Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana

Part 20

Chapter 204,077 wordsPublic domain

Mercedes toma violentamente a su querido i le empuja a la alcoba. Allí le encierra en un ancho ropero tallado i cuajado de labores de concha de perla, i coloca la llave en su pecho. Alejo habia obedecido en silencio. Mercedes se habia recostado en su lecho.

En ese momento, la puerta de la alcoba se abre, Ramiro aparece airado, ceñudo.

Mercedes se endereza con mirada furibunda, blandiendo convulsivamente en su mano derecha, que apoya de puño en la cama, un pequeño i agudo puñal.

--¿Qué quieres? le dice.

--Nada, creí que no estabas sola, respondió el español, dando vuelta la espalda i cerrando de nuevo la puerta.

Por un momento se sintieron los pasos de Ramiro. Luego el ruido del tálamo indicó que se echaba a reposar, como solia hacerlo a veces.

Ella permaneció en la misma actitud, pensativa, con los ojos fijos en la puerta, inmóvil, sus lábios entreabiertos. Pasó mucho tiempo.

Reinaba un profundo silencio, que solo era interrumpido a veces por el que reposaba en el salon. A cada ruido, Mercedes se ajitaba, acechaba, i en cierto momento se acercó a su puerta en el ademan de la fiera que se lanza sobre su presa.

Allí quedó fija como una estátua, pálida, los ojos desencajados, un pié hácia adelante, su mano derecha hácia atras, pronta a levantarse para descargar el puñal.

Los pasos de Ramiro, que se repitieron, no la conmovieron. Esos pasos se sintieron de nuevo en la escalera. Mercedes abrió su puerta i salió espiando.

Cuando él estuvo en el patio, ella volvió i se encontró de sorpresa con Alejo, que habia abierto por dentro el ropero i la seguia de cerca.

Ambos se encontraron. El puñal cayó i Mercedes estalló en sollozos i convulsiones violentas, cayendo tambien al suelo...

Alejo la colocó en el sillon i le suministró los recursos que tuvo a mano para mitigar el ataque. Cuando Mercedes pudo respirar i dar espansion a sus suspiros i lágrimas, él la cubrió de caricias.

Los últimos lampos del crepúsculo de la tarde alumbraban aquella escena.

Mercedes jemia aun i por momentos se sofocaba. El se puso de rodillas, para estrecharla mejor. Mas ella, lanzando un ¡ai! profundo, se levantó bruscamente esclamando:

--¡No! ¡No! Por Dios, Alejo, no: él estaba así cuando ese monstruo lo asesinó a mis piés...

--¿Quién? gritó Alejo, levantándose, i volviendo a sentar a Mercedes.

Esta se incorporó, tomó aliento i haciendo sentar a su lado a Alejo, continuó:

--Sí. Es preciso que lo sepas todo. Tu eres el único que puede absolverme.

--Habla, alma mia. Tú no puedes tener secretos para tu hermano. Confia en mí, le dijo Alejo acariciándola.

--Mi primera culpa es tu amor, Alejo idolatrado. Antes no fuí culpable. Solo fuí coqueta por curiosidad, yo no lo amé jamas. Admití sus obsequios, como una muchacha que desea conocer qué es el amor. El me perseguia i te juro que yo a veces me sentia contrariada, i le oia sin atencion, i aun le dejaba mi mano por indolencia. Jamas le cumplí sus deseos, diciéndole que le amaba. ¡Te lo juro por nuestro amor, Alejo mio!

Mercedes calló i lloró. Alejo no sabia qué pensar.

--Mas una tarde como esta, continuó Mercedes, cubriéndose la cara i llorando amargamente, el llegó aquí a estas horas. Me halló en este sillon i se precipitó a mis piés, repitiéndome sus protestas de amor. Yo principié por reir. Luego sentí vergüenza i gran inquietud. Traté de levantarlo. Quise levantarme yo misma i él me sujetó. Esta lucha no me dejó oir...

