Antología portorriqueña: Prosa y verso

Part 4

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En las frecuentes visitas que Tapia hacía á las Bibliotecas de Madrid, con objeto de ampliar sus conocimientos literarios, conoció al ilustrado bibliófilo cubano, don Domingo del Monte, cuya amistad le fué muy útil, y por indicación de éste y auxiliado por otros jóvenes portorriqueños residentes en la capital de España, reunió Tapia documentos de mucho interés histórico para Puerto Rico, y con ellos formó la colección que dió á la estampa en 1854, con el título de _Biblioteca Histórica Puertorriqueña_.

Vivió algún tiempo en la Habana, dedicado á trabajos de escritorio en una famosa fábrica de cigarrillos, y en las horas destinadas al descanso daba libre expansión á sus aficiones literarias. Con las obras en prosa y verso que compuso durante su residencia en la Habana, formó el abultado libro que publicó en 1862, con el título de _El Bardo de Guamaní_. En él figuran los dramas _Roberto D'Evreux y Bernardo de Palissy_, una leyenda veneciana en prosa con el título de _La antigua sirena_, un buen estudio biográfico del pintor Campeche y varias composiciones líricas. Volvió luego á Puerto Rico, y aquí compuso y dió al teatro los dramas _Camóens_, _Vasco Nuñez de Balboa_, _La Cuarterona_, _La parte del León_, y un monólogo trágico titulado _Hero y Leandro_. También compuso y publicó las novelas tituladas _Cofresí_, _Leyenda de los veinte años_, _Póstumo el transmigrado_, _Á orillas del Rhin_ y _Enardo y Rosael_. Reunió además varios cuentos y estudios de costumbres en un tomo con el título de _Misceláneas_, y publicó en otro tomo una interesante colección de conferencias sobre _Estética y Literatura_.

En sus obras dramáticas hay situaciones bien preparadas, lenguaje apasionado y buenos estudios de caracteres.

Componía y escribía con gran rapidez, y la cantidad de su trabajo solía perjudicar á veces á la calidad.

Un sólo libro suyo le mereció mucho detenimiento y cuidado en la composición y revisión: el poema _La Sataniada_, que publicó en sus últimos años. Es obra extensa, y toda ella escrita en octavas reales, que representan un gran esfuerzo de versificación. Los episodios no carecen de interés, pero en general la acción resulta poco sobria, á fuerza de alusiones históricas y de conceptos metafísicos.

Dirigió y redactó también, durante algunos años, una revista de estudios literarios y sociales, titulada _La Azucena_.

Fué Tapia el más asiduo de los escritores portorriqueños de su tiempo, y el que conocía más extensa y profundamente la técnica del arte literario. Hizo de la literatura un verdadero culto. Fuera de las afecciones de la familia y de la amistad, en las que era fervoroso y constante, sólo vivía para el cultivo y propaganda de las letras y las artes. Ellas daban siempre asuntos predilectos á su conversación, y ejerció con entusiasmo y fruto la enseñanza de estas materias en el Museo de la Juventud y el Gabinete de Lectura de Ponce, y en el Ateneo de San Juan.

Dotado de un temperamento nervioso demasiado inquieto, carecía de paciencia bastante para corregir y perfeccionar sus obras. Aunque hay en éllas pensamientos nobles y rasgos de belleza innegables, á veces su prosa resulta desaliñada, y en algunos de sus versos domina el concepto sobre la harmonía y la flexibilidad. Valían más que sus obras su propia personalidad literaria, su ilustración extensa y su gran entusiasmo de agitador de ideas generosas, de propagandista del gusto literario y artístico y de factor de la cultura intelectual de su país.

Por eso en una antología de escritores portorriqueños no podrá en justicia prescindirse de Tapia, que fué el más activo é inteligente iniciador, el que abrió el surco y preparó la semilla que más tarde había de fructificar.

