Antología portorriqueña: Prosa y verso

Part 3

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--Tiene vd. razón, compadre: el gobernar debe de ser cosa muy difícil, é imposible el hacerlo bien al que carece de ciertas condiciones. El don de leer en el interior de los hombres se alcanza con el hábito de manejar negocios, y sólo en sueños se adquiere de repente. La honradez, la rectitud de miras, la ilustración suficiente, la firmeza, la prudencia y la abnegación que libran del maléfico influjo de las pasiones, son cualidades, naturales ó adquiridas, que necesita tener el gobernante.

Eso es lo que yo pienso. No hay que envidiar al que manda, porque, teniendo conciencia, debe sufrir mucho y á menudo. Es preferible á gobernar y no hacerlo bien, ser el último de los gobernados.

JOSÉ JULIAN ACOSTA.

Entre los portorriqueños ilustres que impulsaron el movimiento intelectual en esta isla durante la segunda mitad del siglo anterior, ninguno ha contribuído tanto como don José Julián Acosta á propagar entre sus paisanos el desarrollo de las ciencias. Dotado de una firme vocación para la enseñanza, la ejerció con breves intermitencias y en distintas formas por espacio de 37 años. Cuando no la ejercía directamente en la cátedra, la realizaba en la tribuna pública, en la Sociedad Económica de Amigos del País, y en el Ateneo más tarde; la ejercía también en todos los actos solemnes, en los cuales pronunciaba discursos llenos de enseñanzas útiles y de altas y fecundas ideas.

El mismo carácter docente que tienen sus últimas obras, se revelaba ya en las excelentes notas con que en su mocedad ilustró la "Historia de Puerto Rico" por el padre Iñigo Abbad, y que le valieron el título de miembro Correspondiente de la Real Academia Española de la Historia.

Nació en la ciudad de San Juan, el 16 de Febrero de 1825, y por las notables disposiciones que demostró en sus estudios primarios, obtuvo una de las doce becas de merced que concedía el Seminario Conciliar de esta ciudad á los escolares más aprovechados. Cursó con tan buen éxito las asignaturas del bachillerato, que á los 18 años era ya profesor de varias de ellas en algunos colegios particulares de San Juan.

Estas aptitudes del joven Acosta llamaron la atención de su profesor de Química, el Padre Rufo Manuel Fernández, quien le incluyó en el grupo de los estudiantes que habían de ir á Madrid para estudiar varias facultades en la Universidad Central, con objeto de enseñarlas después á la juventud estudiosa de Puerto Rico. En este grupo de jóvenes, que se embarcó en el puerto de San Juan, en Abril de 1845, custodiado y dirigido por su insigne maestro el P. Rufo, iba también don Román Baldorioty Castro.

Después de una brillante serie de estudios, obtuvo Acosta el título de Licenciado en Ciencias Físico Matemáticas, y la investidura de Regente de 1ª Clase. Visitó después las Universidades de París y Londres, asistió en Berlín á las lecciones del sabio Humboldt y á las clases de Química del célebre Rammelsberg, y regresó á Puerto Rico en 1853. Un año después desempeñaba ya aquí la cátedra de Agricultura, creada por la Junta de Fomento. Ejerció más tarde la enseñanza en otras varias instituciones, y por último obtuvo una cátedra en el Instituto civil de Segunda Enseñanza, del cual fué luego Director.

Ejerció también el periodismo, y fué el redactor más juicioso y sabio de _El Progreso_, que inició aquí las luchas políticas después de la revolución nacional del 68, y que era el periódico de más autoridad entre los que defendían las reformas liberales para Puerto Rico. Desempeñó también Acosta durante algún tiempo la jefatura del partido reformista.

Cuando el gobierno de Madrid, en 1866, solicitó el informe de algunos representantes de Cuba y Puerto Rico, acerca de las reformas que debían hacerse en el gobierno y la administración de ambas Antillas, Acosta fué uno de los representantes elegidos, y en aquella memorable Junta sostuvo con gran firmeza y valentía la petición de que fuese abolida inmediatamente la esclavitud en Puerto Rico, con indemnización ó sin ella. Algunos años después repitió estos mismos conceptos en un brillante discurso que pronunció en la Sociedad Abolicionista Española, de Madrid, y que contribuyó notablemente á la solución humanitaria dada al problema social de Puerto Rico por las Cortes de la República.

