Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana
Part 18
Mercedes no salia de casa, pero diariamente consagraba a su tocador algunas horas, teniendo a menudo que desnudarse, por la noche, sin que otros ojos que los suyos hubiesen gozado de su tocado i de su belleza.
Su salita, adornada con ajuar moderno, tenia en un rincon un tálamo matrimonial de bronce, que parecia poco usado, i al lado una pequeña alcoba que le servia de dormitorio a ella sola.
Todo estaba allí bien colocado, todo limpio i brillante, i las flores vivas, cuidadosamente colocadas en ramilletes sobre pequeños floreros, embalsamaban el ambiente.
Los libros, únicos compañeros de aquella preciosa solitaria, se veian en las mesas i en las sillas, i uno o dos estaban siempre en el costurero de caoba, revueltos con cintas i muselinas, con carreteles i almohadillas.
El marido solia llegar. No era su costumbre; i cuando llegaba a aquella perfumada estancia, era para dormir la siesta, entre una i dos de la tarde, o para pasar la noche solo en el tálamo.
Cuando llegaba, Mercedes estaba siempre recojida en su alcoba.
Nunca se veian, cuando mas se oian. ¿Por qué esa incomunicacion? No lo sabemos.
Lo cierto es que Ramiro, cuando estaba en casa, solo charlaba con la suegra i el tio, i no subia a dormir la siesta, sino cuando aquellos se dormian ántes, i no le prestaban una almohada para echarse sobre la alfombra de la tarima.
Ramiro tuvo noticias de la nueva amistad, i oyó callado i hosco los elojios que su suegra hizo del vecino. Despues subió a los altos con pesados pasos, se acercó a una de las mesas de arrimo donde habia tintero i algunos cuadernillos de papel, tomó la pluma i con buena letra española trazó esta línea:
«¿Hai otra vez moros en la costa? ¡Cuidado!»
No volvió hasta los cuatro dias a la misma hora, i acercándose a ver lo que habia escrito, halló debajo, de puño i letra de Mercedes, esta respuesta:
«El tigre sueña. Tiembla de una paloma. ¡Qué risa!...»
El semblante cetrino del fabricante de tacos se puso anaranjado, i eso fué lo único que reveló su vergüenza, porque no se movió un solo músculo de su cara, i sus ojos quedaron firmes i airados como siempre.
Dió la vuelta i se echó a la cama, donde permaneció despierto, pero inmóvil, por mas de una hora.
Se levantó, se acercó de nuevo a la mesa, volvió a leer, i salió, sonriéndose i meneando la cabeza.
Ninguno de sus movimientos se habia ocultado a Mercedes.
Durante aquellos cuatro dias, Mercedes, sin embargo, no habia podido olvidar a la paloma con la cual soñaba el tigre.
Mercedes soñaba tambien con ella, i casi no se habia apartado del postigo de su ventana, con el libro o la costura en la mano, pero sin leer una línea, ni dar una puntada.
¿Qué se habria hecho Alejo? No le habia vuelto a ver.
IX.
Era que Alejo tenia el pudor del niño, i mas que todo se estimaba demasiado para arriesgarse a pasar por importuno. Su eclipse no era efecto de un cálculo de enamorado. Nadie sufria mas que él, eclipsándose en aquellas circunstancias; pero tuvo bastante fuerza para no hacerse sentir de Mercedes, i hasta para no pasar por su balcon en esos dias, sin embargo de que de noche no apartaba su vista de la luz que alumbraba la estancia de Mercedes, hasta que las vidrieras de la ventana dejaban de reflejarla.
No sabia a qué horas debia hacer su segunda visita, i esta fué una cuestion que le preocupó tanto, que por resolverla no estudiaba ni atendia a las esplicaciones de su profesor. Al fin se decidió por las horas del medio dia, i se acercó una vez temblando a tocar la puerta de calle.
La muchacha le abrió, i en cuanto le reconoció le dijo:
--Suba arriba, señor, que mi amita Mercedes me ha mandado que le diga que allá lo recibe.
La sangre de Alejo estaba paralizada. Un vértigo le turbaba la cabeza i la vista. Al subir la escalera dió unos cuantos tropezones con paso pesado, de modo que Mercedes se perturbó, i arrojando el libro que tenia en las manos, se levantó murmurando esta frase:--«¡Ramiro a estas horas!» i corrió a encerrarse en su alcoba, donde se puso en acecho.