Murió Tapia repentinamente, el 9 de Julio de 1882, en la sala de actos del Ateneo Puertorriqueño, en medio de una Junta de la Sociedad Protectora de la Inteligencia, de la cual era vocal é inspirador. ¡Le mató un ataque cerebral, en los momentos mismos en que explicaba un plan para la educación de niños pobres!

LA FLOR DE LA CARIDAD.

Hay una flor en el cielo De los ángeles encanto, Cuyo perfume, que es santo, Del alma cura el dolor.

Al ver al hombre sufriendo. Enviarla Dios quería Al mundo; mas ¿quién sería Mensajero de su amor?

El Cristo quiere traerla, Y Dios le muestra el martirio Que del humano el delirio Debe darle en gratitud.

Pero amor el Cristo es: Por dar al Padre consuelo, Por calmar del Hombre el duelo Aceptó la ingratitud.

Y vino, y la flor celeste Entre rabia y maldiciones, Sembrada en los corazones Dejó con tierna piedad.

Y aunque el odio reverdece Y el Hombre matando aterra, Va embelleciendo la tierra "La flor de la caridad."

TRABAJAR ES ORAR.

La tarde está para caer en brazos de la noche. El labrador se dispone á terminar su tarea. El surco está dispuesto á recibir la semilla que devolverá con creces. La tierra es siempre agradecida á los afanes del labrador.

Si la tempestad se lleva el fruto, si la inundación lo arrastra, si el insecto lo aniquila, ¿es culpa de la tierra? Si ésta es pobre en las heladas zonas, al fin da lo que puede y de buena voluntad. Culpa es del Sol que no la mira cariñoso sino breve tiempo. En cambio en el Ecuador es opulenta, y sus rendimientos grandes: siempre da en proporción de sus posibles. No suele acontecer lo propio entre los hombres: los que más tienen, no son siempre los que más dan. La tierra agradece el trabajo que se le consagra, porque ella es bendición del cielo para el hombre; el sudor que la riega es culto para el cielo que la bendice, porque _trabajar es orar_.

¡Oh! no desmayes, trabajador. ¿Quién es ése que pasa junto á tí? Un opulento ocioso. Tú le miras con envidia, él á tí con desdén. Él olvida que vive por tí y que tu sudor engendra su opulencia. Pero no te desanimes: mira como se detiene un momento y reflexiona. El hastío de los placeres, el deseo insaciable, el vicio voraz, la dolencia que mina su seno, la esperanza burlada, la adulación que no logra engañarle.... ¡Ah! no, que no reflexione, porque acaso envidie tu cansada frente y tus manos toscas y maltratadas. Á tí te espera el descanso tranquilo, el amor del hogar y la familia, no envenenado por las exigencias y pasiones vanas del gran mundo. Cuando tú piensas, gozas; él para no sufrir, necesita no pensar. Sí, reflexiona, y verás como el trabajo es bien para tu alma, porque _trabajar es orar_.

Acaso piensas que al someterte á la ley del destino humano, llevas la peor parte y la más ruda tarea. ¡Ah! ¡cuánto mejor no es trabajar que sufrir, cuánto mejor no es suspirar de cansancio que de pesadumbre, cuánto mejor no es sentir el cansancio del cuerpo que el del alma!

Esa que ves pasar por tu lado en carroza brillante, que te insulta con sus joyas y te mira con soberbia, ¿puede humillarte acaso? Pregunta á su corazón, si ha sentido nunca los tranquilos goces que encierra el beso de una esposa pura, ó la caricia de los hijos amados. Mira su rostro, cuya vergüenza trata de encubrir con los afeites. Su trabajo es más penoso que el tuyo, su tarea es el continuo descaro. ¡Cuántos afanes por luchar con el mundo, que la corona de rosas para despreciarla! Si reflexiona, sufre también: su pensamiento es su verdugo, si es que puede pensar un alma muerta. En tanto tú, consolado por la reflexión, tornas á tus labores con más afán; tú la compadeces, á élla tan alta, desde la humilde tierra en que se abisman tus pies y que remueven tus manos lastimadas. Entonces comprendes que el trabajo es gran consuelo, que _trabajar es orar_.

