Antología portorriqueña: Prosa y verso

Part 15

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Al paso que vamos, todos los españoles, dentro de poco, seremos artistas sin saberlo. Porque aquí llamamos artista al bailarín, al acróbata, al torero, al fabricante de cerillas, al domador de fieras y al que hace sonar las campanas en la torre de una catedral ó el organillo en cualquier cosmorama de feria. Y no de otro modo que allá en mi aldea los astrónomos dieron en llamar sol, estrella y hasta creo que vía láctea á Canuta Pérez, sólo porque cantaba y gemía, con voz más dulce que el _guarapo_, algunas piezas de Norma, aquí en Madrid, donde se murió casi de hambre Narciso Serra, se reservan las ovaciones y con ellas las monedas de cinco duros para el tenor Gayarre, en cuya garganta prodigiosa parece que anida el pájaro azul que entona el himno de la redención de la patria. Gayarre, esa celebridad europea, esa gloria nacional, como sus amigos y devotos le llaman, es un antiguo herrero de las provincias vascongadas, sin cultura, sin formas sociales, casi sin entendimiento. Á pesar de esto, ¡con cuánta emoción le hemos oído aquellas suaves notas de la inmortal salutación de Fausto á Margarita: _Permettereste á me_....! ¡Qué eléctrica chispa de emoción cundía por todo el Paraíso cuando murmuraba, en actitud de bailar un rigodón, aquella frase: _Ja sorge il di_....! Pero no llevemos nuestro entusiasmo hasta el punto de arrojarle al escenario coronas de laurel; las coronas son para las cabezas y el cantante sólo trabaja con la garganta y con la boca; tengamos, pues, para el cantante un collar de perlas ó una dentadura de oro, para el torero un par de cuernos, para el acróbata una bala de cañón, para la bailarina unas zapatillas, ó, si le pareciera poco, unas botas de montar. Y no les pidamos gollerías... No pidamos, por ejemplo, á Gayarre, hombre sin instrucción alguna, que sepa interpretar, en el pentágrama de Gounod, el pensamiento filosófico del viejo doctor alemán, rejuvenecido por la musa de Goethe, ni pretendamos tampoco que, comprendiendo las metafísicas algún tanto locas de Wagner, entienda que pueda conseguirse la expresión de tipos y de caracteres por medio de trémolos sobre la cuerda del violín. Para comprender eso necesitaría el cantante... poca cosa... ser artista.

No puede ocultarse que á las veces hay una obra personal en la interpretación, y que el artista--si damos este nombre al cantante, al cómico y al instrumentista--suele tener, de raro en raro, el derecho de decir que él ha creado un papel puesto que se lo apropia, poniendo en él su alma y su inteligencia é infundiéndole su propia sangre. Sin elevarnos hasta Rachel, la Ristori, Talma, Romea, Rossi, Coquelin y la divina Sara, puede asegurarse que al talento de Vico, nuestro insigne actor, débese en gran parte el éxito de muchos dramas de Echegaray, más feos que el no tener.