Los sollozos ahogaban a Mercedes. Alejo estaba estupefacto. Mercedes continuó con palabras entrecortadas i apénas perceptibles:

--Mi marido habia penetrado hasta aquí... El no lo vió... Yo dí un grito; i le ví caer en el estrado... atravesado de una puñalada...

--¡A quién! gritó Alejo.

--A Manuel...

--¿A Manuel P.?... interrumpió Alejo.

--Sí, murmuró Mercedes.

--¿Cuyo cadáver fué espuesto en el pórtico de la cárcel al dia siguiente? volvió a interrogar Alejo.

--Sí, repitió Mercedes. Sí, pero ese cadáver estuvo aquí muchas horas. Yo me habia desmayado. Cuando volví en mí, me hallé a oscuras i encerrada. No tenia como encender luz. Abrí los balcones. Con la vislumbre de la calle distinguí el cadáver en el mismo sitio. Vacilé, pero con la intencion de salvarlo aun, me acerqué, lo toqué i sentí que estaba yerto. Volví a caer sin sentido.

Alejo estrechó a Mercedes a su corazon i lloró con ella.

--¡Pobre hermana mia! Tranquilízate. No hables si te mortificas.

--No, Alejo mio. Debes saberlo todo... Yo me habia refujiado de terror a mi dormitorio, i aunque apretaba los ojos, veia todavía el cadáver de aquel desgraciado. Me desesperaba... ¡Ah! ¡no puedo recordar esas horas!... Tarde de la noche, sentí pasos. El tigre llegó hasta mí, i tomándome de un brazo me condujo diciendo: «¡Ayúdame a bajar a tu amigo!...» El arrastró el cadáver escalera abajo i me forzó a conducirlo hasta el patio, donde estaba un caballo ensillado... El asesino colocó a su víctima en la montura, no sé cómo, i montó detras. «Abre la puerta» dijo, «ciérrala otra vez i espérame aquí mismo.» Al venir el dia volvió, i fué a reconocer si quedaba sangre en algun sitio. No halló nada...

El silencio sucedió por largo tiempo entre los dos interlocutores. Mercedes sollozaba. Alejo estaba abismado. Habia plena oscuridad. De repente, Mercedes se levantó i tomando a Alejo de la mano, le dijo:

--Ahora, hermano mio, ¡sálvate! ¡Quizá yo no podré defenderte! Vamos, despidámonos para siempre... Acepta el juramento que te hago de ser tuya, aunque vivamos separados. Si te compadeces de mí, haz que yo pueda verte alguna vez...

Mercedes conducia al mismo tiempo a Alejo por la escalera, i llegó así, hasta la puerta de calle, que abrió con cautela.

--Nó, Mercedes, dijo Alejo: nos volveremos a ver i convendremos en la manera de vernos en adelante. Yo no puedo despedirme así de tí. ¡Imposible!

--Para verme, replicó Mercedes, espera a que yo te cite. Ahora apresúrate. El va a llegar...

Se abrazaron i Alejo partió paso entre paso, todavía abismado.

Marchaba así por la calle, cuando de sorpresa se siente detenido al frente por un hombre.

--¿Viene usted de casa, amigo? le pregunta Ramiro.

--¿Solo usted vive en esta calle? le contesta Alejo.

--¡Cuidado! esclamó el español.

--¿Amenazas? dice Alejo. ¿Tú, infame asesino, amenazarme a mí? Te he de arrastrar de la lengua al patíbulo, ¡canalla! ¡Cuidado que me molestes, i que yo sepa que molestas a tu desgraciada esposa por celos conmigo!

El español habia saltado hácia atras. Estaba inmóvil, estático.

¡Paso! esclama Alejo apartándole con violencia. ¡Que no te vea yo otra vez, porque irás a pagar en el banquillo tu crímen!

Alejo prosiguió de prisa. El español quedó allí como un poste.

