Antología de prosistas castellanos

Part 17

Chapter 174,138 wordsPublic domain

Oyendo lo cual el venerable Montesinos se puso de rodillas ante el lastimado caballero, y con lágrimas en los ojos le dijo: Ya, señor Durandarte, carísimo primo mío, ya hice lo que me mandastes en el aciago día de nuestra pérdida; ya os saqué el corazón lo mejor que pude, sin que os dejase una mínima parte en el pecho; yo le limpié con un pañizuelo de puntas[530], yo partí con él de carrera para Francia, habiéndoos primero puesto en el seno de la tierra con tantas lágrimas, que fueron bastantes a lavarme las manos, y limpiarme con ellas la sangre que tenían de haberos andado en las entrañas; y por más señas, primo de mi alma, en el primero lugar que topé saliendo de Roncesvalles, eché un poco de sal en vuestro corazón, porque no oliese mal y fuese, si no fresco, a lo menos amojamado a la presencia de la señora Belerma[531], la cual, con vos y conmigo y con Guadiana, vuestro escudero, y con la dueña Ruidera[532] y sus siete hijas y dos sobrinas, y con otros muchos de vuestros conocidos y amigos nos tiene aquí encantados el sabio Merlín ha muchos años; y aunque pasan de quinientos, no se ha muerto ninguno de nosotros, solamente faltan Ruidera y sus hijas y sobrinas, las cuales llorando, por compasión que debió de tener Merlín dellas, las convirtió en otras tantas lagunas, que ahora, en el mundo de los vivos y en la provincia de la Mancha, las llaman _las Lagunas de Ruidera_: las siete son de los Reyes de España[533], y las dos sobrinas, de los caballeros de una orden santísima, que llaman de San Juan. Guadiana, vuestro escudero, plañendo asimesmo vuestra desgracia, fué convertido en un río llamado de su mesmo nombre, el cual, cuando llegó a la superficie de la tierra y vió el sol del otro cielo, fué tanto el pesar que sintió de ver que os dejaba, que se sumergió en las entrañas de la tierra; pero como no es posible dejar de acudir a su natural corriente, de cuando en cuando sale y se muestra donde el sol y las gentes le vean. Vanle administrando de sus aguas las referidas lagunas, con las cuales y con otros muchas que se llegan, entra pomposo y grande en Portugal; pero con todo esto, por dondequiera que va muestra su tristeza y melancolía, y no se precia de criar en sus aguas peces regalados y de estima, sino burdos y desabridos, bien diferentes de los del Tajo dorado[534]; y esto que agora os digo, ¡oh primo mío!, os lo he dicho muchas veces, y como no me respondéis, imagino que no me dais crédito o no me oís, de lo que yo recibo tanta pena cual Dios lo sabe. Unas nuevas os quiero dar ahora, las cuales, ya que no sirvan de alivio a vuestro dolor, no os le aumentarán en ninguna manera; sabed que tenéis aquí en vuestra presencia (y abrid los ojos y veréislo) aquel gran caballero de quien tantas cosas tiene profetizadas el sabio Merlín, aquel Don Quijote de la Mancha, digo, que de nuevo y con mayores ventajas que en los pasados siglos, ha resucitado en los presentes la ya olvidada andante caballería, por cuyo medio y favor podría ser que nosotros fuésemos desencantados, que las grandes hazañas para los grandes hombres están guardadas.--Y cuando así no sea, respondió el lastimado Durandarte con voz desmayada y baja, cuando así no sea, ¡oh primo!, digo, paciencia y barajar[535]; y volviéndose de lado tornó a su acostumbrado silencio sin hablar más palabra. Oyéronse en esto grandes alaridos y llantos acompañados de profundos gemidos y angustiados sollozos. Volví la cabeza, y vi por las paredes de cristal, que por otra sala pasaba una procesión de dos hileras de hermosísimas doncellas, todas vestidas de luto, con turbantes blancos sobre las cabezas al modo turquesco. Al cabo y fin de las hileras venía una señora, que en la gravedad lo parecía, asimismo vestida de negro, con tocas blancas tan tendidas y largas que besaban la tierra. Su turbante era mayor dos veces que el mayor de alguna[536] de las otras: era cejijunta, y la nariz algo chata, la boca grande, pero colorados los labios, los dientes, que tal vez los descubría, mostraban ser ralos y no bien puestos, aunque eran blancos como unas peladas almendras: traía en las manos un lienzo delgado, y entre él, a lo que pude divisar, un corazón de carne momia, según venía seco y amojamado. Díjome Montesinos, cómo toda aquella gente de la procesión eran sirvientes de Durandarte y de Belerma, que allí con sus dos señores estaban encantados, y que la última, que traía el corazón entre el lienzo y en las manos, era la señora Belerma, la cual con sus doncellas cuatro días en la semana[537] hacían aquella procesión y cantaban, o por mejor decir, lloraban endechas[538] sobre el cuerpo y sobre el lastimado corazón de su primo: y que si me había parecido algo fea, o no tan hermosa como tenía la fama[539], era la causa las malas noches y peores días que en aquel encantamento pasaba, como lo podía ver en sus grandes ojeras y en su color quebradiza; y no toma ocasión su amarillez y sus ojeras... sino del dolor que siente su corazón por el que de continuo tiene en las manos, que le renueva y trae a la memoria la desgracia de su mal logrado amante: que si esto no fuera, apenas la igualara en hermosura, donaire y brío la gran Dulcinea del Toboso, tan celebrada en todos estos contornos y aun en todo el mundo.--Cepos quedos[540], dije yo entonces, Señor Don Montesinos; cuente vuesa merced su historia como debe, que ya sabe que toda comparación es odiosa, y así no hay para qué comparar a nadie con nadie; la sin par Dulcinea del Toboso es quien es, y la señora doña Belerma es quien es y quien ha sido, y quédese aquí. A lo que él me respondió: Señor Don Quijote, perdóneme vuesa merced, que yo confieso que anduve mal, y no dije bien en decir, que apenas igualara la señora Dulcinea a la señora Belerma, pues me bastaba a mí haber entendido, por no sé qué barruntos, que vuesa merced es su caballero, para que me mordiera la lengua antes de compararla sino con el mismo cielo. Con esta satisfacción que me dió el gran Montesinos, se quietó mi corazón del sobresalto que recibí en oír que a mi señora la comparaban con Belerma.»

