Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana
Part 7
Un instante le bastó para recobrarse de la sorpresa e incorporarse con un cachorro en cada mano, como valiente que era; pero tambien otro instante le bastó para quedar temblando de piés a cabeza, al verse frente a frente de un cabron enorme, que tenia el volúmen de un toro i los cuernos de un ciervo, i que miraba al ingles con dos ojazos como brasas que alumbraban todo el contorno. I así medio desatentado Mr. Livingston i maquinalmente le disparó sobre la ancha i coronada frente uno de sus cachorros: el golpe de la bala sobre el cráneo fué como el eco de la esplosion, pero instantáneamente tambien rebotó la bala contra don Guillermo, colándosele derecha en la boca, que la tenia entreabierta por la sorpresa. El ingles, dando una estupenda gargajeada, escupió con fuerza la bala, que fué a parar a los piés del chibo; pero al mismo tiempo vió que las facciones de éste se contraian con una risa atroz, de la cual no pudo dudar cuando sintió que de aquel hocico enorme salia un balido como carcajada.
Veinte topedadas como la primera habria aguantado el animoso jóven por no ser el blanco de tan tremebunda carcajada; pero no por eso sucumbió. Antes bien, su noble sangre le hirvió en el pecho, i con redoblado coraje le asestó otra vez en la frente su segundo balazo. El rebote de la bala tomó esta vez otro jiro, pues Mr. Livingston sintió que se le dormia la pelotilla en un ojo, i casi ciego con el golpe i la rabia, se arrojó sobre el cabron, i aferrándose de los cuernos con todas sus fuerzas, le dió una sacudida como para traerlo al suelo. El animal estuvo a punto de ceder, pues alcanzó a inclinar la cerviz; pero a su vez dió tambien un sacudon que hizo describir al ingles una voltereta, formando en el aire con todo su cuerpo un círculo perfecto, cuyo centro estaba en las manos, que permanecieron aferradas a los cuernos, porque los guantes verdes le servian para ello maravillosamente.
Puestas otra vez sus plantas en suelo firme, don Guillermo volvió a la carga con mas fiereza para derribar a su adversario; pero entónces fueron mas impotentes sus fuerzas, porque fastidiado el chibo con tanta obstinación, movió su cabeza con un poco mas de desenfado i tiró al enamorado jóven por los aires cuan largo era, haciéndole describir un arco que fué a terminar en la playa, en el instante mismo en que el mar la bañaba con una oleada hermosa i repleta.
El estirado cuerpo del ingles, estendidos brazos i piernas, hendió violentamente las aguas, i éstas, al retroceder mansamente a su centro, juguetearon sobre él, rizándose i formando gorgoritos, sin desquiciarle de la arena, donde se habia posado.
La linda imájen de Julia atravesó por la mente de Mr. Livingston como un vapor que se disipa, i un hondo suspiro que se exhaló de su pecho, parece que se habia llevado su último aliento, pues quedó inmóvil como un cadáver.
VII.
Nadie sabe para quién trabaja.
Ese es un adajio vulgar que encierra mas filosofía que la facultad designada con este nombre en la Universidad de Chile. No es esto decir que no sean mui filósofos sus miembros, pues a buen seguro que hartarian a desvergüenzas a cualquiera que se les atreviera, no siendo el gobierno, que cuando la autoridad hace o dice lo que quiere, no hai filosofías que se tengan, pues ella es mas filósofa que Aristóteles.[5]
[5] Alude a la sumision con que entónces la Universidad de Chile, dominada por el partido gobernante, obedecía las voluntades del poder, no solo en los capítulos electorales, sino hasta en las mas insignificantes resoluciones. Esto sucedia en la época en que se escribió el cuento i mucho despues.
¿Quién no ha esclamado alguna vez herido con el cruel dolor de un desengaño?:--¡Nadie sabe para quién trabaja! Pero quién ha escarmentado jamas al ver pasar el fruto de sus sudores a otro, que viene con sus manos limpias a gozarlo? Ya se ve, es una lei natural la que nos hace aprovecharnos sin saber leer ni escribir de lo que otro nos deja sin comerlo ni beberlo, pero lei mui dispareja. Hai hijos de la dicha destinados a vivir del trabajo ajeno, pero a su lado estamos otros que sobre perder siempre lo que es nuestro, no nos hallamos nunca un centavo ajeno, ni encontramos jamas un zonzo que nos regale, o que pierda para nosotros lo que está de Dios que pierda para otros.
