Antología portorriqueña: Prosa y verso
Part 6
No: la ley del embudo, que es la única ley á que rinden culto nuestros adversarios, no ejercerá más su imperio en esta Isla; y en vano se mecen en la dulce ilusión de que volverán los días aciagos para ésta, en que ellos la dominaban por completo. El tiempo pasado no vuelve, y el mundo marcha adelante, como dice Pelletán. Las conquistas hechas para España por la gloriosa revolución de Septiembre, no hay poder humano que pueda destruirlas, y aquí participaremos de ellas indudablemente, pese á quien pesare, porque somos España también.
Cuantos esfuerzos hagan para impedirlo nuestros adversarios son inútiles; y si momentáneamente logran oscurecer el cielo de la Patria, poco importaría. Los eclipses de la libertad son pasajeros, como ha dicho Martos, mientras que las leyes inmutables y constantes del progreso tienen que cumplirse fatalmente. El astro que con sus débiles y temblorosos rayos animaba el moribundo régimen colonial, está ya en su ocaso, y pronto se hundirá en los abismos del pasado para no volver á levantarse jamás.
ALEJANDRINA BENÍTEZ.
Entre las mujeres portorriqueñas de la pasada generación que se han distinguido en el cultivo de las letras, merece un sitio especial en esta Antología doña Alejandrina Benítez, no sólo porque fué la de inspiración más elevada entre las de su época, sino también por haber sido la madre natural y poética de José Gautier Benítez, uno de los poetas de más bella expresión, de más rica fantasía y de más delicado sentimiento que ha producido este país. Élla, con sus amorosos instintos de madre, y con las delicadezas exquisitas de su temperamento poético, cultivó y perfeccionó aquellas cualidades que todos admiramos en el dulce y apasionado cantor de Puerto Rico.
Nació Alejandrina Benítez, en Mayagüez, el día 26 de Febrero de 1819; quedó huérfana en la infancia, y la crió y educó esmeradamente una tía suya, doña Bibiana Benítez, aficionada también á la literatura y dotada de buenas disposiciones para el cultivo de la poesía.
Floreció Alejandrina cuando se hallaba en su mayor apogeo el romanticismo en la literatura castellana, y á la influencia de éste debemos atribuir algunos resabios de exaltación lírica que se advierten en sus obras.
Dedicada desde muy joven á los cuidados del hogar y de la familia, componía sus versos con poca frecuencia; pero no por eso dejó de influir notablemente en el movimiento literario de Puerto Rico.
Sus poesías más celebradas son; _Buscando á Dios_, _La Cabaña_, _El cable submarino_, y el canto _Á Cuba_, que va inserto á continuación.
Á CUBA.
ANTE UNA ESTATUA DE COLÓN.
La virgen tierra de radiente cielo, La de flores y aromas orientales, La que atesora en su fecundo suelo Cuanto Dios concediera á los mortales;
La reina de los mares de Occidente, Del almo Sol la hermosa desposada, La de atmósfera azul, clara y riente, Y túnica de perlas esmaltada;
La región sin igual, que pura y bella Del Gólgota ignoró la triste historia, La que sus pactos con el cielo sella Sin la mancha deicida en la memoria;
¡América! la tierra portentosa En que todo es hermoso, y rico, y grande. La que impulsa una fuerza misteriosa Á que el destino en el futuro mande;
Radiente de entusiasmo y de ventura Aparece á mis ojos noble y fiera, De plumas adornada la cintura Y flotante la negra cabellera.
El rayo de su límpida mirada El aire llena de esplendor divino, Mostrándome la estatua levantada Al inspirado, al inmortal marino.
Al genio poderoso, que á la ciencia Arrebató su arcano tremebundo, Y copiando á la suma omnipotencia Surgir hizo del mar un nuevo mundo.
Grande es el hombre, si de Dios hechura Superior á los ángeles se muestra, Cuando en las sombras de su suerte oscura Hace milagros con su débil diestra.
Cuando en sublime impulso arrebatado Se lanza á la región del firmamento, Roba á la nube el aire condensado Y al rayo le señala pavimento.
