Chapter 3
Tuvo la fortuna el fin que se sabe, porque forzados de una cruel tormenta, nos obligó a venir por tierra. Bastaba yo, Fabio, venir allí. Finalmente mi esposo y yo vinimos a Madrid, y en ella me llevó a casa de una deuda suya, viuda, y que tenía una hija tan dama como hermosa, y tan discreta como gallarda, donde quiso que estuviese, respecto de haber de estar lo que faltaba del año, apartados. Y él presentó los papeles de sus servicios en Consejo de Guerra, pidiendo una compañía, pareciéndole que con título de capitán y mi hacienda y la suya, sería rey en Baeza, premisas ciertas de su pretensión.
Tenía mi don Félix, cuando salió, orden de su Majestad que todos los soldados pretendientes fuesen a servirle a la Mamora. que a la vuelta les haría mercedes. Y como a él respecto de haber servido. también le honrasen por esta ocasión con el deseado cargo de capitán, no le dexaron sus honrados pensamientos acudir a las obligaciones de mi amor. Y así un día que se vio conmigo, delante de sus parientes, me dixo:
-Amada Jacinta, ya sabes en la ocasión que estoy, que no sólo a los caballeros obliga, más a los humildes, si nacieron con honra. Esta empresa no puede durar mucho tiempo, y caso que dure más de lo que agora se imagina, como un hombre tenga lo que ama consigo, y no le falte una posada honrada, vivir en Argel o en Constantinopla, todo es vivir, pues el amor hace los campos ciudades, y las chozas, palacios. Dígote esto, porque mi ausencia no se excusa por tan justos respectos, que si los atropellase, daría mucho que decir. Tan honrosa causa disculpa mi desamor, si quieres dar este nombre a mi partida. La confianza que tengo de ti, me excusa el llevarte, que si no fuera esto, me animara a que en mi compañía, empezaras a padecer de nuevo, o ya viéndome a mí cercado de trabajos, o llegando ocasión de morir juntos. Mas será Dios servido, que, en sosegándose estas revoluciones, yo tenga lugar de venir a gozarte, o por lo menos enviar por ti, donde me emplee en servirte, que bien sé la deuda en que estoy a tu amor y voluntad. Mi esposa eres, siete meses nos quedan para poder yo libremente tenerte por mía. La honra y acrecentamiento que yo tuviere, es tuya. Ten por, bien, señora mía, esta jornada, pues ahorrarás con esto parte del pesar que has de tener, y yo tengo. En casa de mi tía quedas, y con la deuda de ser quien eres, y quien soy. Lo necesario para tu regalo no te ha de faltar. A mi padre y hermana dexo escrito, dándoles cuenta de mis sucesos, a ti vendrán las cartas y dineros. Con esto y las tuyas, tendré más ánimo en las ocasiones, y más esperanzas de volverte a ver. Yo me he de partir esta tarde, que no he querido hasta este punto decirte nada, porque no hagas el mal con vigilia. Por tu vida y la mía, que mostrando en esta ocasión el valor que en las demás has tenido, excuses el sentimiento, y no me niegues la licencia que te pido con un mar de lágrimas en mis ojos.
Escuché, discreto Fabio, a mi don Félix, pareciéndome en aquel punto más galán, más cuerdo y más amoroso, y mi amor mayor que nunca; habíale de perder, ¡qué mucho que para atormentarme urdiese mi mala suerte esta cautela! Queríale responder, y no me daba lugar la pasión; y en este tiempo consideré que tenía razón en lo que decía; y así, le dixe con muy turbadas palabras que mis ojos respondían por mí, pues claro era que consentía el gusto y la voluntad, pues que ellos hacían tal sentimiento, pasando entre los dos palabras muy amorosas, mas para aumentar la pena, que para considerarla. Llegó la hora en que le había de perder para siempre, partióse al fin don Félix, y quedé como el que ha perdido el juicio, porque ni podía llorar, ni hablar, ni oír los consuelos que me daba doña Guiomar y su madre, que me decían mil cosas y consuelos para desembelesarme. Finalmente, me costó la pérdida de mi dueño tres meses de enfermedad, que estuve va para desamparar la vida. ¡Pluguiera al Cielo que me hiciera este bien! ¿Mas cuando le reciben los desdichados, ni aún de quien tiene tantos que dar?
