Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana
Part 21
En esos momentos volvian del comedor Roberto i Ana, conduciendo a un jóven de baja estatura, fino de facciones, de ojos negros, hermosos e intelijentes, i vestido con esmerada elegancia.
--Te presento, dijo el primero, dirijiéndose a Luisa, al doctor Agüero, hijo de don Sebastian, que nos le manda a prevenirnos su visita.
Tambien le presentó a Llorente, i el jóven limeño, que habia saludado a Luisa con cierto asombro, impresionado por la hermosura de la hija de la negra, se mostró un poco chocado de la terquedad del español, que estaba sañudo i preocupado.
--Nuestro amigo Agüero, continuó Roberto, que ya lo es, pues basta verle una vez para quererle, nos ha estado dando una idea de la situacion de este pais, que ya tú debes conocer, Pedro. Por lo ménos sabrás que el Presidente de la República es todo un orijinal.
--Sí, tengo el honor de conocer al jeneral Castilla, dijo Llorente, i sé que es un gran carácter, que con sus orijinalidades mantiene en órden esta tierra, i ha convertido a Lima en el refujio de todos sus vecinos.
--Con efecto, agregó el pequeño doctor, hai aquí muchos emigrados granadinos, ecuatorianos, chilenos i arjentinos, como otras veces, i aun ahora, ha habido muchos fujitivos peruanos en las repúblicas vecinas. Pero lo que es el jeneral no tiene buen modo de mantener el órden, porque gobierna con la punta de su bota, como lo hacen a punta de bayoneta en otras partes, i a filo de cuchillo en Buenos Aires.
--A falta de un rei de dinastía, replicó Llorente. Eso es lo que necesitan estas pobres colonias, que creyeron ser mas felices con la república, que bajo el cetro de la España. La prueba es que solo prosperan aquellas que tienen presidentes con talla i voluntades de soberano, como Rosas.
--Error, caballero, si Ud. me lo permite, interrumpió el doctor, tomando una actitud que le hacia aparecer de doble tamaño. ¡Craso error! Precisamente esos presidentes soberanos son los que nos retienen todavía en el réjimen colonial, alejándonos de la república. Si se practicara con sinceridad el gobierno republicano, si los que se apoderan del mando tuvieran amor por esa forma, fundando el poder en el derecho, enseñando al pueblo a practicar el sistema, ya veria Ud. que sus monarquías europeas tendrian que envidiarnos.
--Lo creo, se apresuró a decir Roberto. Mi padre lo repetia siempre que nos llegaban a Londres noticias de las turbulencias americanas. Tienen que aprender, decia, a usar de la libertad, como tienen que aprenderlo los franceses i los españoles; i no lo aprenderán en América miéntras no tengan gobiernos que les hagan olvidar sus tradiciones monárquicas i amar las prácticas democráticas. Pero ello vendrá.
Entre tanto Luisa se retiraba del salon, mirando furtivamente el retrato de su madre, i Ana esclamaba festivamente:
--¡Qué bien hace mi hermana en huir de estas cuestiones políticas! Voi a imitarla, porque nada tengo que hacer con la punta de la bota del jeneral Castilla.
--No hagas tal, la replicaba Roberto, quédate Ana, pues vamos a variar de tema. Yo tambien quiero cortar la conversacion política, porque no tengo las ideas de Pedro, i no quiero reñir con él. Pero Luisa no ha huido de nuestra conversacion política. Huye de la jente. Está mui preocupada.
--Quizá está arrepentida de haber hecho el viaje, dijo sordamente Pedro. ¡Quién sabe si a todos nos va a suceder otro tanto!
--No lo espero, ni lo temo, se apresuró a decir Roberto. Es natural que uno esté desabrido en los primeros momentos de llegar a un pais que no se conoce, aunque sea la patria.
--En efecto, añadió el jóven Agüero, lo desconocido siempre inquieta el ánimo; fuera de que la señorita Luisa quizá echa algo de ménos, sentirá _saudades_...
--Luisa, acentuó Ana, no puede estar ni arrepentida ni inquieta de haber llegado aquí, pues va a realizar su deseo supremo.
--¿Cuál? preguntó Llorente.
--El de conocer a mi madre, respondió Ana, yo haria dos veces el viaje por conocerla.
