Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana

Part 16

Chapter 164,163 wordsPublic domain

Los años no habian bastado. La edad habia sido ineficaz. ¿Pero qué pueden los años, ni la edad, cuando se ama a una sombra ensangrentada, cuando se ama a un cadáver destrozado en medio del bullicio i de la curiosidad de un pueblo? ¿Es ese un amor que se apaga, un amor que se olvida? ¿Hai algo en el mundo, algo en la vida, que sea capaz de hacer olvidar la imájen de un patíbulo?

Mi linda hija pudo eclipsar esa imájen. El eclipse terminó. La imájen brilló de nuevo. Sola yo, mi recuerdo empezó. Me faltó la fuerza para dominarlo. Me entregué a él, i las forzosas ausencias de mi marido quitaron toda valla a mi dolor. Los dias huyeron de mí. No los sentí, no los ví, no supe si pasaban. Solamente recuerdo que algunas veces me rodeaban en mi lecho mi marido, mi hija, mis amigos, que me trataban como enferma, que se alegraban de poder hablar conmigo, i me preguntaban qué sentia, qué necesitaba.

No sé cuanto tiempo pasó así, ni recuerdo cómo llegué aquí. Pero ahora debo estar sana, puesto que siento los dias, veo la luz, respiro la brisa del mar por la noche, siento las tempestades i me recreo en ellas, escribo i lloro, sabiendo lo que hago. El doctor tambien lo dice, que estoi buena...

¡Oh! El entra, le mostraré mi última frase...

XI.

Mucho temo que ella sea tambien la última de su diario. ¡Pobrecita! Pobre mujer, tan noble como desgraciada.

Yo talvez tengo la culpa. He apurado demasiado.

¿Cómo es posible que un médico viejo i esperimentado, como yo, haga esto?

Pero ella estaba ya en la plenitud de su razon. Se habia habituado a escribir con calma sus impresiones, sus recuerdos; i hablaba conmigo, abriéndome su corazon i su clara intelijencia, con tanta lucidez, que me imajiné que ya era tiempo de probar su situacion. La prueba era sensible. Me proponia hacerla que me refiriese con calma la catástrofe cuyo recuerdo le habia causado la locura.

Lo hizo así aunque con rapidez, sin detalles, porque era necesario no apurar demasiado su sensibilidad. Pero al fin su tierno corazon estalló... La furia ha reaparecido. La fiebre la devora. Su estado es alarmante.

Miéntras velo su vijilia, ese sopor que la fiebre causa en su cerebro, voi a continuar su diario. Ella tendrá placer de ver trazado por mí su terrible diálogo, cuando mejore. Tal vez, leyéndolo una i otra vez, a mi lado, con mis consuelos i reflexiones, se acostumbre a afrontar su espantoso recuerdo.

--Ved lo que acabo de escribir, me dijo ayer, cuando entré a verla.--«El doctor tambien lo dice, que estoi buena.»

--Sí, le contesté. Efectivamente, hace tiempo que no sorprendo en vos ningun síntoma de vuestro mal. Ahora mismo leo aquí que decis que amais a una sombra ensangrentada, que recordais un patíbulo; i a pesar de eso, veo que continuais vuestra narracion con toda cordura. Esto es un progreso inmenso.

--¿Lo creis así? Pues entónces estoi buena. Escribí eso sin llorar, i recordé sin estremecerme el último instante de mi amor. Podria referíroslo, aunque talvez lloraria...

--Lo que no seria peor. Hace dias que no llorais, me parece...

--Eso no. Lloro diariamente, i casi siempre despierto por la noche llorando, porque sueño con Fructuoso muerto.

--¿Nunca dejareis de representárosle así?

--¡Jamas! No puedo recordarlo jamas, sino en sus últimos momentos.

--¿Qué murió a vuestro lado?

--¡Oh! No...

--No contengais vuestras lágrimas. Desahogad el corazon, pobre amiga mia. ¿Tal vez hubo jente bastante temeraria que os hizo la historia de su muerte?, o vos lo fuisteis para oirla o leerla. ¿Pero no seré yo tambien un temerario al haceros hablar de esto?

--Nó, no, doctor. Es preciso que lo sepais todo. Lo necesitais para curarme. Si hubo temeridad, solo fué de mi parte. En la víspera de aquel terrible dia, presté el oido imprudentemente a una conversacion que ciertos infames satélites de mi hermano tenian en una antesala.

