Antología de prosistas castellanos

Part 12

Chapter 123,973 wordsPublic domain

Porque entonces la luz, como viene después de las tinieblas y se halla como después de haber sido perdida, parece ser otra y hiere el corazón del hombre con una nueva alegría, y la vista del cielo entonces, y el colorear de las nubes y el descubrirse el aurora (que no sin causa los poetas la coronan de rosas)[371], y el aparecer la hermosura del sol, es una cosa bellísima. Pues el cantar de las aves, ¿qué duda hay sino que suena entonces más dulcemente? y las flores y las yerbas y el campo, todo despide de sí un tesoro de olor. Y como cuando entra el rey de nuevo en alguna ciudad se adereza y hermosea toda ella, y los ciudadanos hacen entonces plaza[372] y como alarde de sus mejores riquezas; así los animales y la tierra y el aire, y todos los elementos, a la venida del sol se alegran, y como para recibirle, se hermosean y mejoran y ponen en público cada uno sus bienes. Y como los curiosos suelen poner cuidado y trabajo por ver semejantes recibimientos, así los hombres concertados y cuerdos, aun por sólo el gusto, no han de perder esta fiesta que hace toda la naturaleza al sol por las mañanas; porque no es gusto de un solo sentido, sino general contentamiento de todos, porque la vista se deleita con el nascer de la luz y con la figura[373] del aire y con el variar de las nubes; a los oídos las aves hacen agradable armonía; para el oler, el olor que en aquella sazón el campo y las yerbas despiden de sí es olor suavísimo, pues el fresco del aire de entonces templa con grande deleite el humor calentado con el sueño, y cría salud y lava las tristezas del corazón, y no sé en qué manera le despierta a pensamientos divinos antes que se ahogue en los negocios del día.

Pero, si puede tanto con estos hijos de tinieblas el amor dellas, que aun del día hacen noche, y pierden el fruto de la luz con el sueño, y ni el deleite, ni la salud, ni la necesidad y provecho que dicho habemos, son poderosos para los hacer levantar, vuestra merced que es hija de luz, levántese con ella, y abra la claridad de sus ojos cuando descubriere sus rayos el sol, y con pecho puro levante sus manos limpias al Dador de la luz, ofresciéndole con santas y agradescidas palabras su corazón, y después de hecho esto, y de haber gozado del gusto del nuevo día, vuelta a las cosas de su casa, entienda en su oficio.

NOTAS

[338] Véase la nota 343 de la pág. 161.

[339] Algunos de sus párrafos tienen el mismo asunto que sus versos, no sabiéndose si son su esbozo y plan o su comentario y explicación. (Véase pág. 169, nota 359, y pág. 170, nota 363.)

[340] Véase, por ejemplo, la larga interrogación de la pág. 173.

[341] Se censuró a Fray Luis por haber escrito en castellano los dos primeros libros de los _Nombres de Cristo_, impresos en 1583; pues, aunque ya habían escrito el P. Avila y el P. Granada, muchos seguían creyendo que un teólogo no debía emplear para sus obras sino el latín. Fray Luis contestó reimprimiendo los _Nombres de Cristo_, en 1585, adicionados con un tercer libro a cuya introducción pertenece el presente extracto.

[342] Es decir, que no es cosa común a todos los que hablan una lengua, sino que exige particular disposición y estudio. Es antigua en España la creencia de que la lengua propia ni merece ni requiere atención y trabajo; Juan de Valdés se queja de los que con tanta negligencia y tan inmerecido desdén la tratan, y Ambrosio de Morales, en 1546, decía: «siempre ha quedado nuestra lengua en la miseria y con la pobreza que antes tenía... que todo nace del gran menosprecio en que nuestros mismos naturales tienen nuestra lengua, por lo cual ni se aficionan a ella, ni se aplican a ayudarla». (Introducción al _Diálogo de la dignidad del hombre, del M. Hernán Pérez de Oliva_, tío de Morales.)

