Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana

Part 22

Chapter 224,218 wordsPublic domain

LUISA. Perded toda esperanza... Yo no mato a la que me dió el ser, desconociéndola, despreciándola... Volveos a Europa, vosotros, si quereis romper tan cruelmente los vínculos que nos unen, si quereis desobedecer a nuestro padre, ultrajar su memoria... (llorando). Volveos, yo corro a abrazar a mi madre, a consolarla de vuestra ingratitud... ¡Yo lloraré con ella!...

VI.

Ocho dias despues, a las dos de la tarde, se encontraban Luisa i el doctor Agüero conversando, en el mismo salon del Hotel Morin en que habia pasado la escena dramática que se acaba de leer.

Luisa estaba sentada al piano, recorriendo con indolencia el teclado, del cual arrancaban sus bellas manos vagas melodías i dulces reminiscencias de los pasajes mas tiernos de Bellini. Agüero estaba en pié a su lado.

Tocando con la derecha el llanto de la Sonámbula, cuando su novio le arranca el anillo, decia Luisa.

--Me complazco en reconocerlo. Es Ud. mui jeneroso. Debo agradecerle el interes que ha tomado en mi defensa.

--Me paga Ud. con usura, la replicaba el doctor. No merece gratitud mi sincera admiracion, mi admiracion entusiasta por la hija que ama i venera a su madre, hasta sacrificar su porvenir a su deber filial. ¿Qué hago yo con aceptar su noble causa? ¿Qué mérito tengo en combatir las absurdas preocupaciones de sus hermanos i de su novio, que la sacrifican en aras de su error, renegando aquellos de la que les dió su ser, desgarrando éste el corazon de su prometida? ¿Qué hago sino ponerme al lado de lo mas justo i noble, obedeciendo a ... mis principios ... a, lo diré claro, obedeciendo a la admiracion, al amor que Ud. me inspira...

Al oir estas palabras, Luisa se levantó con dignidad del piano, i si hubiera mirado a la puerta del salon, que estaba entornada, podria haber descifrado la figura de Llorente, que acababa de llegar, quedándose afuera en acecho de lo que pasaba en lo interior.

--¿Su amor por mí? esclamó ella. No, señor Agüero. Yo no puedo aceptar su amor. ¿Podria yo consentir en que me amase otro hombre que el que posée mi corazon? Permítame Ud. ser franca i pagarle con mi sinceridad su noble desprendimiento.

--¡No soi digno de amarla, hermosa Luisa! murmuró turbado el doctor.

--No es eso, caballero. En todo caso yo seria la indigna de su amor, desde que no puedo ni debo corresponderlo.

--En verdad, volvió a murmurar Agüero, hace apénas una semana que nos conocemos, i no ha tenido Ud. tiempo de comprenderme, ni de estimarme...

--Tampoco es eso, acentuó Luisa, pues yo le conozco a Ud. i le estimo como a un verdadero amigo. Pero Ud. lo sabe, soi la prometida de Pedro, a quien tanto amo...

--Lo sé demasiado i por eso no sé concebir por qué le guarda Ud. fidelidad, despues que él...

--Me ha abandonado, interrumpió la hermosa. ¿Pero soi yo dueño de mi corazon? ¿No le pertenece siempre, a pesar de su desvío? Nunca podré olvidarle, no sabré jamas aborrecerle, i siempre tendré que confesar que le amo, para consolarme...

--Ud, aprenderá, Luisa, a olvidarle i tambien a aborrecerle.

--¡Jamas! ¿Puede una mujer olvidar al hombre que despertó su corazon, que le inspiró su primer amor, sus primeras ilusiones, sus primeras esperanzas?

--¡Puras fantasías de niña! ¡Fantasías que sirven de lenitivo al desden señorita! Su juicio de Ud. triunfará, tiene que triunfar cuando Ud. se convenza de que no puede retener al que despertó su corazon, por que él tiene mas amor, mas fidelidad por su cuna que por su novia... Apelo a su futuro desengaño.

--Apelará Ud. en vano. Ya tengo el desengaño en el alma, pues el abandono que hace de mí el que debió ser mi esposo me ofende de veras: i tanto, que no estaria en mi dignidad de hija de una pobre negra el no conformarme con él, sin réplica. ¿Cree Ud. que yo podré jamas rogar al que me abandona, al que rompe sus compromisos tan solo porque descubre que es hija de una negra la que ántes llamaba su ídolo?...

