Antología de prosistas castellanos

Part 22

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[610] Aclara este pasaje la variante que ofrece un manuscrito: «sólo el dinero que va a Francia sana de esos lamparones, porque el Rey de Francia no admite ginoveses». A los reyes de Francia les atribuía el pueblo la milagrosa virtud de curar los lamparones o escrófulas.

[611] Esto es: «¿había de salir yo?» Los verbos _haber_ y _tener_ alternan en su uso de auxiliares, pero aquí es de notar la ausencia de la preposición _de_.

[612] Anticuado, por _empréstito_.

[613] Parece que toma la barba como característica de los letrados: en esto debe fundarse el refrán: _callen barbas y hablen cartas_. De la gorra dice Covarrubias: «Llamaron medias gorras aquellas cuya faldilla caía derecha la mitad, y cubría el pestorejo, y las orejas, y con una toquilla que formaba una rosa en medio de la coronilla y ésta era cobertura de letrados y consejeros de los Reyes. Esto está ya mudado, porque empezaron a levantar un pedazo de la copa de la gorra..., luego la empinaron toda, de suerte que della al sombrero hay poca diferencia.»

[614] En el sentido anticuado de ‘_juez_’.

[615] Alude a la fundación de Venecia.

[616] Tener mano con uno, tener poder y valimiento con él.

[617] Agrages, sobrino de la Reina Elisena, madre de Amadis de Gaula e hijo del Rey Languines, es uno de los héroes del famoso libro de _Amadis_, cuya lectura, muy común entre próceres e hidalgos en los siglos XV y XVI, llevó al público el adagio en fórmula de amenaza que se ridiculiza en este lugar.

[618] COVARRUBIAS dice: «Son temidos los bermejos por cautelosos y astutos, como lo insinua Marcial... Y bermegía vale tanto como agudeza maliciosa extraordinaria y perjudicial.»

[619] Los lazarinos, que padecían la lepra llamada mal de San Lázaro, pedían limosna, haciendo ruido con unas tablillas o tejuelas.

[620] Véase atrás, pág. 173, n. 364.

[621] «_Lacayo_, el mozo de espuelas que va delante del señor cuando va a caballo. Es vocablo alemán introducido en España por la venida del rey Filipo, que antes no se había usado.» COVARRUBIAS.

[622] «Echarse un cántaro de agua a pechos, beber con mucha sed.» COVARRUBIAS.

[623] En estas fórmulas partitivas se suprime hoy el artículo ante el numeral.

EL P. BALTASAR GRACIÁN

(† 1658)

Publicó en 1650, con el nombre de Lorenzo Gracián, la primera parte de su novela filosófica _El Criticón_, y en 1653, la segunda. _El Discreto_, colección de retratos morales, apareció en 1646.

Este profundo escritor, diestro conocedor de la naturaleza humana, tan gustado por los filósofos y moralistas franceses y alemanes en los siglos XVII y XVIII, pertenece, por su estilo, a la escuela de Quevedo, de quien era gran admirador. Era, como dice Menéndez y Pelayo, «talento de estilista de primer orden, maleado por la decadencia literaria; pero, así y todo, el segundo de aquel siglo en originalidad de invenciones fantástico-alegóricas, en estro satírico, en alcance moral, en bizarría de expresiones nuevas y pintorescas, en _humorismo_ profundo y de ley...; el que quiera hacerse dueño de las inagotables riquezas de nuestra lengua, tiene todavía mucho que aprender en _El Criticón_, aun después de haber leído a Quevedo».