--«Y aun me maravillo yo, dijo Sancho, de cómo vuesa merced no se subió sobre el vejote, y le molió a coces todos los huesos, y le peló las barbas sin dejarle pelo en ellas.»--«No, Sancho amigo, respondió Don Quijote, no me estaba a mí bien hacer eso, porque estamos todos obligados a tener respeto a los ancianos, aunque no sean caballeros, y principalmente a los que lo son y están encantados; yo sé bien que no nos quedamos a deber nada en otras muchas demandas y respuestas que entre los dos pasamos»[541]. A esta sazón dijo el Primo: «yo no sé, Señor Don Quijote, cómo vuesa merced en tan poco espacio de tiempo como ha que está allá abajo[542], haya visto tantas cosas y hablado y respondido tanto.»--«¿Cuánto ha que bajé?» preguntó Don Quijote.--«Poco más de una hora», respondió Sancho.--«Eso no puede ser, replicó Don Quijote, porque allá me anocheció y amaneció, y tornó a anochecer y amanecer tres veces, de modo que a mi cuenta tres días he estado en aquellas partes remotas y escondidas a la vista nuestra.»--«Verdad debe de decir mi señor, dijo Sancho, que como todas las cosas que le han sucedido son por encantamento, quizá lo que a nosotros nos parece un hora debe de parecer allá tres días con sus noches.»

COLOQUIO QUE PASÓ ENTRE CIPIÓN Y BERGANZA, PERROS DEL HOSPITAL DE LA RESURRECCIÓN[543]

Con gran asombro suyo se sienten estos perros una noche dotados de habla y aprovechan tal beneficio para contarse sus vidas; es esta narración una sátira de la sociedad de entonces y de diversos tipos de la misma. Ya cerca del amanecer, se le ocurre al hablador Berganza contar un incidente más para reírse de las locuras en que abundaban los poetas y hombres de ciencia.

_Berganza._ Perdóname, porque el cuento es breve y no sufre dilación, y viene aquí de molde.

_Cipión._ Sí perdono; concluye presto, que a lo que creo, no debe estar muy lejos el día.

