Chapter 4
-Con estos brazos, noble y discreto Fabio -replicó Jacinta, llenos los ojos de lágrimas, enlazándolos al cuello del bien entendido mancebo-, quiero, si no pagar, agradecer la merced que me haces; y pues el cielo te traxo a tal tiempo por estos montes inhabitables, quiero pensar que no me tiene olvidada. Iré contigo más contenta de lo que piensas, y te obedeceré en todo lo que de mí quisieras ordenar, y no haré mucho, pues todo es tan a provecho mío. La entrada en el Monasterio aceto; sólo en lo que no podré obedecerte, será en tomar uno, ni otro estado, si no se muda mi voluntad, porque para admitir esposo, me lo estorba mi amor, y para ser de Dios, ser de Celio, porque aunque es la ganancia diferente, para dar la voluntad a tan divino Esposo es justo que esté muy libre y desocupada. Bien sé lo que gano por lo que pierdo, que es el cielo, o el infierno, que tal es el de mis pasiones; mas no fuera verdadero mi amor, si no me costara tanto. Hacienda tengo; bien podré estarme en el estado que poseo, sin mudarme dél. Soy Fénix de amor, quise a don Félix hasta que me le quitó la muerte, quiero y querré a Celio hasta que ella triunfe de mi vida. Hice elección de amar y con ella acabaré. Y si tú haces que Celio me vea, con eso estoy contenta, porque como yo vea a Celio, eso me basta, aunque sé que ni me ha de agradecer ni premiar esta fineza, esta voluntad, ni este amor; mas aventuraréme perdiendo, no porque crea que he de ganar, que ni él dexará de ser tan ingrato, como yo firme, ni yo tan desdichada como he sido, mas por lo menos comerá el alma el gusto de su vista, a pesar de sus despegos y deslealtades.
Con esto se levantaron y dieron la vuelta a la santa Iglesia, donde reposaron aquella noche, y otro día partieron a Barcelona, donde mudando Jacinta traje, y tomando un coche y una criada, dieron la vuelta a la Corte, donde hoy vive en un Monasterio della, tan contenta, que le parece que no tiene más bien que desear, ni más gusto que pedir. Tiene consigo a doña Guiomar, porque murió su madre, y antes desta muerte, le pidió que la amparase hasta casarse, de quien supe esta historia, para que la pusiese en este libro por maravilla, que lo es, y su caso tan verdadero, porque a no ser los nombres de todos supuestos, fueran de muchos conocidos, pues viven todos, sólo don Félix, que pagó la deuda a la muerte en lo mejor de su vida.
Con tanto donaire y agrado contó la hermosa Lisarda esta maravilla, que colgados los oyentes de sus dulces razones y prodigiosa historia, quisieran que durara toda la noche; y así, conformes y de un parecer, comenzaron a alabarla y a darle las gracias de favor tan señalado, y más don Juan, que como amante, se despeñaba en sus alabanzas, dándole a Lisis con cada una la muerte; tanto que por estorbarlo, tomando la guitarra que sobre la cama tenía, llorando el alma cuando cantaba el cuerpo, hizo señas a los músicos, los cuales atajaron a don Juan las alabanzas, y a Lisis el pesar de oírlas con este soneto:
No desmaya mi amor con vuestro olvido, porque es gigante armado de firmeza, no os canséis en tratarle con tibieza, pues no le habéis de ver jamás vencido. Sois mientras más ingrato, más querido, que amar, por sólo amar, es gran fineza. Sin premio sirvo, y tengo por riqueza, lo que suelen llamar tiempo perdido. Si mis ojos en lágrimas bañados, quizá viendo otros ojos más queridos, se niegan a sí mismos el reposo, les digo: Amigos, fuiste desdichados; y pues no sois llamados ni escogidos, amar, por sólo amar, es premio honroso.
Pocos hubo en la sala que no entendieron que los versos cantados por la bella Lisis se dedicaron al desdén con que don Juan premiaba su amor, aficionado a Lisarda, y naturalmente les pesó de ver tan mal pagada la voluntad de la dama, y a don Juan tan ciego que no estimase tan noble casamiento, porque aunque Lisarda era deuda de Lisis, y en la nobleza y hermosura iguales, le aventajaba en la riqueza. Mas amor no mira en inconvenientes cuando es verdadero.
