Antología de prosistas castellanos
Part 11
[311] Después de oraciones temporales, _que_ puede usarse en vez de la frase adverbial de tiempo _luego que_, _después que_; por ejemplo: «en estando lejos de aquí, _que_ me vea libre del peligro, no me meteré yo en otra.» Si la oración temporal no lleva el verbo en gerundio ni infinitivo, sino en forma personal, el _que_ es un tanto pleonástico, pues pudiera reemplazarse por la simple conjunción copulativa: «cuando esté lejos de aquí, _que_ (y) me vea libre...» Por este mismo giro se explican modismos tales como estos: «jura que al volver _que vuelva_ al Andalucía, se ha de estar dos meses en Toledo»; «en llegando _que llegue_.»
[312] Este _lo_ representa un adjetivo que no existe; Santa Teresa tomó en su imaginación el substantivo _de virtud_ por el adjetivo equivalente _virtuoso_.
[313] Es muy común decir _libros de caballería_; ha de decirse _caballerías_ en plural, que este nombre se da a las hazañas llevadas a cabo por un caballero. La afición a las novelas caballerescas fué predominante en España por el espacio increíble de más de tres siglos. En el siglo XIV el Canciller Pero López de Ayala, entre sus yerros más grandes, se lamentaba de haber sido víctima de tan desatinada afición:
Plogome otrosí oir muchas vegadas Libros de devaneos e mentiras probadas: _Amadis_, _Lanzalote_ e burlas asacadas, En que perdí mi tiempo a muy malas jornadas. (_Rimado de Palacio_, copla 162.)
A mediados del siglo XVI Santa Teresa se acusa de igual pecado, y a principios del XVII era todavía tan desmedido el apego a tales novelas, que Cervantes, para amenguarlo, ridiculizó en su _Quijote_ los extravíos que tan dañosa lectura causaba.
[314] Este _los_ se refiere a _los libros de caballerías_ que, aunque hace mucho se nombraron, no dejan de estar presentes a la memoria en todo este pasaje. Otra vez vemos aquí la sintaxis de la Santa obedecer más a la viveza de la imaginación que a la lógica gramatical.
[315] El pronombre _ella_ se refiere a _la madre_ aunque no se la haya nombrado inmediatamente antes. Otra vez cabe la observación de la nota anterior.
[316] Nuevo descuido de la autora que pensaba haber escrito antes _me hizo enfriar_, o cosa parecida.
[317] _Créame_ y los verbos que siguen en singular debieran ir en plural, pues la Autora se dirige a sus monjas, como adelante se ve.
[318] Santa Teresa trata generalmente a las religiosas de _su merced_ en tercera persona de plural; aquí las habla en segunda persona de plural. Es común, en escritores más cuidados, este cambio de tratamiento. Fray Luis de Granada dice a la Virgen: «alegra_te_ con esta esperanza y cesen ya _tus_ gemidos... Bien veo, señora, que no basta nada desto para consola_ros_». (B. Aut. esp., VIII, pág. 82 _b_).
[319] Esta especie de superlativo formado mediante el prefijo _re_ que refuerza el sentido del adjetivo simple, es muy propio del castellano (_refino_, _relimpio_, _remucho_, _remejor_); muchos escritores lo desdeñan por familiar.
[320] Ante los adverbios _más_ y _menos_ usaban nuestros clásicos las formas apocopadas _muy_, _tan_, _cuán_ («cuán más agradable»), en vez de las formas plenas _mucho_, _tanto_, _cuanto_, que son hoy de rigor (V. BELLO _Gram._ § 1023).
[321] Las leyes lógicas de la concordancia exigirían _se hacen más nobles y aparejados_; la licencia hoy tolerable sería _se hace aparejada_.
[322] Serna era el mandadero que llevaba las cartas de don Lorenzo.
[323] Francisco se llamaba el hijo mayor de don Lorenzo. La Santa era naturalmente directora de los negocios espirituales de todas las personas de su familia. Lorenzo había prometido obediencia a su hermana, como luego se verá.