Este mundo es una gran colmena de abejas que melifican para otros; pero para muchos es tambien un ancho redil de carneros que llevan el vellon para sus amos, i no hai pocos para quienes es un espacioso establo de bueyes que se pintan solos para arrastrar el arado en beneficio ajeno. Lo que Maron decia que les pasaba a todos esos animales, nos sucede literalmente a los cristianos. Allá a los que no tienen la fé de Cristo les pasa algo peor: testigos el Asia, el Africa i la Oceanía enteras, donde el hombre no puede volar como las abejas, ni balar libremente como los carneros, ni rumiar en tranquilo descanso como los bueyes. No dejaria, sin embargo, de sucedemos a nosotros eso mismo, si el poder de los que mandan fuese místico, o si los que hacen profesion de lo místico, fuesen mandones: donde quiera que la relijion es gobierno, o que el gobierno es el sacerdote, allí el hombre no solo está espuesto a llevar el vellon como los carneros, sino que, lo que es peor, si escapa de sus iguales, no escapa del amo comun, que a nombre de Dios le convierte en bestia harto ménos limpia i noble que las abejas, que los carneros i los bueyes del cantor de Arcadia.[6]
[6] Este pasaje alude al divorcio que en la época del escrito tenia establecido el gobierno entre su partido, que comenzaba a llamar _nacional_ i el partido conservador antiguo, en el cual figuraban los eclesiásticos i los místicos.
Para aprovecharse de aquella dispareja lei de nuestra naturaleza, toda la dificultad consiste en hacerse zángano, sin parecerlo. Pero el zángano nace como el poeta i no se hace como el orador: la gran mayoría nace para abejas, i por eso es que no hai quien escarmiente al saber por esperiencia en cabeza propia que nadie sabe para quien trabaja. El que nació para trabajar tiene que criar hijas bonitas para el zángano, tiene que ahorrar i atesorar para el zángano, tiene que envejecer i gastar las fuerzas de sus miembros o los alientos de su espíritu para que goce el zángano. I es tal el imperio de esta lei, que a sabiendas el avaro vive en la miseria por guardar para los zánganos, el usurero aprieta la soga a los ahorcados para capitalizar para los zánganos, i el rico tonto se desvive i madruga i se fatiga de la noche a la mañana i de la mañana a la noche, tan solo para que gocen los zánganos que, despues de su muerte, van a dividirse la herencia.
¡Como ha de ser! El refran dice:--«Dios te dé ovejas o hijos para ellas;»--pero no dice:--«i lobos para comerlas,» porque esto no hai necesidad de desearlo, pues lo que sobra son lobos en este mundo pecador.
Así le sucedió al interesante Mr. Livingston, segun lo supo mucho tiempo despues por un cura que encontró de paso para el otro mundo. Siguiendo la relacion de este santo varon, sucedió que a las once i media de aquella noche terrible, salió Julia haciéndose que andaba en puntillas i se encaminó a una higuera de su huerto, la cual daba frente a un portillo por donde debia entrar su desgraciado amante, a gozar de la entrevista que tanto le habia costado conseguir. Pero el cuarto de donde salió la hermosa Julia no quedaba solo: sentados allí en estrecho círculo cuchicheaban la mamá de la doncella, el cura de la parroquia i dos amigos de éste. Habia un complot. Se trataba de sorprender a la niña, que se haria la sorprendida, en el momento de abandonarse dulcemente en los brazos de su amante, que realmente iba a ser pillado en todo el rigor de la palabra, pues se trataba nada ménos que de cazarle, i casarle infraganti. La mamá habia tenido buen cuidado de ocultar el nombre herético del novio, por evitar los escrúpulos del señor cura; pero valiéndose del ascendiente que tenia en su ánimo, le habia persuadido de que la cosa era mui llana de hacer, i le habia asegurado la soltería del amante de Julia.