Lo que no ofrece sombra de dudas es que, si bien cualquier tenorcillo de la legua puede interpretar, si á mano viene y casi con perfección absoluta, el tipo de Guillermo Tell, un aldeano patriota, el de Otelo, un africano celoso, y hasta, en caso de apuro, el de Don Juan, un burlador impenitente, en cambio, no todos los tenores de primera línea pueden salir airosos en la interpretación del carácter de Fausto, el filósofo á lo Hegel, del tipo de Hamlet, el sombrío escéptico, del tipo de Poliuto, el mártir de la fe religiosa. De mí sé decir que cuando Berlioz, el potente colorista del sonido, me transporta, en su fulgurante corcel, con fatigoso movimiento al abismo de la Damnation de Faust, veo allí mejor el laboratorio obscuro del doctor alemán y oigo allí después con más deleite la errante cantinela de la Pascua florida que en la obra inmortal del maestro Gounod, porque la concepción del poeta y la idea, las líneas melódicas del músico suelen ser casi siempre mejor interpretadas por el violín y por la flauta que por la parlera garganta de algún tenor coreográfico, maniquí con sombrero de plumas, que no comprenderá nunca la razón de que Fausto se devanase los sesos esclareciendo el oculto sentido de la primera frase del Génesis. Con respecto á las cantantes hembras, soy algo más benévolo. Tengo mis razones... Toda mujer, por muy tiple ó muy soprano que sea, lleva siempre dentro de sí misma algo de la inocente Margarita, la pequeña Eva alemana, Sibila del amor, eternamente feliz en su modesto jardincito, con su oráculo de flores. Las mujeres que viven con aérea vida en el mundo del arte y que surgieron vestidas de blanco del manantial del llanto del poeta, ó bajaron desprendidas del astro piadoso que alumbró las veladas febriles del músico para evaporizarse en el sonido y pasar del pensamiento al ensueño, ora revoloteando en los labios, ora permaneciendo aprisionadas en el mármol y el lienzo, y siempre envueltas en la nube de una existencia ideal; las mujeres de la leyenda y del arte, Ofelia, Desdémona, Julieta, Margarita, Elena, Aïda, Ifigenia, Clarisa, Leonora, son, sobre todo, representaciones sinceras del _Eterno femenino_, creaciones sencillas, cuya interpretación puede hallarse y se halla, en efecto, al alcance de cualquier alumna del Conservatorio de Madrid.

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He apuntado la idea y no la retiro; á pesar de poseer mayor suma de recursos y medios el instrumento humano que se llama tenor ó barítono, yo no he saboreado las verdaderas notas de Gounod, hasta que he oído la otra noche las divinas notas del violín de Sarasate. ¡Sarasate! Perdóneseme que no pueda escribir este nombre sin ver reaparecer bajo mi pluma esa figura de un gran intérprete musical, el más completo que he conocido. Actualmente recorre en las regiones andaluzas un camino triunfal, después de haber sido aplaudido y festejado, con entusiasmo frenético, en Madrid, donde se presentó por última vez al público en un concierto celebrado á beneficio de la Asociación de escritores y artistas. Ese concierto tiene una historia que hace honor al gran violinista. Como España es tierra donde germina y se desarrolla esa pasioncilla inmunda que se llama la envidia, no es extraño que un español como Sarasate, que nació bajo el influjo de bienhechora estrella y que ha llegado á ser en toda Europa el ídolo de un pueblo de almas, despertase en la tierra donde nació rencores de esa gentecilla, que, impotente para acercarse á la gloria, tiene un insensato placer en amenguar la gloria ajena. Unos cuantos rascatripas y sopladores, de esos que tocan el violín y la flauta en el café ó en el circo ecuestre, armaron contra Sarasate terrible conjura; y no atreviéndose á decir que Sarasate maneja mal el "stradivarius," le llamaron en obscuros artículos anónimos, mal español, sosteniendo con error indiscutible, que había renunciado á su nacionalidad; y le llamaron avariento, tacaño y ambicioso, acusándole de cobrar el cincuenta por ciento de los productos de los conciertos en que trabajaba. Sarasate respondió á esas acusaciones ofreciéndose á trabajar de balde en un concierto á beneficio de la Asociación de escritores y artistas.

Yo le había oído muchas veces pero nunca me ha entusiasmado tanto como aquella noche. Los artistas italianos del Renacimiento, con el mal gusto propio de la época, eran muy aficionados á pintar ángeles tocando el violín. Yo me acordaba de aquellas figuras, aguzando el oído y cerrando los ojos para no ver las melenas y los bigotes de guardia civil que gasta Sarasate. Porque si existiera el cielo de Mahoma ó de Cristo, sólo allí debería escucharse algo parecido al celestial gorjeo del violín de Sarasate.