XVIII.

¡Hace cuarenta años!

¿Se han vuelto a ver Alejo i Mercedes?

Jamas...

¿Se han olvidado?

Nunca...

Las crónicas refieren que el español desapareció desde aquellos momentos. Hai quien asegura que realizó su negocio, que partió a Valparaiso, i se embarcó, no se sabe para dónde.

¿Tendria miedo al patíbulo?

Mercedes le vió desaparecer, pero temió una acechanza. Creia verle llegar todos los dias.

Talvez por eso no dió la cita prometida.

I Alejo, ¿por qué no volvió a ver a Mercedes?

¿Cuáles fueron las reflexiones que le hicieron dominar su pasion?

Talvez, la misma fuerza de voluntad, que empleó para conservar pura a Mercedes, le sirvió para apartarse de ella para siempre.

Pero él mismo se sorprendió muchas veces al rededor de la casita misteriosa, sin saber cómo.

Las puertas permanecian cerradas, siempre cerradas, como en la época en que Alejo viera aquel cadáver en el pórtico de la cárcel...

Mercedes se habituó al aislamiento. El se acostumbró a no turbar su encierro. Los triunfos de escuela, i talvez puede decirse, nuevos amores distrajeron el alma del estudiante.

Pasado el tiempo, Alejo miró todo aquello como una novela.

UNA HIJA.

ANÉCDOTA DEDICADA A LA DISTINGUIDA SEÑORA DOÑA =MARTINA BARROS DE ORREGO=.

I.

--¡Escelente viaje, hermanas mias! decia un jóven casi niño, a dos hermosas, que estaban sentadas en un salon del Hotel Morin, situado en la plaza principal de Lima, esquina de las Mantas. ¡Escelente viaje! Pocos tendrán, como nosotros, la felicidad de llegar de Liverpool al Callao en cincuenta dias, habiendo atravesado ese portentoso Estrecho de Magallanes, que se abre entre dos cadenas verdinegras, coronadas de blanca nieve.

--¡Calla, Roberto! esclamó una de las hermanas, tambien mui niña, con una cara tan de criolla, que se la habria tomado por una de esas graciosas limeñas de ojos negros i de tez pálida que pueblan las vecindades del Acho, si los suyos no fueran color de cielo, i si sus crespos cabellos no fueran de un rubio apagado, pero claro. ¿Portentoso el Estrecho de Magallanes? continuó, riéndose. No hai nada en el mundo mas oscuro, mas tétrico, mas adusto i viejo, que ese tormentoso estrecho de rocas pardas i negras, de vejetacion raquítica i amarillenta. Se oprime el alma, al recorrer aquel paisaje siempre melancólico.

--Ana, le replicó Roberto, tú no tienes el gusto de lo raro, de lo estraño...

La palabra fué interrumpida por la aparicion de otro jóven de aspecto severo, que decia a unos cargadores: por aquí, muchachos, en ese cuarto del fondo colocad las maletas de las señoritas, i en este otro el equipaje del señor; i despidiendo con su propina a los conductores, el jóven tomó asiento, como fatigado i esclamó.--¡Pero, chicos! ¿Por qué habeis hecho el viaje por el Estrecho, que es el fin i remate de estas Américas? Cuando, tú Roberto, me anunciaste el viaje, supuse que lo harias por el Istmo. Así es que cuando don Sebastian me escribió a Lambayeque que bajarian del Polo, me sorprendí; pero con sorpresa i todo, me embarqué inmediatamente en un vapor que pasaba i he tenido la fortuna de llegar al Callao un dia ántes que vosotros.

--Deseábamos conocer, respondió Roberto, a Montevideo, esa blanca corona del Plata, el Estrecho, Valparaiso, que parece se estendiera agazapándose sobre sus altos cerros, para no caerse al mar, i todos los demas puertos de esta costa, cuyas poblaciones parecen campamentos provisionales. Felizmente partia para estos rumbos un nuevo vapor de la compañía inglesa del Pacífico, i lo aprovechamos. Escelente barco el _Nueva Granada_, flamante, bien servido, i con un tiempo de mi flor. Mis hermanas han tomado el viaje como un paseo. ¿No es así?