--Eso seria indigno de Ud., i por lo mismo comprendo ménos la sinceridad de sus protestas de amarle siempre.

--Son sinceras porque ni sé vengarme, ni tampoco sé cómo despedazar mi corazon para arrancarle un amor que lo ocupa todo entero. Cierto es que hai ofensas que no tienen otra reparacion que la muerte. ¿Pero puedo yo tener un corazon de Otelo? ¡Ah! ¡Será mi propia muerte la que me vengue, poniendo término a un amor que no sé cómo dominar!...

--¡He ahí el despecho, noble Luisa! No lo dude Ud. Eso acabará cuando Ud. se calme, cuando reflexione con serenidad, que no la ha amado el hombre que conquistó su corazon, puesto que sus preocupaciones de familia son mas fuertes en su espíritu que el amor que le juró a Ud., i mas sagradas que su juramento. Entónces, cuando ese desengaño que hoi la atormenta aclare su mente, Ud. me hallará a mí siempre amándola con toda mi alma. Espero. El verdadero amor tiene paciencia.

Luisa lloraba, i entre sollozos esclamó:

--No hablo por despecho. Acepto mi desengaño i no conservo esperanza alguna. Mi espíritu está sereno, cuando le digo a Ud. que solo acabará mi amor con la muerte. Tengo la conviccion de que no dejaré de amar nunca al hombre que es indigno de mi amor... ¿Qué no sabe Ud. que hai amores indelebles, que hai amores que no pueden desecharse, ni apagarse jamas?... ¡Bien lo sabia yo cuando me resolví a sacrificarme, por mi deber, a mi desgraciada madre!...

La voz de Luisa se apagó entre lágrimas, al oirse en los pasadizos la de don Sebastian que altercaba con álguien, i en ese momento penetró Llorente en el salon, seguido mui de cerca por el bullicioso anciano.

VII.

Llorente se adelantó al sillon en que Luisa reposaba, i tomándole con cariño la mano, le preguntó por qué lloraba, llamándola Luisa querida.

--¡Ah!... No lo sé, respondió ella, levantando sobre él su lánguida mirada, todavía velada por el lloro; i luego agregó:--Hablábamos con este caballero sobre mi situacion, sobre nuestra situacion, Pedro...

Llorente estaba perturbado. No respondió, i tomó asiento al lado de Luisa. Entre tanto don Sebastian habia entrado haciendo esclamaciones de contento, al hallar a su hijo, a quien decia estaba buscando una hora hacia en toda la ciudad; i luego, dirijiéndose a la hermosa niña, esclamó:

--¡Qué tal, Luisita! Siempre llorando ¿eh? Ud. señor don Pedro parece que está algo atufado!...

--No hai de qué estar contentos, señor don Sebastian, replicó Llorente; i miéntras don Sebastian retiraba de un brazo a su hijo hácia un estremo del salon, se puso a conversar en voz baja con Luisa.

Padre e hijo hablaron con animacion i en secreto, sin que se dejase de percibir que el anciano decia que esos niños habian dispuesto su viaje a Europa para el dia siguiente, en el vapor ingles que debia salir para Panamá; i ordenaba al hijo salir para el Callao inmediamente.

--¿Con qué objeto? dijo éste.

I don Sebastian le contestó al oido:

--Temo que en el Paquete del Norte, que llega esta tarde, venga doña Rosalia, i si se nos presenta aquí de improviso, arde Troya, i lo echamos todo a perder. Ana i Roberto, aconsejados por el español, están resueltos a desconocerla, i serán capaces de matarla con su desprecio. El fanatismo de la nobleza es como el de la relijion: mata en honra i gloria de su dios, i se lava las manos. Es necesario evitar un desastre.

El doctor preguntó a su padre por qué creia que podia llegar doña Rosalia; i éste cruzando los brazos por detras, i echándole su calva frente sobre el rostro, a punto de hacerle dar un paso atras, le dijo:

--Pues es claro. ¿Qué no sabes que la señora queria venirse con Llorente? que éste se negó a traerla, hasta fastidiarla? Ella me lo dice en su carta, e insistiendo en que quiere venir, cree poder tomar el próximo vapor, el que llega hoi. ¿Entiendes? ¿Una mujer acostumbrada a mandar en jefe, aunque sea una negra, cesgar en sus determinaciones? ¡No seas nene!

--I qué debo de hacer, dijo el doctor humildemente.