En todo este tiempo no tuve cartas de don Félix, y aunque pudieran consolarme las de su padre y hermana, que alegres de saber el fin de tantas desdichas, y prevenidas de mil regalos y dineros que me daban el parabién, pidiéndome que en volviendo don Félix, tratásemos de irnos a descansar en su compañía, no era posible que hinchiesen el vacío de mi cuidadosa voluntad, la cual me daba mil sospechas de mi desdicha, porque tengo para mí, que no hay más ciertos astrólogos que los amantes.
Más habían pasado de cuatro meses que pasaba esta vida, cuando una noche, que parece que el sueño se había apoderado de mí más que otras (porque como la Fortuna me dio a don Félix en sueños, quiso quitármele de la misma suerte) soñaba que recebía una carta suya, y una caxa que a la cuenta parecía traer algunas joyas, y en yéndola a abrir, hallé dentro la cabeza, de mi esposo. Considera, Fabio, que fueron los gritos y las voces que di tan grandes, despertando con tantas lágrimas y congoxas y ansias, que parecía que se me acababa la vida, ya desmayándome, y ya tornando en mí, a puras veces que me daba doña Guiomar, y agua que me echaba en el rostro, que era la mayor compasión del mundo. Contéles el sueño, y ella y su madre, y criadas no osaban apartar de mí, por el temor con que estaba, pareciéndome que a todas partes que volvía la cabeza, vía la de don Félix.
Hasta que se llegó la mañana, que determinaron llevarme a mi confesor, para que me confesase, por ser un sacerdote muy bien entendido y teólogo. Al tiempo de salir de mi casa, oí una voz, aunque las demás no la oyeron:
-Muerto es, sin duda, don Félix, ya es muerto.
Con tales agüeros, puedes creer que no hallé consuelo en el confesor, ni la tenía en cosa criada.
Pasé así algunos días, al cabo de los cuales vinieron las nuevas de lo que sucedió en la Mamora, y con ellas la relación de los que en ella se ahogaron, viniendo casi en los primeros don Félix. De allí algunos días llegó Sarabia, que fue la nueva más cierta, el cual contó, cómo yendo a tomar puerto las naves, en competencia unas con otras, dos dellas se hicieron pedazos, y abriéndose por medio, se fueron a pique, sin poderse salvar de los que iban en ella ni tan sólo un hombre. En una de éstas iba mi don Félix, armado de unas armas dobles, causa de que cayendo en la mar, no volvió a parecer más; echó algunos fuera, él no fue visto; así acabó la vida en tan desgraciada ocasión, el más galán mozo que tuvo la Andalucía, esto sin pasión, porque a treinta y cuatro años acompañaban las más gallardas partes que pudo formar la Naturaleza.
Cansarte en contar mi sentimiento, mis ansias, mi llanto, mi luto, sería pagarte mal el gusto con que me escuchas, sólo te digo, que en tres años ni supe qué fue alegría, ni salud.
Supieron su padre y hermana el suceso, trataron de llevarme y restituirme a mi convento; mas yo, aunque sentía con tantas veras la muerte de mi esposo, no lo aceté, por no volver a los ojos de mis deudos sin su amparo, ni menos con las monjas, respecto de haber sido causa de su escándalo; demás que mi poca salud no me daba lugar de ponerme en camino, ni volver de nuevo a ser novicia, y sufrir la carga de la Religión, antes di órdenes que Sarabia, a quien yo tenía por compañero de mis fortunas, se fuese a gobernar mi hacienda, y yo me quedé en compañía de doña Guiomar, y su madre, que me tenían en lugar de hija, y no hacían mucho, pues yo gastaba con ellas mi renta, bien largamente.
Aconsejábanme algunas amigas que me casase, mas yo no hallaba otro don Félix, que satisfaciese mis ojos ni hinchiese el vacío de mi corazón, que aunque no lo estaba de su memoria, ni mis compañeras quisieran que le hallara; mas para mi desdicha le hallo amor, que quizá estaba agraviado de mi descuido.
