Antología portorriqueña: Prosa y verso

Part 5

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Lo segundo, que nadie desconoce los grandísimos males de la ignorancia. Las naciones más adelantadas de la presente edad no pueden vanagloriarse de haber subido al pináculo de la civilización. Ninguna puede citarse, en que dejada la instrucción primaria al cuidado de la potestad paterna, haya conseguido una perfecta ilustración en las masas. Que hay peligros reales en la ignorancia de éstas, nos lo demuestra la historia de todos los países. Si vemos en el día conmoverse la sociedad con revueltas desastrosas ¿á qué podemos mayormente atribuirlo si no á la ignorancia de los pueblos sobre sus derechos y deberes? Desconociendo sus verdaderos intereses se dejan guiar ciegamente por tribunos apasionados que los empujan al precipicio. Si el mundo arde en guerras fratricidas, si el principio de autoridad se encuentra desprestigiado, si la irreligión y la inmoralidad rompen todos los lazos sociales, culpa es de la ignorancia. No todos los peligros vienen del exterior. La antigua Roma murió ahogada por los vicios que alimentaba en su propio seno. Los pueblos mueren como murió la poderosa Roma, y no es por cierto la conquista quien los mata, sino su ignorancia y sus vicios. Estos males sociales no se curan con el sable del soldado. En una sociedad corrompida la rebelión se abatirá mil veces y por millones reproducirá su cabeza la espantosa hidra, mientras las masas no se ilustren con una instrucción sólida y verdadera, basada en los principios del cristianismo. No se diga, pues, que en el estado actual del mundo ha bastado la autoridad paterna, por desgracia tan desprestigiada, para difundir la instrucción en los pueblos, y que éstos tienen el máximun de conocimientos necesarios para su felicidad, sin que sea necesario que los Gobiernos tomen parte activa en ellos.

Lo tercero: aun suponiendo que no existiese un peligro inminente para el Estado, siempre tendríamos sólidos fundamentos en que apoyar el principio de la enseñanza obligatoria. En el derecho civil distinguimos derechos perfectos y rigorosos, y derechos imperfectos y no rigorosos. En el derecho natural no hay semejante distinción; todos los derechos y deberes son perfectos y rigorosos. El derecho civil no puede tomar en consideración todos los derechos y deberes; hace respetar los más importantes, y deja los demás sometidos á la sanción de la justicia divina. Pero de que las leyes civiles no se ocupen de los derechos y deberes llamados imperfectos, no se sigue que éstos sean menos obligatorios á los ojos de la recta razón. El derecho natural, por ejemplo, no me obliga menos á dar limosnas que á respetar la propiedad ajena. El deber que tiene todo padre de instruir á sus hijos en lo necesario, es rigoroso como de derecho natural y divino. Era imperfecto en el derecho civil, porque no había ley que á ello obligara. Pero no hay ningún inconveniente en que un derecho ó deber imperfecto en el orden civil, se convierta en rigoroso, cuando el bien de la sociedad lo reclama. Si los padres olvidan el sagrado deber á que están obligados por las leyes naturales de instruir á sus hijos, el Gobierno que á ello los compele no hará otra cosa que darle la sanción de la ley humana á una ley divina é inmutable. La conveniencia y utilidad de añadir esta sanción humana á la divina, es lo único que se podrá disputar. No hay duda que sería hasta ridículo que se dictaran leyes para castigar los mentirosos, los avarientos, los desagradecidos, etc., los cuales todos tendrán su castigo merecido de la divina justicia, sin que redunde ningún bien ostensible á la sociedad; y sí gravísimos inconvenientes, de hacer justiciables ante los tribunales estos defectos. ¿Pero quién dudará de lo mucho que gana la causa de la civilización y el progreso, disponiendo que el deber que tiene el padre de instruir al hijo se le recuerde cuando lo olvide, y hasta se le compele á su cumplimiento por una ley civil? Si la legítima que me ha de dejar mi padre, cuando muera, que es un bien de un orden menos elevado, está bajo las garantías de las leyes civiles, ¿por qué no ha de estarlo también el caudal de instrucción que de justicia me debe, por haberme puesto en el mundo? ¿Conque es conveniente que haya leyes para compeler á los padres á la obligación natural que tienen de dar el alimento del cuerpo á los hijos, y no lo sería que las hubiese para que les den lo que es más necesario, el sustento de su corazón y de su inteligencia?