[343] Fray Luis, al principio de esta introducción, habla poco menos que como si él fuera el primero en aplicar el castellano a asuntos serios, quejándose «de lo mal que usamos de nuestra lengua no la empleando sino en cosas sin ser». No es admisible que desconociera los autores citados en la pág. 125, y por fuerza habría leído las obras místicas del Beato Juan de Ávila y del Venerable Granada, que andaban ya impresas; sin embargo, a juzgar por las palabras que ahora emplea, parece que no le satisfacían mucho y no las tomaba en consideración.

[344] _A vueltas de_ significa ‘alrededor de, cerca de’; así fijando después el día en que esto sucedía, dícese que era el de San Pedro, que es en 29 de Junio, cinco días después de San Juan. En esta frase el artículo se usa rarísima vez: _a las vueltas_.

[345] Cuando el acusativo es de igual raíz que el verbo, exige algún complemento que le especifique, pues de lo contrario sería un acusativo del todo inútil, v. gr.: _vivir una vida fatigosa_ (véase BELLO, _Gram._ § 796); aquí se sobreentiende _con la vida (tan fatigosa) que allí se vive_.

[346] Los nombres de ríos sin artículo, v. pág. 86, n. 161. Los agustinos calzados, que llegaron a Salamanca por los años 1330, fueron los fundadores de este convento. Hoy no existe el edificio antiguo, pues fué bárbaramente destruído por el ejército francés en 1812, y aunque reedificado, se demolió más tarde, ocupando hoy su solar la nueva calle llamada de Oliva.--Este monasterio tenía, para descanso y recreo de los frailes, una granja, llamada _la Flecha_, a legua y media de distancia, río arriba, a la vera del camino de Salamanca a Madrid. (V. M. VILLAR y MACÍAS, _Hist. de Salamanca_, I, 453, etc.) La apacible descripción que hace Fray Luis de este paisaje concuerda en todo con la realidad; tal como él lo pinta, se reconocen hoy la casa de los frailes, las cuestas que empiezan a sus espaldas y que si hacia Aldealengua se van insensiblemente suavizando y disminuyendo, prolónganse larguísimo espacio eslabonándose hacia Salamanca; todavía existe la desordenada arboleda que tanto deleitaba la vista del poeta, y la risueña fuente que baja desde la cuesta al huerto,

y como codiciosa de ver y acrecentar su hermosura, hasta llegar, corriendo se apresura.

En fin, el huerto mismo existe, que tanta inspiración guardaba para el autor de la oda a la _Vida retirada_ y que se llama, como queda dicho, huerta de la _Flecha_.

[347] Destinada al culto está desde antiguo una capilla cerca de la huerta, frente a la aceña de la Flecha y contigua a la casa del molinero.

[348] _Hacerse_ era muy usado con nombres de lugar en el mismo sentido que ‘extenderse, hallarse’, o sea ‘estar situado’.

[349] _Los_ dice la edición de Salamanca 1585. Es el acusativo que debe ponerse con propiedad gramatical; pero disuena algo a causa del uso generalísimo del dativo _le_ por el acusativo, cuando se trata de personas.

[350] _Humor de sangre y de melancolía_ significa temperamento sanguíneo y melancólico o bilioso.

[351] _Sepamos de Juliano si es pájaro_, en vez de _sepamos si Juliano es pájaro_, es un caso de _atracción_ del sujeto de la proposición dependiente que se construye con el verbo principal; como en griego y en latín: _rem vides quomodo se habeat_ (v. DIEZ, _Gr._ III, 360.)

[352] Nótese el uso que tiene el adverbio _como_; _como recogiéndose_ no afirma que se recogiera sino que todo su aspecto y semejanza era como la del que se recoge; _como enclavados_, semejando enclavados; _como_ viene a ser en ambos ejemplos un simple afijo o partícula prepositiva para denotar mera semejanza con la voz que le sigue, sentido que se ve más claro si el _como_ se refiere a un substantivo: «encontró Don Quijote con dos como clérigos», «unos como joyeles» (v. BELLO, _Gramática_, § 1234 y 1236).

[353] _Cuando_ tiene muchas veces el valor de la frase adverbial _aun cuando_.

