Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana

Part 15

Chapter 154,155 wordsPublic domain

Su caridad consiste en tener depósitos para que el dolor se albergue léjos, mui léjos de su bullicio.

¡Maldita sociedad! ¡Amasijo de egoismo, de estupidez i de fatuidad! Yo no te necesito para llorar. El horrible crímen que tronchó los lazos de mi amor fué tu triunfo. Si no lo aplaudiste, como aplaudes toda infamia, lo aprobaste; o callaste de miedo, ¡lo que es peor! La virtud que habia estrechado aquellos lazos fué la víctima. ¿Cuándo has tendido tu mano a la virtud? Jamas, sino cuando esperas que te aplaudan, ¡o cuando ganas!

La virtud que tú respetas es la que te humilla, la que te amenaza, esa virtud que te habla a nombre de Dios, ¡i que a nombre del infierno te esclaviza! ¡Qué bien te conocen tus amos, los que te despotizan!...

VI.

Hoi ha leido al doctor algunas pájinas de mi diario.

--¡Bien! esclamó. Dejadla escribir, sor María. La pluma, el llanto i el sueño van a curarla pronto. Ya lleva una semana de mejoría, i todo se debe a...

--Acabad, doctor, agregué yo. ¿A qué se debe?

--Dejadme mirar vuestros ojos. ¡Ah! Estais tranquila...

¿No es así? Parece que ese apóstrofe que lanzasteis a la sociedad os desahogó. Lanzad cuantos os vengan a la imajinacion. Vaciad vuestra alma en el papel. Prefiero verla en tinta, ántes que en lágrimas...

--Dejad las chanzas, doctor. ¡Decidme a qué se debe todo!...

--¡Eh! Ya vais a tomar otro barreno. Todo se debe a que os quité de la vista al que habiais tomado...

--No entiendo, doctor. Por piedad, hablad claro. Ya sabeis que la mejor panacea que tomo es vuestra conversacion, i ella no ha sido jamas enigmática. La claridad de vuestras ideas es lo que ha iluminado mi espíritu. Hablad, hablad...

--No tengais aprensiones, señora. Principiad a curaros de vuestra susceptibilidad. Lo que he dejado de deciros es una nimiedad. Atendedme, pero prometedme no preocuparos. He notado que muchas veces os causaba el acceso un pobre loco que paseaba libremente por estas galerías, i he dispuesto lo pongan en otra parte. Eso es todo. ¿Comprendeis?

--¡Un clérigo!...

--Sí, un clérigo. Sentaos. Perdeis el color, ¡Dios mio! Fijaos bien en mis palabras. Desechad recuerdos. Ese clérigo os recordaba algo, pero no es él quien puede haberos hecho mal. Es un pobre que tiene la rareza de haber pasado de tonto a loco. Nunca ha salido del Brasil. No podeis haberle hallado en otra parte.

--No por cierto. Es que se parece a otro que a decir verdad no me ha hecho mal; a otro que ayudó a bien morir a...

--¡Señora! Fijaos en mí. No recordeis nada. ¡Agua, sor María! El pomo...

--¡I despues se reía!...

--¡Tomad un poco de descanso! Hablemos de otra cosa. Es un rico olor el de ese pomo, ¿verdad? ¡Venid, venid a la ventana, el emperador pasa! Va a la Lagoa, al Jardin de Plantas....

Este es el diálogo que he tenido con el doctor esta mañana. Lo he copiado por encargo suyo. Quiere ver si es exacto i darme en premio patente de sanidad. Si os falta un ápice, me dijo, si hai inexactitud, es prueba de que aun estais mal. Yo no recuerdo si mediaron otras palabras. No sé que refirió sobre la visita del emperador al jardin...

--¡Oh! ¡si tuviera yo una persona que me hablara así, como ese viejo doctor, tan alegre, algunas horas todos los dias! El portugues me parece una lengua hermosísima en su boca. ¡Qué bien habla! ¡Como resplandecen sus lucientes ojos en su negra cara i bajo esa cabellera blanca como la nieve! Es un médico mui sabio. Es médico de locos...

¡Qué diferencia con sor María! Siempre me habla de Dios en su jerga gabacha, sin salir de su tema. Quiere convencerme de que Dios prueba a sus criaturas mandándoles fuertes pesares, horribles pasiones, grandes dolores. ¡Qué ocupacion! Yo habria preferido que no me probase! Si él sabe que soi débil, ¿por qué me puso entre el crímen i el amor? ¿Por qué no inspiró mejor al criminal, para ahorrarme el dolor en mi inocencia, para ahorrarme la locura!...

