Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana
Part 5
Las tres se arrodillan de nuevo: pasan algunos momentos durante los cuales el aura lleva algunos suspiros ardientes i varias palabras misteriosas, i las tres continúan su camino. Trasmontan la colina en que estaba la Hermita i desaparecen.
En las altas horas de la noche, se ven tres jinetes acercándose al Biobio, que en aquellos momentos está abundante i majestuoso por el flujo de la mar. Cruzan la ancha ribera i llegan a la orilla, en que las aguas jugueteaban silenciosas. Eran las mismas mujeres que ántes habian salido de la ciudad.
Allí está un hombre con un caballo enjaezado i algunas armas en la mano. Una de las mujeres arroja su traje, se ciñe la espada i dando un abrazo mudo i tierno a cada una de sus compañeras, monta el corcel i se precipita a las ondas.
Las dos que quedan en la orilla miran con solicitud a la que se retira...
Ya no se ve mas que un punto negro allá a lo léjos, en la superficie de las aguas, que reflejan las estrellas de los cielos.
El punto desaparece: no se oye mas que el murmurio de las corrientes que juguetean en las arenas. Las dos se postran i rezan...
Despues de una prolongada angustia, se oye en la ribera opuesta un tiro de arcabuz.
Esa señal significa que se ha salvado la _Monja Alferez_.
ROSA.
(Episodio histórico.)
I.
El once de febrero de 1817 la poblacion de Santiago estaba dominada de un estupor espantoso. La angustia i la esperanza, que por tantos dias habian ajitado los corazones, convertíanse entónces en una especie de mortal abatimiento que se retrataba en todos los semblantes. El ejército independiente acababa de descolgarse de los nevados Andes i amenazaba de muerte al ominoso poder español: de su triunfo pendia la libertad, la ventura de muchos, i la ruina de los que, por tanto tiempo, se habian señoreado en el pais; pero ni unos ni otros se atrevian a descubrir sus temores, porque solo el indicarlos podria haberles sido funesto.
La noche era triste: un calor sofocante oprimia la atmósfera, el cielo estaba cubierto de negros i espesos nubarrones que a trechos dejaban entrever tal cual estrella empañada con los vapores que vagaban por el aire. Un profundo silencio que ponia espanto en el corazon i que de vez en cuando era interrumpido por lejanos i tétricos ladridos, anunciaba que era jeneral la consternacion. La noche, en fin, era una de aquellas en que el alma se oprime sin saber por qué, le falta un porvenir, una esperanza; todas las ilusiones ceden: no hai amigos, no hai amores, porque el escepticismo viene a secarlo todo con su duda cruel; no hai recuerdos, no hai imájenes, porque el alma entera está absorta en el presente, en esa realidad pesada, desconsolante con que sañuda la naturaleza nos impone silencio i nos entristece. Temblamos sin saber lo que hacemos, el zumbido de un insecto, el vuelo de una ave nocturna nos hiela de pavor i parecen presajiarnos un no sé qué de siniestro, de horrible...
Eran las diez: las calles estaban desiertas i oscuras; solo al pié de los balcones de un deforme edificio se descubria, envuelto en un ancho manto, un hombre que, a veces apoyado en la muralla i otras moviéndose lentamente, semejaba estar en acecho.
De repente hiere el aire el melodioso preludio de una guitarra, pulsada como con miedo, i luego una voz varonil, dulce i apagada deja entender estos acentos:
¿Qué es de tu fé, qué se ha hecho El amor que me juraste, Rosa bella? Acaso alienta tu pecho Otro amor i ya olvidaste Mi querella?
¿No recuerdas, linda Rosa, Que al separamos jurabas, Sollozando, Amarme siempre, i donosa Con un abrazo sellabas Tu adios blando?
Como entónces te amo ahora, Porque en mi pasada ausencia; A mi lado, Te soñaba encantadora Compartiendo la inclemencia De mi hado.
Torna, pues, a tus amores No deseches mi quebranto; Que muriera, ¡Si ultrajáras mis dolores, Si desdeñáras mi llanto! ¡Hechicera!...
Pone fin a las endechas un lijero ruido en los balcones i un suave murmullo que, al parecer, decia:
--¡Cárlos, Cárlos! ¿Eres tú?