El perro de la casa, que era tan celoso como su ama vieja, dió unos cuantos ladridos al sentir ruido en la huerta, hasta que olfateó el perfumado ambiente de su ama niña; pero eso bastó para que se desgañitaran los perros de la vecindad, que siendo leales vasallos de un tio de Julia, callaron cuando tambien les dió en las narices el aroma de la familia.
--Así ladran los perros cuando sale a verme Julia, dijo entónces el hijo del tio, que a la sazon estaba en pié todavía picando un pliego de papel, donde iba a poner, entre corazones i flechas picadas, unos versos para su prima.
Decir i hacer, todo fué uno: el primo salió de su cuarto, apénas lo intentó; saltó la cerca de su huerto i estando en el vecino, creyó ver con los ojos del alma a su adorada Julia, levantando con la mano el mismo traje de muselina con que la habia visto en la tarde, para sacar con mas libertad un lindo pié calzado con zapatitos de cabritilla bordados i ligados a la mórbida pierna con atacados de cinta negra que subian cruzándose para arriba. Era el momento en que Julia llegaba a la higuera, temblando de emocion i sin oir ni ver nada de lo que pasaba.
Lo que no sabemos decir, porque la historia calla en este punto, es si el primo era el sustituto de don Guillermo en el corazon de Julia, o si estaba colocado mas alto. Lo cierto es que uno i otro la adoraban, i ella los amaba a ámbos, al uno por ser su primer amor i al otro por ser su amor segundo, bien que la mamá no estaba por los primeros amores, porque, segun su esperiencia, se contraian sin cálculo i a riesgo de no tener en un matrimonio mas que pan i cebollas.
Cuando ménos lo pensaba Julia, se halló entrelazada por los brazos de su primo, que entre sorprendido i enojado la reconvenia porque no le habia avisado que iba a salir. Julia callaba, porque no sabia que responder; pero dando a su desagradable sorpresa todo el aire de una emocion amorosa, le hizo creer que iba a confesarse al dia siguiente, i que por el calor, habia salido a examinarse debajo de la higuera.
A esto se siguió un ardiente escopeteo de súplicas mutuas, la una porque la dejaran sola, i el otro porque le dieran una muestra mas de amor, aunque fuese a riesgo de aumentar el catálogo del exámen de conciencia. No habia remedio: Julia necesitaba terminar pronto aquella escena, ántes que llegase Mr. Livingston; i acababa de abrir sus brazos al primo, cuando cayeron sobre la pareja, como llovidos, la mamá, el cura i los testigos.
Allí fué Troya: ciega la mamá de entusiasmo al ver el acierto de sus planes, hizo su papel como lo tenia estudiado, sin conocer a su sobrino; i dando el último golpe maestro, declaró que aquello no se arreglaba sino con un casamiento incontinenti, porque el honor de su hija no podia quedar en peligro i en descubierto ni un momento mas. No se queria otra cosa el primerizo de Julia; así es que sin vacilar respondió tres veces «sí quiero» a las tres preguntas sacramentales que el cura le habia dirijido ántes que escampase el torbellino de la tia. Julia estaba aturdida, pero como el cura contaba de antemano con su consentimiento, no atendió a sus respuestas balbucientes, i dió su bendicion, desahogando la relijiosa espansion de su corazon con un suspiro.
El cura quedaba satisfecho de poner con dos dedos una barrera insuperable al pecado mortal. Julia se desmayaba en los brazos de su novio. I la mamá, que acababa de reconocer a su sobrino en un cabeceo que tenia por maña i costumbre en todas circunstancias, corrió despavorida pidiendo luces a gritos....
El cura, despues de muerto, no refirió mas de esta historia a Mr. Livingston; pero éste creia mui probable que, cuando las aguas del mar se entreabrieron para dar un lecho en las arenas a su cuerpo arrojado al aire por el Chibato de la cueva, Julia entreabria tambien sus sábanas para dar un lecho abrigado i muelle al marido que acababa de cazar a la media noche.
