Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana
Part 19
Así habia pasado aquel dia infausto para Mercedes, i las sombras de la noche habian oscurecido su salon, sin que ella lo notase.
Mas de repente un prolongado silbido la despierta i sobresalta. Fija su oido, i terminado el silbo, cantaba el sereno del barrio:
«¡Ave María purísima! ¡Las diez han _dao i nublaaaao_!»
Mercedes salta de su sillon i en pocos momentos mas, penetraba en puntillas en la casa del doctor Moran.
Todo estaba en silencio i a oscuras. Pero en la puerta del aposento que conducia al de Alejo, a un lado habia un brasero encendido con tetera encima de las brasas, i al otro lado una mujer sentada en una silleta pequeña.
Mercedes se acercó lentamente, la mujer se levantó, i respondió a sus preguntas, noticiándola de que el enfermo estaba malo, i que solamente entraban a su cuarto la madre i el doctor jóven, que no se separaban del lecho.
Mercedes rogó a la mujer que le permitiera estar con ella i ayudarla a trasnochar.
La mujer le cedió su sillita de paja i se sentó a su lado en el suelo.
El silencio era profundo. La noche estaba borrascosa i el calor sofocante. A menudo relampagueaba, i la luz eléctrica iluminaba aquellos dos bultos negros.
La mujer, como acabando de rezar, se santiguó, i suspirando dijo por lo bajo:
--La noche está de muerte.
Mercedes se estremeció i preguntó:
--¿Cree usted que morirá Alejo?
--Así dicen, señorita, i tendremos otra ánima que pene en esta casa, ademas de las muchas que ya hai.
--¿Aquí hai ánimas que penan?
--¡Ah! no se puede figurar su merced cómo nos tienen; pero el patron no crée, i cada vez que la señora le cuenta alguna mano, se echa a reir i nos trata de tontas i majaderas. Yo creo que este caballerito enfermo se va a morir, porque desde que está aquí, entran hasta de la calle las ánimas.
--¡Cómo es eso! replicó con viveza Mercedes.
--Sí, señorita. Nunca se habia visto lo que ahora. Algunas noches se aparece aquí en el patio, sin saber cómo, una fantasma que pregunta por el enfermo i se desaparece. Nadie sabe quién es, ni se le puede ver la cara.
--¿Vendrá esta noche?
--Puede ser, porque hace dos o tres noches que se aparece. Vea, señorita, hablando del rei de Roma: allí la tiene en el zaguan. ¡Madre mia del Cármen, favoréceme! ¡Jesus, Jesus!...
Un hombre alto, mui alto i seco, acechaba desde el zaguan i los primeros rayos de la luna que entraban por la puerta de la calle dibujaban su sombra.
Luego, paso a paso se acercó a las dos mujeres i en voz mui baja preguntó:--¿Cómo está el jóven?
La cuidadora, haciendo la cruz con una mano i tapándose los ojos con la otra, le respondió:
--No pasa de esta noche.
El fantasma quedó inmóvil i medio inclinado hácia las mujeres. Mercedes se cubrió con su mantilla.
Momentos despues, el fantasma estiró su largo brazo i asiendo del puño a Mercedes, la levantó i arrastró con él a la calle, diciéndole:
--¡Tú no debes estar aquí, imprudente!
La luna menguante se elevaba sobre los Andes entre nubes negras, cuyos bordes teñia de ópalo i zafiro, e iluminaba la vereda del sur de la calle de la Merced.
--Vamos a la sombra, dijo Ramiro, sin soltar el puño de Mercedes, que temblaba de coraje.
--¡Me persigues hasta en mi dolor, hombre siniestro! dijo Mercedes casi llorando.
--No, cálmate, Mercedes. Comprende. Piénsalo bien. ¿No basta que yo sea el órgano de tu gratitud?
--¿Mi gratitud? ¡Quieres decir de mi amor! ¿Tú el órgano de mi amor?...
--Espera. Sé que amas a ese muchacho; pero ¿puede convenirte a tí ni a mí que el mundo crea que él ha hecho eso porque es tu amante? ¡Qué gracia tendria entónces! Por el contrario, nadie sabe que te conozca, i todos creen que ha obrado de puro noble i valiente. Precisamente por eso paso siempre a informarme de su salud i hoi he estado al morirme de cólera, al saber que tú habias venido.
Mercedes calló. No entendia ni una palabra de este lenguaje, i pensó un momento que su marido estaba loco. Pero a medida que éste insistia en persuadirla de que no debia ver a Alejo, comprendió que habia algo de mui grave, que ella no conocia i se interesó en la conversacion de Ramiro.
