Antología portorriqueña: Prosa y verso

Part 12

Chapter 123,801 wordsPublic domain

Entornó suavemente la puerta de la entrada y se encontró en el arroyo. Nadie transitaba aún por las calles de la ciudad dormida. Aquella soledad augusta en plena alborada tuvo para él encantos seductores, complaciéndose en mirar descaradamente el rostro soñoliento de las casas, cuyas puertas aún cerradas parecían grandes párpados caídos bajo la enorme pesadumbre de un buen sueño matutino.

Subió por la calle de la Tanca hasta la plazuela de San Francisco. Allí se detuvo breves instantes mirando irresoluto la sucia fachada de la Iglesia, que la tranquilidad exquisita de la hora semeja presentar en toda la desnudez de su fea y pobre arquitectura.

En aquel fondo de color de rosa denegrido por la intemperie se abría una ancha boca negra con trasuntos de puerta cochera. Aníbal en el afán de hallar consuelo para su triste pecho, dudó un poco si entrar en la iglesia, echarse ante el ara y buscar en el aniquilamiento de todo su ser moral la fe, aquella fe hermosísima que ya empezaba á abandonarle, dejándole expuesto, inerme y sin auxilio, á los fieros embates de la duda.

Miró al cielo, y aquella diafanidad incomparable le sedujo por completo. Determinó entonces no entrar en la iglesia y correr á la ventura, sumergido en la luz blanquecina del crepúsculo. Su fe poderosa le llevaba hacia Dios, pero á su corazón de artista repugnaba buscarle en aquel templo sombrío, donde por todas partes se veía la mano del hombre, sin que se transparentara en el más mínimo detalle la augusta majestad del cielo. Sí, en el espacio sin límites, en aquellos hermosos horizontes de una serenidad incomparable, él comprendería mejor la grandeza divina. Entonces, y como temeroso de un arrepentimiento tardío, echó á andar muy de prisa por la calle de San Francisco hasta la Plaza de Armas, que solitaria parecía dormitar aún arrullada por los ecos de la última retreta. Las cuatro dieron en el reloj del Municipio. Aníbal siempre de prisa dobló por la calle de San José arriba. Sus pasos resonaban sobre el macadán de la acera con golpes secos que retumbaban como el de un martillo en la estrecha galería de un cementerio.

La catedral á la izquierda solicitó su espíritu, mas alzó de nuevo sus ojos y aquella cúpula negra, de una negrura mate, y aquella torrecilla recortada bruscamente como para impedir que llegase al cielo, le hicieron una impresión terrible, determinándolo á seguir adelante. Continuó, pues, hallándose luego en la esquina de la calle de San Sebastián, en la que ya comenzaba á notarse un átomo de vida. Se detuvo otra vez. Á la derecha el Mercado empezaba á animarse. Algunos caballos cargados de frutas y legumbres se hallaban agrupados entre los dos pabellones, frente á la puerta del centro. El arroyo aparecía sembrado aquí y allá de hojas de hortaliza, frutos podridos y recortaduras variadísimas.

Aníbal siguió andando hacia la izquierda, hallándose por último en la Plazuela de San José cuyos árboles, retorcidos los unos, parecían viejos decrépitos; estirados y flacos los otros, semejaban niños enfermos. Bordeó la Audiencia y enfiló por la calle del Cristo, encontrándose á poco en la cuesta del Cementerio, por la que empezó á descender lentamente. Aquella rampa lisa é inclinada, de una tristeza profunda, parecía llevarle á algo desconocido que tenía su comienzo un poco más allá, en aquella bóveda obscura que se abría debajo del verdor húmedo del césped, como para indicar al que por ella entraba el abandono irremediable de toda esperanza. Tuvo que hacer sobre sí un poderoso esfuerzo para no seguir descendiendo. El abismo le atraía con su quietud misteriosa. Desvióse hacia la izquierda y empezó á caminar sobre el menudo césped. El castillo del Morro pintado de blanco recortaba en la limpidez del cielo las líneas rectas de sus troneras, la torre del vigía, el faro con sus barandas de hierro y sus reflejos metálicos, y por último el semáforo de náutico atalage.

