Antología de prosistas castellanos
Part 15
Era este siervo de Dios natural de Carrión, de padres honrados, y llamóle Dios al estado de la religión siendo de más de veinte y cinco años, hombre hecho, Sacerdote ya, y el tiempo que vivió en el siglo, de buen ejemplo. Sintieron mucho en su pueblo que los dejase, porque con su vida y ejemplo aprovechaba a todos. Vínose al monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe, pidió el hábito al padre Fray Fernando Yáñez, echó luego de ver su buena alma, y diósele de buena gana. Industrióle él mismo en las cosas de la religión, y a la buena leche de esta doctrina le hizo crecer presto, y pasar del estado de infante al de varón perfeto, y a la medida de la edad de la plenitud de Cristo. Ansí olvidó todo lo de atrás, y tan de hecho renunció el mundo, que vino aun a perder la memoria de lo que había sido; cosa felicísima, y que si fuese en nuestra mano, o ya que no lo es, procurásemos merecerla, nos haría como bienaventurados en la tierra. Acontencióle muchas veces vestirse el pellón que tenía sobre la cama, e irse ansí a Maitines, y sin advertir qué llevaba, ni que se reirían dél, todo olvidado de sí mismo y puesto el pensamiento en Dios, porque jamás se apartaba de su presencia, llevándole dentro de sí, o imaginándose dentro dél. Por ésta y por otras muchas cosas que hacía, sin advertencia de lo de afuera, le llamaban Fray Juan el Simple, unos burlando de su inocencia, otros admirados de su perfeción: juzgando cada uno conforme a la regla con que se nivelaba dentro. Y era en la realidad lo uno y lo otro, porque en la malicia (o como agora las llamamos: discreciones humanas) era semejante a aquel niño que puso Cristo por modelo de su escuela, y de la traza que habían de tener los que habían de entrar en su reino, y junto con esto, y necesariamente junto, un juicio muy alto, y tanta claridad y aviso para las cosas de la religión y virtud y del negocio de su estado, que en sus pareceres y en sus votos, ninguno de los aventajados le hacía ventaja; como quien tenía la ciencia que es propia de los santos y estaba levantado en otra más excelente región. Andan estas almas sencillas (digámoslo ansí) como zabullidas en Dios y en sí mismas, puestas en una quietud soberana, donde no llega turbación de malicia. Y como aquel mar inmenso no le puede mudar ni alterar cosa criada, los que dentro dél se recogen, gozan de una calma y bonanza que no se puede explicar, sino con las mismas palabras que quiso Dios lo dijesen sus Profetas santos, como lo cuenta David en las Enigmas y Símbolo de aquel Psalmo tan celebrado: _Qui habitat in adiutorio altissimi, in protectione Dei cœli commorabitur_. Que aun estas primeras palabras no se podrán bien declarar en nuestra lengua, y mucho menos entenderse, sino de los que supieren aquel lenguaje. Alcanzó nuestro simple Fray Juan esto en poco tiempo, y el modo (según algunos dicen) fué, porque en ninguna cosa se buscó a sí mismo, ni miraba en su provecho particular, ni en sus gustos, no sólo en las cosas corporales, sino aun en las de virtud, y que llamamos de espíritu, procurando a los principios salir con victoria contra todos sus apetitos, y levantarse sobre todo quanto tenía apariencia de negocio proprio, haciéndose fuerza y violencia, en quanto sentía que era propria voluntad, hasta venir a no tener cosa suya ni en las potencias exteriores ni interiores, y quedarse en una candidez e inocencia grande, dejándose llevar de sola la voluntad divina, que era para él la de su Prelado. Esta simpleza santa, dicen los ejercitados, que es aquel _biso_ o aquel lino blanquísimo (era un lienzo de Egipto) más delicado que la más fina holanda, recio con esto y de mucha dura, como le pinta la Escritura, de hilo doblado y torcido, de que se hacían las telas y velos del Tabernáculo del Señor, porque no basta ser blanco y de un hilo, sino que han de ser dos. No sólo no buscarnos en las cosas materiales interese de carne y sangre, mas aun en los mismos ejercicios de las virtudes se mezcla el amor proprio, si no se le mira a las manos con gran recato. Tan delicada es esta estambre que ha de hacer el aposento a Dios. Sin duda dicen bien, y bien hacía nuestro Fray