[354] En las interrogaciones indirectas la proposición secundaria puede llevar su verbo en indicativo (como hoy es lo ordinario) o en subjuntivo; aquí se diría hoy más bien: «cuán amable cosa es la paz». En los siglos XVI y XVII era más común el subjuntivo, «dícese qué cosa sea la paz, lo que valga la paz».

[355] _Venirse a los ojos_ equivale a ‘saltar a la vista’ o ‘presentarse’.

[356] _Que_, conjunción causal, abreviada de _porque_.

[357] Respecto al _como_ repetidas veces usado aquí para denotar no el modo, sino la semejanza con ese modo, véase la nota 352, de la pág. 167: _como mirándose_, semejando que se miran. _Concertado por sus hileras_ se diría simplemente hoy: «concertado por hileras» (o sea distribuído en hileras), sin el posesivo; éste indica que el concierto les es a las estrellas propio y natural. Es modismo antiguo; Don Alfonso el Sabio dice «fabla el Arzobispo por su latín», es decir: en el latín que usaba siempre al escribir.

[358] Hoy este _como_ que denota semejanza no se suele usar antepuesto a verbos y proposiciones enteras, sino después de verbos que denotan una apreciación o figuración; es decir, seguido de un _que_ enunciativo: «se me figuraba =como que= querían acercarse aquellos hombres», «hace como que no quiere». «=Como en cierta manera= se reverencian», sería hoy: «parece como que se reverencian»; al fin de este trozo se repite este mismo giro: =como en una cierta manera recuerda= = ‘parece como que recuerda’.

[359] Esta admirable descripción recuerda y amplía algunos versos de la Oda XII del mismo autor, «Noche serena»:

Quién mira el gran concierto de aquestos resplandores eternales, su movimiento cierto, sus pasos desiguales, y en proporción concorde tan iguales...

[360] _Lanzar, echar pregón o voz_ se emplean por los simples ‘pregonar’ o ‘vocear’. Compárese la concordancia _voz y pregón lanzada_ con la que hallamos en la _Introducción al Símbolo de la fe_ (pág. 142) y en el _Quijote_ (comienzo del extracto de la parte II, capítulo 23).

[361] _A cada_ se lee en la edición de Salamanca, 1585. Antes se admitían más acusativos con preposición; hoy apenas se le pone _a_ sino cuando el acusativo es nombre de persona determinada, personificación, animal o nombre propio de lugar, así que se diría «a poner cada una de sus partes». También se diría con más rigor: «comienzan ellas a pacificarse y a poner sus partes en orden», pues la acción reflexiva no se refiere para nada a _poner_ y sí sólo a _pacificar_, por lo cual no debe agregarse el pronombre reflexivo a _comienzan_, ya que este verbo rige lo mismo a _poner_ que a _pacificar_.

[362] Para el giro _como en cierta manera_, véase la nota 358, pág. 168. _Acordarse y recordarse_ tenían, como se ve aquí, una misma construcción y régimen (cfr. p. 145, n. 305). Hoy se diferencia mucho, pues se dice _acordar-se de una cosa_ y _recordar una cosa_.

[363] El alma contemplando la hermosura de la noche estrellada se acuerda de su primer origen que es celestial, se siente como desterrada en este mundo y ve con claridad las alturas del otro. Igual pensamiento expuso en verso el maestro León, y casi con iguales palabras que aquí, salvo que no es el espectáculo de la noche serena el que arroba el alma, sino la sublime música del ciego Francisco Salinas:

A cuyo son divino mi alma, que en olvido está sumida, torna a cobrar el tino y memoria perdida de su origen primera esclarecida. Y como se conoce, en suerte y pensamientos se mejora, el oro desconoce que el vulgo ciego adora, la belleza caduca engañadora...

[364] Esto es, «en que agradece como un servicio lo que debemos hacer por nuestro provecho».

[365] Hoy los pronombres personales átonos nunca se anteponen al infinitivo, sino que se le posponen enclíticos. (V. BELLO _Gram._ § 915). Fray Luis de Granada dice «que nadie sea osado a la despertar». (_Guía de pec._ I. 16. § 1 B. AA. EE. VI, 61 _a_.) Sólo como provincialismo se conserva la costumbre arcaica; en Asturias, por ejemplo, se puede decir: «hay que lo dejar», «tengo que os contar».