--I yo cuatro, añadió Roberto. Es nuestro anhelo, al fin de nuestra larga empresa; i tú verás, Pedro, que es vano tu temor, pues no nos hemos de arrepentir de haber venido a conocer a mi madre, a llevárnosla, para cumplir con la voluntad de mi pobre papá.
--¿Sabes que no comprendo el motivo de ese mandato de tu padre? dijo Llorente con animacion. ¿Por qué mover de su pais a una mujer enferma, anciana, imposibilitada, que jamas podrá acomodarse a vivir en Inglaterra?
--El motivo es claro, esclamó Roberto, puesto que mi padre queria que viviéramos al lado de nuestra madre, para atenderla en su enfermedad, para hacerle llevadera su ancianidad.
--¿I eso, por qué no aquí, en el propio pais de la señora? preguntó Llorente.
--Yo no me conformaria con eso, esclamó Ana.
--Mi padre, dijo Roberto, tuvo siempre deseos de que no viviéramos en el Perú. Talvez temia a los gobiernos de bota fuerte.
--En tal caso, replicó Llorente, bastaria que conocierais a vuestra madre, i volvieseis a residir sin ella en Inglaterra.
Roberto i Ana esclamaron a un tiempo, el primero.--¡Imposible!--la segunda--¡Eso seria lo mejor!
IV.
Un sirviente puso fin a aquel diálogo, anunciando a don Sebastian, en un viejito risueño, de movimientos ájiles que entró haciendo gran ruido.
Era él de un color cobrizo que daba tono a una cara espresiva, de ojos vivaces, al traves de los anteojos que descansaban en una nariz aguileña, la cual se encorvaba hácia una boca sin dientes i de pliegues de constante burla. Su espaciosa frente, que se apoyaba en cejas prominentes i pobladas, se ligaba con una lustrosa calva que invadia casi todo su cráneo, bien modelado.
Don Sebastian hablaba alto, con acento español i una pronunciacion perceptible, acentuada, pero abierta como la de los venezolanos.
Roberto se adelantó a abrazarle, llamándole el fiel amigo de su padre.
--¡Hijo mio! esclamó don Sebastian. ¡Ah, tú eres Roberto!, ¿no es verdad? ¡Tú eres Robertito, aquel a quien, hace veinte años, llevé en mis brazos abordo de la fragata _Bacon_, viejo cascaron que por nada no dió en los abismos con su cargamento, incluso la familia de mi amigo Greene! Esta es Ana, la adivino. ¡Qué linda niña, qué mona! dijo abrazándola, i luego mirando a todos lados, añadió.--¡Pero Luisa! ¿Adónde está Luisa?
Esta salia apresurada en ese instante de su aposento i se echaba en los brazos de don Sebastian, quien, despues de estrecharla, se quedó mirándola, i esclamó:
--¡Pero niña, que bella eres! ¿Sabes que eres mas hermosa que la otra? Haces honor a Lambayeque, donde viste la luz. ¿Mas, me parece que has llorado? ¿Por qué mi linda Luisa, que tienes, dí?
--He estado contrariada, respondió ella. Esperaba hallar aquí a mi madre. ¡Deseo tanto estrecharla a mi corazon!...
--Tienes tiempo, hija mia. Entre tanto, consuélate con tu novio. Tu padre, al recomendarme a este afortunado señor don Pedro, que está de cuerpo presente, me decia que iba a ser tu marido al volver a Inglaterra. Lo que es tu pobre madre, no ha podido venir a esperarte, porque tiene una parálisis, que segun tu futuro, le impidió hacer el viaje, aunque lo mismo da para un paralítico que lo echen a su aposento que en un barco. ¡Tú la recordarás talvez mi bella Luisa!
--No la recordaba ántes de llegar aquí, contestó esta; solo hacia vagas reminiscencias de mi nodriza, i acabo ahora de comprender que la que yo recordaba como en sueños era mi madre, mi querida madre...
--En realidad, ella te crió a sus pechos, dijo el viejo conmovido. ¡Qué hermosa era en aquellos tiempos la buena Rosalia!... ¡Vamos, todo se acaba!...
--¿Mucho tiempo hace, le preguntó Roberto, que usted no la vé?
--¡Toma! Si voi todos los meses al injenio. ¿Por que me ves viejo, crees que no puedo viajar a Lambayeque? ¡Quién no puede viajar desde que los ingleses han traido a estos mundos esa infernal invencion de los vapores! Hoi todo se hace por vapor, i cuando tu veas el que mueve el injenio de azúcar, te has de quedar estupefacto.