Juan en caminar con tanta perseverancia con estos pasos, que son los contrarios por donde aquel hombre primero perdió para todos aquella pureza, blancura e inocencia con que salió de las manos de su Hacedor, y quedamos desemejados y feos, deslustrada tanta hermosura. Desta virtud o fuente de virtudes, manaban en este siervo de Dios otras muchas; era para todos afable, dulce, amoroso, consuelo de quantos con él trataban para quanto le querían en obras de humildad y caridad. Dondequiera que la obediencia le llevaba, sin otro discurso ni razón más de que era mandado, iba alegre. Vivió algunos años en esta pureza y en el reposo de una virtud que tanto nos hace parecidos a Dios; no sabemos quantos ni otras muchas circunstancias que hicieran harto el caso entenderlas. Quando el Señor quiso llevarle deste mundo, de que él estaba tan fuera, revelóle su voluntad, pues eran tan unos en ella. Estaba un día en el coro con el convento, en el oficio divino, santo y bueno, sin género de indisposición ni otro acidente; tocóle el espíritu del Señor, hablóle dentro y revelóle su fin. En ese mismo punto comenzó a andar en el coro de una parte a otra con fervor y con acto que parecía estaba fuera de sí; iba de uno en otro religioso a las filas donde estaban asentados; echábase a sus pies y besábaselos; pedíales perdón del mal ejemplo que les había dado con sus negligencias y faltas. Puesto allí de rodillas y derramando lágrimas, decía a cada uno: «Perdóname, hermano, por el amor del Señor, y mira que me mandas para el otro mundo, que estoy de partida para allá.» Puso admiración en todos la novedad de Fray Juan; los más discretos suspendían el juicio desto, que por de fuera parecía locura; otros se reían teniéndola por simpleza, y aun otros pensaban que se había tornado loco. Muchos que conocían su entereza y buen juicio, y le tenían por siervo de nuestro Señor, decían que no carecía aquello de algún misterio, y que sin duda le habían hecho revelación de su fin. Acabados estos abrazos y despedidas con actos tan humildes, se puso de rodillas en medio del coro, alzó los ojos al cielo, hirió tres veces los pechos con el puño, como quando decía la culpa, y díjosela al Señor desta manera: «Perdóname, Señor, la multitud de defectos que he hecho en este santo lugar, rezando y cantando las horas, y la poca reverencia y devoción con que he estado aquí delante de tu Majestad divina y de los Ángeles santos que nos acompañan.» Dijo esto, y de allí a un poco, estando con gran sosiego de cuerpo y espíritu, dió el alma a su Criador.
PARTE III (1605). PRÓLOGO
Prosiguiendo voy el discurso de mi historia, y diré mejor el de mi obediencia, pues sólo ella es la que puede darme aliento para carrera tan larga. Diré también, con verdad, lo que dijo el Historiador Romano en el medio de su obra. Pudiera dejallo aquí, si no fuera cebando el alma con el gusto del sujeto. Ansí también lo confieso, pues ansí me acontece, y porque con lo que hasta aquí se ha descubierto, bastaba para juzgar lo que resta, mas no basta para la integridad y al amor que a la misma obra se debe, que se ha de anteponer al propio gusto. Historia es, como se ha visto, humilde y de humildes, contra la primera ley de historia que pide siempre cosas grandes. No se veen pensamientos ni discursos largos de Príncipes para conquistar nuevos reinos, o mudar de sus asientos grandes Estados, descubrir nuevas provincias, trastornar repúblicas, consejos profundos de paz y guerra, trocar la paz y deshacer las suertes de todo esto temporal y visible; cosas que se huelgan todos de leellas, y con tanto gusto (ojalá con tanto fruto) que se olvidan de la comida y aun del sueño. A mí no me dieron a escoger, que no es pequeña disculpa; abracé mi suerte, que a muchos parecía desgraciada, estéril, pobre; y en lo que hasta aquí ha salido a luz, se han desengañado buena parte dellos y mudado de parecer. Certifican personas de buen juicio que se ha hecho evidencia, no sólo ser sabrosa y de fruto la historia, que trata casos raros y empresas grandes, y todo eso que llaman hazañoso, sino también la que se humilla al yermo, al claustro, al silencio y al silicio, y a quanto tiene nombre de mortificación, que suena