Cuando encierra al vapor que rebramando La altiva nave entre las ondas lanza; Y en contra al viento, al huracán burlando En su carrera imperturbable avanza.
Cuando en alambre eléctrico conduce De un polo al otro la impalpable idea, Y en un instante raudo reproduce Cuanto la voz mortal ordena y crea.
Cuando mide la esfera soberana Y al tiempo el curso por minutos cuenta, Cuando hace eterna la palabra humana Con la invención divina de la imprenta.
Entonces se renueva la alianza Que une al Creador su hechura esclarecida; Entonces es que un himno de esperanza Levanta la creación estremecida.
¡Entonces crea el Hacedor divino Los genios que luchando se engrandecen: La primera Isabel y el gran marino Entonces en la tierra se aparecen!
Les sigue en pos el mágico sistema De esos seres de paz, poder, y gloria, Á los que el mundo impone su anatema Y abre sus fastos la inmortal Historia.
Allí están de laureles coronados Bebiendo la ambrosía en áurea copa, Washington y Bolívar, enlazados Á los héroes triunfantes de la Europa.
Que de los siglos en la eterna orilla Crece egregia una palma, altiva y sola, Y el sol de la justicia excelso brilla Á los grandes ciñendo su aureöla.
En esa palma el ínclito marino Grabó su nombre al descubrir un mundo, Y con diamantes escribió el Destino: "Fué Colón el primero, y no hay segundo."
* * * * *
Los años á los años se enlazaron, Los hombres á los hombres se siguieron La tierra de Colón la destrozaron, ¡Todos al semidios ingratos fueron!
Luis catorce, Cromwell, y Carlos quinto, Y el héroe de Austerlitz, Arcola y Jena, Más amarga su gloria que el Absynto Al pueblo que arrastraba la cadena,
Obtuvieron honores inmortales En que servil adulación ardía, Mientras que en sus desiertos virginales América tu nombre repetía,
Y apenas su crisálida rasgando Bebió del sol el fúlgido destello, Por tu nombre su nombre fué olvidando En bautizo de gloria heróico y bello.
Y hoy la reina del golfo americano, La sultana gentil de nuestros mares, Revocando del tiempo el fallo insano Alza tu estatua á proteger sus lares.
La cubre con la cruz y noble enseña Que tremolaste en su preciosa orilla, Y tu sombra sagrada más la empeña Al egregio estandarte de Castilla.
¡Salve Cuba! tú rindes ovaciones Al audaz argonauta, reverentes, Y con ellas condenas las naciones Ante tanta grandeza indiferentes.
Tú, la perla del mar de las Antillas, Le levantas durable monumento, Y en noble gratitud insigne brillas Como brillas en glorias y en talento.
¡Salve mil veces, tierra fortunada Que enamoras del sol la luz ardiente; Es tu timbre esa estatua levantada Al gran marino, genio prepotente,
Que arrancara del mar á la onda fiera Un mundo de tesoros y hermosura: Tú has sido en acatarlo la primera.... ¡Salve Cuba la bella, y rica, y pura!
¡Pueda cruzando los inmensos mares Cual los cruza la brisa perfumada, Llegar á tí la voz de mis cantares Y el amor de mi patria idolatrada!
JULIO L. DE VIZCARRONDO.
Nació en la ciudad de San Juan, el 9 de Diciembre de 1830. Procedía de una familia distinguida y bien acomodada, y obtuvo desde joven la más esmerada educación que podía darse aquí en aquel tiempo.
Se hizo notar bien pronto el joven Vizcarrondo por la generosidad de sus sentimientos humanitarios: emprendió una campaña vigorosa contra los malos tratos que solían recibir los negros esclavos en algunas haciendas de la isla, y concluyó por hacer pública manifestación de sus ideas abolicionistas. Por este motivo fué desterrado del país en 1850, cuando apenas había cumplido veinte años de edad.