¿Esta monja sabrá mi historia tal vez? En mis raptos de dolor se me habrá escapado. Siempre alude a lo mal que hace una mujer cuando ama sin reserva, i sin temor de Dios, a un hombre. ¿Será necesario amar a medias, sujetar el amor al temor de las iras de Dios?

Talvez se podrá hacer eso, cuando se ama tranquilamente, sin obstáculo, a un hombre que debe ser esposo; o cuando se ama a un hombre con quien no podremos unirnos jamas; i es necesario que la razon prevalezca para salvarnos de una vergüenza, de una deshonra...

¿Pero era alguna de esas mi situacion?

Yo respeté las leyes de Dios i del honor, miéntras mi amor era aplaudido de todos, miéntras mi madre lo bendecia, i Fructuoso era mi prometido. Entónces corrian felices nuestros dias. Fructuoso me trataba libremente i queria hacer bendecir nuestra union ántes de que se emprendiera una nueva guerra. Se decia que los chilenos trataban de declararla a la Confederacion.

Un dia llegó mi hermano, del ejército. Yo temblé; sabia que odiaba entrañablemente a mi prometido. Fructuoso desapareció durante largos dias. Yo estaba llena de angustias. Mi madre se mostraba severa: mi hermano mústio i sañudo. Al fin, recibí furtivamente una carta que conservo en la memoria:

«Mi Pepa querida, ídolo mio, insisto en escribirte, aun que no me contestes. Tal vez no has recibido mis cartas; pero creo que esta llegará a tus manos. Tu madre me ha intimado romper toda relacion contigo. Tu hermano se ha atrevido a declararme que me matará si intento verte. He tenido que sufrir el ultraje. Es tu hermano. Por conservar tu amor, toleraria que él me matara.»

«Somos nuevos Romeo i Julieta, pues mi tio i tu hermano son Mantegon i Capuleto. Esto lo dice todo. ¿Qué haremos? Necesitamos ponernos de acuerdo. Pienso que la nueva campaña que se anuncia pueda obrar un cambio eficaz.

«Yo partiré al Perú i despues de la guerra, tal vez tu hermano se saciará de honores i de poder, i los pagará concediéndome tu mano. Mi tio, estoi seguro, lo olvidará todo por nuestra felicidad.

«Alma mia, mi Pepa, ten valor. No para reñir, nó; una lucha ahora romperia para siempre nuestras esperanzas. Confia i espera. Mas es necesario que ordenemos de acuerdo nuestro plan, para vencer a nuestro enemigo.

«Si no puedes escribirme, está todo perdido. Es preciso que nos veamos. Habla con esa buena amiga que te entregará esta carta con un millon de cariños de tu--Fructuoso.»

Esa carta me lo revelaba todo. No sé por qué me reí al leerla, si de furor o de amor. ¡Mi hermano! ¿Qué títulos tenia él para dominarme así? ¿Era mi padre? ¿Por qué me hacia la víctima de sus odios? Mi anciana madre podria cederle. Yo, nó, mil veces nó. Desde ese momento lo miré frente a frente, desafiándolo, i delante de él mismo interpelé a mi madre sobre su intimacion a Fructuoso.

La señora calló i se deshizo en lágrimas. El quiso tratarme como a un soldado, haciéndome callar i obedecer. ¿Para qué recordar aquel ardiente diálogo? El tuvo que callar i aceptó mi declaracion de guerra con su mirada i un movimiento de cabeza, sin decirme una palabra. Tal vez no quiso aumentar el dolor de mi madre que tenia su cara cubierta con el pañuelo en que enjugaba su llanto...

VII.

Ayer estuve mal. Los recuerdos que escribí el dia anterior me hicieron daño.

El doctor ha estrañado mucho el quebranto, i como es mi confidente, tuve que confiarle la causa. Leyó i me consoló. El quiere que me habitúe a hacer estos recuerdos con tranquilidad, que tenga valor i serenidad para afrontar el pasado. Su conversacion me ha fortalecido, i él me ha prescrito que la narre aquí: es su receta.

--No recordeis, me ha dicho, esa catástrofe que tanto os espanta, i que yo no quiero saber. Contadme solamente vuestro amor. Su recuerdo puede ser un bálsamo para vuestro corazon. ¿Os visteis con Fructuoso?

--Sí, muchas veces, a pesar de la vijilancia de mi hermano, que me tenia rodeada de guardianes i de espías.