Andando así, lentamente, sintiendo crugir bajo sus plantas la hierba húmeda aún por el rocío de la mañana, llego Aníbal á la izquierda del castillo, entrando en un pequeño reducto que--como un cenador--se desprende de uno de los muros del foso y avanza hasta inclinarse sobre la vegetación bravía de la playa. Una vez allí á solas consigo mismo, frente á frente de aquel malestar indefinible, se sentó tristemente sobre el parapeto, dando la espalda á la boca del Morro. Dolor agudísimo le torturaba sin descanso. El hundimiento de sus plácidos amores había venido á sorprenderle sin misericordia, dejando en el fondo de su alma una amargura insoportable. Él vivía confiado, sin presentimiento alguno, y hé aquí que de súbito se le presentaba, anonadándole bajo su gravedad de plomo, aquel horrendo infortunio. Tendió su mirada y pudo descansar un momento en la contemplación de aquel hermoso panorama. Frente por frente y allá en último término, avanzando hasta sumergirse atrevidas en las ondas del mar, las Cabezas de San Juan, cuyas verdes cabelleras se destacaban, sobre el azul pálido del agua; un poco más acá y recortando siempre la tierra, algo sin nombre que avanzaba también hasta formar con las Cabezas un pequeño golfo á cuya entrada vió Aníbal el islote de los Pájaros. Después hasta el cementerio la costa acantilada con sus enormes rompientes y sus quejidos interminables. El Tiro al blanco sobresalía en un ángulo de la muralla que, inconmovible y dura, ahoga la ciudad con su dogal de piedra. El Castillo de San Cristóbal manchaba de rosa el tono lúteo de las fortificaciones. Más abajo y bebiendo casi el agua salada del mar, el Matadero; después, un gran claro de vegetación escasa y raquítica, é intramuros la parte N. E. de la ciudad, dominada por el Parque de Artillería, la iglesia de San José, el Cuartel Nuevo y la Beneficencia, en primer término. Á la izquierda la inmensidad de las aguas con su rumor eterno, y arriba el cielo, de una pureza inmaculada.

Cuando Aníbal se hubo dado cuenta de tanta hermosura, se levantó y avanzando hasta el parapeto, inclinó el busto como si buscase en aquel rincón del mundo nuevas bellezas que admirar. Entonces sus ojos tropezaron con un ángulo del cementerio, que la ciudad de los vivos parecía haber arrojado de su seno colocándole extramuros para después anegarle en las profundidades del abismo. Á aquella hora nadie transitaba aún por las tristes avenidas, pareciendo que los muertos, como los vivos, encontraban cierta voluptuosidad exquisita en dormir arrullados por las frescas brisas de la mañana. En el centro, la capilla elevaba su cúpula obscura, pudiendo verse á la derecha la angosta galería, y á la izquierda, entre la calle central y la habitación del sacerdote, varias tumbas con sus estatuas de mármol en actitud doliente, y sus verjas de hierro guarnecidas de flores marchitas. Calor tibio parecía levantarse de aquel suelo en continuo trabajo de renovación, sintiéndose ese olor indefinible, repulsivo, mezcla extraña de vapores humanos, aromas insípidos de flores mustias y vahos fríos de tierra humedecida. Aquel silencio de muerte volvió á despertar en su memoria la cruel idea de su infortunio. Él se veía abandonado como aquellos seres que allí dormían eternamente, pero con abandono más triste y despiadado. Vivo, hallábase condenado á pasear sin rebeliones el cadáver de su alma. ¿Por qué no morir por completo como los otros, y acostarse allí y dormir ese sueño perdurable llamado la muerte? Y suspiró profundamente, anhelando la hora del eterno descanso...

MANUEL PADILLA DÁVILA

Fué el cantor de las cosas apacibles, de las ideas melancólicas, de los afectos tiernos y de las purezas del alma. Sin ser un místico en la acepción más propia de esta palabra, era el que mejor sentía y expresaba las dulzuras de la fe entre todos los poetas de su tiempo.

