Punch, or the London Charivari, Volume 104, January 14, 1893

Chapter 1

Chapter 14,124 wordsPublic domain

PARA SABER Y CONTAR

Este libro habla de Bastión Popular, un asentamiento urbano marginal de Guayaquil, en el que viven unas ochenta mil personas.

Como parte del esfuerzo que están haciendo el Municipio de Guayaquil , la Comunidad Europea y los vecinos de Bastión, para mejorar las condiciones de vida en esta zona, llegué a sus calles, a sus casas, a su gente y me puse a vivir allí.

Mi primer acto fue vencer el temor. Aquel miedo a lo desconocido que llevamos todos como un atavismo de las cavernas. Pero, además un miedo alimentado por prejuicios colectivos, que todos ayudamos a construir y a los que no son ajenos los medios de comunicación, que ponen el acento en los rasgos feos y violentos de los barrios marginales, de todas partes.

Confucio enseñó a sus discípulos: ”Donde todos condenan, hay que indagar. Donde todos alaban, hay que indagar”.

Y con ese ánimo entré por las calles de Bastión, hablé con los vecinos, participé en sus reuniones de barrio, dormí en sus casas y me senté a sus mesas, les pregunté de dónde venían y para dónde iban.

De ese adentrarse por Bastión nacieron estas páginas que ayudarán a entender mejor las imágenes que contiene el presente volumen.

Para levantar la información de este libro utilicé la entrevista, el análisis grupal, la observación directa y consulté fuentes secundarias. La identificación de informantes la hago con un solo nombre y algún dato general, por dos motivos: es la forma común de trato, entre los vecinos de Bastión; y eso ayuda a poner el acento en la memoria colectiva.

Una de mis creencias es que para registrar algo hay que convertirse en ese algo; hay que comprometerse con la realidad; hay que asumir un punto de vista, de lo contrario se puede pasar por la vida como un turista.

La visión que me deja esta vivencia en Bastión, es que se trata de gente trabajadora, en su mayoría; gente desplazada del campo, en su mayoría; gente con más dificultades para vivir que otros asentamientos urbanos de Guayaquil, pues debe forcejear con el paro laboral, con la delincuencia, con la insalubridad, con vicios diversos, en pocas palabras, con la marginalidad.

Estar del lado de la gente trabajadora y buena de Bastión que quiere romper el cerco de la marginación, material y espiritual, es un deber de conciencia.

Arturo Vergara

Bastión nació en septiembre

En septiembre de 1986 fue la invasión. Al caer la tarde empezaron a llegar de a dos, de a tres, en pequeños grupos. Ya en la noche era una multitud. A una señal del jefe, toda esa gente entró por un portillo, abierto en el Km. 10.5 de la vía a Daule. Eran potreros de una hacienda. Esa noche comenzó la historia de Bastión. Historia que no está escrita en el papel sino en la memoria de la gente, y, en consecuencia, no es una sola historia sino muchas, tantas como personas han participado en ella.

Una vez adentro, los invasores comenzaron a despejar el área a punta de machete, alumbrados por linternas y candiles. Se hizo el “desmonte” por grupos y cada cual se fue ubicando en el espacio y fue apuntando su nombre en una lista, para cuando llegara la hora de asignar solares. El trabajo siguió hasta después del amanecer.

“Al otro día, viendo que nadie nos venía a echar, fuimos trayendo cartoncitos, una sabanita, una colcha, nada de valor, que diera pena perder, y con eso levantamos algo”, dice doña Mildre. Pero la policía llegó y hubo escaramuzas. A la entrada estaban los “guardachoques”, vigilantes que tenían la tarea de aguantar el primer golpe y avisar a los demás para que salieran a resistir.

“Castro, que dirigía la invasión, andaba con gente armada, que ya sabían lo que tenían que hacer. Más bien dicho, eran calderos viejos en las invasiones, a ellos no les importaba matar o morir, así que los pacos no pudieron entrar”, recuerda don Mariano.

Era lo usual en estos casos, y quienes estaban al frente de la ocupación traían experiencia de otras invasiones en Guayaquil – Guasmo Sur, Prosperina , Mapasingue...

