Part 16
--Yo le aseguré que los españoles les echaríamos de España, y él me contestó que parecía probable, porque la guerra iba tomando mal aspecto; pero que esto sería un mal para nosotros, porque de venir otra vez Fernando VII, España seguiría con su mal gobierno y con las muchas cosas perversas, injustas y anticuadas que hay aquí.
--¡Oh! ¿Y no se le ocurrió a usted la contestación a tan atrevido y antipatriótico aserto?--preguntó con énfasis el diplomático.
--Yo le dije que aquí pensábamos arreglar todas esas cosas, y quitar la Santa Inquisición, y los diezmos, y los mayorazgos, como me decía el Sr. de Santorcaz.
Doña María aferró sus manos a los brazos de la silla como si quisiera estrujar la madera entre sus dedos.
--Sobre todo los mayorazgos--prosiguió Rumblar--. También le dije al francés que yo soy mayorazgo, y que después de casado tendré dos vinculaciones. ¡Como se reía cuando le dije que era Grande de España! Todos acudían a verme y me volvieron a dar de beber, y me caí otra vez al suelo, cantando que me las pelaba.
¡Ay! Doña María se llevó las manos a la cabeza; D.ª María cerró los ojos; D.ª María golpeó el suelo con su pie derecho; D.ª María semejaba la imponente imagen de la Tradición aplastando la hidra revolucionaria.
--Esta mañana me preguntaron si yo tenía hermanas guapas. Díjeles que eran muy bonitas, y ellos me dijeron que vendrían a verlas, y que si queríamos dárselas para casarse con ellas, puesto que también serían mayorazgas. Yo les contesté que mayorazgo era el que había nacido primero.
Y luego, dirigiéndose a sus hermanitas, les dijo:
--Os fastidiasteis, chicas, por haber nacido hembras y después que yo. Una de ustedes se casará con cualquier pelele, y la otra se meterá en un conventito a rezar por nosotros los pecadores, a no ser que algún día vea un galán por la reja, y se enamore, y luego se tire por la ventana a la calle.
Doña María no podía resistir más. Iba a estallar su furibunda cólera; pero aún era mayor el caudal de su prudencia que el caudal de su enojo...; se contuvo y cerró otra vez los ojos, ya que no podía cerrar los oídos.
--Después--siguió el mancebo--me preguntaron si mis hermanas usaban navaja, si tocaban la guitarra, si iban a los toros y si yo era familiar de la Inquisición. ¡Cómo se reían aquellos condenados! Lo gracioso era que no me dejaban salir de allí, y a cada rato me decían _so, so, so_.
--_Un sot_--dijo el diplomático--. Pues sospecho que os llamaron tonto. ¡Oh iniquidad de la nación francesa! ¡Vea usted, Sr. D. Paco, lo que es un pueblo carcomido por el jacobinismo!... ¿Y no les dió usted un par de sablazos?
--¡Si me querían mucho...! Ayer me tuvieron toda la noche bailando el bolero y la cachucha, en medio de un corrillo donde había más de cuarenta oficiales.
Asunción y Presentación seguían esperando con ansia la ocasión de reír; pero ésta no llegaba, y consultando el rostro de su madre, veíanle cada vez más borrascoso. Las dos estaban muertas de miedo.
Don Paco, conociendo que se preparaba un cataclismo, quiso conjurarlo y dijo a su discípulo:
--Vamos, basta de franceses, D. Diego. Hable usted de otra cosa. Si no fuera demasiado largo, os mandaría que recitarais aquel capitulo sobre la batalla del Gránico que os hice aprender de memoria; mas para que tan escogido concurso, y especialmente este fresco azahar de Andalucía, vuestra prometida; para que todos, en una palabra, puedan apreciar la buena pronunciación de usted y su oído cadencioso, échenos cualquiera de esos romances que sabe..., vamos. Atención, señores.
--El del _Barandal del cielo_--dijo Asunción, respirando con alegría.
--El de los _Santos pechos_--dijo Presentación.
