Antología de prosistas castellanos
Part 23
Porfiaban otras bandas de segadores, esforzados ya de muchos naturales, en ceñir la casa del Santa Coloma; entonces los diputados de la General, con los conselleres de la ciudad, acudieron a su palacio; diligencia que más ayudó la confusión del conde, de lo que pudo socorrérsela; allí se puso en plática saliese de Barcelona con toda brevedad, porque las cosas no estaban ya de suerte que accidentalmente pudiesen remediarse; facilitábanle con el ejemplo de don Hugo de Moncada, en Palermo, que, por no perder la ciudad, la dejó, pasándose a Mesina. Dos galeras genovesas en el muelle, daban todavía esperanza de salvación. Escuchábalo Santa Coloma, pero con ánimo tan turbado, que el juicio ya no alcanzaba a distinguir el yerro del acierto. Cobróse y resolvió despedir de su presencia casi todos los que le acompañaban, o fuese que no se atrevió a decirles de otra suerte que escapasen las vidas, o que no quiso hallarse con tantos testigos a la ejecución de su retirada. En fin, se excusó a los que le aconsejaban su remedio, con peligro, no sólo de Barcelona, sino de toda la provincia; juzgaba la partida indecente a su dignidad; ofrecía en su corazón la vida por el real decoro; de esta suerte, firme en no desamparar su mando, se dispuso a aguardar todos los trances de su fortuna.
Del ánimo del magistrado no haremos discurso en esta acción, porque ahora el temor, ahora el artificio, le hacían que ya obrase conforme a la razón, ya que disimulase, según la conveniencia. Afírmase por sin duda que ellos jamás llegaron a pensar tanto del vulgo, habiendo mirado apaciblemente sus primeras demostraciones.
No cesaba el miserable Virey en su oficio, como el que con el remo en la mano piensa que por su trabajo ha de llegar al puerto; miraba y revolvía en su imaginación los daños, y procuraba su remedio; aquel último esfuerzo de su actividad estaba enseñando ser el fin de sus acciones.
Recogido a su aposento, escribía y ordenaba; pero ni sus papeles ni sus voces hallaban reconocimiento u obediencia. Los ministros reales deseaban que su nombre fuese olvidado de todos; no podían servir en nada; los provinciales ni querían mandar, menos obedecer.
Intentó por última diligencia satisfacer su queja al pueblo, dejando en su mano el remedio de las cosas públicas, que ellos ya no agradecían, porque ninguno se obliga ni quiere deber a otro lo que se puede obrar por sí mismo; empero ni para justificarse pudo hallar forma de hacer notoria su voluntad a los inquietos, porque las revoluciones interiores, a imitación del cuerpo humano, habían de tal suerte desconcertado los órganos de la república, que ya ningún miembro de ella acudía a su movimiento y oficio.
A vista de este desengaño se dejó vencer de la consideración y deseo de salvar la vida, reconociendo últimamente lo poco que podía servir a la ciudad su asistencia, pues antes el dejarla se encaminaba a la lisonja o a remedio acomodado a su furor. Intentólo, pero ya no le fué posible, porque los que ocupaban la tarazana y baluarte del mar, a cañonazos habían hecho apartar la una galera, y no menos porque para salir a buscarla a la marina era fuerza pasar descubierto a las bocas de sus arcabuces. Volvióse, seguido ya de pocos, a tiempo que los sediciosos a fuerza de armas atropellaban las puertas; los que las defendían, entendiendo la causa del tumulto, unos les seguían, otros no lo estorbaban.
A este tiempo vagaba por la ciudad un confusísimo rumor de armas y voces; cada casa representaba un espectáculo; muchas se ardían, muchas se arruinaban, a todas se perdía el respeto y se atrevía a la furia; olvidábase el sagrado de los templos; la clausura e inmunidad de las religiones fué patente al atrevimiento de los homicidas; hallábanse hombres despedazados sin examinar otra culpa que su nación; aun los naturales eran oprimidos por crimen de traidores: así infamaban aquel día a la piedad, si alguno abría sus puertas al afligido o las cerraba al furioso. Fueron rotas las cárceles, cobrando no sólo la libertad, mas autoridad los delincuentes.
