Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana

Part 17

Chapter 174,188 wordsPublic domain

Era un viejo albino, de ojos colorados, como los de un conejo blanco. Sombrero bajo i una capa cuesco de lúcuma, que jamas se apartaba de sus hombros, hiciera frio o calor, i que cubria su cuerpo vestido de chaqueta i de calzon de pana negra. El calzon se ajustaba a la rodilla con una hebilla de acero i dejaba libres unas medias blancas como la nieve, que terminaban en zapatones de pana igual a la del traje.

--Esta estampa me choca, murmuró entre dientes Alejo. Es un viejo brujo que debe vivir por este lado. ¡I que no haya sido yo capaz de averiguar quién es! Lo he de seguir, aunque falte a clase.

Dicho i hecho. Volvió sobre sus pasos, i tuvo que acortarlos al tenor de los del viejo.

--¡Que haya todavía estafermos a la laya! pensó Alejo. ¡I conservan sus vestidos! ¡Todo pasa sobre ellos, como sobre esa piedra de esquina!

Distraido así, se acercaba en ocasiones demasiado al viejo, i paraba para tomar distancia. Pero en una de las veces en que mas se le habia acercado, sin saberlo, el viejo paró, sacó una llave, abrió una puerta, i al entrar se encontró con otro hombre flaco, seco, de color verdoso, que le dice:

--Buenos dias, Miguel, ¿ya oíste tu misa?

--Sí, Ramiro, contestó el albino, i te encomendé a Dios.

Ambos se cruzaron, la puerta se volvió a cerrar, i Alejo estaba en el mismo umbral, convertido en estátua de piedra. Ramiro le miró al soslayo i dijo:

--¿Qué quiere este babieca?

Pero siguió su camino.

Cuando volvió Alejo de su vértigo, de su pasmo, esclamó:

--Luego esta escena se repite todos los dias! ¡I miéntras yo estoi en el colejio!... ¡Qué estúpido! Nunca he acechado a estas horas. ¡Tal vez ella tambien sale!...

La puerta en que esclamaba de este modo, la puerta que se habia abierto i cerrado, para dar paso a Miguel i a Ramiro, era la puerta de calle de la casita del misterio.

Alejo echó casi a correr para alcanzar a Ramiro, que tenia tranco largo, porque era alto i de largas piernas, i le llevaba mucho adelantado.

Queria verle de cerca, saber a dónde iba i averiguar quién era.

A las cuatro cuadras estuvo cerca de él; pudo estudiarle. Llevaba fraque verde oscuro de angostas puntas que le pasaban de las corbas, i de ancha solapa cuyos pequeños picos se le veian desde atras recostados sobre los hombros. Sombrero alon de campana, pantalon de brin blanco, i grueso garrote por baston.

Alejo acortó el paso i guardó una respetuosa distancia. A dos cuadras de la plaza, en la calle de la Catedral, Ramiro se paró, abrió una puerta de par en par, i entró. Alejo pasó despues, mui quedito, i vió que aquel cuarto era una fábrica de tacos de billar i de otros útiles de lo mismo.

--Este hace tacos i tambien bolas, dijo para sí. ¿I aquel _chonchon_ de ojos de ají ¿qué fabricará? ¡El misterio se aclara! ¡Paciencia i esperar! Yo no tengo que barajar como Durandarte en la cueva!...

V.

En el poco tiempo trascurrido desde que le atrapó el amor en las rocas de Santa Lucía, Alejo se habia transformado. Su alma habia abandonado aquellos vagos horizontes en que revolotea el alma de un jóven, cuando es ardiente, como las mariposas amarillas de verano en un jardin.

Tenia un horizonte fijo, volaba el rededor de una sola flor.

I esa flor le hacia pensar sériamente.

No solo eso: le hacia tambien calcular sus propias fuerzas; i como entre las que el amor emplea, figuran en primera línea las de los atractivos personales, el espejo pasó a serle tan importante como sus libros, i el sastre entró a ser uno de sus primeros ausiliares. Tenia la esperanza de que su bella desconocida le mirase i le viese en la ocasion ménos pensada.

Dejó de vagar por las calles en las horas de ocio. Dedicó las primeras de la noche al café, i casi abandonó las relaciones de sus camaradas de estudio.