--Traerla a casa con todo sijilo, respondió el viejo, para que no se presente a sus hijos sino en el momento en que yo lo determine. Si Ana i Roberto llegaran a saber que su madre está en Lima, alcanzarian al sublime de su locura. ¡Qué se vayan con cuatro lejiones de diablos, como réprobos que son; pero que no se salgan con la suya de despreciar a la madre que los parió i que los adora!...

Don Sebastian se enjugó una lágrima, i el doctor le dijo:

--Ordene Ud., padre mio; ¿qué debo hacer? El tiempo urje, pues el tren para el Callao está al partir.

El padre tomó al hijo con violencia del brazo i partió con él.

Al salir, Llorente esclamó:

--Diga Ud. don Sebastian, ¿volverá pronto? Tenemos algo que hablar para el arreglo de los poderes que debemos dejarle i demas cosas de nuestra partida.

Don Sebastian, sin volver la cara, replicó:

--Luego. Volveré en el acto para ponerme a sus órdenes.

VIII.

Llorente, volviéndose a Luisa, le dijo con tristeza.

--Ya le corresponderás; te lo repito. Ya comenzarás a amar, si no amas ahora mismo a ese ardiente limeño.

--Puede ser, replicó Luisa, sonriendo dulcemente. ¿No dicen que muchas veces del trato nace el amor?

--Cuando no es de primera vista, esclamó Llorente; pero tú no necesitas criar tu amor por él, ya lo tienes en el corazon.

--Tanto mejor para tí, Pedro, así te considerarás disculpado en tu infidelidad...

--Pero no estaré libre de celos, murmuró Llorente, i Luisa continuó:

--Eres mui afortunado. Me retiras súbitamente tu amor i tu promesa, porque descubres que mi madre no es blanca; abandonas como indigna de tu alcurnia a la hija de la negra, que amaste miéntras la suponias señora; i al momento hallas quien te reemplaze, como para dejarte libre hasta de remordimientos... ¿Que mas podias desear?

--Eso es falso, decia hablando para sí Llorente. No hai quien me reemplaze en tu corazon, i sin embargo los celos me devoran... I dirijiéndose a su interlocutora le dijo con firmeza:--Nó, Luisa, no soi yo quien te abandona. Tú eres la que...

--Concluye, esclamó ella, concluye. Yo soi la que por no despreciar a su desgraciada madre te abandona a tí... ¿No es esto lo que quieres decir?

--Tú lo dices...

--¡Lo digo i tambien lo hago, porque no quiero matar de dolor a la que me dió el sér, no quiero abandonarla, en homenaje a una preocupacion que en tu alma tiene mas fuerza que el amor que me juraste! Nó, jamas sacrificaré mis deberes filiales a mi felicidad contigo, si para ser feliz debo sacrificar a mi madre en aras de tu ciego error. ¿Cómo podria yo salvarme de mi arrepentimiento el dia que tu amor decline? ¿Mi deber de hija tendrá que desaparecer ante tu capricho?

--No se trata de sacrificar un deber. Te alucinas.

--¿No tiene una hija el deber de amar i de honrar a su madre?...

--A una madre digna de tí, digna de mí, sí. A una negra que no conoces, a quien no has visto jamas, i que no ha podido inspirarte amor, ¡nó! ¡nó!

--De manera, esclamó Luisa indignada, que a tu juicio una negra no tiene el derecho de ser madre; i si lo es, no tiene derecho a que sus hijos la honrasen, cuando son blancos, a que la reconozcan como tal, aunque hayan vivido, como yo, con la ilusion de poseer una madre, adorándola en la ausencia... ¡I tú te llamas civilizado, i haces alarde de ser cristiano católico, de ser caballero, hombre de honor!... ¿Cómo conciliar todo eso con tu desprecio por la madre de tu prometida; con el abandono que haces de mí, quitándome a mis hermanos, porque no desconozco a mi madre, porque no la humillo para darte gusto, porque no la mato de pesar para probarte mi amor...

--Basta, dijo secamente el español, basta ya... Yo no falto a mi honor.

--Sin embargo de que faltas a tu compromiso, exijiéndome como condicion para cumplirlo que yo sofoque en mi corazon el amor que me liga a mi madre, ese amor entretenido i fortificado por el constante anhelo de conocerla, ese amor que renacerá mas ardiente cuando el tuyo se resfrie, i que me mostrará en toda su deformidad la culpa que cometeria si obedeciera a tu capricho. ¡Oh, tú nunca me has amado! Tú no eres digno de que yo te ame!...