--¿Con cuántos esclavos se trabaja la hacienda? interrogó Roberto.
--¿Esclavos, dices?... esclamó don Sebastian, arrugando las narices, señalando sus rojas encias i echando atras los brazos. ¿Qué no sabes que hace diez años, tu madre i yo, con el poder de Greene, emancipamos a mas de quinientos que habia, por escritura pública i demas solemnidades del caso? Ese era el gran deseo de doña Rosalia, i estraño mucho, que tú no conozcas un hecho que levantó aquí una bataola infernal, dando que hablar a todas las gacetas del mundo. I lo mas orijinal es que ninguno de los emancipados salió del injenio. Todos quedaron al lado de tu madre, trabajando como hombres libres, con su salario, con habitaciones cómodas para sus familias, con escuelas, enfermería, tratados en fin como jentes. ¡Viva la libertad! Tú vas ahora a ver ese pueblo de libres.--¡Ah! ¡I como se han chasqueado los que vaticinaban que se iba a arruinar la empresa con la libertad de los esclavos! Justamente desde entónces han llovido las bendiciones de Dios sobre nosotros. ¡Un ingles, como tú, no debe hablar de esclavitud!
Luisa i Ana se habian conmovido, oyendo con sumo interes la relacion de don Sebastian, i esclamaban:
--¡Libres! ¡Todos libres! ¡Bendita sea mi madre! I el alegre anciano, batiendo el brazo en el aire, gritaba:
--¡Libres, como nosotros!
Pero luego, bajando la voz, agregó:
--Aunque en realidad de verdad por acá no lo somos tanto, ¡como los negros del injenio! Que no me oigan los libres de esta tierra!...
--Aunque emancipados, los esclavos nunca dejan de ser tales, dijo secamente Pedro, quien lo habia oido todo, sin participar de la alegría de los demas.
El jóven Agüero se sonrió i con mucha cortesía le replicó:
--Otra rectificacion, señor Llorente, i perdone Ud., que siento mucho no estar de acuerdo con su opinion. No creo que en jeneral el emancipado permanezca siempre esclavo i no pueda rejenerarse. Es indudable que la esclavitud degrada, corrompe, pervierte; pero es porque siendo ella la negacion mas completa de la personalidad humana, deja sin embargo viva la responsabilidad personal. El esclavo que carece de derechos, tiene que respetar los ajenos, i debe cumplir deberes como hombre libre: de modo que es fustigado como bestia de trabajo i se siente horriblemente destrozado como ser moral. Emancípelo Ud., vuélvalo a su equilibrio moral, como hombre de derecho i de responsabilidad, i verá que en la mayor parte de los casos sale de su abyeccion para rejenerarse por el trabajo i la libertad. Esa es la esperiencia.
--¡Déjate de filosofías, gritó don Sebastian, con los amigos de la esclavitud, con los partidarios del despotismo! ¿No han inventado ellos tambien su filosofía para hacernos creer que hai una _raza latina_ que no ha nacido para la vida libre, sino para vejetar bajo el amparo de sus déspotas coronados? Con su pan se lo coman esos nenes que han dado en llamarse raza latina; i como en materia de latines no hai quien tenga tantos como los españoles, dejemos al señor Llorente con su amor a la esclavitud de los negros, quienes por la cuenta deben ser de la misma raza latina. En el poco tiempo que conozco al señor don Pedro, me ha hecho pensar muchas veces que los de su raza son incorrejibles en materia de preocupaciones contra la libertad. ¿No se lo he dicho a Ud. mismo, caballero?...
--Le debo esa, como otras muchas franquezas, señor don Sebastian, respondió Llorente; pero no se equivoque Ud: no soi partidario de la esclavitud, ni sé latin, por mas que pertenezca, como español, a la raza latina. Lo que sí creo es que la esclavitud es a veces una necesidad, un hecho que se impone por la fuerza de las cosas, como aquí en el Perú, en Cuba, en Estados Unidos; i me parece que tal hecho es justificable respecto de los negros, i solo de los negros, que no son de nuestra raza, sino seres imperfectos nacidos para esclavos. I eso es tanto, que aunque se les emancipe, siempre quedan esclavos, porque son negros.