Cuando llegaron a la casa, ya Mercedes estaba instruida de la aventura del café, i su corazon latia con violencia.
El español entró a su aposento, diciéndole con toda la dulzura de una fiera:
--Prométeme, mujer, no ir otra vez a casa del enfermo. Yo te traeré noticias de él...
--¡No puedo! Me moriria si no fuera a verlo siquiera una vez al dia...
--Pues, ¡muérete! No irás, yo cargaré la llave de la puerta, dijo Ramiro, cerrando con ímpetu la de la alcoba.
Todo quedó en silencio en la habitacion. A lo léjos se oia el triple i sonoro tañido de la campana de las Capuchinas, que llamaba a los maitines de la media noche.
Mercedes sintió la necesidad de Dios, i cayó de rodillas a pedirle favor, a rogar por la vida de su amigo.
XIV.
Al dia siguiente, Ramiro estaba sentado en uno de los salones de billar del café de Hévia. Era domingo.
Varios estudiantes, que aun permanecian en Santiago, jugaban una partida con gran ruido i algazara.
--¿Qué será del defensor del gobierno? decia uno de los jugadores.
--¿Cuál, preguntaba otro, el de la camisa de estopilla?
--Sí, agregaba un tercero, el de la cabeza abollada.
--¡Oh! Dicen que ha habido que raparle a navaja i ponerle un parche de mate, esclamaba aquél.
--No, decia el de mas allá, yo he visto en la calle al tal asesino. Sale de noche, pero todavía con la cabeza atada. Ha hecho cama muchos dias, i lo ha asistido el médico de palacio.
--¿Quién? ¿Indelicato? Por supuesto, su compañero en la tertulia de Portales, esclamaba uno de los jugadores, gritando en seguida: Pásame la de Alejo, billarero, que esa es la que merecen todos esos tunantes.
El billarero le alargaba la maza, i el estudiante ántes de tirar, la blandió en señal de amenaza.
--¿Que será del pobre Alejo? dijo en voz baja el otro jugador, al picar de pasa-bola la suya, i se quedó mirando su rumbo con todos sus sentidos.
Todos callaron.
--¿Ninguno ha ido hoi a saber de él? esclamó un momento despues otro estudiante que no jugaba.
--¿Para qué? dijo uno. ¿Para recibir la tremenda noticia, i pasar un mal dia de fiesta?--En ese momento entraba otro, i varios de los de adentro le preguntaron a un tiempo: ¿Has sabido de Alejo?
--Debe de ser alma del purgatorio en este momento, respondió el que llegaba. No me he atrevido a ir a saber de él.
--¿Por qué lo dices?
--Porque anoche estuve en una casa, donde el doctor Polar estaba descuerando al viejo Moran, porque se habia salido con hacer una operacion, contra el parecer de todos los médicos. Ellos opinaban que debia desarticularse el brazo, por lo imposible que era penetrar en la fosa del estileto del asesino, para abrir de nuevo la herida; pero el viejo se salió con la suya, echándose toda la responsabilidad. ¡Quién sabe!
--¡Morir tan jóven!... ¡Pero con honor!...
Ramiro, que habia permanecido impasible, se conmovió al oir tal esclamacion, i salió de prisa del salon.
Ninguno de los circunstantes sabia que ese hombre era el marido de la mujer, cuya honra habia defendido Alejo. Pero, sin saber por qué, todos le miraron a un tiempo, cuando se levantó.
--¿Quién será ese pejegallo? dijo riendo uno de los estudiantes.
--¡Algun espía!
--Compañero del de la camisa bordada.
--Justamente, debe serlo, esclamó uno de los jugadores. Jamas habia visto en los billares a ese as de bastos, sino en las mesas del patio. Pero desde el suceso de Alejo, su presencia aquí parece suplir la ausencia del de la cabeza remendada.
La partida se terminaba en ese momento.
--En fin, dijo uno, tirando el taco: no se diga de nosotros que somos indolentes i mataperros. Vamos todos a saber de Alejo. Si el viejo Moran ha acertado su cuchillada, seguimos de largo hasta los baños de Alexandri, donde acabaremos alegres el dia, para irnos esta noche al Parral de Gomez.
--¿I si el viejo ha echado bolas a la raya? preguntó el último llegado.
