Azul... Obras Completas Vol. IV

Part 8

Chapter 83,322 wordsPublic domain

El príncipe de Gales va de caza por bosques y por cerros, con su gran servidumbre y con sus perros de la más fina raza.

* * * * *

Acallando el tropel de los vasallos, deteniendo traíllas y caballos, con la mirada inquieta, contempla a los dos tigres, de la gruta a la entrada. Requiere la escopeta, y avanza, y no se inmuta.

* * * * *

Las fieras se acarician. No han oído tropel de cazadores. A esos terribles seres, embriagados de amores, con cadenas de flores se les hubiera uncido a la nevada concha de Citeres o al carro de Cupido.

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El príncipe atrevido, adelanta, se acerca, ya se para; ya apunta y cierra un ojo; ya dispara; ya del arma el estruendo por el espeso bosque ha resonado. El tigre sale huyendo y la hembra queda, el vientre desgarrado. ¡Oh, va a morir!... Pero antes, débil, yerta, chorreando sangre por la herida abierta, con ojo dolorido miró a aquel cazador, lanzó un gemido como un ¡ay! de mujer... y cayó muerta.

III

Aquel macho que huyó, bravo y zahareño a los rayos ardientes del sol, en su cubil después dormía. Entonces tuvo un sueño que enterraba las garras y los dientes en vientres sonrosados y pechos de mujer; y que engullía por postres delicados de comidas y cenas, como tigre goloso entre golosos, unas cuantas docenas de niños tiernos, rubios y sabrosos.

AUTUMNAL

_Eros, Vita, Lumen._

En las pálidas tardes yerran nubes tranquilas en el azul; en las ardientes manos se posan las cabezas pensativas. ¡Ah los suspiros! ¡Ah los dulces sueños! ¡Ah las tristezas íntimas! ¡Ah el polvo de oro que en el aire flota, tras cuyas ondas trémulas se miran los ojos tiernos y húmedos, las bocas inundadas de sonrisas, las crespas cabelleras y los dedos de rosa que acarician!

* * * * *

En las pálidas tardes me cuenta un hada amiga las historias secretas llenas de poesía; lo que cantan los pájaros, lo que llevan las brisas, lo que vaga en las nieblas lo que sueñan las niñas.

* * * * *

Una vez sentí el ansia de una sed infinita. Dije al hada amorosa: --Quiero en el alma mía tener la inspiración honda, profunda, inmensa: luz, calor, aroma, vida. Ella me dijo:--¡Ven! con el acento con que me hablaría un arpa. En él había un divino idioma de esperanza. ¡Oh sed del ideal!

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Sobre la cima de un monte, a media noche, me mostró las estrellas encendidas. Era un jardín de oro con pétalos de llamas que titilan. Exclamé:--Más...

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La aurora vino después. La aurora sonreía, con la luz en la frente, como la joven tímida que abre la reja, y la sorprenden luego ciertas curiosas, mágicas pupilas. Y dije:--Más...--Sonriendo la celeste hada amiga prorrumpió:--¡Y bien! ¡Las flores!

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Y las flores estaban frescas, lindas, empapadas de olor: la rosa virgen, la blanca margarita, la azucena gentil y las volúbiles que cuelgan de la rama estremecida. Y dije:-Más...

* * * * *

El viento arrastraba rumores, ecos, risas, murmullos misteriosos, aleteos, músicas nunca oídas. «El hada entonces me llevó hasta el velo que nos cubre las ansias infinitas, la inspiración profunda y el alma de las liras. Y lo rasgó. Y allí todo era aurora.» En el fondo se veía un bello rostro de mujer.

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¡Oh; nunca, Piérides, diréis las sacras dichas que en el alma sintiera! Con su vaga sonrisa: --¿Más?...--dijo el hada.--Y yo tenía entonces clavadas las pupilas en el azul; y en mis ardientes manos se posó mi cabeza pensativa...

INVERNAL

Noche. Este viento vagabundo lleva las alas entumidas y heladas. El gran Andes yergue al inmenso azul su blanca cima. La nieve cae en copos, sus rosas transparentes cristaliza; en la ciudad, los delicados hombros y gargantas se abrigan; ruedan y van los coches, suenan alegres pianos, el gas brilla; y, si no hay un fogón que le caliente, el que es pobre tirita.