--Parece que no conocieras la historia, le interrumpió Luisa con tristeza. Recuerda un poco que la primera civilizacion de que hai memoria en el mundo, esa gran civilizacion ejipcia que ilustró a los griegos i judíos, que pasó a los romanos, i de todos ellos, a la edad moderna, es la obra de la raza semítica i de los pueblos bérberis. Esos son los negros que tanto desprecias, i la civilizacion de que hoi nos jactamos no nos autoriza para vejarlos en su decadencia, como no nos da tampoco fundamento alguno para esclavizarnos entre nosotros mismos, inventando una raza latina con el fin de justificar lo injustificable.
--Todas esas son historias, Luisa mia, esclamó don Sebastian, i debes saber que la historia, a fuerza de tornizcones, tanto puede servir a los enemigos de la libertad como a los que la defendemos, sin necesidad, puesto que la libertad se defiende por sí misma, sin que la dañen el pro ni el contra. Yo quiero solo hacer una pregunta al señor Llorente, o latino, que es lo mismo. ¿Por qué han de ser los negros mas apropiados a la esclavitud que los blancos?...
--Porque nacieron tiznados! respondió Llorente, i Luisa se retiró aflijida del círculo i sentóse en un ángulo de la sala.
--Luego Ud. i yo, que lo somos un poco... agregó don Sebastian con una cara radiante de risa. Pero, amigo mio, ¿no vé Ud. que por razon análoga los blancos deben ser mas aptos para la esclavitud puesto que nacen desteñidos? Si hai antagonismo entre ambas razas por su color, por su fisonomía, por su civilizacion, i eso le da a Ud. título para esclavizar a los negros, tambien debe confesar que éstos a su turno tendrian igual derecho, por el mismo motivo, para esclavizar a los blancos. Entónces tenian razon los piratas de Túnez i de Arjel cuando cautivaban blancas para sus harenes i blancos para sus servicios. ¡Ah! Si ellos hubieran tenido mas fuerza que los europeos que robaban negros en Africa para venderlos en América, i hubieran hecho otro tanto en España i en Italia, hoi estarian los señores moros i los etiopes servidos por blancos. I yo no sé, querido, que estos no se hubiesen enbrutecido, corrompido i envilecido mas que los negros, despues de trescientos años de cadena. De seguro que Ud. no habia de hallar ahora en su raza blanca eso que puede ver a cada paso en los pobres negros, que despues de diez jeneraciones de esclavitud, conservan siempre, con el vigor i gracia de las formas, aquella profunda bondad del alma que se revela en esa eterna risa que descubre sus dientes de plata i en aquella inocencia con que hablan en alta voz a solas, publicando su pensamiento a todos vientos!...
--Sin embargo, interrumpió Ana, señor don Sebastian, a mí me asustan los negros, me horripilan. ¡No lo puedo remediar, me parecen monos, qué sé yo!...
--No me pasa a mí otro tanto, dijo con cierta reserva Roberto. Mas, aunque nunca he visto un esclavo, se me figura que me he de aflijir si veo alguno. Bendita sea mi madre que me ha libertado de ese dolor!
Don Sebastian los miró alelado, diciendo entre dientes:
--Luego estos no saben que...
Pronto agregó:
--¡Vamos, niños, no exajereis! Estoi cierto de que mi amigo Greene no ha de haberos inspirado tales aprensiones. Por el contrario, ha de haberos enseñado a amar a todos los hombres, como él los amaba, blancos, negros o amarillos, que tambien los hai. Solo inspiran horror los tiranos, sean monarcas, presidentes, o negreros, que lo mismo da. No hai otros monstruos en la humanidad. No hai mas bestias feroces en la sociedad que los que despojan al hombre de sus derechos, sea para gobernarle como a bestia, sea para hacerle esclavo en su provecho. No hai diferencia entre un tirano coronado o con banda i un hacendado negrero. A todos esos es preciso darles con un canto, i no a los pobres que jimen en la esclavitud. Para éstos, la libertad, la enseñanza, a fin de rejenerarlos. Eso hicieron vuestros padres... Mas dejémonos de darnos codillo por cosas de negros. Hablemos de otra cosa. Dime, Roberto, ¿de qué murió mi amigo Greene?
--De una violenta anjina que apénas le dió tiempo para hacer sus disposiciones, dijo éste.
--¿Cómo dispuso de sus bienes?