--Tambien seguiremos de largo, pero solo a bañarnos. Haremos duelo por ese bravo muchacho; i escarmentaremos en él. Por lo que a mí toca, aunque hable de mi madre el primer pillo que llegue, me callaré la boca. ¡Pues ahí es nada, que por cosa de mas o ménos le entierren a uno el puñal, i lo despachen en los albores de la vida!
--¡Qué bestia! esclamó aquél. Hablas como un canalla!
--¿Así piensan en el Maule? preguntó otro.
--Cada uno para sí i Dios para todos, respondió el interpelado. Ya pasaron los tiempos de don Quijote.
--Pero el tiempo de los caballeros i de las almas nobles no pasa nunca, concluyó el que le llamaba bestia.
Los estudiantes salieron, sin cuidarse de los que oian su conversacion, i al salir por el gran patio, encontraron a Ramiro que volvia sereno i casi alegre a tomar asiento en una de las galerías del jardin.
--¡A dónde iria tan de prisa este lagarto? esclamó uno de los estudiantes.
--A saber de Alejo, respondió con fisga otro, sin saber que acertaba en la verdad.
Al cruzar para los viejos portales de la plaza, los estudiantes vieron pasar al galope, en un caballo blanco, al doctor Moran i esclamaron: parece que va contento el señor don Pedro. ¡Buenas señas!
La caravana se dirijió a la calle de la Merced.
XV.
Varios dias habia pasado Mercedes en su estrecha prision. Ya no tenia lágrimas en los ojos. La fiebre la consumia.
Ramiro, que contra sus hábitos habia estado mas a menudo en casa, durante esos dias, se habia acercado algunas veces al dormitorio de Mercedes, i dando tres golpecitos en la puerta, le habia dicho secamente:--«El enfermo está fuera de peligro.»--«Tu amigo convalece rápidamente.»
Cada vez que Mercedes oia algunas de estas palabras, esclamaba:--«¡El tigre se divierte!»--«¡El infame se burla!»
El silencio volvia a reinar en los aposentos, i solo era interrumpido por hondos suspiros, por ayes de angustia, por sollozos sofocados.
Mil medios habia tentado Mercedes para salir a la calle, pero en vano. Hasta habia creido posible lanzarse por el balcon.
Mediante la bondad de su madre, a quien habia confiado su pesar, se habia aprovechado de las salidas indispensables de la muchacha sirvienta, para informarse de Alejo; pero sin avanzar nada.
En la casa vecina, la muchacha no habia podido penetrar. Estaba sola i permanecia cerrada.
En casa del doctor Moran, que la sirvienta habia tardado en hallar, nunca le daban contestaciones fijas, i siempre la habian despedido en la puerta.
Al fin un dia Mercedes oyó decir a su tio el albino, que en la noche precedente habia estado en los _Desagravios_, en la Merced.
--¿Cómo pudo usted salir de casa, mi tio? preguntó Mercedes.
--Por la puerta, dijo don Miguel secamente.
--¿Pues qué, ya no tiene la llave Ramiro?
--Nó, hace dias que me la entregó, diciéndome que ya no la necesitaba.
--¿Se fijó usted, mi tio, en la casa que está a los piés de la iglesia? ¿Notó usted algo?
--¿Cual, la del médico? Sí, estaban tocando el piano creo que bailaban.
Mercedes se cubrió con las dos manos la cara.
--¡Oh mundo! esclamó. ¡Ayer un muerto, i hoi música i baile!
--El muerto al hoyo i el vivo al pollo, dijo sonriéndose don Miguel.
--¿Podriamos ir, mamita, a los Desagravios esta noche? preguntó con cariño Mercedes, i agregó: ¿no le parece a usted que Ramiro no me prohibirá ir a la iglesia?
--¡Quién sabe! esclamó la señora. ¡Hace tanto tiempo que no puedo salir a la iglesia!
--Por favor, dijo Mercedes, abrazándola; iremos al paso, se apoyará su merced en mí, i descansaremos donde sea necesario.
--Anda, mujer, añadió don Miguel. Cuando la hija te pide que vayas a la iglesia, es porque Dios habla por su boca.
La señora se inclinó hácia su hija i la dijo en voz baja:
--¿Por qué no vas tú sola? Desde que tu marido ha dejado la llave i no te vijila, se entiende que no reina su prohibicion.
--No obstante, mamita, le respondió Mercedes estrechándola, no me atrevo a salir sola, ni quiero rebajarme a preguntar a ese hombre si puedo salir. Acompáñeme su merced. ¡Haga este sacrificio por su hija desgraciada!