Diderot ha escrito: "Para que el artista me haga llorar, es preciso que él no llore." Nada más exacto, pero también es preciso _que haya llorado_. Su emoción individual debe convertirse en emoción artística y la interpretación animarse con el eco de sentimientos experimentados y desaparecidos. Las lágrimas no deben salir á los ojos del intérprete; pero debe tener _lágrimas en el instrumento_. Gracias á esa transformación, Sarasate ejerce sobre el público una acción magnética, que repercute sobre sí mismo. "Si el público supiera--suele decir--cuanto puede obtener de nosotros con sus aplausos, nos mataría." ¡Oh, bien lo ha probado el infeliz! En todos sus conciertos, apenas termina la última pieza clásica del programa, ya está el público pidiéndole á grito pelado, la indispensable propina de siempre, es decir, los aires populares españoles, la jota aragonesa, _la muiñeira_, _la petenera_, _el zorzico_, etc. Y aquí se comprueba la modificación que hice á la frase de Diderot. El artista debe sentir siempre lo que ejecuta. Si en el corazón de Sarasate no estuviese viva la llama del sentimiento patriótico, ¿qué mérito tendría la jota aragonesa por él ejecutada? Un violinista ruso ó teutón no podría herir acaso, con esas notas, nuestro sentimiento artístico. Ese aire popular que tiene tantos títulos de gloria como la _Marsellesa_ canturreado, con voz aguardentosa, por un gañán, al conducir sus bueyes al establo, no es fácil que despierte emoción estética alguna; pero, al rozar las cuerdas del violín de Sarasate, ese aire popular, que unas veces gime y otras ruge y siempre expresa el sentimiento de la patria, nos transporta en alas de la fantasía á la falda del Moncayo y á la orilla del Ebro, ó allá donde murieron de amor Isabel y Marsilla, y evoca en nosotros el recuerdo del épico suicidio de Zaragoza, y nos hace asistir á las sencillas fiestas de las aldeanas en honor de la más patriota de las Vírgenes, la Virgen del Pilar.

Pues ¿y dónde dejamos la _muiñeira_? Yo no tengo el honor de ser gallego. Pero, declaro sinceramente que la _muiñeira_ hubo de causarme siempre una emoción profundísima. Yo se la he oído á Sarasate, no sólo en Madrid, sino también en la misma Coruña, y puedo asegurar que nunca he presenciado una ovación tan imponente.

Cuando algún tiempo después de haber oído la _muiñeira_ en Galicia, se la volví á escuchar la otra noche á Sarasate, vino á mi memoria la zagala rústica que sentada sobre la piedra del lar humilde ó cargando en sus fornidos hombros el saco repleto de centeno y maíz, ó comprimiendo con sus manos de color de arcilla las gruesas ubres de la vaca, ó partiendo en el monte el espinoso tojo, no bien oye á lo lejos el gemido agreste y melancólico de la gaita y el regocijado son del tamboril y del pandero, suelta la hoz de la siega y loca de alegría, llama á sus rapaces y se pone á bailar con ellos la tradicional _muiñeira_, pegando sendos y descompasados brincos á la sombra del castañar hojoso....

Aquélla, aquélla es la misma _muiñeira_ de Pablo Sarasate, tocada por el autor y acompañada al piano por su secretario _mein-herr_ Otto, un alemán que le sigue en todas sus excursiones artísticas y que á fuerza de escuchar el canto _saudoso_, ya dice como cualquier gallego vagabundo á la orilla de extranjeros lagos:

"Airiños, airiños, aires, airiños da miña terra, airiños, airiños, aires, ¡airiños, leváime á ela!"