--Mitad para su esposa, segun la lei del Perú, i mitad para nosotros. Ademas me encargó venir a llevar a mi madre, para establecerla en una propiedad que habia comprado cerca de Dover, i ordenó que se hiciera el matrimonio de Luisa, segun el rito católico, si Pedro persistia en la union, a su vuelta del Perú. Parece que papá quiso que el futuro de su hija conociera a mi madre, ántes de decidirse.
--Era tan prudente, repuso el anciano. ¿Nunca os dijo por qué habia prolongado tantos años su separacion de doña Rosalia?
--Por atender a nuestra educacion, por sus negocios... Pero constantemente proyectaba viaje para venir a llevársela...
--Dime, le preguntó don Sebastian, ¿cómo os hablaba de ella? ¿Tenia su retrato?
--Nos decia que era un modelo de bondad, que nosotros no nos pareciamos a mamá i que él deseaba que fuéramos buenos como ella. Pero no tenia su retrato.--
Luisa, en ese momento, se levantó repentinamente del lejano asiento en que habia permanecido, e interponiéndose entre los interlocutores, presentó a don Sebastian la fotografia que le diera Llorente, i le preguntó:--¿Conoce usted este retrato?
Ana i Roberto se agruparon con suma curiosidad a ver la fotografia, preguntando de quién era, i don Sebastian les contestó con alegre cariño:
--¡Es vuestra madre, hijos mios, la buena Rosalia!...
Ana, desvaneciéndose, esclamó:--¡Una negra!...
Roberto, asustado, gritó:--¡Imposible!
Llorente sostuvo en sus brazos a Ana, i el doctor Agüero estrechó cariñosamente las mano de Roberto.
Hubo un largo silencio.
V.
El silencio fué interrumpido por la hermosa Luisa, dando lugar su palabra a la siguiente escena dramática entre los circunstantes:
LUISA. ¡Qué! ¿Os espanta vuestra madre?
D. SEBASTIAN. ¡No lo permita Dios! Un hijo que se asustara de su madre seria un imbécil.
ANA. (Volviendo en sí, risueña.) Pero es una broma, ¿no es verdad?
ROBERTO (tétrico). ¡Una impostura!
D. SEB. Calma, hijos mios, calma. ¿No veis la resignacion anjelical de vuestra hermana mayor?
ANA (levantándose con resolucion). ¿Pero tengo yo cara de negra, Dios mio? ¿Podemos nosotros descender de una negra? Basta mirarnos.
D. SEB. Sin embargo, no hai nada mas cierto. No sois los primeros blancos que nacen de una negra.
ROB. De todos modos, hai una impostura: esa negra no ha podido ser la esposa de un caballero ingles. Bien puede un hijo ignorar quién fué la querida de su padre.
D. SEB. I seria su deber no averiguarlo. Mas cuando ella es madre i se revela a sus hijos, éstos no pueden negarla, sin cometer un crímen.
LUISA. Mi corazon me dice que esa negra es mi madre. Yo la acepto, yo la amo. No me importa que os asuste.
ROB. Eres una loca, Luisa. Yo necesito pruebas; i aun así...
D. SEB. Tú eres el loco. Pero, hombre, no hai que darse por perdidos, solo porque vuestra madre no os ha trasmitido su color. ¿I si en lugar de heredar la sangre de vuestro padre, hubiese prevalecido en vosotros la naturaleza de su esposa?
ROB. (con calor). ¡No fué su esposa!...
LUISA. ¡Pero es nuestra madre!...
D. SEB. Sí, su esposa i vuestra madre; no lo dudeis. Os sentis contrariados por vuestras falsas ideas, por vuestra vanidad de muchachos, lo diré sin rodeos. ¿Qué mas da? ¿Cuántos blancos hai que descienden de negros, sin alarmarse como vosotros? ¿I qué son una buena parte de los blancos que hacen la gloria de estas Américas, sino descendientes de negros? ¡Vamos, si no sabeis conformaros con lo que os impuso la naturaleza, vuestra será la culpa!
ROB. (con amargura). ¡Nó, nó; la culpa seria de quien nos dió el ser, sin contar con nuestra vergüenza!
LUISA (indignada). ¡Calla, temerario! ¡Es una infamia inculpar a nuestro padre! Un hijo no puede jamas, si no es un infame, juzgar al autor de sus dias! Si una falta es nuestro oríjen, aun mas, si un crímen lo fuera, el que cayó en esa falta, el que cometió ese crímen, es sagrado para nosotros. Un hijo solamente puede, solo debe perdonar i amar al instrumento de Dios, al ajente de la naturaleza que le dió la vida...