Mira á César que pasa engreído y soberbio. Cree poner el pie sobre tu cuello, y sin embargo tiembla ante tí sobradas veces, aunque logre disimularlo. Sus días son brillantes, pero sus noches tristes, áun en medio de la orgía que busca afanoso para enloquecerse. Su sueño es pesadilla, la vigilia es noche para su alma. También huye del pensamiento, y sin embargo piensa en tí. No te envidiará seguramente en medio de sus pompas; pero cuando se despoja de la púrpura, quizás envidie tu sueño y tu conciencia. Acaso huya de los brazos de su esposa, temeroso de ser vendido, acaso huya de sus propios hijos, receloso de que le hereden antes de tiempo. Ya ves que su vida es afán continuo; pero esa tarea penosa y llena de ansiedades, no es tan productiva como la tuya, porque no le produce consuelo, sino agonía; porque ignora que _trabajar es orar_.

Pero ¿quién es el hombre modesto, casi andrajoso, que se acerca á tí? De cuantos te miran, es el único que te contempla con ternura. Su frente no suda cual la tuya, está seca y abrasada por el pensamiento que arde tras ella. Es un poeta, un filósofo, un pensador, un hombre que vive del pensamiento, cuando los demás huyen de pensar por aturdirse. También trabaja como tú, sólo que su tarea es muy penosa.

Tu faena es origen de salud para tu cuerpo; la suya es fuente de dolencias, pero que sobrelleva gustoso, porque la índole de su trabajo es encanto para su ser. Tal vez está resignado como tú á los andrajos y á la guardilla, porque rara vez la inteligencia que no se vende alcanza la riqueza. Él es obrero del pensamiento, como tú lo eres de la tierra; él trabaja con la mente, como tú con las manos; él con el alma, como tú con el cuerpo; por eso los dolores de su alma son como los de tus brazos: dolores que consuelan. Su trabajo es también una oración: _trabajar es orar_.

Pero ya los pajarillos que posan su nido en el árbol plantado por tí, te anuncian la noche; te festejan con sus cantos agradecidos. Ellos te recuerdan la voz grata del hogar y de tus hijuelos. Deja, pues, el azadón, enjuga tu frente, y mira al cielo.

Paréceme que escucho tu plegaria: "Señor, al trabajar, he cumplido la más necesaria y fecunda ley que diste á mi existencia; me hiciste superior al bruto, por la facultad del trabajo. Consuela con él mi alma, reálzala y elévala por él. Haz que mi sudor no sea infecundo; y si te cuadra que la escarcha ó el huracán destruya mi obra, dame fuerzas para empezar de nuevo; ya que trabajar es hacerme digno de tus beneficios, ya que trabajar es celebrarte, ya que _trabajar es orar_.

SANTIAGO VIDARTE.

Con este nombre firmaba sus poesías, y con él le designaban sus amigos y compañeros de estudio en la Universidad de Barcelona: con este nombre se le recuerda también en Puerto Rico; pero uno de sus más diligentes biógrafos asegura que no era ese su verdadero nombre de bautismo, y que usaba el apellido Vidarte por un delicado sentimiento de gratitud hacia don Rafael Vidarte, rico propietario de Humacao, que le había protegido desde la infancia, y le había enviado y mantenía en Barcelona, con objeto de que estudiase allí una carrera científica. Según este biógrafo,[1] el verdadero nombre de aquél era José Santiago Rodríguez, y había nacido en Yabucoa, el día 25 de Julio de 1828. Este joven gozó de notable popularidad entre sus paisanos de aquel tiempo, y aun hoy se le recuerda con cariño, porque en realidad fué el primer portorriqueño que se dedicó al cultivo de la poesía, con brillantez y entusiasmo. Por desgracia falleció cuando apenas había cumplido los veinte años; sus facultades de poeta no alcanzaron su madurez y apogeo, y las poesías que dejó escritas--si bien revelan inspiración y fantasía, y no carecen de espontaneidad y gracia--no tienen aquella elevación y belleza de pensamiento, ni las gallardías de lenguaje á que seguramente hubieran llegado las producciones de Vidarte, si hubiera vivido algunos años más.