Nació en Toa Baja, el año 1847. Niño aún, fué á vivir con su familia á Vega Baja, donde cursó las asignaturas de la enseñanza elemental, y estudió Matemáticas en las cátedras de esta ciencia que sostenía en San Juan la Sociedad económica de amigos del país. Graduado de agrimensor, volvió á su villa natal en donde se instruyó en el arte poético con el trato frecuente de su ilustre tio el doctor Padilla.

Á la edad de 18 años escribía ya versos muy delicados y armoniosos á las flores, á las mariposas, á las avecillas canoras y de gracioso plumaje, al amanecer y á todo lo que producía gratas impresiones en su alma seráfica y sencilla. Después, cuando le hirieron las espinas de la realidad, lloró poéticamente, con ternura exquisita, mirando hacia el cielo de donde lo esperaba todo.

Dotado de sensibilidad extraordinaria, se entristecía y se alegraba con facilidad suma, según sus impresiones de momento. En sus penas y desengaños solía sufrir rápidos eclipses de la esperanza, pero nunca de la fe. Era un creyente sincero, y en sus composiciones de carácter religioso alcanzaba con frecuencia mayor elevación poética que en las mundanas.

Su estilo, por lo general, era sencillo, claro y candoroso; su versificación esmerada, y sus pensamientos de una intachable pulcritud. Sus versos eran especialmente leídos y estimados entre las damas.

Fué laureado en un certamen del Ateneo Portorriqueño, y obtuvo el primer premio de _Fe_ en un brillante concurso de Juegos Florales, celebrado en San Juan.

Falleció en 31 de Octubre de 1898 cuando el pleno desarrollo y madurez de sus facultades hacía esperar de él otros brillantes triunfos.

Dejó manuscrito un libro que contiene sus poesías, y á él pertenecen las que se insertan á continuación:

LA FLOR DE LA ESPERANZA

--Mariposa gentil de la pradera, Linda ramilletera, Tu cestillo ¿qué flores atesora?

--Las que ofrece la dulce Primavera, Y esmalta placentera Con sus líquidas perlas el Aurora.

--¿Llevarás por ventura entre esas flores Una cuyos primores Ninguna flor á poseer alcanza?

--Dadme de ella más claros pormenores. --Es símbolo de amores... Y se llama "La flor de la Esperanza."

--¡Ay, señor! En el campo de mi vida Brotó esa flor querida Para encanto y placer de mi existencia;

Mas un insecto en hora maldecida Con maldad fementida Le dió la muerte por libar la esencia.

--Yo también, infeliz ramilletera, De distinta manera Perdí esa flor que lloro todavía,

Y en vano al retomar la Primavera Busco por dondequiera La hermosa flor de la esperanza mía.

SURSUM CORDA

Verdinegras montañas, Sierras azules, Donde agitan las nieblas Sus blancos tules; Colinas pintorescas, Undosas faldas, Donde la luz acopia Sus esmeraldas; Llanura que en las costas Del mar te pierdes, Al soplo de las brisas En ondas verdes, ¡Ah! cuando os veo, Santa fe me reanima Y en mi Dios creo.

Fuente, donde la luna Sus rayos quiebra Y el aura sus amores Grata celebra; Sierpe de acero y plata Sonante río, Manantial que no corres, Lago sombrío; Mar donde el pensamiento Libre campea, Y el numen se agiganta Y el alma ojea, ¡Ah! cuando os miro Siempre de Dios me acuerdo Y á Dios admiro.

Gruta, bóveda agreste Y hospitalaria, Donde tiende su manto La parietaria: Gruta, mansión un tiempo De algas marinas, Y hoy morada de abejas Y golondrinas, Tú eres el templo augusto Donde mi alma Al Eterno sus preces Eleva en calma, Tú el santo abrigo Donde ante Dios me postro Y á Dios bendigo.

Sol, lámpara divina, Siempre brillando, Ilumina mi templo Que estoy orando; Pájaros de la selva, Vuestras canciones Armonicen y lleven Mis oraciones; Y tú, mar, impetuoso, Bravo elemento, El rumor de tus olas Une á mi acento, Y en tus mareas Dile á mi Dios conmigo: "¡Bendito seas!"

FRANCISCO GONZALO MARÍN

Fué un poeta malogrado, como Francisco Álvarez; ambos murieron casi á la misma edad.