_Berganza._ Digo que en las cuatro camas que están al cabo desta enfermería, en la una[544] estaba un alquimista[545], en la otra un poeta, en la otra un matemático, y en la otra uno de los que llaman arbitristas[546].

_Cipión._ Ya me acuerdo haber visto a esa buena gente.

_Berganza._ Digo, pues, que una siesta de las del verano pasado, estando cerradas las ventanas, y yo cogiendo el aire debajo de la cama del uno dellos[547], el poeta se comenzó a quejar lastimosamente de su fortuna, y preguntándole el matemático de qué se quejaba, respondió que de su corta suerte. «¿Cómo, y no será razón que me queje, prosiguió, que habiendo yo guardado lo que Horacio manda en su _Poética_, que no salga a luz la obra que después de compuesta no hayan pasado diez años por ella[548], y que tenga yo una de veinte años de ocupación y doce de pasante[549], grande en el sujeto[550], admirable y nueva en la invención, grave en el verso, entretenida en los episodios, maravillosa en la división, porque el principio responde al medio y al fin, de manera que constituyen el poema alto, sonoro, heroico, deleitable y sustancioso, y que con todo esto no hallo un príncipe a quien dirigille? Príncipe, digo, que sea inteligente, liberal y magnánimo. ¡Mísera edad y depravado siglo nuestro!»--«¿De qué trata el libro?» preguntó el alquimista. Respondió el poeta: «Trata de lo que dejó de escribir el arzobispo Turpín del rey Artús de Inglaterra, con otro suplemento de la _Historia de la demanda del Santo Brial_[551], y todo en verso heroico, parte en octava y parte en verso suelto; pero todo esdrújulamente, digo, en esdrújulos de nombres sustantivos, sin admitir verbo alguno[552].--«A mí, respondió el alquimista, poco se me entiende[553] de poesía; y así no sabré poner en su punto la desgracia de que vuesa merced se queja, puesto que, aunque fuera mayor, no se igualaba a la mía, que es, que por faltarme instrumento o un príncipe que me apoye y me dé a la mano los requisitos que la ciencia de la alquimia pide, no estoy ahora manando en oro[554], y con más riquezas que los Midas, que los Crasos y Cresos»--«¿Ha hecho vuesa merced, dijo a esta sazón el matemático, señor alquimista, la experiencia de sacar plata de otros metales?»--«Yo, respondió el alquimista, no la he sacado hasta ahora; pero realmente sé que se saca, y a mí no me faltan dos meses para acabar la piedra filosofal, con que se puede hacer plata y oro de las mismas piedras.»--«Bien han exagerado vuesas mercedes sus desgracias, dijo a esta sazón el matemático; pero al fin, el uno tiene libro que dirigir, y el otro está en potencia propincua[555] de sacar la piedra filosofal; mas, ¿qué diré yo de la mía, que es tan sola, que no tiene donde arrimarse? Veinte y dos años ha que ando tras hallar el punto fijo[556], y aquí lo dejo, y allí lo tomo, y pareciéndome que ya lo he hallado, y que no se me puede escapar en ninguna manera, cuando no me cato[557] me hallo tan lejos dél, que me admiro. Lo mismo me acaece con la cuadratura del círculo, que he llegado tan al remate de hallarla, que no sé ni puedo pensar cómo no la tengo ya en la faldriquera; y así es mi pena semejable a las de Tántalo, que está cerca del fruto, y muere de hambre; y propincuo al agua, y perece de sed; por momentos pienso dar en la coyuntura de la verdad, y por minutos me hallo tan lejos della, que vuelvo a subir el monte que acabé de bajar, con el canto de mi trabajo a cuestas, como otro nuevo Sísifo.» Había hasta este punto guardado silencio el arbitrista, y aquí le rompió diciendo: «¡cuatro quejosos, tales que lo pueden ser del Gran Turco, ha juntado en este hospital la pobreza, y reniego yo de oficios y ejercicios que ni entretienen ni dan de comer a sus dueños! Yo, señores, soy arbitrista, y he dado a Su Majestad en diferentes tiempos muchos y diferentes arbitrios, todos en provecho suyo y sin daño del reino; y ahora tengo hecho un memorial, donde le suplico me señale persona con quien comunique un nuevo arbitrio que tengo, tal, que ha de ser la total restauración de sus empeños; pero por lo que me ha sucedido, con los otros memoriales, entiendo que éste también ha de parar en el carnero[558]. Mas, porque vuesas mercedes no me tengan por mentecato, aunque mi arbitrio quede desde este punto público, le quiero decir, que es éste: hase de pedir en Cortes que todos los vasallos de Su Majestad, desde la edad de catorce a sesenta años, sean obligados a ayunar una vez en el mes a pan y agua, y esto ha de ser el día que se escogiere y señalare, y que todo el gasto que en otros condumios de fruta, carne y pescado, vino, huevos y legumbres, que han de gastar aquel día, se reduzga[559] a dinero y se dé a Su Majestad sin defraudalle un ardite, so cargo de juramento; y con esto en veinte años queda libre de socaliñas y desempeñado, porque si se hace la cuenta, como yo la tengo hecha, bien hay en España más de tres millones de personas de la dicha edad[560], fuera de los enfermos, más viejos o más muchachos, y ninguno destos dejará de gastar, y esto contado al menorete[561], cada día real y medio, y yo quiero que sea no más de un real, que no puede ser menos, aunque coma alholvas. Pues ¿paréceles a vuesas mercedes que sería barro tener cada mes tres millones de reales como ahechados?»[562] Y esto antes sería provecho que daño a los ayunantes, porque con el ayuno agradarían al cielo y servirían a su rey, y tal[563] podría ayunar, que le fuese conveniente para su salud. Este es el arbitrio limpio de polvo y de paja, y podríase coger por parroquias sin costa de comisarios, que destruyen la república.» Riyéronse[564] todos del arbitrio y del arbitrante, y él también se riyó de sus disparates, y yo quedé admirado de haberlos oído, y de ver que por la mayor parte los de semejantes humores venían a morir en los hospitales.