Vivió cuatro años en los Estados Unidos, y se saturó allí su espíritu de las ideas liberales que se agitaban en aquel gran pueblo, mientras se preparaba la famosa epopeya de la redención de los esclavos. Contrajo entonces matrimonio con una joven americana de cultura exquisita y de excelentes condiciones de carácter. Regresó Vizcarrondo á Puerto Rico en 1854; dió libertad á sus esclavos, para apoyar con hechos la eficacia de su propaganda abolicionista; fundó el Asilo de San Ildefonso, para la educación de niñas pobres, y escribió algunos libros para las escuelas de instrucción primaria. Fundó más tarde un periódico titulado "El Mercurio", y en él se dió á conocer como escritor ingenioso y ameno, y como propagador de ideas políticas y sociales incompatibles con la estrechez de miras del régimen colonial.
Por ellas volvió á molestarle el gobierno con advertencias y persecuciones, y entonces Vizcarrondo buscó en la misma capital de España un campo más espacioso y propicio para desarrollar sus ideas y poner en práctica sus nobles propósitos.
Allí se dedicó á trabajos de política y de beneficencia con actividad, inteligencia y eficacia verdaderamente admirables. Fué Secretario General del Comité revolucionario que preparó en Madrid la Revolución del 68; fundó la Sociedad Abolicionista Española, de glorioso recuerdo; fundó La Sociedad Protectora de Niños y el Hospital del Niño Jesús, y echó las bases del Hospital de Niños incurables, con la cooperación de las duquesas de Santoña y Pastrana. Durante la invasión del cólera en Madrid (1865) hizo verdaderas heroicidades, auxiliando á los pobres atacados de aquel terrible mal. En medio de la consternación pública fundó la sociedad de Amigos de los Pobres, que inició sus trabajos dando abrigos, alimentos y asistencia á los coléricos indigentes.
Como publicista fundó en Madrid la _Revista Hispano Americana_, que tuvo gran importancia en su tiempo; fué redactor de los diarios matritenses _El Bien Público_, _La Discusión_ y _La Democracia_; fué corresponsal de varios periódicos importantes de Londres, Nueva York y Lisboa, y escribió correspondencias celebradísimas para _El Agente_, _El Clamor del País_, _La Democracia_ y otros periódicos de Puerto Rico, haciendo popular con ellas el pseudónimo de "César de Bazán".
Fué diputado á Cortes por el distrito de Ponce, prestó servicios de gran importancia á Puerto Rico durante su vida, y figuró siempre entre los directores del partido republicano de España.
Su estilo como escritor era sencillo, claro y discretamente sazonado con ingenio y gracia. El artículo suyo que va á continuación contiene rasgos pintorescos de la vida social portorriqueña de mediados del siglo anterior, y describe un tipo muy curioso, del que aún quedan recuerdos en algunas comarcas del país.
EL HOMBRE VELORIO.
Hubo en Puerto Rico una época en que verdaderamente se ataban los perros con longanizas. Nos referimos á aquel buen tiempo en que era una verdad decir que donde comían cuatro, comían cinco; y no podía ser de otro modo, porque había mucho que comer, tal vez no tan de fantasía como lo que hoy conocemos con los nombres de _pancée_, _souflée_, _troufée_, etc., etc., pero de cierto que había comidas muy sabrosas, que saben confeccionar algunos rebeldes á los efectos de esa civilización que se entromete hasta en el lugar más sagrado de una casa, la cocina. Nos referimos al haragán mofongo, la persuasiva sopa de casabe, la melindrosa carne frita, etc., etc., que aún conservan sus prosélitos, por supuesto, deponiendo el título de gente de buen tono. La época de que hacemos mención, es aquella en que las calles estaban á oscuras, y cada una de ellas tenía más tropiezos que una mujer tropezona de nuestros tiempos; cuando las Miseña Josefa, y todas las otras Miseña engordaban su puerquito, y todas comían chicharrones (hoy se dice: «el que no mata puerco, no come chicharrón») y se hacían pasteles, hayacas y butifarras, y se repartía todo entre todos en un santiamén, y de postre se mandaban sendas fuentes de manjar blanco, ojaldres y suaves buñuelos, y se veían las criadas cruzarse, llevando los repartimientos de una á otra casa. Hoy la cosa se maneja de otro modo, por efecto de la civilización; el que mata un puerquito tiene buen cuidado de apretarle el hocico, no sea que chille y le oiga el vecino, y averigüe que hay puerco muerto en la vecindad, y mande por el rabo. Pero volvamos á la edad de oro. Otro de los rasgos característicos de aquella fecha, era el pedirse prestado los morteros unos á otros, y un poquito de culantro, y un dientecito de ajo, etc.; para resumir, entonces todo se daba, hoy no se da nada, y hacemos bien, entre paréntesis.