Había el Conde ya reconocido su postrer riesgo, oyendo las voces de los que le buscaban pidiendo su vida; y depuestas entonces las obligaciones de grande, se dejó llevar fácilmente de los afectos de hombre; procuró todos los medios de salvación, y volvió a proseguir en el primer intento de embarcarse; salió segunda vez a la lengua del agua, empero como el aprieto fuese grande y mayor el peso de las aflicciones, mandó se adelantase su hijo con pocos que le seguían, porque llegando al esquife de la galera, que no sin gran peligro los aguardaba, hiciese como lo esperase también; no quiso aventurar la vida del hijo, porque no confiaba tanto de su fortuna. Adelantóse el mozo, y alcanzando la embarcación, no le fué posible detenerla (tanta era la furia con que procuraban desde la ciudad su ruina); navegó la galera, que le aguardaba fuera de la batería. Quedóse el Conde mirándola con lágrimas, disculpables en un hombre que se veía desamparado a un tiempo del hijo y de las esperanzas; pero ya cierto de su perdición, volvió con vagorosos pasos por la orilla opuesta a las peñas que llaman de San Beltrán, camino de Monjuich.
A esta sazón, entrada su casa y pública su ausencia, le buscaban rabiosamente por todas partes, como si su muerte fuese la corona de aquella victoria; todos sus pasos reconocían los de la tarazana: los muchos ojos que lo miraban caminando como verdaderamente a la muerte, hicieron que no pudiese ocultarse a los que le seguían. Era grande la calor del día, superior la congoja, seguro el peligro, viva la imaginación de su afrenta; estaba sobre todo firmada la sentencia en el tribunal infalible; cayó en tierra cubierto de un mortal desmayo, donde siendo hallado por algunos de los que furiosamente le buscaban, fué muerto de cinco heridas en el pecho.
Así acabó su vida don Dalmau de Queralt, conde de Santa Coloma, dando famoso desengaño a la ambición y soberbia de los humanos, pues aquel mismo hombre, en aquella región misma, casi en un tiempo propio, una vez sirvió de envidia, otra de lástima. ¡Oh grandes, que os parece nacisteis naturales al imperio! ¿Qué importa, si no dura más de la vida, y siempre la violencia del mando os arrastra tempranamente al precipicio?
NOTA
[624] DON CELESTINO PUJOL Y CAMPS, en su _Discurso_ de entrada en la Academia de la Historia, Madrid 1886, estudia los diversos puntos en que Melo violentó la verdad de los hechos.
DON GASPAR MELCHOR DE JOVELLANOS
(1744-1811)
La _Memoria en defensa de la Junta Central_ fué escrita un año antes de la muerte del autor.
El siglo XVIII es de gran decadencia de la prosa. Apenas se empleaba ésta más que en la exposición doctrinal y en la controversia; abundan los investigadores de la historia, Berganza, Flórez, Masdeu, Mayans; pero si sus escritos están muy llenos de crítica, carecen de estilo, y la historia como arte no se escribe hasta Quintana; la novela no tiene otra manifestación notable que el _Fray Gerundio_ del Padre Isla; en fin, apenas se hallarán sino dos maneras de prosa: la didáctica y la polémica. A consecuencia de esta pobreza de vida literaria, los buenos escritores de este siglo encontraban una gran dificultad en su camino; pues lejos de disponer de una lengua artística favorable, la hallaron estragadísima, teniendo que aplicar cuidado y atención muy especiales en huir los muchos defectos en que abundaba la lengua que entonces se escribía ordinariamente. El vocabulario de la lengua escrita andaba muy menguado por el mal gusto de amanerados autores, que ni se inspiraban en los clásicos nacionales ni en el habla viva del pueblo; su principal fondo lo formaban, de un lado, los latinismos extravagantes y los términos abstractos introducidos a manos llenas en la poesía y en la oratoria por los culteranos, y en la prosa por los conceptistas, y de otra parte, gran caudal de galicismos que se desbordaba merced al gran favor que en toda Europa gozaban entonces las ideas y los libros franceses.
