Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana

Part 6

Chapter 64,107 wordsPublic domain

--¡How! sí, mucho: hace dias que viene aquí, i todos mis parroquianos le han visto tomar café i jinebra.

--¿Cómo es su nombre?

--Mr. Livingston. ¡Oh! paga mui bien i bebe mucho, i paga siempre en onzas antiguas.

--¿Pudiera usted darme noticias de él?

--¡Oh! Mr. Livingston toma mucho café, parece un frances, pero paga mui bien.

--¿Mr. Livingston es ingles?

--¡Oh! Habla ingles mui bien.

--¿De dónde ha venido aquí?

--Viene del hotel de Europa, todos los dias a tomar café.

--¿Pero de dónde, de qué pais ha venido a Valparaiso?

--¡How! Mr. Livingston ha llegado mucho tiempo ha; pero solo en estos últimos dias se ha hecho parroquiano del Aguila, por el buen café que aquí se sirve.

Cansado ya de interrogar a aquella mole tabacosa, i sin esperanzas de adelantar en mis investigaciones, determiné irme al mismo hotel de Europa, resolucion suprema, que me presentaba el camino mas corto para llegar a mi descubrimiento. Despedíme del patron, i eché a nadar hácia la plaza de la Municipalidad. El patio del hotel estaba inundado i su escalera azotada por la lluvia; pero nada me arredró. Penetré por pasadizos oscuros i silenciosos hasta el hogar de la patrona, conducido por un muchacho de la casa.

Era aquella una francesa, con gorra por supuesto, i de formas ópticas mui raras, pues representaba ni mas ni ménos una de esas muñecas encaramadas en una bala, que se mueven en todas direcciones, segun el impulso. Sin poderme definir su aspecto i sin darme cuenta de sus líneas, porque la luz era mui opaca, me le fuí al abordaje inmediatamente, con la palabra se entiende: ella me recibió el ataque con una inundacion, con un diluvio de frases de todos calibres, que, aseguro, me aterró; i si mi curiosidad no hubiera sido tan grande, me habria dado por derrotado por aquella voz tiple, que salia de una larinje que no tendria ménos de setenta años de uso continuo.

Al nombrarle a Mr. Livingston, ella, como si hubiese estado enamorada del ingles, suspiró con ternura, i entre esclamaciones i aspavientos me aseguró que habia partido esa misma mañana para Santiago, sin mas ropa que su sobretodo i una frazada; i como se suelta la tarabilla, cuando principia a rodar la piedra del molino, ella se soltó diciendo:--«I mire usted, caballero, don Guillermo, que así se llama Mr. Livingston, no se ha ido como quien es, sino a pié, a pesar de que tiene bastante dinero para pagar todos los carruajes que quiera. Tomó su ropa al hombro i con su cara siempre risueña echó a andar, despues de pagar su cuenta en el hotel. Mr. Livingston es hombre mui estraordinario, habla con los espíritus, no duerme, se rie solo, se pasea a la media noche, se encierra de dia, no tiene equipaje, i sin embargo le sobra el dinero en su faltriquera; habla todas las lenguas, todo lo sabe, no tiene curiosidad por nada, cuenta muchas historias, pero no habla con todos. Solo a mí me abria su corazon, solo conmigo conversaba; ya se ve, hace tantos años que nos conocemos... Cuando yo llegué a Chile con mi Ferran, siendo yo todavía mui jóven, él era cajero de la casa de Monsieur Waddington, i fué uno de los primeros huéspedes que tuvimos en el hotel de Francia, que estableció Ferran. Entónces le conocí, le traté i fuimos grandes amigos. Un dia de esos se desapareció de repente, i no volví a verle mas hasta hace pocos dias que se apareció aquí. Yo le hice saber que me hallaba viuda, porque a Ferran se le ocurrió destaparse la cabeza de un pistoletazo; le conté mi historia, él me oyó no mas, i hoi se ha ido sin volver a conversar mas de estas cosas»... La patrona dió un suspiro i yo me sentia mareado...