Entre el poder despótico que le concedía la antigua Roma á los padres sobre sus hijos, y la anulación absoluta de la patria potestad, proclamada en Esparta y Creta, donde éstos pertenecían á la república, hay un término medio que nos dan á conocer la razón y la justicia. El padre cristiano tiene derechos sagrados sobre sus hijos, pero á estos derechos son correspondientes deberes no menos imperiosos. Una sociedad bien constituida garantiza unos y otros, dejándolos en su libre ejercicio. Si un padre, imitando el despotismo romano mata la vida del alma de su prole con la ignorancia, la ley pone el remedio con una enseñanza gratuita y obligatoria. Para no dejar á los padres, respecto á la instrucción de los hijos, en la nulidad de los griegos, sistema encomiado por Rouseau y Helvecio, pero no por eso menos antisocial, la misma ley les concede el derecho de enseñanza doméstica. Esta es la verdadera libertad cristiana, que tanto se aparta de un individualismo exagerado, como de los excesos del comunismo.

Desde cualquier punto de vista que se considere el principio de la enseñanza primaria obligatoria, lo encontramos justo, benéfico y fecundo. Tocaba á nuestro digno Gobernador Messina hacemos gozar de un bien tan grande, que el magnánimo corazón de Isabel la Buena nos había concedido hace veinte años.

JOSÉ G. PADILLA.

Fué un excelente médico, y hombre muy versado en las ciencias Físico Naturales; pero brilló más aún como poeta de mucho ingenio, de versificación magistral y de puro y castizo lenguaje castellano.

Nació en San Juan, el día 12 de Julio de 1829. Era todavía muy niño cuando su familia se trasladó al pueblo de Añasco, en donde Padilla adquirió la instrucción primaria. Sus padres le enviaron después á Santiago de Galicia, y allí obtuvo el grado de Bachiller y estudió los primeros años de la Facultad de Medicina. Por entonces tuvieron sus padres algún atraso en sus intereses, y Padilla tomó la resolución heróica de buscar él mismo recursos para seguir estudiando hasta terminar su carrera. Trasladó su matrícula á la Universidad de Barcelona, se colocó de redactor en un periódico de esta última ciudad, y así pudo obtener los medios necesarios para llegar al término de sus estudios en dicha Universidad.

Regresó á Puerto Rico en 1857, y ejerció su profesión científica en Arecibo. Años después trasladó su residencia á Vega Baja, en donde contrajo matrimonio, y allí vivió muchos años, dividiendo su actividad entre su profesión de médico y sus faenas de agricultor.

Pero en los breves remansos que formaban acá y allá estas dos corrientes de su vida, entregábase el Dr. Padilla con especial deleite al cultivo de la poesía.

Las tareas del periodismo, á las que se había dedicado por necesidad durante los últimos años de su vida estudiantil, despertaron en él aficiones y aptitudes muy sobresalientes. Estudiaba con entusiasmo y cariño los grandes poetas clásicos españoles, y adquirió con su trato una dicción tan clara y armoniosa, y un estilo de tan puro sabor clásico, que la crítica le califica justamente como uno de los mejores hablistas que ha tenido hasta hoy en América la lengua castellana.

Cultivó la poesía lírica en casi todos los tonos, y deja modelos excelentes en el satírico, en el apologético, en el elegíaco y en el descriptivo. Su obra culminante hubiera sido el poema _Puerto Rico_, del cual sólo dejó escritos la dedicatoria y la introducción, que son admirables, y sesenta y cinco octavas reales del primer canto, de una belleza y corrección dignas de grandes alabanzas. Debe leerse con atención esa obra, para apreciar debidamente los méritos del Dr. Padilla como hablista y versificador.

