Antología de prosistas castellanos

Part 24

Chapter 244,050 wordsPublic domain

Como quiera que sea, estas danzas varoniles suelen rematar muchas veces en palos, única arma de que usa nuestro pueblo; y como nunca la sueltan, vería usted a todos los danzantes con su garrote al hombro, que sostienen con dos dedos de la mano izquierda, libre los otros para enlazarse en rueda, seguir danzando en ella con gran mesura y seriedad. Sucede, pues, frecuentemente que, en medio de la danza, algún valentón caliente de cascos empieza a victorear a su lugar o su concejo. Los del concejo confinante, y por lo común rival, victorean al suyo; crece la competencia y la gritería, y con la gritería la confusión; los menos valientes huyen; el más atrevido enarbola su palo; le descarga sobre quien mejor le parece, y al cabo se arma tal pelea de garrotazos, que pocas veces deja de correr sangre, y alguna se han experimentado más tristes consecuencias.

Para remediar estos abusos, alguna vez ha pensado el gobierno en prohibir el uso de los palos; pero ¡pobre país si esto sucediera! Los hombres naturalmente tímidos y amantes de su conservación, gustan de llevar consigo alguna prevención, alguna defensa contra los insultos que les amenazan. Prohibido el uso de los palos, entrará sin duda el de las navajas y cuchillos, armas mortíferas que hacen a otros pueblos insidiosos y vengativos, y enervan y extinguen el valor y la verdadera bizarría.

Ni por este uso puede usted tachar de bárbaros a mis paisanos. Semejantes escenas, además de interesar en gran manera la curiosidad por cuanto hieren fuertemente la imaginación de los espectadores, son muy del gusto de los pueblos no corrompidos por el lujo, y en cierto modo están unidas a la condición misma de la humanidad. «El hombre, dice el sabio Fergusón, es demasiado propenso a las lides y a emplear sus facultades naturales contra cualquiera enemigo: gusta de ensayar su razón, su elocuencia, su constancia y aun su vigor y fuerzas corporales. Sus recreos son muchas veces imagen de la guerra, el sudor y la sangre suelen correr en sus juegos, y las fracturas y aun la muerte dan término alguna vez a las fiestas y pasatiempos de su ociosidad. Nacido para morir, hasta en su diversión halla su camino para el sepulcro...»

Dejemos, pues, a los pueblos frugales y laboriosos sus costumbres, por rudas que nos parezcan, y creamos que la nobleza del carácter en que tienen su origen merecen por lo menos esta justa condescendencia.

Pero las danzas de las asturianas ofrecen ciertamente un objeto, si no más raro, a lo menos más agradable y menos fiero que las que acabamos de describir. Su poesía se reduce a un solo cuarteto o copla de ocho sílabas, alternado con un largo estrambote, o sea estribillo, en el mismo género de versos, que se repite a ciertas y determinadas pausas. Del primer verso de este estrambote que empieza:

Hay un galán de esta villa,

vino el nombre con que se distinguen estas danzas.

El objeto de esta poesía es ordinariamente el amor, o cosa que diga relación a él. Tal vez se mezclan algunas sátiras o invectivas, pero casi siempre alusivas a la misma pasión, pues ya se zahiere la inconstancia de algún galán, ya la presunción de alguna doncella, ya el lujo de unos, ya la nimia confianza de otros, y cosas semejantes.

Lo más raro y lo que más que todo prueba la sencillez de las costumbres de estas gentes, es que tales coplas se dirigen muchas veces contra determinadas personas; pues aunque no siempre se las nombra, se las señala muy claramente, y de forma que no pueda dudarse del objeto de la alabanza o de la invectiva. Aquella persona que más sobresale en el día de la fiesta por su compostura o por algún caso de sus amores; aquel suceso que más reciente es y notable en la comarca; en fin, lo que en aquel día ocupa principalmente los ojos y la atención del concurso, eso es lo que da materia a la poesía de nuestros improvisantes asturianos. Ya ve usted si les será fácil indicar las personas sin nombrarlas expresamente.