III.

El camino de Valparaiso.

No canto el polvo, nó, que envuelve a los viajeros en un dia de verano, ni aquellos interminables lodos en que se atascan en un dia de julio. Nó, eso seria cantar al gobierno o a sus injenieros, que se recrean en remover durante el buen tiempo cuanta tierra hai en el camino, o en acarrearla por carretadas, para que haga bastante barro en el invierno. Cada loco con su tema: yo respeto la de nuestros tutores[1], i por eso debo acatar tambien su ciencia de componer carreteras i de construir ferrocarriles: a bien que el costo no sale de su bolsa, sino de los ataditos que el pobre hace en la punta de un mal pañuelo, para tener con que pagar peajes, barreras i sisas.

[1] En la época en que se escribió este cuento, era propio llamar así a los gobernantes, porque el partido que los apoyaba tenia entre sus doctrinas la de considerar al pueblo como menor de edad.

Mi cantar no es en sí bemol, como se necesitaria para espresar las angustias del triste caminante que tiene que dejarse despeñar por aquellas cuestas, haciendo esguinces a las carretas que se agolpan, gozando de la plena independencia de locomocion que les deja la lei para andar como quieran en los caminos, rabie quien rabiare.

Mi cantar es ménos sério, ménos triste, pues templo i modulo mi rabel para recordar a todos cuantos han atravesado el susodicho camino de Valparaiso una cosa que todos han visto, en la cual todos han fijado su atencion, sobre la cual todos han discurrido a su modo por un momento, i la cual todos olvidan hasta que vuelven a verla otra vez.

Esa cosa es un hombre indefinible que marcha i marcha siempre a pié por las veredas del camino, haya sol o llueva a torrentes, haya lodo o tierra en que envolverse. El marcha siempre con paso igual i seguro, sin mirar a su alrededor, sin volver sus ojos a ninguna parte. Lleva la cabeza inclinada en ademan de ir absorto en un pensamiento terrible. Su tez es blanca, como la de los habitantes del norte de Europa, i sus lacias canas caen a confundirse con una barba blanca en que se divisan todavía los visos dorados de un cabello que fué rubio en otro tiempo. Su estatura elevada va un poco disimulada por una lijera inclinacion hácia adelante, i por una frazada que lleva colgada en el hombro. El largo i añoso poncho que le cubre deja ver a veces los faldones de un paletot, último recuerdo de una condicion perdida.[2]

[2] Esto es histórico. Un hombre misterioso, como el que se describe, se veia siempre en marcha en el camino de Santiago a Valparaiso, por aquellos años; i hacia el camino en la forma que se relata.

¿Quién es ese hombre? se preguntan todos los pasajeros que le encuentran o le alcanzan, i si la pregunta se dirijo alguna vez al cochero o postillon, el pregunton observa que el postillon o el cochero se recata un poco, se sonrie como con miedo, i agrega un no sé, o cuando mas esplícito anda, dice que es un ingles que anda siempre por el camino, que no pára en ninguna parte, i que apénas llega a Santiago, vuelve a salir para Valparaiso, i en esta ciudad entra tomando la playa, i sale en seguida sin que nadie sepa a dónde se dirije.

Alguna vez se presenta al caminante la ocasion de dirijir la palabra a aquel hombre raro; entónces vé un semblante apacible que se sonrie i unos ojos azules que miran con dulzura, pero no entiende las breves palabras que modula el peregrino, sin detener su paso rápido i firme. Si uno es bastante jeneroso para alargarle una moneda, el peregrino estiende la mano i la recibe, sin variar su actitud; i si el que ha usado esa jenerosidad, pudiera observar al peregrino mas adelante, le veria llegar a un rancho del camino, agasajar a los perros, acariciar a los niños i dar la moneda que acaba de recibir a alguno de los pobres habitantes de la choza, siguiendo despues su camino con el mismo paso firme i seguro que traia.