Uno se jactaba de haber prestado una declaracion en las mismas palabras que estaban en el papel que se le habia dado. Otro le reprochaba que esa fidelidad podia ser causa de que fusilaran al coronel injustamente. No será mia la culpa, replicaba el primero; he cumplido con la órden que se me dió, aunque sé que el coronel es inocente, i que si lo fusilan es en castigo de su amor... No por conspiracion, pero a mí, ¿qué me importa? Al contrario, me darán un grado, para que calle...

Esta conversacion me hizo estremecer. Hacia muchos dias que no sabia de Fructuoso, que no hallaba noticias suyas. Mi inquietud fué terrible. No comí, no dormí; lloré, me desesperé, i llegué al estremo de intentar salir a la calle esa noche, a las tres de la mañana, en busca de Fructuoso. No lo conseguí. No pude forzar ninguna puerta, ni escalar ningun techo, ni seducir a ningun sirviente, a ningun soldado...

Al dia siguiente, apénas se abrió mi casa, salí para ir a la iglesia. En la puerta de calle, un soldado me detuvo, diciéndome que no se podia salir. Todo fué inútil. Nadie me obedeció, nadie me oyó siquiera.

Volví a mi aposento, llorando amargamente. Me eché en un sofá, fuera de tino, llena de dudas, de aprehensiones, de temores, que desechaba o admitia, que combatia o aceptaba. Un coronel, víctima inocente. Pueden haber varios. ¿Por qué ha de ser Fructuoso? Pero será fusilado en castigo de su amor... ¿Acaso los amores no son parte principal de la política de mi hermano? ¡Habrá tantos castigados por causa de su amor! ¿Por qué ha de ser precisamente Fructuoso?...

I estas reflexiones eran justas en ese momento. La plaza, las calles estaban de fiesta: destacamentos militares con sus músicas, jentío, bullicio, gritos, silbos, risas de alegría. Todo era movimiento i algazara. No era dia de castigo, no era posible que se tratara de ajusticiar a nadie. ¿El pueblo podia estar tan alegre?

Casi me tranquilicé. Pero temblaba de acercarme al balcon, aunque la curiosidad me devoraba. La música habia cesado, el bullicio se apagaba. Yo daba un paso al balcon i dos atras. Algo me sujetaba. No sabia qué. La angustia me sobrecoje de nuevo. Me reprendo. ¡Qué cobardía! ¿Por qué me formo fantasmas? ¡Estoi loca! ¡Vamos, serenidad!...

¡Un redoble! Una voz de mando, ruido de armas! Silencio... Un tambor sordo se acerca, tocando una marcha que aun ahora me retumba en el corazon--tan--tamatan--tan... ¿Qué será? ¿Por qué ese silencio? ¡Ese tambor siniestro!...

Me lanzo a la ventana. Miro: era él, Fructuoso, sí, Fructuoso, rodeado de soldados; un clérigo con un Santo-Cristo en las manos le acompañaba i le hablaba. El marcha sereno, firme, airoso. Al pasar me saluda con la mano, llevándosela al corazon. Pasa... Yo no creo lo que veo. No lo comprendo. No me lo esplico. No sé, no...

--Basta, basta, amiga mia, no continueis.

--Sí, no continué. Me desvanecí. Me doblé, me desplomé sin vida; pero veia, oia, sentia... Silencio profundo. Una descarga, música, bulla...

--¡Oh, estoi despierta! Era todo ilusion. Me levanto, pero como de una pesadilla, con un vértigo que me despedaza la cabeza. Miro, veo gran movimiento; allí, allí, donde mismo le habia conocido seis años ántes, bizarro, deslumbrador; sí, allí donde el sol me habia iluminado su bello semblante; allí mismo estaba sentado en un banquillo, su bella cabeza inclinada hácia atras, su pecho desgarrado, cubierto de sangre...

Todos pasaban. El clérigo, rodeado de varios, con el crucifijo en una mano, un libro en la otra, accionaba con viveza i reia a carcajadas...

Sí, reia como yo... ¡Ahaaaa, jajaja!...

--No, Pepa, amiga mia, no riais...