Le dió extraordinaria popularidad en Puerto Rico al Dr. Padilla una polémica en verso que sostuvo, en defensa de sus paisanos, con el poeta español Manuel del Palacio, y en la que lució aquél gallardamente su vena satírica. Empleaba con frecuencia el pseudónimo de _El Caribe_ en sus versos de combate, á los que debió principalmente su fama.

Era de arrogante figura, de carácter altivo, pero de noble corazón y de trato exquisito, generoso y jovial.

En la primera de las dos composiciones que se insertan á continuación se revelan algunos rasgos de la altivez de carácter del autor, dulcificados por las finezas de la educación y la galantería. La segunda fué escrita en elogio de un artesano humildísimo, que enseñaba gratis en su tiempo las primeras letras á cuantos niños lograba llevar á su taller, obedeciendo á impulsos de una generosa y humanitaria vocación.

LA FLOR SILVESTRE.

Á LA SEÑORA DE UN GOBERNADOR.

Dadme, Señora, dadme una hoja Del áureo libro donde se ven El blanco lirio, la dalia roja, Que á vuestro paso galán arroja Pródigo el hijo de Borinquén.

Dejad, os ruego, dejad que en ella Mi tosca mano grabe también Una amapola, que inculta y bella Sobre los campos carmín destella Y adorna el suelo de Borinquén.

Á la lisonja mi humor esquivo, No brinda flores que aroma den: Yo en mis jardines no las cultivo; Que soy, Señora, franco y altivo, Como buen hijo de Borinquén.

Yo al ofreceros la flor silvestre, Que el prado alegra con otras cien, Quiero que ufana su gala muestre, Quiero que brille la flor campestre Junto á esas otras de Borinquén.

Quizá os aleje de estos lugares De la fortuna feliz vaivén: Quizá mañana crucéis los mares, Llevando en ramos á otros hogares Las cultas flores de Borinquén.

Por eso quiero que si algún día Os hablan ellas de nuestro Edén, Si allá os lo pinta su lozanía, Miréis entonces esta flor mía, Imagen pura de Borinquén.

Si en su corola no véis primores, Si su ancho seno no aroma bien, Podrá deciros con sus colores Cómo, Señora, cómo da flores El fértil campo de Borinquén.

No por agreste, por inodora Sufra la pobre vuestro desdén: Muestra expresiva de inculta flora, Tomadla, os ruego, tomad, Señora, La flor silvestre de Borinquén.

EL MAESTRO RAFAEL.

Pobre y humilde artesano De oscuro y modesto nombre, Hubo en Borinquen un hombre Caritativo y cristiano: Con la dádiva en la mano Y en el corazón la calma, Ciñó por única palma La pura y dulce alegría Con que sus dones hacía Para provecho del alma.

Es una historia de ayer, Que está viva en la memoria; Aun recuerdan esa historia Los que nos dieron el ser: Ellos que pudieron ver Que el modesto menestral, En combate desigual Con el tiempo y la ignorancia, Á la pobre y tierna infancia Daba el pan intelectual.

Sacerdote de la idea, De la ilustración obrero, Tuvo el noble tabaquero La fe que redime y crea: En la fecunda tarea Á que dió su vida fiel, Conquistó como laurel De la tumba que lo abriga, Que hoy el nombre se bendiga Del maestro Rafael.

Y cuando el naciente sol, Que á iluminarnos empieza. Brille en toda su grandeza En el cenit español, Á su candente arrebol Otra edad verá lucir Con letras de oro y zafir Grabado en el mármol duro, Ese nombre, ayer oscuro, Glorioso en el porvenir.

JULIAN E. BLANCO.

Nació en San Juan, el día 14 de Agosto de 1830. Pasó su infancia en Vega Baja, á donde fué su padre á ejercer la profesión de maestro de escuela. Allí recibió la instrucción primaria, y--como tenía buena letra y era listo--obtuvo pronto colocación, aunque modesta, en la oficina de un procurador judicial, de San Juan.

