Artigas en el nacimiento de la Liga Federal
Chapter 4
Los poderes conferidos al Dr. Cabrera por Córdoba y al Dr. de Andino por Santa Fe los facultaban de manera expresa – según se ha visto anteriormente – para examinar en junta con los representantes – de los demás “Pueblos Libres” aquí congregados el diferendo que todos mantenían con Buenos Aires y fijar de común acuerdo la fórmula para solucionarlo pacífica, definitiva y sinceramente. Semejante autorización correspondía a no dudarlo – a indicaciones anteriores del propio Artigas y por ello mismo debe considerarse este tópico como incluido en el temario del Congreso de Concepción.
Espontánea y explícitamente habíanle reconocido a aquél los “Pueblos Libres” y asociados bajo su alta dirección, el derecho a negociar y resolver en su nombre sobre cualesquiera asunto de interés para la defensa y conservación de la independencia ya lograda, pero no era él – por temperamento y por reflexión - hombre capaz de ejercer potestades que solo pertenecen a la soberanía. De esa categoría era la cuestión ahora pendiente con Buenos Aires que repetía – en cierto modo – el caso confrontado en 1813 por el Pueblo Oriental en armas, cuando vino a su poder la orden de reconocimiento de la autoridad suprema en la Asamblea Constituyente recién instalada.
¡Vale la pena evocar, aunque rápidamente, ese recuerdo! Era Artigas entonces de hecho y derecho el jefe y conductor indiscutido de los patriotas. Guiándolos al éxodo habíales hecho ganar con laureles inmortales el derecho a ser dignamente libres; devolviéndolos al solar nativo después de largos y crueles meses de expatriación sin haberlos obligado a comprometer en todo ese tiempo con ningún renunciamiento el rico patrimonio moral que formaron en el sacrificio tenía que merecer – como en efecto merecía – la plenitud de su confianza.
Para los patriotas orientales de entonces lo que Artigas decidiera era lo justo o conveniente por definición; no podía discutirse; debía ser adoptado sin reparos.
Pues bien; ante la necesidad de resolver respecto a la orden de reconocimiento a que referimos, el gran caudillo de nuestra iniciación no vio otro camino que el de la inmediata consulta a su pueblo con el agregado de un personal homenaje implícito de estar a sus resoluciones.
De ahí arranca nuestro Congreso de “Las Tres Cruces” en el cual dijo aqué expresamente en cierta parte de su conocido discurso de apertura: “La Asamblea General, tantas veces anunciada, empezó ya sus funciones en Buenos Aires, su reconocimiento nos ha sido ordenado. Resolver sobre ese particular ha dado motivo a esta congregación, porque yo ofendería altamente vuestro carácter y el mío, vulnerando enormemente vuestros derechos sagrados, si pasase a resolver por mí una materia reservada sólo a vosotros”.
Característica de Artigas – acaso la más saliente – era la de la consecuencia inalterable en materia de conceptos y principios de orden moral y político. Puede asegurarse que lo pensado y expresado por él en 1813 sobre determinado problema anticipaba su punto de vista en cada nueva ocasión que se presentase idéntico. Nadie ni nada hacía cambiar de postura a aquel hombre de ideología inflexible y clara. Ese modo de ser tornábalo elemental en cierto sentido, fue también su mayor pecado como dirigente. En el diario y cambiante pleito de intereses y pasiones políticas, obligábalo a actuar con desventaja: a no ceder, a no medrar, a desaprovechar circunstancias favorables a su causa…
En ésta tenía fe ciega. Ella no sólo se defendía por sí misma sino que también ennoblecería tarde o temprano a sus fieles y abanderados. A uno que le escribió en Agosto de 1815 expresándole alarma por el desarrollo creciente de la propaganda calumniosa que utilizaban contra él los adversarios en determinado “Pueblo Libre”, contestábale poco después: “… deje usted que hablen y prediquen contra mí. Esto ya sabe que sucedía aun entre los que me conocían cuanto más entre los que, no me conocen. Mis operaciones son más poderosas que sus palabras, y a pesar de suponerme el hombre más criminal, yo no haré más que proporcionar a los hombres los medios de su felicidad y desterrar de ellos aquella ignorancia que los hace sufrir el más pesado yugo de la tiranía. Seamos libres y seremos felices”.
En los días augurales del “golpe de Fontezuela” Artigas, seguido de un ejército de orientales (en sentido amplio) y santafesinos, disponíase a marchar contra Buenos Aires a fin de ayudarlo a constituirse también en “Pueblo Libre”. La sublevación referida no sólo evitó – felizmente – la lucha que entonces se planteaba entre hermanos sino lo lamentable, el viaje del “Protector” hasta la metrópoli sureña. Si Artigas en lugar de retrogradar en la marcha no bien se enteró de la caída de Alvear y de la Asamblea hubiera continuado adelante hasta el fin, no – desde luego – con alardes de guerra y victoria, sino simplemente en la categoría sencilla (grata a su carácter modesto) de “auxiliador”, pensamos que no habría recuperado su fuerza tan rápida y hábilmente la política centralista que entonces se desplomó. El federalismo que también amaba con lealtad el pueblo de Buenos Aires (hoy está ello probado y reconocido ampliamente) se habría asentado entonces allí en efecto sobre bases de solidez fundamentales. No hubiera prosperado, en tal caso, ni aun nacido quizá, la maniobra de restauración oligárquica que apuntaría con cautelosa vaguedad su iniciación en la inmediata elección de un mediocre Álvarez Thomas, para Director sustituto y el pedido subsiguiente a las Provincias de aprobación de tal medida tomada sin su previa anuencia ni consulta.
