Part 2
Cuentan el tiempo los músicos por el triste acaecido de la fuga del compañero tísico que sonaba el bombo roncador y los platillos rechinantes...
-Eso jué anteh de que se muriera Ramón Pieedrahita...
-No; jué despuéh...Ya lo'bía reemplazado &&Quot;Tejón Macho"... M'acuerdo porque en Jujan no pudimoh tocar el himno nacional... "Tejón Macho" no lo bía prendido todavía...
-De verah...
Era el atardecer.
Los últimos rayos del sol -&que había jalao de firme, amigo"- jugueteaban cabrilleos en las ondas blancosucias del riachuelo.
Redentor Miranda dijo, aludiendo a los reflejos luminosos en el agua:
-¡Parecen bocachicos nadando con la barrigga p'encima!
Manuel Mendoza fue a replicar, pero se contuvo.
-Hasta la gana de hablar se le quita a unoo con esta vaina -murmuró.
Iba el grupo, silencioso, por el sendero estrecho que seguía la curva de la ribera, hermanando rutas para el trajinar de los vecinos. A lo lejos al fin el camino- distinguíase el rojo techo de tejas de una casa de hacienda, cobijada a la sombra de una frutaleda, sobre cuyos árboles las palmas de coco, atacadas de gusano, desvencijaban sus estípetes podridos, negruscos, ruinosos...
-Bay! Esa eh la posesión de loh Pirah Santtoh.
-La mesma.
-¿Arcansaremo a yegar?
Humm...
Hablaban bajito, bajito... Susurraban las palabras...
-Er tísico tiene oido de comadreja.
Esteban Pacheco preguntó, ingenuamente:
-¿Tísico dice? ¿Pero eh que Piedrahita tafectao? ¿No decían que era daño?
Nazario Moncada Vera lo miró.
-¡No sea pendejo amigo! -replicó-. Los'ojoo si'han hecho para ver... ¿Usté ve o no ve?
Ramón Piedrahita no podía más.
Iba casi en guando, conducido por Severo Mariscal y Redentor Miranda.
Delante marchaba su hijo, lloroso, con el bombo a cuestas... Pero, ahora iba el muchacho casi contento de llevarlo... Pensaba, vagamente, que debería haberlo llevado siempre... Y quería, acaso, que pesara más, mucho más...
A cada paso se revolvía:
-¡Papá! ¿Cómo se siente papà? ¿Se siente mejorado papá? ¡Papá!
Ramón Piedrahita no respondía. Hubiera,si, deseado responder. Se le advertía en el gesto de la faz lívida, demacrada, mascarilla de cadáver... un desesperado esfuerzo por hablar... Pero, no hablaba... Hacía una hora que no hablaba ya...
Manuel Mendoza reprendía al muchacho:
-¡Ve que mi ahijao! ¡Se fija que mi compaadre está debilitao y le hace conversación! ¡Deje que se recupere!
Los demás sonreían a hurtadilla, lúgubremente.
Hacían los Alancay la retaguardia del grupo. Cambiaban frases entre sí y con Mendoza, cuando éste se les acercaba para satisfacer su ración de charla inevitable.
-A mí nidien me convenció nunca jamás de qque el Piedrahita estaba amaliado. ¡Picado del pulmón estaba!
-Yo ni me apegaba, por eso. De lejitos....
Mendoza terciaba magistralmente:
-Ustedeh como no son d'estoh laoh, no sabeen esta cosa de loh maleh que li hacen ar critiano... Puede que mi compadre tenga picao el pulmón, no digo que no; pero, ha de ser que Tomah Macía, que jué er que lo jodió, le metió arguna poliya en la mayorca... ¿No li han oído cómo cuenta? Los Alancay otorgaban, respetuosos: -¡Así ha de ser, don Mendoza! Cuando usteed lo afirma...
-¡Vaya que lo firmo!
Nazario Moncada Vera iba de un lado para otro.
-¡Apúrense! ¡Noh va'garrar la noche! ¡Esse hombre necesita tranquilidá!
Se acercó a los que conducían a Piedrahita:
-Háganle, mah mejor, siya'e mano. Arrecuééstenlo un rato en er suelo pa que se acondicionen y el enfermo se entone.
Miranda y Mariscal depositaron sobre una cama de yerba el cuerpo casi exánime de Piedrahita.
Todos lo rodearon.
Tenía ya el pobre la respiración estertorosa de la agonía. Cuando abría los ojos, buscando ansiosamente al hijo, se le clavaba, la mirada vidriosa de las pupilas medio paralizadas... Tosía, aún... Era la suya una tos seca, que parecía salir sólo de la garganta; una tos chiquilla, apenas perceptible... absolutamente semejante al arrullar de la paloma de Castilla en los nidales altos.
Nazario Moncada Vera llamó aparte a Mariscal y a Miranda.