Es quizá el escritor más conciso de nuestra literatura. Su laconismo es casi siempre de admirar; lo profesaba como una de las principales reglas de su estilo: _lo bueno, si breve, dos veces bueno; más obran quintas esencias que fárragos_; por esto sus obras brillan principalmente en la abundancia de máximas morales, animadas por un espíritu de profunda observación. Pero cayó en las exageraciones de todos los conceptistas, mirando como única fuente de belleza el concepto agudo, variado de mil artificiosas maneras: «Son los conceptos, escribía, vida del estilo, espíritu del decir, y tanto tienen de perfección cuanto de sutileza. Hase de procurar que las _proposiciones_ hermoseen el estilo, los _misterios_ le hagan preñado, las _alusiones_ disimulado, los _empeños_ picante, las _ironías_ le den sal, las _crisis_ hiel, las _paranomasias_ donaire, las _sentencias_ gravedad, las _semejanzas_ lo fecunden y las _paridades_ lo realcen; pero todo esto con un grano de acierto: que todo lo sazona la cordura.» Esta le faltó a menudo, haciéndole caer en los extremos del ingenio y dando a su expresión oscuridad enigmática.

Lo mismo que Quevedo, maneja el lenguaje con gran libertad, empleando compuestos y derivados nuevos, y en sus obras se hallarán palabras desusadas en el siglo XVI, principalmente abstractas, que los culteranos y conceptistas introducían entonces en la lengua para la expresión desembarazada de pensamientos generales. Como ejemplo pueden recordarse: _reagudo_ ‘el que se pasa de listo’, _conrey_, _conreynar_ ‘conregnare’, _improporción_, _incomprensibilidad_, _exorbitancia_, _desautorizado_, _integérrimo_, etc.

EL DISCRETO NO ESTAR SIEMPRE DE BURLAS. SÁTIRA.

Es muy seria la prudencia, y la gravedad concilia veneración de dos extremos; más seguro es el genio majestuoso. El que siempre está de burlas nunca es hombre de veras, y hay algunos que siempre lo están, tiénenlo por ventaja de discreción y le afectan; que no hay monstruosidad sin padrino; pero no hay mayor desaire que el continuo donaire. Su rato han de tener las burlas; todos los demás las veras. El mismo nombre de sales está avisando cómo se han de usar. Hase de hacer distinción de tiempos, y mucho más de personas. El burlarse con otro es tratarle de inferior, y a lo más, de igual, pues se le aja el decoro y se le niega la veneración.

Estos tales nunca se sabe cuándo hablan de veras, y así los igualamos con los mentirosos, no dándoles crédito a los unos por recelo de mentira, y a los otros de burla. Nunca hablan en juicio, que es tanto como no tenerle, y más culpable, porque no usar de él por no querer, más es que por no poder, y así no se diferencia de los faltos sino en ser voluntarios, que es doblada monstruosidad. Obra en ellos la liviandad lo que en los otros el defecto; un mismo ejercicio tienen, que es entretener y hacer reír, unos de propósito, otros sin él.

Otro género hay aún más enfadoso por lo que tiene de perjudicial, y es de aquellos que en todo tiempo y con todos están de fisga. Aborrecibles monstruos, de quienes huyen todos más que del bruto de Esopo, que cortejaba a coces y lisonjeaba a bocados. Entre fisga y gracia van glosando la conversación, y lo que ellos tienen por punto de galantería es un verdadero desprecio de lo que los otros dicen, y no sólo no es graciosidad, sino una aborrecible frialdad. Lo que ellos presumen de gracia es un prodigioso enfado de los que tercian. Poco a poco se van empeñando hasta ser murmuradores cara a cara. Por decir una gracia os dirán un convicio, y éstos son de quien Cicerón abominaba, que por decir un dicho pierden un amigo o lo entibian; ganan fama de decidores y pierden el crédito de prudentes. Pásase el gusto del chiste y queda la pena del arrepentimiento: lloran por lo que hicieron reír. Estos no se ahorran, ni con el más amigo ni con el más compuesto, y es notable que jamás se les ofrece la prontitud en favor, sino en sátira; tienen siniestro el ingenio.

Este, con otros defectos infelices, nace de poca sustancia y acompaña la liviandad. En hombres de gran puesto se censuran más, y, aunque los hace en algún modo gratos al vulgo por la llaneza, pone a peligro el decoro con la felicidad; que como ellos no la guardan a los otros, ocasionan el recíproco atrevimiento.