El café de la Nacion i el de Hévia, que acababa de establecerse en la plaza de la Independencia, eran entónces de la primera sociedad. Los comerciantes i los jóvenes de mundo los invadian a todas horas. Los aristócratas i sus retoños acudian a refrescar por la noche, i a pasar algunas horas en tertulia. Para éstos, aquellas casas hacian el oficio que hoi desempeñan los clubs.

La juventud de Santiago no estaba por esos años tan adelantada como ahora. Quizá la aristocracia tendria en ella algunos estafadores que la representaran. Talvez no faltaban cortabolsillos elegantes, de esos que, llevando nombre i fisonomía de caballeros, despojan de su reloj al primero de los suyos que encuentran beodo, o que escamotan su portamonedas al primero que entra en una partida de juego por aturdirse i pasar mejor su noche. Eso es de todos los tiempos i paises, i las familias que se dicen nobles no se preocupan de tener en su seno un calavera, porque saben que para él no se han hecho las leyes. Lo que era desconocido entónces entre los jóvenes era ese tipo aristocrático del letrado injerto en jesuita, que profesa i mantiene la relijion de sus padres, ardiendo en odios piadosos, i que no vé el progreso ni halla la libertad fuera de la iglesia romana.

Aquellos jóvenes no adoraban al Papa, ni al becerro de oro. Eran mas bien jentiles que sacrificaban a Venus, a Terpsícore i a Baco; eran unos perdidos que no sabian especular, haciéndose los santurrones o los siervos del poder para enriquecerse i hacer carrera. No hablaban ni del confesor, ni de sermones, ni del retiro de los domingos, ni de los herejes, ni de los gobiernos ateos, ni de los escándalos de los impíos.

Hoi se sabe vivir mejor.

Un devoto, o como se dice un _pechoño_, no solo cuenta con los respetos, sino con la proteccion de todos los poderes i de los potentados. Un rico con solo serlo, es respetado, aplaudido, adulado: nadie tiene que averiguar como llegó a la fortuna. Para él todos los aplausos, todos los elojios, todas las atenciones; así como para el que ejerce algun poder, sobre todo si tiene un gran poder. Para el verdadero mérito, hai siempre alguna palabra de desprecio, siempre algun desden, si no alguna calumnia. ¿Qué mérito puede haber sin poder o sin riquezas? ¿Prueba que lo tiene quien no ha alcanzado a hacer fortuna, quien no ha logrado un alto empleo?

En aquel tiempo, un usurero, un estafador de los que amasan riquezas a costa de los sudores i de las lágrimas de los pobres, i quizá de algo mas, era simplemente un ladron, i no se le estimaba de otro modo. Las lenguas andaban sueltas, no al oido, sino al aire libre, contra los bribones, porque siempre el brazo estaba listo para sustentar las sentencias de la opinion. El arte de don Basilio no estaba todavía en uso. La calumnia i la maledicencia andaban solo en letra de molde, pues la prensa no era aun el instrumento de la verdad i de la discusion, sino una máquina de hacer ruido i de arrojar lodo, sin ser visto; allí se parapetaban los calumniadores.

Hoi ha variado todo eso. Solo calumnia o ultraja en letra de molde el que emplea la prensa para representar el pasado; i ello es lójico, porque no se puede defender el atraso contra las invasiones del progreso i de la libertad, sin mantener la prensa diaria en su situacion incipiente. En los tiempos que recordamos, la sociedad vieja estaba vencida i carecia de defensores en la prensa. Ni aun en Francia habia aparecido entónces el escritor católico, ese que hoi en todas partes se llama _diarista clerical_, cuya definicion nos da en estos términos un pintor de costumbres: «El diarista clerical es una especialidad aparte, como escritor, que adora las polémicas i las querellas empenachadas de injurias i de palabrotas. Fuera de la esfera de sus ideas, no hai salvacion. En lugar de esponer los principios conservadores i relijiosos en lenguaje sencillo, prefiere morder a sus adversarios mas abajo de los riñones. Las cuestiones de forma, las cuestiones secundarias--he ahí su estribillo. Sublevar desacertadamente cuestiones inútiles, espinosas, en que Roma i el clero no llevan la ventaja--he ahí su fuerte. Su oficio es irritar a todo el mundo i no convencer a nadie»... Este tipo de la edad moderna no era conocido.