Al entrar a la estancia, Alejo respiró, ensanchando sus pulmones con aquel ambiente embalsamado que se respira en el hogar de una mujer bonita i elegante. Se apretó los ojos, casi los enjugó, volvió en sí, i no viendo a nadie, se apoyó en el sillon de Mercedes. Levantó un pañuelo que habia caido, lo acercó dulcemente a sus lábios, respiró su aroma i quedó extasiado. El pañuelo se le desprendió i volvió a caer en el momento de aparecer Mercedes, radiante i llena de contento, en la puerta de su dormitorio, saludándole con toda la espansion de una mujer que comprende que es adorada.
--¡Qué mal cumple usted! dijo Mercedes tomando su asiento i señalando otro a Alejo. ¿Ahora no mas se acuerda usted de que me prometió ser mi lector?
--No he tenido tiempo, murmuró Alejo avergonzado.
--¡Hola! ¿Le falta a usted el tiempo para mí? I de noche, ¿qué hace usted?
--Señorita, dijo Alejo con viveza, no sé disimular, no soi para rodeos. No he venido de...
--De cortedad, acabó Mercedes.
--Algo mas, de vergüenza, de miedo talvez.
--¡Miedo! ¿A qué, a quién? preguntó Mercedes un poco sobrecojida.
--No lo sé. Es lo cierto que no deseo otra cosa que venir aquí, i sin embargo no puedo. Hai algo que no me esplico i que corta a cada instante mi determinacion.
--¡La falta de costumbre! Es que todavía no sabe usted visitar, no sabe usted tener amistades, exclamó riéndose Mercedes; pero, observando que Alejo se avergonzaba, agregó: ¿quiere usted que yo sea su maestra? Venga aquí como a su casa, i le aseguro que en mui breve tiempo se acostumbrará usted al trato de señoras. Yo no soi de sociedad, no tengo mundo; pero al fin soi diferente de sus condiscípulos, únicas personas a quienes usted trata; i quizas, quizas podré acertar a iniciar a usted en el trato con las damas. Seria una dicha para mí que usted mas adelante, cuando sea un jóven notable en los estrados, se acordase de que una pobre ermitaña como yo le dió las primeras lecciones.
Esto, dicho con candor i amabilidad, cayó sobre el espíritu de Alejo como el riego sobre una flor marchita a las horas en que el sol se pone. Su cabeza se irguió, se estremeció de vida i de placer, sus ojos se purificaron, i su voz i sus palabras brotaron entónces seguras i sonoras.
Alejo tuvo confianza. Replicó a las ofertas de Mercedes con gracia i desenvoltura; pero calló, quedó meditabundo i sério. Una idea le habia asaltado. «¿Puedo yo ofender con mi amor a una mujer tan noble, tan buena, tan afectuosa conmigo, siendo esta mujer la esposa de otro?»
--¿Qué tiene usted? le dijo Mercedes; parece que piensa usted en la ruina del mundo.
--Talvez pienso en lo que lo arruina, replicó Alejo.
--¿En el odio, en las venganzas, en los crímenes de la ambicion, de la codicia, de la ingratitud?
--¡En los de la traicion! agregó con énfasis el estudiante, i Mercedes palideció.
--¿Cuándo se hace traicion? esclamó Mercedes serenándose.
--Cuando se falta a la fé jurada, cuando se promete para no cumplir, cuando se finje para engañar, contestó Alejo.
--¿I si jura usted o promete sin saber lo que hace, por obedecer?
--Yo distinguiria. Cuando se jura o promete sin saber lo que se hace, yo absolveria la falta. Pero cuando se jura o promete por obedecer, porque obedeciendo sacamos algun provecho, entónces queda ligada nuestra voluntad i no podemos faltar sin hacer traicion.
--¡Qué severo es usted, Alejo!
--Mas yo he salido de mi cuestion. No hablaba de esa especie de traicion. Me referia a la que se hace engañando. ¿Le parece a usted, Mercedes, que uno seria inculpable, finjiendo amistad para conseguir la satisfaccion de otra pasion, como la de la codicia, por ejemplo?
--¡Seguramente que no! Pero parece usted un estudiante de moral. Yo tenia un hermano mui querido que cuando estudiaba moral en el Instituto, me hacia leer sobre las pasiones el cuaderno impreso por su profesor don Miguel Varas, i allí se hablaba de la amistad como usted me está hablando.