[1] Don Eduardo Neumann.--"Benefactores y hombres notables de Puerto Rico."

Falleció en Barcelona, en 1848.

Su obra poética de mayor vuelo y más brillante es la titulada _Insomnio_, escrita cuando se sentía ya enfermo, y en la cual expresa la alegría con que soñaba con su regreso á la querida tierra natal. De esa poesía son las estrofas siguiente:

INSOMNIO.

Voguemos, voguemos Al són de los remos; La noche convida. ¡Qué bella es la vida Que corre en la mar!

El aura ligera, Veloz, plancentera, Nos va susurrando, Meciendo, empujando La barca fugaz.

¡Qué plácida calma Gozando va el alma! La luna y estrellas ¡Qué luces tan bellas Derraman aquí!

Voguemos, bien mío. Que en dulce desvío, Tranquilo, halagueño. Vendrá presto el sueño, Con ala sutíl.

¡No tengas recelo: Azul está el cielo, La noche es tan pura! ¡Oh! todo me augura Fortuna y placer.

Mañana, hechicera La lumbre primera Del sol en oriente, Te hará ver riente Fantástico Edén.

Voguemos, voguemos Al son de los remos. ¡Qué hermosa es la vida, La vida del mar!

Se acerca la mañana: rompe el alba; Su luz de rosa por oriente brilla.... Despierta, dulce bien, que pronto y salva Otro puerto verá nuestra barquilla.

Auras de amor que pacíficas Del mar las olas besáis. Venid con livianas ráfagas Nuestra esperanza á arrullar!

Venid, amorosos céfiros Que la flor enamoráis, Y con vuestras alas plácidas Nuestra piragua empujad!

¡Soplad!

Despierta ya, alma mía, el tiempo avanza, Y al asomar su disco el sol dorado, Verás cual se dibuja en lontananza Verde gigante de metal preñado.

Verás cabe su planta orgullecida De flores un fantástico pensíl, Donde rico de luz, amor y vida Ostenta sus primores el abril.

Y verás más allá, cuando velera Se vaya nuestra barca aproximando, Una peña blancuzca y altanera Que está del mar en brazos dormitando.

¡Ah! qué placer allí disfrutaremos! Me mata el ansia; un siglo es cada hora.... ¡Cuánto tarda ese sol! Mi bien, voguemos, Que ya la luz se extingue de la aurora.

Voguemos, sí, ¡qué hermosa es la alborada! ¡Qué bello ¿no es verdad? el Oceano Con su límpido azul! ¡Canta inspirada Una canción al pueblo americano!

Mas no, calla.... ¿columbras á lo lejos Una luz amarilla, un globo ardiente, Que brota de la mar en mil reflejo?.... Pues.... es él, que se anuncia por Oriente.

Él es, sí, sí: ya estamos, mi paloma: Es el sol, ¿No distingues con su brillo Aquel gigante que en el agua asoma? Pues se llama el gigante aquel, _Luquillo_.

¿Y ves allí cabe su planta umbría Fantástico el jardín de flores rico, Donde vive el abril, sirena mía? Pues el jardín se llama Puerto Rico.

* * * * *

Cerca está el puerto. ¿Ves la peña aquella Que está del mar en brazos reposando, Vestida de castillos, rica, bella....? Pues es... ¡Poder de Dios, si estoy soñando!

_Barcelona, 1847._

JOSÉ PABLO MORALES.

