Antología de prosistas castellanos

Part 25

Chapter 254,002 wordsPublic domain

Llovían librotes sobre los literatos intrusos; unos viejos, sucios y despilfarrados; y otros nuevecitos y en pasta, y en papel de Holanda, y con láminas y elogios ultramontanos, y notas y animadversiones. Esta descarga desordenó las primeras filas enemigas, no sin pérdida de sus gentes; pues aseguran algunos sujetos fidedignos, apoyados en relaciones auténticas, que pasaron de veinte los que cayeron derrengados, cinco tuertos, descalabrados nueve, y trece o catorce contusionados o aturdidos.

Con esta pérdida se notó algún desfallecimiento en aquellas tropas, y nuevo espíritu en los de Apolo, que no dudaban ya combatir cuerpo a cuerpo para concluir de una vez aquella empresa; bien que los jefes procuraban contenerlos, conociendo cuán cerca está de ser temeridad el valor si la prudencia y el arte no le dirigen.

Pero a este tiempo ocurrió un accidente que puso a los de la escalera en grave peligro de perderse; porque acabada que fué la primera descarga, vieron venir de retorno por el aire el tenebroso _Macabeo de Silveira_, que arrojado de robusta mano parecía una bala de cañón, según el ímpetu que traía; hirió de paso, aunque levemente, a Luis Barahona de Soto; y, volviendo de rebote dió tal golpe en el pecho al tierno Garcilaso, que sin ser poderoso a resistirle, cayó aturdido sobre las gradas, y tuvieron que retirarle inmediatamente.

Lupercio de Argensola que se hallaba cerca, lleno de indignación y dolor por la desgracia de su dulce Laso, agarró seis o siete tomos que vió a sus pies, y con no vista fuerza los lanzó al enemigo. No bien llegaron allá los _Comentos de Góngora_, que ésta era la gracia de los tales volúmenes, cuando se conoció el horrible estrago que habían hecho en el cuerno izquierdo de los contrarios; lo que advertido por los de Apolo, se adelantaron algunos a querer seguir hacia aquella parte la derrota; pero así que se alejaron de los demás, se vieron rodeados de enemigos y cortado el paso a la escalera; dieron y recibieron golpes crueles, y con no poco trabajo pudieron volverse a incorporar en sus líneas, sufriendo mucho en la retirada, que tuvo todas las apariencias de fuga.

VIAJE A ITALIA

Fragmento de esta obra póstuma

Debajo de Pórtici y Resina está sepultada la ciudad de Herculano; los edificios más considerables de ella que hasta ahora se han descubierto, son un foro y un teatro; en el foro se hallaron las dos estatuas ecuestres de los Balbos, una de Vespasiano y otras de varias familias ilustres. El proscenio del teatro tiene ciento y treinta pies de ancho, y en las veinte y una gradas destinadas a los espectadores y los espacios restantes, se ha calculado que cabían diez mil personas. La cantidad de ceniza y lavas que cayeron sobre esta ciudad fué tal, que sus edificios se hallan a sesenta, ochenta y cien pies de profundidad. Esto hace muy difícil la excavación, pues además de la consistencia y grueso de las materias que hay que romper a pico, es necesario sostener con postes y estribos las excavaciones, para que todo no se hunda y arruine; y además, ¿cómo es posible taladrar un terreno sobre el cual existen en pie tantos edificios, sin que éstos se resientan? Mientras permanezcan Resina y Pórtici, no se pueden adelantar los descubrimientos de Herculano.