Llorente le tomó con efusion las dos manos, diciéndole:--Cálmate, Luisa, reflexionemos como amigos, como dos esposos que se aman. No digas que soi indigno de tu amor, que siempre ha llenado mi alma. No he dejado de adorarte. Pero piensa, mi Luisa, que no basta que tengas razon en lo que me dices. Advierte que tambien es necesario pensar como piensa la sociedad en que vivimos, respetar sus conveniencias i sus costumbres, someternos a lo que prescribe esa civilizacion que invocas... Me tengo por caballero, i precisamente por eso es que procedo del modo que tú repruebas.

--Luego uno u otro estamos equivocados, replicó Luisa con cariño. Veamos si soi yo, Pedro, ya que no pienso cómo piensa la sociedad. Si desconozco a mi madre, porque es una negra, si huyo de ella, despreciándola, como mis hermanos, ¿la sociedad aplaudirá, la civilizacion aprobará, crees tú?...

--No terjiverses, le interrumpió Llorente. La sociedad i la civilizacion reprobarian al hijo que tal hiciera con su madre. Pero la alta sociedad rechaza de su seno al que se confiesa hijo de un negro, sin ocultar su oríjen, pudiendo hacerlo.

--¿Entónces será preciso engañar a la sociedad, será necesario hacerle creer que una no es hija de la que le dió la vida? interrogó Luisa.

--I con tanta mas razon, querida mia, cuanto que tú no has conocido jamas a la que te dió el sér, i puedes con toda facilidad volver a Europa sin reconocerla, para que la alta sociedad en que hemos de vivir no conozca tu desventurado oríjen.

--¡Oh! esclamó Luisa, tú hallas lícito ese proceder que despedazaria mi corazon i me sumiria en un remordimiento eterno! Hallas conforme a la moral, a la civilizacion que yo mate a mi madre con mi desprecio, para que la sociedad no sepa de quien soi hija. Luego, segun tu moral, se puede cometer un crímen, con tal, que se salven los apariencias, se puede llevar el alma manchada i torturada, para gozar de las consideraciones de esa alta sociedad, para procurarse en ella un puesto de prestado, que se perderá el dia en que se descubra el secreto... Si eso es la moral, si eso es la civilizacion de la alta sociedad en que vamos a vivir, dime, ¿no podrá tambien una esposa deshonrar a su marido, cuidando de que éste ni la sociedad lo sepan?... ¿No será lícito pisotear todos nuestros deberes, ultrajar todas las leyes de Dios i de los hombres, con tal que la alta sociedad lo ignore, aunque sea por algun tiempo? ¿Qué tal, Pedro querido? ¿Te parece que mi padre aprobaria estas doctrinas, él, que siempre nos dió el ejemplo i la enseñanza de la probidad?...

Llorente despues de dar un paseo por la sala, como para despejar su turbacion, le contestó:

--No arguyas, Luisa. Reflexionemos con tranquilidad. El hecho es el hecho. Puede no tener razon la sociedad, pero su desprecio, es desprecio, i yo no me siento capaz de arrostrarlo... Quiero vivir en el centro en que nací, i quiero vivir contigo por que te amo, por que sin tí no quiero la vida, Tú lo sabes, mi eleccion de la mujer que ha de ser la compañera de mi vida es la obra de mi corazon, i fué tambien aprobada por tu padre, que me consideró digno de tí. Imitemos a tu padre: el no reveló jamas el oríjen de sus hijos...

--Te engañas, Pedro. Mi padre confesó siempre a su esposa, nos la presentó siempre como madre, i al morir, nos ha ordenado juntarnos a ella, reconocerla a nuestro lado.

--Pero jamas os dijo que era una negra, porque ese era su propio martirio. El era justo i prudente.

--I tú quieres ahora que esa espiacion del padre continue atormentando a la hija, que quiere salvarse de semejante martirio, prefiriendo tener la satisfaccion de reconocer a la negra como madre, para no tener que ocultar su oríjen.

--Precisamente, dijo Llorente con cariño, es eso lo que no quiero. No reconociendo tú a Rosalia como tu madre, te salvarás del martirio de tu padre i no harás sufrir a tus hijos. Reconociéndola, publicando tu oríjen, condenas a tus hijos a la vergüenza de ser rechazados de la sociedad en que debemos vivir. Un hombre bien nacido que cautivase el corazon de una hija tuya, la repudiaria como esposa, al saber que descendia de una negra, i causaria la desgracia de toda su vida.