Visitaba a doña Guiomar un mancebo, noble, rico y galán, cuyo nombre es Celio, tan cuerdo como falso, pues sabía amar cuando quería, y olvidar cuando le daba gusto, porque en él las virtudes y los engaños están como los ramilletes de Madrid, mezclados ya los olorosos claveles, como hermosas mosquetas, con las flores campesinas, sin olor ni virtud ninguna. Hablaba bien y escribía mejor, siendo tan diestro en amar como en aborrecer. Este mancebo que digo, en rnucho tiempo que entró en mi casa, jamás se le conoció designio ninguno, porque con llaneza y amistad entretenía la conversación, siendo tal vez el más puntual en prevenirme consuelos a mi tristeza, unas veces jugando con doña Guiomar, y otras diciendo algunos versos, en que era muy diestro y acertado. Pasaba el tiempo, teniendo en todo lo que intentaba más acierto que yo quisiera. Igualmente nos alababa, sin ofender a ninguna nos quería, ya engrandecía la doncella, ya encarecía la viuda; y como yo también hacía versos, competía conmigo y me desafiaba en ellos, admirándole, no el que yo los compusiese, pues no es milagro en una mujer, cuya alma es la misma que la del hombre, o porque naturaleza quiso hacer esa maravilla, o porque los hombres no se desvaneciesen, siendo ellos solos los que gozan de sus grandezas, sino porque los hacía con algún acierto.
Jamás miré a Celio para amarle, aunque nunca procuré aborrecerle, porque si me agradaba de sus gracias, temía de sus despegos, de que él mismo nos daba noticia, particularmente un día, que nos contó cómo era querido de una dama, y que la aborrecía con las mismas veras que la amaba, gloriándose de las sinrazones con que le pagaba mil ternezas. ¡Quién pensara, Fabio, que esto despertara mi cuidado, no para amarle, sino para mirarle con más atención que fuera justo! De mirar su gallardía, nació en mí un poco de deseo, y con desear, se empezaron a enxugar mis ojos, y fui cobrando salud, porque la memoria empezó a divertirse tanto, que del todo le vine a querer, deseando que fuera mi marido, si bien callaba mi amor, por no parecer liviana, hasta que él mismo traxo la ocasión por los cabellos, y fue pedirme que hiciera un soneto a una dama, que mirándose a un espejo, dio en el sol, y la deslumbró. Y yo aprovechándome della, hice este soneto:
En el claro cristal del desengaño se miraba Jacinta descuidada, contenta de no amar, ni ser amada, viendo su bien en el ajeno daño. Mira de los amantes el engaño, la voluntad, por firme, despreciada, y de haberla tenido escarmentada, huye de amor el proceder extraño. Celio, sol desta edad, casi envidioso, de ver la libertad con que vivía, exenta de ofrecer a amor despojos, Galán, discreto, amante y dadivoso, reflexos que animaron su osadía, dio en el espejo, y deslumbró sus ojos. Sintió dulces enojos, y apartando el cristal, dixo piadosa: Por no haber visto a Celio, fui animosa, y aunque llegue a abrasarme, no pienso de sus rayos apartarme.
Recibió Celio con tanto gusto este papel, que pensé que ya mi ventura era cierta, y no fue sino que a nadie le pesa de ser querido. Alabó su ventura, encareció su suerte, agradeció mi amor, dando claras muestras del suyo, y dándome a entender que me lo tenía, desde el día que me vio, solenizó la traza de darle a entender el mío, y finalmente, armó lazos en que acabase de caer, solenizando en un romance, mi hermosura, y su suerte. ¡Ay de mí, que cuando considero las estratagemas y ardides con los que los hombres rinden las mujeres y combaten su flaqueza, digo que todos son traidores, y el amor guerra y batalla campal, donde el amor combate a sangre y fuego al honor, alcaide de la fortaleza del alma! De mí te digo, Fabio, que aunque ciega, y más cautiva a esta voluntad, nunca dexó de conocer lo que he perdido por ella, pues cuando no sea, sino por haber dexado de ser cuerda, queriendo a quien me aborrece, basta este conocimiento para tenerme arrepentida, si durase este propósito.