Pero sea dicho en verdad: no hai jente ménos observadora ni mas indiferente que la que transita aquel camino. Si el transeunte es chileno, ya se sabe que no se le ha de dar nada de nada, que mira sin ver lo que va encontrando, i que si ve lo que mira, no surje en su opaco espíritu ni una observacion, ni un pensamiento. Ni es mas observador si es estranjero: el ingles va despreciándolo todo i absorto en el negocio que le hace caminar: el yankee va despedazando el coche con su navaja, i mirando la comarca, se imajina como la _escuatriaría_ si Chile se anexara a las estrellas: el frances va como una tarabilla i levantando el codo a cada instante para besar su botella; el aleman, va criticando cuanto mira; el español, contando andaluzadas o elojiando su península; i el italiano va cantando o platicando por boca i narices sobre la independencia de Italia.

Así es que el peregrino hace jeneralmente su camino como por un desierto; i tan seguro va de eso, que amenudo se rie solo i habla con los espíritus, sin curarse de los transeuntes: él es el señor del camino, está allí como en su casa, i conversa con los duendes que le asisten como si no estuviera en público.

Mas no se ha escapado de mi curiosidad, pues aunque pertenezco a la mas honorable de aquellas nacionalidades, i tengo mucho de su característica indolencia, poseo tambien bastante necedad para preciarme de que no se me va ninguna, i no era posible que el perpetuo viajero se escapase a mi curiosidad.

Así sucedió que estando yo de paso en Casa Blanca, i estacionado en la puerta de la posada de don Duardo, como le dicen los cocheros, admirando con todas las fuerzas de mi espíritu los insondables barriales de las calles de aquel pueblo en un dia de invierno, pasó por allí el peregrino con su cabeza inclinada i meditabunda, con paso tranquilo i seguro, como si pisara en un pavimento de mármol. Mi primera mirada cayó de lleno sobre su nariz, que era bastante hermosa para llevarse la preferencia, i luego la recorrí por la vasta mole de su cuerpo, creyendo reconocer al mismísimo hombre que tanto me habia interesado en otro tiempo en la fonda del Aguila. Quise llamarle por su nombre, pero algo misterioso debió operarse en mi espíritu en ese momento, porque me sentí mudo i sobre todo me creí atraido tras de los pasos del peregrino como por una fuerza irresistible.

Dí las órdenes convenientes a mi conductor para que, si no volvia a encontrarme, entregase mi equipaje en Santiago, i tomé la direccion a esta ciudad a pié, siguiendo al viajero a cierta distancia. Al salir de las goteras del pueblo, cosa que conocí, no por la ausencia de tejados, sino porque disminuia el barrial, apuré el paso, i llegando a una distancia conveniente de mi perseguido, esclamé:

--Don Guillermo, óigame usted una palabra.

El viajero paró, i volviendo hácia mí con benevolencia, me dijo:--Yo tambien le he reconocido a usted, a pesar de que no le he visto sino un sola vez en la fonda del Aguila: ¿qué quiere usted?

--Hacer el camino con usted para conversar largo, mui largo, porque me muero de deseos de ser su amigo....

--I de saber mi historia ¿no es esto? me interrumpió el peregrino sonriéndose.

No pude negárselo. Le confesé mi interes, mi curiosidad, i le rogué que me abriese su corazon como a un amigo. Muchas fueron las condiciones que me puso, muchas las pruebas que me exijió de lealtad, muchas las preguntas que me hizo para comprender mi carácter; pero ello es que marchamos juntos, i tardamos tres dias en llegar a la capital, tres dias durante los cuales ví i oí las cosas mas asombrosas que jamas he visto i oido, tres dias durante los cuales se trasformó cien veces Mr. Livingston, tres dias en fin en que yo fuí tambien a mi turno metamorfoseado a cada paso por mi compañero, i permanecí invisible para todo el mundo, hasta para mi cochero, que buscándome, me alcanzó i no me vió, dejándome abandonado en el camino.

