Antología de prosistas castellanos
Part 20
Quien os dijere que vos no podéis hacer estos milagros, dar vista y pies, y vida, y salud, y resurrección y libertad de opresión de malos espíritus, ese os quiere ciego, y tullido, y muerto, y enfermo, y poseído de su mal espíritu. Verdad es que no podéis, Señor, obrar aquellos milagros; mas también lo es que podéis imitar sus efectos. Obligado estáis a la imitación de Cristo. Si os descubrís donde os vea el que[582] no dejan que pueda veros, ¿no le dais vista? Si dais entrada al que necesitando de ella se la negaban, ¿no le dais pies y pasos? Si oyendo a los vasallos, a quien[583] tenía oprimido el mal espíritu de los codiciosos, los remediais, ¿no les dais libertad de tan mal demonio? Si oís al que la venganza y el odio tiene condenado al cuchillo o al cordel, y le hacéis justicia, ¿no resucitáis un muerto? Si os mostráis padre de los huérfanos y de las viudas, que son mudos, y para quien todos son mudos, ¿no les dais voz y palabras? Si socorriendo los[584] pobres, y disponiendo la abundancia con la blandura del gobierno, estorbáis la hambre y la peste, y en una y otra todas las enfermedades, ¿no sanáis a los enfermos? Pues, ¿cómo, Señor, estos malsines de la doctrina de Cristo os acreditarán los milagros de esta imitación, que sola os puede hacer rey verdaderamente, y pasar la majestad de los cortos límites del nombre? Por esto, soberano Señor, dijo Cristo: «Mayor testimonio tengo que Juan Bautista, porque las obras que hago dan testimonio de mí.» Y reconociendo esto San Juan, no dijo lo que sabía, sino mandó a sus discípulos le preguntasen quién era, para que respondiendo sus obras viese el mundo mayor testimonio que el suyo.
Pues si no puede ser buen rey, imitador del verdadero Rey de los reyes, el que no diere a los suyos salud, vida, ojos, lengua, pies y libertad, ¿qué será el que les quitare todo esto? Será, sin duda, mal espíritu, enfermedad, ceguera y muerte. Considere Vuestra Majestad si los que os apartan de hacer estos milagros quieren ellos solos veros y que los veáis; acompañaros siempre; que no habléis con otros, y que otros no os hablen; que no obréis salud y vida y libertad, sino con ellos; y sin otra advertencia conoceréis que os ciegan, y os enferman, y os tullen, y os enmudecen; y os hallaréis obseso de malos espíritus vos, cuyo oficio es obrar en todos los vuestros lo contrario.
¡Insensatos electores de imperios son los nueve meses! Quien debe la majestad a las anticipaciones del parto y a la primera impaciencia del vientre, mucho hace si se acuerda, para vivir como rey, de que nació como hombre. Pocos tienen por grandeza ser reyes por el grito de la comadre; pocos, aun siendo tiranos, se atribuyen a la naturaleza: todos lo hacen deuda a sus méritos. Dichoso es quien nace para ser rey, si reinando merece serlo; y no se merece sino con la imitación de las obras con que Cristo respondió que era rey. El angélico Doctor Santo Tomás, en el opúsculo _De la enseñanza del príncipe_, dice que si los monarcas, que están en la mayor altura y encima de todos, no son como el fieltro, que defiende de las inclemencias del tiempo al que le lleva encima, son como las inclemencias, diluvios y piedra sobre las espigas que cogen debajo. Lleva el vasallo el peso del rey a cuestas como las armas, para que le defienda, no para que le hunda. Justo es que recompense, defendiendo, el ser llevado y el ser carga.