--Ménos en el Estrecho, añadió Ana. Por lo demas, parecia que para darnos gusto se habian hecho el buen tiempo, el mar i el buque. Si no hubiera sido eso, yo me habria muerto de fastidio, ántes de llegar a esta patria tan remota.

--Sí, estamos en nuestra patria, esclamó Roberto. Nada de ella recordaba yo, pero no sé por qué, me parece que ya la conocia. ¿I tú, Luisa, que tienes, tú debes recordar algo de nuestra Lima?

--¡Imposible! murmuró con tristeza la interpelada. Tenia yo tres años, cuando nos llevó papá a Inglaterra. Ana andaba en dos, i tú no habias cumplido seis meses. Ni aun siquiera sé de donde partimos, i solo recuerdo que papá nos referia que el viaje habia sido desastroso, i que llegamos a Liverpool con el buque desmantelado.

--¡Qué diferencia con nuestro viaje de vuelta! Pero, Luisa, te repito que te noto triste. Te estraño, pues no te he visto así en toda la travesía. Al contrario, venias tan alegre, que eras el encanto de todos los compañeros de viaje.

En efecto, estaba pensativa Luisa, que era una jóven de veintitres años, alta, esculturalmente modelada, de proporciones graciosas, de aire noble i un tanto severo, i de un bello rostro, sombreado por una espesa cabellera negra i naturalmente rizada. Su vigor i su tono estatuario revelaban un alma enérjica i levantada.

No respondió a la observacion de Roberto, pero despues de un corto silencio, Ana esclamó con viveza.

--¿Quieres que te diga la causa, Roberto?

--¡Ah! La comprendo, dijo éste. Desde 1830, en que nos fuimos, hasta 1850, en que volvemos a la patria, Luisa se ha hecho inglesa perfecta, i comienza a sentir nostaljia.

--No es eso, muchacho, continuó Ana riéndose, los ingleses no saben sentir nostaljia, porque han nacido viajeros, como los pájaros trasmigrantes. Luisa está triste... ¿Lo digo?...

--Alguna estravagancia. ¡Calla, loca! interrumpió Luisa.

--Mira, continuó la hermana, tú misma me lo has revelado, i lo olvidas. Estás triste porque tienes la aprehension de que Pedro te ha recibido con frialdad, hasta con indiferencia... Eso es todo.

--¿Yo indiferente? esclamó don Pedro de Llorente, que era el jóven que habia recibido a los viajeros. ¡No lo sé! Creo haberlos recibido a los tres con todo cariño. Si no he hablado particularmente contigo, Luisa, durante el viaje del Callao, es porque tenia que conversar con todos. Luego, como venian tantos pasajeros en aquel maldito carro... Por eso no me gustan los trenes yankees, en que se viaja en compañía de todo el mundo...

--Has hecho bien, murmuró Luisa con dulzura. Sin embargo, Pedro, debo decírtelo, ya que se ofrece: he notado en tí no sé que desvio, cierta reserva en tus modos, que me ha dado miedo. No he visto, como lo esperaba, tu alma en tu saludo, i me has tratado con cumplimientos que no usas conmigo i que sientan mal en un novio... Hace solo cuatro meses que nos separamos, i ya...

--No se han cumplido aun los cuatro meses, es verdad, replicó Llorente con cierta gravedad; i es natural que yo recuerde que, al separarnos en Londres, tu padre estaba lleno de vida i de esperanzas. Cuando él dispuso que yo viniera al Perú, a examinar el estado de sus propiedades i a conocer a tu madre, ántes de verificar nuestro enlace, yo no pude imajinarme que habia de morir a los quince dias de mi partida...