Jovellanos consiguió expurgar su dicción de estos viciosos elementos; y si en las oraciones académicas y discursos de su primera época no lo consiguió del todo, en la _Memoria de la Ley Agraria_ y en la _Defensa de la Junta Central_ aparece su estilo muy aliviado de cultismos y libre de galicismos. Sin embargo, entiéndase esto último respecto del galicismo en el vocabulario, que era fácil de desterrar cuando ya existía el Diccionario académico de autoridades, que permitía averiguar rápidamente si tal vocablo estaba o no autorizado por nuestros buenos escritores; pero el galicismo en la sintaxis, como es más difícil de reconocer y de estudiar, escapó con mayor facilidad a las persecuciones de nuestros más esmerados prosistas[625].
Jovellanos puede pasar por el mejor tipo de prosa que nos ofrece el siglo XVIII; en él aparecen reunidos con feliz tino los elementos de la lengua clásica, con los elementos nuevos que era necesario acoger para reflejar el pensamiento moderno, predispuesto a giros distintos que los habituales en los autores antiguos, y preocupado de materias por ellos no tratadas, como las relacionadas con la economía.
Jovellanos era ciertamente un purista, que buscaba restaurar, en lo posible, la castiza lengua de nuestros clásicos; pero no era radical en esta tendencia, como lo fué Vargas Ponce, que cayó en una exageración sistemática de arcaísmo; el purismo de Jovellanos, como el de Toreno y Quintana, fué templado, el que prevaleció e informa la lengua que hoy usamos todos.
Lejos de toda afección de clasicismo rígido, la prosa de Jovellanos es la primera de un grande autor moderno que nos ofrece un nuevo elemento de riqueza; el _provincialismo_, usado intencionadamente como recurso artístico, para lograr una expresión breve y pintoresca. En sus cartas familiares, sobre todo en las dirigidas a su paisano el canónigo don Carlos González de Posada, se hallan bastantes voces asturianas, como _bígaro_ (caracol de mar), _escazabellar_ (revolver papelotes), _solmenar_ (sacudir con fuerza), _peñerar_ (cerner), etcétera[626], y basta recordar las novelas de Valera y de Pereda para comprender el valor que en una obra literaria pueden tener estos elementos dialectales.
DEFENSA DE LA JUNTA CENTRAL ARTÍCULO III, INIC.
La Junta Central, que asumió el poder de la nación en 1808 en ausencia de Fernando VII, terminó su misión en enero de 1810, siendo sus miembros objeto de calumnias y persecuciones secundadas por la suprema Regencia y por el Consejo de España e Indias. Jovellanos, miembro de esa Junta, habla en defensa propia y de sus compañeros.
En la última calumnia divulgada contra los miembros de la Junta gubernativa, acabaron de vomitar sus enemigos todo el odio que en sus ruines almas escondían. Era muy grave, sin duda, sobre vergonzoso, el crimen de _peculato_; pero el de infidencia a la patria en las circunstancias en que, y en las personas a quienes se imputaba, reunía toda la enormidad que podía hacerle en el más alto grado abominable y atrocísimo. Y esto hace ver que si nuestros calumniadores fueron bastante insensatos para atribuirnos un crimen, que por inverosímil y repugnante se haría increíble o se desvanecería por sí mismo, también fueron bastante malvados en aprovechar el momento que era más favorable para producir el pronto y terrible efecto a que aspiraban. Hallábase la nación consternada por la triste y no esperada derrota de Ocaña y por la falta del mejor de sus ejércitos; los enemigos, vencida la barrera de Sierra-Morena, venían derramándose sobre los cuatro reinos de Andalucía; uno de sus ejércitos se avanzaba al de Sevilla y amenazaba su capital; aquella populosa ciudad estaba ya en el mayor sobresalto, y en este punto el Gobierno, saliendo de ella para trasladarse a la isla de León, parecía abandonarla a su suerte. ¡Qué momento tan oportuno para representar los centrales como fugitivos y traidores a la credulidad de un vulgo tan acostumbrado a oír esta voz, y tan agitado y descontento entonces, como propenso siempre a atribuir a la infidelidad las desgracias públicas!
