Apuntes biograficos de escritores, oradores y hombres de estado de la Republica Argentina

Part 13

Chapter 133,913 wordsPublic domain

Esta última palabra resonó largo tiempo. La jóven suspendió su canto y repitió en voz baja el estribillo de los ecos como si la asaltara algun presentimiento. Enjuga sus negros ojos cansados de llorar; pero vuelven á brotar las lágrimas que le caen como lluvia de perlas sobre el seno tostado, asi como gotea abundante la linfa pura de la hendida _Taboca_. El saibá se entristeció al oirla modular quejosas é interrumpidas notas, y como si obedeciese á un mandato secreto apagó sus trinos. Tal vez juzgándose vencido, hizo silencio para aprender nuevas armonias; no pudiendo rivalizar con la voz de aquella criatura humana. “Quien presume conocer bastante (observa el poeta) los instintos de semejantes seres y los misterios íntimos de la vida, para afirmar ó negar estas apariencias”?

Parece que en este rasgo tradujese el Sr. Magalháes aquellos conocidos versos del epílogo de la _Cautiva_:

Quizá los sueños brillantes De la inquieta fantasia, Forman coro en la armonia De la invisible creacion.

La espedicion de las tribus reunidas de los Tamoyos, como se vé, comienza bajo la influencia de presentimientos funestos. Nos hemos detenido en ella porque pone de manifiesto el tinte de melancolía y de sensibilidad que constituye el fondo de la poesia del autor, sin dejar por eso de dar toques enérjicos á sus demas cuadros en los lugares que lo exige el efecto. Por ejemplo; los tamoyos forman un campamento en donde se sirven manjares silvestres y licores y se discurre sobre las operaciones militares que deben acometerse y en donde, en fin se alientan recíprocamente á la constancia y al valor por el recuerdo de sus derechos á la voz elocuente de sus caudillos, de sus sacerdotes y vates, entre quienes se distingue Coaquira. Con este motivo se ensaya en imitar los caracteres y elementos de la oratoria primitiva y salvage de los cantos de guerra de que toda tribu americana estaba dotada. Hé aquí esos pasages, y como se desempeña el autor: usamos del verso para acercarnos en lo posible á los efectos rítmicos del orijinal:

.... Reina el silencio. Coaquira entonces Sobre una prominencia se levanta Para que le oigan todos y le vean, Y la punta del arco clava en tierra. Un albo vaso de enemigo cráneo De licor espumoso rebosando Lleva al labio, y apura: de improviso Sacro fuego devora sus entrañas: Inflámanse sus ojos círcuidos De una aureola de sangre; como espinos Sobre su frente críspanse sus canas; Crujen sus dientes, hincha las mejillas, Dilátase su pecho, y se estremece Como á los calofrios de la fiebre.

Plácida resplandece en quieto cielo La luna cuya lumbre baña el rostro Con albor macilento al indio vate, Mientras con esa luz contrasta el rojo Resplandecer de las hogueras que arden. Apenas si interrumpe allí el silencio El blando soplo de nocturnas auras Que estremecen las hojas murmurando. Sacro horror de los pechos se apodera De cuantos allí están. Remeda el bardo Fantasma aparecida en un ensueño, Ó maléfico génio que se antoja En solitaria noche al peregrino.

Despavoridos ojos por el campo Vibra, y despues en el cenit los clava. Levanta hácia los cielos ambos brazos Y con potente voz, ronca, espantosa Entona así su cántico de guerra:

«Gloria, gloria á Tupan, su voz resuena Desde la choza erguida en la montaña Hasta la oscura cueva de las fieras.

«El cielo es de Tupán, la tierra es nuestra; Con sangre la regaron nuestros padres Y nos toca morir para vengarlos.

«Fueron nuestros mayores el azote Del terrible aimoré que carne viva Devora, y bebe nada mas que sangre.

«De qué nos sirve el brazo, el arco y flechas Si el fiero portugués impune huella Nuestra tierra y cautiva nuestros hijos?»

Danza veloz emprenden los Tamoyos En torno de Coaquira repitiendo: «El cielo es de Tupán, la tierra es nuestra.»