--Vamos, no se haga usted de rogar.
--Pues voy a echarles una canción que me enseñaron los franceses.
--No, nada de franceses.
--Si es muy bonita, aunque a decir verdad, yo no la entiendo.
Y sin esperar más, púsose en pie D. Diego, y accionando como un cómico, con voz fuerte y exaltado acento, cantó así:
_Allons, enfants de la patrie, le jour de gloire est arrivé! Contre nous de la tyrannie l'étandart sanglant est levé!_
Asunción y Presentación reían como locas y D.ª María no dijo nada. Ninguno de la familia había entendido una palabra.
--Es bonita la canción--dijo D. Paco--; pero no la comprendemos.
Entonces el diplomático levantóse ceremoniosa y gravemente, y tomando un tono de hombre severo habló así:
--¿Sabe usted lo que está cantando? Pues está cantando la _Marsellesa_, esa canción impía y sanguinaria, señores; esa canción que acompañó al suplicio a todos los mártires de la Revolución, incluso Luis XVI, mi querido amigo..., porque han de saber ustedes que Luis XVI y yo teníamos muchas bromas y nos echábamos el brazo por el hombro, paseándonos por Versalles... ¡La _Marsellesa_, señores, la _Marsellesa_! También acompañó al cadalso a María Antonieta... ¡y qué buena era aquella señora! ¡Cuántas veces la vi marcando pañuelos en una ventana baja del pequeño Trianon! ¡Cómo me quería!... En fin, este joven me ha horripilado con la tal tonadilla... Señora Condesa, ¿está usted indispuesta? ¿Y tú, hermana? ¡El caso no es para menos! Hija mía, ¿estás nerviosa? ¿Te has puesto mala? ¿Te causa miedo esa canción?
Inés le contestó que no tenía pizca de miedo. En tanto, D.ª María, no pudiendo resistir más, salió del cuarto con sus hijas. Desconcertóse al punto aquella ilustre reunión, y luego no quedó en la sala más que la familia de Inés con D. Diego. Al poco rato tuvo lugar una escena lamentable, y fué que D.ª María, ciega de furor, y necesitando desahogar aquella tormenta de su espíritu sobre alguien, descargó su enojo al fin; ¿pero sobre quién?, dirán ustedes... Sobre las dos inocentes niñas, sobre los dos angelitos celestiales, Asunción y Presentación. ¿Y todo por qué? Porque entusiasmadillas con la llegada de su hermano, habían dejado de hacer no sé qué cosa encomendada a sus tiernas manos. ¡Pobres pimpollitos! La dignidad impedía a mi señora Condesa castigar al primogénito delante de la novia y del suegro, y era forzoso que pagaran el pato las dos niñas desheredadas. Yo las ví llorando como unas Magdalenas y soplándose las palmas de las manos, escaldadas por aquel fatídico instrumento de cinco agujeros que pendía de fatal espetera en el despacho de D. Paco. Las pobrecillas estuvieron a moco y baba todo el día.
XXXIII
Este libro concluye, queridísimos lectores, a quienes adoro y reverencio; se acaba, y los notables y jamás vistos sucesos que me acontecieron por el proyectado matrimonio de Inés y por el encuentro de aquellas dos familias en el tortuoso y difícil camino de mis amores, serán escritos, por no caber en este volumen, en otro que pondré a vuestra disposición lo más pronto posible. Tened, pues, un adarme de paciencia, y mientras aquellas distinguidas personas se preparan para ponerse en camino hacia Madrid, adonde con vuestra venía pienso acompañarlas, atended un poco más.
El mismo día 22 encontré a Santorcaz, puesto ya al frente de su partidilla, la cual, como he dicho, estaba formada de lo mejorcito del país. Les digo a ustedes que tropa más escogida que aquélla no la capitanearon los famosos _caballistas_ José María y Diego Corrientes.
--¿Va usted ya de marcha?--le pregunté.
--Sí; dispusieron que fuera alguna fuerza de paisanos a guardar el paso de Despeñaperros, y yo solicité esa comisión, que me agrada mucho. Allá voy con mi gente. ¿Quieres venir? ¿Has estado en casa de Rumblar?
