Apuntes biograficos de escritores, oradores y hombres de estado de la Republica Argentina

Part 5

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La ley de reforma eclesiástica dictada en 21 de Diciembre de 1822, fué pretesto para que los mal avenidos, los aspirantes y los adoradores del _statu quo_, formasen una especie de coalicion en nombre de la creencia de nuestros mayores, haciendo entender al vulgo que se atacaban sus dogmas venerandos y el lustre de su culto. Los principios relijiosos del primer ministro fueron puestos en duda, y la calumnia declaró ateo á quien habia contribuido para que el seminario conciliar, mal organizado y pobre en rentas, fuese levantado á la categoria de colegio nacional de estudios eclesiásticos; á quien se proponia dignificar el sacerdocio para que fuese capaz de desempeñar la alta mision docente que el gobierno se disponia á confiarle. El Sr. Rivadavia quiso dar al clero de Buenos Aires, en aquella época, una prerogativa que el clero francés aún no ha podido conquistar del todo á pesar de su ciencia y acreditada moralidad--la de participar libremente en la educacion y en la civilizacion del pueblo. Estas intenciones fueron manifestadas con palabras terminantes y con actos notorios. La sede en aquella época estaba vacante. El ardor de la revolucion y la lucha intestina habian dado sus frutos hasta en el corazon de la tribu de Levi, y el pavimento de los claustros habia sido mancillado con sangre en la hora en que el crimen crée conseguir impunidad con las tinieblas. La autoridad civil no podia ser indiferente á este espectáculo. Ojalá que el Sr. Rivadavia hubiera encontrado en su tiempo á la cabeza de la diócesis uno de esos fuertes varones que saben ir al fondo de las intenciones del Evanjelio por los caminos mas cortos! El se hubiera abrazado con el santo pastor y habríale cedido la iniciativa en la parte eclesiástica de la reforma. Pero aquel deseable obispo no existia. En su defecto el Sr. Rivadavia ordenó que se estableciesen conferencias semanales para todos los individuos del clero sobre materias de ciencías eclesiásticas. El decreto de 5 de abril de 1823, se funda en estas bellas consideraciones: “No basta que el clero de Buenos Aires obtenga por su santidad una reputacion distinguida, ni que los servicios en la causa de la independencia le designen un buen lugar entre las clases que han contribuido á establecerla. Es menester algo mas; es menester que su crédito se eleve por la civilizacion, y que llegue por este medio á ponerse en estado de cargar con la responsabilidad de difundirla.”

Esta es la verdadera tendencia de la reforma eclesiástica tan desfigurada por la oposicion contemporánea á ella. Bajo la faz en que la presentamos será mirada por la historia. El sábio estadista mártir de su moralidad y de su honradez, queda lavado con la uncion de sus propias palabras, de la mancha de incrédulo con que el espíritu vulgar del partido pretendió empañar su memoría. En la vasta razon del Sr. Rivadavia habia lugar para los axiomas de la ciencia y para las verdades de la relijion heredada que no se desprenden jamás del alma de los bien nacidos: asi como tenian cabida en los estantes de su biblioteca los escritores de la escuela del siglo XVIII y los ascéticos de la época brillante de la prosa española.

La atencion del Sr. Rivadavia no estuvo enteramente absorta en los límites del gobierno de que era miembro. Al crear instituciones útiles, y al mejorar las formas representativas en Buenos Aires, creia hacer una obra de modelo y aplicacion para las demas provincias de la república, que de mancomun y debidamente representadas habian proclamado la independencia como un solo cuerpo de nacion. Los vínculos de la union se hallaban desatados en 1821. A la representacion nacional dispersada por la anarquia habia sucedido la tentativa de otra cuyos miembros reunidos en Córdoba tuvieron mas de una vez que defenderse contra las acusaciones de conspiracion que les hacian sus propios comitentes. Quedó sin efecto esta tentativa de congreso. La reunion de otro nuevo era completamente imposible en aquellos momentos. El Sr. Rivadavia tuvo que aceptar el papel de ministro de un gobierno provincial á pesar de sentirse con la fuerza y la voluntad sobrada para encargarse de los destinos nacionales. El pensamiento de toda su vida fué la union nacional. En una ocasion en que circulaban en Europa noticias precursoras de la caida del Directorio y de la disolucion del Congreso, se espresaba de la manera siguiente en una nota oficial de 28 de Junio de 1818: “La union de esas provincias es indispensable á su existencia nacional. Si la administracion central deja de existir por algun tiempo, debe ser por consultar á su mejor y mas sólido establecimiento.”