--Justamente. Ese es mi estudio ahora. ¿Pero no cree usted que mi observacion es justa?
--A no dudarlo, Alejo. Mas ¿quiere usted decirme cómo es que usted ha saltado tan alto, para salir de una conversacion tan llana como la que teníamos?
--¡Qué quiere usted! no sé hablar de otra cosa que de lo que tengo entre manos. I como usted me brindaba tan sinceramente su amistad, no estrañe que al jurar acá en mi pecho ser su verdadero amigo, haya yo remontado el vuelo hasta hablar de las traiciones que pueden hacerse a un juramento.
--¿Luego usted estaba jurándome amistad entre sí?
--No, precisamente. Estoi dudoso. No me atrevo todavía a hacerle a usted ese juramento.
--¿Es posible, Alejo? ¿No se atreve usted a ser mi amigo?
--¡Ah! No diga usted eso, Mercedes, no sé lo que seré para usted. Seré un esclavo. No mas por ahora. No me pregunte ni me exija mas. No sabria qué responder, qué hacer. ¡Hablemos de otra cosa!...
Mercedes, disimulando un suspiro con una risa de encantadora gracia, tomó el libro que estaba en su costurero, i hojeándolo dijo:
--«Sampreerá a Julia.» Vaya, mi esclavo, mi favorito esclavo blanco, lea usted ahí...
Alejo leyó con amor i dulzura una carta de la _Julia_ de Rousseau, miéntras Mercedes plegaba unos encajes, dándole furtivas miradas, i revelando a cada paso las impresiones i observaciones que le sujeria la lectura.
Al acabar la carta, Alejo esclamó:
--¿Se podrá engañar así a una niña inocente i pura? ¿No es esto hacer traicion?
--El hombre que seduce por darse el placer de una conquista, dijo Mercedes, es simplemente un infame, algo mas que un traidor. El que ama de veras, el que en amores no hace el oficio del cazador, acechando la tórtola para dispararle, es otra cosa...
--I el que ama sabiendo que no debe amar, que no puede amar, llega a ser tan infame como el que finje amor para seducir, agregó Alejo.
--¿Pero se puede vencer un amor verdadero por la sola consideracion del deber? preguntó Mercedes.
--Ahí está la virtud, la fuerza de espíritu para vencer al corazon, para sofocar los afectos estraviados.
--¡Bella teoría! ¡Pero cuán difícil en la práctica! Yo creo que nadie es mas filósofo que el amor, Alejo, para argüir i contestar las razones del deber.
--No lo he experimentado. Talvez eso depende de la fuerza moral de cada cual, de las circunstancias de cada caso. Yo no sé qué hacer. No sabria qué hacer si amara a una mujer que no fuese libre para corresponderme...
--A una mujer casada. Yo, por ejemplo. ¿No es esto?
--Sí, por ejemplo. Si yo la estimara i la respetara como la estimo a usted i la respeto, no me atreveria a amarla. Tendria fuerza para no amarla.
--¡Solo por estimacion, no por respeto al matrimonio! ¿Es así?
--Mercedes, el matrimonio es un pacto, un compromiso de lealtad entre los esposos, con el cual nada tienen que ver los estraños, sobre todo si no deben amistad al marido.
--¿Eso le enseña a usted su profesor de filosofía? ¡Jesus! qué teorías!
--No precisamente. Es lo que discurro.
--¡De modo que si usted no estimase a la esposa, ni tuviese amistad con el marido, se permitiria amarla!
--Creo que no podria amarla sin estimarla. Desde que la amara de veras la estimaria, i huiria de hacerla faltar a su deber. Pero si mi amor fuera pura galantería, talvez procederia de otro modo.
--Parece que usted ha pensado mucho sobre el asunto. ¡Tiene ideas tan fijas!
--Lo he pensado, i he tenido gran interes en pensarlo.
--¿I se ha puesto usted en el caso de un matrimonio descompuesto, que exista solo en el nombre?
--Seria inútil. Estimando i respetando a la mujer a quien se ama, la situacion es igual, porque tanto vale hacerla faltar a su esposo, como hacerla faltar a la sociedad.
--Le repito a usted que es mui severo, Alejo.
--Talvez de palabras. No sé si podré practicar mis ideas.
