Antología portorriqueña: Prosa y verso

Part 13

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En los primeros años el instrumento poético de _Momo_ fué consecuente con la significación mitológica de su seudónimo, y no sonaba en él más que la cuerda festiva; pero el pasar de los años, las amarguras de la experiencia y la penosa impresión que dejan siempre en las almas sensibles las desgracias de la patria, fueron poniendo en tensión otras cuerdas importantes, y ya le falta poco para poseer el registro completo. Sus composiciones tituladas _La Lengua castellana_, _¡Á la fiesta!_, _¡Sálvanos, madre!_, _Lázaro_, y _Redención_, demuestran hasta qué punto el diablillo juguetón y despreocupado de _La Balanza_ ha podido elevarse en la escala del sentimiento patrio, de la elegía bien sentida y vibrante, y de un subjetivismo ingenuo y melancólico, que hace recordar en cierto modo la doliente y amable sinceridad de Alfredo de Musset.

En algunas de estas producciones aparece ya el poeta de alto sentido social, que se sale de sí mismo, que se olvida de su risa y de su humorismo propios, para sentir el dolor ambiente, la desgracia de los que le rodean; é inspirándose entonces en los diversos estados del alma popular, interpreta y expresa en sugestivas estrofas el pensamiento colectivo, las esperanzas, las tristezas ó los anhelos de las multitudes. Enmudece entonces en él la nota festiva y riente, y ora prorrumpe en gritos de protesta contra lo que considera indigno, ora nos canta, como Richepin, la canción melancólica de los desgraciados.

Posee, pues, en alto grado el don de la sensibilidad, sin el cual no hay poeta posible; pero pasada en él la impresión aguda que crea esos estados de ánimo capaces de producir el ardiente soplo de la inspiración lírica, su espíritu, naturalmente regocijado y apacible vuelve á producir notas alegres, como vuelve la palmera al movimiento dulce y juguetón de sus graciosos abanicos, después de haberlos agitado con violencia dolorosa á impulsos de una breve racha del vendaval.

¡Dios le conserve á _Momo_ esa cualidad, tan en harmonía con la gracia de su ingenio y con la espontaneidad generosa de su carácter!

Lo árido de la profesión en que por necesidad se ejercita, su desdén por el convencionalismo literario (todavía mayor que el que le inspira el convencionalismo social) y su poca ó ninguna afición á las citas de las historia y del arte, han sido causa de que algunos de sus admiradores le supongan refractario al estudio, atribuyendo los méritos de sus producciones á milagros de la ciencia infusa y á la fuerza poderosa de la vocación.

Creo que se equivocan.

No hay progreso sin estudio, y son evidentes los progresos que se van operando en la labor poética de _Momo_. Lo probable es que tenga muy limitado el número de sus autores preferidos, y que áun de estos pocos no se esclavice á ninguno. Diríase que su Musa es huraña de puro independiente, y que su Pegaso no admite ancas; pero eso no es decir que el poeta de _La Lengua Castellana_ desdeñe los buenos modelos, ni huya de las verdaderas fuentes de inspiración.

Además, _Momo_ sabe leer y lee con frecuencia en el gran libro de la realidad viviente, y de él suele sacar sin esfuerzo los mejores asuntos para sus composiciones.

Si según vive en una ciudad relativamente populosa, en cuyas alegrías y tristezas toma nuestro poeta inspiración para sus cantares, le hubiera tocado en suerte vivir, con su cultura actual, en medio de la campiña portorriqueña, de esa maravillosa orgía de luz y de colores donde la vida brota, se renueva, se esparce y se desborda en profusión incomparable de formas, tonos, perfumes y sonidos, quizás no estuviéramos esperando todavía el cantor de tan soberanas bellezas, el poeta que nos hiciese comprender y sentir el tesoro de tan amorosa, dulce y delicada poesía.

La necesidad, la curiosidad, ó ambas fuerzas reunidas, le trajeron del campo á la población, y en vez de Orfeo ha resultado _Momo_.