Pero por más que circunstancias tristes y raras hubiesen favorecido aquella calumnia en Sevilla, por más que su eco hubiese resonado en otras partes por algunos días, por más que la emulación y la envidia hubiese salido en su apoyo en los lugares en que se reunió el Gobierno, el tiempo sólo bastó para desvanecerla; la verdad tomó su lugar, y se puede ya asegurar sin reparo que no habrá hoy en toda la extensión de España un solo hombre de sano juicio y recto corazón que pueda darle el más pequeño asenso.
Porque ¿a quién podría persuadirse que hombres tan altamente calificados por la opinión pública cayesen todos de repente en tanta vileza y corrupción como sus calumniadores suponían? ¿Cabía esto siquiera en el corazón humano? No por cierto. Capaz del bien y el mal, así como no se levanta de un vuelo hasta la cima de la heroica virtud, tampoco se despeña de un golpe en la sima de la iniquidad. Máximas de prudencia y justicia, de moderación y honestidad, bebidas en la primera educación; ejemplos de fortaleza, de beneficencia y patriotismo presentados en la juventud, y admirados y fielmente seguidos, forman los hábitos virtuosos que le perfeccionan y elevan por grados a la primera. Ignorancia y abandono en la primera edad, malos ejemplos aplaudidos o defectos tolerados, y pasiones mal reprimidas en la adolescencia, forman los hábitos perversos, que le corrompen y abaten hasta la segunda. Cabe sin duda en la flaqueza humana que un hombre antes inocente, agitado por el furor de una pasión fogosa y exaltada, se arroje sin reflexión a cometer alguna acción temeraria y violenta; pero ¿cabrá en este hombre un atroz designio, que no pueda concebirse sino por la más negra iniquidad, ordenarse sino con la más fría y profunda meditación, ni ejecutarse sino por medios viles, oficios tenebrosos, arterías y astucias pérfidamente maquinadas? Y lo que no cabe en un hombre solo ¿cabría en más de treinta de tan distinguido carácter y de probidad tan generalmente reconocida? Creer, pues, que todos, sin excepción alguna, desmintiesen de repente esta probidad, y haciéndose insensibles al freno del honor y sordos a la voz de la conciencia, y olvidados de lo que debían a su Dios, a su rey, a su patria y a sí mismos, se hiciesen de repente traidores, sería creer un fenómeno, tan raro en el orden moral como el retroceso de los planetas en el orden físico.
Y aun dado por posible este fenómeno moral, ¿cómo lo sería que en tanto número de personas de tan diferente condición y carácter se hallase tan estrecha unión, tan estudiado disimulo, tan profundo secreto y tan tortuosa conducta, como este malvado designio requería? Y cuando esto fuera repugnante en cualquier noble corporación, cuando lo fuera en el más humilde gremio o cofradía, ¿cuánto más no lo fuera en un cuerpo compuesto de tan nobles y tan varios elementos; en un cuerpo en que se habían reunido prelados, grandes, canónigos, militares, togados, intendentes y otras personas de diferente clase y profesión; en un cuerpo cuyos individuos se distinguían, más todavía que por su profesión, por su clase, por su educación, por sus talentos, por sus estudios, por sus servicios y por su conducta y carácter, y entre los cuales, por lo mismo, no podían faltar ni el deseo de dominar y distinguirse, ni la lucha y diferencia de opiniones, ni los celos y desavenencias, ni la falta de discreción y prudencia, ni la buena ni aun la mala emulación; vicios endémicos que turban la concordia de todas las corporaciones? Y cuando nuestros enemigos no cesaban de llamar defectuosa e imperfecta nuestra institución, precisamente porque entre tanto número de individuos creían difícil hallar la unión, la actividad y el secreto necesario para salvar la patria, ¿cómo podrían creer que sólo era fácil para venderla? ¿Creían por ventura que esta unión era imposible para el bien, y sólo posible y fácil para el mal? ¡Insensatos! El honor, la conciencia, el respeto a la opinión pública, el amor a nuestro rey y a nuestra patria, y el odio a la tiranía, nos pudieron unir y nos unieron para desempeñar fielmente nuestro deber hasta donde nuestras luces y nuestras fuerzas alcanzaron. ¿Cuáles, decid, cuáles pudieron ser los motivos que nos uniesen para prostituirle?