siempre tan mal a las orejas del mundo. Véese en esta historia trocado todo, y en vez de aquellas preñadas pláticas de los Consejeros de Estado, de los razonamientos de los Capitanes para disciplinar al ejército o animar los soldados a la batalla, de aquellas promesas de la vitoria o presagios de la suerte adversa, de las conjeturas de lo que pretende el enemigo, la loa del soldado valiente, la diligencia, destreza y ánimo del Capitán, los varios trances de la fortuna, la alegría del buen suceso, la riqueza del despojo y de la presa, el número de los muertos y cautivos, los premios de los que, como esforzados, escalaron primero el muro o derribaron las banderas enemigas, y otros cien particulares con que se enriquecen las historias profanas; en vez, digo, de todo esto, entran las amonestaciones santas, los consejos de una celestial prudencia, donde se descubre la sutileza y el ingenio de nuestro mortal enemigo; la perseverancia en el ejercicio santo, la fortaleza en el rigor de la penitencia, el fruto de la oración continua, la sumisión del cuerpo, el desprecio de sí mismo, el desengaño de las cosas visibles, la vitoria contra nuestras pasiones, la lucha porfiada contra nuestros apetitos; la esperanza del premio, y tal premio, los anuncios de la salud del alma, los recatos, aun en el estado más seguro; el celo de la cerimonia, aunque sea pequeña, porque no se toque al muro de lo esencial; las prevenciones antes de llegar a las cosas sagradas; apoyar lo que se desmorona del rigor primero y esforzar lo que parece va enflaqueciendo en la virtud; muertes venturosas, suficientes para encender en santa invidia los más tibios; castigos rigurosos a culpas casi sin nombre, mejores para labrar coronas que para enmienda de los delincuentes, y otro alarde de cosas semejantes, menudencias para los ojos del siglo y de tanta estima en los de Dios, que no las remunera menos de con un reino eterno.
MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA
(1547-1616)
Publicóse por primera vez la primera parte del _Quijote_, en 1605; la segunda parte, en 1615. Las _Novelas ejemplares_, en 1613.
Los variados encantos en que abunda su dicción, la vida lozana que ostenta, su avasalladora hermosura, y, sobre todo, la inagotable fuerza cómica, se apreciarán más que por la explicación y el análisis, por la reiterada y atenta lectura.
Su sintaxis se prestará a múltiples observaciones de pormenor. En general es, como la del _Lazarillo de Tormes_, la de la lengua familiar que sigue con ligereza al pensamiento, sin preocuparse de aquella trabazón inflexible que obliga al pensamiento a seguir los lentos pasos de la lógica gramatical. Hoy, en los escritos, no se toleran mil licencias de construcción que usamos al hablar y que usó Cervantes también al escribir; no hemos de corregirlos en sus obras como lo haríamos en los cuadernos de un alumno, sino estudiarlos como una manera de otros tiempos, que al fin y al cabo fueron los más gloriosos de nuestras letras. Por otra parte, estos casos en que Cervantes pasaría hoy por incorrecto, son muchos menos de los que algunos creen, y en los trozos que siguen habrá ocasiones sobradas de rechazar a Clemencín, Hartzenbusch y demás críticos rigoristas, que se empeñan en mirar al autor del _Quijote_ como escritor descuidado. Su prosa (usando las palabras de un censor del _Quijote_) será siempre maestra soberana «en la lisura del lenguaje castellano, no adulterado con enfadosa y estudiada afectación».
Aparte de tal estilo, que es el más admirable suyo, empleó Cervantes otro, libre de esos pretendidos defectos, como más trabajado y artificioso, a la manera que usaban generalmente los que estudiaban los autores latinos e italianos. Este se ve en su primera obra, _La Galatea_, en la última que escribió, el _Persiles y Sigismunda_, y en los episodios de tono sentimental e idealista que se intercalan en el _Quijote_.
En fin, una tercera manera se puede señalar en el estilo de este autor, si bien es pasajera y contrahecha, que aparece en las parodias de los libros de caballerías (por ejemplo, en la descripción del lago encantado que aquí se copia); en ella el lenguaje se llena de afectación y arcaísmo intencionado.