Todos quedaron en silencio, i Roberto pensó entre sí que aquella gravedad e indiferencia de Llorente podrian significar un mal estado de los bienes de la familia.

Luisa con sus miradas bajas i como distraida, agregó pausadamente.

--Como papá te dijo que si despues de tu viaje aquí, no insistias en nuestro matrimonio, te dejaba en plena libertad, como si no existiera nuestro compromiso...

I Ana continuó con sorna:

--Temiendo talvez que el señorito encontrara por acá una limeña que le cautivara i que le retrajera de hacerse fabricante de azúcar contigo en Lambayeque...

--Eso no, interrumpió Llorente con indiferencia. ¿Por qué tomar las cosas de ese modo? El señor Greene, vuestro padre, era prudente, previsor, i a fuer de tal hizo aquella salvedad. Pero bien sabia él que Luisa no tiene rival, pues que ni aun tiene pareja, i que yo estaba decidido a darle mi mano...

Entónces bruscamente cortó Roberto las dificultades del momento, pidiéndole a Pedro noticias del estado de los intereses. Este respondió con entusiasmo que todo iba con admirable prosperidad, que el injenio producia cuatrocientas arrobas de azúcar al dia, que la hacienda era la mejor de Lambayeque, que las plantaciones de caña i de arroz no tenian fin i que por último, en el órden i arreglos de aquel gran establecimiento, se notaba a cada paso la habilidad i prevision de su fundador, el padre de su novia.

--¿Viste a mi madre? le preguntó con timidez la hermosa Luisa.

--Mucho que sí, respondió Llorente. Durante diez años despues del viaje de tu padre a Inglaterra, ella fué la directora de todo aquello. Pero la pobre se postró despues, el trabajo la ha inutilizado, no es dueño de sus piernas, i tienen que conducirla en un sillon. ¡Como deseaba doña Rosalia venir conmigo a recibiros! Con que amor recuerda a su Robertito, a tí, a quien, cuenta ella, quiso robarse para que no te llevaran, a Ana, que ya principiaba a hablar cuando la separaron de su regazo. ¡Vamos! Ella tiene mil historias de vuestra niñez.

--¡Pronto la abrazaremos! esclamó con efusion Luisa. ¿No es así? Partiremos para Lambayeque en el vapor que sale dentro de cuatro dias. ¿Recuerdas, Ana, que en la primera carta que mamá nos dirijió decia que habia aprendido a escribir, solamente para podernos decir que nos idolatraba?

Ana respondió:

--¿I por qué no habia aprendido ántes a escribir?

Mas, Roberto como indiferente a la candidez de esta respuesta, volvió a hablar de negocios i preguntó a Llorente por las cuentas de don Sebastian Agüero, el apoderado de su padre. Pedro declaró que eran irreprochables, i que no sabia que admirar mas, si la honradez de aquel buen viejo, que era tan campechano, franco i alegre, o la fiel amistad que habia profesado al señor Greene i a su señora. El ha procedido siempre añadió, de acuerdo con doña Rosalia i hoi mismo lo administra todo con su consejo.

--Es decir, interrumpió Ana, que te haces azucarero, Pedro, puesto que te gusta tanto el injenio, i no renunciarás a Luisa, desde que no le has hallado rival.

En ese momento un sirviente anunció que el almuerzo estaba servido. Luisa se escusó de ir a la mesa i Llorente quedó con ella, diciendo que habia almorzado en el Callao, cuando entraba el _Nueva Granada_.

La mañana era como muchas del verano de Lima, entoldada, húmeda i sofocante. El ánimo de los dos personajes que permanecian en el salon parecia estar bajo la influencia de aquella pesada atmósfera. Guardaban silencio, sin mirarse, él en pié i pensativo, i ella mirando inciertamente las corrientes de transeuntes que se chocan i entreveran con gran ruido en la confluencia de la calle de las Mantas i la de Mercaderes con la plaza.