Era don José Julián Acosta hombre de sólida instrucción, de carácter firme y reposado; su elocuencia era majestuosa y solemne, su trato cortés y caballeroso. Entre sus aficiones intelectuales sobresalían las de educador de la juventud é investigador de asuntos históricos. Hombre de pensamiento más que de acción, defendió las libertades de su país con la palabra y con la pluma; pero nunca tomó parte en conspiraciones ni revueltas.

Además de sus importantes _Notas á la Historia de Puerto Rico_, escribió y publicó un _Tratado de Agricultura_, un extenso estudio sobre _El derecho prohibitivo y la libertad de Comercio en América_, otro sobre _El Padre Didón y los Alemanes_, una colección muy notable de artículos sobre asuntos varios, y otra de Discursos y Conferencias, y dejó inédita una obra histórica, á la que se dedicaba con gran amor en sus últimos años, y que tenía por título _Jovellanos y su tiempo_.

Los dos artículos suyos que se insertan á continuación de estas líneas, fueron escritos bajo la impresión de la lectura de dos famosos documentos relativos al sitio de París, y publicados en _El Progreso_--1870.

LA CARTA DE VÍCTOR HUGO.

Á LOS ALEMANES.

Pulsar las cuerdas de la lira y enviar al corazón ora piedad, ora terror, como Shakespeare y Calderón, es arduo y glorioso.

Luchar con todo linaje de obstáculos, perseverar en la acción bajo la fe de una idea, como Colón y Lincoln, es colocarse en el más alto punto de la escala moral.

Vivir no sólo en las puras regiones del sentimiento, sino abandonar también su atmósfera tranquila para mostrarse actor en los más graves conflictos de la humanidad y en medio del desencadenamiento de las pasiones más brutales, inspirándose siempre en la idea sublime del _Derecho_, es á la par y de consumo arduo, glorioso y culminante.

Las raras dotes que esta asociación extraordinaria presupone, embargan la mente.... Y sin embargo, nuestro siglo, inmensa masa en fusión, palenque abierto á todo género de pensamientos y empresas audaces, nos ha presentado muchos ejemplos de esta asociación extraordinaria. En sus victorias y derrotas, en sus catástrofes políticas, en sus descubrimientos maravillosos; resumiendo, en sus luchas continuadas con lo pasado y con la materia, ¡cuántos grandes hombres no se destacan! ¡cuán absorta no ha quedado nuestra mente en su contemplación!

Victor Hugo, terminado apenas el largo ostracismo á que le condenó primero la usurpación y en que le retuvo más tarde la conciencia de su derecho, y en pie sobre los muros de París, sitiada por los alemanes, dirigiéndoles su voz, ofrece un nuevo y magnífico ejemplo del genio en harmonía con la acción.

Él, con su imaginación dantesca, tan fecunda en la creación de episodios originales y dramáticos, no imaginó nunca ninguno tan original y dramático como el en que acaba de ser actor principal. En los tiempos futuros, cuando un nuevo Homero cante el sitio de esta nueva Ilion, la figura del gran poeta y del elocuente defensor de la abolición de la pena de muerte se elevará radiante en medio de la de sus émulos y compañeros.

Al canto sublime de la poesía se unirá la elocuente expresión de la escultura: se le erigirá una estatua, en que aparezca con su fisonomía reflexiva y varonil, rotos á sus pies todos los instrumentos de muerte, y con la copia de su carta inmortal en la diestra, mirando hacia el nacimiento del Sol.

Esa carta es un llamamiento á la dulce paz, á la fraternidad entre todos los hombres, es un sonido melodioso de un arpa celestial, un grito arrancado de lo más profundo del alma.

Ante tantas bellezas reunidas, ante esta síntesis admirable de la estética, ¡cómo analizarla! Nuestras fuerzas no bastan á tamaña empresa, y dejándonos dominar por el sentimiento que despierta, nos entregamos exclusivamente á darle culto en el fondo de nuestro corazón.