Aquella era una sociedad en embrion. Como entónces no habia sino mui pocas fortunas i el poder aun no se habia consolidado, el imperio no pertenecia ni a los gobernantes, ni a los ricos. Estos apénas comenzaban a emprender para alcanzarlo i hacerlo suyo en todas partes, de arriba a abajo.

Aquella sociedad era de todos, pertenecia a todos, i como no habia quien la dominase, quien la empujase por una sola vía, cada cual hacia de las suyas i era señor de sí mismo. Por consiguiente habia una franqueza casi salvaje, sin disimulo, sin hipocresía, sin sujecion a conveniencias determinadas, ni a creencias regladas.

La juventud no era brillante, sino atolondrada. Hablaba recio i claro, aunque sin presuncion. Le faltaban todas las condiciones del buen tono: la voz ronca, el hablar traposo, desgalichado, desganado, que sienta tan bien a un elegante, sobre todo cuando afecta suficiencia i decide majistralmente hasta sobre lo que sucede en la luna; el andar en el paseo, como en casa, hablando a gritos i riendo a carcajadas, lo que es una gracia; el tutear a todos i maldecir de todos; el mirar con cara abobada, pero con ojos de maton, sin saludar. Le faltaban en fin todas las gracias de la buena nobleza i todos los síntomas del buen tono. No andaba en coches, porque no los habia; ni oia su misa los domingos, porque no necesitaba ir al templo para hacer negocio o para ver a las amigas; ni salia atropándose i encimándose de la platea del teatro, ántes de caer el telon, para verlas salir, formándoles calle en el vestíbulo. Era aquella una juventud perdida, que frecuentaba el café, que charlaba i discutia en público sobre todo, hasta de relijion i política, que paseaba a caballo i en carreta, a la luz del medio dia, i que bailaba todas las noches, en todas las casas, sin necesidad de _soirée_, de sarao, ni de ambigú.

Ya se puede comprender qué haria en aquella sociedad, sin tutores ni directores, un jóven como Alejo, que no los tenia de su parte, porque parece que sus padres le habian lanzando solo a aquel gran mundo, confiando quizá demasiado en su juicio i en su aficion al estudio.

Pero Alejo creia que podia ser buen estudiante i tener un amor, aunque fuese platónico, para entretenerse agradablemente. I con efecto, él nunca faltaba a sus deberes, a pesar de que amaba locamente, i de que jugaba al billar en el café, poniéndose a veces su mejor camisa, para jugar una partida a fraque quitado, como lo hacian los elegantes de la época en las noches de verano. Alejo usaba diariamente el fraque, como todos, i para tiempos frios no le faltaba su chaqueta ricamente encordonada, para debajo del capote de pañon con tres o cuatro esclavinas sobre la espalda.

No habia nadie que no le conociera, quien no gustara de su osadía i despercudimiento; pero él preferió a los tertulianos del café de la Nacion, porque eran pipiolos, i por supuesto jente mas abierta que la que rodeaba las mesas del gran patio del café de Hévia, donde no se hablaba mucho de amores ni de política. Aquí solia llegar con otros estudiantes, i regularmente veia al fabricante de tacos de billar, solo, fumando, pensativo i tocando alguna marcha sobre la mesa con sus dedos encorvados.

¡Qué hombre tan seco, tan verde de cara, tan anguloso, tan militar en su porte! ¿Quién es este? decia siempre Alejo a sus compañeros. ¡Quién sabe! respondian los otros con desden, porque entónces no habia costumbre de averiguar quién era un vecino a quien se le ocurria andar por la calle, o entrar al café, o pasearse en el tajamar. Con ménos poblacion, Santiago era ménos curioso de saber la vida i milagros de sus habitantes.

VI.

Eso así, Alejo tenia una costumbre contraria, la de seguir la pista a Ramiro i al viejo albino, para conocer quiénes eran, de dónde venian i adónde iban. Diariamente saludaba con gran cortesía al albino,--¡Dios lo guarde, señor don Miguel!--Pero a Ramiro, no se atrevia ni a mirarle de frente.

El albino le contestaba cariñosamente, i a fuerza de oirle saludar, ya le conocia desde léjos cuando le encontraba por la mañana, o le veia, a pesar de sus ojos de sangre, arrodillado cerca de él en la Merced, oyendo misa. Siempre que Alejo podia, entraba a la Merced a observar al viejo, i cuidaba de pasarle la mano mojada en agua bendita, cuando, al salir del templo, se acercaba don Miguel a la pila.

