Report of the Committee Appointed to Investigate the Railroad Riots in July, 1877 Read in the Senate and House of Representatives May 23, 1878

Chapter 2

Chapter 24,408 wordsPublic domain

En este sabroso estado estaba el nuestro, sin tratar don Félix de volver por entonces a Italia, cuando entre las damas a quien rindió su gallarda presencia, que eran casi todas las de la ciudad, fue una prima suya llamada doña Adriana, la más hermosa que en toda aquella tierra se hallaba. Era esta señora hija de una hermana de su padre de don Félix, que como he dicho era de Sevilla, y tenía cuatro hermanas, las cuales por muerte de su padre había traído a Baeza, poniendo las dos menores en Religión. En la misma tierra casó la que seguía tras ellas, quedando la mayor sin querer tomar estado, con esta hermana, ya viuda, a quien le había quedado para heredera de más de cincuenta mil ducados esta sola hija, a la cual amaba como puedes pensar, siendo sola y tan hermosa como te he dicho. Pues como doña Adriana gozase muy a menudo de la conversación de mi don Félix, respeto del parentesco, le empezó a querer tan loca y desenfrenadamente, que no pudo ser más, como verás en lo que sucedió.

Conocía don Félix el amor de su prima, y como tenía tan llena el alma del mío, disimulaba cuanto podía, excusando el darle ocasión a perderse más de lo que estaba, y así cuantas muestras doña Adriana le daba de su voluntad, con un descuido desdeñoso se hacía desentendido. Tuvieron, pues, tanta fuerza con ella estos desdenes, que vencida de su amor, y combatida dellos dio consigo en la cama, dando a los médicos muy poca seguridad de su vida, porque demás de no comer ni dormir, no quería que se le hiciese ningún remedio. Con que tenía puesta a su madre en la mayor tristeza del mundo, que como discreta dio en pensar si sería alguna afición el mal de su hija, y con este pensamiento, obligando con ruegos una criada de quien doña Adriana se fiaba, supo todo el caso, y quiso como cuerda poner remedio.

Llamó a su sobrino, y después de darle a entender, con lágrimas la pena que tenía del mal de su querida hija, y la causa que la tenía en tal estado, le pidió encarecidamente que fuese su marido, pues en toda Baeza no podía hallar casamiento más rico; que ella alcanzaría de su hermano, que lo tuviese por bien.

No quiso don Félix ser causa de la muerte de su prima ni dar con una desabrida respuesta pena a su tía. Y en esta conformidad, le dixo, fiado en el tiempo que había de pasar en tratarse y venir la dispensación, que lo tratase con su padre, que como él quisiese, lo tendría por bien. Y entrando a ver a su prima, le llenó el alma de esperanzas, mostrando su contento en su mejoría, acudiendo a todas horas a su casa, que así se lo pedía su tía, con que doña Adriana cobró entera salud.

Faltaba don Félix a mis visitas, por acudir a las de su prima, y yo desesperada maltrataba mis ojos, y culpaba su lealtad. Y una noche, que quiso enteramente satisfacer mis celos, y que, por excusar murmuraciones de los vecinos, había facilitado con Sarabia el entrar dentro, viendo mis lágrimas, mis quexas y lastimosos sentimientos, como amante firme, inculpable en mis sospechas, me dio cuenta de todo lo que con su prima pasaba, enamorado, mas no cuerdo, porque si hasta allí eran sólo temores los míos, desde aquel punto fueron celos declarados. Y con una cólera de mujer celosa, que no lo pondero poco, le dixe que no me hablase ni viese en su vida, si no le decía a su prima que era mi esposo, y que no lo había de ser suyo. Quise con este enojo irme a mi aposento, y no lo consintió mi amante, mas amoroso y humilde, me prometio que no pasaría el día que aguardaba sin obedecerme, que ya lo hubiera hecho, si no fuera por guardarme el justo decoro. Y habiéndome dado nuevamente palabra delante del secretario de mis libertades, le di la posesión de mi alma y cuerpo, pareciéndome que así le tendría más seguro.