Es connatural en algunos el donoso genio. Dotóles de esta gracia la naturaleza, y si con la cordura se templase, sería prenda, y no defecto. Un grano de donosidad es plausible realce en el más autorizado; pero dejarse vencer de la inclinación en todo tiempo es venir a parar en hombre de dar gusto por oficio, sazonador de dichos y aparejador de la risa; si en una cómica novela se condena por impropiedad el introducirse siempre chanceando a Davo, y que entre lo grave de la enseñanza o lo serio de la reprensión del padre al hijo mezcle él su gracejo, ¿qué será, sin ser Davo, en una grave conversación estar chanceando? Será hacer farsa con risa de sí mismo.

Hay algunos que, aunque le pese a Minerva, afectan la graciosidad, y como en ellos es postiza, ocasiona antes enfado que gusto, y si consiguen el hacer reír, más es fisga de su frialdad que agrado de su donaire. Siempre la afectación fué enfadosa, pero en el gracejo, intolerable, porque sumamente enfada, y queriendo hacer reír, queda ella por ridícula, y si comúnmente viven desacreditados los graciosos, ¿cuánto más los afectados, pues con su frialdad doblan el precio?

Hay donosos y hay burlescos, que es mucha la diferencia. El varón discreto juega también en esta pieza del donaire, no la afecta, y esto en su sazón; déjase caer como al descuido un grano de esta sal, que se estimó más que una perla, raras veces, haciéndole salva a la cordura y pidiéndole al decoro la venia. Mucho vale una gracia en su ocasión. Suele ser el atajo del desempeño. Sazonó esta sal muchos desaires. Cosas hay que se han de tomar de burlas, y tal vez las que el otro más de veras. Único arbitrio de cordura, hacen juego del más encendido fuego.

Pesado es el extremo de los muy serios, y poco plausible Catón con su bando, pero venerado; rígida será la de los compuestos y cuerdos; pocos la siguen, muchos la reverencian, y aunque causa la gravedad pesadumbre, pero no desprecio.

Que es de ver uno de estos destemplados de agudeza, siniestros de ingenio, chancear aún en la misma muerte; que si los sabios mueren como cisnes, éstos como grajos, gracejando mal y porfiando. De esta suerte un Carvajal mostró cuán rematada había sido su vida.

Los hombres cuerdos y prudentes siempre hicieron muy poca merced a las gracias, y una sola bastaba para perder la real del Católico prudente. Súfrense mejor unos a otros los necios, o porque no advierten o porque se semejan. Mas el varón prudente no puede violentarse, si no es que tercie la dependencia.

EL CRITICÓN PARTE I, CRISI VI

Visitando Critilo y Andrenio el mundo, buscan en vano, como Diógenes, algún hombre. Sátira de la que abandonan toda aspiración práctica por entregarse a ilusiones exageradas y vanas.