--De allá vengo.
--¿Y esa familia que está ahí es la de la novia de D. Diego?
--Justamente.
--Creo que van todos para Madrid.
--Así parece.
--¿No sabes cuándo?
--Según he oído, pasado mañana. Esperan saber lo de la capitulación para llevar la noticia.
--¿Conque pasado mañana? Bien... Adiós. ¿Quieres venir en mi partida?
--Gracias; adiós.
Les vi partir, y todo el día y toda la noche estuve pensando en aquella gente.
Yo no vi el triste desfile de los ocho mil soldados de Dupont cuando entregaron sus armas ante el general Castaños, porque esto tuvo lugar en Andújar. A pesar de que la primera y segunda división habían sido las vencedoras de los franceses, la honra de presenciar la rendición fué otorgada a la tercera y a la de reserva, por una de esas injusticias tan comunes en nuestra tierra, lo mismo en estos días de vergüenza que en aquellos de gloria. Por delante de nosotros desfilaron las tropas de Vedel, en número de nueve mil trescientos hombres, y dejando sus armas en pabellón, nos entregaron muchas águilas y cuarenta cañones.
Les mirábamos y nos parecía imposible que aquéllos fueran los vencedores de Europa. Después de haber borrado la geografía del continente para hacer otra nueva, clavando sus banderas donde mejor les pareció, desbaratando imperios y haciendo con tronos y reyes un juego de títeres, tropezaban en una piedra del camino de aquella remota Andalucía, tierra casi olvidada del mundo desde la expulsión del islamismo. Su caída hizo estremecer de gozosa esperanza a todas las naciones oprimidas. Ninguna victoria francesa resonó en Europa tanto como aquella derrota, que fué, sin disputa, el primer traspiés del Imperio. Desde entonces caminó mucho, pero siempre cojeando. España, armándose toda y rechazando la invasión con la espada y la tea, con la navaja, con las uñas y con los dientes, probaría, como dijo un francés, que los ejércitos sucumben, pero que las naciones son invencibles.
--¡Cuánto siento que no esté aquí el señor de Santorcaz!--me dijo Marijuán, al ver pasar por delante de nosotros a aquellos hermosos soldados, medio muertos de fatiga y de vergüenza--. ¿Te acuerdas de las grandes bolas que nos contaba cuando veníamos por la Mancha y nos refería las batallas ganadas por éstos contra todo el mundo?
--Lo que nos contaba Santorcaz--respondí--era pura verdad; pero esto que ahora vemos, amigo Marijuán..., verdad es también.
XXXIV
Considerad ahora lo que pasaba del otro lado de Sierra Morena en aquel mismo mes de julio. El día 7 había jurado José en Bayona la Constitución hecha por unos españoles vendidos al extranjero. El día 9, el mismo José traspasaba la frontera para venir a gobernarnos. El día 15 ganaba Bessières en los campos de Ríoseco una sangrienta batalla, y al tener de ella noticia Napoleón, decía lleno de gozo: «La batalla de Ríoseco pone a mi hermano en el trono de España, como la de Villaviciosa puso a Felipe V.» Napoleón partió para París el 21, creyendo que lo de España no ofrecía cuidado alguno. El 20, un día después de nuestra batalla, entró José en Madrid, y aunque la recepción glacial que se le hizo le causara suma aflicción, aún le parecía que el buen momio de la Corona duraría bastante tiempo.
Pero hacia los días 25, 26 y 27 se esparce por la capital un rumor misterioso que conmueve de alegría a los españoles y llena de terror a los franceses: corre la voz de que los paisanos andaluces y algunas tropas de línea han derrotado a Dupont, obligándole a capitular. Este rumor crece y se extiende; pero nadie quiere creerlo, los españoles por parecerles demasiado lisonjero, y los franceses por considerarlo demasiado terrible. El absurdo se propaga y parece confirmarse; pero la Corte de José se ríe y no da crédito a aquel cuento de viejas. Cuando no queda duda de que semejante imposible es un hecho real, la Corte, que aún no había instalado sus bártulos, huye despavorida; las tropas de Moncey, que rechazadas de Valencia se habían replegado a la Mancha, se unen a las de Madrid, y todos juntos, soldados, generales y Rey intruso, corren precipitadamente hacia el Norte, asolando el país por donde pasan. Aquel fantasma de reino napoleónico se disipaba como el humo de un cañonazo.