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Si alguna vez, ¡oh gran violinista! me encuentras enfermo y pobre, solo y triste y odiado de todos, en extraña tierra, tragando la hiel de la nostalgia, llevando en mi rostro la marca patética de la fatalidad irresistible; si algún día, lejos de la tierra donde se habla la lengua en que me enseñaron á rezar, me encuentras bajo un cielo plomizo, vagando por solitarios senderos y deshaciendo poco á poco el ovillo de hilo de mis ardientes afanes, de mis frustrados ensueños, sin horizonte delante, sin recuerdos detrás; si algún día, oh Sarasate, me encuentras así, envuelto en la ceniza de todo lo que amé, fijos los ojos en la naturaleza, esa gran madre, y en el ideal, esa paloma despeñada del cielo sobre el Jordán de nuestras pasiones redimidas, saca entonces de la caja tu "stradivarius," ejecuta los primeros compases de la arrebatadora _muiñeira_, recuérdame la quejumbrosa gaita de las romerías gallegas, la alegre pandereta de las zambras moriscas y de las _juergas_ andaluzas, y el tamboril fanfarrón de las fiestas vascongadas; y al recibir yo en mi atormentado espíritu esa limosna de arte, así como la Magdalena limpiaba con su cabellera el polvo de los pies del Cristo, tú limpiarás mi alma de las impurezas del mundo miserable y volverán á ella, con el eco de tu instrumento mágico, las remembranzas de la edad florida, las canciones alegres y los sueños azules....

EDUARDO NEUMANN GANDÍA

Nació en la ciudad de Ponce, en el año 1851. Era su padre de origen alemán, como lo indica el apellido, y su madre una dama portorriqueña, descendiente de españoles.

Estudió con notable aplicación, y fué graduado de Maestro Superior de instrucción primaria antes de los 22 años. Ejerció el profesorado público durante los mejores años de su vida, y en las horas que le dejaba libre esta penosa labor, dedicábase con especialidad á estudios históricos y biográficos referentes á su país.

Carecía de imaginación brillante y creadora; pero tuvo siempre gran afición á coleccionar, depurar y coordinar noticias de carácter histórico. Publicó varios opúsculos interesantes acerca de la fundación y progreso de Mayagüez, Aguadilla, Coamo y otras poblaciones de Puerto Rico; fué redactor de algunos periódicos de Ponce, sitio principal de su residencia, y colaboró en los fundados ó dirigidos por Baldorioty de Castro, del cual era amigo y admirador.

Las obras históricas más notables de don Eduardo Neumann son las tituladas _Benefactores y hombres notables de Puerto Rico_, editada en dos volúmenes con grabados; una interesante reseña de sus viajes por los Estados Unidos, y una _Historia de Ponce_, muy nutrida de datos para el estudio y conocimiento de esta progresiva ciudad y su jurisdicción, desde el punto de vista político, intelectual, social, económico, mercantil, industrial, agrícola y geográfico, obra escrita con gran amor durante los últimos años de su vida, como tributo á la patria de su nacimiento y de sus amores.

Era muy aficionado al estudio, y amaba principalmente los libros serios y jugosos. En sus últimos años cursaba con gran asiduidad las asignaturas de la carrera de Derecho, y ya se había examinado victoriosamente de algunas de ellas.

Era hombre de carácter y de firme voluntad, y á fuerza de lecturas y de viajes metódicos había logrado adquirir un copioso caudal de conocimientos.

Falleció en Cherburgo, Inglaterra, á mediados de septiembre de 1913.

El siguiente artículo pertenece á su colección de _Benefactores y hombres notables de Puerto Rico_.