[324] Este _la_ representa al substantivo _carta_ que la autora consideraba embebido en el verbo _escribiere_. (Recuérdese lo dicho página 148 n. 312 y pág. 149, 314 y 315, y véase 153, n. 326.)
[325] El sujeto de este verbo no es _Francisco_, como parece, sino _don Lorenzo_.
[326] Este _las_ se refiere a las monjas de la comunidad.
[327] _An_ es contracción vulgar por _aun_. Comp. arriba _anque_.
[328] Sobra el _que_ para hacer sentido.
[329] _Guardar_ sin complemento, con el sentido de «guardar la abstinencia».
[330] Vocativo con el posesivo antepuesto.
[331] _Quitar_ tiene aquí el sentido anticuado de libertar, eximir, que subsiste en la frase «libre y quito».
[332] Concordancia viciosa.
[333] Frase adverbial, como _llora que llora_ o _llora que llorarás_, para denotar la continuidad de la acción.
[334] Habla aquí de las persecuciones de que era objeto la reforma de la Orden que entonces se llevaba a cabo. El entregar los papeles de la visita al Presidente del Consejo de Castilla fué un paso poco acertado que dió lugar a conflictos en los que Gracián quedó comprometido.
[335] El _lo_ se refiere a _larga en escribir_; es decir: «que he sido larga en escribir al Obispo». La autora pensaba haber puesto antes: «ya quisiera ser más larga en escribir», en vez de «quisiera escribir más largo».
[336] El Obispo de Osma, don Alonso Vázquez, confesor de la Santa en Toledo.
[337] Don Lorenzo de Cepeda.
FRAY LUIS DE LEÓN
(1527-1591)
Los dos primeros libros de los _Nombres de Cristo_ se imprimieron en 1583; los tres completos, en 1585. _La perfecta casada_, en 1586.
Como se ha visto, la prosa castellana contaba ya en el último tercio del siglo XVI con muy notables cultivadores.
Fray Luis de León consideraba, sin embargo, que el idioma no había logrado aún el cultivo esmerado y profundo de que era digno. Claro es que no podía satisfacerle, aunque lo admiraba, el estilo humilde, sencillo y descuidado de Santa Teresa; pero ya es más chocante que, hablando del poco cultivo de la lengua, no dedique ni una alabanza, ni un recuerdo, a su predecesor, Fray Luis de Granada; el estilo de éste era un estilo oratorio que sin duda, no contentaba al maestro León, por no encajar dentro del ideal de perfección artística que él perseguía[338]. Así que se consideró a sí mismo, más que como innovador, como padre de la prosa literaria, y no le faltaba alguna razón.
El lenguaje de Fray Luis de Granada tenía solemnidad, elevación y valentía; pero por estar aún el idioma poco diestro en la expresión de razonamientos y pensamientos abstractos, no halla muchas veces los recursos delicados de la construcción gramatical, y tiene algo de desmañado y flojo. Por esto Fray Luis de León encontró que el castellano encerraba tesoros aun no hallados de cadencia, proporción, asiento y armonía.
Granada se esforzó en trabajar la frase, considerándola como un silogismo, como un razonamiento o un apóstrofe; León le dedicó su cuidado mirándola más especialmente como una obra de arte. Los tratados del uno son como sermones puestos por escrito; los del otro, como poesías redactadas en prosa[339]. El uno es más elocuente, el otro más poeta; el uno es, en suma, orador, y el otro escritor.
Fray Luis de León nos declara que su arte era en todo reflexivo y meditado; arte de selección cuidadosa de palabras, y hasta de letras; arte de cálculo y medida en la disposición de frases; arte en todo diestro, esmerado y primoroso que nos ofrece la lengua castellana ataviada con todos los elementos poéticos y musicales de que es capaz, y levantada a la altura de las lenguas clásicas.