Siguiendo el camino, que va siempre inmediato al mar, se hallan después de Resina la torre del Greco y la de la Anunciata, poblaciones contiguas unas a otras con poca o ninguna interrupción, bien situadas y alegres, de mucha gente, llenas de casas de campo, con jardines, huertas y abundante cultura. Atraviesa el camino por encima de un gran torrente de lava que arrojó el Vesubio en 1760, mezclada con cenizas y enormes piedras; abrasó todo el terreno, destruyó los edificios que halló al paso, y bajó hasta el mar con estrago espantoso. A poca distancia se hallan las ruinas de Pompeya, ciudad antigua que hasta la mitad de este siglo permaneció tan oculta a la vista humana, que nadie se atrevía a fijar el paraje en que estuvo. La multitud de cenizas que cayeron sobre ella, detenidas de los huecos de sus calles y edificios, formaron una elevación de terreno, el cual, haciéndose con el tiempo vegetal y fértil, comenzó a labrarse, y hoy se ve encima de los templos, teatros y sepulcros de Pompeya, enlazarse las parras a los chopos, y segar el labrador mieses abundantes. Las excavaciones que se hacen en este sitio cuestan poco trabajo, así porque todo es ceniza lo que hay que romper, como porque es mucho menor la profundidad a que se encuentran las ruinas que en Herculano. Hasta ahora se han descubierto dos calles, una de ellas con la puerta de la ciudad, y varios sepulcros, un cuartel, un templo de Isis y dos teatros. No es posible caminar por aquel paraje sin una especie de entusiasmo que todos aquellos objetos inspiran. Este era el teatro: aquí se acomodaba el pueblo, allí la nobleza, por allí salían los actores, aquí se oyeron los versos de Terencio y Plauto, este recinto sonó con aplausos públicos; los hombres desaparecieron, y el lugar existe. Este era el templo: allí está la inscripción, allí las aras; las paredes anuncian todavía, en pinturas y estucos, los atributos de la deidad. Aquí se degollaban las víctimas; aquí, escondidos los sacerdotes, prestaban su voz a un mudo simulacro, y el pueblo, lleno de terror, creía escuchar la divinidad misma anunciando a la ignorancia humana los futuros destinos. Esta es una calle: empedrada está, como las de Nápoles, con lavas que ha vomitado ese volcán vecino; a un lado y otro hay ánditos para que pase el pueblo seguro de los carros: aun se ven las señales de las ruedas. Veis aquí las tiendas: allí se vendieron licores; la insignia que está a las puertas, la señal que ha dejado el pie de las copas sobre el mostrador, y las hornillas inmediatas para tener caliente la bebida, lo manifiestan. Allí hay otra donde se vendían príapos: la insignia está esculpida sobre la puerta; allí está el aparador repartido en gradas, donde se exponían estos dijes a la vista pública. Estas son casas de gente rica; este es el pórtico, sostenido en columnas de ladrillo revestidas de estuco, con decoración dórica; allí está el patio con la galería que le rodea: estancias pequeñas, altas, con mosaicos en el suelo y pinturas en las paredes; el baño, la estufa, con pared hueca, por donde se comunicaba el calor; el jardín, la fuente, la bodega, con grandes cántaros; la sala de conversación, la de comer, la alcoba, el poyo donde estaba el lecho; pinturas voluptuosas por todas partes, triunfos de amor. Veis allí los sepulcros que erigió la patria agradecida a sus hijos ilustres; la inscripción anuncia sus nombres y su calidad; allí reposan sus cenizas. ¡Qué silencio reina en todo el contorno! ¡Qué soledad horrible! Y ¡todavía el Vesubio arroja llamas y retumban sus cavernas con rumor espantoso!