Un domingo salieron juntos, saludándose como antiguos amigos.

--Parece que llevamos el mismo camino, dijo el viejo.

--Como no, señor don Miguel, le respondió Alejo; si somos vecinos, i yo lo conozco a usted tanto, i lo quiero de gracia.

--Dios se lo pague, amiguito. Eso prueba buen corazon, i su Divina Majestad premia siempre a los niños que honran a los pobres viejos ciegos, como yo.

--No diga usted eso, señor; usted no es un pobre viejo, sino un caballero de respeto que merece honra i consideracion.

--¡Qué bien hablado el muchacho! Tú no debes ser de estos tiempos, hijito; pues eres el único de quien oigo tales cosas. Todos los dias me empujan i me insultan en la iglesia i en la calle. No oigo otra cosa: allá va la lechuza--quita allá lechuza...

--Vea usted que desvergüenza! Disimule usted, señor don Miguel, no haga caso de eso.

--¡Oh! si yo les hiciese caso, ya estaria loco, como mis hermanos. Se lo ofrezco todo a Dios, i paso mi camino; llego a casa i me encierro hasta el otro dia. De casa a la iglesia, i de la iglesia a casa. Hace muchos años que no salgo de aquí, ni sé cómo está la ciudad.

--Pero el señor Ramiro sí que anda mucho, ¿Me parece que vive con usted?

--Sí, a veces llega a comer o a dormir. Como es casado con mi sobrina Mercedes...

--¡Pobre señorita! Tan sola que lo pasa. No se la ve nunca. ¡Parece que no hubiera mujer en la casa!

--Así es. Ni ella ni su madre se mueven, ni siquiera a misa. O son judías o locas. Yo no las entiendo. La Mercedes no baja de su cuarto, ni siquiera a comer. Los domingos suele bajar a saludarnos.

--¿Qué hace sola?

--Se lleva leyendo, i siempre manda buscar papeles, como ese que llevas en la mano. ¿Qué papel es ese?

--El _Trompeta_, continuacion del _Defensor de los Militares_, señor don Miguel. Un papel mui bien escrito, que le gustaria mucho a la señorita Mercedes.

--¿De los militares? ¡Será de los insurjentes! ¿Cómo pueden defender a esos condenados?

--Nó, señor, no se trata de insurjentes, sino de los caidos, de los nuestros, que tarde o temprano han de volver...

--Los nuestros no caen, niño de Dios. ¿Qué estás creyendo tú en los triunfos de los insurjentes? ¡Dios no lo permita! Dios no lo permita, repetia el albino, abriendo la puerta de calle, i cerrándola despues de él i de Alejo, que se habia deslizado con él del modo mas natural.

Al entrar en la salita, el viejo fué interrumpido en sus imprecaciones contra los insurjentes por otra vieja que le preguntaba a quién traia. Miguel presentó a Alejo, como vecino i antiguo conocido, i la señora hizo que el jóven se sentara cerca de ella.

La sala era pequeña i tenia una tarima, como de un pié de alto, que cubria una tercera parte de su ancho, i estaba colocada desde la puerta de entrada hasta la cabecera de la pieza. Sobre la tarima se estendia una alfombra de motas de todos colores, mui espesa i blanda, i a la orilla de la pared corria una hilera de taburetes forrados en baqueta. Al estremo se sentaba la señora sobre unos cojines de filipichin rojo. El resto del ajuar eran taburetes de brazo arrimados a la pared, i una mesa de nogal, de patas arqueadas i talladas, que sustentaba, al arrimo de la pared, un rico crucifijo de marfil, dos urnas a los lados con la Vírjen i San Juan, i algunas conchas de perla que servian como de floreros. Los ladrillos del piso estaban soplados.

El albino arrojó su capa i su sombrero i se sentó en la tarima de medio lado, afirmando su mano izquierda de plano sobre la alfombra. Una muchacha de pollera azul le pasó mate i un pan blanco, que el viejo partió con trémula avidez.