Aquella marcha retrograda, impecable desde el punto de vista de los principios, ya que Buenos Aires era ya libre y estaban demás los “auxiliadores”, fue pues políticamente un gran error. El centralismo renaciente lo aprovechó con sagacidad suma al dejar el tema candente de la organización nacional detenido, para la época de reunión del futuro Congreso General y renovar con simple carácter de transitoria la forma de un gobierno Directorial elegido en y por Buenos Aires.
A las Provincias se les solicitó que ratificaran dicha solución. A Artigas, concomitantemente, se le envía la Misión Pico – Rivarola para gestionar un arreglo de paz y un acuerdo – dentro de lo posible – para afianzar la seguridad mutua…
Es en este momento cuando el Protector pidió a los Pueblos Libres que instruyesen a sus Diputados al Congreso de Concepción acerca de los puntos de vista de cada cual con respecto al tópico que examinamos.
Llegan entre tanto a Paysandú, donde tenía entonces Artigas su Cuartel General, los Comisionados de Buenos Aires. De inmediato quieren iniciar su cometido, pero el Jefe Oriental alegando pretextos más o menos valederos se niega a la apertura de negociaciones. Él quiere conocer previamente la opinión de los Pueblos Libres, sobre el particular. La situación que se plantea es, si no idéntica, parecida a la del año XIII ya recordada anteriormente. Artigas tenía facultad y toda la confianza de los pueblos para negociar y resolver, pero su mismo escrupuloso principismo lo inhibe en el caso. Durante un mes casi, Pico y Rivarola aguardan el llamado del caudillo. Al fin, estando ya en Concepción los representantes al Congreso y siendo conocidas por lo mismo sus respectivas instrucciones, aquél se reúne con los Comisionados de Buenos Aires y se entabla la negociación que por conocida no referiremos nuevamente.
Después de fracasada la misma, procedió a su apertura del Congreso y fue el tema de aquella el punto central de la exposición inaugural de Artigas.
Sobre el particular escribió el representante de Córdoba, Dr. Cabrera, a las autoridades de su Provincia la breve y sustanciosa crónica que pasaremos a leer como final de esta disertación: “Tengo el honor de dar parte a V.S. del primer paso de mi comisión. Reunidos en el Congreso los Diputados de esta Banda Oriental y demás pueblos de la Liga y Confederación que están bajo la protección del Jefe de este Ejército, don José Artigas, para tratar de los medios de una unión libre, igual y equitativa, con el gobierno de Buenos Aires, y fundar sobre esa base una paz sólida y duradera, abierta ayer (29 de junio) la primera acción, en que fuimos instruidos por el señor General del éxito desgraciado que había tenido la negociación entablada con los diputados de dicho gobierno, se ha tenido por conveniente en dicho Congreso, reproducir las mismas reclamaciones hechas anteriormente con dicho señor General autorizándolas con una Diputación en que hemos sido electos los ciudadanos doctor don Simón García de Cossio, don Miguel Barreyro, doctor don Pascual Andino y yo. Como el objeto principal de esta negociación es el de conservar nuestra integridad e independencia provincial, restableciendo el equilibrio de las provincias que deben unirse, he adherido a esta nueva investidura, que sin destruir ni desnudarme de la promesa que he recibido de este pueblo, ha reunido en mi causa y en mi persona la respetable representación voz y derechos de los pueblos vencedores del Oriente: unidos con sus derechos y los que nos da nuestra justicia, presentaré los míos y haré las reclamaciones por 50 fusiles, de que la provincia de Buenos Aires es deudora de la nuestra, pidiendo además, en justa indemnización de otros perjuicios seis piezas de artillería, quedando advertido de dar a V.S. parte o noticias de las resultas de esta presentación que servirá a V.S. de gobierno para impartirme las órdenes que sean de su superior agrado. Dios guarde a V.S. muchos años. Concepción del Uruguay y junio de 1815.- JOSÉ ANTONIO CABRERA. – Señor Gobernador Intendente de la capital de Córdoba Coronel don José Javier Díaz”. _________________________________________________________________________
Publicado en la Revista POR LA PATRIA Nro. 2, 3, 4 y 5 año 1943/1944 – Conferencia dictada en Concepción del Uruguay con motivo de la inauguración del primer Monumento a Artigas en Argentina el 25 de febrero de 1943.