Este monte, distante dos leguas y media de Nápoles, hacia la parte oriental, tiene de altura unas seiscientas toesas; su figura es cónica, con base muy ancha, la parte superior se compone de lavas, piedras, cenizas, arenas y escorias, sin yerbas, ni plantas, ni árboles, ni animales, ni hombres; aspereza horrible, cavernas profundas, soledad, silencio en la parte inferior, donde es el terreno fertilísimo; hay mucha cultura de árboles y viñas, que producen excelentes vinos, y en lo más llano, cerca ya del mar, se ven las alegres poblaciones de Pórtici, Resina, Torre del Greco, Torre de la Anunciata, y otras muchas que le rodean. Si se considera la inmediación de este volcán y el riesgo inminente de que un día reviente incendios, trastorne toda su circunferencia, y sepulte en fuego y cenizas aquellas moradas deliciosas, centro del lujo y de los placeres, se conocerá ¡cuán fácilmente se olvidan los hombres del peligro, por más que vean presente la amenaza! Pórtici está edificada encima de Herculano opulenta; Pompeya se descubre ahora, después de haber permanecido largos años oculta bajo las cenizas que en ella cayeron; en los jardines del rey y en otras varias partes en que se han hecho excavaciones profundas, se hallan hasta treinta capas distintas de lava, y éstas seis o siete veces interrumpida con tierra vegetal y restos confusos de edificios, que es decir: treinta veces aquel terreno, que ahora habitan los hombres con tal seguridad, ha estado cubierto de torrentes de fuego con el trascurso de los siglos; seis o siete veces se han olvidado los hombres del estrago anterior, han cultivado y han habitado aquel territorio; otras tantas se han repetido aquellos horrores, y, no obstante, hoy viven sobre tantas ruinas, sin temer que la naturaleza, en un solo momento, renueve igual destrozo. La montaña de Soma, que por el lado de Oriente y Mediodía rodea al Vesubio, parece ser una parte de él; ambos están sobre una misma base, y parece haberlos desunido algún hundimiento, de que resultó una abertura lateral, aumentándose después la cima del volcán con las materias mismas que arroja. Las montañas de Soma, por la parte interior, que mira al Vesubio, toda está rota y quebrantada, y la opinión de haber sido en otros tiempos estos dos montes uno solo se fortifica, no solamente por la forma de entrambos, sino también por la identidad de las materias de que se componen. Este volcán tiene, además de la boca principal, varias aberturas, que rompen u obstruyen sucesivamente la dimensión de la crátera; se ha encontrado diferente en varias ocasiones también la distancia que hay desde sus bordes hasta donde se halla el fuego; toda la parte interior de su gran boca, compuesta de ásperas masas de piedras, lavas, cenizas, pómez y escorias metálicas y bituminosas, presenta a la vista varios colores, siendo los principales el blanco, verde, amarillo, ceniciento y morado. Casi siempre arroja humo con más o menos abundancia; de noche se ven salir por su boca llamaradas y materias líquidas que se revierten en varias direcciones, y a corta distancia se congelan. Si se examinan las señales que ha dejado este volcán en sus erupciones, se pierde la imaginación en el cálculo de su antigüedad; la memoria de los hombres, limitada y oscura, abraza apenas un corto espacio de su edad larga, anterior a todos los monumentos que conocemos y a las naciones de que tenemos algunas noticias. La primera erupción de que hablan los escritores es la del año de 79 de Jesucristo, en que perecieron Herculano y Pompeya. Plinio el naturalista, que se hallaba en Miseno, atravesó el mar con deseos de observar sus efectos, y murió a las faldas de este monte, sofocado por el humo. Desde entonces hasta la edad presente se cuentan treinta y tres o treinta y cuatro erupciones, más o menos terribles, que han hecho de aquel país un montón confuso de ruinas, convirtiéndole muchas veces en un desierto. No pueden leerse sin admiración y horror los efectos de estas erupciones. Suena un rumor confuso en las cavernas de la gran montaña, sale humo espeso por su boca, le agita el aire y esparce oscuridad y fetor por los campos vecinos; se aumenta el estruendo, revienta el monte, y entre una espesa lluvia de ceniza ardiente, que cubre la atmósfera y sepulta en tinieblas a la populosa Nápoles, con estampidos y relámpagos sale una columna altísima de fuego, arrojando al aire enormes piedras candentes, que se precipitan a los valles; brama impetuoso el viento, se altera el mar, tiembla la tierra, inflámase por todas partes el monte y derrama torrentes de agua entre las lavas que desde su altura bajan ardiendo al mar, abrasando y reduciendo a cenizas los árboles, las mieses, los edificios, las ciudades, que al pasar aniquila o sepulta; irritados los elementos, anuncian el trastorno final del mundo, y en sólo un momento desaparecen naciones enteras.

EL CONDE DE TORENO

(1786-1843)

La _historia del levantamiento, guerra y revolución de España_ se publicó en cinco tomos, 1835-37.