Marín nació en Arecibo, el día 9 de Marzo de 1863. Cuando apenas había terminado su instrucción primaria, se lanzó á la lucha política del periodismo, fundando un pequeño semanario, con el título de _El Postillón_, que hubo de chocar pronto con la censura de imprenta y aún con los tribunales de aquel tiempo. Emigró entonces Marín á Santo Domingo, y allí se encontró con una situación más restrictiva y dura que la de Puerto Rico. El Presidente _Lilí_ extremaba igualmente su tiranía contra los dominicanos y los extranjeros que no se sometían á su autoritaria voluntad. Desterrado de la República dominicana, dió en Venezuela, de donde el general Andueza Palacio le desterró también, á mediados del año 1890.

De allí volvió á Puerto Rico, se avecindó en Ponce, y reanudó sus tareas de periodista en _El Postillón_ redivivo, que sucumbió el año siguiente, á fuerza de multas, procesos y suspensiones.

Á fines del año 1891 se hallaba Marín en Nueva York, colaborando en el periódico separatista _Gaceta de Puerto Rico_, dirigido por el Señor Vélez Alvarado. Fué durante algún tiempo secretario del Club Borinquen, establecido en aquella ciudad, y publicó entonces su primera colección de versos con el título de _Romances_, á la cual pertenecen las composiciones que se insertan al final de estas líneas.

Sus biógrafos suelen aplicarle el calificativo de bohemio, quizá por lo que tenía de ambulante; pero su peregrinación no era voluntaria, sino más bien consecuencia de su temperamento batallador y de su espíritu revolucionario. Su inquietud tenía mucho de rebeldía. Las obras que publicó revelan talento é inspiración poética. Sentía, pensaba y sabía expresar sus ideas con cierta elegancia y energía, pero en él superó siempre el hombre de acción al hombre de pensamiento, y manejaba mejor el rifle y el machete que la pluma.

Su poesía es, sin embargo, espontánea, y se revela en ella sin esfuerzo su corazón y su carácter.

Hallándose en la gran metrópoli comercial americana tuvo noticia de que había muerto su hermano Wenceslao, teniente de caballería en el ejército cubano en campaña, y quiso suplir á aquél, peleando por la libertad de Cuba. Se agregó á la expedición del Dr. Rafael Cabrera, en Agosto de 1896, y en Octubre del mismo año figuraba como sargento en la escolta de Máximo Gómez, desempeñando el cargo de Secretario auxiliar del Despacho.

La vida azarosa de los combates y lo insalubre de las lagunas y los terrenos pantanosos que con frecuencia tenía que recorrer, le produjeron unas fiebres rebeldes. Tres soldados fuertes recibieron el encargo de conducirle á una zona libre de peligros, en donde pudiera curarse; pero arreciaba la fiebre de Marín, no podían pasar la Trocha sino después de un larguísimo rodeo, y decidieron dejarle provisionalmente en una espesura del bosque, para volver luego con más fuerzas y medios de seguridad para salvarle.

Parece que los accidentes imprevistos de la guerra alejaron á los compañeros de Marín de aquel sitio más de lo que ellos habían pensado, y la enfermedad aniquiló pronto al pobre guerrillero. Un mes más tarde, cuando aquéllos lograron volver junto á la ciénega de Turiguanó, donde había quedado Marín, sólo encontraron en la hamaca el esqueleto de nuestro infeliz poeta, abrazado á un fusil....

Ocurría esto en Noviembre del año 1897.

Las dos siguientes composiciones suyas pueden dar idea de la inspiración poética del autor, en los dos estados de ánimo que eran en él más frecuentes:

MARIPOSAS

I

La pléyade fugaz de alas de oro surgió de pronto en la callada alcoba, Y mi madre me dijo: --No te asustes, son bellas, y se llaman mariposas. Donde hay amor, perfumes, alegría, besos, arrullos, esperanzas, notas... Donde tiene su trono la inocencia, altar el bien, la dicha sinagoga; donde hay _luz_, y cariños, y poesía; donde no existe un átomo de _sombra_, allí van á formar, amado mío, nido de luz las raudas mariposas.