En nueva inspiracion arde la mente Del bardo de la tribu y continua:

«Tal vez es esta noche la postrera Que presencie en algunos de nosotros La luna el inocente pasatiempo.

«Cuando mañana el sol dore el racimo De las palmas del monte, ya marchando Le hemos de saludar todos armados.

«Bebamos y danzemos en compaña De nuestros hijos y mujeres hora, Que solo en guerra es de pensar mañana.

«Tupán es con nosotros! En la sangre enemiga lavemos nuestro oprobio, y que yazcan sus cuerpos insepultos.

«Repúdielos la tierra de su seno; que negros _urubús_ pasten sus miembros; y muera el que piadoso toque á ellos.

«De heredado valor, ejemplo nuevo demos á nuestros hijos. Muera el flaco que no sepa vengar al deudo muerto.»

Cesa el Tamoyo trovador y en tierra cae arrobado en éxtasis. En torno de él la tribu se ajita, danza y canta:

«El cielo es de Tupán, la tierra es nuestra.»

La propiedad de estas escenas y su naturalidad saltan á la vista. Aquí no hay imitaciones de los cantos de los bárbaros de uno y otro mundo, poetizados por Chateaubriand en los _Mártires_ y en los _Natches_. Es una poesía verdaderamente orijinal y americana: sin conocer probablemente la _Cautiva_, el Sr. Magalhaes, ha empleado en su himno guerrero algunas pinceladas idénticas á las que empleó Echeverría poniendo en boca de un _pampa_ inspirado por el licor la valiente estrofa que sigue:

_Guerra, guerra y esterminio_ _al tiránico dominio_ _del_ huinca;--_engañosa paz:--_ _devore el fuego sus ranchos,_ _que en su vientre los caranchos_ _ceben el pico voraz._

Hacemos estos paralelos con el objeto de mostrar que puede tomar caracteres especiales la poesía en América, esplotando con inteligencia sus verdaderas fuentes.

Entre las dificultades de la empresa de los Tamoyos debe contarse el desaliento de los guerreros mismos de quienes se apoderan á veces los sentimientos supersticiosos inspirados por sus sacerdotes. En medio de la noche aparéceseles el Payé trayendo en el estremo superior del arco un cráneo blanquecino por cuyas huecas órbitas reboza la luz de la resina ardiendo. Parece una momia animada que surjiese del centro de la tierra. Sobre sus huesos descarnados se pega macilenta y rugosa una piel semejante á la corteza de un tronco añoso. “Huid, Tamoyos mios, les dice, huid. Dejadles las márgenes deleitosas de Nitheroy que ellos tanto envidian y en donde pretenden á costa vuestra apacentar su ocio y levantar ciudades con el trabajo de vuestros brazos .... Huid y sereis libres, que todo es nada en comparacion de la libertad. Sacad únicamente de esta tierra, que no puede ya llamarse vuestra, los huesos de vuestros padres para que no los profane el pié de tan feroces enemigos!....”

Copiemos del poema otra bellísima escena que servirá para caracterizar los sentimientos de Aimbire. El sol se pone; el héroe vá acompañado únicamente del hermano de su querida Iguazú.