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La idea de la organizacion del territorio de un pueblo que tantas virtudes y jénio habia mostrado en comun durante la lucha de la independencia, no podia dormir en la cabeza del hombre que habia sido vocal de las primeras juntas, representante de las Provincias Unidas cerca de las córtes estrangeras y actor principal en el movimiento revolucionario á que el pais entero habia contribuido con su sangre y sus tesoros....... Sobre la jeneracion que vivia entonces no habian pasado los veinte años de aislamiento que llevan el apellido y la divisa de Rosas.

El restablecimiento de la union de los pueblos argentinos, tan ansiada por Rivadavia, se preparó por él con habilidad y discrecion. «Esa union, decia, es necesario que se obre por el convencimiento de que las ventajas son superiores, respecto á cada una de las partes concurrentes, á cualquier perjuicio real ó de mera opinion, que á alguna de ellas puede ocurrir.» La explicacion de esas ventajas y del pensamiento desinteresado del gobierno de Buenos Aires fué confiada al blando y persuasivo tucumano Dr. D. Diego Estanislao Zavaleta, con sujecion á las notables instrucciones datadas á 30 de Mayo de 1823 bajo la firma de D. Bernardino Rivadavia. Pero ántes de tomar la iniciativa «para reunir todas las provincias del territorio que ántes de la emancipacion componian el vireinato de Buenos Aires ó del Rio de la Plata, en un cuerpo de nacion administrada bajo el sistema representativo, por un solo gobierno y por un mismo cuerpo legislativo,» quiso el estadista porteño poner de bulto con los hechos la conveniencia de la union y hacerla apetecible con beneficios prácticos para los pueblos invitados. Seis jóvenes de cada uno de los territorios que estaban entonces bajo gobiernos independientes, fueron mantenidos y educados en los colegios de Buenos Aires. Medida excelente cuyo resultado fué establecer entre aquella numerosa juventud, vaciada en un mismo molde intelectual, vinculos estrechos y fraternales que con el tiempo debian producir una accion armoniosa en la máquina del Estado.

Dictóse al fin la ley de 27 de Febrero de 1824, facultando al ejecutivo de la provincia de Buenos Aires para reunir la representacion nacional. Esta ley fué precursora de varias medidas que mas tarde facilitaron al congreso de 1826 y al presidente que nació de su seno, el ejercicio de sus respectivas funciones. Las relaciones y el crédito que al gobierno provincial habian grangeado la elevacion y justicia de su conducta, permitiéronle la formacion de compañias europeas, con fuertes capitales, para la explotacion de los metales preciosos, para facilitar el comercio interior, la navegacion de buques á vapor, y para establecer un banco nacional que sustentase esas mismas empresas proveyendo á las provincias del numerario que necesitaban para alentar sus respectivas industrias.

El autor de este plan preparatorio para el restablecimiento de la union argentina, tuvo la oportunidad de ser su agente en los centros europeos de actividad y riqueza. Habiéndose negado por tres veces el Sr. Rivadavia á continuar en su cargo de ministro de gobierno al comenzar la administracion del jeneral Las Heras, fué nombrado ministro Plenipotenciario y Enviado Extraordinario cerca de las cortes de Inglaterra y de Francia, por decreto de 17 de Febrero de 1825, época en que el gobierno de la provincia estaba ya encargado del poder ejecutivo nacional.