II.

De improviso Luisa se acerca a Llorente, le toma una mano con cariño i le dice, casi llorando.

--¿Es posible que tan corta ausencia haya puesto a prueba tu amor?...

--No, Luisa mia, contestó Pedro, con aire sincero, no te dejaria de amar, aunque estuviéramos un siglo separados. Tú sabes que hace dos años nos conocimos en Roma, cuando viajabas con tu familia en el continente. Tu belleza me cautivó entónces, i seguí a tu padre en sus viajes, por seguirte a tí. En Londres nuestro amor ya era nuestra vida, i tu padre lo bendijo. Te amo siempre lo mismo.

--¡Sin embargo, has variado tanto! ¿Tienes alguna queja de mí?...

--Ninguna. Eres tan buena, tan sincera, tan fiel, que jamas me creo autorizado a quejarme de tí. ¿Pero sabes? Preferiria que me hubieras dado algun motivo de queja... Talvez no seria hoi tan desgraciado...

--¿Desgraciado?... No te comprendo, replicó la hermosa niña, sorprendida. ¡Tú desgraciado! ¡Tú deseando tener motivo de amarme ménos! Necesitas esplicarte...

Llorente calló, i despues de una pausa, agregó:

--¿Que quieres que te esplique? Soi desgraciado. Bástete saberlo. Tú misma lo eres, pero no me preguntes por qué... Luisa, no debemos amarnos... ¡Nuestra union se ha hecho imposible!

--Te comprendo ménos, Pedro. ¿Hai aquí algun misterio que yo no debo penetrar? Te creia un caballero i jamas esperé de tí una traicion. Sin embargo, ahora me dices que nuestra union es imposible. Amarás a otra...

I diciendo esto, le volvió la espalda con despecho i se dirijió a su dormitorio. Llorente la detuvo cariñosamente i esclamó:

--Nó, mi pobre Luisa, no soi perjuro. No amo; no amo a otra. No me condenes tan sin justicia. A lei de caballero debo hablarte como te hablo; pero no puedo... sí, a lo ménos por ahora, no puedo decírtelo todo...

--¿Qué esperas? ¿Tenerme en martirio un siglo, para llegar a revelarme la causa misteriosa de tu desvío, cuando las dudas, los celos, la desesperacion hayan acabado de destrozar mi corazon? ¿Te parece a tí que por ahora debo conformarme con oirte decir que nuestra union es imposible, sin saber por qué?...

Luisa se echó llorando en un sillon. Llorente quedó meditabundo i despues añadió con calma:

--Tienes razon... Mas espera, Luisa mia, no me condenes todavía.

--¡No condenarte, cuando te veo romper sin piedad nuestro amor!... Dímelo pronto, sí, dime sin vacilar ¿por qué no debemos amarnos? ¿Quién me arrebata tu corazon?...

--Tienes razon... sí, pero yo no sé como hacer. Soi un torpe mas bien que desleal... Espera, Luisa. Habria un medio... En tu mano está. Puedes sin contrariarte, sí, tú puedes...

--Habla por Dios, no trepides. ¿Qué es lo que yo puedo, cuál es ese medio? le interrumpió Luisa con animacion.

--Dime, Luisa, respondió Llorente, estrechándole las dos manos, pero dímelo con calma... Puedes tomarte el tiempo que quieras...

--¿Acabarás? ¿qué cosa te he de decir? ¿por qué vacilas?...

--¿Renunciarias por mí a tu madre? le preguntó Pedro vacilando.

--¿A mi madre? esclamó Luisa, desprendiéndose de sus manos i tomando una actitud trájica. ¡Renunciar a mi madre! ¿Te he oido bien? No te entiendo. ¿Qué me propones?...

--Sí, a tu madre...