Supongo que para estas composiciones no se valen nuestras mozas de ajena habilidad. Ellas son las poetisas, así como las compositoras de los tonos, y en uno y otro género suele su ingenio, aunque rudo y sin cultivo, producir cosas que no carecen de númen y de gracia. Pondréle a usted dos ejemplos, entre mil que pudiera señalar, y si no entiende el dialecto, tenga paciencia, que otros le entenderán.

En una de estas romerías a que concurrió cierto amigo mío, se había presentado una fea que, entre adornos, llevaba una redecilla muy galana y de color muy sobresaliente. Al instante fué notada de las mozas, que le pegaron esta banderilla:

Quítate la rede negra y ponte la colorada, para que llucia[627] la rede lo que non llu[627] la tó cara.

Era yo bien niño cuando el Ilmo. señor don Julio Manrique de Lara, obispo entonces de Oviedo, se hallaba en su deliciosa quinta de Contrueces, inmediata a Gijón, el día de San Miguel. Celebrábase allí aquel día una famosa romería, y las mozas, como para festejar a su ilustrísima, formaron su danza debajo de los mismos balcones de palacio. El buen prelado, que estaba en conversación con sus amigos, cansado del guirigay y la bulla de las cantiñas, dió orden para que hicieran retirar de allí las danzas: sus capellanes fueron ejecutores del decreto, que se obedeció al punto; pero las mozas, mudando de sitio, bien que no tanto que no pudieran ser oídas, armaron de nuevo su danza, cantando y recantando esta nueva letra, que su ilustrísima celebró y oyó con gusto desde su balcón gran parte de la tarde:

El señor obispo manda que s’acaben los cantares; primero s’an d’acabar obispos y capellanes.

Los estribillos con que se alternan estas coplas son una especie de retahila que nunca he podido entender; pero siempre tienen sus alusiones a los amores y galanteos, o a los placeres y ocupaciones de la vida rústica. Los tonos son siempre tiernos y patéticos, y compuestos sobre la tercera menor. Llevan la voz de ordinario tres o cuatro mozas de las de más gallarda voz y figura, colocadas a la frente del coro, y las otras van repitiendo ya la mitad de la copla, ya el estribillo, a cuyo compás giran todas sin interrupción sobre un mismo círculo, pero con lentos, uniformes y bien acordados pasos. Entretanto resuena en torno una dulce armonía, que penetrando por aquellos opacos y silenciosos bosques, no puede oírse sin emoción ni entusiasmo.

No constan estas danzas, como nuestros modernos bailes, de fuertes y afectadas contorsiones, propias para expresar unas pasiones violentas y artificiosas, sino de movimientos lentos y ordenados, que indican las tranquilas afecciones de un corazón inocente y sensible. Si esta es o no una ventaja para los pueblos que la melindrosa corrupción tiene por bárbaros, no parece un problema difícil de resolver.

NOTAS

[625] En la misma _Defensa de la Junta Central_ escribía Jovellanos frases como esta: «no sólo nos tachan de usurpadores de la autoridad, no sólo atribuyen esta usurpación _a un espíritu el más conocido y descubierto de ambición y amor propio_, sino que para darle todo el carácter de la tiranía, la califican de violenta y forzada.» (I.ª 25.) La expresión «à _un_ esprit, _le_ plus connu et le moins caché, d’ambition et d’amour propre» sería en francés correcta y aceptable; sin embargo, es menos corriente que la otra con artículo definido: «à _l_’esprit _le_ plus connu», que también es semejante a la de Jovellanos.

[626] En una poesía (_Bibliot. Aut. Esp._ XLVI, 7 _a_) dice Jovellanos: «No pudo vencer a la tu mano en blancura;» el artículo con el posesivo es un asturianismo, que el autor acogió acaso a título de arcaísmo (v. pág. 144, línea 11).

[627] _Llucia_ por ‘luzca’, y _llu_ por _lluz_, y éste por ‘luce’. En asturiano, toda _l_ inicial se hace _ll_ (_llobu_, _lluna_), y la _e_ final de los verbos se pierde tras ciertas consonantes (_quier_, _pon_, _merez_). Otros dialectalismos son _rede_ por ‘red’; también se dice _parede_, _ciudade_, etc. _la tó cara_ ‘tu cara’.