En fin, Celio es el más sabio para engañar que yo he visto, porque empezó a dar tal color de verdadero a su amor, que le creyera, no sólo una mujer que sabía de la verdad de un hombre, que se preció de tratarla, sino a las más astutas y matreras. Sus visitas eran continuas, porque mañana y tarde estaba en mi casa, tanto que sus amigos llegaron a conocer, en verle negarse a su conversación, que la tenía con persona que lo merecía, en particular uno de tu nombre, con quien la conservó más que ninguno, y a quien contaba sus empleos, que según me dixo el mismo Celio, me tenía lástima, y le rogaba que no me hablase, si me había de dar el pago que a otras que le había conocido. Sus papeles tantos, que fueron bastantes a volverme loca. Sus regalos tantos y tan a tiempo, que parecía tenía de su mano los movimientos del cielo, para hacerlos a punto que me acabase de precipitar. Yo simple, ignorante destas traiciones, no hacía sino aumentar amor sobre amor, y s, bien se le tuve siempre con propósito de hacerle mi esposo, que de otra manera, antes me dexara morir, que darle a entender mi voluntad; y en ello entendí hacerle harto favor, siendo quien soy, Celio no debía de pensar esto, según pareció, aunque no ignoraba lo que ganara con tal casamiento. Mas yo, con mi engaño, estaba tan contenta de ser suya, que ya de todo punto no me acordaba de don Félix; sólo en Celio estaban empleados mis sentidos, si bien temerosa de su amor, porque desde que le empecé a querer, temí perderle; y para asegurarme deste temor, un día que le vi más galán, y más amante que otros, le conté mi pensamiento, diciéndole, que si como tenía cuatro mil ducados de renta, tuviera juntas todas las que poseen todos los señores del mundo, y con ellas la Monarquía dél de todas le hiciera señor.
Seguía Cello las letras, y en ellas tenía más acierto que yo ventura, con lo que cortó a mi pretensión la cabeza, diciendo que él había gastado sus años en estudios de letras divinas, con propósito de ordenarse de sacerdote, y que en eso tenían puesto sus padres los ojos, fuera de haber sido esta su voluntad; y que supuesto esto, que le mandase otras cosas de mi gusto, que no siendo esa, las demás haría, aunque fuese perder la vida, y que en razón de asegurarme de perderle, me daba su fe y palabra de amarme mientras la tuviese.
Lo que sentí en ver defraudada mis esperanzas, confirmándose en todo mis temores, y recelos, pues siendo quien soy, no era justo querer si no era al que había de ser mi legítimo marido, y respecto desto, había de tener fin nuestra amistad. Dieron lágrimas mis ojos, y más viendo a Celio tan cruel, que en lugar de enxugarlas, pues no podía ignorar que nacían de amor, se levantó y se fue, dexándome bañada en ellas, y así estuve toda aquella noche y otro día, que de los muchos recados, que otras veces me enviaba, en ésta faltó, no quien los traxese, sino la voluntad de enviaros. Hasta que aquella tarde vino Celio a disculparse, con tanta tibieza, que en lugar de enxugarlas las aumentó. Esta fue la primera ingratitud que Celio usó conmigo; y como a una siguen muchas, empezó a descuidarse de mi amor, de suerte que ya no me vía, sino de tarde en tarde, ni respondía a mis papeles, siendo otras veces objeto de su alabanza. A estas tibiezas daba por disculpas sus ocupaciones, y sus amigos, y con ellas ocasión a mis tristezas y desasosiegos, tanto, que ya las amigas, que adoraban mis donaires y entretenimientos, huían de mí, viéndome con tanto disgusto.
Acompañó su desamor, con darme celos. Visitaba damas y decíalo, que era lo peor, con que, irritando mi cólera y ocasionando mi furor, empecé a ganar en su opinión nombre de mal acondicionada; y como su amor fue fingido, antes de seis meses se halló tan libre dél como si nunca le hubiera tenido, y como ingrato a mis obligaciones, dio en visitar a una dama libre, y de las que tratan de tomar placer y dineros, y hallóse tan bien con esta amistad, porque no le celaba, ni apretaba, que no se le dio nada que yo lo supiese, ni hacía caso de las quexas, que yo le daba por escrito y de palabra las veces que venía, que eran pocas.