Porque siendo constante que los hombres no obran sin que algún impulso mueva o determine su acción, y que este impulso deba ser proporcionado a la grandeza de las acciones que produce, a nuestros enemigos toca señalar cuál pudo ser el que sacándonos de la senda del honor y virtud nos despeñó en tanta vileza y depravación. Sentimientos de odio y de amor, de temor o de interés, suelen mover poderosamente las acciones humanas. Y bien, ¿cuál de éstos pudo movernos a ser traidores a nuestro rey y a nuestra patria? ¿Será el odio a un rey tan virtuoso y tan desgraciado, o a una patria tan generosa y tan afligida? ¿A un rey que libraba en nosotros la esperanza de recobrar su libertad y su trono, o a una patria que nos había confiado el rescate de su rey y la defensa de su libertad? ¿Sería acaso el amor? Pero ¿a quién? ¿Al monstruo de perfidia que tan vilmente había engañado a nuestro amado e inocente rey, y tan cruelmente estaba ultrajando y oprimiendo a nuestra heroica y querida patria? ¿Sería el temor? Pero ¿qué podían temer los que estaban cubiertos con el escudo de la suprema autoridad y defendidos por todo el poder de una nación tan heroica y valiente? ¿Sería el interés? Pero ¿cuál pudo tentar a los que habían abandonado sus empleos, su casa, su fortuna y sus esperanzas para servir y ser fieles a su patria? Ni ¿qué interés pudo presentar a nuestra ambición la ruin política del tirano? ¿De mando? ¿Cuál igualaría al que ejercíamos en el seno de nuestra patria? ¿De honores? Y ¿cuáles serían comparables a aquel a que nuestra patria nos había elevado? ¿De otras altas recompensas? Pero ¿cuáles podría esperar nuestra perfidia de un tirano ofendido y provocado, que no pudiese esperar nuestra fidelidad de una patria generosa y reconocida? No, no; si esto no cabía en nuestro carácter ni en nuestra conciencia, menos cabía en nuestra razón ni en nuestra seguridad. ¿Podíamos acaso desconocer la condición de un tirano, modelo de tiranos, tan sabiamente prevista y tan exactamente definida por nuestras leyes? ¿Podíamos poner la menor confianza en los halagos y sugestiones de un monstruo, para quien la religión, los dulces vínculos del amor y de la sangre, el honor, la amistad, la buena fe, son nombres vanos; para quien las palabras, las promesas, los más solemnes tratados y los más santos juramentos, no son otra cosa que medios de seducción y perfidia?