¡Séalo en hora buena!

Son ya tantos en el mundo los que nos hacen gemir, que aquél que logre aportar al _acerbo_ común un poco de dulzura alegre y comunicativa, será verdaderamente un bienhechor de la humanidad.

_Ecce Momo._"

Á fines de Septiembre del año 1905 se embarcó para la Habana, en donde hizo vida de bohemio amable, bien querido de los hombres de letras y bien recibido en las Redacciones de periódicos, pero constantemente desprovisto de dinero.

Visitó varias poblaciones importantes de Cuba, publicó allá varios trabajos en verso y en prosa, que no se han coleccionado, y falleció en la Capital de aquella república en Marzo de 1911.

No obstante su vida azarosa y descuidada, fué un poeta de gran espontaneidad, de noble pensamiento y de fácil vena cómica.

La siguiente composición es de las más celebradas que escribió:

LA LENGUA CASTELLANA

I

_Á don Manuel Fernández Juncos, mi amigo y maestro._

Virgen de Nazareth, dulce María, al hijo de mi amor clemente ampara.

* * * * *

Así, con triste acento, que aun escucho vibrar en lo recóndito del alma, teniéndome en sus brazos prisionero, y mi rostro bañado con sus lágrimas, la mártir infeliz que me dió vida alzaba su oración. ¡Y su plegaria iba hasta el cielo, envuelta en el ropaje de la armoniosa lengua castellana! * * *

Para civilizar un nuevo mundo, su sangre y su cultura le dió España.

* * * * *

Así, con grave acento, que aun conmueve mi corazón, sonaron las palabras del noble anciano que prestó á mi cuna su decidida y cariñosa guarda, y del severo libro de la historia abrió ante mí las inmortales páginas. ¡Y aquella frase la expresó el anciano en la sonora lengua castellana! * * *

Colono: ese terruño en que has nacido y morirás tal vez, ése es tu patria.

* * * * *

Así, con duro acento, que aun resuena dentro de mí, donde jamás se apaga, me dijo un preceptor; y desde entonces, idolatro la islilla desgraciada, que un sol de fuego con su lumbre alegra, que el mar Caribe con sus ondas baña. ¡Y fué dicha la frase del maestro en la sonora lengua castellana! * * *

Rota ya la cadena del esclavo, reina en el mundo libertad sagrada.

* * * * *

Así, con voz enérgica, que aun vibra en el altar de la conciencia humana, dijeron unos hombres de mi tierra; y, desde entonces, la oprimida raza que fué despojo de la vil codicia, alzó la frente y redimida canta. ¡Y aquellos hombres justos, la sentencia proclamaron en lengua castellana! * * *

No es eterno el sufrir. La fe consuela, y es faro de la vida la esperanza.

* * * * *

Así, con dulce acento, que aun recuerdo, y conmueve mi ser, y llena el alma de indefinible gozo, así me dijo de mis sueños la hurí, la niña casta, que destellos de sol tiene en los ojos, y la bondad angélica en el alma. ¡Y brotó de sus labios la promesa en la divina lengua castellana!

II

Lengua inmortal que hablaron mis abuelos, un bardo triste tu hermosura canta.

* * * * *

Tú me recuerdas el amante arrullo de una madre infeliz; tú de mi infancia evocas el recuerdo; tú revives de mi niñez sin sol vagos fantasmas, mis horas de placer, que fueron cortas, mis horas de dolor, que fueron largas, mi titánica lucha por la vida, mis triunfos breves, mis derrotas vastas. * * *

Lengua inmortal que hablaron mis mayores, tan bella como tú no hay lengua humana.

* * * * *

Por tus frases enérgicas obtuve el hermoso concepto de la patria, y sé por tí que Dios, bondad suprema, sobre los hombres su piedad derrama; y al abrir de la historia el libro inmenso, supe que fueron tuyas las palabras que pronunció Colón, mirando al cielo, al descubrir la tierra americana. * * *

Lengua inmortal, idioma de Cervantes, el colono de ayer tu gloria canta.