--Justamente ese es un punto que discutí muchas veces con mi pobre hermano. El tenia convicciones fijas. Salido al mundo, se echó de lleno en la gran política. No le veíamos en casa sino al levantarse. Algunas mañanas estaba profundamente triste.--¡Cómo tiene uno que modificar sus ideas en el mundo! me decia; no te puedes imajinar, Mercedes, cuánto tengo que sufrir. Casi nadie piensa como yo; a cada paso tengo que hacer cosas que no apruebo.--Eso solo prueba tu debilidad, le replicaba yo. Sometes tus convicciones al interes de los demas, en lugar de convencerlos.--Pero no es posible vivir con los demas, me decia él, sin cederles, sin seguir la corriente.--Eso harán los egoístas, los especuladores, objetaba yo; un hombre de carácter puede condescender, puede sacrificarse, pero en sus conveniencias, mas no en sus ideas: es preciso hacer lo que se dice i decir lo que se hace.
Alejo escuchaba con admiracion aquellas palabras de Mercedes, las cuales caian una a una estereotipándose en su mente.
Mercedes calló, enjugando una lágrima que le arrancaba el recuerdo de su querido hermano; i Alejo, sin poder reprimirse, le arrebató una mano i estampó en ella un ardiente beso.
--¡Sí! dijo, juro practicar siempre mis ideas, i en esto seré, Mercedes, su fiel discípulo, mas que en aprender el trato de las damas.
--Será usted, Alejo, un desgraciado. El mundo no sufre a los hombres que tienen ideas propias, i se subleva contra toda superioridad. ¡Testigo ese pobre muchacho, cuyo recuerdo me hace llorar todos los dias!
--¿A dónde está ahora?
--En el destierro... ¡Talvez para siempre!...
--¡Ah! ¡si yo pudiera reemplazarle! exclamó Alejo con viveza.
--¡Imposible! dijo Mercedes sollozando.
--Sí, imposible es ocupar su lugar en el corazon de usted, Mercedes; pero no es imposible que yo la ame a usted como él, mas todavía, si un hermano puede adorar a una hermana...
El horizonte de aquellos dos interlocutores se habia estrechado, se habia oscurecido. Cuando ámbos volvieron en sí, Alejo estaba de rodillas inundando de lágrimas las manos i el regazo de Mercedes.
Mercedes le miraba con lánguida sonrisa i con ojos velados por el llanto i profundamente dulces...
X.
Aquella primera visita habia fijado de un modo definitivo las relaciones de Alejo i de Mercedes.
Esta le amaba como ama una mujer de gran corazon i de espíritu independiente, con pasion i sin reserva. Alejo amaba a Mercedes como a una hermana de alta superioridad, con acendrada veneracion i no poca admiracion.
Ambos amores estaban en contraste, pero solo era Mercedes quien lo notaba i quien se sentia contrariada.
Alejo aprendia mucho con su trato, i ella se habituaba poco a amarlo como hermano, i se enorgullecia de su superioridad sobre aquel niño cuyo corazon disciplinaba, i a cuyo espíritu abria anchos horizontes.
La intimidad crecia. Muchas veces Alejo, despues de hacer una larga lectura que encantaba a Mercedes, o despues de discutir con ésta los temas de sus estudios, reclinaba la cabeza en el blando regazo de su amiga i se dormia sintiendo un beso en la frente, o desmayándose bajo la cariñosa mano de Mercedes que resbalaba por sus cabellos i jugaba con ellos.
Pero en ocasiones el corazon se sobreponia al espíritu, i entónces Mercedes era la que mas se dejaba arrastrar por él, en tanto que Alejo era el que con mas severidad refrenaba sus ímpetus, pues su voluntad era poderosa. De esas luchas ardientes, mudas pero violentas, Alejo salia siempre satisfecho de haber cumplido su juramento de venerar al ídolo de su alma. Mercedes le admiraba i sin decir por qué, ni sin que viniera al caso, terminaba siempre con esta esclamacion, que Alejo no comprendia i que ya le era habitual:
--¡Tú vas a ser un grande hombre!
No sabemos cuánto tiempo duró aquella escuela de amor i de virtud entre esta mujer estraordinaria, que unia a todas las graciosas i dulces debilidades de su sexo un espíritu elevado, i aquel estudiante que se estrenaba en la vida equilibrando las fuerzas de su corazon con las de su alma, para hacerlas marchar unidas i mas poderosas. Lo cierto es que aquella jimnástica hizo un hombre de un niño de diez i ocho años.