Fué un periodista de combate contra los errores de su tiempo, y un valiente defensor de la libertad.

Nació en Toa Alta, en el año 1828.

Al terminar su instrucción primaria, y cuando todavía no era más que un adolescente, comprendió la grandeza moral de la Escuela y lo humanitario y generoso de las funciones del maestro, y sin más auxilio y dirección que su propio entusiasmo y sus estudios incesantes, se hizo maestro de escuela, obteniendo luego una licencia oficial para el ejercicio de la enseñanza. Más tarde se graduó de Notario, y con el ejercicio de esta profesión pudo ya comprar algunos libros, ilustrar cada día más su inteligencia, y estudiar los problemas políticos y sociales del país.

En 1866, y á propósito de una información promovida por el gobernador de la isla, acerca de la reglamentación del trabajo, llamó el Sr. Morales la atención pública con una serie de artículos suyos que publicó en _El Fomento de Puerto Rico_, periódico del cual era asiduo colaborador. Defendía en aquellos artículos, con gran amplitud de criterio, la libertad del trabajo, y combatía la libreta--especie de registro policíaco de información personal--que ponía á los jornaleros en condiciones humillantes con respecto á sus patronos.

La libreta quedó abolida.

Desde entonces figuró Morales entre los periodistas más distinguidos del país, descollando entre ellos como polemista y razonador. Fué el más fecundo de todos los de su tiempo, y acaso el que trató á la vez sobre más variados asuntos. Política, moral, religión, economía social, costumbres, crítica literaria, educación, etc., todo lo tocaba su pluma de periodista, y sobre todo escribía con discreción, aunque su especialidad sobresaliente era la controversia política.

Fué redactor de los periódicos _El Fomento_, _El Progreso_, _La España Radical_ y _El Agente_; colaboró en _Don Simplicio_ y en _El Buscapié_; fundó un periódico titulado _El Economista_, y en los últimos días de su vida organizaba la publicación de _El Eco del Toa_, que no llegó á nacer.

Había adquirido Morales una instrucción variada y sólida, un hábito de pensar y de escribir con rapidez extraordinaria, y una dialéctica formidable para la discusión.

Era hombre de costumbres sencillas, de trato afectuoso y llano, muy religioso y muy hombre de bien. Vivió siempre en el pequeño pueblo de Toa Alta, en donde ejerció hasta la muerte sus funciones de Notario.

Sus hijos, y en especial el que lleva su mismo nombre, y que es uno de los maestros que honran á la Escuela portorriqueña, reunieron los artículos periodísticos más conocidos, del Sr. Morales, y los publicaron en dos tomos, con el título de _Misceláneas_, salvando así del olvido unos trabajos de verdadera utilidad para la historia de la cultura portorriqueña.

El que insertamos á continuación fué tomado de _El Fomento de Puerto Rico_, y es uno de los primeros que escribió su autor.

LA ENSEÑANZA PRIMARIA OBLIGATORIA.

Todo derecho se funda en un deber. Tenemos el deber de conservar cuidadosamente la vida, como un depósito sagrado que nos ha confiado nuestro divino Hacedor, y de este deber nace el derecho, que nos concede la ley natural, de rechazar toda agresión injusta que tienda á privarnos de tan precioso bien. Los cuerpos políticos tienen idénticos derechos y deberes; pero como no puede ejercitarlos cada individuo de por sí, las supremas potestades que los ejercen á nombre de la comunidad, al mismo tiempo que están obligadas rigurosamente á mirar por la conservación y adelanto del Estado, tienen el derecho indisputable de repeler todo lo que se oponga al cumplimiento de estos altos fines, y de buscar con eficacia cuanto á ellos convenga. De aquí el poder de dichas potestades sobre las vidas y bienes de los vasallos; de aquí el derecho de hacer la guerra, y como su consecuencia el de levantar ejércitos permanentes, etc. Estos son principios muy sencillos del derecho natural y de gentes, que están al alcance de una mediana inteligencia.