NOTAS

[428] Según tradición coetánea, ya apuntada en el Quijote de Avellaneda, alude a Argamasilla de Alba, pero esto no indica que Cervantes haya estado allí preso, como quisieron suponer algunos críticos. El _Quijote_ «se engendró en una cárcel» como Cervantes dice, pero fué en la de Sevilla, donde efectivamente estuvo preso el autor.

[429] _Astillero_: estante en que se ponían las astas o lanzas, adorno del portal de la casa de un hidalgo.

[430] Un refrán dice: «Vaca y carnero, olla de caballero.» La vaca, entonces, era comida más barata que el carnero.

[431] Los restos de la carne de la comida los convertía la gente aprovechada en salpicón para la noche. _La ensalada y salpicón_ es el primer plato en «La Cena» de Baltasar de Alcázar.

[432] Los duelos y quebrantos eran un manjar que se componía de huevos y torreznos, según la _Mojiganga del Pésame_, atribuída a Calderón:

huevos y terreznos bastan, que son duelos y quebrantos.

Lo mismo vienen a decir Oudin y Franciosini, en 1614 y 1621. Pero Lope de Vega, en _Las bizarrias de Belisa_, dijo:

Almorzando unos torreznos, con sus duelos y quebrantos,

lo cual prueba que, para él, los torreznos eran cosa aparte. En el _Dic. de Autoridades_ se consigna que «duelos y quebrantos llaman en la Mancha a la tortilla de huevos y sesos». Como se ve, el nombre en cuestión tenía aplicación varia. El sábado es día en que la Iglesia, si no ordena, aconseja la abstinencia; pero en España, desde antiguo, se guardaba muy imperfectamente esta práctica. A principios del siglo XVI hay ya expresos testimonios de la costumbre que existía en Castilla, Andalucía e Indias (no en Navarra y Aragón) de tolerarse como comida para esta abstinencia del sábado la llamada _grosura_ de los animales, o sea la asadura, tripas, manos, patas y cabeza, y también el gordo del tocino. (Benedicto XIV, en 1745, eximió a Castilla, León e Indias de toda abstinencia del sábado.)

[433] Expresión que equivale a _las tres cuartas partes_.

[434] _Velarte_ era paño fino y estimado en el siglo XVI.

[435] Las _calzas_ cubrían toda la pierna a diferencia de las _medias_ (esto es: medias calzas) que no cubrían el muslo. El _velludo_ es una especie de terciopelo.