Es un admirable ensayo de restauración de la forma histórica clásica y de imitación particular de Mariana. No le imita en sus discursos y arengas, género que ha pasado definitivamente de moda; pero sí en las sentencias y reflexiones breves, y sobre todo, en la narración corriente y limpia, hecha en un lenguaje fácil y elegante, y también afectadamente arcaico, aunque en este punto no llegue ciertamente su afición por el arcaísmo al extremo que en el P. Mariana.

HISTORIA DEL LEVANTAMIENTO Y REVOLUCIÓN DE ESPAÑA PRIMER SITIO Y DEFENSA DE ZARAGOZA

Sin muro y sin torreones, según nos ha transmitido Floro, defendióse largos años la inmortal Numancia contra el poder de Roma. También desguarnecida y desmurada, resistió al de Francia, con tenaz porfía, si no por tanto tiempo, la ilustre Zaragoza. En ésta como en aquélla mancillaron su fama ilustres capitanes, y los impetuosos y concertados ataques del enemigo tuvieron que estrellarse en los acerados pechos de sus invictos moradores. Por dos veces, en menos de un año, cercaron los franceses a Zaragoza: una, malogradamente; otra, con pérdidas e inauditos reveses. Cuanto fué de realce y nombre para Aragón la heroica defensa de su capital, fué de abatimiento y desdoro para sus sitiadores, aguerridos y diestros, no haberse enseñoreado de ella pronto y de la primera embestida.

Baña a Zaragoza, asentada a la derecha margen, el caudaloso Ebro. Cíñela al mediodía y del lado opuesto, Huerba, acanalado y pobre, que más abajo rinde a aquél sus aguas y casi enfrente adonde, desde el Pirineo, viene también a fenecer el Gállego. Por la misma parte, y a un cuarto de legua de la ciudad, se eleva el monte Torrero, cuya altura atraviesa la Acequia Imperial, que así llaman al canal de Aragón, por traer su origen del tiempo del emperador Carlos V.

Antes del sitio hermoseaban a Zaragoza en sus contornos feraces campiñas, viñedos y olivares, con amenas y deleitables quintas, a que dan en la tierra el nombre de torres. A la izquierda del Ebro está el arrabal, que comunica con la ciudad por medio de un puente de piedra, habiéndose destruído otro de madera en una riada que hubo en 1802.

Pasaba la población de 55.000 almas; menguó con las muertes y destrozos. No era Zaragoza ciudad fortificada, diciendo Colmenar[628], a manera de profecía, cosa ha de un siglo, «que estaba sin defensa, pero que reparaba esta falta el valor de sus habitantes».

Cercábala solamente una pared de diez a doce pies de alto y tres de espesor, en parte de tapia y en otras de mampostería, interpolada a veces y formada por algunos edificios y conventos, y en la que se cuentan ocho puertas que dan salida al campo. No lejos de una de ellas, que es la del Portillo, y extramuros, se distingue la Aljafería, antigua morada de los reyes de Aragón, rodeada de un foso y muralla, cuyos cuatro ángulos guarnecen otros tantos bastiones. Las calles en general son angostas, excepto la del Coso, muy espaciosa y larga, casi en el centro de la ciudad, y que se extiende desde la puerta llamada del Sol hasta la plaza del Mercado. Las casas, de ladrillo, y por la mayor parte de dos o tres pisos; la adornan edificios y conventos bien construídos y de piedra de sillería. La piedad admira dos suntuosas catedrales: la de Nuestra Señora del Pilar y la de la Seo, en las que alterna por años, para su asistencia, el Cabildo. El último templo, antiquísimo; el primero, muy venerado de los naturales por la imagen que en su santuario se adora. Como no es de nuestra incumbencia hacer una descripción especial de Zaragoza, no nos detendremos ni en sus antigüedades ni grandeza, reservando para después hablar de aquellos lugares que, a causa de la resistencia que en ellos se opuso, adquirieron desconocido renombre, porque allí las casas y edificios fueron otras tantas fortalezas.