Para administrar el nuevo asentamiento los organizadores de la invasión lo dividieron en bloques, del 1 al 5. Cada bloque estaba manejado por un lugarteniente de Castro, quien tenía el rango de jefe absoluto. En todo el territorio se aplicaban sus normas. De las que la gente recuerda más vivamente está la que prohibía a las mujeres trabajar fuera de Bastión y las obligaba a permanecer allí, cuidando el solar y los hijos. Otra era la prohibición de andar por la calle después de la once de la noche. “En ese tiempo no había delincuente por aquí, les daban el vire”, dice don Adalberto, y otros vecinos lo confirman.

Los fundadores llamaron a su asentamiento Bastión Popular, en el sentido de baluarte, de lugar que debía transformarse en casa y fortaleza de miles de desheredados.

En 1987 la invasión siguió más al norte y ocupó los predios de Cerro Colorado y los terrenos de San Colombano, donde está el cerro Jordán, estos últimos de propiedad del Banco Ecuatoriano de la Vivienda. Nació la segunda etapa, con los bloques: 6-7-8-9-10 y 11. Hoy los bloques son dieciséis.

“Aquí la cosa fue dura – dice doña Rosa, comerciante del Bloque 6 –llegaban esas máquinas camineras y tumbaban las casitas con todo adentro. Tumbaban por el día y por la noche tocaba levantarlas de nuevo. A veces me daban ganas de dejar todo y echar atrás, vuelta. ¿Pero a dónde? Al final uno le coge cariño al lugar donde duerme y nos quedamos”.

Guayaquil se extiende

En algo más de una década (1974-1986), los asentamientos informales se expandieron por Guayaquil como manchas de aceite. En ese lapso fue invadido el Guasmo, en el sur de la ciudad; luego las invasiones pasaron al norte, a los cerros de Mapasingue y Prosperina, para continuar por las haciendas cercanas, lo que hoy es Bastión Popular. Estos movimientos masivos de gente sin casa fueron dirigidos por tres o cuatro personajes, profesionales del tráfico de tierras en Guayaquil.

La Zona donde se fundó Bastión ya era industrial. Los hacendados locales estaban vendiendo su tierra para fábricas y bodegas, pero llegó la invasión. Se inició entonces un forcejeo legal que subió hasta el Congreso. Dieron la orden de desalojar a los invasores; y esto resultó más fácil ordenarlo que hacerlo. Los propietarios pusieron a disposición de los policías máquinas camineras para echar abajo “las perreras”, como llamaban a las chozas de los bastioneros, pero la destrucción de chozas se hizo en horarios de oficina y ya por la noche y la madrugada las “perreras” nuevamente gozaban de buena salud. Tampoco los terratenientes estaban en capacidad de tomar posesión y darle uso inmediato a la tierra. La situación se hizo inmanejable, y cuando este juego resultó inútil, se optó por la negociación.

La controvertida figura de un jefe

Unos lo aplauden, otros lo detestan.

La mayoría no quisiera volver a vivir nunca más los atropellos cometidos en su tiempo.

Carlos Castro, abogado, jefe de invasiones en Guayaquil, por las décadas del setenta y ochenta, dirigió la invasión que dio origen a Bastión, y aquí lo mataron.

Distanciando la carga de pasiones ligada a su nombre, debemos referirnos brevemente a su papel en la etapa inicial de la historia de Bastión.

Característica suya fue organizar en bloques los asentamientos que fundaba, luego de las invasiones. Al frente de cada bloque ponía a un “dirigente”, que en realidad era un hombre de confianza, encargado de hacer cumplir sus órdenes. Los moradores para referirse a los inicios de este asentamiento, usan la fórmula “en tiempos de Castro”. Pues bien, en tiempos de Castro, dicen algunos los vecinos, había más seguridad, las entradas a Bastión estaban controladas, pero también, dicen otros, por orden suya se flagelaba y se cometían abusos abominables contra mucha gente. Manejaban los bloques por el temor. Fue tiempo de epidemias, por la insalubridad reinante. Cuando alguien enfermaba era atendido por los propios vecinos y en el caso de alumbramientos, por parteras. No había agua potable y para cocinar las mujeres debían cargar los baldes por largos trechos desde las piletas ubicadas fuera del poblado.