Y ahora os he de hablar de cómo la guerra, que parecía próxima a concluir, se trabó de nuevo con más fuerza; he de hablaros de aquel infeliz y bondadoso rey José, y de su Corte, y de su hermano, y del paso de Somosierra con la famosa carga de los lanceros polacos, y del sitio de Madrid, y de otras muchas curiosísimas cosas; pero todo se ha de quedar para el libro siguiente, donde estos históricos sucesos han de tener feliz consorcio con los no menos dramáticos de mi vida, y todo lo mucho y bueno que ocurrió en el matrimonio de Inés.
Ahora guardaré prudente silencio sobre estos sucesos, pues decidido estoy a seguir al pie de la letra la reservadísima escuela del diplomático, y así os digo:
«No, no me obliguéis, abusando de la dulce amistad, a que revele estos secretos de que tal vez depende la suerte del mundo. No me seduzcáis con ruegos y cariñosas sugestiones que en vano atacan el inexpugnable alcázar de mi discreción.»
A pesar de esto, ¿insistís, importunos amigos? Nada más os digo por ahora, sino que la familia de Inés salió para Madrid hacia fin de mes y en los días en que el ejército vencedor marchaba hacia la capital de España.
Esta circunstancia me permitió ir en la escolta que por el camino debía custodiar a tan esclarecida familia; así es que formé con los diez a caballo que galopaban a la zaga de los dos coches. ¡Ay! Por la portezuela de uno de ellos solía asomarse durante las paradas una linda cabeza, cuyos ojos se recreaban en la marcial apostura del pequeño escuadrón.
--Estos valerosos muchachos, hija mía--le decía su padre--, son los que en los campos de Bailén echaron por tierra con belicosa furia al coloso de Europa. Veo que les miras mucho, lo cual me prueba tu entusiasmo por las glorias patrias.
Basta con esto, señores, y no digo más. En vano me hacéis señas; excitándome a hablar; en vano fingen conocer mentirosos hechos, para que yo les cuente los verídicos. ¿A qué conduce el anticipar la relación de lo que no es de este lugar? A los impacientes les diré que nada ocurrió hasta que llegamos al desfiladero de Despeñaperros. Lo pasábamos en una noche muy obscura, cuando de pronto detuviéronse los coches, oímos gritos, sonó un disparo, y algunos hombres de mal aspecto, saltando desde los cercanos matorrales, se arrojaron al camino. Al instante corrimos sable en mano hacia ellos...; pero basta ya, y déjenme dormir, pues ni con tenazas me han de sacar una palabra más.
FIN DE «BAILÉN»
Octubre-noviembre de 1878.
TRADUCCIONES DE DIVERSAS OBRAS
DE
Don BENITO PEREZ GALDOS
EN INGLÉS:
_Doña Perfecta_, a tale of modern Spain. Traducción de D.P.N.--London, Samuel Tinsley, 1886.
_Idem._ Traducción de Clara Bell. New-York, Gottsberger, 1883.
_Idem._. New-York, 1884.
_Idem._ Traducción de D.P.W. New-York. George Munro, Publisher, 17 a 27, Vandewater Street, 1883.
_Gloria._ Traducción de Clara Bell. New-York, William S. Gottsberger, Publisher. 11 Murray Street, 1882.
_Idem._ Traducción de Nathan Wetherell. London, Remigton and Co., 5, Arundel Street, Strand. W.C., 1879.
_León Roch._ Traducción de Clara Bell. New-York, William S. Gottsberqer, Publisher, 11. Murray Street, 1888.