Mercedes se inclinó llorando sobre el seno de su madre. Esta la besó en la cabeza i le dijo:
--Cálmate. Iremos al anochecer.
--Al cabo Dios tocó tu corazon empedernido, esclamó el albino, levantándose de la mesa, donde los tres habian hecho su comida.
Mercedes estaba ya mas familiarizada con la idea de la muerte de su querido. Habia pagado el primer tributo de angustias i de desesperacion que produce la separacion eterna de un ser amado; le quedaba aquel dolor que es tanto mas sereno miéntras mas profundo, en el cual suele cebarse el corazon. Por eso anhelaba conocer los detalles de la muerte de Alejo. La curiosidad la molestaba cada dia mas, desde que su marido habia dejado de dar los tres golpes en su puerta para decirle en seguida una frase de consuelo, que ella recibia como un sarcasmo.
Al anochecer de aquel dia, bajaban lentamente por la vereda del sud de la calle de la Merced dos mujeres de luto, con lijeras i angostas mantillas sobre la cabeza que cubrian los perfiles de sus rostros.
Las chilenas no acostumbraban entónces vestirse de monjas, con anchos mantos, para asistir al templo.
De trecho en trecho se paraban a descansar. Una de ellas, que era la madre de Mercedes, se apoyaba en ésta, i se sentaba si el sitio ofrecia un asiento.
Al entrar en la cuadra de la Merced, ambas afirmaron su marcha. Mercedes se sintió fuertemente conmovida al oir el piano de la casa del doctor, cuyos acordes en ese instante parecian estar en la calle, porque estaban todas las puertas abiertas. Las ventanas del estudio estaban de par en par, i adentro conversaba en alta voz el anciano con varios amigos. ¡Qué contraste para el pobre corazon de aquella hermosa!
Mercedes no sabia cómo hacer. ¿Entraria en la casa? ¿Llamaria para tomar informes del primero que saliera? ¿Pasaria de largo, perdiendo el objeto de su escursion?...
Pero al enfrentar a la puerta, el doctor jóven salia i se encontró frente a frente de Mercedes. Esta tuvo valor i le detuvo.
--Por favor, señor, le dijo, ¿podria usted oirme una palabra?
El jóven vaciló un momento. Mas al reconocerla, esclamó:
--¡Oh qué fortuna! Desde hoi tengo una carta para usted, señorita, i me proponia hacerla llegar a sus manos esta noche misma. Me encaminaba a buscar su casa.
--¡Una carta! repitió Mercedes.
--Sí, de Alejo, que me escribe por primera vez, desde que nos separamos.
Mercedes sintió paralizarse la sangre de sus venas. No comprendió nada i se quedó mirando estupefacta al jóven.
--¿No oyes? la dijo la señora sacudiéndola: ¡una carta de Alejo!
--Sí, de Alejo, continuó el jóven, que está de carnaval en Rancagua, en donde ha asistido a dos bailes de máscaras. Su familia vino con él a pasar allí los últimos dias, despues de haber estado un mes en la hacienda donde yo lo dejé ya sano.
--¡Sano! repitió Mercedes conservando la carta en la mano con la misma actitud en que la habia recibido.
--¿No lo crees? ¡Qué niña! esclamó la señora sacudiéndola del brazo otra vez.
--¡Oh! Su sanidad quedó asegurada al otro dia de la terrible operacion, prosiguió el jóven. Luego creimos conveniente sacarlo al campo, e hicimos con la familia el viaje en carreta. Yo no me vine sino cuando ya lo dejé paseando a caballo. El me encargó que la visitara a usted, i me confieso reo de la falta. Pero entre tanto pasaremos adentro. No se diga que yo las recibo a ustedes en la calle.
--No, gracias, contestó la señora, es imposible...
La despedida fué cariñosa, ménos de parte de Mercedes, que apénas tuvo alientos para dar las buenas noches.
Ambas volvieron sobre su camino. Mercedes anhelante, ahogada en suspiros i lágrimas, arrastraba mas bien que conducia a su madre.
--¡Vive! esclamaba a veces. ¡Alejo vive! ¡Dios mio! i estrechaba a su corazon la carta i la besaba con efusion.
--Sí, añadia la señora, vive. Dios es justo. Ya lo decia yo; ese jóven no podia morir.
La mañana siguiente era espléndida. Una lijera tormenta de verano la habia refrescado i las auras jugueteaban sin rumbo.
Los balcones de Mercedes estaban abiertos.