--Sí, Rosa mia, yo que vuelvo a verte, ¡a unirme a tí para siempre!
--¡Para siempre! ¿No es una ilusion?
--Nó: hoi que vuelvo trayendo la libertad para mi patria i un corazon para tí, alma mia, tu padre se apiadará de nosotros: yo le serviré de apoyo para ante el gobierno independiente, i él me considerará como un marido digno de su hija...
--¡Ah! no te engañes, Cárlos; ¡que tu engaño es cruel! Mi padre es pertinaz, te aborrece porque defiendes la independencia, tus triunfos le desesperan de rabia...
--Yo le venceré, si tú me amas; prométeme fidelidad, i podré reducirle...
--Espera un instante, ¡que en ese sitio estás en peligro!
El diálogo cesó. Despues de un tardío silencio, se ve entrar al caballero del manto por una puerta escusada del edificio, la cual tras él volvió a cerrarse.
Pero la calle no queda sin movimiento; a poco rato se vislumbra un embozado que sale con tiento de la casa, desaparece veloz, i luego vuelve con fuerza armada, i ocupa las avenidas del edificio: voces confusas de alarma, de súplica, ruido de armas, varios pistoletazos en lo interior, turban por algunos momentos el silencio de la ciudad.
Una brisa fresca del sur habia despejado la atmósfera, las estrellas brillaban en todo su esplendor i la luna aparecia coronando las empinadas cumbres de los Andes; su luz, amortiguada i rojiza, contrastaba con la oscura sombra de las montañas i les daba apariencias jigantescas i siniestras.
El chirrido de los cerrojos de la cárcel i de sus ferradas puertas resonó en la plaza: un preso es introducido a sus calabozos...
II.
A la una del dia doce, estaba sentado a la mesa con toda su familia el marques de Aviles. Uno de los empleados del gobierno real acaba de llegar.
--¿Qué nos dice de nuevo el señor asesor? pregunta el marques.
--Nada de bueno: los insurjentes trepaban esta mañana a las siete la cuesta de Chacabuco: nuestro ejército los espera de este lado, i en este momento se está decidiendo la suerte del reino, señor marques. Entre tanto, ¿V. S. no ha leido la _Gaceta del Rei_?
--No, léala usted i veamos.
--Trae la misma noticia que acabo de dar a V. S. i este párrafo importante.
--El Asesor lee:
«Anoche ha sido aprehendido, en una casa respetable de esta ciudad, el coronel insurjente Cárlos del Rio. Se sabe de positivo que este facineroso ha sido el vencedor de nuestras avanzadas en la cordillera; i que juzgando el insolente San Martin que podia sacar gran ventaja de la audacia i sagacidad de este oficial, le ha mandado a Santiago con el objeto de ponerse de concierto con los traidores que se ocultan en esta ciudad. Pero la Providencia divina, que proteje la causa del Rei, nuestro señor, puso en manos del gobierno el hilo de esta trama infernal, i uno de los mejores servidores de S. M. entregó anoche al insurjente, el cual se habia atrevido a violar el asilo de aquel señor con un objeto bien sacrílego. S. M. premiará a su debido tiempo, tan importante servicio, i el traidor espiará hoi mismo su crímen en un patíbulo, a donde le seguirán sus cómplices...»
Aquí llegaba la lectura del Asesor, cuando Rosa, que estaba al lado de su padre el marques, cae desmayada, lanzando un grito de dolor. Todos se alarman, la marquesa da voces, el Asesor se turba, unos corren, otros llegan; solo el marques permanecia impasible, i diciendo al Asesor:
--No se fije usted en esta loca, yo he sido quien ha prestado al Rei ese servicio, yo hice aprehender aquí, en mi casa, a ese insurjente que me traia inquieta a Rosa de mucho tiempo atras; ¡qué quiere usted! ¡casi se criaron juntos! La frecuencia del trato, ¿eh?... El muchacho se inquietó con los insurjentes, yo le arrojé de mi presencia i ¡hoi ha vuelto a hacer de las suyas!
Despues de algunos momentos, merced a los ausilios de la marquesa, Rosa vuelve en sí: sus hermosos ojos humedecidos, su color enrojecido, sus lábios trémulos, su cabellera desarreglada, sus vestidos alterados, todo retrata el dolor acerbo que desgarra su corazon: es un ánjel que llora, que pide compasion i que solo obtiene por respuesta una sonrisa fria, satánica....