Nunca se elevó á tanta altura su prepotente genio. Con la admirable flexibilidad que lo ha distinguido siempre, sabe tocar todas las cuerdas y las fibras más delicadas de la sensibilidad moral. Así es como habla al corazón y á la inteligencia del gran pueblo alemán.

Cual si no hubiesen pasado por encima de él los años, la proscripción y las catástrofes domésticas, que tanto hieren á los corazones sensibles, se nos presenta en esa carta con toda la exuberante fecundidad de su juventud.

Vemos al profundo filósofo que analizó los misterios de la terrible pasión de Claudio Frollo, y al suave pintor de las tiernas emociones que despierta en el corazón de una madre la vista del zapatito del hijo que yace en la tumba; vemos al autor de las escenas infernales de _El Rey se divierte_, en que quedamos abatidos bajo el peso de tanto horror; y al de la suave, dulce y melancólica "_Oración por todos_" que enseñamos á nuestros hijos para hacerlos sensibles y humanos. Á la vez manso arroyo é impetuoso torrente, sonido apacible y estridente trueno.

Así es como ha hablado y así es como debía hablar el genio galo al genio germano.

Nada de alardes de fuerza, ni de intimidación; sino la fría voz del buen sentido y la protesta estóica del que sabrá rechazar el ataque y morir como los romanos de los antiguos tiempos, cumpliendo con su deber.

Y al lado de esto ¡con qué efusión no proclama las inmarcesibles glorias de la Alemania en la obra de la civilización!

Todo espíritu reflexivo reconoce al punto cuánto de gratitud debe ésta á la Francia y á la Alemania. La una precedió á la otra en la brillante carrera, pero no tardó en ser alcanzada y aun superada en determinados departamentos del saber humano. Por lo general, han marchado paralelamente, completándose la una á la otra, conforme á la diversa índole de sus aptitudes y genio nacional.

¡Cuán abundante mies no han segado ambas, que es hoy patrimonio de la humanidad entera!

Si la Alemania dota al mundo de la imprenta, la Francia lanza una legión de escritores que hacen más y más fructífera la admirable invención.

Si la Alemania produce á Lutero, expresión viva del individualismo de las razas sajonas, la Francia les da á Calvino, que define y formula para una gran parte de esas mismas razas la nueva creencia.

Si la Alemania cuenta entre sus hijos más ilustres á Keplero, que con una paciencia verdaderamente sajona calcula, sin logaritmos, un día y otro día hasta descubrir las leyes de los orbes planetarios, exclamando: "¡poco importa que yo no encuentre quien comprenda mi libro, cuando mi Criador ha tardado siglos en encontrar un hombre que sepa leer en el libro de la naturaleza!", la Francia se enorgullece con justa razón de Laplace que, con un equilibrio admirable en sus facultades intelectuales, descifró el enigma de las perturbaciones celestes, y tranquilizó al hombre acerca de la estabilidad del sistema de que forma parte la tierra que habita, destruyendo así un error del mismo Newton.

Si la una dió el ser á Gottlob Werner, creador de la geognosia, la otra sirvió de cuna á Cuvier, que lo fué de la paleontología, y gracias á entrambos ha podido escribirse la historia de nuestro globo. El mismo Aristóteles quedaría absorto ante esos prodigiosos descubrimientos.

En todas las ramas del fecundo árbol de Minerva encontramos la misma gloriosa asociación. En Química, Stahl y Lavoisier, Richter y Proust; en Física, Otto de Guericke y Dionisio Papín, Arago y Humboldt; en Mineralogía, Bergman y Hauy. No terminaríamos si hubiéramos de enumerar la larga lista de sabios Alemanes y Franceses que nos ofrece en sus páginas la Historia, ora haciendo á la vez un mismo descubrimiento, ora rectificando los hechos y sus relaciones, para llegar á formular las verdaderas leyes de la naturaleza.