-De que repose un rato -ordenó, li hacen lla siya e mano...Pero, andenle, con cuidado... Cuando tuesa, revuervan la cara pa que no leh sarpique la baba...
-¡Ah!...
-No eh que yo sea asquiento; pero, la enfeermedá eh la enfermedá... El hombre que va morir, suerta toda la avería que tiene adentro...
-¡Ah!...
Ramón Piedrahita se había agravado de un momento a otro. Hasta el día anterior, aún se valía de sus piernas. Fatigábase, pero avanzaba.
Habían procurado dejarlo en varias partes, más él quería seguir, seguir...
Decía:
-Déjenme yegar onde Melasio Vega. Ese hommbre me sana.
Melasio Vega era un curandero famoso, cuya vivienda estaba a cuatro horas a caballo, justamente, de la casa de los Pita Santos, adonde ahora se aproximaba el grupo.
Ramón Piedrahita ya no pensaba en los indios brujos de Santo Domingo de los Colorados. Se contentaba conque lo "medicinara" Melasio Vega...
-¡Milagro hace! Jué er que sarvó a Tiburccio Benavide, que'staba pior que yo...
-¡Ahá!...
Los compañeros no se atrevieron a negarle a Piedrahita la satisfacción de su empeño. Y siguieron adelante.
Comentaban:
-No avanza.
-Onde loh'Arriaga se noh queda.
-Pasa. Onde loh Duarte, tarveh.
-No; máh lejo...
¿Onde?
-Onde loh Calderoneh...
-No; onde loh Pita Santoh no máh...
Esto lo dijo Nazario Moncada Vera y adivinó.
-Máh mejor que sea ayí, a lo meon si está mi compadre Rumuardo...
-Quién sabe está en lah lomah con er ganaddito...
-No; al'hijo grande manda. Er se queda reeposando. Ya'stá viejo mi compadre Rumuardo.
-Ahá...
Y ahora estaban ahí, en las inmediaciones de la hacienda de los Pita Santos, con el moribundo.
-¡Ni qui'hubiera apostao conmigo pa'hacermme ganar! -repetía Nazario Moncada Vera.
Después de un rato, ordenó:
-¡Cárguenlo!
Y en la oreja de los conductores, musitó, recalcando el consejo de antes:
-Cuando tuesa, viren la cara pa que no loss'atoque er babeo.
Lentamente -"como proseción en la plaza'e pueblo chico"-, adelantó el uno hasta la casa de los Pita Santos, en cuyo portal hizo alto.
Nazario Moncada Vera gritó:
-¡Compadre Rumuardo!
Rumualdo Pita Santos se asomó a la azoteilla que se abría en un ala del edificio.
-¡Vaya compadre! -exclamó en tono alegre-.. Feliceh los'ojo que lo ven, compadre!
En seguida, inquirió:
-¿Y qué milagro eh por aquí en mi modesta posesión?
Moncada Vera respondió, muequeando un guiño triste:
-Por aquí, compadre, andamo con er socio PPiedrahita que si'ha puesto un poco adolecente... Y venimoh pa que noh de usté una posadita hasta mañana...
-¡Como no compadre! Ya sabe usté que estéé eh su casa.
-¿Onde noh'arreglamo, compadre?
-Arriba no hay lugar, porque tenemoh posannteh; unoh parienteh de su comadre, que han venido a'hacerse ver con Melasio Vega... Pero abajo, en la bodega, pueden acomodarse.
-Onde se sea.
-Dentre, pueh, compadre, con la compañía; que yo vi'hacerle preparar un tente-en-pié p'al cansancio que tren...seguro...
-¡Graciah, compadre!
Ramón Piedrahita fue colocado en unos gangochos, sucios, de cáscaras de arroz y de café, sobre el suelo de tablas de la bodega. Una vieja montura sirvió para almohada. Encima del cuerpo le echaron un poncho.
La mujer de Rumualdo Pita Santos -ña Juanita, una cincuentona robusta y guapota-. bajó a apersonarse del enfermo.
Cornelio Piedrahita quedóse a la cabecera de su padre; pero; los músicos no entraron en la bodega, sino que se encaminaron a la orilla del río, y en el elevado barrancal se fueron sentando, uno al lado del otro, enmudecidos, junto a los enmudecidos instrumentos.
Por un instante, las miradas de todos convergieron en el gordo bombo que Cornelio Piedrahita dejara abandonado en el portal.
En lo íntimo se formularon pregunta semejante:
-¿Quién lo tocará despueh?
Pero, no se respondieron.
Transcurrieron así muchos minutos, una hora quizás. Las sombras se habían venido ya cielo abajo, sobre la tierra ennegrecida, sobre las aguas ennegrecidas...