VIDA DE MARCO BRUTO
Haciendo amplios comentarios al texto de la Vida de Bruto, escrita por Plutarco, supone que el matador de César pronuncia ante el pueblo esta oración:
«Ciudadanos de Roma: Las guerras civiles, de compañeros de Julio César os hicieron vasallos; y esta mano, de vasallos os vuelve a compañeros. La libertad que os dió mi antecesor Junio Bruto contra Tarquino, os da Marco Bruto contra Julio César. De este beneficio no aguardo vuestro agradecimiento, sino vuestra aprobación. Yo nunca fuí enemigo de César, sino de sus designios; antes tan favorecido[585], que en haberle muerto fuera el peor de los ingratos, si no hubiera sido el mejor de los leales. No han sido sabidoras de mi intención la envidia ni la venganza. Confieso que César, por su valentía y por su sangre, y su eminencia en la arte militar y en las letras, mereció que le diese vuestra liberalidad los mayores puestos; mas también afirmo que mereció la muerte, porque quiso antes tomároslos con el poder de darlos, que merecerlos: por esto no lo he muerto sin lágrimas. Yo lloré lo que él mató en sí, que fué la lealtad a vosotros, la obediencia a los Padres; no lloré su vida, porque supe llorar su alma. Pompeyo dió la muerte a mi padre; y aborreciéndole[586] como a homicida suyo, luego que contra Julio en defensa de vosotros tomó las armas, le perdoné el agravio, seguí sus órdenes, milité en sus ejércitos, y en Farsalia me perdí con él[587]. Llamóme con suma benignidad César, prefiriéndome en las honras y beneficios a todos. He querido traeros estos dos sucesos a la memoria, para que veáis que ni en Pompeyo me apartó de vuestro servicio mi agravio, ni en César me granjearon contra vosotros las caricias y favores. Murió Pompeyo por vuestra desdicha: vivió César por vuestra ruina: matéle yo por vuestra libertad. Si esto juzgáis por delito[588], con vanidad le confieso; si por beneficio, con humildad os le propongo. No temo el morir por mi patria; que primero decreté mi muerte que la de César. Juntos estáis, y yo en vuestro poder; quien se juzgare indigno de la libertad que le doy, arrójeme su puñal, que a mí me será doblada gloria morir por haber muerto al tirano. Y si os provocan a compasión las heridas de César, recorred todas vuestras parentelas, y veréis cómo por él habéis degollado vuestros linajes, y los padres con la sangre de los hijos, y los hijos con la de sus padres, habéis[589] manchado las campañas y calentado los puñales. Esto, que no pude estorbar y procuré defender[590], he castigado. Si me hacéis cargo de la vida de un hombre, yo os le hago de la muerte de un tirano. Ciudadanos: si merezco pena, no me la perdonéis; si premio, yo os le perdono.»
LAS ZAHURDAS DE PLUTÓN
El autor finge en este _Sueño_ que, dejando el camino desagradable y solitario de la virtud, se pasa a otro atestado de gente de todas condiciones que por él corría; encarece el humor agradable y entretenido de estos pasajeros, y pondera su contento de ir en compañía tan reverenda y honrada.
Mas duróme poco, porque oí decir a mis espaldas: «¡Dejen pasar los boticarios!»[591]--¿Boticarios pasan?--dije yo entre mí--; al infierno vamos. Y fué así, porque al punto nos hallamos dentro por una puerta como[592] de ratonera, fácil de entrar[593], e imposible de salir por ella.
Y fué de ver que nadie en todo el camino dijo: «Al infierno vamos»; y todos, estando en él, dijeron muy espantados: «¡En el infierno estamos!» ¿En el infierno?--dije yo muy afligido--; ¡no puede ser! Quíselo poner a pleito; comencéme a lamentar de las cosas que dejaba en el mundo: los parientes, los amigos, los conocidos, las damas; y estando llorando esto, volví la cara hacia el mundo, y vi venir por el mismo camino, despeñándose a todo correr, cuanto[594] había conocido allá, poco menos. Consoléme algo en ver esto, y que, según se daban priesa a llegar al infierno, estarían conmigo presto.