FRAY IÑIGO ABBAD Y LASIERRA

HISTORIÓGRAFO DE PUERTO RICO

Hemos buscado noticias inútilmente dentro del cuadro magnífico que trazó el P. Félix Latassa, ó sea en sus Biblioteca Antigua y Nueva de Escritores Aragoneses; y, en verdad, nos sorprende se tenga en deplorable olvido el nombre de varón tan esclarecido como el de Fray Iñigo Abbad y Lasierra; sin duda el prodigioso número de hombres ilustres con que cuenta Aragón, pueblo rico en todo género de grandezas, ha hecho que se acostumbre á contemplar el mérito sin asombro y á considerarlo como cosa corriente; pero si el hermoso recuerdo de la vida de Fr. Iñigo, saturada de simpático perfume, consagrada á los estudios históricos y á los actos austeros se ha borrado de su país; si su espíritu sano y cultivado, ocupado en las investigaciones del pasado, se ha perdido para los aragoneses; su memoria vive y vivirá por siempre en el corazón de los portorriqueños. No nos explicamos cómo un escritor de tan bellas dotes y de un patriotismo tan acrisolado, sea casi desconocido en su propia tierra. Así nos valemos, al ocupamos de este personaje, de los datos que nuestra diligencia y la admiración que siempre él nos ha inspirado, supieron proporcionarnos. Hasta ahora, que sepamos, ningún libro especial se ha dado á los vientos de la publicidad referente á la vida del ilustre benedictino; por lo que nos proponemos transmitir su nombre á la posteridad, ya que supo hundir su mirada escrutadora en las obscuridades del pasado y hacer revivir los hechos más gloriosos de nuestra historia regional.

Escasas son las noticias, que aún en su misma provincia, se nos han podido facilitar sobre la vida del benemérito monje.

Nació Fr. Iñigo el año 1737 en Barbastro-Huesca,--ciudad obispal desde el siglo XII hasta mediados del presente; por cierto, uno de los que estuvieron al frente de esta diócesis fué el célebre Ramiro el Monje, rey de Aragón, figura inmortalizada por el pincel del eminente Casado del Alisal, en su cuadro _La Campana del Rey Monje_. Barbastro es también patria de los peregrinos ingenios Lupercio y Bartolomé Argensola, tan conocidos en los fastos literarios.

En aquella ciudad estuvo en 1868 el inolvidable enaltecedor de nuestras letras y entusiasta propagandista de la cultura intelectual en la Isla, don Alejandro Tapia y Rivera, con el fin de hacer reproducir un retrato de nuestro bien querido historiador, retrato del que es copia el que adorna los salones de la Sociedad Económica de Amigos del País, en San Juan, que á nuestro juicio no guarda parecido con la fotografía directa, hecha tomar del que existe en la biblioteca pública de Barbastro. La copia al óleo ya mencionada, ni por su parecido ni por la posición sentada en que se encuentra el personaje guarda semejanza con el retrato auténtico. Fr. Iñigo en el original aparece de pie y su fisonomía revela mayor dulzura y benevolencia.

Descendía Fr. Iñigo de noble familia aragonesa, que procuró darle esmerada educación, que aprovechó de un modo brillante desde sus primeros años, y después fué monje benedictino en el monasterio de San Juan de la Peña, en el que se dedicó al estudio de la historia y antigüedades. Recordamos los nombres de dos hermanos suyos, que por sus talentos y virtudes alcanzaron puestos distinguidos y altas dignidades eclesiásticas. El uno, de mayor edad, se llamó don Manuel Abbad y Lasierra, individuo correspondiente de la Academia de la Historia, Prior de Meya, presentado por S. M. para Obispo de Ibiza y de Astorga, Arzobispo de Selimbria in partibus infidelium y autor de obras recomendables, Inquisidor general de España, al principio del reinado de Carlos IV, el cual Abbad comisionó al canónigo don Juan Antonio Llorente, el conocido autor de la _Historia Crítica de la Inquisición_, para trazar un plan benigno de importantes modificaciones en el orden interior y procedimientos del Santo Oficio, que le encaminase á sustanciar sus procesos por el derecho civil, por lo cual, teniendo presente el fin del odioso tribunal, equivalía á su abolición; empero la intransigencia fanática, que había hecho fracasar con anterioridad los filantrópicos proyectos del conde de Floridablanca en igual sentido, hizo destituir al hermano de Fr. Iñigo y consiguió se le recluyera en el monasterio de Sopetrán; plan que el insigne Jovellanos quiso luego llevar á la práctica, y no pudo, por haber caído del ministerio. El otro se nombraba don Augustín, quien después de ser catedrático de Humanidades, llegó al episcopado y por sus ideas benévolas y humanitarias fué encausado por el Santo Oficio. En nuestra admiración por los miembros de esta ilustre familia, nos complacemos en consignar que ninguno de ella brilló por su intransigencia y sí por sus méritos indiscutibles, saliendo al fin ilesos de las redes inexplicables de la autocracia romana y de las iras inquisitoriales.