Él mismo declara también que su empeño principal fué poner en el habla del vulgo número, abundancia, entonación y armonía. Sin embargo, a veces usa períodos defectuosos, y esto principalmente por construirlos tan largos que casi se rompe el enlace de su comienzo con su remate[340]. Además, las conjunciones _porque_ y _pues_ aparecen encabezando multitud de frases, con el pueril objeto de encadenarlas materialmente a la que antecede, cuando de no ligarlas de otra manera bastaría que esta trabazón corriera solamente a cargo del pensamiento. En fin, pocas veces cae en la tentación de buscar la falsa elegancia, puesta en moda ya desde el siglo XV, de remitir afectadamente el verbo al fin de la proposición (verbi gracia: «Con el calor del día y del sueño _encendidos_ demasiadamente y _dañados_», pág. 175).
NOMBRES DE CRISTO INTRODUCCIÓN AL LIBRO III
Declara Fray Luis en qué procuró mejorar el lenguaje de sus escritos sobre el ordinario y familiar.
Mas a los que dicen que no leen aquestos mis libros por estar en romance[341] y que en latín los leyeran, se les responde que les debe poco su lengua, pues por ella aborrecen lo que, si estuviera en otra, tuvieran por bueno. Y no sé yo de dónde les nace el estar con ella tan mal; que ni ella lo merece, ni ellos saben tanto de la latina que no sepan más de la suya, por poco que della sepan, como de hecho saben della poquísimo muchos. Y destos son los que dicen que no hablo en romance, porque no hablo desatadamente y sin orden, y porque pongo en las palabras concierto y las escojo y les doy su lugar; porque piensan que hablar romance es hablar como se habla en el vulgo, y no conocen que el bien hablar no es común, sino negocio de particular juicio[342], ansí en lo que se dice, como en la manera como se dice; y negocio que de las palabras que todas hablan elige las que convienen y mira el sonido dellas, y aun cuenta a veces las letras, y las pesa y las mide y las compone, para que, no solamente digan con claridad lo que se pretende decir, sino también con armonía y dulzura. Y si dicen que no es estilo para los humildes y simples, entiendan que, así como los simples tienen su gusto, así los sabios y los graves y los naturalmente compuestos no se aplican bien a lo que se escribe mal y sin orden; y confiesen que debemos tener cuenta con ellos, y señaladamente en las escrituras que son para ellos solos, como aquesta lo es.
Y si acaso dijeren que es novedad, yo confieso que es nuevo, y camino no usado por los que escriben en esta lengua, poner en ella número, levantándola del decaimiento ordinario. El cual camino quise yo abrir[343], no por la presunción que tengo de mí, que sé bien la pequeñez de mis fuerzas, sino para que los que las tienen se animen a tratar de aquí adelante su lengua como los sabios y elocuentes pasados, cuyas obras por tantos siglos viven, trataron las suyas, y para que la igualen, en esta parte que le falta, con las lenguas mejores, a las cuales, según mi juicio, vence ella en otras muchas virtudes.
LIBRO PRIMERO
Dirigiéndose al Obispo de Córdoba, don Pedro Portocarrero, introduce Fray Luis los personajes que figurarán en el diálogo de la obra, y supone que son tres amigos suyos, de su misma Orden de San Agustín.
Era por el mes de Junio, a las vueltas[344] de la fiesta de San Juan, al tiempo que en Salamanca comienzan a cesar los estudios, cuando Marcelo, el uno de los que digo (que así le quiero llamar con nombre fingido, por ciertos respetos que tengo, y lo mismo haré a los demás), después de una carrera tan larga, como es la de un año en la vida que allí se vive[345], se retiró, como a puerto sabroso, a la soledad de una granja que, como vuestra merced sabe, tiene mi monasterio en la ribera de Tormes[346]; y fuéronse con él, por hacerle compañía, y por el mismo respeto, los otros dos. Adonde habiendo estado algunos días, aconteció que una mañana, que era la del día dedicado al apóstol San Pedro, después de haber dado al culto divino[347] lo que se le debía, todos tres juntos se salieron de la casa a la huerta que se hace[348] delante della. Es la huerta grande, y estaba entonces bien poblada de árboles, aunque puestos sin orden; mas eso mismo hacía deleite en la vista, y sobre todo, la hora y la sazón.