Supe el caso por una criada mía que le siguió y supe los pasos en que andaba. Escribí a la mujer un papel, pidiéndole no le dexase entrar en su casa. Lo que resultó desto, fue no venir más a la mía, por darse más enteramente a la otra. Yo triste y desesperada, me pasaba los días y las noches llorando. ¿Mas para qué te canso en estas cosas?, pues con decir que cerró ojos a todo, basta.
Fue fuerza en medio destos sucesos, irse a Salamanca, y por no volver a verme se quedó allí aquel año. Lo que en esto sentí, te lo dirá este traxe, y este monte, donde, siendo quien sabes, me has hallado. Y fue desta suerte: a pocos días que estaba en Salamanca, supe que andaba de amores, por nuevo, por galán y cortesano; cuyas nuevas sentí tanto que pensé perder el juicio. Escribíle algunas cartas,no tuve respuesta de ninguna. En fin, me determiné de ir a aquella famosa ciudad, y procurar con caricias, volver a su gracia, y ya que no estorbase sus amores, por lo menos llevaba determinación de quitarme la vida. Mira, Fabio, en qué ocasiones se vía mi opinión; mas, ¿qué no hará una mujer celosa?
Comuniqué mi pensamiento con doña Guiomar, con quien descansaba en mis desdichas, y viendo que estaba resuelta, no quiso dexarme partir sola. Entraba en casa un gentilhombre, cuya amistad y llaneza era de hermano, al cual rogó doña Guiomar y su madre me acompañase. Él lo acató luego, y alquilando dos mulas, nos pusimos en ellas, y salimos de Madrid, bien prevenida de dineros y joyas. Y como yo sé tan poco de caminos (porque los que había andado con don Félix habían sido con más recato), en lugar de tomar el camino de Salamanca, el traidor que me acompañaba tomó el de Barcelona, y antes de llegar a ella media legua, en un monte, me quitó cuanto llevaba, y las mulas, y se volvió por do había venido.
Quedé en el campo sola y desesperada, con intentos de hacer un disparate. En fin, a pie y sola empecé a caminar, hasta que salí del monte al camino real, donde hallé gente a quien pregunté, qué tanto estaba de allí Salamanca. De cuya pregunta se rieron, respondiéndome que más cerca estaba de Barcelona, en lo que vi el engaño del traidor, que por robarme me traxo allí. En fin, me animé, y a pie llegué a Barcelona, donde vendiendo una sortijilla de hasta diez ducados, que por descuido me dexó el traidor en el dedo, compré este vestido, y me corté los cabellos, y desta suerte me vine a Monserrate, donde estuve tres días, pidiendo a aquella santa Imagen me ayudase en mis trabajos; y llegando a pedir a los padres alguna cosa que comer, me preguntaron si quería servir de zagal, para traer al monte este ganado que ves. Yo viendo tan buena ocasión, para que Celio ni nadie sepa de mí, y pueda sin embarazo gozar sus amores y yo llorar mis desdichas, aceté el partido, donde ha cuatro meses que estoy, con propósito de no volver eternamente donde sus ingratos ojos me vean.
Ésta es, discreto Fabio, la ocasión de mis desdichadas quexas, que te dieron motivo a buscarme; en estas ocasiones me ha puesto amor, y en ellas pienso que se acabará mi vida.