Allí se reveló tan notablemente su vocación, que á los pocos años no había en toda la ciudad un muchacho que igualase á "Juliancito Blanco" en la tarea especial de ordenar papeles para la curia, enterar de ellos á los abogados, llevar los expedientes al tribunal ó á las escribanías de actuaciones, llevar al dedillo la cuenta de los emplazamientos y los términos, y todo cuanto en el antiguo sistema judicial se designaba con el nombre de _papeleo_.

Bien pronto llegó á saber de estas cosas de la curia más que los mismos procuradores, y entonces fué un excelente auxiliar en las oficinas de los abogados. Trabajó primero en la del Dr. Vázquez, letrado de fama, que ejercía su profesión en San Juan á mediados del siglo XIX, y algunos años después fué compañero, más bien que auxiliar, del inteligente abogado portorriqueño don Gabriel Jiménez.

Nunca las bibliotecas particulares de los letrados de San Juan, ni la del Colegio de Abogados establecida en la casa de la Audiencia, tuvieron más asiduo lector que don Julián Blanco, desde los primeros años de su juventud, y lo que no lograba encontrar en los libros de Derecho lo encontraba en las mil combinaciones ingeniosas de la esgrima del papel sellado. Llegó á ser verdaderamente famoso en estas materias, y no pocas veces respetado y hasta temido por los mismo abogados de larga práctica.

Al iniciarse la lucha política en Puerto Rico tomó puesto en las filas más avanzadas del partido reformista, y fué el más activo y enérgico de los redactores de _El Progreso_, que dirigía el patriarca liberal don José Julián Acosta, y sufrió persecuciones y destierros por causa de sus ideas políticas.

En 1871 fué electo diputado á Cortes por el distrito de Caguas, y dejó recuerdos importantes de su elocuencia y energía en aquellas sesiones borrascosas que precedieron á la abdicación del rey Amadeo.

Después colaboró en periódicos importantes del país, fué varias veces diputado provincial, y en el breve gobierno autonómico fué Secretario de la Presidencia del Consejo, y Secretario de Hacienda. Poseía conocimientos generales de administración y de ciencia económica, y fué fundador y consejero del Banco Territorial y Agrícola de Puerto Rico.

Su oratoria era vehemente, pero sujeta siempre á la disciplina del pensamiento; razonaba con método, exponía con claridad y peroraba con energía, pero conservando siempre el dominio de su palabra. Fué en su tiempo uno de los mejores oradores políticos de Puerto Rico.

Como escritor, su estilo no era literario ni elegante. Se cuidaba mucho más de convencer, de herir ó de defender que de agradar. Sus hábitos de curial influían en la forma de sus escritos, casi siempre vigorosos, enérgicos, y con frecuencia apasionados. Propendía especialmente á la polémica y la contradicción.

Recopiló algunos de sus trabajos periodísticos en un libro titulado _Veinte y Cinco años antes_. Á él pertenece el artículo que insertamos á continuación, publicado en _El Progreso_ hace 35 años.

LA LEY DEL EMBUDO.

Desde que _El Progreso_ vino al estadio de la prensa, no ha cesado de hacer cuantos esfuerzos le ha permitido la pequeñez de sus medios para difundir las ideas y los principios que forman el credo del partido liberal reformista, creyendo, como cree firmemente que sólo la práctica de esos principios y la realización de esas ideas pueden labrar la felicidad de esta Isla, manteniendo en ella el orden y la paz, factores indispensables del bienestar y la prosperidad de los pueblos, y asegurando con vínculo fortísimo su unión estrecha y perdurable bajo el glorioso pabellón de España, á las demás provincias de la Madre Patria.