Pasó la noche más apriesa que nunca, porque había de seguirla el día de mis desdichas, para cuya mañana había determinado el médico, que doña Adriana, tomando un acerado xarabe, saliese a hacer exercicio por el campo, porque como no podía verse el mal del alma, juzgaba por la perdida color que eran opilaciones. Y para este tiempo llevaba también mi esposo, librado el desengaño de su amor y la satisfación de mis celos, porque como un hombre no tiene más de un cuerpo y un alma, aunque tenga muchos deseos, no puede acudir a lo uno sin hacer falta a lo otro, y la pasada noche mi don Félix por haberlo tenido conmigo, había faltado a su prima; y lo más cierto es que la fortuna que guiaba las cosas más a su gusto que a mi provecho, ordenó que doña Adriana madrugase a tomar su acerada bebida, y saliendo en compañía de su tía y criadas, la primera estación que hizo fue a casa de su primo, y entrando en ella con alegría de todos, que le daban como a un sol el parabién de su venida y salud, se fue con doña Isabel al cuarto de su hermano, que estaba reposando lo que había perdido de sueño en sus amorosos empleos, y le empezó delante de su hermana, muy a lo de propia mujer, a pedirle cuenta de haber faltado la noche pasada, a quien don Félix no satisfizo; mas desengañó de suerte que en pocas palabras le dio a entender, que se cansaba en vano, porque demás de tener puesta su voluntad en mí, estaba ya desposado conmigo, y prendas de por medio, que si no era faltándole la vida era imposible que faltasen.

Cubrió a estas razones un desmayo los ojos de doña Adriana, que fue fuerza sacarla de allí y llevarla a la cama de su prima, la cual vuelta en sí, disimulando cuanto pudo las lágrimas, se despidió della, respondiendo a los consuelos que doña Isabel le daba con grandísima sequedad y despego.

Llegó a su casa, donde en venganza de su desprecio, hizo la mayor crueldad que se ha visto consigo misma, con su primo, y conmigo. ¡Oh celos, qué no haréis y más si os apoderáis de pecho de mujer! En lo que dio principio a su furiosa rabia fue en escribir a mi padre un papel, en que le daba cuenta de lo que pasaba, diciéndole que velase y tuviese cuenta con su casa, que había quien le quitaba el honor. Y con ello aguardó la mañana, que tomando su prima, y dando el papel a un criado que se le llevase a mi padre dándole a entender que era una carta de Madrid, ya con el manto puesto para salir a hacer exercicio, se llegó a su madre algo más enternecida que su cruel corazón le daba lugar, y le dixo:

-Madre mía, al campo voy, si volveré Dios lo sabe; por su vida, señora, que me abrace por si no la volviere a ver.

-Calla, Adriana -dixo algo alterada su madre-, no digas tales disparates, si no es que tienes gusto de acabarme la vida; ¿por qué no me has de volver a ver, si ya estás tan buena que ha muchos días que no te he visto mejor? Vete, hija mía, con Dios y no aguardes a que entre el sol y te haga daño. -¿Pues qué, vuestra merced no me quiere abrazar? -replicó doña Adriana.

Y volviendo, preñados de lágrimas los ojos, las espaldas, llegó a la puerta de la calle, y apenas salió por ella y dio dos pasos, cuando arrojando un lastimoso ¡ay! se dexó caer en el suelo.

Acudió su tía y sus criadas y su madre, que venía tras ella, y pensando que era un desmayo, la llevaron a su cama, llamando al médico para que hiciese las diligencias posibles, mas no tuvo ninguna bastante, por ser su desmayo eterno; y declarando que era muerta, la desnudaron para amortajarla, hundiéndose la casa a gritos; y apenas la desabotonaron un jubón de tabí de oro azul, que llevaba puesto, cuando entre sus hermosos pechos la hallaron un papel, que ella misma escribía a su madre, en que le decía que ella propia se había quitado la vida con solimán que había echado en el xarabe, porque más quería morir que ver a su primo en brazos de otra.

Quien a este punto viera a la triste de su madre, de creer es que se le partiera el corazón por medio de dolor, porque ya de traspasada no podía llorar, y más cuando vieron que después de frío el cuerpo, se puso muy hinchada, y negra, porque no sólo consideraba el ver muerta a su hija, sino haber sido desesperadamente. Y así, puedes considerar, Fabio, cuál estaría su casa, y la ciudad y yo que en compañía de doña Isabel fui a ver este espectáculo, inocente y descuidada de lo que estaba ordenado contra mí, aunque confusa de ser yo la causa de tal suceso, porque ya sabía por un papel de mi esposo, lo que había pasado con ella.