[366] Este es antiguo defecto español atestiguado por algunos extranjeros; el barón alemán Conrado de Bemelberg, que para perfeccionarse en el castellano viajó por España ocho años después de muerto Fray Luis, escribe en una carta, fecha en agosto de 1599, dando cuenta a su padre de lo que le parecía nuestra tierra: «quien en España quiere negociar, más que ordinaria paciencia ha de tener, pues a mediodía tienen costumbre de levantarse, y después de levantados ir a la misa, acabada la cual se meten a comer, y después de la comida, o a jugar o a dormir o pasearse a caballo por las calles».

[367] En _sus pecados de ellos_ no es _de ellos_ un inútil pleonasmo, sino que está exigido por la vaguedad del _su_, que no determina si el poseedor es masculino o femenino, ni singular o plural. Hoy esta doble indicación del posesivo no se conserva sino cuando el poseedor es _usted_: «su padre de usted», «su casa de usted».

[368] Nótese la frase, no registrada en los Diccionarios: _hacer honra y estado de una cosa_, ‘fundar en ella su condición y su dignidad’.

[369] _Vuestra merced_ se dirige a Doña María Varela Osorio, a la cual dedicó su obra Fray Luis de León.

[370] _Errar la letra_ es frase figurada; tómase en sentido propio «equivocarse en la escritura o lectura», cuando se trata de algún documento escrito, sobre cuya interpretación se discute. El uso de esta expresión, u otras análogas, era muy corriente. En la _Celestina_ (auto IX) se dice, hablando de las veces que se debe beber: «Madre, pues _tres_ veces dicen que es lo bueno y honesto todos los que escribieron.--Hijos, estará corrupta la letra: por _trece, tres_.» (Véase _Rev. de Filología Española_, IV, 50).

[371] Homero calificó a la Aurora de _dedos de rosa_ y según él todos los poetas clásicos; Ovidio llámala _rosea dea_ (_Ars. am._ III. 84). Claro es que en el Renacimiento esta denominación era un lugar común. Cervantes la llamó _rosada aurora_ (_Quijote_ I. 2).

[372] _Hacer plaza_ no está registrado en los diccionarios con el sentido que aquí tiene de ‘hacer ostentación’. Sólo se le apunta el significado de ‘sacar a la plaza o publicar una cosa’.

[373] _Figura_ dice la edición de Salamanca 1586, pero debe ser errata.

EL P. JUAN DE MARIANA

(1536-1623)

Su _Historia de España_ latina salió a luz por primera vez en Toledo en 1592; en la misma ciudad se publicó la primera edición romanceada en 1601.

La historiografía contaba ya en España con diestros investigadores, que habían rectificado multitud de errores de la historia tradicional, mediante el estudio crítico de crónicas, diplomas, inscripciones, etc.; tales eran Garibay, Ambrosio de Morales, Zurita. Mariana no se sentía inclinado a estas tareas, pues las suyas habituales eran las del teólogo y moralista; sólo como ocupación accesoria se dedicó a componer la Historia de España. Así que no se propuso continuar los estudios especiales en averiguación de la verdad, sino que, contentándose con lo hecho por otros, como en sus obras echaba de menos el arte de la narración, no aspiraba sino a vulgarizar lo estudiado por otros: _mi intento no fué hacer historia, sino poner en orden y estilo lo que otros habían recogido_. Su principal preocupación fué, pues, la narración agradable; escoge en las diversas fuentes que maneja la versión de los hechos que buenamente le parece más verdadera, y luego la expone sin reparo crítico alguno; sucediendo más de una vez que la hermosura de un relato fabuloso le atrae y le obliga a acogerlo sin expresar la menor duda, pues lo que él pretendía era hacer, más que una historia averiguada, una historia literaria y nacional, de la cual nada bello y nada heroico debía ser excluído. Ciertamente que consiguió tal propósito; su obra es hasta ahora el más digno monumento en honor de la historia y tradiciones españolas, como lo es Tito Livio de las romanas.