* * * * *

Yo estoy con mis radiantes ilusiones y mis nostalgias íntimas, junto a la chimenea bien harta de tizones que crepitan. Y me pongo a pensar: ¡Oh! ¡si estuviese ella, la de mis ansias infinitas, la de mis sueños locos, y mis azules noches pensativas! ¿Cómo? Mirad: De la apacible estancia en la extensión tranquila vertía la lámpara reflejos de luces opalinas. Dentro, el amor que abrasa; fuera, la noche fría; el golpe de la lluvia en los cristales, y el vendedor que grita su monótona y triste melopea a las glaciales brisas. Dentro, la ronda de mis mil delirios, las canciones de notas cristalinas, unas manos que toquen mis cabellos, un aliento que roce mis mejillas, un perfume de amor, mil conmociones, mil ardientes caricias; ella y yo: los dos juntos, los dos solos la amada y el amado, ¡oh, Poesía! los besos de sus labios, la música triunfante de mis rimas y en la negra y cercana chimenea el tuero brillador que estalla en chispas.

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¡Oh! ¡bien haya el brasero lleno de pedrería! Topacios y carbunclos, rubíes y amatistas en la ancha copa etrusca repleta de ceniza. Los lechos abrigados, las almohadas mullidas, las pieles de Astrakán, los besos cálidos que dan las bocas húmedas y tibias. ¡Oh, viejo Invierno, salve! puesto que traes con las nieves frígidas el amor embriagante y el vino del placer en tu mochila.

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Sí, estaría a mi lado, dándome sus sonrisas, ella, la que hace falta a mis estrofas, esa que mi cerebro se imagina; la que, si estoy en sueños, se acerca y me visita; ella que, hermosa, tiene una carne ideal, grandes pupilas, algo del mármol, blanca luz de estrella; nerviosa sensitiva, muestra el cuello gentil y delicado de las Hebes antiguas; bellos gestos de diosa, tersos brazos de ninfa, lustrosa cabellera en la nuca encrespada y recogida y ojeras que denuncian ansias profundas y pasiones vivas. ¡Ah, por verla encarnada, por gozar sus caricias, por sentir en mis labios, los besos de su amor, diera la vida! Entre tanto hace frío. Yo contemplo las llamas que se agitan, cantando alegres con sus lenguas de oro, móviles, caprichosas e intranquilas, en la negra y cercana chimenea do el tuero brillador estalla en chispas.

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Luego pienso en el coro de las alegres liras. En la copa labrada, el vino negro, la copa hirviente cuyos bordes brillan con iris temblorosos y cambiantes como un collar de prismas; el vino negro que la sangre enciende, y pone el corazón con alegría, y hace escribir a los poetas locos sonetos áureos y flamantes silvas. El Invierno es beodo. Cuando soplan sus brisas, brotan las viejas cubas la sangre de las viñas. Sí, yo pintara su cabeza cana con corona de pámpanos guarnida. El invierno es galeoto, porque en las noches frías Paolo besa a Francesca en la boca encendida, mientras su sangre como fuego corre y el corazón ardiendo le palpita. ¡Oh, crudo Invierno, salve! puesto que traes con las nieves frígidas el amor embriagante y el vino del placer en tu mochila.

* * * * *

Ardor adolescente, miradas y caricias; cómo estaría trémula en mis brazos la dulce amada mía, dándome con sus ojos luz sagrada, con su aroma de flor, savia divina. En la alcoba la lámpara derramando sus luces opalinas; oyéndose tan sólo suspiros, ecos, risas; el ruido de los besos; la música triunfante de mis rimas, y en la negra y cercana chimenea el tuero brillador que estalla en chispas. Dentro, el amor que abrasa; fuera, la noche fría.

PENSAMIENTOS DE OTOÑO

(_De Armand Silvestre._)

Huye el año a su término como arroyo que pasa, llevando del Poniente luz fugitiva y pálida. Y así como el del pájaro que triste tiende el ala, el vuelo del recuerdo que al espacio se lanza languidece en lo inmenso del azul por do vaga. Huye el año a su término como arroyo que pasa.