DON LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN

(1760-1828)

El folleto de la _Derrota de los Pedantes_ apareció en 1789.

Moratín, el hijo, descuella sobre todo por su admirable prosa dramática, que no se había vuelto a escribir desde _La Celestina_ de Rojas, y _La Dorotea_ de Lope; pero es también muy digno de atención en sus otras obras, donde se muestra, como dice Menéndez y Pelayo, «uno de los escritores más correctos y más cercanos a la perfección que hay en nuestra lengua, ni en otra alguna. Niéganle algunos viveza de fantasía, profundidad de intención, calor de afectos y abundancia de estilo. Aun la misma perfección de su prosa antes estriba en la total carencia de defectos que en cualidad alguna de orden superior, sin que conserve nada de la grande y caudalosa manera de nuestros prosistas del siglo XVI. La sobriedad del estilo de Moratín, se parece algo a la sobriedad forzada del que no goza de perfecta salud; hay siempre algo de recortado y de incompleto que no ha de confundirse con la sobriedad voluntaria, última perfección de los talentos varoniles y señores de su manera.»

Su vocabulario es de una riqueza muy estimable, pero también es más estudiado que espontáneo; lamentábase Moratín del olvido en que se habían perdido multitud de voces y frases, y de la pobreza y sequedad increíbles a que se reduce el lenguaje usual, aun en personas letradas, y se propuso resucitar en sus escritos, lográndolo con gran tino y acierto, buen número de expresiones que sin duda no había recibido él por la tradición oral, sino por la lectura de nuestros clásicos a que desde niño era aficionado.

DERROTA DE LOS PEDANTES

Los poetastros pedantes asaltan el Parnaso; Mercurio les impone una tregua, y cogiendo prisionero a uno de ellos, lo lleva ante Apolo en calidad de embajador.

Entraron, pues, en un salón magnífico y espacioso; el pavimento y las paredes eran de esquisitos mármoles, la decoración corintia, las basas y capiteles de sus columnas de oro purísimo, como también los adornos del cornisamento y zócalo, y en las bóvedas apuró la pintura todos los encantos de la ficción.