Todo puede suceder, porque nadie sabe para quien trabaja; pero como hai en este mundo una justicia que tarde o temprano nos mide con la misma vara que nosotros medimos, es de presumir que no se casara impunemente aquel primo, que tenia una maña tan sintomática, i que sin saber lo que pensaba el emperador Severo, casaba con una Julia medio desmayada, a la media noche i debajo de una higuera que ella habia elejido de árbol de la ciencia para otro Adan.
VIII.
El De profundis.
Pero, a propósito, ¿qué es de Mr. Livingston, a quien hemos dejado despatarrado en la playa despues de su descomunal pelea con la fiera de los cuernos?
¡Lo que son las mujeres, Dios mio! ¡Qué admirable poder tienen para hacernos olvidar lo que mas nos interesa! Si el estudiante deja sus libros i muchas veces cuelga sus estudios por seguir un palmito de rosa; si el marido deja sus lares en completo abandono, arrastrado por unos ojos que le hacen comprender la sabiduría de la poligamia; i si hasta los viejos dejan a un lado la salvacion de su alma por perderla en una mujer que los aguanta, ¿qué mucho es que un narrador deje a su héroe estirado en el agua, miéntras da cuenta a sus oyentes de una Julia que se habia atravesado en su cuento?
Previa esta escusa, vamos ahora a ver como se encuentra tirado largo a largo don Guillermo, ya no en la playa, sino en el suelo de un De profundis, que no sabemos si es cuarto o cueva, o si es un sepulcro o un cajon de coche u otra cosa parecida. Es aquello una cavidad rectangular donde el cielo, las paredes i el suelo son de pura piedra azuleja, sin grieta, ni abertura, ni puerta, ni ventana. Por dónde ha entrado allí el cuerpo de nuestro amigo, no lo sabemos. Por dónde entra ahora una vislumbre rojiza que alumbra la estancia, tampoco. ¿Qué sitio es aquel, a qué casa, palacio o cárcel pertenece? ménos. Pero ya que nada sabemos, observemos; pues la observacion es el principio del saber.
Mr. Livingston parecia vivo: su cara estaba hácia arriba i sus facciones enérjicas i regulares tenian un tinte sañudo que revelaba ira. Su cuerpo hermoso i esbelto tenia el aplomo de una persona que duerme.
De repente levanta una pierna i la posa sobre la otra; estira un brazo, luego el otro, como desperezándose, i los cruza sobre el pecho a diferencia de Durandarte que, alargando uno de los suyos, decia: «paciencia, i barajar.» Un hondo suspiro anuncia que ya vuelve en sí. Abre los ojos, discurre la vista por la estancia: se toca, se siente empapado i lleno de arena; busca su reloj, no lo halla; mete sus dedos al bolsillo del chaleco, no encuentra su dinero; requiere su meñique en busca de un anillo de oro que llevaba destinado a la cita, i ve que habia desaparecido. Todo le anunciaba que habia caido en poder de bandoleros i que lo del chibato, cuyo recuerdo se le avivó al instante, no era mas que una farsa de Caco.
La prudencia le aconsejó entónces un reconocimiento del sitio. Se levantó, lo vió i tocó todo, i se persuadió, de que estaba en una hermeticidad de viva piedra, que no tenia salida alguna i aun le pareció ver escrito de color oscuro el terrible
Lasciate ogni speranza, voi che entrate.
Abrumado, confuso, sin poder darse cuenta de su situacion, se quedó en pié, estático, la vista fija, la boca entreabierta i los brazos cruzados sobre el pecho. Pero Mr. Livingston estaba constipado, i fué repentinamente asaltado de un furioso estornudo que le hizo dar señas de vida. Instantáneamente se cuajó toda la roca de cabezas humanas que estornudaban a reventar. El ingles se espantó; aparta sus ojos de las murallas, mira al cielo i lo ve apiñado de cabezas estornudantes; baja la vista i ve el suelo cobijado de caras que todavía estornudan.