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Un algo de alma aun yerra por los cálices muertos de las tardes volúbiles y los rosales trémulos. Y de luces lejanas al hondo firmamento, en alas del perfume aun se remonta un sueño. Un algo de alma aun yerra por los cálices muertos.

* * * * *

Canción de despedida fingen las fuentes turbias. Si te place, amor mío, volvamos a la ruta que allá en la primavera ambos, las manos juntas, seguimos, embriagados de amor y de ternura, por los gratos senderos do sus ramas columpian olientes avenidas que las flores perfuman. Canción de despedida fingen las fuentes turbias.

* * * * *

Un cántico de amores brota mi pecho ardiente que eterno abril fecundo de juventud florece. ¡Que mueran, en buena hora los bellos días! Llegue otra vez el invierno; renazca áspero y fuerte. Del viento entre el quejido, cual mágico himno alegre, un cántico de amores brota mi pecho ardiente.

* * * * *

Un cántico de amores a tu sacra beldad, ¡mujer, eterno estío, primavera inmortal! Hermana del ígneo astro que por la inmensidad en toda estación vierte fecundo sin cesar, de su luz esplendente el dorado raudal. Un cántico de amores a tu sacra beldad, ¡mujer, eterno estío, primavera inmortal!

A UN POETA

Nada más triste que un titán que llora, hombre-montaña encadenado a un lirio, que gime, fuerte, que pujante, implora: víctima propia en su fatal martirio.

Hércules loco que a los pies de Onfalia la clava deja y el luchar rehúsa, héroe que calza femenil sandalia, vate que olvida la vibrante musa.

¡Quien desquijaba los robustos leones, hilando esclavo con la débil rueca; sin labor, sin empuje, sin acciones: puños de fierro y áspera muñeca!

No es tal poeta para hollar alfombras por donde triunfan femeniles danzas: que vibre rayos para herir las sombras, que escriba versos que parezcan lanzas.

Relampagueando la soberbia estrofa, su surco deje de esplendente lumbre, y el pantano de escándalo y de mofa que no lo vea el águila en su cumbre.

Bravo soldado con su casco de oro lance el dardo que quema y que desgarra, que embista rudo como embiste el toro, que clave firme, como el león, la garra.

Cante valiente y al cantar trabaje; que ofrezca robles si se juzga monte; que su idea, en el mal rompa y desgaje como en la selva virgen el bisonte.

Que lo que diga la inspirada boca suene en el pueblo con palabra extraña; ruido de oleaje al azotar la roca, voz de caverna y soplo de montaña.

Deje Sansón de Dálila el regazo: Dálila engaña y corta los cabellos. No pierda el fuerte el rayo de su brazo por ser esclavo de unos ojos bellos.

ANAGKE

Y dijo la paloma: --Yo soy feliz. Bajo el inmenso cielo, en el árbol en flor, junto a la poma, llena de miel, junto al retoño suave y húmedo por las gotas de rocío, tengo mi hogar. Y vuelo con mis anhelos de ave, del amado árbol mío hasta el bosque lejano, cuando al himno jocundo del despertar de Oriente, sale el alba desnuda, y muestra al mundo el pudor de la luz sobre su frente. Mi ala es blanca y sedosa; la luz la dora y baña y céfiro la peina. Son mis pies como pétalos de rosa. Yo soy la dulce reina que arrulla a su palomo en la montaña. En el fondo del bosque pintoresco está el alerce en que formé mi nido; y tengo allí, bajo el follaje fresco, un polluelo sin par, recién nacido. Soy la promesa alada, el juramento vivo; soy quien lleva el recuerdo de la amada para el enamorado pensativo; yo soy la mensajera de los tristes y ardientes soñadores, que va a revolotear diciendo amores junto a una perfumada cabellera. Soy el lirio del viento. Bajo el azul del hondo firmamento muestro de mi tesoro bello y rico las preseas y galas: el arrullo en el pico, la acaricia en las alas. Yo despierto a los pájaros parleros y entonan sus melódicos cantares: me poso en los floridos limoneros y derramo una lluvia de azahares. Yo soy toda inocente, toda pura. Yo me esponjo en las ansias del deseo, y me estremezco en la íntima ternura de un roce, de un rumor, de un aleteo. ¡Oh, inmenso azul! Yo te amo. Porque a Flora das la lluvia y el sol siempre encendido: porque, siendo el palacio de la aurora, también eres el techo de mi nido. ¡Oh, inmenso azul! Yo adoro tus celajes risueños, y esa niebla sutil de polvos de oro donde van los perfumes y los sueños. Amo los velos tenues, vagarosos, de las flotantes brumas, donde tiendo a los aires cariñosos el sedeño abanico de mis plumas. ¡Soy feliz! porque es mía la floresta, donde el misterio de los nidos se halla; porque el alba es mi fiesta y el amor mi ejercicio y mi batalla. Feliz, porque de dulces ansias llena calentar mis polluelos es mi orgullo, porque en las selvas vírgenes resuena la música celeste de mi arrullo, porque no hay una rosa que no me ame, ni pájaro gentil que no me escuche, ni garrido cantor que no me llame. --¿Sí?--dijo entonces un gavilán infame, y con furor se la metió en el buche. Entonces el buen Dios, allá en su trono, (mientras Satán, por distraer su encono aplaudía a aquel pájaro zahareño) se puso a meditar. Arrugó el ceño, y pensó, al recordar sus vastos planes, y recorrer sus puntos y sus comas, que cuando creó palomas no debía haber creado gavilanes.