--Los guardianes son temibles. Los espías nó.

--Con efecto, los espías fueron pronto mios o de Fructuoso. Los guardianes se olvidaban de su cargo, cuando se ausentaba mi hermano.

--¿I vuestra madre?

--Ella me queria, me hacia justicia, i tal vez se imajinaba que al fin se santificaria nuestra union. Pero no creo que supiera que Fructuoso me veia.

--Era peligrosa vuestra situacion. Una jóven no puede exponerse jamas a un amor clandestino.

--Lo sé, ¿pero tenia ya lo culpa? ¿Deberia yo apagar, aniquilar mi amor, en obsequio de los odios de mi hermano? ¿Deberia someterme a su capricho i condenar a mi amante a un eterno olvido? ¿Qué razon habia para exijirme tal sacrificio? ¿Qué conveniencia? Mi amor no habria sido amor, si hubiera cedido a semejante obstáculo... Al contrario, él se exaltaba i se hacia mas ardiente a presencia de tal injusticia.

--Comprendo. Era lo natural, sobre todo cuando no mediaba el respeto al amor o al interes de nuestros padres que en ocasiones merece el sacrificio de una hija amante.

--¡Oh! si esa hubiese sido mi situacion, Fructuoso mismo me habria fortalecido para arrastrarla. Era tan noble, tan leal; i me amaba tanto que, apesar de no ser otra la causa de nuestra desgracia que un capricho indigno de respeto, él me trataba siempre como a la esposa que queria recibir pura i honrada.

--¡Admirable jóven!

--¿No es cierto? Si, ¡era admirable, era adorable!..... El primer beso que estampó en mi frente fué tan puro como su amor, i no se ocultó de nuestra amiga confidente.

--¿I cómo creeis no haberos salvado de una vergüenza?

--Por que al fin fuí madre... Si ello es mi vergüenza, no la siento. Si es una falta, la he purgado mui severamente...

--Nó, no lloreis, amiga mia, haced vuestros recuerdos con tranquilidad. Referídmelo todo.

--La última noche, víspera de la partida de Fructuoso a la segunda campaña al Perú, la pasé en sus brazos, desvanecida, extasiada... No tengo ideas fijas... Ni quiero tenerlas... ¿Fuí débil? No lo sé. Pero, ¡Dios mio!...

--¡Basta, no lloreis! Yo os absuelvo con toda la efusion de mi amistad paternal.

--¡I vos llorais tambien, i no quereis que yo llore! Todos me han absuelto. ¡Mi madre, mi pobre madre tambien! ¡Ménos mi hermano!...

--¿Volvisteis a ver al padre de vuestro hijo?

--Sí. Fructuoso volvió con los restos de ejército de Yungai. La campaña habia sido desgraciada. Mi hermano se aprovechó de aquella inmensa desgracia de la patria para llenar su ambicion. Se hizo poderoso...

--Se frustró el plan de vuestro novio...

--Sí, pero él creyó alcanzar mi mano a fuerza de constancia. Se sometió a todo, continuó en el servicio bajo las órdenes de su enemigo, con la esperanza de reducirlo a fuerza de sumision i lealtad... ¡Ah! ¡no puedo mas! ¡Doctor mio, me viene a la memoria aquella horrible catástrofe! ¡Favor, piedad! . . .

--Llorad, llorad ahora. Venid aquí, a la ventana, respirad la brisa del mar, enjugad vuestros ojos... Tomad este calmante, que os hará dormir dulcemente. Vamos a olvidar todo eso. Solamente os prescribo que me narreis otro dia, con calma, vuestro matrimonio, vuestra peregrinacion al Plata, cosas así, que os sean gratas, que no os hagan llorar. Recostaos. Yo i sor María vamos a velar vuestro sueño...

VIII.

¡Mi hijo! ¡ah! ¿vive aun o muere? Nada sé de él. ¿Se parecerá a su padre? ¿Será bello, valiente, noble, como él? ¡Tener un hijo, saber que vive, i no conocerlo, no saber como es, no haberle oido jamas!... ¿Hai una cosa mas rara?

Mi voto mas ardiente es que mi hijo no sea jamas el satélite de un déspota. El debe vengamos, i para vengamos tiene que ser el azote de todos los tiranos, ¡el paladin de la inocencia i de la justicia!