--¡Padre mio, dice arrodillada a los piés del marques, yo juro no unirme jamas a Cárlos, pero que él viva!... Un sollozo ahoga su voz.
--Que él muera, replica el anciano friamente, porque es traidor a su Rei.
--¿No os he dado gusto, padre mio? ¿No me he sacrificado hasta ahora por respetaros? Me sacrificaré mas todavía, si es posible, pero ¡que él viva!
--¡Vivirá i será tu esposo, si reniega de esa causa maldita de Dios que ha abrazado, si vuelve a las filas de su Rei!... El anciano se conmovió al decir estas palabras.
Rosa se levanta con una gravedad majestuosa, i como dudando de lo que oye, fija en su padre una mirada profunda de dolor i de despecho, i concluye esclamando con acento firme:
--¡Nó, señor! quiero mas bien morir de dolor, i que Cárlos muera tambien con honra por su patria, por su causa: yo no le amaria deshonrado...
Desapareció. Un movimiento de espanto, como el que produce el rayo, ajitó a todos los circunstantes...
* * * * *
Las tinieblas de la noche iban venciendo ya el crepúsculo, que hacia verlo todo incierto i vago.
Habia gran movimiento en el pueblo, el susto i el contento aparecian alternativamente en los semblantes, nadie sabe lo que hai, todos preguntan, se inquietan, corren, huyen; el tropel de los caballos i la algazara de los soldados de la guarnicion lo ponen todo en alarma. La jente se apiña en el palacio, el Presidente va a salir, no se sabe a dónde: allí están el Marques, la Marquesa, el Asesor i otros muchos de los principales.
Rosa aprovecha la turbacion jeneral, sale de su casa disfrazada con un gran pañolon: oye vivas a la patria, sabe luego que los independientes han triunfado en Chacabuco, i corre a la cárcel a salvar a su querido: llega, ve todas las puertas abiertas, no halla guardias, todo está en silencio, los calabozos desiertos; corre despavorida, llama a Cárlos, solo le responde el eco en las ennegrecidas bóvedas. Penetra al fin en un patio: allí está Cárlos, el pecho cruelmente desgarrado, la cabeza inclinada i atado por los brazos a un poste del corredor... ¡Una hora ántes le habian asesinado los cobardes satélites del Rei!
Rosa toma entre sus manos aquella cabeza que conservaba todavía la bella espresion del alma noble, intelijente, del bizarro coronel; quiere animarla con su aliento ... se hiela de horror ... vacila i cae de rodillas... Una mano de fierro la levanta, era la del Marques que con voz trémula i los ojos llorosos le dice:
¡Respeta la voluntad de Dios!
III.
Era el 12 de febrero de 1818: el ruido de las campanas, las salvas de artillería, las músicas del ejército, los vivas del pueblo que llena las calles i plazas, todo anuncia que ¡se está jurando la Independencia de Chile!
¡La patria es libre, gloria a los heroes que en cien batallas tremolaron victoriosos el tricolor! ¡Prez i honra eterna a los que derramaron su sangre por la libertad i ventura de Chile!...
En el templo de las Capuchinas pasaba en ese instante otra escena bien diversa: las puertas estaban abiertas, los altares iluminados, algunos sacerdotes celebrando; una que otra mujer piadosa oraba. Las monjas entonaban el oficio de difuntos, su lúgubre campana heria el aire con sones plañideros. En el centro del coro se divisaba, al traves de los enrejados, un ataud...
Ese ataud contenia el cadáver de la hija del Marques de Aviles; estaba bella i pura como siempre, i su frente orlada con una guirnalda de rosas.
DON GUILLERMO.
(1860.)
Quid Romæ faciam, mentiri nescio. JUV.
I.
El Aguila.
Mui mal pintada era la que llenaba una gran enseña que estaba enclavada encima de una puerta de la calle de Cochrane, en Valparaiso; pero en su pechuga, i como guarecido por sus enormes alas, mostraba un escudo en forma de corazon azul, tachonado de estrellas blancas, que bien decian que el dueño de la fonda de adentro era uno de esos orgullosos ciudadanos de la feliz rejion de América que riegan el San Lorenzo i el Mississippi.