Atento había estado Fabio a las razones de Jacinta, y viendo que había dado fin, le respondió así:
-Por no cortar el hilo, discreta Jacinta, a tus lastimosos sucesos, tan bien sentidos, como bien dichos, no he querido decirte, hasta que les dieses fin, que soy Fabio el amigo de Celio que dixiste que estaba tan lastimado de tu empleo, cuanto deseoso de conocerte. Con tales colores has pintado su retrato, que cuando yo no supiera tus desdichas, y por ellas conociese desde que le nombraste, que eras el dueño de las que yo tengo tan sentidas como tú, conociera luego tu ingrato amante, a quien no culpo por ser esa su condición, y tan sujeto a ella, que jamás en eso se valió de su entendimiento, ni se inclina a vencerla. Muchas prendas le he conocido, y a todas ha dado ese mismo pago, y tenido esa misma correspondencia. De lo que puedo asegurarte, después de decirte que pienso que su estrella le inclina a querer donde es aborrecido, y aborrecer donde le quieren, es que siempre oí en su boca tus alabanzas, y en su veneración tu persona, tratando de ti con aquel respeto que mereces. Señal de que te estima, y si tú le quisieras menos de lo que le has querido, o no lo mostraras por lo menos, ni tú estuvieras tan quexosa, ni él hubiera sido tan ingrato. Mas ya no tiene remedio, porque si amas a Celio con intención de hacerle tu dueño, como de ser quien eres creo, y de tu discreción siempre presumí, ya es imposible; porque él tiene ya las puertas cerradas a esas pretensiones y a cualesquiera que sean desta calidad por tener ya órdenes, impedimento para casarse, como sabes. Para su condición, sólo este estado le conviene, porque imagino que si tuviera mujer propia, a puros rigores y desdenes la matara, por no poder sufrir estar siempre en una misma parte, ni gozar una misma cosa. Pues que quieras forzada de tu amor, lograrle de otra suerte, no lo consentirá el ser cristiana, tu nobleza y opinión, que será desdecir mucho della, pues no es justo que ni el padre de don Félix, ni su hermana, tus deudos, y el monasterio, donde estuviste y fuiste tanto tiempo verdadera religiosa, sepan de ti esa flaqueza, que imposible será incubrirse; y estar aquí, donde estás a peligro de ser conocida de los bandoleros desta montaña, y de la gente que para visitar estas Santas Ermitas la pasan, ni es decente, ni seguro; pues como yo te conocí, escuché y busqué, lo podrán hacer los demás. Tu hacienda está perdida, tus deudos, y los de tu muerto esposo confusos, y quizás sospechando de ti mayores males de los que tú piensas, ciega con la desesperación de amor, y la pasión de tus celos, tanto, que no das lugar a tu entendimiento para que te aconseje, y que elijas mejor modo de vida. Yo, que miro las cosas sin pasión, te suplico que consideres y que pienses que no me he de apartar de aquí sin llevarte conmigo, porque de lo contrario entendiera que el cielo me había de pedir cuenta de tu vida, pues antes que haga acción tan cruel, me quedaré aquí contigo, esto sin más interés, que el de la obligación en que me has puesto con decirme tu historia, y descubrirme tus pensamientos, la que tengo a ser quien soy, y la que debo a Celio, mi amigo, del cual pienso llevar muchos agradecimientos, si tengo suerte de apartarte deste intento, tan contrario a tu honor y fama, porque no me quiero persuadir a que te aborrece tanto, que no estime tu sosiego, tu vida y honra tanto como la suya. Esto te obligue, Jacinta hermosa, a desviarte de semejante disinio. Vamos a la Corte, donde en un Monasterio principal della estarás más conforme a quien eres, y si acaso allí te saliese ocasión de casarte, hacienda tienes con que poder hacerlo, y vivir descansada; y discreción para olvidar, con las caricias verdaderas de tu legítimo esposo, las falsas y tibias de tu amante; y si olvidándole y conociendo las desdichas que has pasado, y las malas correspondencias de los hombres, tomases estado de religiosa, pues ya sabes la vida que es, y conoces que es la más perfeta, tanto más gusto darías a los que te conocemos. Ea, bella Jacinta, vamos al convento que se viene la noche, y entregarás a los frailes sus corderos, dichosos de ser apacentados de tal zagal, porque mañana poniéndote en tu traxe, pues ése no es decente a lo que mereces, recibirás una criada que te acompañe, y alquilaremos un coche para volver a Madrid, que desde hoy, con tu licencia, quiero que corra por mi cuenta tu opinión, y agradecerme a mí mismo el ser causa de tu remedio. Y si no puedes vivir sin Celio, yo haré que Celio te visite, trocando el amor imperfecto en amor de hermanos. Y mientras con esto entretienes tu amorosa pasión, querrá el cielo que mudes intento, y te envíe el remedio que yo deseo, al cual ayudaré, como si fueras mi hermana, y como tal irás en mi compañía.