En la bodega estaban ahora, además de ña Juanita sus hijas: tres chinas de carnes del color y la dureza de los manglares rojizos... No obstante la amargura que los embargaba, al contemplarlas. Esteban Pacheco resolvió escribirles, aún cuando fuera a las tres, una carta de amor, y Severo Mariscal creyó que había en ellas campo abonado para el florecimiento de nuevos mariscales...
Mas, las muchachas ni los saludaron, siquiera.
Penetraron, de prisa, en la bodega, para acompañar a su madre y ayudar al enfermo a bien morir.
Era en esto que había bajado, porque se escuchaban sus voces que rezaban los auxilios...
Decían:
-¡Gloriosísimo San Miguel, príncipe de la milicia celestial, ruega por él! ¡Santo Angel de su guardia; glorioso San José, abogado de los que están agonizando, rogac por él!
Después rezaron letanías. La madre invocaba; las hijas coreaban...
-San Abel... Coro de los justos... San Abrraham... Santos Patriarcas y Profetas... San Silvestre... Santos Mártires... San Agustín... Santos Pontífices y Confesores... San Benito... Santos Monges y Ermitaños... San Juan... Santa María Magdalena... Santas Vírgenes y Viudas...
-!Rogac por él!... ¡Rogac por él!...Rogac por él...
Más tarde, recomendaban su alma:
-¡Sal en nombre de los Angeles y Arcángelees; en nombre de los Tronos y Dominaciones; en nombre de los Principados y Potestades; en el de los Queribines y Serafines!...
Esto fue lo último. Cesaron las voces.
Los músicos se estremecieron.
Apareció en el umbral de la puerta de la bodega, la figura de ña Juanita.
-¡Ya'cabó! -dijo.
Prendido a su falda, Cornelio Piedrahita, ahora más pequeño, vuelto más niño ahora, sollozaba...
¡Papá! ...¡Papá!...
Nada más.
Los músicos guardaron su silencio.
Y transcurrieron nuevos minutos. Parecía como si todas las gentes hubieran perdido la noción del tiempo.
Y, de improviso, sucedió lo no esperado.
Uno de los hombres -después se supo que fue Alancay, el del barítono-, sopló en el instrumento. El instrumento contestó con un alarido tristón.
Los demás músicos imitaron inconscientemente a su compañero... Se quejaron con sus gritos peculiares al saxo, el trombón, el bajo, el cornetín...
Y, a poco, sonaba pleno, aullante, formidable de melancolía, un sanjuan serraniego... Mezclábanse en él trozos de la marcha fúnebre que acompañaba los entierros de los montubios acaudalados y trozos de pasillos dolientes...
Lloraban los hombres por el amigo muerto, lloraban su partida; pero, lo hacían, sinceros, brutalmente sinceros, por boca de sus instrumentos, en las notas clamorosas...
Mas, algo faltaba que restaba concierto vibrante a la música: la armonía acompañadora del bombo, el sacudir reclinante de los platos.
Faltaban.
Pero de pronto, advirtieron los músicos que no faltaba ya.
Se miraron.
¿Quién hacía romper su calma al instrumento enlutado?
-¡Ah!...
Cornelio Piedrahita golpeaba rítmicamente la mano de madera contra el cuero tenso...
-¡Ah!...
...Arriba, Romualdo Pita Santos, desentendido del muerto, se preocupaba exclusivamente del temé-en-pie.
Hablándole a un peón le decía:
-Búsqueme, Pintado, unah gayinah gordah. Hay que hacer un aguao. Eh lo máh mejor paun velorio... Despuéh va'comprarme café pa destilar, onde er guaco Lópeh... ¡Ah, mayorca! Un trago nunca está demah.
Cuando oyó la música que sonaba en el barranco, exclamó:
-Han garrao estoh gayoh la moda de la sierrra... ¡Bueno!... Que aiga música... Pero, baile no aguanto... Cuando se baila a un muerto, se malea la casa...
Dirigiéndose a una mujer que animaba el fuego del fogón con un enorme abanico, exigió confirmación:
-¿Verdá, comadre Inacita, usté que eh tan sabedora d'eso?
La interpelada contestó, convencida:
-Así eh, don Pita.
...Abajo, las mujeres musitaban rezos junto al comedor.
La música cesó.
Las últimas notas las dieron unas lechuzas que tenían su nido en el alero del edificio.
Al oir los chirridos de los animaluchos, el viejo Manuel Mendoza comentó:
-Esah son lah que han cortao la mortaja paa mi compadre Piedrahita...
¡Desgraciadah!...
Como los pajarracos continuaran en sus lúgubres gritos, mientras revoloteaban sobre la casa, agregó:
-Y sigue er vortejeo... Leh ha sobrao telaa pa otra, mortaja, se ve... Santigüensen, amigoh, no sea que noh atoque a arguno de nosotroh...¡Mardita sea!
Todos, incluso Nazario Moncada Vera, se persignaron, contritos...
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