En una tarde de invierno húmeda i nebulosa, trasminaba aquel caramanchel de un espresivo olor a café, que provocaba i atraia a cuantos marineros navegaban el lodo de aquellos andurriales. Yo, que habia lanzado en ese océano las enormes lanchas que llevaba por zuecos, caí tambien en la tentacion i me zampucé en la ahoyada fonda, no sin que el umbral me descubriera la cabeza e hiciese rodar mi sombrero por el barro, pues aquella puerta estaba calculada para hombres bajos i de gorra de lana, i no para los que, aunque pigmeos, cubrimos nuestras cabezas con un cubo de felpa.
Esto supuesto, imajinaos cuál no seria mi admiracion al ver en el recinto de la sala junto a una mesa a un enorme yankee plegado en tres dobleces sobre la silla que le servia de sustentáculo, i pendiente de una nariz colosal que podria haber servido de centro i arco a dos ojos del puente grande del Mapocho.
Lo primero que se me ocurrió, despues de mi sorpresa; fué preguntarme por dónde habria entrado allí aquel jigante. Pasé en revista puertas i ventanas, tragaluces i escotillas, todos los agujeros de la fonda; i se aumentó mas mi confusion cuando ví que por la mayor de aquellas avenidas, apénas cabia la nariz de mi hombre. Decididamente, le habian puesto allí para edificar la casa. Solo cuando se me vino esta reflexion, digna de Descartes, me tranquilicé, cual el porfiado matemático que no se tranquiliza, sino despues de haber resuelto un problema, haciendo un millon de garabatos.
Entónces pensé en acercarme a aquella maravilla para verla, oirla i palparla; i así como que no quiere la cosa, me senté a su mesa con gran confianza. Una mirada tranquila i llena del portentoso yankee me inundó todo entero. Quedé calado, es decir, conocido hasta el fondo: i le inspiré la misma simpatía que él habia despertado en mi corazon.
«Mozo, traiga usted café», esclamé casi asustado; i mi vecino, poniendo su enorme cachimba entre sus enormes lábios, volvió a mirarme con agrado, como si se alegrara de retirar su vista de los grotescos marineros que llenaban el recinto i espesaban la atmósfera con sus emanaciones tabacosas.
El no era marinero, visiblemente: su porte era grave, semblante pálido i sereno, sonrisa natural en su boca, pelo a la Caracala, i su cuerpo antidiluviano envuelto en un hermoso sobretodo camaleon a la Benjamin Constant. Tenia delante su café casi agotado, i mas que destilada una botella que debió ser de jinebra, cuando se la pasaron llena.
El vapor embalsamado del café que me servian flotó entre nuestras caras, pero sin ocultarme su nariz; nos mirábamos al traves, i ámbos aspirándolo esclamamos: ¡Qué café! El con voz baja, sin duda por temor de hacer estallar los vidrios a soltarla entera, i yo en mi tiple usual. Estaba establecida la corriente eléctrica de la amistad con aquella sola esclamacion en que se habian encontrado nuestros bellos espíritus: nos comprendiamos; pero yo si que comenzaba a dudar de la solucion de mi problema i no acababa de comprender cómo habia entrado allí aquel hombre acompañado de su nariz i de su paltó.
--¡Qué buen café! me dijo, con un acento casi paternal.
--Excelente, le repliqué, i como estaba yo preocupado con mi problema, agreguéle esta pregunta--¿Ha entrado usted a tomarlo?
--Sí, señor, desde que salí, acostumbro entrar aquí todas las tardes a tomar este buen café. ¡Hacia tantos años, tan largos años que no lo tomaba! esclamó con acento dolorido.
--¿Usted sale? le pregunté yo sorprendido, ¿entra a tomar este buen café?
--Sin duda, me replicó; desde el primer dia de mi salida, pasé en la tarde por aquí, por recorrer las calles, i el aroma de este café despertó mi antigua aficion a tan rica bebida, i me entré sin titubear. Pedí café, i bebí cuanto me sirvieron. ¡Hacia tantos años que no gustaba este néctar celestial!...
--¿Por dónde entró usted?