II

Cuando me encorve el peso de los años, cuando la senda del dolor recorra y, cansado viajero, sin un triunfo me tienda á descansar sobre una fosa, ¡quiera Dios que en la noche de mi cráneo, así como en el hueco de la alcoba, vengan á fabricar, madre del alma, nido de luz las bellas mariposas!

EL RUISEÑOR

I

Yo aplaudo al ruiseñor cuando á la hora en que despierta perezosa el Alba, él vierte trinos, de alborozo llenos, como la aurora lágrimas.

Yo aplaudo al ruiseñor al medio día porque, de árbol en árbol cuando salta, quema, creyente, en el altar de Febo no incienso, alas...

Yo aplaudo al ruiseñor cuando á la Tarde --su novia--ofrece quejumbrosa cántiga, y le aplaudo también cuando á la Noche entona una plegaria...

II

Mas si alevoso huésped, por codicia, del recinto selvático le arranca para dejarle prisionero alado dentro la odiosa jaula;

El pobre ruiseñor cierra su pico, enfermo pliega las oscuras alas, y, romper no pudiendo sus cadenas, muere de rabia...

Entonces ¡oh! no sólo del aplauso agito yo las palmas, sino que, noble, sin igual y altiva, doy forma á esta pregunta temeraria: ¿Por qué los pueblos que aherreojó el tirano también no aprenden á morir de rabia?

JOSÉ MERCADO

(Momo)

Nació en Caguas, el día 7 de Octubre del año 1863. Fué bautizado en aquella parroquia con el nombre de José Ramón, y era hijo natural de Ramona Mercado.

De su niñez se sabe solamente que fué poco tiempo á la escuela, y que á los doce años servía como dependiente y mandadero en una tienda de comestibles de don Eusebio Santa, en dicha población.

Con motivo de unas fiestas reales que allí se celebraron en aquel tiempo, se convocó á los trovadores populares para que acudiesen á improvisar décimas ante un jurado, ofreciendo un premio al vencedor. El niño Mercado pidió permiso al dueño de la tienda para acudir á la justa poética, llegó ante el jurado, cantó, y obtuvo el premio entre todos los trovadores del concurso.

Vivió después en el pueblo de Cayey, dedicado probablemente á ocupaciones análogas á las que solía desempeñar en Caguas, y cuando se hallaba ya en plena juventud, vino á San Juan.

Lo más interesante de la vida de Mercado desde esta fecha lo relató hace años en forma ligera el autor de las presentes líneas, en una especie de semblanza que sirve de prólogo á la colección de poesías de aquél, titulada _Virutas_, y dice así:

"En mi ya larga vida de tropezones literarios, no he tropezado hasta ahora con un autor más original que el de este libro.

_Momo_ es la originalidad misma. No se parece á nadie física, moral ni literariamente. No se sabe dónde, cuándo ni cómo aprendió á escribir versos; tampoco se sabe cuándo, ni en donde los escribe, y á estas horas, en que _Momo_ es ya una personalidad literaria hecha y derecha, todavía son muy contadas las personas que aquí tienen noticias de cómo, cuándo y de dónde vino Momo á esta ciudad. Yo mismo, que solía tener al dedillo, en tiempos atrás, los antecedentes de mis compañeros de letras, encuentro bien poca cosa que decir acerca del advenimiento, aprendizaje y formación de este poeta singular.

Allá por los años de 1891 se publicaba aquí un periódico, del cual eran redactores varios catedráticos del Instituto. Lo editaba el Sr. Anfosso, y lo empaquetaba y rotulaba para los suscriptores un jovencito pelirrojo, risueño, vivaracho, de fisonomía simpática é inteligente, y de mirada interrogativa y sagaz.

Adolecía por lo general el periódico aquel de cierto dogmatismo empalagoso, y el lenguaje de sus artículos era casi siempre almidonado y tieso, con más atavíos de retórica que ingenio y originalidad. Pero afortunadamente, los catedráticos se distraían con frecuencia, no volvían á la Redacción después de almuerzo, y á la hora de terminar el periódico no había originales suficientes. Corría entonces la noticia por el taller, se producía un sordo rumor de colmena mezclado con tal cual escape de risa, continuaba después el trabajo de los tipógrafos, y el periódico salía completo, á su hora y sin dificultad.