Tampoco terminaríamos si nos propusiéramos entrar en el vastísimo departamento de las bellas letras, de la Filosofía, la Lingüística y el Exégesis. Al lado de Voltaire y de Goethe, de Lamartine y Schiller, de Descartes y Kant, de Baur y Bournouff, hallaríamos otros y otros nombres ilustres.

Pero imposible es, en esta ocasión solemne en que escribimos, dejar en el silencio la estrecha amistad, el verdadero cariño fraternal que unió constantemente, durante su fecunda existencia, á los dos representantes más ilustres de la Alemania y la Francia modernas, Alejandro de Humboldt y Francisco Arago. ¡Con qué emoción recordamos hoy estas sentidas frases que el gran viajero escribió en la introducción que puso á la edición póstuma de las obras del gran astrónomo y del gran ciudadano: "Me enorgullezco al pensar que por mi tierna consagración y por la constante admiración que le he expresado en todas mis obras, le he pertenecido durante cuarenta y cuatro años, y que mi nombre será algunas veces pronunciado al lado de su gran nombre."

Sí, lo es hoy y lo será mientras la humanidad conserve el sentimiento de lo bello y de lo útil. ¡Ojalá viviesen los dos sabios ilustres, los dos íntimos amigos, para conjurar el horrible conflicto! Ambos eran patriotas, pero ambos amaban más la humanidad que la patria.

Y ahora aparece en toda su sublimidad el pensamiento de Victor Hugo y la profunda emoción que le dominaba al escribir su carta: la destrucción de París por los Alemanes sería un fratricidio, un suicidio para la humanidad.

Si llegara á consumarse ésta, hoy y aun más en los tiempos futuros, preguntaría el mundo á la Alemania inteligente y sabia: _¿qué has hecho de tu hermano?_

Sería un fratricidio, porque ambos pueblos han marchado juntos á la conquista de la civilización, prestándose mutuo y poderoso apoyo; sería un suicidio, porque la humanidad necesita de París, como necesita de Berlín, para su progreso en el vasto campo de las ciencias y las artes. Extenso es el camino andado, pero el que queda por recorrer es aun indefinido.

Las bombas y balas alemanas destruirían las bibliotecas y los archivos que encierran todos los tesoros de la inteligencia humana; los conservatorios, las escuelas de cirugía y medicina, las de todas las ciencias y artes en fin, á donde van á instruirse ó á perfeccionarse, con una liberalidad digna de ser imitada, como en la antigua Atenas, los hombres estudiosos de todas las naciones y países, así los de las Indias orientales y occidentales como los del Norte y Mediodía de la Europa y del África, y los de la apartada Australia.

Destruirían incomparablemente mucho más que todo esto ¡horror da el pensarlo! á los ilustres representantes del saber moderno. Bajo ellas ¡inconscientes! caerían los Nelatón, Bernal, Payen, Laboulaye, Remusat, Broglie, sangre de Madama Staël, y tantos otros, columnas vivientes de la civilización, hoy más que nunca necesarias....

Y en la catástrofe general sería envuelto el gran poeta, el publicista eminente que acaba de levantar su elocuente voz, inspirado por los sentimientos más nobles del corazón humano, para conjurarla.

¿Habrá sido escuchado como lo fué al suplicar gracia para Barbes?

--¿Habrá sido desatendido como cuando pidió fervoroso la preciosa vida de John Brown?

Pronto sabremos si la humanidad tiene que vestirse de luto y registrar en sus sangrientos anales una nueva caída, una gran ignominia.

LA CARTA DEL OBISPO DE ORLEANS,

MONSEÑOR DUPANLOUP.

_Væ victoribus._

Hace muy poco tiempo que consagramos nuestra atención al magnífico espectáculo que ofrecía á la vista del mundo, Victor Hugo, de pie sobre los muros de París, sitiada por los alemanes, dirigiendo á éstos su voz elocuente y patética.

Pero en nuestros días los acontecimientos se precipitan con tan asombrosa rapidez, y es tan conmovedora la situación inesperada por que atraviesa la Francia, que el vapor no ha tardado en traernos los graves acentos de otro de sus hijos más ilustres, de Monseñor Dupanloup, Obispo de Orleans. Á la hora en que escribimos los habrá escuchado todo el mundo civilizado, como escuchó en 1866 su oración pronunciada el Viernes santo, sobre la redención del esclavo.