En busca iban de los hombres, sin poder descubrir uno, cuando al cabo de rato y cansancio toparon con medio, un medio hombre y medio fiera; holgóse tanto Critilo cuanto se inmutó Andrenio, preguntando: «¿Qué monstruo es éste tan extraño?»--«No temas, respondió Critilo, que éste es más hombre que los mismos, éste es el maestro de los reyes y el rey de los maestros, éste es el sabio Quirón. ¡Oh, qué bien nos viene y cuán a la ocasión! Pues él nos guiará en esta primera entrada del mundo, y nos enseñará a vivir, que importa mucho a los principios.» Fuése para él saludándole, y correspondió el Centauro con doblada humanidad; díjole como iban en busca de los hombres, y que después de haber dado cien vueltas, no habían podido hallar uno tan sólo».--«No me espanto, dijo él, que no es éste siglo de hombres, digo, aquellos famosos de otros tiempos. ¿Qué, pensabais hallar ahora un don Alonso el Magnánimo, en Italia; un Gran Capitán, en España; un Enrico IV, en Francia, haciendo corona de su espada y de sus guarniciones lises? Ya no hay tales héroes en el mundo, ni aun memoria dellos.»--«¿No se van haciendo?», replicó Andrenio.--«No llevan traza, y para luego es tarde; pues de verdad que ocasiones no han faltado.»--«¿Cómo no se han hecho, preguntó Critilo?»--«Porque se han deshecho; hay mucho que decir en ese punto, ponderó el Quirón; unos lo quieren ser todo, y al cabo son menos que nada; valiera más no hubieran sido. Dicen también que corta mucho la envidia con las tijerillas de Tomeras. Pero yo digo que ni es eso ni esotro, sino que mientras el vicio prevalezca, no campeará la virtud, y sin ella no puede haber grandeza heroica. Creedme que esta Venus tiene arrinconadas a Belona y a Minerva en todas partes, y no trata ella sino con viles herreros, que todo lo tiznan y todo lo yerran. Al fin no nos cansemos, que él no es siglo de hombres eminentes, ni en las armas, ni en las letras. Pero decidme, ¿dónde los habéis buscado?» Y Critilo: «¿dónde los habemos de buscar sino en la tierra? ¿No es ésta su patria y su centro?»--«Qué bueno es eso, dijo el Centauro; ¡mirá cómo los habíais de hallar! No los habéis de buscar ya en todo el mundo, que ya han mudado de hito; nunca está quieto el hombre, con nada se contenta.»--«Pues menos los hallaremos en el cielo», dijo Andrenio.--«Menos, que no están ya ni en cielo ni en tierra.»--«Pues ¿dónde los habemos de buscar?»--«Dónde? En el aire.»--«¿En el aire?»--«Sí, que allí se han fabricado castillos en el aire, torres de viento donde están muy encastillados, sin querer salir de su quimera.»--«Según eso, dijo Critilo, todas sus torres vendrán a ser de confusión, y por no ser Ianos de prudencia, les picarán las cigüeñas manuales, señalándolos con el dedo, y diciendo: ¿éste no es aquel hijo de aquel otro? De suerte que con lo que ellos echaron a las espaldas los demás les darán en el rostro.»--«Otros muchos, prosiguió el Quirón, se han subido a las nubes, y aun hay quien, no levantándose del polvo, pretende tocar con la cabeza en las estrellas. Paséanse no pocos por los espacios imaginarios, camaranchones de su presunción. Pero la mayor parte hallaréis acullá sobre el cuerno de la luna, y aun pretenden subir más alto, si pudieran.»--«Tiene razón, voceó Andrenio, acullá están, allá los veo, y aun allí andan empinándose, tropezando unos y cayendo otros, según las mudanzas suyas y de aquel planeta, que ya les hace una cara y ya otra, y aun ellos también no cesan entre sí de armarse zancadillas, cayendo todos con más daño que escarmiento.»--«¡Hay tal locura!, repetía Critilo. ¿No es la tierra su lugar propio del hombre, su principio y su fin? ¿No les fuera mejor conservarse en este medio, y no querer encaramarse con tan evidente riesgo? ¿Hay tal disparate?»--«Sí, lo es grande, dijo el semihombre, materia de harta lástima para unos y de risa para otro, ver que el que ayer no se levantaba de la tierra ya le parece poco un palacio, ya habla sobre el hombro el que ayer llevaba la carga en él; el que nació entre las malvas pide los artesones de cedro; el desconocido de todos hoy desconoce a todos; el hijo tiene el puntillo de los muchos que dió su padre; el que ayer no tenía para pasteles asquea el faisán; blasona de linajes el de conocido solar, el vos es señoría; todos pretenden subir y ponerse sobre los cuernos de la luna, más peligrosos que los de un toro, pues estando fuera de su lugar, es forzoso dar abajo con ejemplar infamia.»

D. FRANCISCO MANUEL DE MELO

(1611-1667)

Publicó el año de 1645 su _Historia de los movimientos y separación de Cataluña, y de la guerra entre la Majestad Católica de Don Felipe el IV y la Diputación General de aquel Principado_.

Aunque Melo era natural de Lisboa, su lenguaje es castizo y elegante castellano, modelo en la expresión feliz y acertada. Multitud de portugueses de los siglos XVI y XVII miraban como suya propia a nuestra lengua.