Fué durante esta mision que tuvo lugar la ratificacion y cange del tratado celebrado con la Gran Bretaña. El nombre del Sr. Rivadavia corre á par del afamado Ministro M. Canning en la última página de aquel documento á que debe Buenos Aires adquisiciones de que ya se apercibe, y otras que el tiempo está encargado de revelar en toda su importante trascendencia. Pero el patriotismo y las luces del diplomático arjentino no le permitian ceñirse á procederes de mera forma. Las respetuosas consideraciones que mereció del gabinete inglés, le ayudaron para emplear con fruto de su pais el año escaso que permaneció en Europa en desempeño de sus nuevas funciones. Consagróse con empeño á dar á conocer la aptitud del pais que representaba para empresas industriales en grande escala, y para un desarrollo comercial mas estenso que el que hasta entonces habia recibido. La prensa de Lóndres reveló, por primera vez, puede decirse, los caudolosos veneros de preciosos minerales que encierran las Cordilleras del centro y de los estremos de nuestro vasto territorio, y las ventajas que reportaria una numerosa emigracion agrícola, estableciéndose en los llanos fértiles y estensos que riegan nuestros rios caudalosos bajo el clima hospitalario de una zona templada.

Las garantias que en favor de la civilizacion y riqueza del pais acababan de obtener los súbditos británicos por los tratados que son el punto de partida del jeneroso derecho público que nos rije, fueron el natural apoyo de la confianza con que se arriesgaron fuertes capitales europeos á trasladarse á rejiones lejanas pero que tanto prometen á la industria y al trabajo intelijente bajo la custodia de las leyes sábias. El crédito, elemento moral de los gobiernos, obró su preciosa consecuencia, convirtiéndose en valores positivos. Si los frutos posteriores no correspondieron á las esperanzas concebidas en vista del movimiento favorable de la opinion exterior hácia nosotros, no fué culpa de quienes excitaron ese movimiento con tanto acierto como con medios tan lejítimos; culpa fué de la mala estrella que guió por tantos años nuestros destinos.

Siempre que busquemos con verdad el camino de nuestro engrandecimiento, le hemos de hallar por el rumbo trazado por la escuela económica y administrativa de que es fundador el Sr. Rivadavia. El órden y la paz interior, serán en adelante como lo fueron desde 1821 hasta 1827 las proclamas mas elocuentes para traer pobladores al seno de nuestros desiertos, y capitales á la masa de nuestra circulacion monetaria. Estas verdades son vulgares en nuestros dias. No le eran cuando se anunciaban y aplicaban por primera vez. Los que derramaron tales ideas como una semilla que alguna vez habia de fructificar, fueron tenidos por visionarios y utopistas. Sin embargo, la fábula se hizo verdad. Las garantias acordadas al estranjero han salvado nuestra civilizacion naciente y la dignidad del ciudadano.

El dia 8 de Febrero de 1826, en el salon principal de nuestra vieja fortaleza, entre un crecido número de ciudadanos y en presencia de los jefes del ejército y de los departamentos todos de la lista civil, tuvo lugar un acto importante y trascendental para la suerte del pais.

En aquel dia y en aquel lugar, el gobernador de la provincia de Buenos Aires proclamó á D. Bernardino Rivadavia, presidente de las Provincias Unidas del Rio de la Plata.

El Congreso, haciendo justicia á los méritos contraidos por aquel ciudadano habíale escojido para elevarle á puesto tan honroso como erizado de espinas. Al tomar el Presidente las insignias del mando y el Jeneral D. Juan G. de las Heras al entregárselas, pronunciaron palabras que honran á uno y otro. Los méritos de la administracion que se retiraba fueron reconocidos y aplaudidos por el Presidente, quien á su vez fué alentado con la halagüeña perspectiva de una marcha gloriosa. Tan nobles deseos se frustraron completamente. El Gobierno de la presidencia halló un terreno conmovido que no le permitió asentarse. El Sr. Rivadavia no podia fundar su gloria en los triunfos militares sino en las conquistas del pensamiento con armas pacíficas de una administracion arreglada. Mientras tanto el pais estaba comprometido en una guerra esterior, en la cual las victorias sobre el enemigo fueron una verdadera derrota para el poder del Presidente. Otras causas combinadas con esta no permitieron al réjimen nacional mas que una duracion cortísima.