Si Fr. Iñigo no tuvo la llama del genio; si no fué un Laurent ó un Ranke, historiadores de la humanidad; si no fué un Jacolliot describiendo la India; si no fué un Champollión descifrando los geroglíficos egipcios; si no fué un Curtius, autor de la más famosa Historia de Grecia en nuestros días, recomendable por el caudal de preciosos datos que atesora y abrillantada por el vigor filosófico del lenguaje; si no fué un Mommsen, el feliz restaurador alemán de la prehistoria y grandezas romanas; si no fué un Bancroft que estudia con bella erudición la génesis de los pueblos americanos; si no fué un Macaulay en sus estudios sobre la revolución inglesa; si no fué un Lamartine sublimando los girondinos; si no fué un Taine al pintar á los jacobinos, ó á Napoleón Bonaparte; fué nuestro primer historiador, y supo dar animación, vida, unidad á nuestros dispersos é ignorados anales históricos en síntesis notables.

La esfinge misteriosa del pasado surge bella, ante la vista de los lectores, al recorrer las páginas trazadas por la pluma de Fr. Iñigo; al admirar la veracidad, la exactitud de sus apreciaciones, sobre todo, al tratar del carácter y costumbres del pueblo portorriqueño en su época; al deleitarnos con la mágica de su estilo claro, sencillo, espontáneo; cual corresponde á la índole de su obra.

Revela nuestro historiador un amplio criterio para juzgar de hombres y de acontecimientos, regulado por un espíritu justiciero, si bien su Historia Geográfica, Civil y Política de la Isla de San Juan Bautista de Puerto Rico, que fué lo más clásico que escribió, resulta, en el día, deficiente, un cuadro muy apagado de nuestras primitivas crónicas y con grandes lagunas en los sucesos acaecidos entre unos y otros siglos; sin embargo de las anotaciones hechas por don José Julián Acosta y no obstante los altísimos dones intelectuales de Fr. Iñigo. La obra fué escrita en medio del torbellino del mundo, por encargo de don Francisco Antonio Moñino, conde de Floridablanca, alto protector ó íntimo de la familia Abbad, en la época de Carlos III, en el último tercio del siglo pasado; el manuscrito fué presentado al Gobierno Metropolítico el 25 de Agosto de 1782. Poseemos un precioso ejemplar de la primitiva edición madrileña, que tiene capital importancia por su fecha--1788--edición debida á la actividad de don Antonio Valladares de Sotomayor; ejemplar que conservamos como curiosidad bibliográfica y como recuerdo de la amistad que nos une á una de las ilustraciones del País, tan modesta como verdadera, el doctor don Calixto Romero Cantero, que ejerce con aplauso la medicina en Cayey, y que tan amante es de las investigaciones prehistóricas.

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Vino Fr. Iñigo á Puerto-Rico en edad viril, á los treinta y cinco años, en 1772, como confesor del Illmo. Sr. Obispo don Manuel Jiménez Pérez, de feliz memoria; viajó por los pueblos y lugares más recónditos de nuestra isla; consultó los archivos oficiales y recogió la tradición oral de los descendientes inmediatos de los primitivos colonizadores para escribir su obra citada; si bien su labor se resiente de muchos errores tipográficos, que el editor confiesa en el prólogo, por haber sido publicada en Madrid, en ausencia de nuestro primer historiador.

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Veamos ahora lo que motivó el viaje forzoso del P. Abbad á Europa.