[436] _Pantuflo_, calzado de gente anciana, que se ponía encima de los borceguíes o zapatos para abrigo y para librarse del lodo.

[437] _Vellorí_, paño entrefino, de color pardo ceniciento, de lana sin teñir. Adviértase que Cervantes no pinta a Don Quijote miserable, sino en una posición desahogada. Véase cuán diferente es el traje del hidalgo pobre que describe Fray Antonio de Guevara en su _Menosprecio de Corte y Alabanza de Aldea_, cap. V (año 1539): «el pobre hidalgo que en la aldea alcanza a tener un sayo de paño recio, un capuz cerrado, un sombrero bueno, unos guantes de sobre año, unos borceguíes domingueros y unos pantuflos no rotos, tan hinchado va él a la iglesia con aquellas ropas, como irá un señor aforrado de martas; no gozan de este privilegio los que moran en la villa o ciudad, porque allí acontece el marido no salir de casa por tener la capa rayda, y la mujer no ir a misa por falta de ama».

[438] Este _en_ suprimido por la 3.ª edición del Quijote de 1608, denota la frecuencia de la lectura de esos libros.

[439] F. de Silva, natural de Ciudad Rodrigo, autor de la _Crónica de los muy valientes caballeros Don Florisel de Niquea y el Fuerte Anaxartes_, que le valió bastante dinero a pesar de su mal estilo. Repetidas veces contrapone las voces _razón_ y _sinrazón_ y abusa de toda clase de juego de palabras, lo cual satiriza Cervantes en los párrafos que a continuación forja.

[440] Hoy _intrincadas_.

[441] Se pronunciaba Anibál hasta en el siglo XVII: «No dicen que Cipión Xerxes, Pirro y Anibál Tuvieran riqueza tal, Tal tierra, tal posesión.» (LOPE DE VEGA, _El Conde Fernán González_.)

[442] El Cid no tuvo por patria a Valencia, sino Bivar; pero como conquistó de los moros la ciudad y el reino de Valencia, se llamó a ésta _Valencia del Cid_ (para distinguirla de Valencia de Don Juan y otras), por donde luego se distinguió al héroe, ya desde el siglo XII, con el epíteto de _señor de Valencia_ o _el que Valencia ganó_ y luego simplemente _el Cid de Valencia_.

[443] Gonzalo Fernández de Córdova, el Gran Capitán, natural de Montilla.

[444] García de Paredes nació en Trujillo 1469, murió en Bolonia 1533. Era de grandes fuerzas, por lo que alguno le llamó _el Sansón de Extremadura_; a él se atribuyen gran parte de los casos de fuerza prodigiosa, que se cuentan vulgarmente, como el parar una rueda de molino. Realizó hazañas increíbles en la guerra de Nápoles, alistado en el ejército del Gran Capitán.

[445] Este caballero no era de Jerez, sino de Toledo, según Mariana. Sirvió en la conquista de Sevilla a San Fernando. El hijo de éste, Alfonso X, y su nieto Don Juan Manuel, cuentan en la _Crónica general_ y en el _Conde Lucanor_ varias hazañas de Garci Pérez; la más famosa va puesta arriba, página 22.

[446] Aunque el gran poeta toledano fué valiente soldado, no es de suponer que se le mencione aquí como hombre de vida hazañosa. Probablemente Cervantes, queriendo citar notables personajes históricos, citó uno fabuloso, el Garcilaso de quien un romance cuenta que, durante el cerco de Granada, mató un moro de extraordinario valor, que por befa traía prendida a la cola de su caballo el _Ave María_; otros cuentan esta hazaña de un Garcilaso histórico, que fué el primero que pasó el Salado el día de la gran batalla. El romance dice que por haber ocurrido esta hazaña en la Vega de Granada, se llamó Garcilaso _de la Vega_; ya el Garcilaso del Salado y su padre, que fué privado de Alfonso XI, se llamaron _de la Vega_, por proceder de la Vega montañesa, donde hoy se encuentra la ciudad de _Torrelavega_.