No se halló al entierro don Félix por no irritar al cielo en venganza de su crueldad, aunque yo lo eché a sentimiento, y lo uno y lo otro debía ser y era razón.

Enterraron la desgraciada y malograda dama, facilitando su riqueza y calidad los imposibles que pudiera haber, habiéndose ella muerto por sus manos. Y con esto yo me torné a mi casa, deseando la noche para ver a don Félix, que apenas eran las nueve cuando Sarabia me avisó cómo ya estaba en su aposento (pluguiera a Dios le durara su pesar y no viniera), aunque a mi parecer se disponía mejor el verle que otras noches, porque mi cauteloso padre, que ya estaba avisado por el papel de doña Adriana, se acostó más temprano que otras veces, haciendo recoger a mi hermano y a la demás gente, y yo hice lo mismo para más disimulación, dando lugar a mi padre, que ayudado de sus desvelos y melancolía, a pesar de su cuidado, se durmió tan pesadamente, que le duró el sueño hasta las cuatro de la mañana.

Yo como le vi dormido me levanté, y descalza, con sólo un faldellín, me fui a los brazos de mi esposo, y en ellos procuré quitarle, con caricias y ruegos el pesar que tenía, tratando con admiraciones el suceso de doña Adriana.

Estaba Sarabia asentado en la escalera, siendo vigilante espía de mis travesuras, a tiempo que mi padre despavorido despertó, y levantándose, fue a mi cama y como no me hallase en ella, tomó un pistolete y su espada, y llamando a mi hermano, le dio cuenta del caso, breve y sucintamente-, mas no pudieron hacerlo con tanto silencio ni tan paso que una perrilla que había en casa, no avisase con sus voces a mi criado, el cual escuchando atento, como oyó pasos, llegó a nosotros, y nos dixo que si queríamos vivir le siguiésemos, porque éramos sentidos.

Hicímoslo así, aunque muy turbados, y antes que mi padre tuviese lugar de baxar la escalera, ya los tres estábamos en la calle, y la puerta cerrada por defuera, que esta astucia me enseñó mi necesidad.

Considérame, Fabio, con sólo el faldellín de damasco verde, con pasamanos de plata, y descalza, porque así había baxado la escalera a verme con mi deseado dueño. El cual con la mayor priesa que pudo me llevó al convento donde estaban sus tías, siendo ya de día. Llamó a la portería, y entrando dentro al torno, y en dándoles cuenta del suceso, en menos de una hora me hallé detrás de una red, llena de lágrimas y cercada de confusión, aunque don Félix me alentaba cuanto podía, y sus tías me consolaban asegurándome todas el buen suceso, pues pasada la cólera, tendría mi padre por bien el casamiento. Y por si le quisiese pedir a don Félix el escalamiento de la casa, se quedó retraído él y Sarabia en el mismo monasterio, en una sala, que para su estancia mandaron aderezar sus tías, desde donde avisó a su padre y hermana el suceso de sus amores.

Su padre, que ya por las señales se imaginaba que me quería, y no le pesaba dello, por conocer que en Baeza no podría su hijo hallar más principal ni rico casamiento, pareciéndole que todo vendría a parar en ser mi marido, fue luego a verme en compañía de doña Isabel, que proveída de vestidos y joyas, que supliesen la falta de las mías, mientras se hacían otras, llegó donde yo estaba, dándome mil consuelos y esperanzas.