--¡Qué no veis que es la carcajada de las lágrimas!... ¡I vos no reis, vos! ¡Ahora! todos rien, el clérigo, los hombres, las músicas, los niños. ¿No los veis? ¡La sangre hace reir, las lágrimas hacen reir, el gusto hace reir, el dolor hace reir!... ¿I por qué no? ¿Qué le importa al mundo que muera un hombre querido, un hombre inocente? ¿No mueren los malvados? ¿Por qué no han de morir los buenos? Todo da risa, todo da llanto. ¿I qué diferencia hai entre el llanto i la risa? ¡Oh! miradle, allí, venid a la ventana i vereis que no miento. ¿No es verdad que está lleno de sangre? ¿No es verdad que rodean el patíbulo muchos curiosos, que se retiran, unos callados, otros hablando, riendo; sí, todos rien, como el clérigo, como su Santo-Cristo, como yo. ¡Aha-ja-ja-ja!...

--Sor María, ayudadme a levantarla; pongámosla en su lecho; está desmayada...

XII.

Me fué imposible contenerla. Su narracion nerviosa, intermitente, violenta, no me daba lugar. La impresion misma que me causaba, me impedia dominar el caso: la sensibilidad triunfaba de la ciencia. Yo no era médico en aquel instante. Su delirio la abatió, i a mí me despertó. Pero todo fué inútil, ineficaz, en aquel momento de crisis. La fiebre ha sobrevenido. El letargo cerebral ha dominado. ¡Ah! ¡si él bastara a restablecer el organismo! La reaccion suele restablecer las funciones... Pero la debilidad, la atonía...

¡Oh! no, ella despierta, se incorpora, se sienta, su mirada no está turbada. Voi, amiga mia...

XIII.

Sí, fuí a su lecho...

¡Pero para recojer su último suspiro!

--Doctor, me dijo, estoi buena. Me habeis vuelto la razon, pero para morir. Me siento morir... No con el corazon desgarrado por las balas, como él. ¡El mio está sano para consagrarle su último suspiro!... ¡Dios bendiga a mis hijos! Dios los salve de la infamia, que es la locura de los cuerdos...

Su voz se apagó. Su busto cayó dulcemente sobre el lecho. Era un cadáver...

MERCEDES.

I.

Corria el año 1831, i Alejo cursaba estudios mayores en Santiago de Chile. Hacia cuatro años que habia llegado a esa ciudad, niño aun, solo, sin guia i armado de una recomendacion que le aseguraba la asistencia que un estudiante forastero puede necesitar en una gran ciudad para completar su carrera.

Vivia en un barrio apartado i solitario, algo mas, un barrio peligroso; i aunque él era valeroso, o a lo ménos indolente, cuidaba sin embargo de que las sombras de la noche no le tomaran fuera de su casa. Todos los vecinos hacian lo mismo.

Las historias de los peligros de aquella calle venian de mui atras. Se contaba que en otro tiempo una viuda la cuidaba de noche, viuda terrible, espantosa, que perseguia a todos los transeuntes. Un respetable vecino de Santiago, don José Olmedo, salia una madrugada al campo por esa calle, su caballo se espantó al enfrentar un matorral, i miéntras don José le afirmaba las espuelas, la viuda saltó a las ancas, saliendo de entre las ramas. El jinete quiere derribarla i su brazo se estrella con un cuerpo de bronce, duro i helado, que le hiela a él la sangre i le heriza los pelos. El caballo no podia correr a pesar del látigo i la espuela: solo marchaba jadeando i casi doblándose con el peso de la viuda. Al salir de la calle, la vision se desmontó tranquilamente i desapareció.

Hacia tiempo que los vecinos no tenian noticias de la viuda; pero casi todas las mañanas, cuando Alejo salia hojeando su libro para recordar la leccion, las comadres del barrio le referian que el penitente habia desnudado a alguno o le habia herido, o se habia contentado con quitarle la bolsa.

Entónces estaban en uso unas bolsas de tejido de malla, que eran una comodidad para el penitente.

Este recorria la calle con el busto desnudo, un fustan blanco a la cintura i la disciplina en la mano; pero llevaba una máscara. Los vecinos sentian desde su encierro los azotes que se descargaba sobre las espaldas, i los que se arriesgaban a transitar por allí los oian desde léjos. Al encontrarlos el penitente, los detenia con esta frase sacramental:--La bolsa o la vida.--El transeunte largaba la primera i confiaba a la lijereza de sus piernas la segunda.