Las convicciones profundas merecen universal respeto, y el genio sabe inspirar á todas sus producciones un sello indeleble de grandeza tal, que los individuos que poseen las unas y están favorecidos por el otro, caben todos fraternalmente en el templo de la gloria. Sólo la envidia, ciega cuanto ruin, desconoce esta verdad.

Así, aunque separados hasta la crisis actual, la historia mostrará íntimamente unidos en el cristiano propósito de poner término á la efusión de sangre humana y de salvar la patria invadida por el extranjero, los nombres ilustres de Hugo y Dupanloup. Nosotros nos complacemos en esta asociación, y en contemplar como contribuye cada uno, dados su distinto estado y educación, á la gran obra humanitaria.

Si la carta de Victor Hugo es un grito arrancado de lo más profundo del alma, la de Mr. Dupanloup es una lección severa, más que una lección, una admonición formulada en el _Væ victoribus_ ¡Ay de los vencedores!

El uno con la admirable flexibilidad de su talento, excita con su lira en todos los tonos la sensibilidad moral, y se inspira principalmente en consideraciones políticas y humanas; en tanto que el otro, imitador de Cristo, apoyado y fortalecido por su profunda convicción en la justicia de Dios, amenaza con ella al vencedor, si no en su propia cabeza, en la de su posteridad.

Recomiéndase también la carta de Mr. Dupanloup por las reflexiones que despierta en el espíritu de los que la leen. Podemos considerarla como la síntesis de la filosofía de la historia.

Mr. Dupanloup ha dicho: "Si el vencedor no sabe mostrarse digno de su fortuna, si permanece sordo á la voz universal que le grita--"basta de sangre y de ruinas"--la _maldición_ de los pueblos civilizados caerá sobre él. La experiencia demuestra que el _Væ victoribus_ de la Providencia resalta hoy con más frecuencia en la historia que el Væ victis de los bárbaros. "Si su edad no le permite alcanzarlo, _sus hijos lo alcanzarán_".

Ante esta pavorosa profecía, los ánimos religiosos se sobrecogen y recuerdan naturalmente el elocuente tema de Bossuet, en su oración fúnebre por la Reina destronada, por la viuda de Carlos Estuardo, cuya cabeza cayó en el palacio de White-Hall bajo el hacha del verdugo. "Aprended, reyes: oid, los que juzgáis en la tierra."

Es verdad que Mr. Dupanloup con sus sentimientos cristianos ha buscado también la manera más delicada á que podía recurrirse para enviar la piedad al corazón del poderoso monarca, halagado hasta el momento en que escribía por los favores de la victoria, y de quien depende la vida de tantos hombres, trayendo á su memoria el recuerdo, siempre conmovedor para un hijo, del infortunio de sus padres, y repitiendo el sabio consejo de su ilustre madre: "El que no se modera y se deja cegar por la fortuna, pierde el equilibrio y no obra según las leyes eternas."

Pero no obstante la evocación de estos recuerdos sagrados, subsiste la tremenda afirmación, quedará siempre escrita con letras de diamante la pavorosa profecía. "Si su edad no le permite alcanzar el _Væ victoribus_ de la Providencia, sus hijos lo alcanzarán."

Pero Mr. Dupanloup tenía que cumplir otros deberes y los ha cumplido, aunque desgarrando de seguro su corazón francés. Él lo ha dicho: "La patria es una asociación de las cosas divinas y humanas, es decir, el hogar, el altar, la tumba de nuestros padres, la justicia, la propiedad, el honor y la vida. Se ha dicho con verdad que la patria es una madre; amémosla más que nunca en su amargo dolor; sea para nosotros más querida á medida que es más desgraciada." Y sin embargo, en su alta imparcialidad, no ha podido menos de dirigir á su patria, á su madre, cargos austeros, y repetirle á su vez la inapelable sentencia de la Reina Luisa de Prusia: "Dios poda el árbol dañado. Esto debía suceder."