QUIJOTE PARTE I, CAPÍTULO I
Condición y ejercicio del famoso hidalgo.
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme[428], no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero[429], adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero[430], salpicón[431] las más noches, duelos y quebrantos los sábados[432], lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos consumían las tres partes[433] de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte[434], calzas de velludo[435] para las fiestas con sus pantuflos[436] de lo mismo, y los días de entre semana se honraba con su vellorí[437] de lo más fino... Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza... Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año), se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza y aun la administración de su hacienda, y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en[438] que leer, y así llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos, y de todos ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva[439], porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas[440] razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: _La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura_; y también cuando leía: _Los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican y os hacen merecedora del merecimiento, que merece la vuestra grandeza_. Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mismo Aristóteles si resucitara para sólo ello.
PARTE I, CAPÍTULOS XLIX Y L
Don Quijote es metido en una jaula por el cura y el barbero, que le hacen creerse encantado para grandes empresas, y así le llevan a su casa. En el camino se les une un canónigo de Toledo, quien, compadecido del prisionero, y hallándole cuerdo en sus razones, logra hacerle desenjaular y le exhorta a que abandone sus disparatadas caballerías. Sobre esto se enreda una discusión, que lejos de convencer a Don Quijote, acaba por suscitar en su imaginación el sueño de la más ideal aventura caballeresca. Al principio, el canónigo, fiando mucho en sus buenos consejos, dirige a Don Quijote esta vehemente exhortación:
«Y si todavía llevado de su natural inclinación quisiere leer libros de hazañas y de caballerías, lea en la Sacra Escritura el de los Jueces, que allí hallará verdades grandiosas y hechos tan verdaderos como valientes. Un Viriato tuvo Lusitania; un César, Roma; un Anibal[441], Cartago; un Alejandro, Grecia; un Conde Fernán González, Castilla; un Cid, Valencia[442]; un Gonzalo Fernández[443], Andalucía; un Diego García de Paredes[444], Estremadura; un Garci Pérez de Vargas[445], Jerez; un Garcilaso[446], Toledo; un don Manuel de León[447], Sevilla; cuya[448] leción de sus valerosos hechos puede entretener, enseñar, deleitar y admirar a los más altos ingenios que los leyeren. Esta sí será letura digna del buen entendimiento de vuestra merced, señor Don Quijote mío; de la cual saldrá erudito en la historia, enamorado de la virtud, enseñado en la bondad, mejorado en las costumbres, valiente sin temeridad, osado[449] sin cobardía, y todo esto para honra de Dios, provecho suyo y fama de la Mancha, do[450], según he sabido, trae vuestra merced su principio y origen.»
Atentísimamente estuvo Don Quijote escuchando las razones del canónigo, y cuando vió que ya había puesto fin a ellas, después de haberle estado un buen espacio mirando, le dijo: «Paréceme, señor hidalgo, que la plática de vuestra merced se ha encaminado a querer darme a entender[451] que no ha habido caballeros andantes en el mundo, y que todos los libros de caballerías son falsos, mentirosos, dañadores e inútiles para la república, y que yo he hecho mal en leerlos y peor en creerlos, y más mal[452] en imitarlos, habiéndome puesto a seguir la durísima profesión de la caballería andante[453] que ellos enseñan; negándome que no ha habido[454] en el mundo Amadises ni de Gaula, ni de Grecia[455], ni todos los otros caballeros de que las escrituras están llenas.»