“Había que cargar el agua, hacer la comida , cargar los hijos y cargar las penas”, - recuerda doña Julia, ama de casa, una de las fundadoras.- Vea amigo, la vida es un enredo. Castro tenía cosas buenas. ¿Ve usted esos palos de mango, cargadititos de fruta, por todo Bastión? Los mandó plantar él. Pero sus “dirigentes” abusaron, por cualquier cosa sacaban plata, vendían un mismo solar varias veces y si usted protestaba le daban palo. Así fue que ofendieron al muchacho que después le pegó el tiro.... Ese señor tenía que acabar mal, llevaba su fin escrito en la frente”.

Otra es la valoración del personaje y de su época que hace Jorge, maestro de escuela, que ha trabajado en Bastión, por más de una década.

“En ese tiempo, el único que podía reunirse con determinado grupo era él o los que estaban alrededor de él. Manejaba el caudillismo, donde yo soy la autoridad, yo mando, yo ejecuto, yo todo. Su caudillismo lo mató. Pero en la historia de Bastión tiene un lugar”.

Un día partieron a buscar la esperanza

La población de Bastión es inmigrante. Los apellidos que se cruzan en sus hogares – como rosa de los vientos - vienen de por allá lejos , de los recintos agrícolas, de las aldeas con olor a mar, de caseríos andinos. Aquí hay gente de casi todas la provincias del país. Algunos, perseguidos por la sequía en Manabí o Loja, otros por el hastío de vivir desamparados, sin los servicios más simples, en el norte de Esmeraldas o en Los Ríos, otros por estudiar en la ciudad, los de en frente, para que sus hijos “salgan adelante”, y así por mil razones, que en realidad son pocas: trabajo, educación, condiciones de vida más humanas. Por eso fue que dejaron su terruño y vieron a Guayaquil a buscar la esperanza. ¿La encontraron? Unos dicen que sí; otros dicen que en parte; y hay quienes siguen manteniendo su casita en el campo “porque nunca se sabe”.

¿Cómo le ha ido aquí?, le pregunté a don Marcos, agricultor manabita, de un lugar llamado Sobeida, por El Anegado, cerca de Jipijapa.

“Hasta aquí bien. Mis hijos están todos por aquí, casados. Primero se vino una hija, después sus hermanos. Al final yo también me vine, con mi mujer, porque allá no había cómo vivir. El café, que medio cosechaba, se desgració por la falta de agua, y pa‘remate lo pagan a precio ‘e gallina flaca. Mis hijos trabajan de albañiles y yo vendo sandía, por tajadas. A veces hago hasta tres dólares en el día. No es mucho, pero peor es comer ratones”

Don Marco vive en la cima del cerro Jordán y como buen campesino se las arregla para cultivar, alrededor de su casa, fréjol palito, habichuelas, menta, hierba del espanto, ruda y perlillo, todo lo que hace falta para curar el ojo, y, además, en una corralito de metro cuadrado, cría un chancho.

Razones que tiene la gente para mudarse

De las conversaciones con moradores de Bastión, se puede inferir que, en el caso de las familias campesinas, la crisis de la agricultura tradicional (no tecnificada, con bajos precios de los productos agrícolas y altos precios de los insumos), los expulsó de su tierra.

Hay también aquí, gente que fue empujada por el colapso o desaparición de algunos ecosistemas, mal manejados, como los manglares del estuario del río Chone y los bosques nativos de Esmeraldas, donde ellos eran recolectores. El fenómeno de El Niño, en sus versiones 92-93;97-98, desplazó a miles de personas, del campo a la ciudad. En grandes trazos, el éxodo masivo que se ha dado desde las zonas rurales a Guayaquil, es el resultado de dos caminos evolutivos distintos: progreso para la ciudad, estancamiento para el campo.

La gente se forja numerosas expectativas de la vida urbana, que debería ser más rica en posibilidades de bienestar y tal vez de libertad, y contrasta estas expectativas con el deterioro progresivo de la vida rural.