Quien más reparó en la pasión de Lisis fue don Diego, amigo de don Juan, caballero noble y rico, que sabía la voluntad de Lisis y despegos de don Juan, por haberle contado la dama sus deseos; y viendo ser tan honestos, que no pasaban los límites de la vergüenza, propuso, sintiendo ocupada el alma con la bella imagen de Lisis, pedirle a don Juan licencia para servirla, y tratar su casamiento. Y así, por principio, comenzó a engrandecer, ya los versos, ya la voz. Y Lisis, o agradecida o falsa quizá, con deseos de venganza, comenzó a estimar la merced que le hacía, con cuyo favor don Diego pidió licencia para que la última noche de la fiesta sus criados representasen algunos entremeses y bailes y dar la cena a todos los convidados. Y concedida, con muchos agradecimientos, tan contento, como don Juan enfadado de su atrevimiento, dio lugar a Matilde para contar su maravilla. La cual habiendo trocado con Lisarda el lugar, empezó así:
Ya que la bella Lisarda ha probado en su maravilla la firmeza de las mujeres cifrada en las desdichas de Jacinta, razón será que siguiendo yo su estilo, diga en la mía a lo que estamos obligadas, que es a no dexarnos engañar de las invenciones de los hombres, o ya que como flacas mal entendidas caigamos en sus engaños, saber buscar la venganza, pues la mancha del honor, sólo con sangre del que le ofendió sale. El caso sucedió en esta Corte, y empieza así:
Noche segunda
Ya Febo se recogía debaxo de las celestes cortinas, dando lugar a la noche, que con su negro manto cubriese el mundo, cuando todos aquellos caballeros y damas que la primera noche fueron convidados a la fiesta se juntaron en casa de la noble Laura, siendo recebidos de la discreta señora y su hermosa hija con mil agrados y cortesías. Y así, por la misma orden que en la pasada noche se fueron sentando, avisados de don Diego que sus criados habían de dar principio a la fiesta, con algunos graciosos bailes y un entremés de repente que quisieron hacer.
Y viendo aquellas señoras que no les tocaba danzar aquella noche, se acomodaron por su orden. Estaba Lisis vestida de una lama de plata morada, y al cuello una firmeza de diamantes, con una cifra del nombre de Diego, joya que aquel mismo día le envió su nuevo amante, en cambio de una banda morada, que ella le dio para que prendiese la verde cruz que traía; dando esto motivo a don Juan para algún desasosiego, si bien Lisarda con sus favores le hacía que se arrepintiese de tenerle.
Ya se prevenía la bella Lisis de su instrumento, y de un romance que aquel día había hecho y puesto tono cuando los músicos le suplicaron los cantase aquella noche, guardando para la tercera fiesta sus versos, porque el señor don Juan los había prevenido de lo que habían de cantar, que por ser parto de su entendimiento, era razón lograrlos. A todos pareció bien, porque sabían que don Juan era en eso, como en lo demás, muy acertado, y dándoles lugar, cantaron así:
A la cabaña de Menga Antón un disanto fue, ya está rostrituerta Gila, celos debe de tener. Delta se quexa el zagal, bien justa su quexa es, que sospechas sin razón son desaires de la fe. Sin culpa le da desvíos, ¡cómo no se ha de ofender!, que ella los dé tan de balde, costándole tanto a él. Hablar a Menga agradable, no es culpa, que bien se ve, si no hay querer sin agrados, que hay agrados sin querer. Quisiera que huyese Antón de Menga, rigor cruel, darle lo favorecido a precio de descortés. No es la misma permisión en el hombre y la mujer, que en ellos es grosería lo que en ellas es desdén. No hay quien se ponga a razones con los celos, y ¡pardiez! gente que razón no escucha, muy necia debe de ser. Los vanos recelos, Gila, no aseguran, que tal vez temer donde no hay tropiezos, dispone para caer. Vedarle que mire a Menga, si es cordura, no lo sé, que una hermosura vedada dicen que apetito es. Sujeciones hay civiles bastaba Antón, a mi ver, estar sujeto a unos ojos sin que a su engaño lo estés. Esto es amor en los hombres, ser su lisura doblez, sus inocencias delitos, ¡mal haya el amor!, amén.
Quien mirara a la bella Lisis, mientras se cantó este romance, conociera en su desasosiego la pasión con que le escuchaba, viendo cuán al descubierto don Juan reprehendía en él las sospechas que de Lisarda tenía, y a estarle bien respondiera. Mas cobrándose de su descuido, viendo a don Diego melancólico de verla inquieta, alegró el rostro y serenó el semblante, mandando como presidente de fiesta a don Álvaro, que dixese su maravilla; el cual, obedeciendo, dixo así.
-Es la miseria la más perniciosa costumbre que se puede hallar en un hombre, pues en siendo miserable, luego es necio, enfadoso y cansado, y tan aborrecible a todos, sin que haya ninguno que no guste de atropellarle, y con razón. Esto se verá claramente en mi maravilla, la cual es desta suerte.
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