Alejo hacia bien en encerrarse temprano. ¿Qué curiosidad podria tener de ver a un penitente, él que habia visto tantos en sus cuatro años de residencia en la capital?

Aislado, desconocido, habia seguido a las turbas con su libro debajo del brazo, para ver fusilar al teniente Villegas en la plaza de San Pablo, a los oficiales Trujillo i Paredes en el Tajamar; a un negro del Pudeto en el Basural, por atentado de lujuria contra su señora.

Luego habia estado en la plaza por la madrugada, i en el cuartel de San Pablo por la tarde, el dia de la sublevacion de la escolta de coraceros. Ese dia se habian cerrado las aulas, pero el café de la _Nacion_ habia abierto sus mesones de balde a todo el mundo, inclusos las estudiantes. Alejo habia llenado con toda servidad su deber; sin abandonar su libro i sin dejar de hacer honor a cuanta botella se habia destapado, estuvo en el ataque de la tarde colgado a una reja de ventana para verlo en todos sus detalles. ¿Que mas podia haber hecho?

En la derrota de las tropas cívicas en la Aguada, él estuvo divertido detras de unas tapias; i al dia siguiente fué de los que mas gritó en la plaza, unido al pueblo, contra el batallon sesto i los dragones vencedores de la víspera.

Durante la campaña del ejército del Sud en Ochagavia, a fines de 1829, Alejo, aunque el colejio estaba cerrado casi todos los dias, llegaba a sus puertas relijiosamente con su libro estrechado al pecho. ¿Las hallaba con llave? Seguia de paso redoblado hasta los Olivos de Ovalle, donde acampaba el ejército constitucional, i allí pasaba hasta la tarde, siguiendo con vivo interes todos los encuentros diarios, los tiroteos de avanzadas, las escaramuzas i los asaltos. Al anochecer estaba encerrado, estudiando con toda atencion, i sin curarse del penitente de su calle.

Alejo hallaba a Santiago mui divertido, mui alegre, i no tomaba a lo sério nada de lo que veia. Solo dos cosas le habian impresionado vivamente, un muerto i una casa misteriosa. Ninguna relacion habia entre ambas cosas, pero en su memoria estaban asociadas. El recuerdo del muerto le hacia estremecer i le asaltaba a menudo, sobre todo en la cama. La casa misteriosa le causaba una curiosidad que rayaba en inquietud.

II.

Era una mañana fria del invierno de 1828. Alejo entraba a la plaza de la Independencia por la calle de las Monjitas, recitando de memoria su leccion i apresurando el paso para llegar a tiempo al colejio. El frio le hacia dar diente con diente, pero él, mui en cuerpo, estrechaba sus codos para abrigarse i apretaba las manos sobre el pecho.

Al enfrentar al pórtico de la cárcel, un grupo de curiosos le llama la atencion. Rodeaban un cadáver que estaba estendido de espaldas sobre el empedrado. En ese tiempo se esponian allí los muertos que se encontraban abandonados. Hoi parece que es costumbre conducirlos al hospital, como a los enfermos.

Alejo se acercó, miró i quedó absorto. El muerto era un jóven de veintidos años, de elevada estatura, bello i elegante; pelo negro, abundante i sedoso, como sus patillas; largas i crespas pestañas. Su traje era rico i esquisitamente arreglado: pantalon bombacho, al uso de la época, de color tórtola i menudamente plegado en la cintura; fraque azul de botonadura dorada, camisa bordada i chaleco amarillo. Una gruesa cadena de oro, terminada con tres enormes sellos de lo mismo, pendia de la relojera del pantalon i se estendia hasta el suelo en que yacia el cadáver.

No habia sangre. ¿Cómo habia muerto?

Uno de los soldados de la guardia satisfizo la curiosidad.

--La herida está en la espalda, dijo, i debe haber sido de daga, porque es mui chica i no tiene sangre.

--Pero ¿dónde fué encontrado?

--En la calle de Santa Rosa afuera, cerca del Cequion, añadió el mismo soldado; i los serenos de la calle han declarado que tarde de la noche vieron salir en un caballo colorado a un hombre flaco, que llevaba a otro por delante, sujetándolo con mucho trabajo, porque se iba para los lados como borracho. Despues volvió solo el mismo hombre en su caballo.

--¡Pobrecito! esclamaron algunos, ¡Dios lo haya perdonado! ¡Tan niño! ¡Tan buen mozo!