Pero ¿qué digo? Los que disfrutábamos el alto honor de estar al frente de la nación más heroica del mundo, y aclamados en ella por padres de la patria, ¿iríamos a postrarnos a los pies del soldán de la Francia, para que nos pusiese en la lista de sus viles esclavos? ¿Iríamos a inclinar la rodilla ante el sátrapa de Madrid, para ayudarle a usurpar el trono de Pelayo y robar a nuestro Fernando el Sétimo la herencia de los Alfonsos y los Fernandos de Castilla? ¿Iríamos a mezclarnos con los Ofarriles, Urquijos y Morlas; con los caballeros Arribas y Marquinas, para ser, como ellos, insultados y despreciados por los insolentes bajáes del tirano, o iríamos a confundirnos entre los demás apóstatas de la patria, para ser, como ellos, escupidos y escarnecidos por nuestros fieles y oprimidos hermanos, para ostentar a su vista la ignominia que cubre siempre el rostro de los traidores, y para ser a todas horas objeto de su odio y execración? ¡Oh, colmo de ignominia y vileza! ¡Oh, asombro de malicia y perversidad! ¡Españoles, hijos de la lealtad y el honor, dechados de probidad y buena fe, sed vosotros jueces en esta causa! Juzgad, pronunciad si aquellos honrados ciudadanos que merecieron un día vuestra confianza, pudieron caer en tan vil y vergonzoso abatimiento. Y si todavía los hallais dignos de loor o de aprecio, haced que vuestro imparcial y respetable juicio desplome sobre sus infames calumniadores toda la ignominia con que quisieron manchar sus nombres y memoria.
CARTAS CARTA A DON ANTONIO PONZ
El autor describe las romerías de Asturias y habla de la llamada _Danza Prima_.
Después de haber sesteado un rato por los lugares amenos y sombríos de aquel contorno, se empiezan a disponer las danzas, que sirven de ocupación al resto de la tarde. Estas danzas no son menos sencillas y agradables que los demás regocijos del día. Cada sexo forma las suyas separadamente, sin que haya ejemplar de que el desarreglo o la licencia los hayan confundido jamás. El filósofo ve brillar en todas partes la inocencia de las antiguas costumbres, y nunca esta virtud es más grata a sus ojos que cuando la ve unida a cierta especie de placeres, que la corrupción ha hecho en todas partes incompatible con ella.
Aunque las danzas de los hombres se parece en la forma a la de las mujeres, hay entre unas y otras ciertas diferencias bien dignas de notarse. Seméjanse en unirse todos los danzantes en rueda, asidos de las manos, y girar en rededor con un movimiento lento y compasado, al son del canto, sin perder ni interrumpir jamás el sitio ni la forma. Son una especie de coreas a la manera de las danzas de los antiguos pueblos, que pueden tener su origen en los tiempos más remotos y anteriores a la invención de la gimnástica. Pero cada sexo tiene su poesía, su canto y sus movimientos peculiares, de que es preciso dar alguna razón.
Los hombres danzan al son de un romance de ocho sílabas, cantado por alguno de los mozos que más se señalan en la comarca por su clara voz y por su buena memoria; y a cada copla o cuarteto del romance responde todo el coro con una especie de estrambote, que consta de dos solos versos o media copla. Los romances suelen ser de guapos y valentones, pero los estrambotes contienen siempre alguna deprecación a la Virgen, a Santiago, San Pedro u otro santo famoso, cuyo nombre sea asonante con la media rima general del romance.
Esto me ha hecho presumir que tales danzas vienen desde el tiempo de la gentilidad, y que en ellas se cantarían entonces las alabanzas de los héroes, interrumpidas y alternadas con himnos a los dioses. Lo cierto es que su origen es muy remoto, que el depravado gusto de las jácaras es muy moderno, y que la mezcla de ellas con las súplicas a los santos es tan monstruosa, que no pudieron nacer en un mismo tiempo, ni derivarse de una misma causa.
Tampoco sería extraño presumir que estas danzas eclesiásticas, y que tienen cierto sabor a los usos y estilos litúrgicos de la media edad, pudieron ser traídas acá por los romeros que en ella venían a peregrinar en este país; pues ya sabe usted que las romerías de San Salvador en Oviedo, fueron en algún tiempo muy frecuentadas, y aun de ellas dura todavía algún resto. Lo cierto es que esta mezcla de devoción, regocijo y francachela, tiene parecer muy conforme al espíritu de los siglos supersticiosos y al carácter de aquellos devotos vagamundos, que con título de piedad andaban por entonces de santuario en santuario, dados a la vida libre y holgazana, comiendo, bebiendo y saltando por el rey de Francia.