* * * * *

Eres raudo torrente. Te despeñas y caes en deslumbrante catarata, llenando de sonidos el espacio y de notas de fuego, que se apagan con ese ritmo vago y misterioso de un suspiro de amor. Sonora y clara, expresas la pasión, y el pensamiento por tí se viste con brillantes galas. * * *

¡Lengua inmortal, tesoro de armonías, honor á tí, del mundo soberana!

* * * * *

Son tuyos el apóstrofe vibrante que hiere como el filo de la espada, y la frase de célica ternura con que forma la virgen su plegaria, y el acento melódico que tiene la dulce voz de la mujer amada, la que rayos de sol lleva en los ojos, nieve en la frente y en los labios grana. * * *

Lengua inmortal, á tu existencia unida por siempre esté mi tierra borincana.

* * * * *

Tronó el cañón, soldados extranjeros aquí pusieron su atrevida planta, y se cumplió una ley inexorable, y su gran infortunio lloró España con la misma amargura y la tristeza, llena de luto y de dolor el alma, que otro gran infortunio lloró un día el último rey moro de Granada....

III

Ese lazo que ayer rompió la fuerza, átalo tú, mi lengua castellana.

* * * * *

Mensajera perenne de concordia, cruza el inmenso mar que nos separa y lleva de la América latina á la nación que puebla nuestra raza, con el pobre cantar del bardo triste, el beso fraternal de nuestras almas, ¡¡que se puede cambiar una bandera, pero los sentimientos no se cambian!!

SALVADOR BRAU

Este poeta, autor dramático, historiador y periodista eminente, nació en el pueblo de Cabo Rojo el día 11 de Enero de 1842. Era su padre natural de Cataluña, y su madre pertenecía á una familia venezolana, de las que emigraron á Puerto Rico durante la guerra de la independencia de aquel país.

Cursó en Cabo Rojo la instrucción primaria y tuvo la fortuna de que fuera su maestro don Ramón Marín, educador inteligente, y entusiasta publicista más tarde, que figura en la presente _Antología_. El talento de Salvador fué despertándose con las acertadas lecciones del maestro, y hacía ya versos y componía discursos á los 16 años.

No era muy holgada la situación económica de sus padres, y Salvador se dedicó al comercio en calidad de dependiente y auxiliar del escritorio, al terminar su instrucción elemental.

La lectura asidua en las horas de descanso y el estímulo de los pocos que entonces triunfaban aquí en el arte literario, fueron influyendo en la mente de Brau, y fomentando en él anhelos de triunfo. Poco más de veinte años contaría cuando emprendió la composición de un drama basado en la revolución de los Comuneros de Castilla, en tiempo del Emperador Carlos V. Terminada esta obra, se hicieron de ella varias representaciones en el teatro de Cabo Rojo, en el de Mayagüez y en algunos otros de la isla, y el joven autor recibió entonces su primer bautismo de aplausos. La obra estaba bien versificada, y estaban escritas con vigor dramático las principales escenas. Si no era un triunfo definitivo, era el indicio de que aquel joven podía dar días de gloria á las letras de su país.

Dió después otras dos obras á la escena, desde Cabo Rojo, tituladas _De la superficie al fondo_ y _La vuelta al hogar_, drama este último de profunda emoción y de escenas vigorosas é interesantes; pero era ya muy estrecho el círculo de aquel pequeño pueblo de la costa para la creciente capacidad literaria de Salvador Brau, y varios amigos suyos le indujeron á trasladarse á San Juan, facilitándole el camino.

Y aquí, en la capital de la isla, llegó á su plenitud el talento literario y político del joven caborrojeño. Ingresó en el periodismo de combate, fué redactor de _El Agente_, de _El Clamor del País_, y de _El Asimilista_; colaboró en _El Buscapié_ y en la _Revista Puertorriqueña_, y en todas estas publicaciones dejó impresa la garra de león de su dialéctica formidable, y de su vigor mental de pensador y de polemista. Luchó siempre en favor de las reformas liberales de su país, demostrando su amor á España, á la que se sentía unido por los lazos de la sangre, del idioma y de la tradición.