Allí se veían los orígenes de las artes y los progresos del talento humano: muda historia, capaz de encender el ánimo y arrebatarle a la contemplación de los objetos más sublimes. En una parte se veía a los hombres fabricar chozas de troncos y ramas, de donde la arquitectura tomó las formas que dió después a materias más durables, variando, según la mayor o menor consistencia de ellas, la proporción de sus edificios. A otro lado los egipcios daban principio a la geometría, señalando sus campos con términos de piedras hacinadas, para que el Nilo en sus inundaciones no alterase los conocidos límites. Otros señalaban en el suelo los contornos de la sombra, de donde tomó su origen la pintura, perfeccionándose después lentamente con la invención casual de los colores y la perspectiva, que apenas conoció la antigüedad. Otros cortaban la corriente de un río, fiados a un tronco mal seguro; una gran multitud admiraba desde la opuesta orilla el temerario atrevimiento, y las madres tímidas apretaban al pecho sus pequeñuelos hijos. Los árabes y caldeos observaban el aparente giro del sol, y en las serenas noches al planeta que recibe su luz, y los demás astros que la distancia nos amenora o nos oculta. La escultura en otra parte ponía sobre las aras bultos informes que adoraba supersticioso el temor, y más allá los Fidias, Lisipos y Praxiteles daban a los mármoles y bronces tan elegante forma, que en algún modo parece que el arte disculpaba la idolatría. Allí Orfeo reducía a los hombres en vida social, les daba leyes, y les persuadía la necesidad de un culto religioso. Confucio enseñaba virtudes morales a los remotos chinos. Eaco, Radamanto, Minos, Solón, Licurgo y Numa establecían leyes, gobernando en justicia y paz nuevas repúblicas; y a más distancia se veían florecer las ciencias y las artes a la sombra de la libertad. Allí estaba representado el padre Homero, a quien rodeaban con admiración los poetas de todas las naciones y todos los siglos. Píndaro, al son de la lira, celebraba con sublime verso las victorias istmias y olímpicas, y eternizaba el nombre de Hierón. Simónides cantaba tiernas elegías. Alceo de Lesbos, añadiendo nuevos sonidos a las cuerdas griegas, hacía aborrecible entre los hombres el despotismo de los tiranos. Safo, desgraciada en amor, se precipitaba del promontorio de Leucate al mar, y repetía muriendo el nombre de su ingrato Faón; en tanto que Anacreón de Teos, coronado de pámpanos, con la copa en la mano, danzaba alegre al son de las flautas entre las Gracias y los Amores. Allí acudía la juventud de Grecia a escuchar en las Academias, el Liceo y el Pórtico las austeras lecciones de la moral; y no muy lejos se levantaban teatros magníficos para declamar con el auxilio de la música las grandes obras de Eschilo, Sófocles y Eurípides, que alternaban con las del atrevido Aristófanes, a quien Menandro siguió después para obscurecer la gloria de cuantos le habían precedido. En otra parte Demócrito y el divino Hipócrates, reclinados junto a un sepulcro ya destruído, conversaban profundamente a la sombra de unos cipreses mustios sobre la física del cuerpo animal, la brevedad de la vida, los acerbos males que la rodean, y los cortos y falaces medios que ofrece el arte para dilatar su fin; y más allá Demóstenes desde la tribuna de las arengas conmovía al pueblo ateniense, le persuadía por algunos instantes a sacudir el yugo macedónico; excitaba en él estímulos de valor, recordándole las épocas gloriosas de sus triunfos, los nombres santos de Milciades, Conón, Cimón y el justo Arístides; y oponiéndose, por una parte, a todo el poder de Filipo, y por otra, a la envidia, la calumnia atroz y la inconstancia de un vulgo corrompido e ingrato, veía a pesar de su elocuencia irresistible perecer para siempre la libertad de su país, y perecía con ella.

En el testero del salón había un trono riquísimo, y en él estaba Apolo: siete de las musas le acompañaban inmediatas al solio, y los más célebres poetas españoles, según la edad en que florecieron, así ocupaban por su orden las sillas.

Si mucho se admiró el coplero de aquel aparato y magnificencia, no menos se admiraron todos los demás al ver su figura ridícula, porque era el hombre la más triste visión que imaginarse puede: reviejuelo, arrugadito, moreno, remellado, tuerto de un ojo, romo, calvo, algo tiñoso, chiquirritillo y contrahecho, si bien es verdad que le desfiguraban en parte las barbas, el sudor negro, el polvo, el cisco y las telarañas que le cubrían el rostro. Revolvíase en unas bayetas pardas, raídas y llenas de chorreaduras de aceite y caldo, con un ribete de arambeles por las orillas a modo de randas o cucharetero; sus movimientos eran más vivos de lo que su edad prometía, la acción teatral, y la voz gangosa, chillona y desapacible.

--«Este es, dijo Mercurio a su hermano, el que he podido agarrar entre aquella turba; él te dirá lo que deseas saber;»--y acercándose a él, le dijo al oído: «mirad, señor, que aquí no os sufrirán disparates; decid claramente quiénes son los del portal, y a qué es su buena venida, sin andarnos en más repulgos; porque si así no lo hiciéreis, témome mucho que mi hermano os mande freir y echar a los perros, según le he visto de mal humor esta tarde;» y habiendo dicho ésto, se fué volando a observar lo que pasaba en la escalera.

El poetastro, encarándose con Apolo, le hizo tres grandes cortesías, y quedó aguardando el permiso de hablar. Diósele Apolo, y él comenzó a delirar de esta manera:

«Reverberante Numen que del Istro Al Marañón sublimas con tu zurda, Al que en ritmo dulcísono te urda Elogio al son del címbalo y del sistro: Si la alígera prole de Caistro Blandos ministra acentos a mi burda Armónica pasión, ¡ay! no te aturda Ver rompo de tu tímpano el teristro. La nubígena Dea en alto plaustro, Ungiendo el nervio de oloroso electro, Me lleva en alas del Ouest y el Austro, Y hurtando a las Memnósides el plectro, Hoy me intromito en el fulgente claustro, Obstupefacto, a venerar tu espectro.»

