Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana

Part 14

Chapter 144,153 wordsPublic domain

¿Pero cuáles serán esas tres palabras sacramentales que el ingles pronunciará todavía ciento cincuenta veces hasta enterar sus veinte años de peregrinacion? ¿Serán las mismas que pronunciaba al salir de la Cueva--JUSTICIA, PATRIOTISMO, DEMOCRACIA? No lo sabemos; puede ser que sean, si es cierto que el amor a la patria, cuando es puro i verdadero, estimula al patriota a practicar la justicia i a buscar la felicidad de la patria en el triunfo de la democracia.

Lo que es indudable, porque Lucero lo dijo, es que el dia en que se halle el patriotismo perdido, será dia de gloria, de contento, de paz i de fraternidad.

Entónces talvez se aclarará el problema ántes indicado, i sabremos si hemos vivido hácia atras, como Quevedo; si hemos ido adelante como la tortuga, o si hemos estado en un abismo como suelen estar los zapos entumecidos i sin accion en las entrañas de la tierra.

Mr. Livingston viaja todavía. Su constancia es un ejemplo. Hoi se le ve ya estenuado de fatiga, flaco i andrajoso. Su color se ha atezado, sus ojos se han apagado. La melancolía mas profunda se pinta en su semblante. ¿Acaso desespera de hallar lo que busca? ¿Morirá ántes de ese dia de gloria que le anunció Lucero?.....

Hace mui pocos dias que un coche paraba en el camino de Valparaiso, i un ingles de figura respetable sacaba medio cuerpo por la portezuela para llamar a don Guillermo. Este se acercó triste, mirando al suelo, i saludó. El del coche le paso su mano estendida i cubierta de monedas; el peregrino tomó una sola.

--¿Cuál es su nombre? le preguntó aquel en ingles.

--_Pagan_ (peegan), respondió éste i saludando siguió su camino.....

¿Por qué ese otro nombre? ¿Cuál es el verdadero?

Como quiera que sea, Livingston o Pagan, él es digno de las bendiciones del cielo.[28]

[28] En efecto vivia i viajaba todavía Mr. Livingston en ese año. El encuentro de que se habla fué efectivo, i el ingles que le llamó era el hábil i distinguido D. Federico Green, que venia en un coche con el autor de este cuento, i que habia conocido a Mr. Livingston en 1828, como dependiente de comercio en Valparaiso, pero sin recordar si era este su nombre, o si se llamaba Pagan, como lo dijo al responder.

Postdata.

Esa fué la última vez que vimos a nuestro héroe. El nombre de _Pagan_ que habia tomado simbolizaba su idolatría, i la espresion inefable de su rostro perfilado i trasparente indicaba cuán ardiente era la fé que tenia en su ídolo.

Yo participaba de su fé, i hubo momentos en que me aluciné, creyendo que él habia triunfado, llenando su mision. ¡Engaño cruel! En 1868 he sabido que el pobre loco habia muerto despeñado en una cuesta del camino de Valparaiso por una carreta, ¡ántes de completar sus tres mil viajes sagrados! El talisman del patriotismo quedó siempre encantado i Lucero perdida en las tinieblas. Lo que yo creia un triunfo no habia sido otra cosa que el claror deslumbrante del haz de pajas de la Mentira.[29]

[29] A Alude el autor a las esperanzas que despertó en los sinceros liberales la inauguracion de la administracion Perez, i al desengaño que en 1868, año en que se escribió esta postdata, habia producido la alianza clerical i conservadora en que se apoyó despues aquel gobierno.

¡Funesta desgracia! El héroe habia vencido a la Ignorancia i a la Mentira con una firmeza incontrastable, i se habia salvado del poder de la Ambicion i del Fanatismo con un valor de todos los diablos. ¡Trabajo perdido! Su admirable constancia no alcanzó a desencantar al Patriotismo, i la verdad, la justicia i la democracia quedarán todavía en los abismos, hasta que las levante de allí otro héroe que no muere jamas, que tiene mas firmeza i mas valor que un hombre solo; otro héroe que ha atravesado los siglos luchando por aquellos bienes, a quien los griegos llamaban _Demos_, talvez por lo que tiene de demonio, i a quien nosotros llamamos _Pueblo_, en nuestro lenguaje moderno.

EL DIARIO DE UNA LOCA.

I.

¡Ah! Estoi sola. ¡Gracias a Dios!...

Son las dos de la mañana. ¡Qué lindo es mi reloj! ¡Pobre muchacho! El me lo regaló el dia en que se casó con mi hija. ¿Qué será de ella? ¿Adónde estará?...

¡Ah! Estoi libre, ¡sola!... Pero no, esa monja horrible, mi guardian, está allí. Está tranquila, merced a mi estúpido sueño, i no estoi libre. Esa pesada puerta está con llave, ni es posible moverla siquiera. Pero la ventana ¡oh, qué alegría! ¡De par en par! ¡Dios mio! ¡Qué reja tan enorme!

