Antología de prosistas castellanos
Part 26
Con más lentitud se procedió en la construcción de las baterías, por falta de ingeniero que dirigiese la obra. Sólo había uno, que era don Antonio San Genis, y éste había sido el 15 llevado a la cárcel por los paisanos, que le conceptuaban sospechoso, habiendo notado que reconocía las puertas y la ronda de la ciudad. Ignoróse su suerte en medio de la confusión, pelea y agitación de aquel día y noche, y sólo se le puso en libertad, por orden de Calvo de Rozas, en la mañana del 16. Sin tardanza trazó San Genis atinadamente varias obras de fortificación, esmerándose en el buen desempeño, y ayudado, en lugar de otros ingenieros, por los hermanos Tabuenca, arquitectos de la ciudad. Pintan estos pormenores, y por eso no son de más, la situación de los zaragozanos, y lo apurados y escasos que estaban de recursos y de hombres inteligentes en los ramos entonces más necesarios.
Los franceses, atónitos con lo ocurrido el 15, juzgaron imprudente empeñarse en nuevos ataques antes de recibir de Pamplona mayores fuerzas, con artillería de sitio, morteros y municiones correspondientes. Mientras que llegaba el socorro, queriendo Lefebvre probar la vía de la negociación, intimó el 17 que a no venir a partido pasaría a cuchillo a los habitantes cuando entrase en la ciudad. Contestósele dignamente, y se prosiguió con mayor empeño en prepararse a la defensa.
El general Palafox, en tanto, vista la decisión que habían tomado los zaragozanos de resistir a todo trance al enemigo, trató de hostigarle y llamar a otra parte su atención. Unido al barón de Versages, contaba con una división de 6.000 hombres y cuatro piezas de artillería. El 21 de junio pasó en Almunia reseña de su tropa, y el 23 marchó sobre Epila. En aquella villa hubo jefes que notando el poco concierto de su tropa, por lo común allegadiza, opinaron ser conveniente retirarse a Valencia y no empeorar con una derrota la suerte de Zaragoza. Palafox, asistido de admirable presencia de ánimo, congregó su gente, y delante de las filas, exhortando a todos a cumplir con el duro, pero honroso deber que la Patria les imponía, añadió que eran dueños de alejarse libremente aquellos a quienes no animase la conveniente fortaleza para seguir por el estrecho y penoso sendero de la virtud y de la gloria, o que tachasen de temeraria su empresa. Respondióse a su voz con universales clamores de aprobación, y ninguno osó desamparar sus banderas. De tamaña importancia es en los casos arduos la entera y determinada voluntad de un caudillo.
Seguro de sus soldados, hizo propósito Palafox de avanzar la mañana siguiente a la Muela, tres leguas de Zaragoza, queriendo coger a los franceses entre su fuerza y aquella ciudad. Pero barruntando éstos su movimiento, se le anticiparon y acometieron a su ejército en Epila a las nueve de la noche, hora desusada, y en la que dieron de sobresalto e impensadamente sobre los nuestros por haber sorprendido y hecho prisionera una avanzada, y también por el descuido con que todavía andaban nuestras inexpertas tropas. Trabóse la refriega, que fué empeñada y reñida. Como los españoles se vieron sobrecogidos, no hubo orden premeditado de batalla, y los cuerpos se colocaron según pudo cada uno en medio de la obscuridad. La artillería, dirigida por el muy inteligente oficial don Ignacio López, se señaló en aquella jornada, y algunos regimientos se mantuvieron firmes hasta por la mañana, que sin precipitación tomaron la vuelta de Calatayud. En su número se contaba el de Fernando VII, que aunque nuevo, sostuvo el fuego por espacio de seis horas, como si se compusiera de soldados veteranos. También hombres sueltos de guardias españolas defendieron largo rato una batería de las más importantes. Disputaron, pues, unos y otros el terreno a punto de que los franceses no los incomodaron en la retirada.
Palafox, convencido no obstante de que no era dado con tropas bisoñas combatir ventajosamente en campo raso, y de que sería más útil su ayuda dentro de Zaragoza, determinó, superando obstáculos, meterse con los suyos en aquella ciudad, por lo que, después de haberse rehecho, y dejando en Calatayud un depósito al mando del barón de Versages, dividió su corta tropa en dos pequeños trozos; encargó el uno a su hermano don Francisco, y acaudillando en persona el otro, volvió el 2 de julio a pisar el suelo zaragozano.