Examinadas las cosas á la luz de estos sanos principios, es incuestionable que todo Gobierno tiene derecho, para conseguir la seguridad exterior y el orden interior del Estado, de separar los hombres de las dulzuras del hogar doméstico, privar á sus familias de sus buenos oficios, á los pueblos de brazos para la agricultura y las artes, en una palabra, hacerlos soldados, exponiéndolos en los campos de batalla á mil peligros. Estos sacrificios individuales, por penosos que sean, los consideramos insignificantes y como si no existieran, ante el bien de la patria común, que los reclama imperiosamente. La obligación en que están los súbditos en orden á la guerra es tan rigorosa, que si bien pueden eximirse y en toda sociedad bien ordenada se eximen muchos de los ejercicios militares, hablando de un modo absoluto, en caso de necesidad no hay ciudadano que con justicia pueda excusarse de tomar las armas.

Regla es de derecho, que á quien le es permitido lo más, le es permitido lo menos. Si el Gobierno, que vela por el buen orden y conservación del Estado, para fines tan importantes, puede arrancar de los brazos del padre y de la madre ancianos al hijo fuerte y robusto, que es el descanso y la gloria de su vejez, para enviarlo á regiones extrañas de donde quizás no volverá nunca, ¿con cuánta más razón no podrá separar de su regazo por breves horas cada día y durante un tiempo limitado al niño inocente, para ilustrar su inteligencia y formar su corazón para la virtud?

La ley que hace obligatoria la enseñanza primaria, se funda en los principios eternos de la justicia universal. Así lo han comprendido muchas naciones civilizadas. Sajonia, Austria, Rusia y varios Estados de la América del Norte, han consignado en sus leyes esta obligación. Nuestra España en la Constitución de 1812 ya buscó tan noble fin por medios indirectos, estableciendo que desde el año 1830, nadie que no supiese leer y escribir sería admitido á ejercer los derechos de ciudadano. Pero en la ley de 9 de Septiembre de 1857 se declara obligatorio el deber de los padres y tutores de proporcionar á sus hijos y pupilos el grado de instrucción necesaria. Entre nosotros se declaró la enseñanza primaria obligatoria, desde el año 1844, por el artículo 35 del Plan general de instrucción pública para las Islas de Cuba y de Puerto Rico, pero esta disposición había sido una letra muerta, hasta que el Excmo. Sr. Don Félix María de Messina la ha hecho una verdad, con su reciente disposición, para bien del país y gloria suya.

Se nos podrá objetar, que si el derecho de la enseñanza primaria obligatoria descansa en el deber de la conservación del cuerpo social, cae por tierra nuestro argumento, apenas se demuestre que ningún peligro corre el Estado porque se deje á los padres en una prudente libertad para cuidar de la instrucción de sus hijos, habiendo naciones cultas que viven sin admitir tal principio en su legislación.

Á esto contestaremos lo primero, que el no ejercitar un derecho no es una prueba de que se carezca de él. El deber de mi propia conservación me da el derecho de quitar la vida al injusto agresor que atente contra la mía. Vivo en un país tranquilo y llego al fin de mis días sin ejercitar tan tremendo derecho. Vivo en una sociedad entregada á la anarquía y me veo en la tristísima necesidad de ejercitarlo con frecuencia. ¿Tendré el mencionado derecho en el segundo caso propuesto porque lo ejército, y estaré privado de él en el primero, porque no lo uso? No: el derecho que me conceden las leyes naturales siempre es el mismo, absoluto é independiente de los acontecimientos de mi vida. Hemos visto á los Estados Unidos hasta ahora pocos años, con una sombra de ejército: en la actualidad, valiéndonos de una frase vulgar, están armados hasta los dientes; sin embargo, su derecho para levantar ejércitos como potencia soberana era el mismo ayer como hoy.