Alejo callaba, siempre absorto, i devoraba todos los detalles del cadáver con sus miradas, ¡Esta cadena! decia para sí, yo la he visto, pero ¿a dónde? Todos las usan iguales, mas una noche yo he encontrado a un jóven alto como este, que me llamó la atencion porque iba de prisa i llevaba una cadena parecida que se cimbraba i sonaba al andar. ¿Seria este mismo? ¿Cuándo fué eso? Sí, hace pocas noches, cuando se me pasó la hora viendo jugar una partida de billar en el café de la Nacion. El jóven iba, sí, por mi calle. ¡Ah! El penitente, ya estoi. Pero no, el penitente le habria quitado por lo ménos el reloj.

Alejo se retiró del pórtico despues de largo tiempo i siguió su camino, siempre absorto en sus reflecciones. ¡Nó, no puede ser, decia continuando su monólogo; hai tantos iguales! ¡Fuera malos juicios! Yo no he de ser el juez de este crímen. ¡Qué jóven tan hermoso! ¡Qué bien vestido! Debe ser mui conocido. ¡Pues sí, yo creo haberlo visto muchas veces!...

Balbuceando estas i otras frases, llegó al colejio. La hora habia pasado. Alejo volvió a su casa dominado de la misma impresion. No pudo estudiar. El cadáver estaba tenazmente a su vista. En la tarde se le pasó tambien la hora, i faltó al colejio. Por la noche se sintió mal, tomó la cama; pero su sueño fué una larga pesadilla con el muerto.

En 1831, todavía tenia viva la imájen del cadáver, i no habia acontecimiento de los muchos que habia presenciado, en aquella época ajitada, que le hiciera olvida al muerto. Lo mas raro es que jamas habia podido adquirir la menor noticia que le aclarase el misterio. Muchas veces habia escuchado con interes las conversaciones del café sobre el muerto, pero lo único que habia sacado en limpio era que nadie, ni la misma justicia, habian podido adquirir dato alguno sobre el asesinato. El jóven habia sido mui conocido i estimado; pero Alejo no habia sabido de él otra cosa que su nombre. Se llamaba Manuel P.... Todo lo demas que habia oido eran conjeturas, como las que él mismo habia formado. El nombre de su calle no habia figurado jamas en las hablillas del café.

III.

Aquel muerto habia quitado muchas horas al estudio i al sueño de Alejo.

No se las habia quitado ménos la casita misteriosa de su barrio. Pero ¿qué tenia de particular esa casa? Nada. Unicamente se distinguía de los demas caserones vetustos del barrio, interceptados por anchos solares tapiados o aportillados, en que tenia al frente un altillo, un solo balconcito, que eternamente estaba cerrado. Así lo estaba tambien la puerta de calle, que era talvez la mas alta i decente de toda la calle.

Alejo conocia a todos los vecinos, o mejor dicho, sabia quiénes eran. Pero siempre que preguntaba quién vivia en la casita, le respondian que unos viejos godos, Como la mayor parte de los propietarios del barrio. Su nombre no lo sabian, o las vecinas se disputaban entre sí sobre cuál era el verdadero.

Cualquier jóven habria pasado por alto estas menudencias.

Pero Alejo era curioso, i sobre todo mui inclinado a lo misterioso. Regularmente se sentaba en el umbral de su puerta de calle a leer o estudiar, pero atisbando siempre la casita, i jeneralmente despues de largas horas, tenia que entrarse, sin haber visto nada, sin haber siquiera sentido moverse las puertas de la casa misteriosa.

Al fin se propuso olvidar esa pesadilla, i se impuso el deber de no mirar a la casita; pero sus ojos le desobedecian, la curiosidad le vencia, i él tenia que renovar con juramento todos los dias su propósito.

Un domingo de otoño, Alejo subió al cerro de Santa Lucía a tomar su paseo de descanso. Los rayos tibios del sol de la tarde inundaban la ciudad i la campiña, i el aura ténue i deliciosa refrescaba el ambiente. Las arboledas i las viñas amarillaban al lado de los verdes potreros, al Oriente i al Sur; el rio corria solitario i serpenteaba a lo largo del tajamar, dejando a la orilla opuesta un blanco pedregal que se iba a perder en las lejanas arboledas de San Cristóval; i al poniente estendia la ciudad sus largas calles de techos brillantes, sobre los cuales se alzaban los templos i uno que otro edificio público. ¡Hermoso panorama! Alejo estaba embebido, i sobre todo no podia apartar sus ojos de los claustros del Cármen Alto, que tenian para él el atractivo del misterio por su soledad, apénas interrumpida de tarde en tarde por el bulto de una monja que se escurria a lo largo de un corredor. Alejo pensaba en la austeridad de aquel aislamiento, i esta idea le recordó aquella casita, que tambien estaba aislada allí en su barrio.