Ya había allí acudido días antes su otro hermano el marqués de Lazán, que era el gobernador, con varios oficiales, a instancias y por aviso del intendente Calvo de Rozas. Deseaba éste un arrimo para robustecer aun más sus acertadas providencias, acordar otras, comprometer en la defensa a las personas de distinción que no lo estuviesen todavía, imponer respeto a la muchedumbre, congregando una reunión escogida y numerosa, y afirmarla en su resolución por medio de un público y solemne juramento. Para ello convocó el 25 de junio una Junta general de las principales corporaciones e individuos de todas clases, presidida por el marqués de Lazán. En su seno expuso brevemente Calvo de Rozas el estado en que la ciudad se hallaba, y cuáles eran sus recursos, y excitó a los concurrentes a coadyuvar con sus luces y patriótico celo al sostenimiento de la causa común. Conformes todos, aprobaron lo antes obrado, se confirmaron en su propósito de vencer o morir, y resolvieron que el 26 los vecinos, soldados, oficiales y paisanos armados, prestarían en calles y plazas, en baterías y puertas, un público y majestuoso juramento.
Amaneció aquel día, y a una hora señalada de la tarde se pobló el aire de un grito asombroso y unánime «de que los defensores de Zaragoza, juntos y separados, derramarían hasta la última gota de su sangre por su religión, su rey y sus hogares».
NOTA
[628] _Annales d’Espagne et de Portugal_, par don Juan Alvarez de Colmenar, t. V, pág. 431, edición de Amsterdam.
ÍNDICE
_Páginas._
PRÓLOGO 1 Advertencia sobre la lengua medieval 5
ALFONSO EL SABIO Y SUS CONTINUADORES 7 Comienzo del reinado de Nerón 11 Muerte de Nerón 17 Garci Pérez de Vargas y su cofia 22
DON JUAN MANUEL 28 Don Illán y el deán de Toledo 30 El mozo que casó con mujer brava 39
ALFONSO MARTÍNEZ DE TOLEDO 47 Vicios y tachas de las mujeres 50 La mujer habladora 58
FERNANDO DE ROJAS 62 Primera entrevista de Calixto y Melibea 66 Celestina va a casa de Melibea 74
AUTOR ANÓNIMO DEL LAZARILLO DE TORMES 83 Lázaro y el escudero de Toledo 86
DON DIEGO HURTADO DE MENDOZA 113 Prólogo de la _Guerra de Granada_ 116 El Fuerte de Calalui 120
FRAY LUIS DE GRANADA 125 Meditación del Juicio final 127 Descendimiento de Cristo 133 Descripción de la granada 136 Pintura del pavo real 139
SANTA TERESA DE JESÚS 143 Narración de su infancia 145 _Las Moradas_ 150 Carta a su hermano don Lorenzo 152 Carta a Fray Jerónimo Gracián 155
FRAY LUIS DE LEÓN 158 Del arte de escribir la lengua vulgar 160 Introducción a los _Nombres de Cristo_ 162 Cristo, príncipe de Paz 167 Alabanza del madrugar 172
EL P. JUAN DE MARIANA 178 Muerte de Don Pedro el Cruel 181 Proclamación de Don Juan II 194 El compromiso de Caspe 202
FRAY JOSÉ DE SIGÜENZA 210 Vida de Fray Juan de Carrión 211 Prólogo de la _Historia de la Orden de San Jerónimo_ 216
MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA 219 Comienzo del _Quijote_ 220 Diálogo de Don Quijote y el Canónigo 224 El Caballero del Verde Gabán 241 La Cueva de Montesinos 248 _Coloquio de los perros_ 262
DON FRANCISCO DE MONCADA 269 Prólogo de la _Expedición de Catalanes y Aragoneses_ 270 Los Almugávares 273
DON FRANCISCO DE QUEVEDO Y VILLEGAS 278 Señales del verdadero Rey 281 Discurso de Marco Bruto 286 _Las Zahurdas de Plutón_ 288 Don Enrique de Villena en la redoma 295 El dómine Cabra 305
EL P. BALTASAR GRACIÁN 311 No estar siempre de burlas 312 Fragmento de _El Criticón_ 316
DON FRANCISCO MANUEL DE MELO 320 Muerte del Marqués de Santa Coloma 322
DON GASPAR MELCHOR DE JOVELLANOS 331 _Defensa de la Junta Central_ 334 Carta a Don Antonio Ponz 341
DON LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN 349 _Derrota de los Pedantes_ 350 El Vesubio 361
EL CONDE DE TORENO 369 Primer sitio y defensa de Zaragoza 369