El Sr. Rivadavia renunció el cargo de Presidente y cesó en sus funciones á fines de Julio de 1827.

Al descender de la presidencia, el Sr. Rivadavia dirigió una carta autógrafa á cada uno de sus ministros, dándoles gracias por la cooperacion que habian prestado á su gobierno, y asegurándoles de la aprobacion que le merecia la conducta de los empleados en los tres departamentos de la administracion. Las contestaciones de los Señores Agüero, Cruz y Carril son un testimonio de los sentimientos nobles y afectuosos que el magistrado habia sabido despertar en aquellos hombres notables. En momentos en que declinaba el valimiento del gobernante, y en que ya se divisaba delante de él el camino lóbrego que iba á recorrer en el resto de sus dias, no pueden ser tachadas de lisonjeras las espresiones con que los ministros contestaron al Sr. Rivadavia. El de hacienda se espresaba así: “La administracion de V. E. deja descubierto el secreto y en él la garantia que faltaba á los intereses sociales. No mas el saqueo y la violacion de las propiedades particulares serán en nuestra patria suficientemente escudadas con los nombres de patriotismo y de obligacion.... La mas grata recompensa que me queda es haberme empleado en el servicio de la nacion, bajo las órdenes del hombre público que en la historia de la América española ocupará el lugar mas distinguido, por su constante empeño en propagar la civilizacion de los verdaderos principios con que, en menos tiempo, y escusando mil calamidades, los moradores de estas rejiones puedan llegar á la ventura social, y las diversas secciones del continente elevarse á un grado de prosperidad prodigiosa.”

La nacion pasaba por una verdadera crísis. El carácter provisorio que imponia al nuevo presidente la ley de 3 de Julio, la reunion próxima de una convencion nacional; la disolucion del Congreso asi que se tuviere conocimiento oficial de la instalacion de aquella; la guerra civil que alzaba la rebelion por una parte, y por otra la guerra estrangera, colocaban al pais en una situacion que se agrababa con la decadencia del comercio y los excesos del ajio y con el mal éxito de las negociaciones diplomáticas entabladas para terminar la contienda con el Imperio. Las pasiones políticas se hallaban exaltadas. El Gobierno Nacional caía enlutando el corazon de unos y vistiendo con colores alegres las ambiciones de otros. Los numerosos amigos de un órden de cosas que databa desde 1821, se sentian sin apoyo y se consideraban entregados por la renuncia del Sr. Rivadavia á las consecuencias de una reaccion que comenzando por las formas habia de llegar hasta las ideas. Para calmar estos temores y para templar el ardor de los partidos, revistiéndose el Sr. Rivadavia de esa grave tranquilidad que mostró tantas veces en los momentos críticos, dirijió al pais las siguientes palabras que se deslucirian con cualquier comentario:

“Argentinos: No emponzoñeis mi vida haciéndome la injusticia de suponerme arredrado por los peligros, ó desanimado por los obstáculos que presenta la majistratura que me habeis conferido. Yo hubiera arrostrado sereno aun mayores inconvenientes, si hubiera visto por término de esta abnegacion la seguridad y la ventura de la patria.

“Consagradle enteramente vuestros esfuerzos, si quereis dar á mi celo y á mis trabajos la mas dulce de las recompensas. Ahogad ante sus aras la voz de los intereses locales, de la diferencia de partidos y sobre todo, la de los afectos y ódios personales, tan opuestos al bien de los estados como á la consolidacion de la moral pública.... Abrazaos como tiernos hermanos y acorred como miembros de una misma familia á la defensa de vuestros hogares, de vuestros derechos, del monumento que habeis alzado á la gloria de la nacion. Tales son los deseos que me animarán en la oscuridad á que consagro mi vida; tales los que me consolarán de la injusticia de los hombres; tales, en fin, los que me merecerán un recuerdo honroso de la posteridad.”