Los que han llegado a Bastión de otros barrios de Guayaquil, explican su mudanza por la reconstrucción y modernización del centro de la ciudad, la especulación con los arriendos y el deseo de tener casa propia; los que vienen de otras zonas marginales, hablan de la peligrosidad en sus antiguos barrios, de la ampliación de la familia o del deseo de tener su propio solar, porque allá vivían de allegados.

Angelita es socióloga y líder barrial, en la etapa I. Ella vino a Guayaquil, de la provincia de Los Ríos, cuando era niña, para estudiar, y aquí ha hecho su vida. Como mucha gente en la ciudad, conoce el via crucis de los que arriendan casas a precios especulativos y casi sin derechos.

“Antes de venir a Bastión yo vivía en la Octava y Bolivia, aquí en Guayaquil,- me contó.- Allí la señora solo alquilaba para dormir. Yo tenía mis dos niñas y ella decía que con niños no alquilaba. Yo trabajaba y tenía que dejar las niñas donde mi mamá, en el día, y en la noche pasaba recogiéndolas para ir a dormir. Los fines de semana esa señora vendía licor, con toda la bulla que quisiera, y había que soportar los borrachos al pie de la casa. Ahí supe lo de Bastión y me vine a conocer, un día viernes. Era feo: montes, espineros, agua, lodo... Pero dije, bueno, lo importante es tener un solar propio donde sea, y me puse contenta. Mi esposo no quería saber nada de Bastión y yo le dije: si usted quiere sígame, si no, quédese. De mi familia nadie me quiso acompañar. Pero dije, aunque sea con el lodo a la rodilla, pero es propio, y me vine”.

Carlos y María, del bloque 6, comenzaron en Bastión su historia de amor.

- Éramos jóvenes y teníamos ganas de vivir juntos pero no había donde,- dice él,- Y entonces me dijeron ‘hay una invasión y nos metimos aquí. Esto era puro monte, matorral, culebras, agua. ¡Pero qué culebra ni qué agua, diga usté’...yo tenía veinte y ella dieciocho. Me pasé toda la noche aquí, dando machete y en un par de días tuve todo listo. - En esa semana levantamos una casita de caña y ahí pasamos la luna de miel,- dice ella. - Ahí fue que hicimos el primer hijo,- dice él. - Y así, oiga, en ese tiempo nos alumbrábamos con un candil, lavábamos en una acequia, costaba traer agua para tomar, y después llegaban, así de repente, a tumbar las casas, con máquinas. Una vez bajaron militares en helicóptero, para asustar, disparaban ráfagas al aire... Yo pasaba muerta de miedo, pero ya estábamos aquí, embarcados... - Y enamorados...- dice él. - Esto era soledad. Después, mucho después llegó la señora de la esquina... Yo ya estaba embarazada de mi segundo hijo.

El éxodo ocurre, en efecto, como resultado de muchísimos proyectos de movilidad personal. Por lo general, la gente decide partir al comparar lo que tiene y conoce, en su entorno, con lo que espera y se imagina del nuevo lugar.

Allá lejos tras el mar

Se comunican por internet desde las innumerables cabinas que hay en la ciudad y en el propio Bastión. Los diálogos , por lo general, giran en torno al dinero que envían los migrantes, a deudas, a pagos y a compras. A veces desde Europa piden cuentas sobre el último giro y los de aquí cuentan una selección de chismes familiares, que pueden volver loco a cualquiera, y terminan el relato con la fórmula “pero no te preocupes que acá todos estamos bien”.

La migración al extranjero desde Bastión Popular, es numerosa. No se conoce el número exacto de vecinos que han hecho maletas y se han aventurado más allá del mar. Pero se dice que la mitad de las familias, más o menos, tienen a uno o dos miembros en el extranjero, especialmente en España e Italia.

Los impactos de esta migración, al exterior, son de sol y sombra. Desde el punto de vista económico está fortaleciendo la capacidad de consumo de muchas familias de la zona, se están ampliando casas, mejorando cuartos y sus instalaciones, ese dinero permite que niños y jóvenes de esas familias puedan seguir estudiando.