[447] Don Manuel Ponce de León hallóse en la conquista del reino de Granada, y de él se cuentan hazañas portentosas. Además, un romance cuenta de él una anécdota fabulosa: Doña Ana de Mendoza, para probar el valor de los caballeros de la corte, hizo caedizo su guante en una leonera; Don Manuel, espada en mano, se metió entre los leones y recobró el guante, pero lo entregó a la dama dándole un bofetón, para castigarla por haber puesto en riesgo de honra a tanto hijodalgo por un capricho. Este mismo asunto tiene una balada de Schiller, _el Guante_, compuesta en 1797.

[448] Cervantes nos ofrece aquí uno de los ejemplos más extraños del uso de _cuyo_; carece de todo valor pronominal y equivale a una simple conjunción. No responde más que al afán de ligar en forma de oración de relativo, la que bastaba que fuera con la simple cópula: «y la lección de sus hechos».

[449] Así escribió Cervantes. Clemencín y la edición de Hartzenbusch corrigen: «cuerdo sin cobardía».

[450] _Do_ o _donde_ por _de do_ o _de donde_ es giro comunísimo de la lengua.

[451] Hoy, que el estilo común es menos genial, pero más atildado que en los siglos de oro, se podría censurar la reunión de estos tres infinitivos. Sin embargo, sería corrección desdichada la supresión de _querer_, pues anuncia el ningún efecto que en Don Quijote hizo la peroración del buen canónigo.

[452] El último término de la gradación: _mal_, _peor_, _más mal_, es hoy: _mucho peor_, y antes era también: _mucho más peor_: «y aun peor, perdición de las personas; y mucho más peor, perdición de las tristes de las almas.» (ARCIPR. DE TALAVERA, _Corbacho_.)

[453] La _caballería_ era una especie de sacerdocio militar, en el que se ingresaba mediante la ceremonia de _armar_ al caballero novel, o sea de conferirle la dignidad de caballero otro que ya lo fuese, cosa semejante al sacramento del orden. El caballero estaba especialmente obligado a guardar lealtad a su señor, fidelidad a su amigo, a amparar por dondequiera la justicia y vedar el mal, ser largo, desprendido, etc., etc. En los Poemas caballerescos italianos se habla de _cabalieri erranti_ y en las novelas españolas, de _caballeros andantes_.

[454] Pudiera haber dicho también _negándome que haya habido_. La repetición pleonástica de negaciones que en otras lenguas se destruyen una a otra, es muy peculiar del castellano; unas líneas más adelante se hallará también «no puedo yo negar que _no_ sea verdad», etc.

[455] _Amadis de Gaula_, el más antiguo y famoso libro de caballerías, era ya muy leído por el Canciller Ayala antes de su prisión en la batalla de Nájera, 1367 (v. atrás p. 148, n. 313). Constaba de tres libros, según el poeta Pedro Ferruz, coetáneo de Ayala. Hay quien pretende que su autor fué el portugués Vasco de Lobeira, el cual no pasó de ser un simple arreglador de la obra más antigua. Es desconocida esta redacción primitiva tanto como su autor. En tiempo de los Reyes Católicos, Garci Ordóñez de Montalvo escribió la redacción que hoy se conserva, añadiéndole el cuarto libro. Amadis es el prototipo del amor delicado, firmísimo e inquebrantable de un caballero por su dama. Tan famosa fué esta novela, que tuvo muchas continuaciones; una es el _Amadis de Grecia_.

[456] Hoy diríamos _añadió que_ y no _añadió diciendo que_; añadir se usaba en igual manera que hoy _proseguir_: _prosiguió diciendo que_. Una reunión parecida de los verbos añadir y decir, v. atrás pág. 130, líneas 24 y 25.

[457] Hoy no se junta el pronombre enclítico a los participios pasivos, pero sí en los siglos de oro de nuestra literatura.

[458] Hoy se emplea el adverbio _más_ en vez de _mejor_ con los verbos que denotan acciones útiles o agradables, _agrada más_, _aprovecha más_.

[459] Floripés hija del Almirante sarraceno Balán, enamorada del caballero francés Gui de Borgoña, libertólo de la prisión en que yacía con otros Pares de Francia, guareciéndolos en una torre donde se mantuvieron contra todo el poder de los infieles, hasta que Carlomagno los socorrió. Esta fábula que procede de poemas franceses del siglo XII, figura en la novelesca _Historia de Carlomagno_ que puso en castellano Nicolás de Piamonte.