Ahora, que me he humanizado de nuevo i que he recobrado mis facultades, voi a contar lo que oí i ví, por si hai curiosos, como yo, que deseen saber el sino de aquel hombre misterioso, o por si hai quien quiera leer cosas estupendas sin daño de nadie i sin peligro.

IV.

La Cueva del Chibato.

Para saber i contar i contar para saber que no ha mucho tiempo habia al pié de un cerro de la ciudad de Valparaiso una cueva al parecer mui somera, pero que en realidad era honda como la eternidad. Esta cueva estaba situada en el centro de la poblacion i en un paraje que era de paso obligado para todos los transeuntes, pues nadie podia ir del Puerto al Almendral i del Almendral al Puerto sin atravesar la estrecha garganta que formaba el cerro de la cueva con el mar, i sin mojarse a veces los piés en las olas que llegaban a estrellarse, en tiempos de crece, contra el morro.

Ahora ha variado todo eso, pues merced a la poderosa voluntad de un millonario, el morro fué recortado i la cueva tapiada i convertida en un sólido edificio de bóveda destinado a guardar los tesoros de un banco. Pero vamos hablando de los felices tiempos en que aquel Creso no habia cerrado todavía la cueva, para dejar en eterna prision lo que ella contenia. Entónces no habia la hermosa calle que hoi se ve allí, ni habia vecinos que habitasen los contornos, ni gas, ni aceite que alumbrase la oscuridad de las noches: así es que aquel paraje era peligroso a ciertas horas i no podia un cristiano arriesgarse a atravesarlo impunemente.[3]

[3] La _Cueva del Chibato_ estaba en el lugar que ocupó el Banco de Chile cuando se instaló, donde están ahora las joyerías de Nagele i Hepp, i que forma el vértice del ángulo obtuso que hace al lado del cerro, en aquella parte, la calle de la Esmeralda. Aquella cueva prestaba asunto a la conseja que se refiere en este párrafo, la cual era antiguamente mui popular en Valparaiso i en todo el pais, i sirve ahora de base para este cuento.

La poblacion entera de Valparaiso sabe que, en la época a que nos referimos, habia dado a la cueva su nombre i mucha celebridad cierto chibato monstruoso que por la noche salia de ella para atrapar a cuantos por allí pasaban. Es fama que nadie podia resistir a las fuerzas hercúleas de aquel feroz animal, i que todos los que caian en sus cuernos eran zampuzados en los antros de la cueva, donde los volvian _imbunches_, si no querian correr ciertos riesgos para llegar a desencantar a una dama que el chibo tenia encantada en lo mas apartado de su vivienda.

Los que se arrojaban a correr aquellos peligros tenian que combatir primero con una sierpe que se les subia por las piernas, i se les enroscaba en la cintura i en los brazos i en la garganta, i los besaba en la boca; despues tenian que habérselas con una tropa de carneros que los topaban, atajándoles el paso, hasta rendirlos; i si triunfaban en esta prueba, tenian que atravesar por entre cuervos que les sacaban los ojos, i por entre soldados que los pinchaban. De consiguiente, ninguno acababa la tarea i todos se declaraban vencidos ántes de llegar a penetrar en el encanto. Entónces no les quedaba mas arbitrio para conservar la vida que dejarse _imbunchar_, i resignarse a vivir para siempre como súbditos del famoso chibato, que dominaba allí con voluntad soberana i absoluta, como muchos sultanes de este mundo.

Es pues escusado decir que nadie volvia de la cueva a referirnos sus misteriosas peregrinaciones, i que todas esas historias que contaba el pueblo se sabian solo por revelacion o intuicion. Pero lo cierto es que casi no habia familia que no contase la pérdida de algun pariente en la cueva, ni madre que no llorase a algun hijito robado i vuelto imbunche por el chibato, pues es de saber que éste no se limitaba a conquistar sus vasallos entre los transeuntes, sino que se estendia hasta robarse a todos los niños mal parados que encontraba en la ciudad. I como Valparaiso es ciudad en donde hormiguean los niños, i como hai tantos niños que tienen madres tan descuidadas, si las tienen; i como para remate hai tantísimos niños que se distraen con cualquier friolera, o que corren tras cualquier monada, aunque los imbunchen, el chibato hacia una abundante cosecha, de modo que si no le tapan la cueva, talvez tendria imbunchada a toda la poblacion a estas horas.