--Haria lo que tú conmigo. ¿No es eso? Mas si yo tuviera una hija, le inspiraria ideas exactas de moral i de honor, como las que me inspiró mi padre; i con la esperiencia que tú me das hoi, la enseñaría a huir de los hombres que fundan el honor en la limpieza de su sangre. ¿No llaman así la raza sin cruzas? No haria yo de una hija mia la esclava de esa sociedad en que los hombres que se creen nobles o simplemente hidalgos, como tú, se suponen autorizados para no ser honrados, para terjiversar la moral, para faltar a las leyes del honor, causando la desgracia de una pobre niña, que no quiere mancharse, a los ojos de Dios i de su propia conciencia, con el crímen de despreciar a su madre, por finjir que su sangre es limpia. Mi padre fué tambien de noble cuna en Inglaterra, i no vaciló en dar su mano a la negra que le entregó su corazon i su pureza, ni en enseñar a sus hijos a que amaran a la negra que es su madre. Tú, Pedro, que no eres capaz de sacrificarme tu preocupacion, me exijes que te sacrifique a mi madre, porque no hallas digna de tu mano a la hija de una negra...

--Soi capaz de sacrificarte mi vida, Luisa mia...

--Mas no tu preocupacion, le interrumpió la hermosa jóven. Si, tu preocupacion infundada, porque tú no tienes títulos de nobleza; solo tienes una simple vanidad.

--Tengo que respetar el medio en que nací, las ideas de mi centro social, que son las de una familia de hidalgos.

--En hora buena, Pedro, sigue esas ideas i déjame a mi seguir mi deber, si eso puede mas en tu corazon que tu amor, que tus juramentos. Haces bien, perfectamente bien. Si no puedes vivir como mi esposo aquí, en mi patria o en Inglaterra, donde tu carácter te daria una posicion como la que tienes en España por lo ménos, te absuelvo de tu compromiso. No quiero tu amor.

--Pero, Luisa, sé racional. Recuerda que tengo que volver al seno de mi familia...

--Allí no puedo yo vivir contigo, sino a condicion de renegar a mi madre. Solo con esta condicion me crees racional... No, mil veces nó. Vuelve tú a tu patria. Yo no puedo seguirte a donde mis cualidades personales no me salvarian del desprecio, que agoviaria a la hija de una negra, que tambien tiene su honor, que tambien crée en la probidad...

Dijo esto Luisa anegada en lágrimas i salió del salon, a la vez que entraban hablando en alta voz don Sebastian i Roberto.

IX.

Don Sebastian, que habia oido las últimas palabras de Luisa, entró refunfuñando estas frases.

--Sí, la hija de una negra que tambien tiene su honor, i que por su admirable buen juicio es mas señora que muchas de sangre azul que yo conozco, i que usted tambien conocerá, señor Llorente. ¡Esto se vé siempre que los blancos o trigueños tienen alma de cántaro! No lo digo por ustedes, nada de eso, mis amigos, porque espero que al fin me probarán que son blancos, no haciendo cosas de negros...

--De eso se trata, interrumpió Llorente.

--Lo veremos, agregó Roberto. ¿Pero sabes, Pedro, que tropezamos con un millon de dificultades para arreglar nuestro viaje?

--No sé cuales, dijo Pedro, que se mostraba preocupado i sin tomar interes en la conversacion.

--Oye, dijo Roberto: el notario o alguacil a quien fuimos a ver me declaró, mirándome de alto abajo, que yo no podia dar poder a don Sebastian, ni a nadie, por ser menor de edad; i que siendo albacea de mi padre doña Rosalia, necesitaba yo presentarme al juez, para que me diera un curador. Lo mismo dijo de Ana i nos despidió para que viésemos a un abogado que nos dirijiera en la larga tramitacion que se necesita. Esto nos impediria partir en el vapor de mañana.

Llorente observó con indiferencia que habria que hacer lo que exijia el escribano.

--O no, replicó Roberto. Tú puedes dejar el poder, como marido de Luisa. Ana i yo arreglaremos nuestra representacion en Londres.

--¿Olvidas que no soi todavía el marido de Luisa? preguntó Llorente.