Esto pasaba por mí, mientras mi padre, ofendido de acción tan escandalosa como haberme salido de su casa, si bien lo fuera más si yo aguardara su furia, pues por lo menos me costara la vida, remitió su venganza a sus manos, acción noble, sin querer por la justicia hacer ninguna diligencia, ni más alboroto ni más sentimiento, que si no le hubiera faltado la mejor joya de su casa y la mejor prenda de su honra. Y con este propósito honrado, puso espías a don Félix, de suerte que hasta sus intentos no se encubrían. Y antes de muchos días halló la ocasión que buscaba, aunque con tan poca suerte como las demás, por estar hasta entonces la fortuna de parte de don Félix. El cual una noche cansado ya de su reclusión, y estando cierto que yo estaba recogida en mi celda con sus tías, que me querían como hija, venciendo con dinero la facilidad de un mozo, que tenía las llaves de la puerta de la casa, le pidió que le dexase salir, que quería llegar hasta la de su padre, que no estaba lexos, que luego daría la vuelta. Hízolo el poco fiel guardador, previniéndole su peligro, y él facilitándolo todo lleno de armas y galas salió, y apenas puso los pies en la calle cuando dieron con él mi padre y hermano, las espadas desnudas, que hechos vigilantes espías de su opinión, no dormían sino a las puertas del convento. Era mi hermano atrevido cuanto don Félix prudente, causa para que a la primera ida y venida de las espadas, le atravesó don Félix la suya por el pecho, y sin tener lugar ni aun de llamar a Dios, cayó en el suelo de todo punto muerto.

El mozo que tenía las llaves, como aún no había cerrado la puerta, por ser todo en un instante, recogió a don Félix, antes que mi padre ni la justicia pudiesen hacer las diligencias, que les tocaban.

Vino el día, súpose el caso, dióse sepultura al malogrado y lugar a las murmuraciones. Y yo ignorante del caso, salí a un locutorio a ver a doña Isabel, que me estaba aguardando llena de lágrimas y sentimientos, porque pensaba ella, siendo yo mujer de su hermano, serlo del mío, a quien amó tiernamente. Prevínome del suceso y de la ausencia que don Félix quería hacer de Baeza y de toda España, porque se decía que el Corregidor trataba de sacarle de la Iglesia, mientras venía un Alcalde de Corte, por quien se había enviado a toda priesa.

Considera, Fabio, mis lágrimas y mis extremos con tan tristes nuevas, que fue mucho no costarme la vida, y más viendo que aquella misma noche había de ser la partida de mi querido dueño a Flandes, refugio de delincuentes y seguro de desdichados, como lo hizo, dexando orden en mi regalo, y cuidado a su padre de amansar las partes y negociar su vuelta.

Con esto, por una puerta falsa, que se mandaba por la estancia de las monjas, y no se abría sino con grande ocasión, con licencia del Vicario y Abadesa, salió, dexándome en los brazos de su tía casi muerta, donde me trasladó de los suyos, por no aguardar a más ternezas, tomando el camino derecho de Barcelona, donde estaban las galeras que habían traído las compañías, que para la expulsión de los moriscos había mandado venir la Majestad de Felipe III, y aguardaban al Excelentísimo don Pedro Fernández de Castro, Conde de Lemos, que iba a ser Virrey y Capitán General del Reino de Nápoles.

Supo mi padre la ausencia de don Félix, y como discreto, trazó, ya que no se podía vengar dél hacerlo, de mí. Y la primera traza que para esto dio fue tomar los caminos, para que ni a su padre ni a mí viniesen cartas, tomándolas todas, que el dinero lo puede todo, y no fue mal acuerdo, pues así sabía el camino que llevaba, que los caballeros de la calidad de mi padre, en todas partes tienen amigos, a quien cometer su venganza.

Pasaron quince o veinte días de ausencia, pareciéndome a mí veinte mil años, sin haber tenido nuevas de mi ausente. Y un día, que estaban mi suegro y cuñado, que me visitaban por momentos, entró un cartero y dio a mi suegro una carta, diciendo ser de Barcelona, que a lo después supe, había sido echada en el correo. Decía así:

«Mucho siento haber de ser el primero que dé a V. m. tan malas nuevas, mas aunque quisiera excusarme no es justo dexar de acudir a mi amistad y obligación. Anoche, saliendo el alférez don Félix Ponce de León, su hijo de V. m. de una casa de juego, sin saber quién ni cómo, le dieron dos puñaladas, sin darle lugar ni aun de imaginar quién sea el agresor. Esta mañana le enterramos, y luego despacho ésta, para que V. m. lo sepa, a quien consuele Nuestro Señor, y dé la vida que sus servidores deseamos. A Sarabia pasaré conmigo a Nápoles, si V. m. no manda otra cosa. Barcelona 20 de junio. El Capitán Diego de Mesa.»