Con esta alta imparcialidad habla siempre el verdadero patriotismo: así es como debe hablarse á los pueblos. No los ama el que halaga la vanidad nacional y estravía sus pasiones, sino el que combate la una y sabe dar buena dirección á las otras. Acabamos de verlo en esa misma Francia tan impresionable: la amaba más Mr. Thiers oponiéndose á la pasión por la guerra, que los imperialistas que la fomentaban.

Con el recuerdo sin duda del espectáculo que ofreció el Cuerpo legislativo en la sesión del 15 de Julio, en que declaró la guerra á la Prusia, ha escrito Mr. Dupanloup estos pensamientos: "Los poderes de la tierra tienen demasiada necesidad de conocer la verdad. Los soberanos están condenados á que se les engañe, porque temen que se les ilumine. Se les sirve según su deseo, y las complacencias culpables y las lisonjas declamatorias usurpan el lugar de las advertencias leales y valerosas."

Hemos dicho al principio que puede considerarse la elocuente carta del Obispo de Orleans, como la síntesis de la filosofía de la historia. Y con efecto, el _Væ victoribus_ no es más que la fórmula poética de este principio, eterno como el mundo: "No hay acción sin reacción."

Principio consolador que así debe servir para que los poderosos no abusen de su prepotencia, como para que los pueblos y los individuos no se entreguen á la desesperación en la adversidad.

Abundan en el vasto campo de la Historia numerosos ejemplos que son demostración elocuente de ese principio "No hay acción sin reacción." Sin ir más lejos, la historia entera de la vecina isla de Santo Domingo no es, á los ojos del filósofo, más que una serie sucesiva de oscilaciones sujetas á esa ley. Sin ir más lejos, el entusiasta tributo que paga Mr. Dupanloup al estandarte libertador de Juana de Arco, que se conserva en la ciudad de Orleans, es otra demostración de ese principio: la ilustre heroína condenada al fuego en Rouen por el Obispo de Beauvais, que temía perder, si se mostraba justo, su favor para con los ingleses dominadores de su Patria, obedeciendo así á los mismos sentimientos que Pilatos, es hoy invocada por otro Obispo francés, como el emblema de la abnegación, para lanzar del suelo sagrado de su patria al invasor que lo profana.

¿Pero qué más, cuando la cruz, suplicio afrentoso del esclavo entre los antiguos romanos, es hoy el símbolo de la redención del género humano?

La convicción profunda en la verdad de este principio es lo único que puede explicarnos la serena tranquilidad con que Mr. Lincoln se consagró al cumplimiento de su misión, al aceptar en 1860 la Presidencia de los Estados Unidos de América. Estaba convencido de que Washington sería su Jerusalén, y fué á Washington. Nos parece oirle cuando en una ocasión solemne exclamó: "¡Ay de aquel por quien el escándalo venga! Así habrá de decirse ahora, á fin de que los juicios del Señor sean al mismo tiempo verdaderos y justos."

Mr. Dupanloup, aunque no tan grande como Lincoln, posee iguales convicciones. Por eso nosotros, después de haber publicado su elocuente carta en el número anterior de EL PROGRESO, le hemos consagrado estas ligeras reflexiones, que sabemos no tienen otra especie de mérito que el que pueda comunicarles el original, donde hemos procurado inspirarnos, á fin de que nuestros lectores se fijen más en las sanas doctrinas que lo recomiendan. Si la carta de Mr. Dupanloup es un nuevo esfuerzo intentado por un hombre ilustre, para poner término á los horrores de la guerra entre dos potencias cristianas, también es un código de los eternos principios de justicia y de equidad que deben presidir la gobernación de las naciones, y hasta las relaciones privadas de los ciudadanos de todo pueblo civilizado.

ALEJANDRO TAPIA.

Nació en la ciudad de San Juan, en 1827.

Hizo sus primeros estudios en el Colegio del conde de Carpegna, en esta Capital, y terminó en Madrid su educación literaria.

Tuvo desde niño una gran afición al cultivo de las letras, y en especial á la poesía.