--Por la misma puerta que usted, i sin perder el sombrero, como usted.
--¡Cosa estraña! Es tan baja esa puerta, i esta casa es tan estrecha que...
--Sí, pero no hai estrechuras para quien ha vivido tantos años como yo bajo tierra, dijo dando un suspiro de lo mas hondo de su pecho.
--Ya... No le será difícil a usted entrar por cualquier parte, ¿no es esto? ¿Pero ha entrado usted por allí? dije, señalándole la puerta.
El hombre volvió entónces a inundarme con una mirada, requirió su cachimba, cabalgó su pierna derecha sobre la izquierda, i como descontento de mi estupidez miró a otra parte.
--¿Es usted chileno? me preguntó mirándome de reojo.
--Neto, le respondí con orgullo.
--Se conoce, me dijo, lanzando una bocanada de humo, i escanciándose el concho de su cafetera en la taza. Volvió a suspirar, i despues de una pausa, que me tenia aterrado, tornó a mirarme con amor, i agregó: ¿Conoce usted los _restaurants_ de la ciudad? ¿Sabe usted dónde se sirva tan buen café, con mas decencia i con ménos concurrencia de marineros?
--No, señor, pero es probable que en casa de Guinodie se halle tan bueno como aquí.
--¿Será algun _restaurant_ frances el que usted me nombra?
--Sí, caballero; el mejor, segun creo, de la ciudad.
--No me gusta; será farsa de café lo que allí sirven: prefiero tomarlo bajo el pabellon de las estrellas, aunque sea entre marineros; al fin estos son hombres que andan sin máscara, i que no están en escena, sino cuando se columpian en las gavias tomando o soltando rizos.
--No ha entrado usted nunca al café de Guinodie?
--No, sin duda, desde que salí no he entrado mas que aquí, i al hotel de Europa donde alojo.
--Sí, eso se comprende, el hotel de Europa es el que está en la plaza Municipal, uno de puerta mui grande i de patio, ¿no es así, caballero?
--Justo, ese es el hotel de Europa. Pero al parecer usted está preocupado, jóven, con las puertas anchas i las pequeñas. ¿Le ha causado mucha impresion el coscorron que se dió en el umbral de ésta al entrar? Serénese usted, nadie se fijó en eso, i aquí entre ingleses no tiene usted que temer. Nosotros no nos curamos de los golpes que cada hijo de vecino se da donde puede. Cada uno es dueño de golpearse cuando Dios le deja de su mano.
Este lenguaje me sorprendió. ¿Quién será este hombre? decia yo entre mí. Yo le he tomado por yankee al ver su estravagante figura, i sin embargo, él habla de Dios, cosas poco conciliables, a no ser que sea un yankee rico, que son los únicos que creen en Dios, porque necesitan ser ricos para pensar en tener una relijion. Ahora se hace el ingles, i eso es mas difícil de creer, porque un ingles no habla jamas el español, como este lo habla, a no ser que haya nacido en Jibraltar o en otra parte de la Península. ¿Quién será este hombre? Estas reflexiones me calentaban la cabeza, i para salir de una vez de mis aprietos, hube de abordar de frente la dificultad.
--¿Es usted norte americano? le pregunté.
--Por afeccion i casi por principios, porque he pasado en Estados Unidos lo mejor de mi vida, ántes de venir a Valparaiso.
--¿Está usted aquí mucho tiempo ha?
--No tengo cuenta del tiempo que hace. He sabido despues de mi salida que está corriendo el año 41, i solo ahora principio a contar fechas.
--¿Pero ha estado usted siempre en Valparaiso?
--Supongo que sí, porque fué aquí donde llegué de Inglaterra, mi patria: aunque el Valparaiso de hoi no es ni siquiera una sombra del Valparaiso que ví a mi llegada.
--¿Piensa usted permanecer aquí?
--No precisamente aquí, porque debo principiar desde mañana una eterna peregrinacion entre Valparaiso i Santiago.
Volví a callarme, confuso con semejantes respuestas, ¡Quién es este hombre, Dios mio! esclamaba en el fondo de mi alma, ¿Cómo podré descubrirlo? ¿De dónde ha salido? ¿Qué ocupacion tiene? Abismado estaba yo en mis reflexiones, cuando él se levantó pagó su puesto i salió despidiéndose de mí con una insinuante cortesía.