Alejo no aspiraba mas que a ser digno de Mercedes, e idolatraba en ella.
XI.
I bien lo probó en cierta ocasion.
Era el medio dia de un domingo de verano, i los salones del café de Hévia estaban llenos de jentes que tertuliaban o jugaban al billar. El café de la Nacion habia decaido con el partido pipiolo: uno que otro rezagado se veian en sus mesas, mústios i hablando jeneralmente en secreto.
El gobierno pelucon triunfaba en toda la línea, persiguiendo sin piedad a los vencidos, dispersándolos o encarcelándolos. En el café de Hévia no se oia mas que su elojio, i eran naturalmente sus mas ardientes partidarios los políticos del café.
Entre éstos figuraba como el primero, por su locuacidad i arrogante presencia, un jóven que acababa de volver a Chile, despues de haber derrochado una fortuna en el estranjero, i que pretendia recobrarla al calor del sol que se levantaba. Era un espadachin de primera fuerza, i entre sus muchas aventuras, la que le allegaba mas fama era la de haber dado muerte en duelo a dos hermanos que, pretendiendo vengar el honor de una hermana seducida por él, le habian desafiado, cada uno en distinta ocasion i en paises diferentes. Todos le respetaban o le temian, i el gobierno le trataba como a uno de sus mejores adeptos.
Aquel domingo el brillante seductor jugaba guerra, en una mesa con Alejo i otros, habiendo colgado su frac verde de botones de oro, para lucir una camisa de estopilla ricamente bordada.
Se hablaba mas de política que de los lances del juego, i el seductor tenia la palabra, justificando el destierro de muchos pipiolos notables, sobre todo el del hermano de Mercedes, a quien maldecia cada vez que le nombraba. Alejo le habia replicado varias veces con moderacion i firmeza, i sus réplicas habian enardecido al novel pelucon, que dando suelta a su lengua, agregó:
--Una cosa buena tenia ese infame gallego, su hermana jemela, a quien le hice el amor algunos dias, i me gustó; para qué lo he de negar.
--¡Un caballero no habla así de una señora! dijo Alejo con serenidad, mirándole de frente.
--¡Pero sí de una mujer! replicó con insolencia el politicastro, al tiempo que Alejo le quebraba la punta de su taco en la cabeza.
El agredido tiró un estileto italiano i se lo perdió en el hombro izquierdo al estudiante, cayendo en el acto derribado i con la cabeza abierta por la masa del taco que éste le descargó con violencia.
Toda la concurrencia del café se agolpó al sitio de la catástrofe, i la atencion jeneral se contrajo al caido, creyéndole muerto.
Alejo salió sin ser sentido, i despues que pasó la primera sorpresa, i se vió que el caido estaba vivo i sin peligro, todos los circunstantes buscaban al estudiante para felicitarle, i no se alzaba una voz que no fuera en su defensa.
Entre tanto, él habia llegado a casa de un su amigo, que tenia la gracia de ser uno de los dos únicos estudiantes de medicina que habia en aquel tiempo, i allí sentado en una silla, medio desnudo, habia recibido la primera curacion de su peligrosa herida, para tomar despues la cama, haciendo decir en su casa que le habia atrapado el contajio de la escarlatina, que hacia poco habia diezmado la poblacion de Santiago.
XII.
Ramiro, constante parroquiano del café, conoció aquella aventura a las pocas horas, pero guardó silencio.
Mercedes, ignorante de lo sucedido, comenzó a inquietarse de la ausencia de Alejo, cuando pasó sin verle tres dias. ¿Es posible, decia ella, que haya salido de vacaciones mi Alejo sin despedirse? ¿A dónde se ha ido? En la semana anterior todo fué ocuparse de sus exámenes, pero llegaba aquí por momentos a noticiarme sus triunfos. El dia en que dió su exámen final en público i a presencia del presidente i los ministros, vino a descansar en mis faldas. Desde entónces no le he visto a derechas. Ahora ha desaparecido. ¿Habrá mandado por él su familia sin dejarle tiempo de venir?