Ella vestia de blanco i tenia todo su negro i joyante cabello estendido sobre las espaldas. Un lijero tinte violado en sus párpados, resto de su agudo pesar, formaba contraste con la alegría que se irradiaba de su bello semblante.
Eran las diez de la mañana i a esas horas todavía leia Mercedes, por milésima i una vez, las siguientes líneas:
* * * * *
«¿Qué es de tí, hermana querida, mi Mercedes, mi amiga idolatrada? ¿Por qué no me has escrito?»
»¿Sabes por qué no lo habia hecho yo ántes de ahora? Porque estaba en una hacienda, donde ademas de no conocerse el papel, ni mas plumas que las de las aves del corral, no me dejaban hacer otra cosa que pasear i aburrirme.
»La última noticia que tuve de tí, era que habias sido arrebatada del patio del doctor, una noche, por un fantasma que te arrastró por los aires, despidiendo raudales de chispas.
»Todos los dias hacia yo repetir esta conseja a mi sirvienta, testigo de vista. Su seriedad nos hacia reir, pero su fé solia ser contajiosa, pues mi madre i la señora del doctor no se reian en ocasiones.
»Al tiempo de mi partida, dejé encargo de que te avisaran, dándote mi direccion para que me escribieras. Por eso es que no he podido esplicarme tu silencio.
»¿Te diré que pensaba i pienso en tí a toda hora, i que mi alma te pertenece aun en sueños? Si así no hubiera sido, no habria yo convalecido. Queria vivir para tí. Queria sanar para tí. ¿Tengo yo otro halago en la vida?
»Me parece que te oigo a cada momento, i a menudo, aun estando profundamente pensativo, me sobresalto, porque siento que tú murmuras mi nombre a mi oido. ¡Te amo tanto Mercedes!
»Pero no. No tengo para qué escribirte una carta de amor.
»Ni sé hacerlo, ni tú necesitas que lo haga.
»He tomado la pluma para notificarte que estoi bueno i próximo a trasladarme a Santiago. Pero no ya para vivir cerca de tí. Sigo a mi familia a otra casa.
»¿Mas me será posible verte, como ántes?
»Se me olvidaba esto, que es lo que me preocupa, i lo que mas necesito comunicarte.
»Estoi lleno de sobresalto, desde que recibí la carta que te incluyo. Es de tu marido i te aseguro que me da miedo. Ya te he dicho otras veces que el único hombre que me ha inspirado terror en mi vida es él. Hará conmigo lo que promete?
»Mira, mi adorada Mercedes, tú debes creerme que por tí moriria con placer. Mas despues de haber sacrificado mi corazon por honrarte i ser digno de tí, ¿es posible arriesgar la vida para deshonrarte i perderte?
»No sé qué hacer. No hallo otro arbitrio que entenderme con él i exijirle que fíe en mi probidad, i me permita verte. No me siento capaz de adoptar un plan para burlar su vijilancia, porque desde que nuestra amistad fuera furtiva, declinaria, i mi Mercedes dejaria de ser mi ánjel.
»Seria necesario que yo te amara ménos, para prostituirte. ¿I podria yo arrancar del trono de mi corazon, para arrastrar en el fango, al sér que mas venero, a la mujer que mas amo, a esa alta intelijencia que ha abierto los horizontes de mi espíritu, que ha educado mi corazon, que me ha hecho lo que soi?...
»Necesito de tí. Ya lo ves. Principié alegre esta carta, i ahora me siento abrumado de pena, de incertidumbre. La luz de alegría que me iluminaba al saludarte, se ha convertido en tinieblas. Se me ha cerrado el mundo. ¿No lo ves? Necesito de tí.
»¿Cuándo hablaremos? Te buscaré el siguiente dia de mi llegada, el primero del entrante, a las tres de la tarde. ¿Oyes? Creo que a esa hora podremos estar solos. Hablaremos. Definiremos nuestro porvenir.
»Adios, hasta entónces. Te abrazo desde este momento. Entónces te dará un beso tu
_Alejo_.»
* * * * *
¡Alma de oro! esclamó Mercedes. ¿Hai álguien mas noble en el mundo? ¿Ni mas inocente, ni mas puro? ¡No, ídolo mio, no serás tú el sacrificado! ¡Antes que esa fiera te toque, yo la enfrenaré!... ¡La haré caer a mis piés!
¿Es esto posible? ¿que se haya atrevido este infame a escribir esa carta al que por defender mi honor, el de él, ¡del infame! ¿hubo de perder la vida? ¡Alma de cieno!... ¡Oh cuánta es mi desgracia!...