El Congreso que declaró la independencia terminó su carrera bajo la acusacion de traidor á la patria. El primer Presidente y sus actos fueron llamados al tribunal de la opinion pública por los hombres públicos que no acertaron á disimular su parcialidad. El Mensaje pasado á la legislatura por el gobierno que restituyó á Buenos Aires su antigua forma provincial, es un documento cuya lectura desconsuela al mismo tiempo que demuestra la intensidad de los ódios que fermentaban dispuestos á estallar bajo la silla del Presidente y en la tribuna del Congreso. Aquel Mensaje clasificó al pensamiento del réjimen general del pais, como “un instante desgraciado de delirio”: y declarando que “la concentracion y la desunion se habian hecho igualmente impracticables”, colocó á las provincias en una situacion incierta que no podia conducirlas sinó á la anarquia, ó á caer en manos de jefes irresponsables y vitalicios.

Apartado el Sr. Rivadavia de la vida pública, la privada fué para él en lo sucesivo y hasta el fin de sus dias, una perpétua expatriacion. Para comprender las tribulaciones de su espíritu, bastará transcribir las siguientes palabras escritas por él en Paris en Mayo de 1833: “Son estos los momentos mas tristes de mi vida. Un amigo me instruye sobre la estrema degradacion y miseria de mi desventurada patria. No he recibido una sola letra que me consuele sobre la situacion de mi esposa é hijos, ni recuerdos de mis amigos....., sin embargo no puedo dejar de pensar constantemente en esa República Argentina que se arruina y degrada cada vez mas. Ni seria digno ni posible separar mi ánimo de la contemplacion de tan cara y amada patria....” En aquellos momentos lamentaba la muerte de un noble y respetable estrangero amigo suyo, “el único ser, segun su propio testimonio, á quien debiera favores en su desgracia.” Pero tantas desventuras no abatian su alma bien templada. Cuantos mas motivos se le agolpaban para quejarse de la ingratitud de la patria, mas se identificaba con ella consagrándola sus desvelos. Nada podia hacer ya en su servicio el estadista repudiado, pero si el literato estudioso. “Para aliviar su espíritu” emprendió entonces la traduccion de los viajes de D. Félix Azara, “porque era lo mejor que se habia publicado sobre su pais.”

El Señor Rivadavia cedió este manuscrito al Sr. D. Florencio Varela el año de 1842, en Rio Janeiro, al separarse ambos “para no verse mas en este mundo.” El tomo segundo de la Biblioteca del _Comercio del Plata_, contiene la primera edicion de este escrito tan importante para el conocimiento de la historia natural del Rio de la Plata y Paraguay. Tal vez hasta el año 45, época de aquella edicion, no se conocian las exactas observaciones del ilustre geógrafo y viajero en la lengua en que se habian redactado.