Pero al mismo tiempo, están aflorando problemas en la estructura familiar y en la formación de valores. Flavio, maestro de una escuela fiscal del bloque 6, estima que la migración al extranjero, si bien está ayudando económicamente a la gente, desestabiliza emocionalmente a la familia.

“Hay casos en que papá y mamá se fueron y los chicos se siguen criando con otros parientes, les falta afecto, pierden equilibrio. En mi escuela tengo varios casos; he investigado y he llegado a la conclusión de que la ausencia de la madre, porque son mujeres las que más han emigrado, desestabiliza al niño y eso se deja ver en el rendimiento escolar”.

Por otra parte, preocupa la conducta de los jóvenes que reciben “dinero fácil” del exterior; muchos de ellos se dan a la vagancia y a un estilo de vida improductivo, que los anula.

La familia

Según las cuentas que sacan los especialistas en medir y pesar las cosas de este mundo, en Bastión hay más mujeres que hombres y las “jefas de hogar” son numerosas; pero es mayor el número de solteros que de solteras, y la mayoría no necesita del Registro Civil ni de la Iglesia para juntarse a vivir su historia de amor. Lo hacen “por la libre”. Claro que los solteros se sienten orgullosos de su soltería y miran con pena a los casados o unidos en el vecindario, actitud que no difiere de la del resto de “machos latinos”, en cualquier rincón del continente.

¿Cómo es la familia en bastión?

No hay una sola respuesta para esta pregunta. Eso depende a qué grupo cultural pertenezcan sus miembros, cuales sean las creencias que les ayudan a vivir. Una familia negra, que vino de San Lorenzo, se organiza algo distinto de la familia mestiza que vino de Loja, Bolívar o Manabí, en tanto que las familias que han nacido en Bastión combinan tradiciones de la tierra de sus padres con los usos de la ciudad.

En algunos grupos es común la familia extensa, es decir la pareja, sus hijos, suegras, suegros, tíos y cuñados. En algunos casos este ejército acampa en una misma casa, en otros casos ocupan solares vecinos, pero comparten el plátano y la sal, las pellejerías e intimidades.

He conocido familias estables, en las que el hombre y la mujer aportan ingresos y se reparten el trabajo doméstico y las obligaciones con la escuela de los niños. He conocido hogares de mujeres solas, con muchas dificultades materiales, organizativas y afectivas. También hogares muy inestables, a causa del alcoholismo. Existen otros muy impactados por la emigración al extranjero, en los que los hijos menores están a cargo de los mayores o de parientes.

De todo hay, y las razones para que estos suceda son múltiples. Tanto que podrían dar origen a unas cuantas tesis universitarias.

Para don Gregorio, un viejo campesino fluminense que llegó a estas orillas después del último Niño, la causa de los descalabros en los hogares es porque las muchachas eligen mal a los pretendientes.

- Es que le dan más chance al vago que al trabajador, y de ahí proviene el fracaso,- afirma.

Bajo un alero del bloque 7, en una zona pobre, dentro de Bastión, me senté a conversar con tres mujeres sobre la familia. Tanyi, líder juvenil, Tania, estudiante de sociología y doña Margarita, ama de casa, todas de la comunidad afro-ecuatoriana. Alegres y con esa pizca de insolencia con que los esmeraldeños hablan de lo humano y lo divino, examinamos el tema.

¿Quién manda en la casa?

- En el ambiente de nosotros, siempre el que ha mandado es el hombre,- me contestó Margarita.- Hasta ahora que la mujer se está dando cuenta que no solo puede mandar el hombre. Aunque yo pienso que nadie debe mandar, sino llegar a una comprensión entre pareja, hablar, acordar. Antes era todo el hombre, una no podía mover un dedo sin decirle, porque venía el golpe, pero ahora ya es menos... - Claro que la hermana le sigue lavando la ropa al hermano y planchando,- dice Tania. - Algunos ya lavan su propia ropa,- defiende Margarita. - Pero son pocos,- porfía Tanyi. - Tomemos por caso mi hijo: él se acostumbró a mandar a su hermana "vaya haga esto, lo otro..., yo no puedo hacer porque soy hombre." Se quedó así, no hace nada, todo hay que hacerle... -dice Margarita. - Y es que las propias madres los hacen machistas,- afirma Tania.