¿Adonde van silenciosos uno en pos de otro esos dos bultos de porte agigantado y de tostado cútiz, que parecen al claro de la luna dos jénios nocturnos? siguen la márjen de un rio.--Aimbire, en que piensas, le pregunta Parabusú, estamos todavia distante? Aimbire levanta los ojos á los luceros de la constelacion de la cruz del Sur, y bajándolos lentamente: no, le responde, solo nos faltan unos pocos pasos,--llegaremos al salir el sol.--Mucho antes de la aurora; cuando la luna brille en la mitad del cielo .... ya estamos cerca--No oyes un rumor?--Si, es el rio que se despeña en cascadas.--No equivocarás el sitio?--Bien presente le tengo; paréceme que estoy viendo todavía á mi anciano padre recostado al tronco de un gran árbol que entre otros mas pequeños se levanta á la márgen de la corriente.--Existirá aun? No habrá sido devorado por el fuego europeo? Suspira Aimbire y no replica. Reina entre ambos el silencio por algun tiempo, hasta que Parabusú le pregunta con calma: en que piensas, Aimbire?--Y tú?--Y ambos á un tiempo pronuncian el nombre de Iguazú. Pensaba en ella, continúa Aimbire; pareciame que la oia, que me llamaba por mi nombre con voz tan ahogada y sentida que me llenaba el pecho de pavor y de pena.--Y á mí pareciame, le dice el amigo, que la veia caer en manos de nuestros fieros enemigos.--Calla, Parabusú, ¿que te atreves á decirme? No mas: esos recuerdos me horrorizan. Ah! cuando tendrán fin nuestras desgracias? Mucho hemos sufrido, y el corazon me dice que mucho mas hemos de padecer aun. Que torrente de males han descargado sobre nosotros esos hombres crueles que nos han puesto en la alternativa de una guerra cruenta ó de una dura esclavitud! Ah! no, tu no sabes lo que es ser esclavo! no ser dueño de si mismo; vivir sin honra, dormir y despertar por voluntad agena; obedecer callando con rostro complacido; sufrir sin quejarse; comer con lágrimas; trabajar, trabajar al sol, á la lluvia, para que el amo viva abundante y tranquilo! Ah! tú no sabes lo que es ser esclavo; yo sí. Cuando pienso en esto me abrasa la ira........ Mi padre; desgraciado! murió en la esclavitud: si vivo es para vengar tamaña infamia. Ellos me la pagarán con un mar de sangre. Asi pudiesen rodar sus cadáveres hasta las playas de donde zarparon, que entonces arrojaria al mar sus cadáveres para que llevasen nuevas de nosotros á sus hermanos y amigos!

Discurriendo de esta manera llegaron á un valle cuyo suelo estaba sembrado de troncos envejecidos de árboles corpulentos que el hacha y el fuego hadian derribado con trabajo para proporcionar al hombre un alimento mezquino. Un hermoso yatai, herido en la raiz, cediendo á su paso, caia sobre el rio formando una puente rústica y peligrosa. Pasan ambos por ella, Aimbire reconoce el lugar apesar de los multiplicados y empinados árboles caidos en tierra. Vaguea con la vista por aquellos troncos jigantes que parecen esqueletos de una raza titánea respetada por los siglos. Un soplo de muerte le hiere el pecho anhelante y la sangre se le agolpa tumultuosa al corazon .... recela, teme no hallar lo que busca .... avanza el paso por la márjen del rio, y distingue negrear al resplandor de la luna el bulto inmenso del árbol robusto porque ansía--Helo aquí--exclama; corre, le abraza, le besa y riega con su llanto aquel monumento del bosque á cuyo pié enterrara el vaso tosco de barro que contiene el cuerpo de su padre. Afánanse á porfía los dos amigos, cavan y desentierran la urna. Al verlo, exclama Aimbire enternecido:--Oh Cairuzú, ilustre guerrero que despues de una vida gloriosa tuviste una vejez tan escasa de fortuna y cerraste los ojos en los dolores del cautiverio. Oh! Cairuzú, padre mio! desde aquella noche en que aquí escondí tus huesos [la luna que me aclara lo atestigüe] desde esa noche en que juré tu venganza, no he descansado un solo dia. De esta tierra bañada con tu llanto, tierra de esclavitud que alimenta la codicia de un magnate, vengo á rescatar tu cuerpo .... te prepararé otro descanso en aquel monte que mira al mar, que tomará tu nombre para eterna memoria y en donde el paso del bárbaro extranjero no haga estremecer tus cenizas. Pero, antes que mis hombres te alejen de este lugar daré castigo al cruel que incauto duerme en estas cercanías....