Comenzóseme a hacer áspera la morada y desapacibles los zaguanes. Fuí entrando poco a poco entre unos sastres que se me llegaron, que iban medrosos de los diablos. En la primera entrada hallamos siete demonios escribiendo los que íbamos entrando. Preguntáronme mi nombre; díjele y pasé. Llegaron a mis compañeros, y dijeron que eran remendones, y dijo uno de los diablos: «Deben entender los remendones en el mundo que no se hizo el infierno sino para ellos, según se vienen por acá.» Preguntó otro diablo cuántos eran; respondieron que ciento, y replicó un verdugo mal barbado entrecano: «¿Ciento, y sastres? No pueden ser tan pocos; la menor partida que habemos recibido ha sido de mil y ochocientos. En verdad que estamos por no recibirles.» Afligiéronse ellos; mas al fin entraron. Ved cuáles son los malos, que es para ellos amenaza el no dejarlos entrar en el infierno. Entró el primero[595] un negro, chiquito, rubio, de mal pelo; dió un salto en viéndose allá, y dijo: «Ahora acá estamos todos.» Salió de un lugar, donde estaba aposentado, un diablo de marca mayor[596], corcovado y cojo; y arrojándolos en una hondura muy grande, dijo: «Allá va leña.» Por curiosidad me llegué a él y le pregunté de qué estaba corcovado y cojo, y me dijo (que era diablo de pocas palabras): «Yo era recuero de remendones. Iba por ellos al mundo, y de traerlos a cuestas me hice corcovado y cojo; he dado en la cuenta, y hallo que se vienen mucho más apriesa que yo los puedo traer.» En esto hizo otro vómito dellos el mundo, y hube de entrarme porque no había donde estar ya allí, y el monstruo infernal empezó a traspalar, y diz que es la mejor leña que se quema en el infierno, remendones de todo oficio, gente que sólo tiene bueno ser enemiga de novedades.
Pasé adelante por un pasadizo muy escuro, cuando por mi nombre me llamaron. Volví a la voz los ojos, casi tan medrosa como ellos, y hablóme un hombre, que por las tinieblas no pude divisar más de lo que la llama que le atormentaba me permitía. «¿No me conoce? me dijo; a...» (ya lo iba a decir) y prosiguió tras su nombre:... «el librero? Pues yo soy. ¡Quién tal pensara!» Y es verdad, Dios, que yo siempre lo sospeché, porque era su tienda el burdel de los libros... «¿Qué quiere?--me dijo viéndome suspenso--pues es tanta mi desgracia que todos se condenan por las malas obras que han hecho, y yo y algunos libreros nos condenamos por las obras malas que hacen los otros, y por lo[597] que hicimos barato de los libros en romance y traducidos del latín, sabiendo ya con ellos los tontos lo que encarecían en otros tiempos los sabios; que ya hasta el lacayo latiniza, y hallarán a Horacio en castellano en la caballeriza.» Más iba a decir, sino que un demonio le comenzó a atormentar con humazos de hojas de sus libros, y otro a leerle alguno dellos. Yo, que vi que ya no hablaba, fuíme adelante, diciendo entre mí: Hay quien se condena por obras malas ajenas, ¿qué harán los que las hicieran propias?
En esto iba, cuando en una gran zahurda andaban mucho número de ánimas gimiendo, y muchos diablos con látigos y zurriagas azotándolos[598]. Pregunté qué gente eran, y dijeron que no eran sino cocheros; y dijo un diablo lleno de cazcarrias, romo y calvo, que quisiera más (a manera de decir) lidiar con lacayos; porque había cochero de aquellos que pedía aun dineros por ser atormentado, y que la tema de todos era que habían de poner pleito a los diablos por el oficio, pues no sabían chasquear los azotes tan bien como ellos...