Pues entrados en ella, primero, y por un espacio pequeño, se anduvieron paseando y gozando del frescor, y después se sentaron juntos a la sombra de unas parras y junto a la corriente de una pequeña fuente, en ciertos asientos. Nace la fuente de la cuesta que tiene la casa a las espaldas, y entraba en la huerta por aquella parte, y corriendo y estropezando, parecía reírse. Tenían también delante de los ojos y cerca dellos una alta y hermosa alameda. Y más adelante, y no muy lejos, se veía el río Tormes, que aun en aquel tiempo, hinchiendo bien sus riberas, iba torciendo el paso por aquella vega. El día era sosegado y purísimo, y la hora muy fresca. Así que, asentándose y callando por un pequeño tiempo, después de sentados, Sabino (que así me place llamar al que de los tres era el más mozo), mirando hacia Marcelo y sonriéndose, comenzó a decir así:
«Algunos hay a quien la vista del campo los enmudece[349], y debe ser condición de espíritus de entendimiento profundo; mas yo, como los pájaros, en viendo lo verde, deseo o cantar o hablar.»
--«Bien entiendo por qué lo decís--respondió al punto Marcelo--, y no es alteza de entendimiento, como dais a entender por lisonjearme o por consolarme, sino cualidad de edad y humores diferentes que nos predominan y se despiertan con esta vista, en vos de sangre, y en mí de melancolía[350]. Mas sepamos--dice--de Juliano[351] (que éste era el nombre del tercero) si es pájaro también o si es de otro metal.»
--«No soy siempre de uno mismo--respondió Juliano--, aunque agora al humor de Sabino me inclino algo más. Y pues él no puede agora razonar consigo mismo mirando la belleza del campo y la grandeza del cielo, bien será que nos diga su gusto acerca de lo que podremos hablar.»
Entonces Sabino, sacando del seno un papel escrito y no muy grande: «Aquí, dice, está mi deseo y mi esperanza.»
Marcelo, que reconoció luego el papel, porque estaba escrito de su mano, dijo, vuelto a Sabino y riéndose: «No os atormentará mucho el deseo a lo menos, Sabino, pues tan en la mano tenéis la esperanza; ni aun deben ser ni lo uno ni lo otro muy ricos, pues se encierran en tan pequeño papel.»
--«Si fueren pobres--dijo Sabino--, menos causa tendréis para no satisfacerme en una cosa tan pobre.»
--«¿En qué manera--respondió Marcelo--, o qué parte soy yo para satisfacer a vuestro deseo, o qué deseo es el que decís?»
Entonces Sabino, desplegando el papel, leyó el título, que decía: _De los nombres de Cristo_; y no leyó más, y dijo luego: «Por cierto caso hallé hoy este papel, que es de Marcelo, adonde, como parece, tiene apuntados algunos de los nombres con que Cristo es llamado en la Sagrada Escritura, y los lugares de ella adonde es llamado así. Y como le vi, me puso codicia de oirle algo sobre aqueste argumento, y por eso dije que mi deseo estaba en este papel; y está en él mi esperanza también, porque, como parece dél, éste es argumento en que Marcelo ha puesto su estudio y cuidado, y argumento que le debe tener en la lengua; y así, no podrá decirnos agora lo que suele decir cuando se excusa, si le obligamos a hablar, que le tomamos desapercibido. Por manera que, pues le falta esta excusa, y el tiempo es nuestro, y el día santo, y la sazón tan a propósito de pláticas semejantes, no nos será dificultoso el rendir a Marcelo, si vos, Juliano, me favorecéis.»
LIBRO II, CAPÍTULO III
Marcelo explicando a sus amigos por qué el nombre de _Príncipe de Paz_ es aplicado a Cristo, declara qué cosa es paz.
Calló Marcelo un poco, luego que dijo esto..., y descansando, y como recogiéndose[352] todo en sí mismo por un espacio pequeño, alzó después los ojos al cielo, que ya estaba sembrado de estrellas, y teniéndolos en ellas como enclavados, comenzó a decir así:
«Cuando[353] la razón no lo demostrara, ni por otro camino se pudiera entender cuán amable cosa sea[354] la paz, esta vista hermosa del cielo que se nos descubre agora, y el concierto que tienen entre sí aquestos resplandores que lucen en él, nos dan suficiente testimonio. Porque, ¿qué otra cosa es, sino paz, o ciertamente una imagen perfecta de paz, esto que agora vemos en el cielo y que con tanto deleite se nos viene[355] a los ojos? Que[356] si la paz es, como San Agustín breve y verdaderamente concluye, una orden sosegada o un tener sosiego y firmeza en lo que pide el buen orden, eso mismo es lo que nos descubre agora esta imagen. Adonde el ejército de las estrellas, puesto como en ordenanza y como concertado por sus hileras[357], luce hermosísimo; y adonde cada una dellas inviolablemente guarda su puesto; adonde no usurpa ninguna el lugar de su vecina ni la turba en su oficio, ni menos, olvidada del suyo, rompe jamás la ley eterna y santa que le puso la Providencia; antes, como hermanadas todas y como mirándose entre sí, y comunicando sus luces las mayores con las menores, se hacen muestra de amor; y como en cierta manera[358] se reverencian unas a otras, y todas juntas templan a veces sus rayos y sus virtudes, reduciéndolas a una pacífica unidad de virtud, de partes y aspectos diferentes compuesta, universal y poderosa sobre toda manera[359].
»Y si así se puede decir, no sólo son un dechado de paz clarísimo y bello, sino un pregón y un loor que con voces manifiestas y encarecidas nos notifica cuán excelentes bienes son los que la paz en sí contiene y los que hace en todas las cosas. La cual voz y pregón sin ruido se lanza en nuestras almas, y de lo que en ellas lanzada hace[360], se ve y entiende bien la eficacia suya y lo mucho que las persuade. Porque luego, como convencidas de cuanto les es útil y hermosa la paz, se comienzan ellas a pacificar en sí mismas y a poner a cada[361] una de sus partes en orden. Porque si estamos atentos a lo secreto que en nosotros pasa, veremos que este concierto y orden de las estrellas, mirándolo, pone en nuestras almas sosiego, y veremos que con sólo tener los ojos enclavados en él con atención, sin sentir en qué manera, los deseos nuestros y las afecciones turbadas que confusamente movían ruido en nuestros pechos de día, se van quietando poco a poco, y como adormeciéndose, se reposan, tomando cada una su asiento, y reduciéndose a su lugar propio, se ponen sin sentir en sujeción y concierto.
»Y veremos que, así como ellas se humillan y callan, así lo principal y lo que es señor en el alma, que es la razón, se levanta y recobra su derecho y su fuerza, y como alentada con esta vista celestial y hermosa, concibe pensamientos altos y dignos de sí, y como en una cierta manera se recuerda[362] de su primer origen, y al fin pone todo lo que es vil y bajo en su parte, y huella sobre ello[363]. Y así puesta ella en su trono como emperatriz, y reducidas a sus lugares todas las de más partes del alma, queda todo el hombre ordenado y pacífico.
«Mas ¿qué digo de nosotros que tenemos razón? Esto insensible y aquesto rudo del mundo, los elementos y la tierra y el aire y los brutos se ponen todos en orden y se quietan luego que poniéndose el sol, se les representa aqueste ejército resplandeciente. ¿No veis el silencio que tienen agora todas las cosas, y cómo parece que mirándose en este espejo bellísimo, se componen todas ellas y hacen paz entre sí, vueltas a sus lugares y oficios, y contentas con ellos?
»Es sin duda el bien de todas las cosas universalmente la paz; y así, dondequiera que la ven, la aman. Y no sólo ella, mas la vista de su imagen de ella las enamora y las enciende en codicia de asemejársele, porque todo se inclina fácil y dulcemente a su bien. Y aun si confesamos, como es justo confesar, la verdad, no solamente la paz es amada generalmente de todos, mas sola ella es amada y seguida y procurada por todos. Porque cuanto se obra en esta vida por los que vivimos en ella, y cuanto se desea y afana, es por conseguir este bien de la paz, y este es el blanco adonde enderezan su intento y el bien a que aspiran todas las cosas. Porque si navega el mercader y si corre los mares, es por tener paz con su codicia, que le solicita y guerrea. Y el labrador en el sudor de su cara y rompiendo la tierra busca paz, alejando de sí cuanto puede al enemigo duro de la pobreza. Y por la misma manera, el que sigue el deleite y el que anhela la honra y el que brama por la venganza, y, finalmente, todos y todas las cosas buscan la paz en cada una de sus pretensiones. Porque, o siguen algún bien que les falta, o huyen algún mal que los enoja.»
LA PERFECTA CASADA LIBRO VII
Comentando el versículo de los _Proverbios_, XXXI, 15: «madrugó y repartió a sus gañanes las raciones», hace Fray Luis una primorosa descripción del alba y encarece las delicias del madrugar.
El madrugar es tan saludable, que la razón sola de la salud, aunque no despertara el cuidado y obligación de la casa, había de levantar de la cama en amanesciendo a las casadas. Y guarda en esto Dios, como en todo lo demás, la dulzura y suavidad de su sabio gobierno, en que aquello a que nos obliga es lo mismo que más conviene a nuestra naturaleza y en que recibe por su servicio lo que es nuestro provecho[364]. Así que, no sólo la casa, sino también la salud, pide a la buena mujer que madrugue. Porque cierto es que es nuestro cuerpo del metal de los otros cuerpos, y que la orden que guarda la naturaleza para el bien y conservación de los demás, esa misma es la que conserva y da salud a los hombres.
Pues ¿quién no ve que a aquella hora despierta el mundo todo junto, y que la luz nueva saliendo, abre los ojos de los animales todos, y que si fuese entonces dañoso dejar el sueño, la naturaleza (que en todas las cosas generalmente, y en cada una por sí, esquiva y huye el daño, y sigue y apetece el provecho, o que, para decir la verdad, es ella eso mismo que a cada una de las cosas conviene y es provechoso), no rompiera tan presto el velo de las tinieblas que nos adormecen, ni sacara por el oriente los claros rayos del sol, o si los sacara, no les diera tanta fuerza para nos despertar?[365]. Porque si no despertase naturalmente la luz, no le cerrarían las ventanas tan diligentemente los que abrazan el sueño. Por manera que la naturaleza, pues nos envía la luz, quiere, sin duda, que nos despierte. Y pues ella nos despierta, a nuestra salud conviene que despertemos.
Y no contradice a esto el uso de las personas que ahora el mundo llama señores, cuyo principal cuidado es vivir para el descanso y regalo del cuerpo, las cuales guardan la cama hasta las doce del día[366]. Ante esta verdad, que se toca con las manos, condena aquel vicio, del cual, ya por nuestros pecados o por sus pecados de ellos mismos[367], hacen honra y estado[368], y ponen parte de su grandeza en no guardar ni aun en esto el concierto que Dios les pone. Castigaba bien una persona, que yo conocí, esta torpeza, y nombrábala con su merescido vocablo. Y aunque es tan vil como lo es el hecho, daráme vuestra merced[369] licencia para que lo ponga aquí, porque es palabra que cuadra. Así que, cuando le decía alguno que era estado en los señores este dormir, solía él responder que se erraba la letra[370], y que por decir _establo_ decían _estado_. Y ello a la verdad es así, que aquel desconcierto de vida tiene principio y nasce de otro mayor desconcierto, que está en el alma y es causa él también y principio de muchos otros desconciertos torpes y feos. Porque la sangre y los demás humores del cuerpo, con el calor del día y del sueño, encendidos demasiadamente y dañados, no solamente corrompen la salud, mas también aficionan e inficionan el corazón feamente. Y es cosa digna de admiración que, siendo estos señores en todo lo demás grandes seguidores, o por mejor decir, grandes esclavos de su deleite, en esto sólo se olvidan dél, y pierden por un vicioso dormir lo más deleitoso de la vida, que es la mañana.