Fácil es imajinarse que el animal no se echaria por esas calles en su forma propia i natural a caza de muchachos; i así es la verdad, pues cuentan las buenas madres robadas, que son brujas i tambien de vez en cuando brujos machos, quienes roban chicos en la ciudad. Eso puede probarnos que el señor de la cueva tenia i tiene a su servicio algunas viejas, que precisamente han de serlo las brujas, que se ocupan en sonsacar muchachos; i sin duda tendrá tambien brujos jóvenes que sonsacan muchachitas para llevárselas a sus dominios. Pero seguramente esos fieles servidores que salian de la cueva no debieron entrar allí de otra parte, i sin duda fueron criados i nacidos en aquella rejion, o a lo ménos formados imbunches en edad temprana, para no tener inquietudes en el mundo esterior, ni adherirse a partidos estraños, ni a intereses ajenos de los de su poderoso señor.

V.

A picos pardos.

¿Quién no ha andado alguna vez a picos pardos? Confesémoslo llanamente: nadie deja de ser quien es ni deja de cumplir su sino en este mundo por haberse hecho gato alguna vez en su vida. Alejandro Magno no dejó de ser el mas célebre de los filibusteros de la antigüedad, ni sus capitanes dejaron de ser famosos guerreros por haberse andado a picos pardos, aquel con Taltestrida, reina de las amazonas, i éstos con las trescientas damas que de tan largas distancias acarreó consigo aquella reina de puro enamorada. Ni Julio César ha dejado de trasmitimos su gloriosa fama, a pesar de que se echaba tan a menudo a picos pardos, que llegó a ser el terror de los maridos romanos, i mereció que sus soldados le anunciasen de vuelta de sus triunfos, clamando:--_Romani, servate uxores, adducimus Calvum_, dicho que con su acostumbrada sabiduría nos recuerda el sério señor de Brantome.

Pero basta de erudiciones profanas, que no necesitamos de ellas para escusar a don Guillermo Livingston por haberse anublado alguna vez en aventuras nocturnas. Mr. Livingston, a quien ya conocemos de vista, era ántes de ser embrujado un hombre formal a las derechas. Cajero de una casa de comercio de Valparaiso, tenia hácia sus veinticuatro años tanto aplomo como un hombre de ochenta. A las cuatro de la tarde terminaba sus tareas i se instalaba en el hotel de Francia, donde comia sin hablar con nadie i sin beber un gota de vino. Concluida esta segunda faena, se acampaba en el meson a platicar con madama Ferran i a tomar café hasta las ocho, hora en que se retiraba a su cuarto a leer i a dormir.

Pero un dia de esos hubo una linda almendralina que tuvo bastantes atractivos para arrancar algunas chispas eléctricas del helado corazon de nuestro conocido, i ya desde entónces se alteró un tanto su ríjido método de vida. Madama Ferran fué quedando poco a poco privada de aquellas sabrosas conversaciones de la tardecita, i la arenosa calle del Almendral contó un paseante mas, que como todos hacia su vuelta al Puerto mas que de prisa al anochecer.

Andando el tiempo, se estrecharon tambien las relaciones de Mr. Livingston con la almendralina, i su amor llegó naturalmente i por sus pasos contados al periodo de la cristalizacion, periodo crítico en el cual está espuesto un amante ingles, mas que ningun otro, a perder la chaveta. Afortunadamente nuestro amigo no alcanzó a perderla, pues no alcanzó a salir de sus casillas mas que una sola vez.