Si ningunas eran en Zaragoza las obras de fortificación, tampoco abundaban otros medios de defensa. Vimos cuán escasos andaban al levantarse en mayo. El corto tiempo transcurrido no había dejado aumentarlos notablemente, y antes bien se habían aminorado con los descalabros padecidos en Tudela y Mallen. En semejante estado, déjase discurrir la consternación de Zaragoza al esparcirse la nueva, en la noche del 14 de junio, de haber sido aquel día derrotado don José de Palafox en las cercanías de Alagón, según dijimos en el anterior libro. Desapercibidos sus habitantes, tan solamente hallaron consuelo con la presencia de su amado caudillo, que no tardó en regresar a la ciudad. Mas el enemigo no dió descanso ni vagar. Siguieron de cerca a Palafox, y tras él vinieron proposiciones del general Lefebvre Desnouettes, a fin de que se rindiese, con un pliego enderezado al propio objeto, y firmado por los emisarios españoles Castel-Franco, Villela y Pereira, que acompañaban al ejército francés, y de quienes ya hicimos mención.

Fué la repuesta del general Palafox ir al encuentro de los invasores, y con las pocas tropas que le quedaban, algunos paisanos y piezas de campaña, se colocó fuera, no lejos de la ciudad, al amanecer del 15. Estaba a su lado el marqués de Lazán y muchos oficiales, mandando la artillería el capitán don Ignacio López. Pronto asomaron los franceses y trataron de acometer a los nuestros con su acostumbrado denuedo. Pero Palafox, viendo cuán superior era el número de los contrarios, determinó retirarse, y ordenadamente pasó a Longares, pueblo seis leguas distante, desde donde continuó al puerto del Frasno, cercano a Calatayud, queriendo engrosar su división con la que reunía y organizaba en dicha ciudad el Barón de Versages.

Semejante movimiento, si bien acertado en tanto que no se consideraba a Zaragoza con medios para defenderse, dejaba a esta ciudad del todo desamparada y a merced del enemigo. Así se lo imaginó fundadamente el general francés Lefebvre Desnouettes, y con sus 5 a 6.000 infantes y 800 caballos, a las nueve de la mañana del mismo 15, presentóse con ufanía delante de las puertas. Habían crecido dentro las angustias; no eran arriba de 200 los militares que quedaban entre miñones y otros soldados; los cañones, pocos y mal colocados, como gente a quien no guiaban oficiales de artillería, pues de los dos únicos con quien se contaba en un principio, don Juan Cónsul y don Ignacio López, el último acompañaba a Palafox, y el primero, por orden suya, hallábase de comisión en Huesca. El paisanaje andaba sin concierto, y por todas partes reinaba la indisciplina y confusión. Parecía, por tanto, que ningún obstáculo detendría a los enemigos, cuando el tiroteo de algunos paisanos y soldados desbandados los obligó a hacer parada y proceder precavidamente. De tan casual e impensado acontecimiento nació la memorable defensa de Zaragoza.

La perplejidad y tardanza del general francés alentó a los que habían empezado a hacer fuego, y dió a otros alas para ayudarlos y favorecerlos. Pero como aun no había baterías ni resguardo importante, consiguieron algunos jinetes enemigos penetrar hasta dentro de las calles. Acometidos por algunos voluntarios y miñones de Aragón, al mando del coronel don Antonio de Torres, y acosados por todas partes por hombres, mujeres y niños, fueron los más de ellos despedazados cerca de Nuestra Señora del Portillo, templo pegado a la puerta del mismo nombre.

Enfurecidos los habitantes, y con mayor confianza en sus fuerzas después de la adquirida, si bien fácil, ventaja, acudieron sin distinción de clase ni de sexo adonde amagaba el peligro, y llevando a brazo los cañones antes situados en el Mercado, plaza del Pilar y otros parajes desacomodados, los trasladaron a las avenidas por donde el enemigo intentaba penetrar, y de repente hicieron contra sus huestes horrorosas descargas. Creyó entonces necesario el general francés emprender un ataque formal contra las puertas del Carmen y del Portillo. Puso su mayor conato en apoderarse de la última, sin advertir que situada a la derecha de la Aljafería, eran flanqueadas sus tropas por los fuegos de aquel castillo, cuyas fortificaciones, aunque endebles, le resguardaban de un rebate. Así sucedió que los que le guarnecían, capitaneados por un oficial retirado, de nombre don Mariano Cerezo, militar tan bravo como patriota, escarmentaron la audacia de los que confiadamente se acercaban a sus muros. Dejáronlos aproximarse, y a quemarropa, los ametrallaron. En sumo grado contribuyó a que fuera más certera la artillería en sus tiros, un oficial, sobrino del general Guillelmi, quien encerrado allí con su tío desde el principio de la insurrección, olvidándose del agravio recibido, sólo pensó en no dar quiebra a su honra, y cumplió debidamente con lo que la patria exigía a su persona.

