipa había escrito a Angustias de sobremesa, fresca aún la noticia de la fuga y en el primer impulso de la iracundia:
«No vengas a manchar esta santa casa. Esconde tu vergüenza en donde nadie te encuentre ni te conozca ni nos conozca.» Cuando Belarmino recibió la carta de Angustias, rompió a llorar y a reír. Besaba el papel con ahinco, y sollozaba: «Hija de mis entrañas, hija de mis entrañas», como las madres. Subió a ver al Padre Alesón, a preguntarle si vendría Angustias.
--¿Pues no ha de venir? Viene a casarse. Mañana mismo, a primera hora de la mañana, iremos a buscarla yo y otro Padre de la comunidad.
--Vendrá, vendrá--sollozaba Belarmino sin dejar de sonreír y con los ojos mojados.
Al llegar los frailes a Inhiesta, Angustias había desaparecido. La dueña de la hospedería les entregó un papel que la niña había olvidado en la habitación. Era la carta de Xuantipa.
--Si esa mujer está aquí--dijo el Padre Alesón después de leer la carta--, le juro a usted, Padre Cosmén, que la estrangulo entre mis manos; tanta es la cólera a que me mueve su infame proceder. ¡Pobre niña, pobre criatura; perdida ya para siempre! Y esto mata a Belarmino, a nuestro loco inofensivo y seráfico. Tendremos que inventar un engaño caritativo. Dios no nos lo tomará en cuenta, en gracia a la buena intención.--Y en el rostro de aquella mole ingente, que era el Padre Alesón, se difundía una ternura húmeda, lacrimosa, así como el sol derrite la nieve en la cima de las altas montañas.
El engaño caritativo del Padre Alesón fué decirle a Belarmino que Angustias, por el bien parecer, se alojaba en un convento, hasta el día del desposorio, y que, por lo pronto, para evitar situaciones difíciles, lo más prudente era que no se viesen padre e hija.
El Padre Alesón llamó a Xuantipa a solas, la hizo sentarse, e inclinándose sobre ella, para amedrentarla por la masa y como si fuese a anonadarla, le dijo:
--Mujer infernal, está usted condenada sin remisión. No le ha bastado a usted martirizar sin piedad a su marido. Ahora ha precipitado usted en el abismo a una criatura inocente. ¡Gócese usted en su alegría satánica! Está usted condenada sin remisión.
Al Padre Alesón, para ser todo lo imponente que él pretendía, le faltaba la voz tonante. Pero como la Xuantipa tenía tanto miedo al infierno, oía la voz de flautín del fraile como si fuese una trompeta del juicio final.
--Señor, perdón...--balbucía, temblorosa.
--Cállese usted, boca sulfúrea. Para que su gran delito le sea perdonado, tendrá usted que hacer firmísimo propósito de enmienda y prometerme que nunca, nunca, con ningún motivo, dirá usted a Belarmino una palabra desabrida ni le mentará la hija, más que hija, aunque no lo sea de la carne que usted le ha hecho perder.
Xuantipa salió, en efecto, anonadada, con el espanto metido en el cuerpo para lo que le restaba de vida.
Y llovía sin cesar en la vieja ciudad de granito, y había pesadumbre, lágrimas y duelo hasta en las almas empedernidas. Conque ¿qué sería en las almas tiernas y sensibles?
Felicita llevaba ya tres días sin ver a su adorado Novillo; los tres únicos días seguidos de ausencia en muchos años. Por mucho que lloviese, Novillo no dejaba de venir a la Rúa Ruera, bien provisto de chanclos de goma, polainas de cuero, un impermeable con capucha y, además, un paraguas abierto. Se guarecía en un portal, y allí montaba la centinela a la soberana de su corazón. ¿Qué habría sucedido ahora? Felicita, arropada en una toquilla de estambre y con zapatillas de orillo, se pasaba horas y horas, del día y de la noche, inmóvil, reseca, ósea, color de cera, en el mirador de cristales; parecía una momia en la vitrina de un museo, entre flores ajadas, como de trapo, y pajarillos inmóviles por el frío, como disecados. De vez en vez, transitaba una mujeruca, con el refajo de bayeta amarillo limón levantado, a modo de mantellina, sobre la cabeza, calzada con almadreñas, que levantaba en las losas un eco funerario, como si caminase sobre tumbas vacías. ¿Qué le sucedería a Anselmo? ¿Estaría enojado? ¿Sería contrario al matrimonio de don Pedrito y Angustias? ¿Habría averiguado que el anónimo al Padre Alesón era obra de Felicita? ¡Dios mío, Dios mío, qué incertidumbre congojosal Felicita lloraba silenciosamente, deseando la muerte. No dormía; no comía.