Habrán sabido sin duda que mi mas vehemente deseo, mi deseo de tantos años, es matarme. ¡Mas no saben que soi tan cobarde! Mil veces he podido acabar con esta vida espantosa, ¡pero he tenido miedo!...

¡El suicidio! Sí, recuerdo las palabras de aquel célebre escritor, amigo de mi marido. ¡Qué bella era aquella tarde! Vino de visita i lo recibimos en el corredor de la quinta, con vista al rio.

Recuerdo que estábamos tomando mate. El sol se habia escondido en la pampa, i las aguas del Plata se dilataban a nuestra vista mansas i blancas, formando un inmenso horizonte. ¡Qué fisonomía tan enérjica la de aquel hombre! No recuerdo su nombre, pero tengo viva su imájen, ¡i sus palabras resuenan todavía en mis oidos!...

«Los pesares profundos, dijo, matan o enloquecen, cuando no hai fuerza de espíritu para recibirlos de frente i sonreirles. Los cerebros débiles se dejan dominar por la idea del dolor i se gastan o se desorganizan, hasta el punto de hacerse maniáticos, o de debilitar el organismo i hacerlo pasto de las enfermedades naturales o artificiales. El suicidio es una enfermedad artificial, voluntaria.»

¡Cierto! Mi organismo firme i robusto me ha salvado de las enfermedades naturales, i de esa enfermedad artificial, que se llama suicidio. El ha predominado por su fuerza vital, i ha hecho prevalecer sobre el deseo de morir la necesidad de vivir. Mi cobardía no es mas que esa necesidad imperiosa de vida que tiene mi sér. Pero mi cerebro es débil, i no se ha resistido a la locura....

¿Será cierto que estoi loca?

¡Qué noche tan oscura! ¡Que calor tan sofocante! El Pan de Azúcar se vé aquí cerca, como una sombra jigantesca. La bahía de Botafogo apénas se dibuja por la oleada fosfórica de la orilla. El mar no hace ruido. Pero esa luz blanca que estalla pausadamente, de cuando en cuando, contra la ribera, indica los latidos de su hondo seno.

Sí, estoi en Rio, lo conozco. Allí se ven las luces de la calle, que se reflejan en los boscajes inmóviles de los jardines. Todo duerme. Pero yo velo, i casi siempre estoi velando, cuando todos duermen.

¿Será cierto que soi loca?

¿Qué se han hecho los mios? ¡Ah! Dicen que han muerto! ¡I me han dejado aquí, sola, en una casa de locos!

Lo recuerdo bien. Si estuviera loca, no lo recordaria. O será que cuando lloro mucho, despierto de mi locura. Sí, mi pañuelo está empapado de lágrimas. Siempre está así, cuando me pongo a pensar i a escribir. I ántes de llorar ¿qué ha sido de mí? ¿He estado dormida, o he estado loca? Pero lo recuerdo bien: un dia me llevó mi marido a una gran casa. Bajamos del coche. Entramos a un gran vestíbulo. Subimos las escaleras. Allí habia otro vestíbulo espacioso con dos estátuas bronceadas que representaban hombres vestidos a la moderna. Parecian negros. ¿Serian estátuas de negros? Tambien habia una estátua blanca que dijeron era del emperador. Nos recibieron mui bien....

Desde entónces no recuerdo mas. Los recuerdos me vienen solamente cuando he llorado mucho. ¡Oh, el llanto es el rocío del alma! La mia está seca i helada como un páramo. Necesita de ese rocío para vivificarse.

Sí, comprendo. Soi loca. Por eso me trajeron aquí. Lo recuerdo bien. Llegué buena, pero profundamente triste. Algo de mui raro sentia yo en mi pecho. Hubiera dado mi vida en aquel momento por llorar, ¡i no podia!...

¡Qué multitud de fisonomías! En un salon habia muchos hombres a lo largo de una mesa. Los ví al pasar. Todos jesticulaban i trabajaban; pero estaban en silencio, i unas monjas de caridad los vijilaban. Mas allá entraban en ese momento a otro salon muchas mujeres en fila, todas vestidas uniformemente, i venian custodiadas tambien por monjas. Contigua a la salita a que me condujeron (¡oh! ¡es esta misma, la misma colgadura, los mismos muebles!) habia otro aposento en que se paseaba con lijereza una mujercita fea, de ojos saltados, vestido aseado; pero era horrible. Dijeron que era una portefía rica, que se llamaba... no sé cómo. Entramos aquí, nos sentamos, ¿i entónces?... ¡Entónces!

¡Ah! Sí, él. Pasó ese infame. Lo ví, la misma figura, la misma sotana, el mismo breviario en la mano... ¡Oh! Sí, lo ví. ¡Infame! ¡Sacrílego! ¡Demonio! ¡Satélite infernal de mi hermano! ¡Ah! ¡Ah! ¡Me muero! ¡Socorro!... ¡Quita allá, monja del diablo!... ¡Yo no te llamo, no te quiero!...

II.