La dicción de Melo, breve, cortada y aforística, recuerda al tan imitado Mendoza, que es su modelo; también, como éste, se inspira en Tácito, de quien copia el corte general de su Prólogo. Pero no queda, como Moncada, restringido a estos modelos antiguos; Melo pertenece de lleno, por su estilo, al gusto del siglo XVII, y es un imitador de Quevedo; aunque esto se ve más en sus otras obras (_Las tres musas_, _Política militar_, _Eco político_), también resalta en la _Guerra de Cataluña_, donde abundan las frases henchidas de pensamientos agudos y profundos, las metáforas audaces e ingeniosas.

En el arte de la historiografía, representa una tendencia más decidida a retratar con superior viveza y realidad los hechos de que había sido testigo presencial, y, sobre todo, a caracterizar los personajes, ayudándose para esto hasta de las arengas, que en la pluma de otros historiadores no servían sino de mero adorno retórico: «Procuro no faltar a la imitación de los sujetos cuando hablo por ellos, ni a la semejanza cuando hablo de ellos; en inquirir y retratar afectos, pocos han sido más cuidadosos; si lo he conseguido, dicha ha sido de la experiencia que tuve de casi todos los hombres de que trato; he deseado mostrar sus ánimos, no los vestidos de seda, lana o pieles, sobre que tanto se desveló un historiador grande de estos años, estimado en el mundo.» Pero entiéndase que esta mayor profundidad a que aspira Melo, no va guiada hacia un fin científico de exactitud, sino hacia un ideal puramente literario, deseando con ese análisis de caracteres dar más interés dramático a su historia; por lo demás, para lograr efectos artísticos, calla la verdad o la violenta sin escrúpulo, como hacían todos los historiadores a la manera clásica; por ejemplo: Melo, buscando el interés para su relato, puso artificiosamente como primer estallido de la revolución el tumulto que ensangrentó las calles de Barcelona el día del Corpus de 1640, con cuya descripción formó una de las páginas más hermosas de su obra, de la que aquí incluímos un extracto, y, sin embargo, para concertar en ella el efecto, hubo de callarse que hacía ya treinta y siete días que los disturbios habían comenzado[624].

HISTORIA DE LA GUERRA DE CATALUÑA LIBRO I, PÁRRAFOS 79 A 99

Estalla la revolución en Barcelona el 7 de junio de 1640

Había entrado el mes de junio, en el cual, por uso antiguo de la provincia, acostumbran bajar de toda la montaña hacia Barcelona muchos segadores, la mayor parte hombres disolutos y atrevidos que lo más del año viven desordenadamente, sin casa, oficio o habitación cierta; causan de ordinario movimientos e inquietud en los lugares donde los reciben; pero la necesidad precisa de su trato, no consiente que se les prohiba; temían las personas de buen ánimo su llegada, juzgando que las materias presentes podrían dar ocasión a su atrevimiento en perjuicio del sosiego público.

Entraban, comúnmente, los segadores en vísperas del Corpus, y se habían anticipado aquel año algunos; también su multitud, superior a los pasados, daba más que pensar a los cuerdos, y con mayor cuidado por las observaciones que se hacían de sus ruines pensamientos.

El de Santa Coloma, avisado de esta novedad, procuró, previniéndola, estorbar el daño que ya antevía: comunicólo a la ciudad, diciendo le parecía conveniente a su devoción y festividad que los segadores fuesen detenidos, porque con su número no tomase algún mal propósito el pueblo, que ya andaba inquieto; pero los conselleres de Barcelona (así llaman los ministros de su magistrado; consta de cinco personas), que casi se lisonjeaban de la libertad del pueblo, juzgando de su estruendo habría de ser la voz que más constante votase el remedio de su república, se excusaron con que los segadores eran hombres llanos y necesarios al manejo de las cosechas; que el cerrar las puertas de la ciudad, causaría mayor turbación y tristeza; que quizá su multitud no se acomodaría a obedecer la simple orden de un pregón. Intentaban con esto poner espanto al Virey para que se templase en la dureza con que procedía; por otra parte, deseaban justificar su intención por cualquier suceso.