Don Guillermo cerró los ojos, recapacitó un poco, i juzgó que era juguete de una ilusion. Mas sereno, volvió a mirar, i advirtió que todas las caras le hacian guiñadas, visajes i muecas, i que le sacaban unas lenguas largas, húmedas i amoratadas. ¡Qué horror! Volvió a cerrar los ojos, i un momento mas de reflexion, le dió nuevo valor. Entónces meditó, apeló a todos sus recuerdos científicos i trató de indagar cuáles eran los medios naturales que podrian producir aquel fenómeno. El no queria consentir en que aquello fuese una cosa sobrenatural, ni abandonaba la presuncion de hallarse en una guarida de bandidos, que trataban de aterrorizarle despues de haberle robado. La calidad de la luz que le alumbraba i la singular arquitectura de aquel De profundis o caverna le sujirieron la idea de que cuanto veia era un efecto de óptica producido por algun hábil prestijitador que habria entre los ladrones.
La dificultad estaba esplicada. El ingles abrió entónces los ojos mui tranquilo, i casi risueño volvió a mirar las caras que siempre le sacaban la lengua i le visajeaban. Dió unos cuantos pasos, i le pareció que pisaba en carne viva. Se acercó a la muralla de enfrente, i dirijiéndose a la cara mas atroz que le pareció, trató de apretarle las narices, pero la cara le tiró un tarascon, haciendo una horrible contraccion de enojo; los dientes se chocaron como las muezas de una tenaza, i Mr. Livingston vió que habia escapado sus dedos merced a su lijereza. Esta realidad que destruia su esplicacion científica, le contrarió i le enfureció de tal modo, que dando a fondo un trompis a toda fuerza contra la cara que le hacia frente, se hizo pedazos el puño en la roca, como si no existiera aquel tapiz de cabezas humanas que veian sus ojos.
Mas su furia, no tanto por el dolor, se convirtió en nuevo espanto, cuanto porque observó que al dar su trompis, todas las cabezas habian achatado i estirado sus narices hácia la boca i habian echado barbas largas i cuernos retorcidos, convirtiéndose en cabrones de todos colores i aspectos. Aquellos cuernos se tocaban, eran una realidad visible como la que presenta a la simple vista cualquier animal cornudo. No habia remedio. Falto ya de ciencia i de coraje, nuestro héroe se declaró vencido, con el dolor de no poder repetir el dicho de Francisco I en Pavia, dicho que tantos otros repiten aunque no venga al caso, i que habria sido una blasfemia en esta ocasion, porque no era mui digno de un ingles el dejarse vencer por chibos, ni mui honroso para un amante rendido el caer agoviado bajo un diluvio de cuernos.
Don Guillermo se sentó en el suelo, entrelazó sus manos delante de sus rodillas, inclinó la cabeza como para ocultar su impotencia, i esperó resignado lo que sucediera.
IX.
Comienza a aclarar.
El corazon humano es mui leal, no hai duda; pero no sabemos por qué el de Mr. Livingston palpitó al recuerdo de Julia, cuando su dueño habia quedado poco ménos que en cuclillas, al aspecto de tantos cuernos. A esa hora tal vez la bella almendralina, imposibilitada ya para tomar el velo de monja, i durmiendo en el brazo izquierdo de su primo i marido, soñaba con el ingles, pagando el primer tributo a la infidelidad conyugal. ¡Pero quién es dueño de un ensueño! ¡Ni quién es árbitro de los augurios del porvenir! El cuadro que se representaba a los ojos del amante abandonado podia coincidir con el que pasaba por la imajinacion dormida de la infiel querida; pero si era una amenaza para el marido, bien podia ser tambien un emblema de lo que sucedia el amante. Talvez aquello no era otra cosa que una espresion de la doble infidelidad de Julia, que traicionando a un querido, soñaba con traicionar tambien al otro. En todo caso, ello no seria mas que una corroboracion de la teoría del emperador romano sobre las Julias.
Mr. Livingston estaba realmente abatido. Amaba de buena fé, aunque no habria querido casarse de buenas a primeras. Al fin era comerciante i sabia que no se debia comprar sin muestras, sino cuando la especie es mui barata i no cuesta tanto como la libertad de un soltero. En eso meditaba, i no sabiendo si habia hecho bien o mal, desahogó su incertidumbre, sacudiendo la cabeza i dando un suspiro. No tan pronto abrió los ojos, cuando vió que se adelantaba hácia él un hombre de fraque negro como él, que marchando hendia la roca de la muralla como si fuera una nube o una sutil neblina.