Tales conjeturas quitaban a Mercedes su tranquilidad, su sueño. Los dias corrian, i ella no tenia noticias de su querido. Al fin arriesgó un billetito primorosamente escrito i doblado con amor; pero se lo devolvieron con la respuesta de que Alejo no estaba en casa. Le fué imposible resistir mas: bajó su escalera, i corrió a la casa vecina, en la cual no tenia relaciones. Entró temblando de amor, de dudas, de vergüenza, i se quedó estática, desvanecida, cuando supo que Alejo tenia la escarlatina i que estaba asistido con esmero paternal en casa del doctor Moran.
Sin ser dueña de sí misma, Mercedes salió de allí, i a poco despertó en los umbrales de una casa situada a las espaldas del templo de la Merced, donde era recibida con esquisita urbanidad i conducida al lecho de Alejo.
El momento fué solemne. Ambos se abrazaron en silencio, i pasados algunos minutos, Mercedes se desplomó en la silla de la cabecera sollozando. Los circunstantes guardaron silencio respetuoso, pues conocedores de la aventura del café, respetaban aquellas lágrimas, que juzgaron derramadas por la gratitud, no por el amor.
Alejo se habia desmayado. La fiebre le devoraba, la inflamacion de su herida era mortal. Los médicos estaban en junta, el doctor Moran sostenia que debia abrirse de nuevo la herida i prolongarse, so pena de perder al enfermo; i agregaba que si su hijo hubiera hecho aquello desde el principio, el jóven estaria ya sano.
--¡Lo salvaremos, padre mio, lo salvaremos! repetia el hijo; pero los demas doctores opinaban que la operacion, aunque indispensable, era sumamente peligrosa. Sin embargo, el anciano Moran no desmayaba. Con el ascendiente que le daban su talento, su lenguaje enfático i persuasivo, sus ojos vivaces i espresivos, su cabeza de nieve que formaba contraste con el color moreno de su semblante, dominó a la junta e hizo adoptar su parecer.
Todos los doctores llegaron al lecho del enfermo, cuando él habia vuelto de su desmayo i cambiaba algunas palabras con su madre, una señora jóven i hermosa, i con Mercedes, cuya belleza se realzaba con el dolor. El doctor Moran principió por hacer salir a la primera i a los demas circunstantes, pero Mercedes persistió en permanecer al lado de su amigo, i éste lo exijió tambien, diciendo que estaba dispuesto al trance.
Hechos los preparativos, el viejo doctor esclamó con voz acentuada:
«Nunc opus, Eneas! Nunc pectore firmo.»
--Eso me sobra, replicó Alejo. Tengo mucha voluntad de vivir; i tendió a Mercedes su mano derecha con una sonrisa encantadora.
Mercedes estrechó aquella mano de fuego con efusion, i al sentir el rasgo de la horrible cuchilla, dada con mano firme por el anciano, reclinó su frente sobre la de su querido, i casi selló sus lábios con su boca de rosas.
Alejo no habia hecho mas que suspirar, pero de nuevo se habia desmayado. Mercedes cayó de rodillas i sin color.
El doctor Moran la alzó con dulzura, i la condujo afuera, persuadiéndola con amabilidad de que debia retirarse.
Mercedes se encontró sola en el patio. Todas las puertas estaban cerradas, i no se atrevió a tocar a ninguna. Una hora pasó allí enjugando sus lágrimas, hasta que salieron los médicos de la junta a montar a caballo para retirarse.
--¿Vive? preguntó temblando al mas anciano.
¡Todavía! le respondió éste, agregando que nada se podia asegurar hasta que pasaran veinticuatro horas; pero que era necesario mucho silencio i que nadie se acercase al lecho del moribundo...
Mercedes salió desolada tras de los médicos a la calle. El sol reverberaba en las dos aceras. Todo estaba solo. No se oian mas que los galopes de los doctores que se retiraban por diferentes rumbos.
Cuando llegó a su casa, el postigo de la puerta de calle estaba entornado. Subió a su aposento i se echó en su sillon, sin sentido i agobiada de calor i de fatiga.
XIII.
¿Quién no conoce esas horas de dolor, en las cuales no se vive, ni se muere? Todos los instintos se apagan, el alma no tiene mas que una sola idea, si tiene alguna.
Una especie de vapor envuelve nuestro sér, una noche tenebrosa, en la cual no reluce mas que una sola estrella, la del dolor.
El tiempo pasa lento i pesado; pero el corazon no lo siente, i aun lo halla corto para su pesar.