Luego se fué notando que las ediciones del periódico en que ocurría lo que acabo de relatar, eran las únicas en que había algo bueno y sabroso que leer.

Y... lo que pasa. La gente que leía y saboreaba aquellos versos epigramáticos y aquellas sabrosas noticias, quiso averiguar de quién eran. Nada se puso en claro por de pronto, y esto avivó más y más el deseo de la averiguación; pero de sospecha en sospecha, y de indicio en indicio, llegó, por fin, á saberse que el autor de los epigramas picantes y de las regocijadas gacetillas era... el mismísimo diablillo rojo que rotulaba las fajas para el correo en la oficina del periódico.

La curiosidad frívola frecuentó con cierta asiduidad, en aquellos meses, la Redacción y la Administración de _La Balanza,_ que éste era el nombre del periódico indicado; pero sólo consiguió saber que el chico era de carne y hueso, que había venido de Cayey, que tenía buen humor, que fumaba puro y que sabía leer y escribir.

Más tarde, un repartidor de cédulas de vecindad llegó á saber que nuestro incógnito se llamaba José Mercado.

¡Mercado! Este apellido sonaba mal en aquella época, en que se había establecido ya la cotización de las conciencias políticas, y no se podía pronunciar en alta voz sin que alguno se diese por aludido.

El chico lo conoció bien pronto, á fuer de avisado y perspicaz, y empezó á desligarse del apellido, hasta que prescindió de él por completo.

--Este, más que apellido--dijo Mercado para sí--es un apóstrofe oblicuo, que diría el catedrático de Retórica... Sacrifiquémoslo, para evitar disgustos innecesarios.

Y tomó de ese apellido el principio y el fin, ó sea la primera y la última letra, y repitiéndolas en una sola palabra formó el seudónimo por el cual le conocemos desde entonces, y que es también el nombre del dios mitológico de la Risa.

No tardó mucho en hacerse popular el seudónimo, y desde ese mismo instante empezó _Momo_ á padecer.

En cuanto se supo que hacía versos fáciles y graciosos no hubo en la ciudad sereno, cartero, alguacil, campanero, ó repartidor de periódicos que no le encargase versos, para pedir el aguinaldo.

Y tras de éstas, llegaron otras peticiones, atraídas por la eficacia de la propaganda.

--¿Quién te _sacó_ esos versos tan bonitos?

--_Momo._

--¿No te _quitó_ nada por sacarlos?

--No.

--Pues me tiene que sacar otros á mí.

Y allá fué medio mundo, á sacarle á _Momo_ los ojos, para que él le sacara versos.

Las compañías de zarzuelas le encargaban todas las seguidillas, peteneras y coplas alusivas y picantes de la temporada; no hubo ya pedidor de aguinaldo que no le pidiera versos graciosos, ni álbum que no llegara donde él en demanda de alguna chistosa redondilla.

También acudieron á _Momo_ las cofradías en busca de poesías místicas. ¿Tenía gracia el nuevo poeta? ¿Eran leídos con avidez sus versos? ¿se reían las gentes con ellos, y por todas partes los repetían y los saboreaban con deleite? Pues que le saque unas décimas á las cinco llagas, que componga un villancico para los Santos Reyes, ó que haga un soneto acróstico para el Ángel Gabriel.

Complaciente y bondadoso como Dios lo hizo, apechugaba _Momo_ con estos encargos, y _sacaba_ versos de aquella enmarañada y varonil cabeza, como quien saca agua de un pozo manantial.

Y ahora pregunto:

¿Deben atribuirse á esta tremenda gimnasia, los evidentes progresos de _Momo_ en el arte de la versificación?

Yo, por lo menos, me inclino á creer que esto ha debido contribuir en gran parte al desarrollo de sus excelentes disposiciones para el cultivo de la poesía lírica. Lo cierto del caso es que _Momo_ versifica ahora con admirable facilidad, que maneja bien la rima y que su dicción iguala en espontaneidad y soltura á la del mejor de los poetas portorriqueños.