En la época á que nos referimos, se hacía patrullas por los paisanos, que es otra peculiaridad de aquel buen tiempo. Estas patrullas se reducían á reunirse una media docena de amigos y salir de parranda por la ciudad; uno llevaba pasteles, el otro pan, el criado de otro le andaba detrás en sus rondas con la cazuela de escabeche, y el del otro con la escandalosa y perfumada olla de mofongo, y la patrulla concluía por ir al atrio de la iglesia ó á la plazuela de Santiago, sentarse sobre el fresco suelo y tragarse el santo y seña bajo la forma dicha. Al siguiente día los que pasaban por aquel lugar decían, sin más antecedentes que las lustrosas envolturas de los pasteles: «aquí hizo alto la patrulla de anoche».
Los jóvenes de aquella época se paseaban de noche llevando en vez de varitas ó bastones, grandes espadones toledanos de siete cuartas, de esos que pelean solos, y que eran los compañeros inseparables de la juventud, después de las siete de la noche. Era golpe de gran hombre llegar á casa de la novia con el chafarote bajo el brazo, y tirarlo con desdén sobre una mesa.
En esa época, raro era el baile que no se acababa con algunos sablazos, pues los bailes justamente eran las galleras de la juventud. Para hacerse una pelea era suficiente motivo que D. Pepito, aprendiz de bailarín, no pudiendo seguir la estratégica trama de una contradanza, que el veterano D. Ramón ponía, con el nombre del _Pabellón francés_, ó el _Canasto de flores_, ó los _Molinos_, en cuyas figuras había que sudar á mares, y bracearse media hora, y pasar los hombres por debajo de los brazos de las mujeres, y las mujeres por encima de los hombres, y en que no faltaba un viejo experto que diese la voz de alarma: «ahora, _doña_, para entrar á tiempo». Si como dejo dicho, el neófito don Pepito no podía seguir el berengenal que plantaba don Ramón, y dejaba pasar una figura entera ó media cadena, D. Ramón se consideraba, altamente ofendido en lo más delicado de su honra, y era necesario que corriese la sangre para lavar tanta afrenta.
Del mismo modo se consideraba un motivo de desafiar el colocarse un hombre distraídamente en un puesto más arriba de lo que la rigorosa ordenanza danzante le permitía, y también tenía uno que romperse el juicio con un cualquiera, por sacar á bailar una joven que estaba comprometida á acompañar en aquella misma contradanza á otro, sin que sirviese de excusa el alegar que él ignoraba tal compromiso, y que la culpa era de la dama: no había más remedio: V. hacía de hablativo ó instrumento con que se hacía la cosa, y no cabía otro arreglo que, al salir del baile, irse á la bajada del cementerio, y recibir una tanda de planazos con el mismo compás de dos por cuatro, con que inocentemente bailó V. su retozona contradanza. De ese tiempo es que dicen los viejos, suspirando al recordarlo: «¡Ah, tiempo bueno!»
En aquella época la Isla aparecía como una sola familia compacta y unida. Las riquezas, convenientemente distribuídas, ofrecían el bienestar y la satisfacción, que se retrataba así en el rostro del rico hacendado, como en el del honrado proletario. El lujo no se había abierto camino en nuestra Isla, y alternaban gustosos en las modestas reuniones junto con el opulento comerciante ó propietario, sus dependientes ó servidores.