_Marianela._ Traducción de Clara Bell. New-York. William S. Gottsberger, Publisher, 11, Murray Street. 1883.
_Marianela._ Traducción de Helen W. Lester. Chicago, A.C. Mac-Clurg and Company, 1892.
_Trafalgar._ Traducción de Clara Bell. New-York, William S. Gottsberger, Publisher, 11, Murray Street, 1884.
_Zaragoza._. Traducción de Minna Carolina Smith. Boston, Little. Brown and Company, 1899.
_La batalla de los Arapiles._ Traducción de Rollo Ogden. Filadelfia, J.B. Lippincot Company, 1895.
EN FRANCÉS:
_Doña Perfecta._ Traducción de L. Lugol. París, Giraud, 1885.
_Idem._ Traducción de L. Lugol. París, Hachette.
_La campaña del Maestrazgo_ (Le Roman de Soeur Marcela). Traducción de L. de L***. París, Calmann-Levy, Editeurs, 3, rue Auber.
_Marianela._ Traducción de Julien Lugol. París. Librairie des publications a 50 centimes; 34, rue de la Montagne-Sainte-Geneviève.
_Idem._ Traducción de A. Germond de Lavigne. París, Librairie Hachette et Cie., 79, Boulevard Saint-Germain, 1884.
_El amigo Manso._ Traducción de Julien Lugol. París, Librairie Hachette et Cie., 79, Boulevard Saint-Germain, 1888.
_Misericordia._ Traducción de Maurice Bixio. París, Librairie Hachette. 1900.
EN ALEMÁN:
_Doña Perfecta._ Dos tomos, traducción de J. Reichell. Dresde y Leipzig, Pierson's Verlag, 1886.
_Electra._ Traducción de Rodolfo Beer. Wiener Verlag. 1901.
_Electra._ Traducción de Rodolfo Beer, arreglada para la escena alemana por Ricardo Fellner. Berlín. 1901.
_Gloria._ Traducción del Dr. Augusto Hartmann. Berlín, Verlag von L. Schleiermacher, 1880.
_El amigo Manso_ (Freund Manso). Traducción de E. von Buddenbrock. Berlín, Verlag von Karl Siegesmund, 1894.
_Trafalgar._ Traducción de Hans Parlow. Dresde y Leipzig, Verlag von Karl Reitzner, 1896.
_Marianela._ Traducción de E. Plücher. Breslau, Auterhaltungsblatt, 1888.
EN SUECO:
_Doña Perfecta._ Traducción de K.A. Hagberg. Stockolm, Skoglunuds Förlag.
_León Roch._ Traducción de A.P. de la Cruz Frölich. Kjöpenhaun (Copenhague). Förlag. Andr. Schous, 1881.
_Torquemada en la hoguera._ (Torquemada paa baalet). Traducción de Johanne Alleu. Cristiania y Copenhague, Förlag A. Christiansens, 1898.
EN ITALIANO:
_Nazarín_ (Sicut-Christus). Traducción de Guido Rubetti y José León Pagano. Firenze, G. Nerbini.
_Gloria._ Traducción de Italo Argenti. Firenze, R. Bemporad & Figlio, 1901.
_Marianela._ Traducción de G. de Michelis. Bologna, Tipografía Pont. Maregiani, vía Volturno. 3, 1880.
_La Fontana de Oro._ Traducción de G. de Michelis. Milán. Fratelli Treves. 1890.
_Doña Perfecta._ Traducción de Cunes. Milán. Fratelli Treves. 1897.
EN HOLANDÉS:
_Doña Perfecta._ Traducción de M.A. de Goeje Leiden. Brill, 1883.
_Electra._ Leiden, A.H. Adriani, 1901.
EN PORTUGUÉS:
_Electra._ Traducción de Ramalho Ortigão. Oporto, Librería Chardron. de Lello & Irmao, editores, 1901.
EN DINAMARQUÉS:
_Fru Perfecta._ Traducción de Gigas. Copenhague, Priors, 1895.