¡Los tiranos! ¿Hai nada mas horrible? ¿Hai nada mas irracional? ¿Cómo es necesario ser para vivir odiando, para vivir matando, para vivir en lucha constante con todos i con todo, con la justicia, con la honra, con la amistad, con el amor?... ¿Cómo se esplican esos odios tenaces, fervientes, implacables, que la política aborta, i que, unidos en una alma de fiera, producen lo que se llama un déspota? ¡I para estos locos no hai hospicios! ¡Solo hai honores, riquezas, sumision, humillacion, vileza! ¡Ah! ¡que mi hijo. Dios mio, no sea jamas, el siervo de una locura semejante!...

Si él tiene en su alma una chispa de la mia, sabrá ántes morir que someterse a esa infamia, que es propia, solamente de esa turba de tontos i egoístas que llaman pueblo.

Yo, ¡jamas me sometí, jamas me humillé! Si el cielo no pone en mi camino a un hombre de gran corazon, que, por amor o por lástima, me sacara de la esclavitud; ¡juro que todavía jemiria en ella, pero sin someterme!

--Tu matrimonio esta arreglado, me dijo un dia mi hermano, ¡consiento en él!...

--¡Hola! ¿Consientes? le contesté yo, lo mismo daria que no consintieras, si él, tan caballero, como es, quiere salvarme de tu opresion.

--¿Todavía estás loca? Yo no te oprimo.

--Pero has asesinado mi corazon, me has vuelto loca. Mi desgracia es tu obra. Sacrificaste mi amor en aras de tus odios.

--Quise vengarte i salvarte de la perdicion.

--¿Vengarme? ¿de qué? ¿de ser amada? ¡Hipócrita! ¿Salvarme de la perdicion? ¿Quién me perdió si fuí perdida?, sino tu infamia, tus odios, ¡tu venganza!...

--Te perdió quien te sedujo, i el que seduce a una niña es un criminal.

--Tú lo dices. ¿I el que seduce a las esposas de los servidores, de los amigos? ¿I el que no se sacia jamas de seducir, prevalido del poder?...

--Ese tiene el derecho de hacer todo lo que dices, porque puede.

--¡Pero no debe asesinar a azotes al que supone amante de su mujer! ¡Ni debe matar a sus propios hijos, por suponerlos de otro hombre! Ni debe asesinar al esposo de la hermana...

--¡Estás mas loca que nunca! Te haré encerrar otra vez, en el acto, hasta que te vuelva la razon...

--¡Oh! Nó; ahora no. Soi la prometida de un hombre jeneroso, que me salvará, i ¡a quien tú no podrás asesinar!...

--¡Loca! ¡Necia! ¡Ese hombre sabrá tu historia repugnante i te abandonará!

--Ya sabe mi historia desgraciada, no repugnante, i a pesar de eso me toma por esposa i me salvo de tí...

--¿Quién se la ha referido, dí, habla?...

--Solo un infame puede imajinar que una mujer desgraciada sea capaz de engañar al hombre noble que se compadece de ella i que liga a ella su suerte. ¿Te imajinas que yo callaria i no revelara mi pasado al amigo jeneroso que me ofrece su mano? ¿Crees que yo le haya mentido amores, o le haya ocultado la verdad? Le he abierto mi corazon, le he presentado mi pasado. ¡Todo lo sabe, ménos, sí, te lo juro, ménos tu crímen!...

--¡Ah! ¡Respiro! Has obrado como quien eres, como la hermana de un hombre como yo...

--Si hubiera obrado como tu hermana, habria mentido, habria engañado, habria traicionado, habria...

--Calla, Pepa. Tu odio a mí te pierde. Esa es tu locura. Sé racional por tu propio interes. Vamos a separarnos. El dia de tu matrimonio será para mí el principio de mi descanso. No volvamos a hablar. ¡Por nuestra santa madre, te pido que me olvides!...

--¡Perdonarte, sí. Olvidarte, no! ¿Cómo puede olvidar la víctima a su verdugo?

--Muriendo.

--Matándola. Tú debes saberlo. ¿Por qué no me has muerto a mí? Harto lo he deseado. He deseado mas. He querido matarme yo misma. Desde que tú asesinaste mi corazon, hace ya algunos años, no he tenido otro anhelo...

--No estarias ahora de novia.

--Sí, no estaria ahora obligada a asirme de esa única tabla de salvacion. Si quieres, la trueco por la muerte. Me caso por salvarme de tí. Por conseguir lo mismo, me mataria, dejaria con gusto que me mataras; i talvez seria mejor. ¡Quién sabe lo que me va a suceder!

--¡Eso no me importa!--dijo él dando vuelta las espaldas, i retirándose despechado, talvez furioso.