--Coma algo, siquiera un huevo pasado por agua--le decía Telva, la sirvienta--. Mire que ya está demasiado flaca, y si no come, los huesos le agujerearán la piel.
--Ojalá me la agujereen como criba y el alma se me salga como trigo pasado. ¿Para qué quiero el alma en el cuerpo? ¿Para qué me ha servido? ¿Quién ha querido comprarla, como buena simiente?
Estas retóricas desoladoras dejaban a Telva perfectamente fría. Decía para sí: «La señorita está más loca que un vencejo.»
Al cuarto día de ausencia, Felicita no pudo resistir más, y envió a Telva a la fonda del Comercio, a que averiguase discretamente qué era de don Anselmo Novillo. Al volver, soltó de sopetón y sin preámbulos lo que sabía.
--Pues don Anselmo está muy malito con pulmonía.
Felicita cayó con un soponcio. Al recobrar el sentido, aunque casi sin fuerzas para sostenerse, pidió el abrigo, la mantilla, las botas....
--¿Qué va usté a hacer, señorita?
--Volar a su lado.
--Repare que es un hombre soltero y usté una mujer soltera, y lenguas ociosas murmuran si ustedes tienen o no tienen.
--Es mi prometido. No reparo en el qué dirán. El corazón tiene sus fueros, por encima de todos los respetos humanos. No puedo dejar al hombre a quien amo morirse solo y abandonado en la triste habitación de una fonda.
--Si es por eso, no se moleste. Don Anselmo está bien atendido. Tiene una sierva de Jesús, y la señora duquesa y el señor Apolonio no se separan de su lado. Además, no se trata de morirse, por lo que yo pude entender. Siéntese, sosiegue, tome algo; una taza de tila.
Felicita se tendió, desmadejada, sobre un sofá; los ojos, dilatadísimos, clavados en el cielo raso.
--Telva.
--Señorita.
--Anda a ver cómo sigue.
--Señorita, si acabo de venir de allí....
--Obedece. Vete a ver cómo sigue. Pregunta todos los detalles.
Telva se fué, refunfuñando.
--¿Qué ruido es ése?--murmuró Felicita, incorporándose estremecida--. Parece que clavan un ataúd. Parece que cavan una fosa.
Pero eran unas almadreñas, en la calle. Felicita se tendió nuevamente en el sofá.
--¿Qué ruido es ése?--murmuró Felicita poniéndose en pie, transida de terror--. Parece que moscardonea un enjambre de espíritus. Parece que se oyen voces del otro mundo.
Pero era el viento en las rendijas. Felicita volvió a acostarse en el sofá.
--¿Qué ruido es ése?--murmuró Felicita, cayendo de rodillas, desvariada--. Se oye murmurio de preces. Se oye chisporrotear de cirios. Rezan la recomendación de un alma. Anselmo ha muerto. Anselmo ha muerto.
Pero era el ruido de la lluvia en los cristales.
Al entrar Telva, Felicita oraba, de rodillas.
--Don Anselmo sigue un poquito mejor.
Felicita palpaba a la sirvienta:
--¿Sueño? ¿Eres tú? ¿Soy yo de carne? ¿No somos fantasmas?
Telva respondía mentalmente: «¿Tú de carne? Puro hueso, y ya muy duro. ¿Pantasmas? No estás mala pantasmona....»
Felicita proseguía:
--¿Has hablado? ¿Me figuré oír una voz? ¿Qué me has dicho?
--Que don Anselmo sigue un poquito mejor.
--Trae aceite, todo el aceite que haya en la cocina....
--Al fin se decide usted a comer algo.
--Trae una gran fuente. Trae la caja de lamparillas. Trae las velas que haya en casa.
Encima de la cómoda había una imagen de la Virgen de Covadonga. Felicita encendió una gran iluminación delante de la imagen. De rodillas, rogaba:
--¡Señora, sálvalo! Tú fuiste virgen sin mancha, pero te casaste. ¡Sálvalo, Señora! ¡Señora, tú estuviste casada y tuviste un hijo. ¡Sálvamelo, Señora, para que nos casemos, aunque yo continúe virgen y no tenga ningún hijo!
Felicita sintió que el pecho se le llenaba de confianza. Volvió al sofá. Inclinó la cabeza, pensando: «La Señora me lo salvará, y nos casaremos. Es una bobada que continuemos así.» Pausa mental. «He ido demasiado lejos al decir ala Virgen que no me importa no tener hijos. Me gustaría mucho tener hijos. La verdad es que, lo que se dice prometer, no le he prometido a la Virgen no tener hijos. La Señora me habrá entendido.»
--Telva, vete a ver cómo sigue don Anselmo.