Publicó también algunos estudios sociales, libros y folletos, como _Las clases jornaleras_, premiado en un certamen del Ateneo; _La campesina_, _La herencia devota_, y un hermoso ensayo de novela rural, titulado _La pecadora_.

Llevóle de nuevo al teatro su afición á la poesía dramática, y produjo entonces su mejor obra de este género, _Los horrores del triunfo_, una de las más bellas y valientes dramatizaciones de las sangrientas _vísperas sicilianas_.

Dió luego una serie de conferencias sobre historia de Puerto Rico, en las que demostró notable aptitud para los estudios de crítica histórica, y que más tarde reunió en un volumen titulado _Puerto Rico y su Historia_.

Hacia el año 1894 la Diputación Provincial de Puerto Rico, ganosa de contribuir al acopio de materiales autorizados y verídicos para depurar y continuar la historia de su país, comisionó á Salvador Brau para que investigara con este objeto los archivos españoles llamados de Indias, donde existe la riqueza mayor de datos históricos sobre Puerto Rico. Dando cumplimiento á esta comisión permaneció Brau en la capital de Andalucía cuatro años, escogiendo y copiando preciosos manuscritos, hasta que las reformas autonómicas convirtieron la Diputación Provincial en Cámara Insular Legislativa.

Esta permanencia de Brau en aquella rica fuente de historia americana y en aquel fecundo ambiente literario, dióle á su talento una firme orientación hacia la cual había demostrado ya frecuentes inclinaciones. La investigación y la crítica histórica fueron desde entonces sus ocupaciones preferentes.

En 1903, siendo administrador de la Aduana de San Juan, publicó una _Historia de Puerto Rico_ para las escuelas que, compendiada y sencilla, como para uso de niños, es todavía la mejor que hasta ahora se ha escrito acerca de este país. Tres años después publicó la _Historia de los cincuenta primeros años de la conquista y la colonización de Puerto Rico_, patrocinada por el Casino Español de San Juan, y cuando se hallaba ya muy enfermo y paralítico, publicó en un volumen sus poesías líricas con el título de _Hojas Caídas_, en el que figuran sus hermosos poemas _Patria_ y _Mi camposanto_, laureados y juzgados con gran elogio por famosos literatos de España.

Las Cámaras Legislativas de Puerto Rico le nombraron Cronista oficial, con una modesta asignación, que le sirvió para mantenerse, ya valetudinario, en los últimos años de su vida, y falleció el día cinco de Noviembre de 1912.

Su obra como periodista fué noble, magistral y valiente; como poeta dramático figura á la cabeza de los que hasta hoy han cultivado este género en el país; como poeta lírico era correcto, grave, de inspiración robusta y enérgica, por lo que se dijo de él que era la _cuerda de bronce_ de la lira portorriqueña, y como historiador fué justo, severo, muy diligente y escrupuloso en la investigación de la verdad.

Dejó sin publicar una voluminosa compilación de documentos interesantes para la historia de Puerto Rico.

Sus amigos y admiradores tratan de erigir un monumento que honre y perpetúe la memoria de este ingenio meritísimo ante las generaciones venideras.

¡PATRIA!

Las leyes de las sociedades humanas sólo pueden establecerse ajustándolas á la Naturaleza.

BERNARDINO DE SAINT-PIERRE.

¡Bien lo recuerdo, sí, que en mi memoria, cuanto agravio mayor la edad agrega más viva alienta mi infantil historia!

Así como en la ruina solariega arraiga más tenaz la parietaria á medida que el muro se disgrega.

Transida como débil procelaria, el alma busca puerto sosegado donde calmar la agitación voltaria,

y del nido en el soto abandonado al respirar de nuevo la terneza, palpita el corazón vigorizado.