Era el recien venido un hombre de regular estatura, flaco i nervudo, de pelo de color incierto por las canas que se le entreveraban, i de patilla angosta i mas canosa que la cabeza. Sus ojos grandes daban a su cara un aspecto agradable i risueño.[7] Restregándose las manos como con gusto, le dijo con familiaridad:
[7] Retrato del abogado Don José Felipe Gándara, notario de Valparaiso, cuyo carácter jovial se trata de pintar en el diálogo.
--¿Cómo va, don Guillermo?
--¿Quién es usted? contestó éste sorprendido de hallar allí quien le conociera.
--Soi un escribano, añadió el otro sonriéndose.
--¿Qué tiene que hacer conmigo i en este sitio un escribano?
--Es que va a venir el juez del crímen a interrogar a usted.
--¡El juez del crímen! ¡A mí, que no soi delincuente! ¡Que soi por el contrario víctima de un atentado atroz!
--No se asuste usted... Estos tienen la costumbre de entregar al juez del crímen a todos los que caen en sus manos. Pero ya se reformará eso: están pensando en someter a consejo de guerra a todos los que son de otro color. Ya eso será mas llano i ménos molesto para nosotros, porque un fiscal militar no tiene mas que atender a su formulario, para sacar culpable al interrogado, i sea o no inocente, pone su conclusión fiscal pidiendo que se le pase por las armas.
--¿Pero, por Dios, de qué se trata? esclamó Mr. Livingston desesperado al oir hablar de procesos i acusaciones.
--Tranquilícese usted, le dijo amablemente el escribano; sométase a todo lo que le manden, hágase el leso no mas, i verá como lo pasa bien. Cuando me atraparon a mí, quisieron hacerme imbunche para que hiciera mi noviciado, pero yo me allané a todo, i luego me dieron el mismo puesto de escribano que tenia allá en el mundo.
Estupefacto Mr. Livingston, preguntó con voz ronca de terror.--¡I qué! ¿Acaso no estamos en el mundo?
--Nó, en el de allá arriba, nó. En el de aquí abajo, sí; respondió el escribano.
--Luego estoi en una cueva de ladrones, esclamó el ingles; ya lo creia yo al encontrarme sin mi dinero ni mis alhajas.
--Nó, no son ladrones. Le han quitado a usted eso, porque los jenios están mui necesitados. ¿No ve usted que tienen que hacer tantos gastos? Antes están pensando ahora en aumentar los derechos de importacion, en ponerlos a la exportacion de la plata i demas productos del pais, i aun en restablecer la bula de la Santa Cruzada para aumentar las entradas, porque de otro modo es imposible conservar el órden.
Al oir esta respuesta del escribano, don Guillermo quedó mas confuso que cuando se desengañó de que las cabezas i caras que le burlaban no eran efecto de la óptica. Se calló aterrado, i el escribano le miró con compasion.
Despues de una larga pieza de silencio, miró al curial como implorando una esplicacion, i preguntándole adonde estaban.....
El escribano le comprendió i le dijo:
--Estamos no se adónde, don Guillermo, pero dicen que este pueblo es el de los jenios de la colonia, que se han refujiado aquí desde la revolucion de la independencia, i que desde aquí trabajan por inspirar a los de arriba, por conquistar prosélitos i por hacer la contra-revolucion para reconquistar su poder. Yo no sé lo que haya en esto de cierto; yo veo todo lo que se hace aquí, i sé que es una pura picardia; pero...
--¡I cómo no huye usted! le interrumpió el ingles sublevado en lo mas noble de su corazon, al oir aquel lenguaje.
--Es imposible. Esto no tiene salida.
--¡Por qué no resiste usted, por qué se somete a servir a la iniquidad!...
--Qué quiere usted, don Guillermo, si le pagan bien a uno, i uno es pobre. No hai mas que aguantar.