Efectivamente: eran aquellos los campos que la invasion habia convertido en propiedad de Blas Cubas, á quien Aimbire debia sus martirios y los de su padre. El mismo habia sido el matador de su primera esposa, y de su hija primojénita. El Tamoyo, ayudado de su amigo incendia los plantíos y embaraza las salidas de la habitacion del cristiano con pesados trozos de piedra. El incendio y el humo crecen, arden ya los techos. Aimbire como el cazador que espia la fiera, acecha por la ventana que al fin se abre. El bulto de un hombre despavorido se lanza por ella pálido como un fantasma que se despoja del sudario y huye. Aimbire le reconoce y le dá caza como un demonio se apodera del alma condenada que le pertenece por un contrato infernal--Mírame, Blas Cubas, mírame, conóceme. No quiero que perezcas antes que sepas quien se venga de ti matándote. Aimbire le hace una larga relacion de las crueldades del lusitano con su familia y con sus amigos. Acuérdate, le dice, del pobre Guarativa á quien amarraste á un árbol á cuyo pié hervia un hormiguero y le azotaste hasta arrancarle la piel con la sangre dejándole en llaga viva. Acuérdate de los suplicios de aquella víctima en cuyas úlceras negreaban enjambres de hormigas que le mordian el cuerpo convulsivo.

La vida del vencido tenia un angel que la custodiaba, su hija Maria, que como una aparicion del cielo, cubre con sus desnudos y torneados brazos el cuerpo del padre cuya salvacion pide con lágrimas. El Tamoyo, desarma su ira y se deja vencer por los ruegos de la inocencia. Otros héroes mimados por la fortuna, observa aqui el autor, celebrados por altisonantes poetas, no dieran ejemplo de piedad semejante en el momento en que blandian el hierro de la venganza.

Los presentimientos de los dos amigos eran de corazones leales. Iguazú habia caido prisionera en manos cristianas y padecia cautiva lejos del objeto de su cariño. A par de otras indias compañeras suyas habia tenido que sufrir mal trato y los lascivos atrevimientos, para salir victoriosa de los cuales habia puesto á prueba su egregio valor y su constancia. El poéta echa un velo sobre estas escenas, porque como él dice bellísimamente:

_No halla deleite el númen que le inspira_ _Con hechos que al pudor la faz coloran_ (p. 227).

Con cuanto dolor supo Aimbire la suerte que le cabia á su prometida, nada menos que cautiva en poder del aborrecído Cubas. Devora el furor dentro del pecho, como el fuego subterráneo que calcina las entrañas de la tierra. La fortaleza de su voluntad contiene la explosion de su ira. Descubre á Pindobuzú postrado en el suelo, llorando por su hija querida, reclinada la cabeza sobre el hombro del hijo tambien aflijido. Entonces da rienda á su cólera: Oh! Pindobuzú exclama, enjuga el llanto, prepárate para una venganza ejemplar, Iguazú será libre, te lo prometo. Con ella te daré en represalias cuantas hijas y esposas quieras de esa raza de crueles. Haré correr rios de sangre y alzaré un monte de cadáveres. Opíparo banquete dispone mí brazo á los hambrientos cuervos. Al mar canoas, al mar volemos.... ....

Una batalla tiene lugar. En aquel campo halla el ofendido su venganza. Veamos el papel que hace allí Aimbire y como describe el poéta el nuevo encuentro de aquel con Blas Cubas:

Cansado de esparcir muerte y espanto, Aimbire se adelanta, revolviendo Los ojos que el furor en sangre tiñe, Busca sus principales enemigos Para verles morir bajo su brazo. “Traidor Tibirizá, donde te escondes Cayubi, Cuñambeba”! asi diciendo Tropieza con D. Blas. “Eres tú, infame! Te concedí la vida, hoy de tu muerte vienes en busca”--Por vengarme vengo, el portugues le replicó; salvaje, esclavo envilecido, reconoce, á tú señor en mí que te castiga.-- Y al espresarse asi descarga un golpe que en la maza del indio no hizo mella. --“Mas vigor en la lengua que en el brazo tienes, y es poca gloria arrebatarte la vida que desprecio y te regalo. Mas, ven conmigo y muéstrame primero en donde está Iguazú, dónde el infame que consumó su rapto y cautiverio.” Júzgale descuidado el lusitano y con cautela previniendo el arma le dice con irónica sonrisa:-- --Quiero ahorrarte la pena de llorarla. --Y yo el infame peso de tu vida,-- y con pronta respuesta pronto golpe aséstale el Tamoyo, retumbando á un mismo tiempo el golpe, la respuesta y la caida tambien del alevoso. --La muerte lenta y cruel que merecias no me es posible darte; estoy á prisa, dijo el Tamoyo, y en su propia sangre dejo teñido el cuerpo de Blas Cubas....