Sin pecar de inmodestia, cree _El Progreso_ haber contribuído no poco, en unión de sus colegas reformistas y de los ilustrados escritores que se han dignado prestarle su valiosa colaboración, á la organización y la fuerza que hoy tiene el partido radical de esta provincia, al que pertenece la inmensa mayoría de sus habitantes, como lo ha demostrado cuantas veces ha tenido posibilidad de hacerlo. Y sin embargo, por más que le duela confesarlo, tiene que reconocer que, aun cuando más hubiesen hecho en pró de la santa causa de las reformas, con tanta solemnidad y repetición prometidas y con tanta justicia y necesidad deseadas, ni _El Progreso_ ni sus demás compañeros de la prensa liberal de esta Antilla habrán hecho nunca tanto en favor de dicha causa, como los órganos reaccionarios de esa minoría refractaria á toda idea de progreso y de justicia, que aquí se disfraza como el grajo de la fábula con los variados y pomposos nombres de "los leales,, "los españoles sin condiciones," y "el partido liberal conservador."

Sus exageraciones, sus intemperancias, sus amenazas, sus inconsecuencias y sus contradicciones, han abierto los ojos á los hombres honrados y sencillos que inconscientemente les seguían, más que todos los artículos de la prensa reformista; y si aún hay algunos que por hábito, por temor ó por la espesa venda que tres siglos y medio de régimen colonial han puesto sobre su inteligencia, forman todavía á retaguardia de esa agrupación, esos pocos rezagados no tardarán en desertar de su odiosa bandera y venir á engrosar las filas del partido radical, dejando solos á los que, según se deduce de sus mismas disolventes predicaciones, no tienen otro principio que el de su conveniencia particular, á la que están dispuestos á sacrificarlo todo.

Ni ¿cómo pudiera ser de otro modo? ¿qué hombre sensato y que de honrado se precie puede hacer coro con ellos en el discordante concierto de insultos y calumnias que uno y otro día arrojan á la faz de un país, modelo de mansedumbre y de cordura, no sólo entre todos los pueblos de la Nación sino entre todos los pueblos del mundo? ¿Qué hombre de juicio y de conciencia querrá hacerse solidario de los energúmenos que, no contentos con amenazar á sus adversarios con el cañón Krupp y el fusil de aguja, y olvidando en su delirio la diversidad de tiempos y de circunstancias, todavía nos recuerdan para aterrorizarnos el veneno de Lucrecia Borgia y las matanzas de la noche de San Bartolomé? ¿Quién que tenga un corazón noble y levantado puede hacer causa común con los que no tienen otro principio ni otro lazo de unión que su interés mezquino y egoísta?

Porque ésta es la verdad, y hay que decirla virilmente, sin ambages ni rodeos. La fórmula de nuestros biliosos adversarios, "España somos nosotros, y fuera de nosotros no hay más que separatistas," es sólo una parodia ridícula de la de Luis XIV: "El Estado soy yo." En el fondo de una y otra, sin embargo, hay el mismo pensamiento de negro y refinado egoísmo. Todo para nosotros, para vosotros nada; para nosotros lo ancho, la plenitud de los derechos, el privilegio de la explotación;--porque

"nosotros solos somos los buenos, nosotros solos, ni más ni menos:"

para vosotros la pena de ser perseguidos y explotados hasta la consumación de los siglos, porque no sois españoles, sino filibusteros, mambises y separatistas.

Esa es la síntesis de todos los discursos y argumentaciones de los flamantes liberales conservadores de esta Isla. Ese el pensamiento profundo de sus modernos Maquiavellos, que al través de cuanto gritan para ocultarlo, se descubre en todos sus escritos.

Vedlos si no, discurriendo sobre las omnímodas,[2] al sentirse heridos por esa espada de Damócles, suspendida siempre sobre los habitantes de esta Isla. Rugen de rabia más que de dolor; pero no piden que la espada se rompa; no se unen á nosotros para pedir que cesen las omnímodas, que en una provincia de la España democrática no tienen ya razón de ser; por el contrario, aun sostienen la conveniencia de conservarlas, porque según dicen tienen su lado bueno y su lado malo; son buenas cuando son ellos los que las aplican en beneficio propio y daño de sus adversarios, por más que éstos no dieran ni den pretexto alguno para su ejercicio; son malas cuando recaen sobre ellos, por más que hayan hecho y hagan todo lo posible para justificarlas ó excusarlas.