Al hablar de los trabajos diplomáticos del Sr. Rivadavia en Europa, hasta poco antes de 1820, hemos procurado hacer las transcripciones que ha sido posible de su correspondencia oficial, para probar indirectamente el ningun fundamento de las acusaciones que se le han hecho acerca de sus pretendidas tendencias á monarquizar la América. El señor Rivadavia no ha dado un paso, que nos conste, en este sentido. Habrá si se quiere, escuchado proposiciones y aun abierto esperanzas sobre semejante pensamiento en circunstancias en que era preciso, para no comprometer nuestra independencia ni el éxito de la lucha con el poder español, calmar los celos que en los gabinetes de los soberanos europeos despertaban los gobiernos _insurjentes_ del nuevo mundo. Pudo haber en su ánimo momentos de duda acerca de cual fuese la forma política mas conveniente para constituir su pais. Y esto nada tendrá de estraño, pues trepidaciones de la misma especie hallaban escusas en 1846 para el sesudo redactor del _Comercio del Plata_, en consideracion al espectáculo de sangre y de lodo que por treinta y seis años presentaban las repúblicas americanas. La calumnia, sin embargo, valiéndose de la discreta reserva en que se envuelve toda negociacion diplomática, por inocente y lejítima que ella sea, prohijó aquella suposicion vulgar y la presentó con el carácter de acusacion oficial, durante la última residencia del Sr. Rivadavia en Francia. Fué entonces que él tuvo el noble coraje de presentarse en Buenos Aires, á mediados de Mayo de 1834 para vindicarse de las acusaciones que se le hacian. Solo dos horas pudo permanecer bajo el techo de su propia casa y en la ciudad de su nacimiento. La autoridad lo obligó á reembarcarse y á esperar á bordo de un buque durante veinte dias la decision de la Sala de Representantes sobre la reclamacion entablada ante ella por acto tan injusto.

El Sr. Rivadavia se asiló entonces en el Estado Oriental. En una hacienda de las inmediaciones de la Colonia del Sacramento se consagró á ocupaciones rurales. Rodeado estaba de colmenas, de su querido rebaño de cabras del Tibet y de plantas útiles y exóticas, cuando en Octubre de 1836, por órden del gobierno de aquel pais, fué deportado á la Isla de Ratas en la rada de Montevideo, y de allí desterrado con otros argentinos notables á la isla brasilera de Santa Catalina.

Peregrino y proscripto por Europa, por el Estado Oriental, por el Brasil, rindió al fin el espíritu en la ciudad de Cádiz el 2 de Setiembre del año del Señor MDCCCXLV.

El Sr. Rivadavia es sin disputa un argentino digno de preferente lugar en el panteon de nuestros grandes hombres.

Su razon fué elevada; su carácter recto y firme; su voluntad constante; sus intenciones intachables. Nadie ha hecho mas que él á favor de la civilizacion y de la legalidad en estos paises. Nadie ha amado con mas desinterés y mas sin lisonja, mas de veras al pueblo. Nadie ha respetado mas que él la dignidad de los compatriotas. Tuvo la conciencia de nuestras necesidades y se desveló por satisfacerlas. Trajo á su rededor todas las intelijencias, diólas impulso y las preparó un teatro útil y brillante de accion. Buscó en el estranjero las ciencias de que careciamos y las aclimató en nuestro suelo. Compensó y alentó los servicios y las virtudes; protejió las artes y confió mas en el poder de la razon que en la fuerza.

Su mérito es tan positivo como su gloria será eterna.

Sus bendecidas cenizas están entre nosotros. _Tandem quiescat._ La mano del agradecimiento las ha devuelto á la Patria como un tesoro usurpado. Del fondo del sepulcro que las custodia, saldrá constantemente una voz que resonará como un aplauso ó como una censura en la conciencia de nuestros mandatarios.

BREVES APUNTAMIENTOS PARA LA BIOGRAFIA DE

D. JOSÉ ANTONIO MIRALLA.

En el número de los arjentinos que se han granjeado fama fuera de la patria, debe contarse al Sr. D. JOSÉ ANTONIO MIRALLA.

Él “era incapaz de olvidarse [son sus propias palabras] de las Provincias donde habia tenido el honor de nacer, y mucho menos de la gran ciudad donde recibió su instruccion.” Esas provincias eran las arjentinas, y Buenos Aires la gran ciudad.

El hombre que asi se espresaba despues de 12 años de ausencia de la patria, merece cuando menos, el afecto de sus paisanos.

Nosotros hemos sentido siempre simpatia por Miralla, avivándose toda vez que la casualidad nos presentó este nombre mezclado con algun incidente ó unido á algunas personas notables en la historia moderna de la América independiente.

Hemos recojido esos pocos incidentes; conocemos algunos pasos de la carrera de Miralla; pero ignoramos con precision donde y cuando termina.[1]