Igualmente fueron los franceses repelidos en la puerta del Carmen, sosteniendo por los lados el tremendo fuego que de frente se les hacía, escopeteros esparcidos entre las tapias, alameda y olivares, cuya buena puntería causó en las filas enemigas notable matanza. Nadie rehusaba ir a la lid; las mujeres corrían a porfía a estimular a sus esposos y a sus hijos, y atropellando por medio del inminente riesgo, los socorrían con víveres y municiones. Los franceses, aturdidos al ver tanto furor y ardimiento, titubeaban, y crecía con su vacilar el entusiasmo y valentía de los defensores. De nuevo, no obstante, y reiteradas veces embistieron la entrada del Portillo, desviándose de la Aljafería, y procurando cubrirse detrás de los olivares y arboledas.

Menester fué, para poner término a la sangrienta y reñida pelea, que sobreviniese la noche. Bajo su amparo se retiraron los franceses a media legua de la ciudad, y recogieron sus heridos, dejando el suelo sembrado de más de quinientos cadáveres. La pérdida de los españoles fué mucho más reducida, abrigados de tapias y edificios. Y de aquella señalada victoria, que algunos llamaron de las Eras, resultó el glorioso empeño de los zaragozanos de no entrar en pacto alguno con el enemigo, y resistir hasta el último aliento.

Fuera de sí aquellos vecinos con la victoria alcanzada, ignoraban todavía el paradero del general Palafox. Grande fué su tristeza al saber su ausencia, y no teniendo fe en las autoridades antiguas ni en los demás jefes, los diputados y alcaldes de barrio, a nombre del vecindario, se presentaron, luego que cesó el combate, al corregidor e intendente don Lorenzo Calvo de Rozas, que hechura de Palafox, merecía su confianza. Instáronle para que hiciera sus veces, y condescendió con sus ruegos en tanto que aquél no volviera.

Unía Calvo en su persona las calidades que el caso requería. Declarado abiertamente en favor de la causa pública, habíase fugado de Madrid, en donde estaba avecindado. Hombre de carácter firme y sereno, encerraba en su pecho, con apariencias de tibio, el entusiasmo y presteza de un alma impetuosa y ardiente. Autorizado, como ahora se veía, por la voz popular, y punzado por el peligro que a todos amenazaba, empleó con diligencia cuantos medios le sugería el deseo de proteger contra la invasión extraña la ciudad que se ponía en sus manos.

Prontamente llamó al teniente de rey don Vicente Bustamante para que expidiese y firmase a los de su jurisdicción las convenientes órdenes. Mandó iluminar las calles, con objeto de evitar cualquiera sorpresa o excesos; empezáronse a preparar sacos de tierra para formar baterías en las puertas de Sancho, el Portillo, Carmen y Santa Engracia; abriéronse zanjas o cortaduras en sus avenidas; dispusiéronse a artillarlas, y se levantó en toda la tapia que circuía a la ciudad una banqueta, para desde allí molestar al enemigo con la fusilería. Prevínose a los vecinos en estado de llevar armas que se apostasen en los diversos puntos, debiendo alternar noche y día; ocupáronse los niños y mujeres en tareas propias de su edad y sexo, y se encargó a los religiosos hacer cartuchos de cañón y fusil, cumpliéndose con tan buen deseo y ahinco aquellas disposiciones, que a las diez de la noche se había ya convertido Zaragoza en un taller universal, en el que todos se afanaban por desempeñar debidamente lo que a cada uno se había encomendado.