La señora tenia su blanca cabeza cuidadosamente peinada. Un paño blanco doblado en triángulo le ceñia el cuello i cubria el seno, formando armonía con un estrecho vestido de angaripola de fondo rojo oscuro, con flores blancas i azules. Su semblante era dulcísimo i lleno de inocencia.

VII.

Doña María, que así se llamaba aquella amable matrona, hizo a Alejo un fuego graneado de preguntas, i en dos por tres le averiguó sus antecedentes i consiguientes, su pasado, presente i porvenir, i hasta sus intenciones; congratulándose mui cordialmente de que el muchacho no fuera insurjente i de que se le mostrara afecto a la causa, como se decia entónces, i firmemente persuadido, como lo estaban la vieja i el viejo, de que Quintanilla se mantenia fuerte en Chiloé, i de que los patriotas habian sido deshechos en abril del año treinta sobre la misma Cancha Rayada, donde lo habian sido en marzo de 1818.

Alejo se portaba sériamente, i aunque era un patriota exaltado, i mas que eso, un pipiolo intachable, se hizo el godo i juró por el rei Fernando. El mate, entre tanto, pasaba de mano a mano entre el viejo i la señora, i Alejo sintiéndose mas fuerte en su repugnancia a la bombilla, que en su patriotismo, habia resistido tenazmente a las invitaciones que se le hacian para que aceptase un matecito. La sirvienta debia cebarlos mui sabrosos, porque los tomadores se mostraban complacidos i hacian gargantear la bombilla de lo lindo.

Entre mate i mate, doña María esclamó:--«¡Mira, chivata, todavía no le has llevado el chocolate a tu amita!»--Su merced dijo que bajaria a tomarlo aquí--respondió la muchacha.

Al acabar la frase, una lijera sombra se deslizó en la sala, i ántes de que nadie se fijara, Mercedes estaba saludando a su madre i abrazándola. Miéntras la señora le contestaba i la reconvenia por que no habia bajado el dia anterior, Mercedes en pié, puesta blandamente su mano derecha sobre el hombro izquierdo de su mamá, se quedó mirando con sorpresa, pero con graciosa dulzura, a Alejo, que en pié tambien i lánguido de emocion esperaba un saludo.

--Siéntese usted, caballero, le dijo Mercedes, rechazando con la mano a la muchacha que le presentaba el chocolate, i señalándole la mesa para que colocase el plato. Luego saltó de la tarima i fué a sentarse frente a frente de Alejo, en un taburete al lado de la mesa.

--Aquí tienes, dijo la señora, a un vecinito nuestro, que se ha hecho amigo de Miguel. Pobre niño, solo i forastero...

--Estoi reconociéndolo, replicó Mercedes con viveza.

--¿A mí, señorita? añadió Alejo sorprendido.

--A usted, caballerito. ¿No vive usted mas arriba, casa de...?

--Justamente, señorita; pero estraño tener la dicha de que usted me conozca.

--¿Por que? ¿No pasa usted tantas veces al dia por mi ventana?

--Pero como la ventana está siempre cerrada...

--I los postigos tienen vidrieras, que dejan ver para fuera, i hasta me permiten verlo a usted estudiando entre los peñascos del cerro... ¿No tiene usted allá su estudio?

--¿Entre los peñascos estudia don Alejo? preguntó la señora, riéndose.

--¡Qué lindo nombre! esclamó Mercedes. ¿Usted se llama Alejo?

--¿Le gusta a usted de veras? contestó éste.

--¡Mucho! ¡Tengo los recuerdos mas gratos de un Alejo que me ha gustado tanto! ¿Conoce usted _Alejo o la casita en los bosques_? Justamente aquel dia, hace meses, ¿recuerda usted? aquel dia en que usted miraba desde los peñascos del enfrente, yo leia esa novela i estaba afirmada en la puerta de mi balcon, gozando de aquella tarde tan deliciosa...

--Yo era entónces actor en otra novela que podria titular--Alejo i la casita misteriosa, replicó el jóven con intencion.

Una graciosa risotada de Mercedes, que le hizo descubrir sus dientes de plata mate i su boca de corales, dejó frio i casi avergonzado al pobre enamorado. Mercedes comprendió, i agregó:

--Escríbala usted. Yo me rio porque recuerdo que en aquel instante era tambien personaje de otra novela que ideaba. ¿Qué papel tiene usted en la mano?

--El _Trompeta_.