Pero el Santa Coloma ya imperiosamente les mostró con claridad la peligrosa confusión que los aguardaba en recibir tales hombres; empero volvió el magistrado por segunda respuesta que ellos no se atrevían a mostrar a sus naturales tal desconfianza; que reconocían parte de los efectos de aquel recelo; que mandaban armar algunas compañías de la ciudad para tenerla sosegada; que donde su flaqueza no alcanzase, supliese la gran autoridad de su oficio, pues a su poder tocaba hacer ejecutar los remedios que ellos sólo podían pensar y ofrecer. Estas razones detuvieron al conde, no juzgando por conveniente rogarles con lo que no podía hacerles obedecer, o también porque ellos no entendiesen eran tan poderosos, que su peligro o su remedio podía estar en sus manos.

Amaneció el día en que la Iglesia católica celebra la institución del Santísimo Sacramento del altar; fué aquel año el 7 de junio; continuóse por toda la mañana la temida entrada de los segadores. Afirman que hasta dos mil, que con los anticipados hacían más de dos mil y quinientos hombres, algunos de conocido escándalo; dícese que muchos, a la prevención y armas ordinarias, añadieron aquella vez otras, como que advertidamente fuesen venidos para algún hecho grande.

Entraban y discurrían por la ciudad; no había por todas sus calles y plazas sino corrillos y conversaciones de vecinos y segadores; en todos se discurría sobre los negocios entre el rey y la provincia, sobre la violencia del Virey, sobre la prisión del diputado y concejeros, sobre los intentos de Castilla y, últimamente, sobre la libertad de los soldados; después, ya encendidos de su enojo paseaban llenos de silencio por las plazas, y el furor oprimido de la duda forcejaba por salir, asomándose a los efectos, que todos se reconocían rabiosos e impacientes; si topaban algún castellano, sin respetar su hábito o puesto, lo miraban con mofa y descortesía, deseando incitarlos al ruido; no había demostración que no prometiese un miserable suceso...

Señalábase entre todos los sediciosos uno de los segadores, hombre facineroso y terrible, al cual queriendo prender, por haberle conocido, un ministro inferior de la justicia, hechura y oficial del Monredón (de quien hemos dicho), resultó desta contienda ruido entre los dos; quedó herido el segador, a quien ya socorría gran parte de los suyos. Esforzábase más y más uno y otro partido, empero siempre ventajoso el de los segadores. Entonces algunos de los soldados de milicia que guardaban el palacio del Virey, tiraron hacia el tumulto, dando a todos más ocasión de remedio. A este tiempo rompían furiosamente en gritos: unos pedían venganzas; otros, más ambiciosos, apellidaban la libertad de la patria; aquí se oía: «¡Viva Cataluña y los catalanes!» Allí otros clamaban: «¡Muera el mal gobierno de Felipe!» Formidables resonaron la primera vez estas cláusulas en los recatados oídos de los prudentes; casi todos los que no las ministraban las oían con temor, y los más no quisieran haberlas oído. La duda, el espanto, el peligro, la confusión, todo era uno; para todo había su acción, y en cada cual cabían tan diferentes efectos; sólo los ministros reales y los de la guerra lo esperaban, iguales en el celo. Todos aguardaban por instantes la muerte (el vulgo furioso, pocas veces para sino en sangre); muchos, sin contener su enojo, servían de pregón al furor de otros; éste gritaba cuando aquél hería, y éste, con las voces de aquél, se enfurecía de nuevo. Infamaban los españoles con enormísimos nombres; buscábanlos con ansia y cuidado, y el que descubría y mataba, ese era tenido por valiente, fiel y dichoso.

Las milicias armadas, con pretexto de sosiego, o fuese orden del conde o sólo de la ciudad, siempre encaminada a la quietud, los mismos que en ellas debían servir a la paz, ministraban el tumulto.