¡Ay, Fabio, y qué nuevas! No quiero traer a la memoria mis extremos, bastará decirte que las creí, por ser este capitán un muy particular amigo de don Félix, con quien él tenía correspondencia, y a quien pensaba seguir en este viaje. Y pues las creí, por esto podrás conjeturar mi sentimiento, y lágrimas. No quieras saber mas, sino que sin hacer más información, otro día tomé el hábito de religiosa, y conmigo para consolarme y acompañarme doña Isabel, que me quería tiernamente.

Ve prevenido, discreto Fabio, de que mi padre fue el que hizo este engaño, y escribió esta carta, y cómo cogía todas las que venían. Porque don Félix como llegó a Barcelona, halló embarcado al Virrey, y sin tener lugar de escribir mas que cuatro renglones, avisando de cómo ese día partían las galeras se embarcó y con él Sarabia, que no le había querido dexar, temeroso de su peligro. Pedía que le escribiésemos a Nápoles, donde pensaba llegar, y desde allí dar la vuelta a Flandes.

Pues como su padre y yo no recebimos esta carta, pues en su lugar vino la de su muerte, y la tuviésemos por tan cierta, no escribimos más, ni hicimos más diligencias, que, cumplido el año, hacer doña Isabel y yo nuestra profesión con mucho gusto, particularmente en mi pareciéndome que faltando don Félix no quedaba en el mundo quien me mereciese.

A un mes de mi profesión murió mi padre, dexándome heredera de cuatro mil ducados de renta, los cuales no me pudo quitar, por no tener hijos, y ser cristiano, que, aunque tenía enojo, en aquel punto acudió a su obligación. Estos gastaba yo largamente en cosas del convento, y así era señora dél, sin que se hiciese en todo más que mi gusto.

Don Félix llegó a Nápoles, y no hallando cartas allí, como pensó, enojado de mi descuido y desamor, sin querer escribir, viendo que se partían cinco compañías a Flandes, y que en una dellas le habían vuelto a dar la bandera, se partió; y en Bruselas, para desapasionarse de mis cuidados, dio los suyos a damas y juegos, en que se divirtió de manera, que en seis años no se acordó de España ni de la triste Jacinta, que había dexado en ella; ¡pluguiera a Dios que estuviera hasta hoy, y me hubiera dexado en mi quietud, sin haberme sujetado a tantas desdichas! Pues para traerme a ellas, al cabo deste tiempo, trayendo a la memoria sus obligaciones, dio la vuelta a España y a su tierra, donde entrando al anochecer, sin ir a la casa de sus padres, se fue derecho al convento, y llegando al torno al tiempo que querían cerrarle, preguntó por doña Jacinta, diciendo que le traía unas cartas de Flandes. Era tornera una de sus tías, y deseosa de saber lo que me quería, pareciéndole novedad que me buscase nadie fuera de su padre de don Félix, que era la visita que yo siempre tenía, se apartó un poco, y llegándose luego, preguntó:

-¿Quién busca a doña Jacinta, que yo soy?

-Ese engaño no a mí -dixo don Félix-, que el soldado que me dio las cartas, me dio también a conocer su voz.

Viendo la sutileza la mensajera, a toda diligencia me envió a llamar por saber tales enigmas, y como llegué, preguntando quién me buscaba, y conociese don Félix mi voz, se llegó más cerca diciendo:

-¿Era tiempo, Jacinta mía, de verte?

¡Oh Fabio, y qué voz para mí! Ahora parece que la escucho, y siento lo que sintiera aquel punto. Así como conocí en la habla a don Félix, no quieras más de que considerando en un punto las falsas nuevas de su muerte, mi estado, y la imposibilidad de gozarle, despertando mi amor que había estado dormido, di un grito, formando en él un ¡ay! tan lastimoso como triste, y di conmigo en el suelo, con un desmayo tan cruel, que me duró tres días estar como muerta, y aunque los médicos declaraban que tenía vida, por más remedios que se hacían no podían volverme en mi.