I esa fué con ocasion de una cita. La bella almendralina, a pesar de que se llamaba Julia, habia sido no solo parca, sino pertinaz en no conceder a su enamorado, no digamos un favor, ni tan siquiera un dedo de sus blancas manos, para consuelo. Esto habia traido mui intrigado a don Guillermo, pues habiendo aprendido en sus estudios históricos que el emperador Severo habia perdonado a su infiel consorte solo porque se llamaba Julia, hallando mui natural que lo fuese una mujer de este nombre, el ingles comenzaba a dudar de la esperiencia del emperador, puesto que hallaba una Julia que parecia Lucrecia. Para salir de sus dudas i aprensiones, tomó la línea recta de todos los enamorados, procurándose una entrevista a la media noche. Durante muchos dias atacó en este sentido su inespugnable fortaleza, i al fin hubo de conseguir lo que tanto apetecia: Julia habia consentido en esperar a nuestro amigo en el huerto de su casa a las doce de una noche de verano, que para mayor fortuna era oscura.

Don Guillermo principió su tocador esa noche a las ocho, habiendo comprado en el dia por primera vez en su vida algunos perfumes que le costaron bien caros, tales como jabon de almendra, opiata i agua de la banda de cincuenta grados. A las once, despues de mil interrupciones durante las cuales tuvo el enamorado brillantes ilusiones, ardientes soliloquios i no pocos ardientes suspiros, el tocador estaba concluido, i Mr. Livingston quedó de punta en blanco, aunque con fraque negro i guantes de castor verdes, que estaban mui en moda en el año de gracia de 1828.

Entónces Mr. Livingston pensó en su seguridad personal, sabiendo que no era mui prudente arriesgarse por aquellas calles oscuras a ninguna hora de la noche, sin llevar armas que aumentasen la fuerza del transeunte nocturno. Un par de cachorritos de bolsillo, bien cargados a bala, formaban el arsenal del ingles: no se conocia entónces la invencion de Colt, i era preciso limitarse a dos tiros, fiando lo demas a la Providencia.

Ya está nuestro aventurero en la calle a picos pardos. El corazon le latia con violencia i las piernas le flaqueaban, sin embargo de que no tenia que andar ménos de veinte cuadras para llegar al paraiso donde debia tentar a la primera Julia de este mundo que, en su concepto, habia necesitado de tentaciones.

Habia una profunda tranquilidad, i el triste silencio de la noche solo era interrumpido por el leve ruido que se prolongaba en toda la playa al impulso de la mansa resaca de un mar apacible. No se oia ni sentia nada en las calles, i don Guillermo pisaba despacito, como si hubiera temido alterar el sueño de la ciudad con el sonido de sus botas.

VI.

En la puerta del horno se quema el pan.

Nuestro ingles habia ya tomado viento. Desvanecidas las primeras impresiones que le causaran la soledad i el silencio de la calle, marchaba con rapidez i seguridad; como por un terreno conocido, i con la confianza, o mejor dicho, con el descuido que es natural en el que va entregado a su pensar.

En ese momento discurría Mr. Livingston que el emperador Severo podia haber tenido mucha razon, i se le hacia viva la parada; pues se imajinaba encontrar una Julia, que aunque no era como la romana, por no tener un marido emperador, podia ser de la propia naturaleza que aquel atribuia a todas las que responden a tan dulce nombre.

Cuando mas le halagaba esta ilusion, llegó a aquel paraje donde el mar estendia sus espumas casi hasta el cerro; i por no humedecerse las plantas o por conservar el lustre de sus botas, se inclinó a la derecha, rozándose con el morro de la Cueva del Chibato,[4] i al darle vuelta, recibió en el pecho un golpe violento que le hizo saltar hácia atras como cuatro varas. Si Mr. Livingston hubiera sido ménos fuerte i no tan ájil, seguramente habria quedado tendido exánime, al recibir tan feroz topetada.

[4] Este morro ha desaparecido con los edificios que forman por el lado del cerro la calle de _la Esmeralda_, i estaba en la primera esquina que hace esta calle yendo del puerto a la plaza del Orden.