Yo quedé desahogada. Hacia años que no hablaba con él, que ni lo miraba siquiera.

No sé cuánto tiempo habia pasada encerrada, sin mas asistencia que la de dos cholas, que cuidaban de mí, i que a menudo lloraban conmigo... Decian que estaba loca. Tomaban por locura mi dolor; pero era porque no se queria que mis lamentos revelasen la verdad. Al fin me sacaron a la sociedad. ¿Seria porque habia dejado de lamentarme? Talvez. Ya entónces mi dolor era mudo, impotente, resignado, no hacia daño...

En la sociedad, fuí muda. Tenia la relijion del dolor i me encerraba para rendirle culto, el culto de mis lágrimas. Todos me compadecian, i no disimulaban su compasion. Cada cual se esmeraba en protestarme sus buenos deseos. ¡Qué consuelo! El desgraciado sabe bien lo que valen los buenos deseos de los felices. Le dan risa. Solo estima las simpatías de otros desgraciados.

¿Mi marido lo seria? ¿Por qué simpaticé con él? ¿Por qué me comprendió él, i se intimó conmigo? Tal vez porque era jeneroso, i no sabia mentir los buenos deseos con que ofenden los afortunados.

El dia de nuestro enlace volví a hablarle, a decirle la verdad, porque aun era tiempo de que desistiese de tomarme por esposa. El se reia con aquella injenuidad que le hacia tan amable. Me dijo que le bastaba que yo le tomase como libertador, aunque no lo amara, que su oficio era libertar, i que en esta vez lo ejercia conmigo porque me amaba. Si soi capaz de libertar a los que no conozco, me agregó, ¿con cuánta mas razon no me sacrificaria por libertar a la mujer que amo i a quien elijo por compañera de mi vida? Pepa, tranquilizaos, ¡me vais a deber amor i libertad!

Así fué. Cumplió como caballero. Pero como el cielo no me ahorró dolores, tambien me arrebató a mi libertador...

IX.

¡Oh, qué sublime! ¡Todo está iluminado por la luz de la borrasca!

Son las dos de la mañana. Es imposible dejar de contemplar este espectáculo, por mas que el doctor me ordene dormir en paz toda la noche, sin levantarme.

La tempestad asusta. A mí me deleita. Una luz verdosa, pero vivamente ajitada, intermitente, fosfórica ilumina todo el horizonte. Es un relámpago perpetuo. El trueno no acaba, redobla en todos los ámbitos, i solo es sobrepujado por el estampido de los rayos que caen acá, allá, mas léjos, en todas direcciones, describiendo violentos ángulos con su fuego, i bordando las nubes con cintas i culebrillas rojas i azuladas. Es un solo trueno, un solo relámpago, pero los rayos i centellas son a millares.

El mar ajita sus olas, que parecen de fuego i de esmeralda. Es una esmeralda en combustion, que se liquida i hierve. Sus resplandores dibujan la ribera, e inundan los edificios i los árboles, que parecen fantasmas que danzan i se ajitan convulsivamente.

La lluvia es un torrente que se desploma. ¿Por qué no hunde este asilo i la ciudad misma bajo su peso? ¡Cómo reiria el _Gigante_! ¡Ese Gigante recostado sobre la sierra que circunda la bahía! ¿Estará en este momento siempre tendido, siempre dormido? ¿No se ajitan, ni se desplegan su enorme nariz i su puntiaguda barba con una risa atroz?

¡No, ya el cielo se apaga, el trueno se retira, la tempestad corre, i solo deja en pos el torrente que se desprende de las nubes!

¡El pecho se ensancha! ¡Qué grato es respirar este ambiente húmedo i fresco! ¡Qué léjos se oye el trueno! ¿Por qué pasa con tanta lijereza la borrasca? Ya el mar no se vé. ¡Se oye solamente, como se oyen rodar los torrentes que bajan de la montaña!...

¡Imájen de la vida! El cielo tropical es el remedo de nuestra vida. Aunque seamos de los polos, de las alturas o del llano, nuestra vida tiene borrascas como las de este cielo. ¡Cuando las borrascas son perpétuas, oh, viene la locura!...

¿No ha bastado para enloquecerme una sola que demoró sobre mí mas de lo que debiera? ¡I aun hoi todavía pesa sobre mi corazon!

Ayer escribia para mi doctor la historia de mi matrimonio. Ese episodio fué en la borrasca de mi vida el viento que refresca, pero el trueno no cesó. Aunque a lo léjos, su estampido no se apagó, como se ha apagado ahora el de la borrasca que acaba de pasar.