Pero vamos á nuestro _hombre velorio_, originario de la época á que acabamos de referimos, y en la que se concurría á un velorio como á una fiesta cualquiera; aquel hombre se diferencia muy poco del tipo de nuestros días, diferencia que no ha podido menos de establecer la civilización.
La primera diligencia del _hombre velorio_, al oscurecer, era informarse de la salud de los enfermos en la población, fuesen ó no amigos suyos, porque para el _hombre velorio_ importaba poco el grado de intimidad que le uniese con el paciente: con llegar por la casa así como por casualidad, de una manera que él sabía y que nosotros no podemos explicar, ya tenía bastante. En tratándose de velorio, nuestro tipo no tenía jurisdicción marcada. Una vez al corriente del estado de los enfermos, iba á su casa y se ponía su traje de _velorio_, que consistía, por lo regular, en camisa y pantalón «de andar de noche»; un redingot de irlanda cruda, un par de chinelas, un sombrero de panamá en el cuarto grado de consunción; y en vez del chafarote de marras, un bastoncito de naranjo, cieniguillo ó _Juan caliente_; completando su ajuar un pañuelo de bolsillo de grandes dimensiones y grandes flores.
Nuestro hombre llegaba al velorio y ponía la cara de conformidad con el estado de gravedad del enfermo, ó cambiando en un todo el escenario de la fisonomía, si era velorio de muerto grande, y presentando otra decoración distinta, si era de muerto pequeño, que en este caso se llamaba técnicamente _velorio de angelito_.
El _hombre velorio_ llegaba en puntillas de pie, haciendo señas con la mano para que nadie se moviese. Colocaba el sombrero en un rincón, y antes de hacerse cargo de la silla sobre que había de pasar la noche, miraba á su rededor para reconocer el campo de sus operaciones. Su primer diligencia era indagar si había comestibles, y á qué clase pertenecían, y no se sentaba hasta que no lo averiguaba, para lo cual daba dos ó tres paseos, siempre dirigiendo disimuladamente la vista por todas partes, y no se acomodaba hasta saber el estado de las provisiones, porque para poder velar bien, consideraba necesario que hubiese algo que comer; á lo contrario se le llamaba profesionalmente velorio á _palo seco_, y nuestro hombre no entraba por esa clase de velorios: si descubría que había que correr el temporal á _palo seco_, viraba de bordo y seguía otro rumbo. Una vez satisfecho de que había algo, procuraba informarse de quiénes eran los compañeros de velorio, porque había también _mujer velorio_ y tenía su reputación formada de buena compañera de velorio, que era frase que oíamos á menudo.
Enterado ya de cuanto necesitaba saber, colocaba su silla en un lugar conveniente, es decir, entre las mujeres, y al lado de la _mujer velorio_, y ya estaba nuestro hombre en su elemento.
Antes de todo, y pocos momentos después de haberse sentado, vuelve á levantarse y se dirige al depósito de los _pasatiempos_, mete la mano en la bandeja de tabacos, y se apodera de más de los que necesita por el momento, echa un traguito, come algunos bizcochos y vuelve á ocupar su lugar. Ya está el tabaco prendido y puede darse principio á los chascarrillos; el _hombre velorio_ es un manantial de anécdotas, y sabe decirlas con graciosa seriedad y una voz propia de velorio, lanzando por la boca una nube de humo á cada «pues señor». Mientras que el _hombre velorio_ cuenta sus chascarrillos, las mujeres apoyan la barba sobre la mano abierta, y fijos en él sus ojos mascan el cigarro que tienen en la boca, haciendo creer que se limpian los dientes, y las viejas los prenden y fuman como murciélagos, diciendo cada vez que el cuentecillo se enrojece, al echar una nube de humo por la boca: "Jesús con Vd., don José." Y don José aumenta el colorido del cuento, las muchachas se miran unas á las otras, y algunas de ellas, de risibles propensiones, por no romper la carcajada se tapan la boca con el pañuelo y se hacen mil contorsiones en la silla. Es de rigor que haya un pollo en el velorio, y que sea pollo enamorado, que va detrás de alguna hija de Eva en los primeros albores de la juventud.