Reventaba Apolo entre la indignación y la risa; las musas se tendían por los suelos dando exorbitantes carcajadas; los poetas se miraban los unos a los otros sin saber lo que les sucedía, y el badulaque, muy satisfecho, se disponía a proseguir disparatando en culto; pero Francisco de Rioja, que estaba inmediato, le dijo: «Ved, señor enviado, que Apolo nuestro amo no os llama aquí para que le declaméis versos tenebrosos; lo que únicamente quiere es...».--«¡Ah! dijo el de las sopalandas, ya sé lo que quiere, no hay para qué decírmelo, que ya lo he comprendido, lo que quiere es otro soneto con los mismos consonantes; pues allá va, hijo de Latona, escuchadme benévolo...»

Pero volvamos la mal tajada péñola a referir lo que Mercurio hizo mientras duró la embajada. Parecióle conveniente no descuidarse ni fiar a la fortuna el éxito de aquella empresa; había llegado a entender, aunque confusamente, la pretensión estrafalaria de los filólogos; y conociendo que Apolo no podía concederles nada, pensó seriamente en hacer preparativos para la defensa, persuadido de que sólo a garrotazos se podría concluir tan enrevesado asunto.

Llamó a consejo a los poetas que imaginó más inteligentes y acostumbrados a tales peleonas; tratóse el caso con la madurez que requería, y se acordó, por último, que se hiciera provisión de armas ofensivas, acudiendo al repuesto de los malos libros, que estaban en las inmediaciones de la cocina destinados a socarrar pollos y envolver especias, y que además se recogiesen cuantos trastos semovientes hubiera en la casa y pudieran ser útiles para convertirlos en armas arrojadizas, o en parapetos y trincheras.

Tratóse después del orden que se debía guardar en los ataques, y resolvieron que para lograr alguna ventaja era necesario salir de la escalera, obligando a los eruditos a que, dejando el portalón, pasaran al patio, creyendo todos que allí se les podría combatir más a placer, ya fuese en batalla campal, o ya arrojando sobre ellos, desde las ventanas que había alrededor, cuanto pudiera ofenderlos y destruirlos.

Aprobado este plan, se dispuso que Garcilaso de la Vega, por estar herido Cervantes, mandase el ala derecha; la izquierda, don Diego de Mendoza; el centro, don Alonso de Ercilla, y el cuerpo de reserva, que debía acudir adonde la necesidad lo pidiese, se encargó al conde de Rebolledo, acompañado de Lope de Vega, Cristóbal de Virués y otros sujetos de acreditado valor y experiencia militar.

Después de ventilados estos puntos, se ocuparon en conducir hacia la escalera cuanto hallaron que podía ser útil para un caso de rompimiento; acudieron luego al repuesto de los malos libros, y llevaron infinitos volúmenes antiguos y modernos que hasta entonces no habían servido de gloria a sus autores, ni de utilidad alguna al género humano, y en aquel día se hicieron apreciables; porque no hay duda en que un mal libro, por malo que sea, siempre sirve, y más si es de buen tomo, para descalabrar con él a cualquiera cuando no hay a mano abundante provisión de cachiporras o peladillas de Torote.

Hecho, pues, todo lo que va referido, sucedió la bajada y volteo del culterano; y conociendo Mercurio que era ya inevitable volver a la zurra, fuese volando a decir a su hermano cuanto había dispuesto. Hallóle que bajaba ya la escalera con ánimo de presentarse a los enemigos, creyendo que a sus razones y autoridad ni debían ni podían oponerse. Dudó mucho Mercurio si aquella cuadrilla desvergonzada guardaría respeto y moderación, hallándose ya obstinada en conseguir por fuerza lo que pretendía; pero hubo de ceder, mal de su grado, a las instancias de Apolo, y dejándole en la escalera, se remontó al techo para anunciar su venida.