No quedé ménos asombrado, cuando advertí que no tenia la talla estraordinaria que yo le habia visto, sino un cuerpo airoso, elegante i de una altura no tan enorme. Su andar era grave, de paso largo i casi rápido. Llegó a la puerta i la salvó con mas facilidad que yo dejándome abrumado bajo el peso de mi curiosidad.
II.
La segunda tarde.
La curiosidad suele ser una pasion en algunos, aunque siempre lo es en todas: la caja de Pandora fué abierta por pura curiosidad; la primera manzana que se gustó en el mundo fué comida tambien por pura curiosidad. Es verdad que fueron mujeres las que tales atentados cometieron; pero tambien es cierto que los hombres no les van en zaga; con la diferencia de que la historia no nos señala grandes crímenes cometidos por curiosidad, cuyo autor no sea una mujer. Testigo, el pecado de comer manzanas, que ha cundido desde la madre Eva, que dió el ejemplo, hasta nuestros dias, de un modo espantoso i con un contajio inevitable, que no perdona edad ni sexo.
No es tan peor que la curiosidad no produzca tales estragos cuando anima a los hombres: al fin no les pica a estos sino por esplorar i descubrir rejiones desconocidas, donde no pocas veces se pierden, como Sir John Franklin en las nieves polares, i tantos otros que en alas de la filosofía o en los lomos del Pegaso han ido a parar a las mas ardientes alturas de una cabeza caliente.
Como quiera que sea, la curiosidad es el instinto mas útil que tiene la especie humana: sin él no habriamos habitado este mundo del bien i del mal, i habriamos tenido que pudrirnos en la eterna primavera del paraiso terrenal; sin él careceriamos de tantos descubrimientos como han hecho los curiosos en los dominios del espíritu i en las rejiones del globo.
Ese instinto me disculpe, pues al dia siguiente de mi escena con aquel hombre tan curioso, yo no pensaba, ni veia, ni oia, ni hacia cosa alguna que no fuese para satisfacer la ardiente curiosidad con que tal ente me habia contajiado. En la tarde de ese dia llovia, como es uso en Valparaiso, de atravieso, i de arriba abajo, i aun de abajo para arriba, en fuerza de un huracan antojadizo que soplaba sin sujetarse a lei ni a regla ninguna: entónces no sirven zuecos ni paraguas, sino una buena resolucion para lanzarse en aquellas calles, que rivalizan con el mar por sus corrientes. Tuve esa resolucion, i a las cuatro estaba ya instalado en la misma mesa del Aguila, donde habia conocido al objeto de mi pasion.
La fonda estaba poco visitada, i el patron mascaba tabaco, apoyando toda su mole sobre sus propios brazos, que tenia cruzados i juntos sobre el mostrador, a cuyo respaldo estaba en pié. Miraba tristemente a la puerta, por donde entraban a veces en lugar de parroquianos, fuertes ramalazos de lluvia impelidos por el viento. Su mirada era fija i parada, como de ojos sin vida, su rostro era atezado, redondo i peludo, cruzado por una ancha boca de la cual arrojaba amenudo torrentes de zumo de tabaco mascado. Un gorro lacre de marinero coronaba aquel cuadro.
Pasada una hora comencé a desesperar de mi esperanza, i como habia bebido i pagado bastante café, me creí con derecho de interpelar al patron; i lo hice mui afablemente, hablando del tiempo, tema obligado en todos los casos en que no hai de que hablar, o en que uno necesita introducirse a platicar con otro. Mas el patron no me respondió: lo único que hizo fué mirarme con ese desprecio con que los ingleses o sus descendientes los yankees, miran a todos los que les hablan en español. Picado un poco mi amor propio, volví a levantar la voz, repitiendo en ingles lo que ántes habia dicho en español: el patron, entónces, soltó las amarras a sus ríjidas e inmóviles facciones, i tejió conversacion con la mayor familiaridad, como si estuviera con un antiguo conocido.
--Dígame usted ¿quién es ese hombre con quien tomé café ayer en esta mesa?
--¡Oh! ese es un hombre que ha venido varias veces a tomar café al Aguila.
--¿No le conoce usted?