--Puedes serlo hoi mismo, dijo el jóven.

--Eso supondria que Luisa consiente en casarse i en irse, sin ver a su madre, agregó don Sebastian.

Hubo un largo silencio, que interrumpió Roberto, preguntando a Pedro.

--¿Qué dice Luisa? ¿Se va con nosotros?

--Luisa es inexorable, murmuró aquel. No puedo persuadirla. Antes bien...

--¿Te ha persuadido a tí? interrogó Roberto. De modo que no hai quien tenga autoridad sobre esa caprichosa. Ella ha de hacer su voluntad.

--¡Pues es claro! gritó don Sebastian. ¿Quién tiene autoridad para obligar a una hija a que reniegue a su madre?

--Su novio, su esposo, contestó Roberto. El que puede conducirla al altar en el acto, señor don Sebastian.

--Tampoco, niño atolondrado, acentuó el viejo. El poder de un marido no llega a tanto. El de un amante, talvez... Pero a Luisa, no sé que nadie pueda hacerla cometer un disparate, ni aun el jeneral Castilla. Me imajino que no ha de haber sobre la tierra quien pueda conseguir que una muchacha que no es torpe se someta a semejante exijencia. ¿Verdad, amigo Llorente?...

--I mui amarga, dijo éste, con desesperacion. Yo he agotado mis recursos. No sé mas... He puesto a prueba su amor con mi indiferencia, con mi terquedad. He hablado a su corazon, que me pertenece. Le he demostrado nuestro interes, nuestra conveniencia recíproca en el porvenir. Nada... No puedo dominar su alta intelijencia ni su altivo corazon. Sus ideas, sus convicciones, hijas de una educacion especial, son inquebrantables...

--Pero no habrán triunfado de tí, lo espero, interrumpió Roberto. Dejémosla con su madre, que abandone a su novio i sus hermanos, que falte a su compromiso, no importa. Tú puedes cumplir con mi padre...

--No sé como, dijo secamente don Pedro.

--Casándote con Ana, que tambien te ama.

--¡Saltó la liebre¡, esclamó don Sebastian. Sí, es cuestion de quedar siempre en la familia, no importa el cómo. No se trata de casar con Luisa por amor, i tú supones, Roberto, que para el caballero de Llorente es lo mismo la una que la otra. ¿Tiene el señor algo del leon, que espresa con la misma cara i el mismo visaje tanto la rabia como el contento?...

Llorente sintió bochornos en su cara, i visiblemente turbado, dijo sin mirar a nadie.

--Amo a Luisa i no podré vivir sin ella. La amo mucho mas ahora, que la estimo mas, ahora que la admiro, i que he aprendido a venerar su virtud...

Roberto se indignó i preguntóle con violencia.

--¿Ya te has resuelto a obedecer su capricho, a quedarte con ella?...

--No lo sé, contestó el otro.

--¡Perdon! le dijo don Sebastian, estrechándole la mano, perdon, amigo. Reconozco al hombre de corazon, respeto al caballero.

--Soi digno de su amistad, don Sebastian; i tú Roberto, no debes precipitarte: tenemos tiempo para resolver lo que mas convenga.

--Veo, dijo éste, que cambias de modo de ver en tus cosas, i con mucha prontitud. Esta mañana considerabas urjente nuestra partida, porque temias que llegara la mujer de mi padre...

--Tu madre, dirás, le interrumpió don Sebastian.

--No temia eso, agregó Llorente. Tenia esperanza de reducir a Luisa hoi mismo, para partir mañana.

--¿I lo esperas todavía? interrogó Roberto.

--Talvez. Hai situaciones que exijen calma, i nosotros nos encontramos en la necesidad de tenerla.

X.

En ese momento entraba al salon el doctor Agüero, i a la vez Roberto se echaba como desesperado en un sillon, ocultando su rostro en sus dos manos. Llorente dió un lento paseo con su cabeza inclinada, sin fijarse en el doctor, que hablaba en voz baja con su padre. Este con la cabeza hácia atras, arrugando las narices i señalando los dientes, decia a su hijo, a medida que le hablaba.

--¡Bien! Te has portado mui bien; ¡perfectamente!...

Llorente, volviéndose a Roberto, esclamó: Pero hai un medio, que puede aprovecharnos maravillosamente; un arbitrio en el cual no habíamos pensado.

I ámbos comenzaron a hablar en secreto. Entre tanto don Sebastian decia a media voz.