Cuando á merced de lánguida tristeza, en labor incansable, el pensamiento, revive de aquel nido la belleza, del labio paternal el puro acento paréceme que vibra en mis oídos como los ayes hondos de un lamento.

--"¡Patria!--escucho decir á esos gemidos-- "Siento helarse la sangre de mis venas, "de tu sol sin los rayos bendecidos."

"¡Patria, que el alma con tu nombre llenas, "dame que vuelva á tu región hermosa "á cavar mi sepulcro en tus arenas!"

Y, á compás de esa queja dolorosa, el llanto resbalaba en su mejilla salpicando mi frente candorosa.

Movido el sentimiento á maravilla, --¿Qué es Patria, padre, que llorar te hace? del labio inquiere la expresión sencilla:

y un suspiro y un beso, en dulce enlace, aun siguen repitiendo en mi conciencia: --"¡Hijo, Patria es la tierra en que se nace--!"

* * * * *

La flor primaveral de mi inocencia estivo rayo marchitó inclemente, y me llamó al combate la existencia.

Entusiasta ambición quema mi frente; la libertad mis sueños engalana; bríndame la razón su luz potente.

Amor de Patria mi sentir afana. Patria reclamo; y una voz severa, mostrándome en ceñuda barbacana

el oro y gules de triunfal señera, --"¿Patria buscas?--me dice--Es el derecho, y su símbolo guarda esa bandera."

Al recuerdo filial deja maltrecho de la docente fórmula el mandato, y el áspid de la duda muerde el pecho.

De la enseñanza la expresión acato; mas si es la Patria el pabellón glorioso, ¿por qué de la nostalgia el hielo ingrato,

trayendo á la memoria el lar dichoso, al noble ser que me infundió la vida arrancaba un quejido fatigoso?

¿Por qué volver el ánima afligida al espejismo de nativa aldea, ya del regreso la ilusión perdida,

si esa bandera que en el aire ondea todo el perfume de la Patria vierte, y es Patria igual la tierra que sombrea?

¿Á qué rendir, medroso, el pecho fuerte del anciano colono sin ventura, la visión espantable de la muerte

que ofrece tierra extraña á su envoltura, si ha de amparar la Patria los despojos cubriendo el pabellón la sepultura?

¡Cuanto de luz más ávidos antojos agitan el cerebro en lucha interna, más crecen del problema los enojos!

¿Pudo acaso mentir la voz paterna...? ¿Patria es la tierra donde nace el hombre, ó el régimen no más que le gobierna...?

* * * * *

¡Necio...! ¿No quieres que el error te asombre --murmura en el espacio nuevo acento-- y así reduces la extensión de un nombre?

¿Por qué atar á una roca el pensamiento, si al dar vida el Creador á la criatura le trazó todo el orbe por asiento?

¡Sublime tradición...! No en noche obscura se ocultó su destello, revelado de materna piedad por la dulzura.

¡Padre...! ¡el soplo vital de lo creado! ¡Humana raza...! ¡fraternal familia! ¡Patria...! ¡el planeta con sudor regado!

Mas si en esa trilogía se concilia del humano consorcio el mecanismo, ¿cómo el coraje sanguinoso auxilia

la aspiración fatal del egoísmo, que en fragmentos la tierra subdivide y abre para arrojarlos hondo abismo?

Si la extensión de Patria el globo mide, ¿por qué al estruendo del clarín de guerra que, en nombre del honor, ¡Venganza! pide,

por el imperio de un girón de tierra odio y saña despliegan los humanos como los tigres que la Hircania encierra?

¡Derecho...! ¡Humanidad! Conceptos vanos no entrañan esos nombres luminosos, de la historia social en los arcanos.

Multiplica sus frutos provechosos de la higuera de Adán la cepa erguida que halló en un tallo gérmenes copiosos;

pero borrad las cuencas en que anida, quitad la tierra donde el tallo crece: si no arraiga la planta, ¿tendrá vida?