En el estilo de esta obra se ven claramente influencias, tanto de la índole personal del autor, como de sus lecturas habituales. La entereza de carácter y la austeridad de pensamiento de Mariana se reflejan en su narración histórica, a veces seca, pero que sabe revestirse siempre de un aire de autoridad y decoro que, como dice Capmany, «apenas distingue uno después si son las cosas o las palabras las que aparecen grandes y majestuosas». Ni aun en las arengas es declamador o retórico.

Las habituales tareas de teólogo, político y moralista a que se consagró Mariana, hacen que su narración, no sólo esté llena de máximas y aforismos, según la costumbre general de los historiadores de la época, sino que se desvíe, más o menos visiblemente, para obligarla a correr por el cauce de las ideas filosóficas y sociales del autor.

Su cultura clásica le hace imitar a Tito Livio en la manera amplia y tranquila de relatar, y a Tácito en las sentencias y reflexiones con que moraliza constantemente el relato. Además, como Mariana había escrito primero su obra en latín, de aquí que al romancearla conservara algún dejo de construcción latina como el que apuntamos en la nota de la página 193.

En fin: la obligada lectura de crónicas castellanas de los siglos XIV y XV le encariñó con el lenguaje viejo, y de ellas se le pegaron multitud de arcaísmos, como: _aína_ ‘presto, luego’; _al_ ‘otro’, _asaz_ ‘bastante, harto’; _ca_ ‘porque’, muy usado por Mariana, y algo también por Fray Luis de Granada; _dende_ ‘desde allí’, _hobo_ ‘hubo’, _maguer_ ‘aunque’, _suso_ ‘arriba’. Sin duda esto tenía por objeto revestir así el lenguaje de un aspecto más venerable. Razón tenía Saavedra Fajardo al decir en su _República literaria_ que así como otros se tiñen las barbas por parecer mozos, Mariana se las teñía por hacerse viejo. Lo cierto es que con ser la _Historia de España_ treinta años posterior a la _Guerra de Granada_ de Mendoza, representa un lenguaje mucho más antiguo. Este no es defecto especial de Mariana, quien sabe mantener en un límite prudente el arcaísmo; las Crónicas ejercían tal atractivo sobre los que las leían, que los poetas que sacaban de ellas romances o comedias, solían imitar su lenguaje arcaico con mucha más exageración que a Mariana, pues llegaban a escribir sus versos contrahaciendo la _fabla antigua_.

Además del arcaísmo prudentemente manejado, se observa en Mariana alguna otra afectación; sobre todo un particular estudio para huir del uso del gerundio, forma verbal de que tanto abusan las malas narraciones; en su lugar, Mariana emplea con preferencia el participio oracional. Fuera de esto, el estilo de Mariana se distingue por una gran llaneza y naturalidad, y por una construcción ligera que prefiere la nueva yuxtaposición de las cláusulas a englobarlas con relación de dependencia[374].

HISTORIA DE ESPAÑA LIBRO XVII, CAPÍTULO XIII

Muerte del Rey Don Pedro el Cruel, 22 ó 23 marzo, 1369. En el capítulo anterior contó Mariana cómo Don Enrique, vuelto de Francia, allegó en rededor suyo muchos partidarios; le recibieron por Rey Burgos y otras ciudades, y cercó a Toledo que aún se mantenía por Don Pedro.

El Rey Don Pedro, desamparado de los que le podían ayudar, y sospechoso de los demás, lo que sólo le restaba, se resolvió de aventurarse, encomendarse a sus manos y ponerlo todo en el trance y riesgo de una batalla; sabía muy bien que los reinos se sustentan y conservan más con la fama y reputación que con las fuerzas y armas. Teníale con gran cuidado el peligro de la real ciudad de Toledo; estaba aquejado y pensaba cómo mejor podría conservar su reputación. Esto le confirmaba más en su propósito de ir en busca de su enemigo y dalle[375] la batalla. Procuráronselo estorbar los de Sevilla; decíanle que se destruía y se iba derecho a despeñar; que lo mejor era tener sufrimiento, reforzar su ejército y esperar las gentes que cada día vendrían de sus amigos y de los pueblos que tenían su voz[376]. Esto que le aconsejaban era lo que en todas maneras debiera seguir, si no le cegaran la grandeza de sus maldades y la divina justicia, que estaba ya determinada de muy presto castigallas. Estando en este aprieto, sucedióle otro desastre, y fué que Vitoria, Salvatierra y Logroño, que eran de su obediencia, fatigadas de las armas del Rey de Navarra[377], y por falta de socorro por estar Don Pedro tan lejos, se entregaron al Navarro. Ayudó a esto Don Tello[378], el cual, si estaba mal con Don Pedro, no era amigo de su hermano Don Enrique, y así se estaba a la mira[379] en Vizcaya, sin querer ayudar a ninguno de los dos.