El cambio de vida, la variacion de la escena reaccionaron en mí favorablemente. Viví consolada, pero siempre triste. El bullicio de la sociedad me distrajo, sin impresionarme. Las nuevas relaciones me impusieron deberes que me fastidiaron i que por lo mismo distrajeron mi dolor.

Mi llegada al Plata fué de buen agüero. Llegué en dias de fiesta, que a mí me parecieron de alarma, de conflicto. Las calles se veian llenas de jentes que corrian, de corrillos que discutian, de transeuntes que se atropellaban, de pesados carretones que asordaban el aire, de carruajes que volaban. Todo era por que se aproximaban las dos de la tarde, hora en que el cañon del Parque anunciaba que estaba abierto el carnaval. Aquellos dias de agua, de ruido i de algazara, de mascaradas, de bailes i saraos me impresionaron vivamente; pero me iniciaron en la vida alegre de aquella risueña cuidad, vida que restituyó la calma a mi espíritu, aunque no cauterizó jamas su herida.

Cuando pasó la novedad de mi instalacion, cuando mis ojos se habituaron a aquel inmenso horizonte, cuando se me hicieron familiares el rio, la pampa, los boscajes de la ribera, entónces mi imajinacion me trasportó al Illimani. Yo no veia lo que me rodeaba. Solo veia a mi patria, sus altas cumbres, sus torrentes, sus profundos senos... Una cruel memoria volvió a atormentar a mi pobre corazon.

X.

Un afan, al cual nunca me habitué, i un amor cuyos encantos se disiparon, fueron la principal ocupacion de mi vida durante aquellos años de calma.

El afan de disimular el tenaz recuerdo de mi pasado. El amor del ánjel que vino a consagrar mi union, el amor de mi linda hija.

Dedicada a los deberes de mi estado, tenia siempre en mi alma la punzante espina de mi dolor. Nada lo calmaba, i a todo instante vivia en mortificante alarma, temiendo que mi marido sorprendiese mi pena. Conversaba, sin ideas fijas; trabajaba, absorta en mis recuerdos; paseaba sin ver el paisaje, dormia despertando sobresaltada de temor de que mi ensueño me denunciara; i cuando oia música, huia con cualquier pretesto, para que las lágrimas no me traicionaran.

¡Qué afan tan crudo! Era mi locura. Todos lo veian al traves de mi triste semblante, de mis lánguidas miradas, i me preguntaban qué tenia, qué sufria, haciéndome estremecer con esta terrible pregunta. Solo mi marido no me lo preguntaba jamas. Lo sabia todo.

Entre tanto mi hija crecia, i sus gracias, su anjelical belleza, crecian con ella. ¿Pero mi maternal cariño bastaba a consolarme? Nó. Miéntras mas dulce i graciosa me parecia, mas temia que ella, como yo, llegase a ser víctima de un amor desgraciado. Miéntras mas cariñosa era conmigo, mas me recordaba a mi otro hijo, perdido para siempre. No sabia como inspirarla, como dirijirla. Su enseñanza me era grata, pero su educacion, la formacion de su espíritu me arredraba, porque temia contajiarla con mi locura...

Esta niña, me decia su padre, solo hace su voluntad. No hai quien la dirija.--Déjala que goce, le contestaba yo, es única i puede ser la reina de mi casa. ¡Quién sabe que porvenir la espera!

Ella no fué desgraciada, como yo lo temia. Su primer amor fué bendecido por nosotros. No hubo un tirano que la sacrificase a sus venganzas. Mi ambicion fué satisfecha. Pero parece que con ello tomó nueva fuerza mi antiguo dolor.

¿Por qué sucede esto? me preguntaba yo. ¿Es acaso envidia de la felicidad de mi hija lo que aviva en mí el dolor de mi desgracia? Nó, no era envidia. La hija que se emancipa por el matrimonio no pertenece ya a su madre. Es la rama de un árbol trasplantada a otro terreno feraz; ésta i el árbol paternal son dos seres distintos, por mas que la sávia de su vida sea una misma. Desprendida de mí aquella parte de mi sér, separado de mí aquel ánjel, que no debia jamas participar de mi dolor, yo tambien me sentí libre para sufrir, i mi terrible recuerdo, comprimido por tan largo tiempo, volvió a dominar mi corazon. El temor de disgustar a mi marido se disipó. Me habia habituado a creer que él era el único de quien no podia ocultarme, i naturalmente pasé a no poner cuidado en disimular delante de él.