--¡Ah! mi papel. ¿Trae mucho de bueno?

--No he leido mas que una graciosa letrilla que tiene este estribillo:

«El uno se llama Diego, El otro José Tomás.»

--Tenga usted la bondad de leerla.

Alejo leyó con esa voz fresca i plateada de un pecho bien organizado, con aquella uncion que se les derrama a los enamorados. A cada verso Mercedes reia i apostillaba con agudeza, i cuando acabó la lectura esclamó:

--¡Qué bien lee usted, Alejo! ¡Oh si yo tuviera quien me leyera así!...

--Nada mas fácil, señorita. Para mí seria una dicha ser su lector en las horas desocupadas que tengo, en la noche por ejemplo.

--Usted ganaría en eso, dijo doña María, pues dejaria de ir al café, i no lo pasaría tan solo. Figúrate, Mercedes, que no tiene con quien hablar en su casa, ni amigos en el barrio, ni niños conocidos, i se ve obligado a ir al café, a riesgo de adquirir malas costumbres, o de que una noche lo encuentre el penitente, i...

--Sí, añadió Mercedes, véngase usted a casa, no tiene mas que llamar a la puerta.

--Que siempre está cerrada, dijo la señora, desde que murió el finado...

--I que no se abrirá, segun dice su merced, hasta que vuelvan a gobernar los godos, añadió Mercedes. Pues ahora ya están en el gobierno. ¿Qué son ese Diego i ese José Tomás de que habla la letrilla? ¿No son i han sido godos toda su vida?

--No está en eso la monta, dijo el albino que hasta entónces habia permanecido callado; lo que importa es que se sometan a su señor natural, porque nosotros ni el reino ganaremos nada con que ellos sean realistas, si se usurpan el poder real.

--¿Para qué estamos con esas? esclamó doña María, la puerta no está cerrada de dia sino por tu marido, ¡que no quiere que nadie entre en la casa!...

Mercedes se puso pálida i un lijero tinte violado coloró sus párpados; pero mostrando una habilidad ejercitada, se echó a reir, i probó con hechos convincentes que todos tenian la culpa del encierro misterioso: su mamá por el duelo, su tio i su mamá de miedo a los ladrones, ella por hábito de soledad i encierro, su marido por celos infundados; i en fin, todos porque se sentian mejor en el aislamiento de su pobreza...

Alejo, mostrándose satisfecho con las esplicaciones, afectó una injenuidad infantil, i les refirió, causándoles gran hilaridad, que él habia vivido tan preocupado con aquel encierro, que durante algunos años, la _Casita misteriosa_ habia sido su pesadilla.

--¡Ya está deshecho el encanto, disipado el misterio! acentuó Mercedes con gracia fascinadora. Puede usted venir a la _Casita misteriosa_ como a la suya; la puerta se abrirá apénas usted la toque, i adentro hallará jente pobre i sencilla que le ofrece cariño i amistad.

Alejo lució su donaire espresando sus agradecimientos, i creyendo oportuno aquel momento para retirarse produciendo buen efecto, hizo una despedida tan graciosa, que dejó encantados a los ancianos i fascinada a Mercedes.

VIII.

I ya era tiempo. La visita se habia prolongado un tanto. Pero Mercedes estaba tan encantadora, que el dia entero no le habria bastado al estudiante para admirarla i adorarla.

I en efecto que Mercedes era bonita.

Sus ojos coronados de crespas i largas pestañas, i algo relevados, despedian luces a torrentes, i su aire espresivo, su habla viva i dulce la daban un atractivo tan poderoso, que casi no se podia estar con ella, sino oyéndola i admirándola.

Vestia entónces traje celeste de anchas i enfaroladas mangas, i de falda tan alta, que dejaba ver un pequeño pié calzado de zapato de cabritilla bordada, i su pierna cubierta de una rica media de seda encarnada, sobre la que cruzaban anchas cintas negras, sujetando el calzado. Una bufanda de punto, crespa i elástica, de seda rosa i verde, apénas velaba su ancha escotadura, cayendo desde el cuello a la falda. Su pelo profuso, negro i sedoso estaba arreglado en gruesos crespos sujetos en peinetas sobre las sienes, i atras recojido en trenzas al rededor de una peineta de carei tan ancha como su cabeza i alta, en forma de corona de condesa.