La tenia a sus piés, la dominaba con su vista. ¡Prodijio! ¡qué veo! esclamó Alejo.

En efecto, un batiente de la puerta del balcon estaba despejado. Se afirmaba contra la hoja una mujer que, leyendo un libro, estaba como escondida, dando su frente al cerro, pero sin que saliese ni siquiera el ruedo de su vestido al balcon. Desde la calle era imposible verla. Pero desde los altos peñascos en que estaba sentado Alejo, se la veia como era, pequeña de estatura, pero mas bella que el lucero que aparece al alba coronando los Andes.

Alejo creia verla tan bien como si la tuviera a su lado; veia el jiro luminoso de sus grandes ojos sobre el libro, sus lábios entreabiertos, su perfilada nariz, su tez de rosa; creia sentir su respiracion i ver las oscilaciones de su ancho seno, que apénas estaba velado a medias por el corpiño gracioso de su vestido.

El sol llegaba ya a su ocaso i Alejo no sentia el tiempo. Solo despertó de su arrobamiento cuando la bella lectora cerró su libro, paseó sus ojos por el cielo, suspiró mirando a los peñascos en que estaba Alejo, i como sorprendida juntó violentamente la puerta.

Desde entónces, Alejo estableció su bufete de estudio en los peñascos de Santa Lucía; pero jamas volvió a ver a aquella mujer, que ya era ídolo de su alma. El misterio se complicó.

IV.

Alejo tenia una alma tan ardiente como sensible. Estaba en la edad en que se ama todo, si se tiene un corazon bien puesto, como el suyo. Los espíritus tímidos o apocados no conocen esa época de la vida. La pasan entre la fé ciega i el miedo, habituándose al cálculo. Calculan para defenderse contra los fuertes de su círculo. Calculan para ocultar sus inclinaciones i sus sentimientos de miedo de que se les castigue en esta o en la otra vida. Calculan, en fin, para pasarlo bien con Dios i con los hombres, porque temen al uno i a los otros. En ellos prende de veras el santo temor de Dios, que es el arte de saber vivir.

I ellos son despues los hábiles, los afortunados en la sociedad. El corazon jeneroso i desprendído, el espíritu independiente i noble, que no aprendió a calcular desde temprano, que se dejó arrebatar por el ideal de lo bello, de lo bueno, de lo justo, entra a la sociedad a luchar, no a eludir las batallas de la vida, a sacrificarse, no a medrar.

Alejo era de estos últimos, i su juventud despuntaba entre el ardor de las pasiones jenerosas i el anhelo por lo grande, por lo desconocido, lo maravilloso, lo bello. Su curiosidad por aquella casa misteriosa se habia satisfecho, convirtiéndose en un amor, tanto mas ardiente, cuanto era imposible. Desde entónces compartió su tiempo entre sus libros i su bella desconocida; pero a menudo era ésta la que ocupaba mas su espíritu, i su imájen andaba siempre barajado con los temas de sus estudios.

Todos los dias ideaba i abandonaba nuevos proyectos para penetrar el misterio, para llegar hasta aquel ánjel de sus ilusiones. Pero en vano. El tiempo trascurria, i él no adelantaba.

Habia momentos de desesperacion, de cruel desengaño, pero su amor volvia con mas violencia i le reanimaba. Hacia un bello aprendizaje de constancia, que talvez, mas tarde, debia servirle en mucho, aunque no fuera mas que para investigar una idea, como ahora investigaba un amor de niño.

Salia una mañana de su barrio a la hora de costumbre, a las siete, i tuvo un encuentro que habia dejado de llamarle la atencion, porque era casi diario. Pero esta vez iba enardecido, casi iracundo.

El insomnio de la noche le habia fastidiado, i pasaba por uno de aquellos instantes de decepcion, que le habrian hecho incomodarse del aire.

Al salir a la calle encontró a un viejo a quien encontraba siempre casi en el mismo sitio.