Al hombre el Hacedor el globo ofrece, mas también dió al león la selva obscura, y su grito el Moncayo no estremece.

Al ananás el trópico madura, en el mar la madrépora vegeta, tiñe el liquen los Alpes de verdura,

y, en la vital corriente del planeta, cada zona su fuerza circunscribe á la cósmica ley que la sujeta.

La humanidad el límite proscribe; mas, por mucho que extienda su ramaje, de un tronco el árbol médula recibe.

Bajo albergue de rústico atalaje que el dulce rayo del amor caldea, se agrupa con sus hijos el salvaje.

Cuanto el circuito del hogar rodea, el bruto, el vegetal, la dura roca, todo avasalla provechosa idea.

El brazo empeño colosal provoca, ley augusta el combate santifica, la voluntad obstáculos sofoca,

el dominio sus lindes amplifica, y con la actividad del señorío de tal modo el señor se identifica,

que llama suyos el volcán bravío del mugidor torrente la cascada, el confuso rumor del bosque umbrío,

ambiente, nube, flor embalsamada, lujosa esplendidez del firmamento, del sol la omnipotente llamarada,

y con el trueno de huracán violento enlaza el beso plácido del hijo y el afán de su propio pensamiento.

Así de Patria la noción, colijo que germinó del hombre en la conciencia á los embates de luchar prolijo.

Esa es la Patria: terrenal esencia que infunde las primeras sensaciones al dar jugo inicial á la existencia.

No de un predio la acotan los rincones, que su potencia misteriosa aduna, de raza con las viejas tradiciones,

los fantásticos sueños de la cuna, y, á su nombre, en el ánimo encadena la ciega veleidad de la fortuna,

ambición y poder, ventura y pena, del amor el purísimo embeleso, de la mente y el brazo la faena,

necesidad, evolución, progreso, altar, familia, leyes, sepultura... ¡de la humana labor todo el proceso!

¡Así la Patria en la razón fulgura! Guardada en opulento relicario, culto recibe de filial ternura.

Si al solemne reposo del santuario osa llegar, con mano arrasadora, de usurpación el ímpetu nefario,

estalla el pecho en furia aterradora, y como fiera que en letal demencia, su prole por salvar, ruge y devora,

se exalta del patriota la vehemencia, y oro y goces y sangre sacrifica ante el ara de augusta independencia.

No el concepto preciado se duplica de profusa oblación en el incienso: con la tierra el derecho se complica,

como del cosmos en el giro inmenso, el providente espíritu destella del organismo físico en lo intenso.

Guarda el terruño el hierro que lo huella, alientan en la flor tinte y perfume, y es la atmósfera vida de la estrella.

* * * * *

¿Qué escucho murmurar...? ¿Que no resume tierra y derecho, la excepción ingrata que al suelo patrio la colonia asume?

Esa objeción que el círculo dilata, muéveme á recordar la herida artera que la nostalgia paternal desata.

Por eso niega mi razón austera que de Patria el exacto simbolismo se encierre en el blasón de una bandera.

Surca la nave proceloso abismo, en el mástil llevando el oriflama que fronteras señala al patriotismo:

en convulsión sañuda el ponto brama, sacude el viento la gallarda entena, surca el espacio sulfurosa llama,

y, al fin, halla el bajel tumba de arena. La tempestad que la bandera abate, el confín de la Patria no cercena;

Mas si, de guerra al bárbaro acicate, del terruño un fragmento se desprende, botín ó represalia de combate,

por más que, ileso el pabellón, extiende en derredor su sombra bendecida, rayos de indignación el pecho enciende,

al ver la Patria desmembrada, herida, como raudo condor, que, el ala rota, se precipita en fúnebre caída.

Puede el ardor febril que al hombre azota, esa insignia que en timbres resplandece triunfante desplegar en tierra ignota.

Con la conquista la heredad acrece; pero al efluvio de la tierra extraña no el nativo abolengo palidece: