Anticuentos

Chapter 2

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Hubo una vez una bella, aunque no lo crean, doncella. De estar en vida tenía como treinta años y un día. Sus famosas golosinas fama tenían de finas y su sueño más sencillo era tener un castillo repleto de chocolate, forrado de cacahuate, con ladrillos de turrón y cimientos de algodón. Heredera de una hada; y ahijada muy bien amada, recibió el gran recetario de su saber culinario. Como su buena madrina era ya una dulce harina, lo cedió muy complaciente a la hermosa referente. Chocolatina curiosa fue aprendiendo cada cosa y en menos que pasa un verso dominó todo el esfuerzo que cuesta ser repostero de este arte tan lisonjero. Fresas con crema exquisitas y estrudens de manzanitas; pastelillos de frambuesas y rosquillas de cerezas; caramelos aromados y panqués mantequillados; chocolatines rellenos con quesillos de los buenos; confiterías formidables con sabores muy amables; barquillos de mermeladas y pastas azucaradas; aguacatitos rellenos con dulzores muy amenos; plátanos nadando en crema y helados de pura yema; en fin, tan gran variedad que sería muy necedad acabar la enorme lista de Chocolatina artista que como no tenía madre y niña perdió a su padre, huérfana con golosinas hechas en sus tres cocinas se mantenía la adorable y parecía infatigable. Se levantaba temprano y pronta su tierna mano le daba al trabajo duro para cumplir, aseguro, con tanto pedido diario que consumía el vecindario. Encendiendo sus estufas principiaba con las trufas; y sazonando los ates proseguía sus combates. Los pocillos con canelas hervían como castañuelas. Y peladas las naranjas formaban jugosas franjas. Cada olla abundante en leche, bullente como en Campeche, entraba en la gran verbena; aquella cociendo avena; estotra con palanquetas como estreno de recetas; una rebosando fresas y otras reposando en mesas los exquisitos vapores que presagiaban sabores. Una grande batidora no cesaba ni una hora y el gran horno de pasteles graduado en altos niveles explotaba en sus furores como en feria de colores. Toda su gran dulcería, era magia, se decía. Su casa estaba forrada con muestras de cada horneada; tapizadas las paredes eran del antojo redes. De todas las poblaciones llegaban las peticiones; quiero dos kilos de aquellos; dame tres libras de estos; y muchos se iban molestos, por no alcanzar más de ellos. Para ganar electores no hay como pan y rumores y le compraba el gobierno, que se las daba de tierno, tantos confites diversos que escondidos en perversos desayunos y meriendas como bombones ofrendas, tomaban niños amados y eran engolosinados. Discreto y tierno negocio, con el reino como socio, que a la gran Chocolatina no la dejaba en la ruina. Aficionados a farras compraban estas chatarras. Así la empresa crecía y hacienda se entumecía. Inocente de todo ello, la dulce seguía en destello. Salvemos a la heroína; no es mala Chocolatina sino aquellos envidiosos que tramaron muy odiosos destruirle la vendimia al fomentar la bulimia y volverla bruja fiera, cuando la verdad otra era. Así fue como la Greta, galletica tras galleta observó cuando su hermano, devoraba cual insano -Ya no comas tanto dulce. Domina lo que te impulse a comer tal porquería.- Fúrica lo reprendía. -Envenenarlos a todos según se miran sus modos esa mujer sólo quiere y a ti es a quien más prefiere. Mas a mí no me la pega; ni tampoco me hace ciega, aunque dulces te regale; vas a ver con qué te sale. Y es que la Chocolatina tenía corazón de mina y sin oler a perjuicio compartía su beneficio. Al tal Juansel le había dado un fructuoso emparedado que el jovenzuelo goloso no disfrutó por sabroso, sino en pensar la riqueza de tanto dulce a la mesa. -Hush, hermanita querida, no te enojes homicida, porque esta dama tan fina, nos puede aliviar la esquina y ya no andar por las calles trotando por los vitualles. Si yo le finjo cariño y me porto como un niño la damita ricachona me dará su gran persona y tú, que me amas tanto, no tendrás razón de espanto. Así que, ¿qué te parece lo que en mi cerebro crece? -¡Hermano! Estoy asombrada. Me tienes anonadada con esta tremenda idea y aunque en el cuento sea fea, con la fortuna ganada voy a ser muy galanteada. Seduciendo algún pelele, contrato tendré en la tele. Así que ve a conquistarla; de amores hay que acabarla. -No, hermanita; se equivoca. De amor no la quiero loca. Yo voy por el efectivo asaltándola muy vivo. Como nadie la protege y dinero teje y teje. Esta noche robaremos su cuarto de crisantemos. Al pretexto de hermanitos y como ella, huerfanitos le pediremos asilo y entonces con gran sigilo, sin provocar ni un trastorno la amarraremos y al horno; un pastel la volveremos mientras ricos nos hacemos. -Yo sigo sobrecogida; pero ni modo, es la vida. Aquella noche a la puerta llegó la hermandad experta y al abrir Chocolatina comprendió la ruin inquina. Su vieja hada le había dicho lo que tramaba este bicho. Así que bien cocinada planificó su coartada. -Pasen chiquillos a casa. Les voy a dar una taza de sabroso chocolate que en mi hornito bate y bate. Mas cuidado con el piso; está algo resbaladizo. -¡Ya la hicimos!- dijo el cruel. -Pan comido, mi Juansel.- le contestó su asociada. -Más fácil que una tajada.- volvió a sonreír aquél imaginando el joyel. Cuando se fue la doncella la siguieron sin resuella. La vieron quedar de espaldas distraída; sin respaldas. Vestida toda de miel con un trozo de pastel estaba Chocolatina junto al horno que rechina. En ese instante Juansel se le abalanza, el infiel, para empujarla hacia el horno y la Greta sin adorno lo ayuda en el empujón, sin embargo un resbalón la hace caer en la llama mientras por su hermano clama; e incendiándolo al jalarlo hacia el fuego fue a volcarlo Los dos en tanta violencia agotan su resistencia y acaban siendo refritos, si no frijol, pastelitos. Infante a la pastelada receta nueva inventada en gigante promoción, todita la población la disfruta en esa tarde. El reino en elogios arde amando su gratuidad. Idolatra su bondad descontada en los impuestos de mercados manifiestos y levanta un monumento al sabroso emolumento donado al pueblo cirquero que al fin come, sin dinero. Chocolatina de amor se sonríe con dulzor. Sus más puros sentimientos pasean en sus pensamientos. (El castillo a levantar y acaso tenga mi altar.)

RICITOS DE AFRO

Este cuento es más cercano al tiempo en que tú naciste, de seguro lo leíste en el libro de fulano. Pero no por perengano, sino por aquel anónimo, autor sin ningún acrónimo firmado como zutano. Así como te lo cuento digo que me lo contaron. Si en algo se transformaron las tramas de este esperpento fue innovación de mi estro que mis ideas rehicieron pero nunca destruyeron lo que adelante demuestro. Recién habían los aviones en el mundo aparecido cuando un piloto atrevido se lanzó a las emociones de recorrer continentes y explorar todos los cielos sin importar qué desvelos podrían hacerse dementes. En realidad el piloto de esta historia tan ignota era, digamos, pilota, pero bella como un loto. Las mujeres iniciaban su lucha por ser muy libres y acciones de estos calibres al aire las incitaban. Su novio se lo decía, príncipe de sangre azul, -Ricitos tiernos de tul, olvida esa fantasía. Tú naciste para reina, más reina que la Inglaterra, emperatriz de la tierra; no para avión de virreina. Pero la rubia Ricitos le deshacía con risitas sus intenciones marchitas de continuarla en los mitos. -Las mujeres bien podemos ser como ustedes varones; desde manejar camiones hasta competir en remos. Desde ser grandiosas químicas hasta inventoras de radios; ser constructoras de estadios o actrices de grandes mímicas. Así que príncipe Eustoleo me vuelvo la gran viajera; ahora si soy la altanera que la sostiene el petróleo. -Súbditos, a preparar la nave en la que yo parto. El fracaso me descarto y lánzome ya a volar. -Adiós princesa querida Ricitos de oro adorada. Mira que pagas la entrada; aunque no ves la salida. El príncipe, llanto pronto, dijo adiós con su pañuelo, mientras la nave ya en vuelo lo dejaba como un tonto. Ricitos de oro volando, amazona era entre nubes; sube que sube que subes y volante controlando se sentía la vengadora de tanta mujer esclava que siempre se la pasaba obedeciendo cada hora. Aunque su madre aristócrata, también los platos lavaba, a su marido planchaba toda su ropa de hipócrita. Los hombres siempre decían yo te mantengo y es justo que no me causes disgusto; y ellas obedecían. Eso sucedía endenantes según cuentan las historias; adiós a crueles memorias que pecan de repugnantes. Esto la rubia princesa pasando océanos pensaba y poca cuenta se daba del marcador de sorpresa. Comienza a fallar el tanque; se pierde la gasolina y la rubia se encamina a estrellarse en un estanque. -África central- se dice- donde tendré este accidente. Ojalá que buena gente, me vea cuando yo aterrice. Por fortuna soy muy diestra en aterrizar forzoso. Controlo en este retozo mi máquina cual maestra. Soy una mujer moderna y los peligros no me hunden; mientras las aguas no inunden, saldré por la puerta alterna. Sumiéndose el aeroplano la aventurera se escapa tan sólo se lleva un mapa y una pistola en la mano. -¿Dónde estaré?-se pregunta mirándose entre la selva. Espero a que el día vuelva, pues ya la noche despunta. Entre ruidos de alimañas la princesa va explorando y entre la selva luchando descubre algunas cabañas. -¿Quién vivirá en estos fosos? Porque esto es lo que parecen y en su fealdad me estremecen y me arrebatan los gozos. Entra en una de esas casas; no observa cama ninguna y como ella está de ayuna tiene hambre y mira unas tazas. Se acerca y prueba un bocado y le sabe a carne vieja; otro a joven asemeja; y otro más a tierno asado. Descubre un rostro de dama con aderezos floreados y huesitos marinados que saben a pura lama. Aterrándose de asqueada el hambre rápido quita y casi casi vomita antes de dar tarascada. De pronto en la lejanía se oyen aullidos y gritos. Ella se esconde y los ritos se acercan con alegría. Corre y a un árbol se sube; ahora sí que en esta altura siente la temperatura que no sintió entre la nube. Es testigo desde arriba que antes de comerse al hombre le realizan un escombre y lo lavan con saliva. Luego unos polvos le ponen que lo van ennegreciendo; todos de hambruna rugiendo esperan que lo sazonen. Una negrona sonriente lo acomoda en las parrillas y encendiendo las hornillas le dan rostizado ardiente. Ya colocado en su punto hábilmente lo destaza y en pedacitos se pasa a saborear al difunto. Rizos de Oro iba a gritar; cautelosa se contiene mientras el jefe entretiene su gran boca al paladear. Una vez que satisfechos, los va mirando marchar: -De seguro que a cazar a otro rubio van derechos. Cuando queda solitario el espacio de caníbales, ella se dijo: -Esquívales y toma su recetario. Con los polvos que han usado para ponerlo moreno, voy a cubrirme lo bueno y lo que quede ocultado. Tan rápida como balazo la Ricitos de Oro cubre todo su cuerpo salubre y lo convierte en negrazo. -¡Chica qué bien me veo!- Dice un poco vanidosa. -A la afro estoy tan rizosa; soy ébano del deseo. Soy más alta que estos negros y me siento deslumbrante con mi peinado reinante y mis ojos verdinegros. Bailando con ellos conga voy a sentirme en ambiente; a este reino finco el diente con mi look de Rarotonga. En eso estaba pensando cuando la tribu regresa y al mirar la negra esa se arrodillan adorando a quien creen la diosa noche. Alabanzas muy rendidas le lanzan negras lucidas y Ricitos en derroche les hace pases de bruja y como gran hechicera cual si fuera una quimera la pistola se apretuja surgiendo crueles balazos que atraviesan diez negrillos; caen rodantes cual membrillos y vence al jefe negrazo. Todos la toman por reina y le rinden caravanas ella baila por semanas y su afro ni se despeina. La adoran hasta que un día transportan a un prisionero, alto, guapo, fuerte y güero como Hollywood querría. Había venido en un yip desde Nueva York salvaje y guardado en su equipaje lo guiaba tan solo un tip. Era una corazonada que su Ricitos vivía en una región impía del África desalmada. Vuelto un expedicionario se adentró por la selvura y de pronto la negrura acabó su buscar diario. A la gran Afro lo llevan; para ella ya es un arcano; un pelmazo americano que como macho lo ceban. De carne sólo es gran trozo desabrido y maloliente, aunque con oro en un diente dejó ya de ser coloso. Lo destazan de inmediato y hacen la gran comilona. Era el príncipe en persona, mas Ricitos calló el dato. Grande disgusto ella tuvo cuando vio la sangre roja del falsario que la enoja porque sangre azul no hubo. Esto le sonaba a estafa: -Qué tal si con él me caso y me sale pobre el lazo: un aristócrata chafa. Gustosa con su destino de reina negra suntuosa Ricitos de Afro famosa se quedó en ese camino. Después con su gran talante libró a su pueblo de hambres; le enseñó a comer mil fiambres y no la carne apestante. Así que a vegetarianos les fue cambiando costumbres; olvidaron podredumbres y vivieron como hermanos. Ella jamás retornó a su Londres de piratas y alejada de esos ratas fue feliz y se acabó.

TUMBO Y BANDI, AVENTUREROS

En Santa Mónica un día, al lado de la Venice dicen aún que se dice de un parcito que vivía haciendo mil tropelías y aunque en chisme se deslice, y en esto también sucumbo, voy a seguir por el rumbo de Bandi, el bandido y Tumbo, el grandote forajido. Santa Mónica es la playa preferida de esta laya y la Venice es un lujo; de gente rica reflujo. En este mar de Los Ángeles se sienten los muy arcángeles y aunque al saber son muy reacios su escuela son los gimnasios; así que desde temprano practican deporte sano. Tendido como zalea un cuerpazo se asolea y según ese discurso es para entrar a un concurso donde estos grandes opúsculos lucirán vanos sus músculos. Y cargando su equipaje se acomodan el tatuaje que los hace muy altivos aunque sean tan primitivos. En este lugar concreto sucedió no muy secreto el relato que hoy transformo con olor a cloroformo. En versos de mil figuras que con beats se corresponden luciendo contraculturas que gusto burgués esconden, rechazando lo industrial, sacando el bien de lo mal y meditando a lo yoga, liberándome de soga, narro estos hechos grotescos de dos rebeldes costeros que para ganar dineros se la pasaban de frescos y respetaban muy poco a lo que creían muy loco: la sociedad que en sus hormas traiciona sus propias normas. Picarones de barriada se aburrían con tanta nada y buscaban aventuras inventando mil basuras. Enorme como un gigante y orejón de gran talante un poco mentecato y tonto Tumbo se notaba pronto al cometer fechoría que cualquiera descubría. Su gordura espeluznante bien parecía de elefante; caminando como grúa le decían el Gargantúa y si asoleaba su piel era el mismo Pantagruel. Cuando tramaba un asalto tras un árbol se escondía pero tan grueso y tan alto de inmediato se veía. Al momento lo atrapaban los gendarmes cazadores porque siempre sospechaban que eran ciertos los rumores: no conocía de rubores. Escondido en los jardines nunca ocultaba sus fines y al mirarlo tan grandote no pasaba de niñote. -Manos arriba.