Y lleguéme a unas bóvedas donde comencé a tiritar de frío y dar diente con diente, que me helaba. Pregunté, movido de la novedad de ver frío en el infierno, qué era aquello; y salió a responder un diablo zambo, con espolones y grietas, lleno de sabañones, y dijo: «Señor, este frío es de que en esta parte están recogidos los bufones, truhanes y juglares, chocarreros hombres por demás[599] y que sobran en el mundo, y que están aquí retirados, porque si anduvieran por el infierno sueltos, su frialdad es tanta, que templaría el dolor del fuego.» Pedíle licencia para llegar a verlos; diómela, y calofriado llegué y vi la más infame casilla del mundo, y una cosa que no habrá quien lo crea, que se atormentaban unos a otros con las gracias que habían dicho acá. Y entre los bufones vi muchos hombres honrados que yo había tenido por tales; pregunté la causa, y respondióme un diablo que eran aduladores, y que por esto eran bufones de entre cuero y carne[600]. Y repliqué yo, cómo se condenaban, y me respondieron: «Gente es que se aviene acá sin avisar, a mesa puesta y a cama hecha como en su casa. Y en parte los queremos bien, porque ellos se son diablos para sí y para otros, y nos ahorran de trabajos, y se condenan a sí mismos; y por la mayor parte en vida los más ya andan con marca del infierno, porque el que no se deja arrancar los dientes por dinero, se deja matar hachas en las nalgas o pelar las cejas; y así, cuando acá los atormentamos, muchos dellos después de las penas sólo echan menos las pagas...»
Y volviendo vi un hombre asentado en una silla a solas, sin fuego, ni hielo, ni demonio, ni pena alguna, dando las más desesperadas voces que oí en el infierno, llorando el propio corazón, haciéndose pedazos a golpes y a vuelcos. ¡Válgame Dios!--dije en mi alma, ¿de qué se queja éste no atormentándole nadie? Y él cada punto doblaba sus alaridos y voces. «Dime, dije yo: ¿qué eres y de qué te quejas, si ninguno te molesta, si el fuego no te arde[601] ni el hielo te cerca?»--«¡Ay!, dijo dando voces, que la mayor pena del infierno es la mía: ¿verdugos te parece que me faltan? ¡Triste de mí, que los más crueles están entregados a mi alma! ¿No los ves?», dijo; y empezó a morder la silla y a dar vueltas alrededor y gemir; «vélos, que sin piedad van midiendo a descompasadas culpas eternas penas. ¡Ay, qué terrible demonio eres, memoria del bien que pude hacer, y de los consejos que desprecié y de los males que hice! ¡Qué representación tan continua! Déjasme tú, y sale el entendimiento con imaginaciones de que hay gloria que pude gozar, y que otros gozan a menos costa que yo mis penas! ¡Oh, qué hermoso que pintas el cielo, entendimiento, para acabarme! Déjame un poco siquiera. ¿Es posible que mi voluntad no ha de tener paz conmigo un punto? ¡Ay, huésped, y qué tres llamas invisibles, y qué sayones incorpóreos me atormentan en las tres potencias del alma! Y cuando éstos se cansan, entra el gusano de la conciencia, cuya hambre en comer del alma nunca se acaba: vesme aquí miserable y perpetuo alimento de sus dientes.» Y diciendo esto, salió[602] la voz: «¿Hay en todo este desesperado palacio quien trueque sus almas y sus verdugos a[603] mis penas? Así, mortal, pagan los que supieron en el mundo, tuvieron letras y discurso, y fueron discretos; ellos se son infierno y martirio de sí mismos.» Tornó amortecido a su ejercicio con más muestras de dolor. Apartéme de él medroso, diciendo: ¡Ved de lo que sirve caudal de razón y doctrina y buen entendimiento mal aprovechado! ¡Quién se lo vió[604] llorar sólo, y tenía dentro de su alma aposentado el infierno?
VISITA DE LOS CHISTES
En este _Sueño_ el autor ve en el Infierno a varios personajes que se nombran en frases hechas. Entrevista con Don Enrique de Villena.