--«Todo es al pie de la letra como vuestra merced lo va relatando»--dijo a esta sazón el canónigo. A lo cual respondió Don Quijote: «Añadió[456] también vuestra merced, diciendo que me habían hecho mucho daño tales libros, pues me habían vuelto el juicio y puéstome[457] en una jaula, y que me sería mejor hacer la enmienda y mudar de letura, leyendo otros más verdaderos y que mejor[458] deleitan y enseñan.»--«Así es»--dijo el canónigo.--«Pues yo--replicó Don Quijote--hallo por mi cuenta que el sin juicio y el encantado es vuestra merced, pues se ha puesto a decir tantas blasfemias contra una cosa tan recibida en el mundo y tenida por tan verdadera...; porque querer dar a entender a nadie que Amadis no fué en el mundo, ni todos los otros caballeros aventureros de que están colmadas las historias, será querer persuadir que el sol no alumbra, ni el hielo enfría, ni la tierra sustenta; porque, ¿qué ingenio puede haber en el mundo que pueda persuadir a otro que no fué verdad lo de la infanta Floripés y Gui de Borgoña[459], y lo de Fierabrás con la puente de Mantible[460], que sucedió en el tiempo de Carlomagno? Que ¡voto a tal! que es tanta verdad como es ahora de día; y si es mentira, también lo debe de ser que no hubo Héctor, ni Aquiles, ni la guerra de Troya, ni los doce Pares de Francia, ni el Rey Artús de Ingalaterra, que anda hasta ahora convertido en cuervo y le esperan en su reino por momentos[461]; y también se atreverán a decir que es mentirosa la historia de Guarino Mezquino[462] y la de la demanda del Santo Grial[463], y que son apócrifos los amores de don Tristán y la reina Iseo[464], como los de Ginebra y Lanzarote[465], habiendo personas que casi se acuerdan de haber visto a la dueña Quintañona, que fué la mejor escanciadora de vino que tuvo la Gran Bretaña. Y es esto tan así[466], que me acuerdo yo que me decía una mi[467] agüela de partes[468] de mi padre, cuando veía alguna dueña con tocas reverendas: Aquella, nieto, se parece a la dueña Quintañona[469]; de donde arguyo yo que la debió de conocer ella, o por lo menos debió de alcanzar a ver algún retrato suyo. Pues ¿quién podrá negar no ser verdadera la historia de Pierres y la linda Magalona, pues aun hasta hoy día se ve en la armería de los reyes la clavija[470] con que volvía al caballo de madera, sobre quien iba el valiente Pierres por los aires, que es un poco mayor que un timón de carreta? Y junto a la clavija está la silla de Babieca, y en Roncesvalles está el cuerno de Roldán[471], tamaño como una grande viga; de donde se infiere que hubo doce Pares, que hubo Pierres, que hubo Cides, y otros caballeros semejantes,
destos que dicen las gentes que a sus aventuras van[472].
Si no... digan que fueron burla las justas de Suero de Quiñones, del Paso[473], las empresas de Mosén Luis de Falces[474] contra don Gonzalo de Guzmán, caballero castellano, con otras muchas hazañas hechas por caballeros cristianos destos y de los reinos extranjeros, tan auténticas y verdaderas, que torno a decir que el que las negase carecería de toda razón y buen discurso.»
Admirado quedó el canónigo de oir la mezcla que Don Quijote hacía de verdades y mentiras, y de ver la noticia que tenía de todas aquellas cosas tocantes y concernientes a los hechos de su andante caballería, y así le respondió: «No puedo yo negar, señor Don Quijote, que no sea verdad algo de lo que vuestra merced ha dicho, especialmente en lo que toca a los caballeros andantes españoles; y asimismo quiero conceder que hubo doce Pares de Francia; pero no quiero creer que hicieron todas aquellas cosas que el Arzobispo Turpín[475] dellos escribe... En lo de que hubo Cid no hay duda, ni menos Bernardo del Carpio[476]; pero de que hicieron las hazañas que dicen, creo que la hay muy grande. En lo otro de la clavija que vuestra merced dice del conde Pierres, y que está junto a la silla de Babieca en la armería de los reyes, confieso mi pecado: que soy tan ignorante o tan corto de vista, que, aunque he visto la silla, no he echado de ver la clavija, y más siendo tan grande como vuestra merced ha dicho.»
--«Pues allí está, sin duda alguna--replicó Don Quijote--; y, por más señas, dicen que está metida en una funda de vaqueta, porque no se tome de moho.»
--«Todo puede ser--respondió el canónigo--; pero por las órdenes que recebí, que no me acuerdo haberla visto; mas, puesto que conceda que está allí, no por eso me obligo a creer las historias de tantos Amadises ni las de tanta turbamulta de caballeros como por ahí nos cuentan, ni es razón que un hombre como vuestra merced, tan honrado y de tan buenas partes, y dotado de tan buen entendimiento, se dé a entender que son verdaderas tantas y tan estrañas locuras como las que están escritas en los disparatados libros de caballerías.»