[2] _Se les daba este nombre á las facultades ilimitadas que se concedían á los Gobernadores de Cuba y Puerto Rico, en la época colonial._

¿Se trata del principio de autoridad? Oidlos: "la Autoridad es sagrada: la Autoridad es impecable," cuando son ellos los que la ejercen, aun cuando abusen de sus facultades; la mera queja, por respetuosa que sea, la censura más moderada y justa de sus actos son un crimen gravísimo é imperdonable; pero si la Autoridad justa é imparcial no se presta á servir sus intereses ni á ser ciego instrumento de sus planes, entonces la escarnecen y arrastran por los suelos, por alta y respetable que sea, y su audacia se llama valor cívico, y lo que es un crimen se convierte en virtud.

¿Se trata de la prensa liberal? "No conviene, dicen, la libertad de imprenta; ella es incompatible con el sostenimiento del orden público," por más que la templanza y la mesura con que esa prensa trata todas las cuestiones de que le es lícito y permitido ocuparse, ofrezca ejemplos dignos de imitar á sus injustos adversarios y detractores. Para el periodismo liberal la previa censura, la recogida y los procesos; y mientras tanto ellos usan y abusan de esa misma libertad, y aspiran á gozar del privilegio de la impunidad aun cuando sus escritos incendiarios lleven la alarma y el terror al seno de las familias, la perturbación del orden á la sociedad, y la desconfianza y descrédito al exterior.

¿Se trata del derecho de reunión? Pues ay de los liberales que lo ejerciten en los períodos electorales en que únicamente es permitido aquí: "si se reunen es para conspirar, aunque sus juntas se celebren á la luz del día, con el permiso de la Autoridad y todos los requisitos establecidos por la Ley, y aunque sus actos y sus acuerdos extrictamente ajustados á ella tengan la mayor publicidad; ese derecho en manos de los liberales es un arma peligrosísima que debe arrebatárseles"; pero entre tanto ellos, los sedicentes conservadores, monopolizan ese derecho en todas las épocas, abusando de él para todos los fines que su conveniencia les sugiera, y que las más veces permanecen ocultos, y ese monopolio, lo mismo que otros, es lo que aspiran á conservar indefinidamente.

¿Se trata del Gobierno constituido, y de la sumisión y obediencia que los pueblos le deben? Nadie más celoso defensor de ese principio que los periódicos reaccionarios de esta isla, cuando son sus patrones los que gobiernan, cuando son sus doctrinas las que privan, y sus aspiraciones las atendidas en las altas regiones del poder. El mero hecho de no pensar entonces de acuerdo con los que mandan es un crimen de alta traición, y ¡ay de aquel contra quien recaiga la simple sospecha de haber incurrido en ese desacuerdo, porque no se necesitan más pruebas para condenarle sin apelación! Pero si el Gobierno no secunda sus planes interesados y egoístas; si se opone con mano fuerte á sus abusos y desafueros, entonces se rebelan contra el Gobierno, le hacen cruda guerra por cuantos medios están á su alcance, sin reparar en ellos, y esa conducta es santa y es patriótica, porque éllos se llaman los leales, y su rebelión se apellida "La rebelión de la Lealtad."

Pero ¿á qué multiplicar los ejemplos, si en todos los artículos de la prensa reaccionaria están de manifiesto? En todo y por todo quieren siempre lo ancho para ellos, que son una insignificante minoría; lo estrecho para los demás, que son la inmensa generalidad del país. Puerto Rico los conoce ya y no puede seguirlos, porque quiere la igualdad para todos sus moradores, porque tiene hambre y sed de justicia, que no puede existir sin aquella igualdad; porque tiene ya la conciencia de su dignidad y de sus derechos, y no puede consentir que se le arrebaten por más tiempo en beneficio exclusivo de unos pocos privilegiados.