como una rosa roja que fuera flor de lis; abre los ojos; mírame, con su mirar risueño, y en tanto cae la nieve del cielo de París.

SONETOS

CAUPOLICÁN

A Enrique Hernández Miyares.

Es algo formidable que vió la vieja raza: robusto tronco de árbol al hombro de un campeón salvaje y aguerrido, cuya fornida maza blandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón.

Por casco sus cabellos, su pecho por coraza, pudiera tal guerrero, de Arauco en la región, lancero de los bosques, Nenrod que todo caza, desjarretar un toro, o estrangular un león.

Anduvo, anduvo, anduvo. Le vió la luz del día, le vió la tarde pálida, le vió la noche fría, y siempre el tronco de árbol a cuestas del titán.

«¡El Toqui, el Toqui!» clama la conmovida casta. Anduvo, anduvo, anduvo. La Aurora dijo: «Basta», e irguióse la alta frente del gran Caupolicán.

VENUS

En la tranquila noche, mis nostalgias amargas sufría. En busca de quietud bajé al fresco y callado jardín. En el obscuro cielo Venus bella temblando lucía, como incrustado en ébano un dorado y divino jazmín.

A mi alma enamorada, una reina oriental parecía, que esperaba a su amante, bajo el techo de su camarín, o que, llevada en hombros, la profunda extensión recorría, triunfante y luminosa, recostada sobre un palanquín.

«¡Oh, reina rubia!--díjele,--mi alma quiere dejar su crisálida y volar hacia ti, y tus labios de fuego besar; y flotar en el nimbo que derrama en tu frente luz pálida,

y en siderales éxtasis no dejarte un momento de amar.» El aire de la noche refrescaba la atmósfera cálida. Venus, desde el abismo, me miraba con triste mirar.

DE INVIERNO

En invernales horas, mirad a Carolina. Medio apelotonada, descansa en el sillón, envuelta con su abrigo de marta cibelina y no lejos del fuego que brilla en el salón.

El fino angora blanco, junto a ella se reclina, rozando con su hocico la falda de Alençón, no lejos de las jarras de porcelana china que medio oculta un biombo de seda del Japón.

Con sus sutiles filtros la invade un dulce sueño; entro, sin hacer ruido; dejo mi abrigo gris; voy a besar su rostro, rosado y halagüeño

como una rosa roja que fuera flor de lis; abre los ojos; mírame, con su mirar risueño y en tanto cae la nieve del cielo de París.

Su ave es la venusina, la tímida paloma. Vencido hubiera en Grecia, vencido hubiera en Roma, en todos los combates del arte o del amor.

MEDALLONES

I

LECONTE DE LISLE

De las eternas musas el reino soberano recorres, bajo un soplo de vasta inspiración, como un rajah soberbio que en su elefante indiano por sus dominios pasa de rudo viento al son.