Proseguíase en este comedio el cerco de Toledo. Y como quier que aquella ciudad estuviese, como dijimos, dividida en aficiones, algunos de los que favorecían a Don Enrique intentaron de apoderalle[380] de una torre del muro de la ciudad que miraba al real, que se dice la torre de los Abades. Como no le sucediese[381] esta traza, procuraron dalle entrada en la ciudad por el puente de San Martín[382], sobre lo cual los del un bando y del otro vinieron a las manos, en que sucedieron algunas muertes de ciudadanos.

Sabidas estas revueltas por el Rey Don Pedro, dióse muy mayor priesa a irla a socorrer, por no hallalla perdida cuando llegase. Para ir con menor cuidado mandó recoger sus tesoros, y con sus hijos Don Sancho y Don Diego llevallos a Carmona, que es una fuerte y rica villa del Andalucía, y está cerca de Sevilla. Hecho esto, juntó arrebatadamente su ejército y aprestó su partida para el reino de Toledo. Llevaba en su campo tres mil hombres de a caballo; pero la mitad de ellos, ¡mal pecado![383], eran moros, y de quien no se tenía entera confianza, ni se esperaba que pelearían con aquel brío y gallardía que fuera necesario. Dícese que al tiempo de su partida consultó a un moro sabio de Granada, llamado Benagatin, con quien tenía mucha familiaridad, y que el moro le anunció su muerte por una profecía de Merlín[384], hombre inglés que vivió antes deste tiempo, como cuatrocientos años. La profecía contenía estas palabras: «En las partes de occidente, entre los montes y el mar, nacerá una ave negra, comedora y robadora, y tal, que todos los panales del mundo querrá recoger en sí, y todo el oro del mundo querrá poner en su estómago, y después gormarlo ha[385], y tornará atrás. Y no perecerá luego por esta dolencia, caérsele han las péñolas, y sacarle han las plumas al sol, y andará de puerta en puerta y ninguno la querrá acoger, y encerrarse ha en la selva y allí morirá dos veces: una al mundo, y otra a Dios, y desta manera acabará.» Esta fué la profecía, fuese verdadera o ficción, de un hombre vanísimo que le quisiese burlar; como quiera que fuese, ella se cumplió dentro de muy pocos días.

El Rey Don Pedro, con la hueste que hemos dicho, bajó del Andalucía a Montiel, que es una villa en la Mancha y en los Oretanos antiguos, cercada de muralla, con su pretil, torres y barbacana, puesta en un sitio fuerte y fortalecida con un buen castillo. Sabida por Don Enrique la venida de Don Pedro, dejó a Don Gómez Manrique, Arzobispo de Toledo, para que prosiguiese el cerco de aquella ciudad, y él, con dos mil y cuatrocientos hombres de a caballo, por no esperar el paso de la infantería, partió con gran priesa en busca de Don Pedro. Al pasar por la villa de Orgaz, que está a cinco leguas de Toledo, se juntó con él Beltrán Claquin[386] con seiscientos caballos extranjeros que traía de Francia; importantísimo socorro y a buen tiempo, porque eran soldados viejos y muy ejercitados y diestros en pelear. Llegaron al tanto[387] allí Don Gonzalo Mejía, maestre de Santiago, y Don Pedro Muñiz[388], maestre de Calatrava, y otros señores principales que venían con deseo de emplear sus personas en la defensa y libertad de su patria. Partió Don Enrique con esta caballería; caminó toda la noche, y al amanecer dieron vista a los enemigos, antes que tuviesen nuevas ciertas que eran partidos de Toledo.