--Me asustas, Pedro... ¡Tú no estás en tu juicio! ¡Renunciar a mi eterno anhelo de ventura, a mi madre, a quien amo tanto, con este amor que se ha hecho mas intenso, miéntras mas he pensado en ella; con este amor que se ha convertido en una ilusion, en una fantasía, a medida que mi padre se mostraba mas reservado sobre mi pobre madre!

--Lo sé, pero ha llegado el momento de acabar con esa fantasía... Tu padre tenia razon en esa reserva...

--¿Por qué?... ¿Acabará por fin este misterio?... Sí, lo recuerdo: siempre que interrogaba a mi papá sobre mi madre, acerca de la causa de su larga separacion, jamas me daba esplicaciones satisfactorias... Pero no la acusaba, no la trataba de ingrata, de infiel... la amaba i nos enseñaba a nosotros a amarla... Aun mas. Si su última voluntad fué la de que nos uniéramos a ella, ¿por qué pretendes tú quitármela?... ¡Hai una crueldad inmensa en este misterio! Cuando yo voi a tocar mi tesoro, tú quieres arrebatármelo. ¿Por qué?, dime, ¿porque me pides que te sacrifique mi bello ensueño, mi amor de hija, mi deber de hija?

--¿Sabes por qué?... Porque no puedo volver contigo a mi familia, si tú no renuncias a tu madre. Es casi una condicion de nuestra felicidad futura. Piensa, Luisa, que cuando mi padre me mandó a viajar al continente, no fué para que renunciara a mi patria, que es España, ni para que abandonase a mi familia. Cuando te entregué mi corazon, no fué tampoco para renunciar a mi patria. Tú recuerdas que te lo dije. Cuando tu padre me concedió tu mano, le declaré que te llevaria a vivir conmigo en Madrid, i él me dió su aprobacion. Mis padres tambien bendijeron mi eleccion por eso: te esperan con sus brazos abiertos. Mas no puedo llevarte, si tú no renuncias a tu ilusion. Debes hacerlo por tu propio interes, para asegurar tu porvenir.

--Cada vez te comprendo ménos. ¿Por qué llamas ilusion el deber de una hija? ¿Por qué ha de ser una ilusion el amor de una hija, i no lo seria tu amor por tus padres? La razon: quiero saberla. ¿Por qué una hija ha de tener que renunciar a su madre para asegurar su porvenir? ¿Se ha visto eso alguna vez?... ¿Quién es mi madre? ¿Una mujer indigna, criminal, infame, hasta el estremo de que sus hijos deben renegarla?

--Nada de eso, Luisa. No habrá quien pueda tachar con motivo la conducta de tu madre. Me lo has oido, ella es quien ha dirijido los negocios, duplicando la fortuna de tu padre, hasta imposibilitarse en el trabajo... Pero...

--A tí te conviene que yo renuncie a ella, porque talvez no corresponde a tu cuna, a tus ideas de nobleza... Ahora te comprendo. Sin embargo mi madre es mi madre, i yo seré su hija, aunque sea la hija de una mujer criminal. ¡Yo la rehabilitaria!

--Tu ilusion, que no tu amor filial nos pierde a tí i a mí, Luisa. No te engañes. No puedes amar a una madre que no conoces, i vas a ver, cuando la conozcas, que esa mujer no puede inspirarte amor.

--¿Será talvez deforme, espantosa?... Mayor motivo para amarla... ¿Pero qué te contiene? ¿por qué no dejas ya esas reticencias, i me dices quien es mi madre?...

Esto decia Luisa, juntando las manos en ademan de súplica, cuando Pedro, buscando en su cartera, sacó una fotografia i se la presenta, diciéndole:

--¡Aquí la tienes!...

Luisa, mirándola con avidez, se queda estática i esclama sordamente:

--¡Una negra!...

--Sí, una negra esclava, acentúa Llorente con desden.

Luisa, reponiéndose i levantando el retrato con orgullo, le replica:

¡Es mi madre, caballero... Mi querida madre!...

III.