D. SEB. (conmovido). ¡Ven ánjel, que te abrace! (La abraza). Tú no haces mas que obedecer una lei de Dios, que tus hermanos pisotean, la que nos manda venerar a nuestros padres. Serás bendecida de Dios i de los hombres... Yo he visto hijos abandonados de sus padres, llorar su abandono, pero sin condenarlos. He visto hijos que no han conocido a sus padres, que no han nacido en una familia, quejarse de la desgracia de no tenerlos para amarlos, pero sin condenar jamas la falta que les dió el ser. He visto hijos de padres desnaturalizados, viciosos, criminales; pero no los he visto condenar, sino defender, disculpar a sus padres desgraciados. Creedlo, nada hai mas natural en el hombre que el honrar a sus padres, sin necesidad de que lo mande el decálogo. Pero lo que no he visto jamas es un hijo que pretenda negar a su madre porque es negra, i que condene a su padre porque le dió tal madre...
ROB. (echándose en los brazos de Llorente). Ya lo has visto, Pedro. ¡Es una negra! Pero, dime: ¿es cierto que fué la esposa de mi padre?
LLO. (con gravedad). Indudable. He visto los documentos que comprueban su matrimonio con la negra esclava.
D. SEB. Calumnia señor Llorente, ¡calumnia impropia de un caballero! Doña Rosalia era ya libre, cuando nació Luisa, este ánjel del cielo. El señor Greene le otorgó su libertad, cuando le dió su corazon i la hizo su esposa ante la Iglesia, porque la consideró digna de ser la madre de sus hijos. Si esa virtuosa negra no hubiera preferido quedarse en el trabajo, para multiplicar la fortuna de su marido, miéntras éste iba a educar a sus hijos en su patria, vosotros, queridos niños, habriais crecido amando a la negra que hoi os repugna.
ROB. (desolado, dirijiéndose a Llorente). Qué vamos a hacer. ¡Dios mio! Tú debes resolver...
LLO. Volvernos a Inglaterra.
LUISA. ¿Sin verla?
LLO. (secamente). Sí.
ANA. Sin verla, sí, inmediatamente.
ROB. Esa es mi resolucion. Nos volvemos.
LUISA (con dignidad). ¡Pero sin mi! Volveos en hora buena, que llevareis la maldicion de Dios i la risa de los hombres... ¿Yo? ¡yo, corro a abrazar a mi madre!
ROB. Eso es imposible. Se disolveria nuestra familia.
LUISA. Se disolverá, si así lo quereis, i Pedro faltará a su compromiso.
LLO. En tal caso, serás tú, Luisa, la que faltas.
LUISA. ¿Por qué no desprecio a mi madre, por obedecer a tus preocupaciones?... Quereis que partamos todos, despues que mi madre sabe que hemos venido a conocerla? No comprendeis que vais a matarla con un desprecio criminal?
ROB. Quédate tú, para consolarla, ya que renuncias a tus hermanos, a tu esposo...
LUISA. ¡Ah! ¡No, sois vosotros los que renunciais a vuestra hermana, los que repudiais a vuestra madre!... ¡Es Pedro el que me abandona!...
D. SEB. Mirad lo que haceis. No tomeis de pronto una resolucion tan grave, una resolucion, permitidme que os lo diga, que os acusa de locura i de algo mas. El señor Llorente es dueño de quedar como un mal negro, faltando a su compromiso; pero tú, Roberto, tú Ana, no sois dueños de renegar de vuestra madre i de vuestra hermana. Ved lo que haceis...
LLO. Luisa rompe nuestro compromiso por obedecer a su capricho. Ha rehusado terminantemente renunciar a su madre. Yo no puedo, no debo unirme a ella, si prefiere quedar al lado de la que quiere reconocer como madre...
D. SEB. Eso es claro: Ud. señor Llorente, no quiere casar con la hija de una negra, puesto que a su entender, su compromiso fué con la hija de una blanca. Pero Roberto i Ana son hijos de una negra, i no tienen derecho de negarla, aunque se hayan creido hijos de una blanca.
ROB. Sin embargo, la negaremos i nos iremos de aquí, sin reconocer a tal madre.
LLO. Sí, nos iremos, i Luisa con nosotros.