Pero no era la victoria alcanzada con sangre la que habia de volver al cacique á la mujer de sus sueños. En éste poema hacen un papel principal los famosos misioneros Nóbrega y Anquieta cuyas intenciones y santidad ofendidas en sus compañeros por el autor del _Uruguaya_, ha vindicado sin afectacion el Sr. Magalháes. En tanto que la carniceria tenia lugar, el segundo de aquellos beneméritos sacerdotes oraba en el templo humilde y recien levantado como prenda de paz y de cultura en aquellas soledades que hoy forman los bellos y pintorescos alrededores de Rio Janeiro. El santo varon manifiesta en su rostro las señales del extásis y presta profunda atencion como si diese el oido á la voz de algun mensagero misterioso. Cesa el órgano; el ministro de Dios pónese en pié y dirijiéndose á Iguazú que estaba en el templo con las mugeres cristianas, tócala el hombro y la dice: «hija, levántate, ven conmigo.» Absorta la concurrencia ábreles camino y todos se preguntan curiosos: ¿dónde irán?--Marchan silenciosos por las tinieblas; Iguazú vá llena de asombro y de incertidumbre: el pié de ambos evita mancharse en la sangre que cubre el suelo. El sacerdote se detiene al fin y esclama ¡Aimbire!! Aquella voz parecia resonar en una bóveda armoniosa. Aimbire! Aimbire! repite varias veces. El rabioso Tamoyo acude al llamado despavorido y chorreando sangre.--Toma á Iguazú; huye. El indio fascinado vuelve los ojos á su amada, en tanto que desapareciéndose Anquieta súbitamente, repite al ocultarse del todo: huye.

Reflexionando Aimbire sobre sí mismo, en aquella especie de tregua á sus afanes y desgracias, se cree digno de ser feliz y declara ante los suyos que toma á Iguazú por esposa. Esposa solo en el nombre la virjínea flor del bosque estaba todavía en pimpollo: era preciso esperar la aurora que la diera el perfume y nectar. Los indios sabian respetar severamente á esas impúberes esposas que segun sus usos tenian derecho de elejir. No eran tan brutos ni lascivos que cojiesen fuera de sazon los frutos del amor. Amaba Aimbire á su tierna esposa como un lirio próximo á abrir su mimoso caliz á los besos del colibrí.

Iguazú traia al volver á su tribu inoculadas en el alma las verdades del evanjelio. Su esposo mismo no podia resistir á las tentaciones de aquel nuevo misionero cuya palabra llegaba con los écos simpáticos al fondo de su alma. Así, cuando llegaron Anquieta y Nóbrega á inducir á los Tamoyos á la paz y á la adopcion del evanjelio, con discursos llenos de elocuencia y de uncion, vieron que á imitacion de la india convertida, todos aquellos adoradores de Tupan se postraban en el polvo de los desiertos en donde por primera vez se consumaban los misterios del cristianismo.

La ambicion del conquistador vino á despertar de nuevo en el ánimo de los Tamoyos los resentimientos y la innata inclinacion de la independencia, burlando los pacíficos esfuerzos de los misioneros. Las naves de Mendo de Sá preséntanse preñadas de soldados y muerte para echar á los franceses, aliados de los Tamoyos, del pais de Nitheroy y fundar la capital de Rio de Janeiro. Aimbire duda nuevamente de la lealtad lusitana, enciéndese otra vez en ira, hace sonar las trompas guerreras y parte con sus parciales al encuentro de los recien llegados. Nada le detiene, ni las observaciones de otros caciques de su raza, ni los peligros á que de nuevo pueda esponerse la jóven cuya existencia depende ya de su apoyo. Pronto se encuentra con sus huestes al pié de la reciente fortaleza: la asedia meses enteros; la lucha es porfiada; á los Tamoyos que caen á las balas suceden otros, como olas que crecen unas en pos de otras.