El _hombre velorio_ es el protector de esos amores por aquella noche, aconseja y anima al pollo y le hace lugar, diciéndole de vez en cuando: «ahora es tiempo, no seas tonto, aprovecha la ocasión». Así se pasa la noche entera, la cual se ameniza muy á menudo con copitas de vino, bizcochos, azucarillos y cigarros, de los cuales hace una provisión para muchos días. Desde las tres de la mañana ya empieza nuestro tipo á indicar que es hora de estar listo el pan caliente; se ofrece--por vía de estirar las piernas--á ver si aquél está ya cocido, y él mismo va á informarse á la próxima panadería.
Á las cuatro de la mañana ya las viejas están apestosas á _cabos de tabacos_, y las muchachas de mal talante y peor color, y unas y otras con el indispensable pañuelito atado á la cabeza.
Los muebles están en desorden, y allá y acullá por los rincones se ven algunos de los _veladores_ dormidos sobre una silla, haciendo la figura más triste, pues sus compañeros más fuertes, como uno de los recursos de la diversión en el velorio, les han tiznado la cara con un corcho carbonizado. Ya á esta hora han desaparecido todos los comestibles de la noche, y el _hombre velorio_ anda por la cocina activando el café, y disponiendo que se haga _cargadito_.
Ya vienen las tazas y se oye el ruido de las cucharas al caer en los platillos: el caliente pan se anuncia con su peculiar olor al dividir en dos la tostada libra que tiene el _hombre velorio_, quien al echar de menos la mantequilla, dice como pudiera decir un químico al ver que en lo más preciso de una operación le faltase el más indispensable ingrediente: «¿Y la mantequilla, por Dios? ¿Y la mantequilla? ¿Quién tiene la mantequilla? ¡Lo menos se han olvidado de la mantequilla! ¡Corran, por Dios, por esa mantequilla, ó se pierde todo esto!» Y vuelve á cerrar el pan antes que se enfríe. Viene la mantequilla, vuelve á abrir la olorosa libra de pan, se le unta la apetecible grasa, y el cuchillo empieza su tarea de dividirla en rebanadas. Cada cual se acerca, toma su taza de café y su apéndice de pan, y se retira á un lado.
El _hombre velorio_ es el único que se queda al pie de la mesa, porque primeramente le ha quedado el café muy dulce, y lo ha venido á notar después de haberse bebido la mitad de la taza, la cual llena nuevamente para que le dé sazón á su gusto. Luego le falta pan para concluír el café que le queda en la taza, y toma otra rebanada, y como es natural le sobra después el pan, y tiene que echar más café para concluír con él, á fin de que ambos concluyan á un tiempo. De un fresco jarro lleno de agua serenada, que está en una jarrera en el patio, toma agua, se lava las manos y los relumbrosos labios, que limpia con su pañuelo de color. Prende otro cigarro, no de los que han estado depositados en el bolsillo toda la noche, sino del abastecedor azafate; se levanta el cuello del redingot, y se lo abotona hasta el último botón, para no refriarse; se cala el sombrero, y sale en puntillas de pie, diciendo al taparse la boca con el pañuelo: «¡Hasta mañana!» Y de seguro que volverá mañana y pasado, y todas las noches en que haya velorio.
FEDERICO ASENJO.
Así como hay hombres de inteligencia brillante, inquieta, bulliciosa y expansiva, que se imponen poderosamente á la atención pública, y tienen más viso y repercusión exterior que capacidad interna, los hay también de inteligencia concentrada, de carácter apacible, asiduos en el estudio y en el trabajo; de más talento que apariencia, modestos y enemigos de ostentación. Á estos últimos pertenecía don Federico Asenjo.
Nació en Mayagüez, el día 26 de Abril de 1831. Su padre era un militar español, natural de Castilla la Vieja, y su madre una dama venezolana, descendiente también de una noble familia de castellanos. El servicio de las armas obligó al Sr. Asenjo padre á trasladarse á San Juan cuando Federico era todavía niño, y aquí adquirió éste la instrucción primaria, y fué más tarde alumno distinguido del Seminario Conciliar.