¿Quién recibe el primer plato?

- Al hombre se le sirve primero y la mejor presa,-dicen las tres y se ríen. - Pero, en nuestra cultura negra, si hay personas mayores, el suegro, la suegra, es a ellos primero. De ahí viene el resto y después a los niños. La mujer come al último,- explica Margarita.- Claro que el hombre está que mira, y si se da cuenta que no alcanza dice ‘esta se ha queda’o sin ná’ y comparte el plato.

Patrones de conducta similares observé en otros grupos de migrantes, costeños y serranos, que conviven en Bastión.

¿Es frecuente que un hombre tenga dos hogares?

- Uuuh, y hasta tres,- confirma Margarita, riendo-. Entre nosotros hay bastantes casos.

¿Y hay conflictos por eso?

- Si una de ellas es celosa, ahí sí, una le arma problema a la otra, ponen al hombre al medio, y se arma el bochinche.

- Pero es cuando el hombre no es equitativo,- explica la estudiante.- Si busca a dos, tanto a la una como a la ora la debe tener igual, si no, mejor no se meta.-

- Y tiene que dormir en las dos casas, tres días en una y tres días en la otra, porque si no, bochinche de nuevo,- explica Tania.

- Aquí tenemos el caso de esos muchachos,- continúa Tanyi, y con la mirada da a entender a quienes se refiere.- Cada uno con dos mujeres, pero es que el papá también tuvo dos.

- Y mi papaá tuvo tres, si quiere saber,- agrega Margarita. Hasta unos versos tenía pa’ conquistar mujeres, y decía:

¿Quién es esta que está aquí? ¿Quién es esta hermosa rosa? Tu madre debe de ser una estrella reluciente, tu padre por consiguiente es un hermoso clavel que naciste de ella y d’el, negra, amable y buena moza.

- Eso tiene que ver con la cultura afro,- explica Francisco, que se integró a la conversación.-En África un hombre tiene seis o siete mujeres, para mostrar poder, riqueza. Mucho de eso se transmitió a nosotros. Mi abuelo tenía una en Esmeraldas, otra en Santo Domingo, otra en Guayaquil y también en Milagro...,donde él llegaba tenía donde llegar.

- Sí, sí, porque mi papá, en ese chiste, llegó a tener doce hijos, y a las dos las tuvo viviendo juntas.

¿Qué pasa con los niños?

- Los niños no se hacen mayor problema, se adaptan a la situación,- responde Tania.- El problema es el papá que, como se ve por aquí, se desentiende de los hijos, y ahí volvemos al caso de las madres solas, llevando el hogar, y de los niños sin orientación de padre.

Flores, hierbas y comidas

De todo este viaje a la intimidad de Bastión me queda, además, un cuaderno lleno de consejos culinarios, y nombres de hierbas sagradas para los dolores y nombres de flores contra el infortunio, dados por mujeres y por hombres, que junto con sus colchones y “tereques”, trajeron de su tierra una cultura.

Bastión es, entre cosa y cosa, un libro de cocina, que todavía no se ha escrito. Usted encuentra aquí el arroz con coco, de los esmeraldeños, el arroz con leña, de los manabitas, y el arroz con leche de los bolivarenses; cualesquiera le da una receta para preparar ceviche o para que usted haga el “verdadero” encebollado (no como el que venden en la esquina), o la cazuela de pescado “levanta muertos”, o el mejor bolón de verde que usted haya podido imaginar jamás.

Hay quienes cultivan, en macetas, las hierbas fragantes para aderezar sus platos. Y las hierbas sagradas que devuelven la salud. Flores hay aquí, por donde mire: en balcones, en puertas y ventanas. “Y es que donde hay flores, no entra la pobreza”, aseguran las vecinas.

Crecer en Bastión

Los ojos también son un idioma, como idioma es el mar o las montañas o la selva. Los niños hablan en el idioma de los ojos y a través de ellos transmiten la luz de la tierra de donde vinieron sus padres.