Recogióse don Félix en una cuadra, dentro de la casa, que debió de ser la misma en que primero estuvo, donde vio a su hermana, porque había en ella una rexa donde nos hablábamos, de quien supo lo hasta allí sucedido, que viendo que estaba profesa, fue milagro no perder la vida.

Encargóle el cuidado de mi salud, y el secreto de su venida, porque no quería que la supiese su padre, que ya su madre era muerta.

Yo volví del desmayo, mejoré del mal, porque guardaba el cielo mi vida para más desdichas, y salí a ver a mi don Félix.

Lloramos los dos, y concertamos de que Sarabia fuese a Roma por licencia para casarnos, pues la primera palabra era la valedera.

Mientras yo juntaba dineros que llevase, pasaron quince días, o un mes, en cuyo tiempo volvió a vivir amor, y los deseos a reinar, y las persuasiones de don Félix a tener la fuerza que siempre habían tenido, y mi flaqueza a rendirse. Y pareciéndonos que el Breve del Papa estaba seguro, fiándonos en la palabra dada antes de la profesión, di orden de haber la llave de la puerta falsa por donde salió don Félix para ir a Flandes (el cómo no me lo preguntes, si sabes cuánto puede el interés); la cual le di a mi amante, hallándose más glorioso que con un reino. ¡Oh caso atroz y riguroso! Pues todas o las más noches entraba a dormir conmigo. Esto era fácil, por haber una celda que yo había labrado de aquella parte. Cuando considero esto no me admiro, Fabio, de las desdichas que me siguen, y antes alabo y engrandezco el amor y la misericordia de Dios, en no enviar un rayo contra nosotros.

En este tiempo se partió Sarabia a Roma, quedándose don Félix escondido, con determinación de que no se supiese que estaba allí, hasta que el Breve viniese.

Pues como Sarabia llegó a Roma, y presentó los papeles y un memorial que llevaba para dar a Su Santidad, en el cual se daba cuenta de toda la sustancia del negocio, y cómo entraba en el convento, caso tan riguroso a sus oídos, que mandó el Papa que pena de excomunión mayor latae sententiae, pareciese don Félix ante su tribunal, donde sabiendo el caso más por entero, daría la dispensación, dando por ella cuatro mil ducados.

Pues cuando aguardábamos el buen suceso, llegó Sarabia con estas nuevas; empecé con mayores extremos el ausentarse don Félix, temiendo sus descuidos, el cual con la misma pena me pidió me saliese del convento y fuese con él a Roma, y que juntos alcanzaríamos más fácilmente la licencia para casarnos.

Díxolo a una mujer que amaba, que fue facilitar el caso, porque la siguiente noche, tomando yo gran cantidad de dineros y joyas que tenía, dexando escrita una carta a doña Isabel, y dexándole el cuidado y gobierno de mi hacienda, me puse en poder de don Félix, que en tres mulas que Sarabia tenía prevenidas, cuando llegó el día ya estábamos bien apartados de Baeza, y en otros doce nos hallábamos en Valencia; y tomando una falúa, con harto riesgo de las vidas, y mil trabajos, llegamos a Civita Vieja, y en ella tomamos tierra, y un coche en que llegamos a Roma.

Tenía don Félix amistad con el Embaxador de España y algunos Cardenales que habían estado en la insigne ciudad de Baeza, cabeza de la Cristiandad, con cuyo favor nos atrevimos a echarnos a los pies de Su Santidad, el cual mirando nuestro negocio con piedad, nos absolvió, mandando que diésemos dos mil ducados al Hospital Real de España, que hay en Roma; y luego nos desposó, con condición y en penitencia del pecado, que no nos juntásemos en un año, y si lo hiciésemos quedase la pena y castigo reservado a él mismo.

Estuvimos en Roma visitando aquellos santuarios, y confesándonos generalmente algunos días, en cuyo intermedio, supo don Félix, cómo la Condesa de Gelves, doña Leonor de Portugal, se embarcaba para venir a Zaragoza, de donde habían hecho a don Diego Pimentel, su marido, Virrey. Y pareciéndole famosa ocasión para venir a España y a nuestra tierra a descansar de los trabajos pasados, me traxo a Nápoles, y acomodó por medio del Marqués de Santacruz, con las damas de la Condesa, y él se llegó a la tropa de los acompañantes.