A este tiempo empezó a notarse un rumor y conmoción general en el bando contrario, mal satisfecho del suceso que había tenido la erudita oración de su embajador; pero, dando Mercurio un grande aullido desde allá arriba, les hizo callar y atender. Díjoles que Apolo iba a presentarse; que venerasen en él al grande hijo de Júpiter, y que, pues se llamaban alumnos suyos, no le diesen enojo en cosa alguna, y adorasen humildes sus soberanos preceptos.

Apolo entonces, levantado en hombros de los más robustos, se dejó ver de aquella amotinada gente. Comenzó con semblante pacífico y agradable a persuadirlos que, dejando las armas, se volviesen a sus casas a cuidar de sus mujeres e hijos, si los tenían. Que no creyesen que la nación perdería nada, perdiéndolos a ellos; pues no sólo la harían una gran merced en quemar todos sus papeles y no volver a escribir jamás ni aun la cuenta de la ropa, sino que, por otra parte, olvidando con un verdadero arrepentimiento las travesuras pasadas, podían dedicarse a varios ejercicios honestos, y adquirir por ellos una subsistencia segura como buenos ciudadanos y gente de juicio. Díjoles también que los hombres habían nacido para trabajar, y muy pocos entre ellos para saber; porque ciertamente aquellos pocos, siendo buenos, bastan para ilustrar a todos los demás con su sabiduría. Que esto de ser doctos no era cosa tan hacedera y trivial como se habían imaginado, pues cualquiera ciencia o facultad necesita todo un hombre, toda una vida, y tal reunión de circunstancias, que rara vez llega a verificarse; y aun por eso, siendo tantos los que siguen la carrera de las letras, son tan pocos los que han llegado a poseerlas en grado sobresaliente, y a merecer el aprecio público por sus escritos. Que dejasen el encargo de sostener el honor de la literatura nacional a otros talentos muy superiores, sin comparación, a los suyos. Que abandonasen para siempre la negra erudición enciclopédica que tanto les había trastornado la racionalidad, y tan ridículo papel les había hecho hacer en estos últimos años a los ojos de la Europa culta; y que sobre todo abjurasen de buena fe el error de haberse creído poetas. Que no envidiasen esta gloria a los que realmente lo son; gloria mezclada siempre de sinsabores los más amargos; gloria funesta, que casi nunca ha concedido el mundo a los que, viviendo, pudieran gozarla, porque la reserva el cruel para las cenizas de los que ya no existen.

Más iba a decirles; pero fueron tales los berridos que resonaron en el zaguán, los gritos y amenazas, que Apolo, temiendo algún insulto de parte de aquel populacho feroz, se bajó a toda prisa del trono racional en que estaba encaramado, y comenzó a echar tacos y reniegos por aquella boca, que Dios nos libre.

Seguía entretanto la gritería y tumulto de los enemigos, y el endiablado tuerto corría de un lado a otro atizando el fuego de la discordia, ponderando el mal tratamiento que Apolo le había hecho y el poco aprecio que le merecían las doctas fatigas de tantos sabios; ellos, que no necesitaban espuelas, se enfurecieron de tal modo que no es posible ponderar a qué extremo llegó entonces su frenesí.--«No es ese, decían, no es ese Apolo; a ese no le conocemos, y estos son ardides de Mercurio, que piensa burlarse de nosotros, tomándolo a fiesta y tararira; que venga el hijo de Latona, que venga, él nos conocerá y nosotros le adoraremos como hijos obedientes suyos.»

--«Medrados estamos, dijo Mercurio, con lo que nos salen ahora estos malditos. Si es imposible que no se hayan desatado del infierno para darnos guerra. ¿Se habrá visto tal invención? Pero yo les juro por la asquerosa Estigia que no se han de reir de mí; no, si no hacéos de miel y paparos han moscas; para ellos no sirven razones; lo que no les duele, no les persuade; pues que la paguen, mal haya su casta, que la paguen, y acabemos de una vez con ellos.»

Dicho esto, se metió entre los suyos, repitió las órdenes, previno los acasos, y sin que diera la señal de combatir el estruendo de trompetas ni atambores, se comenzó la batalla, poniendo en uso los de Apolo las nuevas armas de que se habían prevenido.