- decía y agacharse no podía. Cuando robaba tapones sus pantalones rompía y sus tremendos calzones quedaban hechos jirones. Así ladrón fracasado se sentía muy desolado. Se echaba a correr tan lento que se caía en el intento. Como solo, era un fracaso quería apoyo de otro brazo. Para su cruel realidad era ostento de fealdad. Por otro lado el bandido como Bandi conocido era tan flaco tan flaco que no cargaba ni un saco; sólo al correr se salvaba pues rápido se alejaba de algún peligro aliviado por eso como a venado, el Tumbo lo comparaba. -Me gusta tu ligereza y cómo vences obstáculos Ni siquiera diez tentáculos te detienen con presteza. Velocidad imponente; se escabulle de la gente. Este Bandi es tan ligero como lo es el dinero. Tal vez por estas razones unieron sus corazones y se hicieron tan amigos como dicen los testigos que presenciaron hazañas de este gran par de calañas. Poniéndose muy de acuerdo Tumbo tiraba a algún lerdo y Bandi lo levantaba caballeroso y sonriente y siempre esta rica gente con el pretexto le daba al amable, su propina, mas ya cartera no hallaba. El Bandi como saeta había llegado a su meta. Entonces los camaradas se encontraban en la esquina y repartían las ganancias sin que hubiera discrepancias. Mas como era insuficiente lo aportado por el cliente, decidían dar otro asalto que por fin fuera muy alto. Con su vaivén de elefante haciéndose el elegante, el Tumbo desmesurado entraba al supermercado y comenzaba a tirar sin más poderlo evitar, exhibidores y armarios de todos los locatarios; esto pronto distraía a quien estaba en vigía y Bandi lo aprovechaba, como quien se come un haba, para llegar al cajero y sacar todo el dinero. Sonaban las mil sirenas como espantadas ballenas y Tumbo dando mil tumbos se escabullía de esos rumbos. Bandi corría y corría; adiós a la policía. Sin embargo, su apariencia era el error de su ciencia. Nada difícil hallarlos y más fácil capturarlos, pues donde estaba el gigante se ocultaba el cooperante. No había ya otro camino que subirse a otro destino y en un trailer de cirqueros acomodaron sus fueros. Huyeron hasta Chicago y después a Nueva York; llegaron hasta el gran lago y conocieron a Pork. Este PorK era un puercazo sobrino de los marranos, tartamudo para el caso y con sangre entre las manos. -¡Hola muchachos! ¡Qué gusto! conocerlos sin más susto. Yo contrato sus servicios para especular con vicios. El presidente manteca declaró ya la ley seca y ahora sólo en contrabando podemos seguir ganando. ¿Qué dicen de mi propuesta? Disfracémonos de orquesta.- Bandi y Tumbo entre murmullos meditaron los chanchullos que el chancho les ofrecía y entre tanta melodía aceptaron ser cantantes de las fiestas de farsantes, distribuyendo los vinos que se hacían pasar por finos. Un día Al Capone les dijo: -Aquí yo soy el que rijo y el Pork tan solo es mi esclavo; así que manos les lavo y sigan amenizantes en estos whiskys danzantes.- De pronto se oyó un balazo y cayó muerto el puercazo. Trémulos cual coristas prosiguieron como artistas. El alcohol a copas plenas o en caras botellas llenas circulaba como en fuente ante el gobierno invidente. Tumbo bailaba increíble en un fox trot muy risible, mientras Bandi lo cantaba y a Buster Keaton retaba. El éxito sonreía y el público se reía de estos bailarines cómicos; unos verdaderos vómicos. Sin embargo insatisfechos; de tanto tap tap desechos y hartos de esta vida prángana cambiaron su existencia zángana y se volvieron cirqueros con actos muy tesoneros y escaparon de las mafias después de acciones muy zafias. Acabó la ley reseca por orden del que más peca. Así que triste el negocio ya no acaparó ni un socio. Tumbo anduvo dando tumbos y provocó mil retumbos; al aprender bicicleta derrumbó barda y maceta. Luego se volvió elefante disfrazado de galante, mientras Bandi se hizo el tierno y se lo creyó el infierno. Era su acto muy gracioso y de los niños el gozo. El pasado se extinguía y encontraban otra guía. Un dibujante monero vio en ellos mucho dinero y caricaturas vueltos se hicieron los muy esbeltos. Como había planificado, el triunfo fue asegurado y como estrellas de cine no hay estudio que se arruine Con Tumbo y Bandi decía la publicidad del día. Viernes por la tarde estreno: Bandi convertido en reno y Tumbo volando sereno. Así fue como cambiados por obra de los ensueños de su vida de malvados a la máquina de sueños, de pronto se convirtieron, ni sombra de lo que fueron, en ejemplo de pequeños que viendo cine contentos se creen estos bellos cuentos.

CHICOCHO