El mismo Mendo de Sá acude al lugar de la lucha. Aimbire le reconoce, y levantando los ojos desde el nivel del Oceano hasta las montañas sublimes que dan majestad al golfo, los vuelve hácia los suyos y los fija con detencion especial sobre su esposa. Parece que diera el último adios á tan caros objetos, y la lágrima de dolor que no se muestra en sus ojos le cae petrificada y ardiente sobre su corazon.--«A las trincheras! esclama derrepente; combatir ó morir.» Dice, y se lanza á la pelea. No son hombres sino leones los que batallan; la sangre espumosa forma lagos. Los ojos de Aimbire parecen dos relámpagos: ensánchasele el alma como el mar al trueno de la artilleria. Parece que desafiara al cielo y al infierno, á las balas de los arcabuces y á los escombros que vuelan á su derredor. Su esposa, Iguazú, cae á su lado herida de muerte en el mismo instante en que el enemigo proclama la victoria. Mañana la cruz se alzará sobre aquel campo perdido para siempre para sus moradores primitivos. Aimbire se detiene pasmado y blandiendo su maza feroz grita con todas sus fuerzas: «Tamoyo soy, y quiero morir libre como lejítimo Tamoyo. Soy el último de la raza: no daré á mis enemigos la gloria de arrancarme la vida.» Dice, y blandiendo sus armas, por entre contrarios y cadáveres se abre paso al mar y se arroja en sus abismos.

Asi perece con sus amores, sus deudos y su patria el Hector salvaje de esta epopeya americana.

Nos hemos visto forzados á encerrar en poco espacio _diez_ cantos que forman 340 páginas en folio menor, y á no bosquejar mas que la fisonomia descarnada de dos de sus actores. Hay en el poema, sin embargo, variados é interesantes caracteres, como por ejemplo, el del calvinista frances Ernesto, aliado y compañero de armas de los Tamoyos, á quien Aimbire premia con la mano de su hija del primer matrimonio. El sabio Anquieta,

que mundanas pasiones no cobija bajo la capa de Jesus....

está representado como pudiera estarlo en la historia mas severa y sin que el tinte poético aparezca por eso descolorido. Al contrario sobre todos los perfumes de aquellos deliciosos bosques y valles se levanta como una columna de incienso, el que exhala el alma de aquel varon, impregnando las páginas del libro de una mansedumbre verdaderamente celestial. Los caracteres, lenguage y hechos de los personages indígenas son bien escojidos, alejan por su novedad característica todo jénero de monotonia y sin embarazarse ni producir oscuridad, contribuyen no solo á completar el cuadro de aquella edad y costumbres, sino á desenvolver el plan que es tan sencillo como el de una leyenda. El arte principal del autor consiste en ocultar bajo la sencillez mas depurada, el trabajo y la detenida meditacion que el desempeño de la composicion arguye.

El Sr. Magalháes conoce la historía de su pais, ha hecho estudios sérios de las crónicas y de la naturaleza. No pinta sino con colores americanos. Sus cuadros tienen la orijinalidad de la verdad. En nada se parecen sus indias adornadas de plumas á las ridículas Atalas y Coras de las litografías europeas. El Sr. Magalháes ha hecho gala, á mas, de sus conocimientos en la filosofia relijiosa. Aprovechando discretamente de la idolatria de los bárbaros, de la creencia disidente de los franceses parciales de Coligny que habian llegado á aquellas playas á fundar una Francia antártica, y de la doctrina católica, profesada por los lusitanos y predicada por los misioneros, pone en boca de los caciques, de Anquieta y de Ernesto, instructivos discursos en apoyo de las respectivas creencias de estos, y en los cuales se ventila á veces con novedad la sofística cuestion planteada por Rousseau sobre si es ó no propicio á la felicidad del individuo el progreso de la cultura social. Hé aquí de que manera el sábio Anquieta comprende la tarea que á él le cabe para la dicha de sus semejantes como soldado pacífico de la conquista:

.......... No, lusitanos! otra es nuestra mision. La luz de Europa no sus errores difundir debemos en esta tierra santa, hospitalaría, debe al amparo de la cruz sembrarse la justicia y la paz entre los hombres.

Levantemos la cruz, la cruz, del Cristo, Signo de redencion que en otro tiempo allá en el capitolio salvó á Roma, cual la arca santa que arrancó al diluvio la prole antigua. De la cruz en torno aprenda la verdad este jentío, y cáigales la venda de los ojos, como en otras edades disipóse el error de los bárbaros del norte....