Tú tienes en tu canto como ecos de Océano; se ve en tu poesía la selva y el león; salvaje luz irradia la lira que en tu mano derrama su sonora, robusta vibración.

Tú del fakir conoces secretos y avatares; a tu alma dió el Oriente misterios seculares, visiones legendarias y espíritu oriental.

Tu verso está nutrido con sabia de la tierra; fulgor de Ramayanas tu viva estrofa encierra, y cantas en la lengua del bosque colosal.

II

CATULLE MENDES

Puede ajustarse al pecho coraza férrea y dura; puede regir la lanza, la rienda del corcel; sus músculos de atleta soportan la armadura... pero él busca en las bocas rosadas, leche y miel.

Artista, hijo de Capua, que adora la hermosura, la carne femenina prefiere su pincel; y en el recinto oculto de tibia alcoba obscura, agrega mirto y rosas a su triunfal laurel.

Canta de los oarystis el delicioso instante, los besos y el delirio de la mujer amante; y en sus palabras tiene perfume, alma, color.

Su ave es la venusina, la tímida paloma. Vencido hubiera en Grecia, vencido hubiera en Roma, en todos los combates del arte o del amor.

III

WALT WHITMAN

En su país de hierro vive el gran viejo, bello como un patriarca, sereno y santo. Tiene en la arruga olímpica de su entrecejo, algo que impera y vence con noble encanto.

Su alma del infinito parece espejo; son sus cansados hombros dignos del manto; y con arpa labrada de un roble añejo, como un profeta nuevo canta su canto.

Sacerdote, que alienta soplo divino, anuncia en el futuro tiempo mejor. Dice al águila: «¡Vuela!» «¡Boga!» al marino,

y «¡Trabaja!» al robusto trabajador. ¡Así va ese poeta por su camino con su soberbio rostro de emperador!

IV

J. J. PALMA

Ya de un corintio templo cincela una metopa, ya de un morisco alcázar el capitel sutil, ya como Benvenuto, del oro de una copa forma un joyel artístico, prodigio del buril.

Pinta las dulces Gracias, o la desnuda Europa, en el pulido borde de un vaso de marfil, o a Diana; diosa virgen de desceñida ropa, con aire cinegético, o en grupo pastoril.

La musa que al poeta sus cánticos inspira no lleva la vibrante trompeta de metal, ni es la bacante loca que canta y que delira,

es el amor fogoso, y en el placer triunfal: ella al cantor ofrece la septicorde lira, o, rítmica y sonora, la flauta de cristal.

V

SALVADOR DÍAZ MIRON

Tu cuarteto es cuadriga de águilas bravas que aman las tempestades, los Océanos; las pesadas tizonas, las férreas clavas, son las armas forjadas para tus manos.

Tu idea tiene cráteres y vierte lavas; del Arte recorriendo montes y llanos, van tus rudas estrofas jamás esclavas, como un tropel de búfalos americanos.

Lo que suena en tu lira lejos resuena, como cuando habla el bóreas, o cuando truena. ¡Hijo del Nuevo Mundo! la humanidad

oiga, sobre la frente de las naciones, la hímnica pompa lírica de tus canciones que saludan triunfantes la Libertad.

INDICE

Págs.

A don Rubén Darío 5

El Rey Burgués 35

El sátiro sordo 45

La ninfa 55

El fardo 65

El velo de la reina Mab 75

La canción del oro 83

El rubí 93

El palacio del Sol 105

El pájaro azul 115

Palomas blancas y garzas morenas 125

EN CHILE

En busca de cuadros 137

Acuarela 139

Paisaje 141

Agua fuerte 142

La Virgen de la Paloma 143

La cabeza 144

Acuarela 145

Un retrato de Watteu 147

Naturaleza muerta 149

Al carbón 150

Paisaje 151

El ideal 152

La muerte de la emperatriz de la China 157

A una estrella 171

EL AÑO LÍRICO

Primaveral 177

Estival 182

Autumnal 189

Invernal 193

Pensamiento de Otoño 199

A un poeta 203

Anagke 205

SONETOS

Caupolicán 209

Venus 210

De invierno 211

MEDALLONES

Leconte de Lisle 215

Catulle Mendes 216

Walt Whitman 217

J. J. Palma 218

Salvador Díaz Mirón 219