I Mercedes estrujaba la carta de Ramiro a Alejo; i despues la estendia i la releia con una risa sarcástica en su graciosa boca:
«Señor D. Alejo.
»Mui señor mio i mi dueño:
»Como usted ya está bueno, segun se me asegura, creo de mi deber advertirle que en llegando a ésta, será usted perseguido por aquel asesino del café. Si usted quiere salvarse, es necesario que le desafíe ántes i tenga seguro que le admite.
»En tal caso, yo reclamo su lado, pues ningun otro que yo debe ser su padrino. Mas ántes es preciso que usted reciba algunas lecciones. Yo sé estocadas que nadie conoce, i puedo adiestrarle a usted en dos horas.
»Con esto pago a usted mi deuda, i a fuer de caballero leal, debo declararle que allí terminarian nuestras relaciones.
»Conozco sus amores con mi esposa, i no está en mi dignidad tolerarlos. Espero que usted será bastante caballero para no ponerme en el caso de probarle que tengo un pulso mas certero que el de aquel tunante. Que no le vea a usted, por Dios, en mi casa, ni cerca, pues no quisiera cumplir el juramento que le hago, de cortar con el acero los amores que usted, si es honrado, debe cortar voluntariamente. Soi de usted
_Ramiro_.»
¡Los amores!--¡Mi esposa!--¡A fuer de caballero leal! repitió Mercedes sonriendo.
I en efecto, la carta está calculada para inspirar terror a un niño como Alejo. ¿Niño? Nó. Es un hombre. Es valiente. Pero es mas que todo caballero i honrado. Sí, ¡es necesario salvarlo del tigre! Lo salvaré.
No debo pagarle su amor, su jenerosidad, su defensa de mi honor con esponerlo a ser... ¡Ah! ¡Sí, Dios mio! ¡A ser asesinado! ¡A mis plantas! ¡Por mí!...
Nó. Valor. Soi yo quien debo sacrificarme. Sí, me sacrificaré. Salvaré a mi hermano, a mi querido Alejo. Es fácil. Lo veré ... sí, una sola vez. Me despediré de él para siempre!...
Mercedes lloró. Mas tranquila despues, se levantó casi contenta.
Qué ¿no podré yo amarlo, sin tenerlo a mi lado? ¿No podré adorarlo desde léjos? Oh, sí: lo amaré siempre. Sabré de él. Sus triunfos serán mi alegría. Lo buscaré, lo miraré a la distancia. Lo adoraré i no lo perderé...
Mercedes dejó las cartas i pasó a su tocador; al mirarse en el espejo esclamó:
¡Oh! sí. Entónces se criaban hijas bonitas para darlas al primer mastin que las apetecia. ¡Qué tiempos! ¡I hai mujeres casadas a la antigua española que son felices! ¡Almas de cántaro!... ¡Ya se vé, no les habrá tocado un taco de billar por marido! ¿Qué un taco? ¡Un asesino!...
Calló i se estremeció.
XIV.
El dia de la cita se acercaba, i entre tanto Mercedes leia siempre las cartas i meditaba. El tono de su mirada i la tranquilidad de su semblante anunciaban que habia tomado una resolucion.
Llegado ese dia que era de fiesta, los transeuntes pudieron verla a cada instante en su balcon, primorosamente ataviada i espléndidamente hermosa.
Entre tres i cuatro de la tarde, la calle estaba solitaria, i Mercedes distinguió mas con el corazon que con los ojos, a Alejo que se acercaba lentamente i como receloso: al instante bajó a la puerta de calle. Allí esperó tranquila, serena.
Alejo, al verla, se precipitó, i llegó tendiéndole los brazos. Mercedes le tomó de la mano sin desplegar sus lábios, i le condujo a su salon, cerrando cuidadosamente la puerta tras de sí.
Un abrazo mudo, estrecho, prolongado, precedió a las caricias i a las lágrimas de aquellas dos almas ardientes que se idolatraban.
Entre risas i suspiros, Mercedes hizo a su querido la historia de sus sobresaltos durante la ausencia. Alejo la escuchaba enternecido, i le pedia perdon, culpándose a sí solo de no haber tenido cuidado de informarla directamente, cuando ella le suponia muerto.
--Ahora, tenemos que fijar nuestro porvenir, dijo Mercedes, sobresaltándose instantáneamente.
Pesados pasos hacian crujir la escalera.