Bueno: que se vaya en paz. Pobre monja. Es bondadosa. Con qué risa tan cordial me contaba el trabajo que le costó sujetarme anoche, i cuánto habia hecho por hacerme callar. Dice que la ultrajé mucho: pero lo decia con una alegría que muestra el candor de su alma, que da donosura a su seco rostro i gracia a su enorme boca llena de raros dientes. ¡Pobre monja! ¡Qué paciencia necesitan estas mujeres para soportar su oficio!

Son las dos de la tarde en mi lindo reloj. He dormido mucho; pero tengo fiebre. ¡Ah! ¡qué seca está mi mano, qué negra i arrugada! Soi vieja, sí, vieja de cuerpo; pero mi pobre corazon se resiste a envejecer.

Es él quien me atormenta. Es él quien tiene la memoria de lo pasado. Es él quien ama todavía. Mi razon solo le ha servido para ocultar sus deseos, para disfrazar sus latidos, para disimular sus arranques, sus delirios, sus dolores; pero jamas lo ha dominado, jamas le ha puesto freno.

¡Ah, corazon! ¿Por qué no envejeces como mi cara, como mis manos? Si hubieras envejecido, yo habria sido feliz. Mi vida habria corrido tranquila como el Plata, luciente como ese pequeño golfo que diviso al traves de la reja, serena como el Illimani...

¡Ah! Mi cerro, mi monte querido, el compañero de mi infancia, el blanco de las profundas miradas de mi juventud. ¡Mi cerro! ¿Te acuerdas de mí? Yo miraba tu blanca cabeza todas las mañanas al levantarme, i me estasiaba contemplándote. Cuando el sol del ocaso te doraba, tú atraías mis ojos i hermanabas tu eterna juventud con mi juventud pasajera. Yo tambien resplandecia entónces. ¿Te acuerdas? Cuando una cortina de gasa cubria tu inmensa majestad, yo estudiaba los graciosos pliegues de tu velo para imitarlos en mi traje.

Todos me llamaban bonita. Talvez lo seria. Nó, realmente lo era. Este elevado talle que aun me queda era flexible i gracioso como una tierna tacuara. Mi color i mi cútis, enrojecidos por el dolor, eran de rosa: i mis ojos, cárdenos i marchitos ahora, tenian tus luces i tus relámpagos, hermano mio, caro Illimani...

Tú estás siempre allá, inmóvil en tu base de oro. Yo soi un tizon de tus yaretas arrancadas para el fuego. Nunca me lo imajiné. Creia vivir siempre contigo, i siempre como tú. ¡Cuántos juramentos hice a tu presencia, creyéndolos eternos, como tú eres! ¿No te acuerdas? Una noche pasaba yo a tu vista, descansando amorosamente en el brazo de Fructuoso. La luna lo abrazaba todo con su luz de turquesa, i tú apagabas sus ondas con el reflejo de tu cumbre nevada.

--Mira como se hermanan, me decia Fructuoso, la luz del Illimani con la de la luna. Se podria señalar la línea en que se confunden.

--Son la imájen de tu alma i la mia, le replicaba yo, con aquel acento imperceptible que solamente oyen los corazones que se adoran.

--Pero la imájen mengua i desaparece, Pepa querida,--dijo él suspirando como quien llora.

--I vuelve siempre, eternamente, i no acabará jamas, como mi amor, le repuse, estrechando su brazo dulcemente.

En ese momento paraba nuestra comitiva i guardaba silencio para oir. Nosotros, que íbamos adelante tambien paramos. Se sentia una sonora guitarra, pulsada con maestría. Aquellos acentos eran deliciosos. Yo temblaba i no era dueña de mí. Una voz varonil i dulce, acompañada de la música, cantaba un yaraví cuyos últimos versos se me quedaron grabados en el corazon:

El que jura amor eterno, Triste, se olvida De que amor no es el infierno, Sino la vida.

I esclamé entónces con toda la fuerza de mi alma:

«Prefiero que el mio sea un infierno para que no acabe.»

--No, alma mia, será un cielo, que tambien es eterno, murmuró Fructuoso a mi oido.

¿Cuál de los dos anunció la verdad en aquel momento de felicidad, de que tú fuiste testigo, Illimani portentoso?

Mi deseo se cumplió. ¡Mi amor ha sido i es un infierno!...

Estoi loca. En los accesos de mi mal debo amar furiosamente. Las palabras i los actos que me recuerda la monja, como para correjirme, lo dicen. El llanto apaga ese incendio: pero entónces quedo amando, como ahora, con el dolor punzante del recuerdo, con el fuego concentrado de un volcan que se esconde debajo de su cráter. Siempre mi amor es un infierno...

¡Ah! Si yo pudiera salir de aquí, navegar libremente en ese lindo golfo, sentada a bordo de esos pequeños vapores que lo cruzan, oyendo la música de las harpas i violines de los italianos, que ganan su vida tocando! ¡Qué feliz fuera yo!

Allí aparece uno. Rompe audaz las olas serenas, levantando espumas. ¡Cuál viene la jente! ¡Qué movimiento, qué alegría! Pero no se acerca aquí. Esta playa es desierta. ¡Han aislado la mansion de la locura!...

¿Por qué no aislan tambien las ciudades? ¿No son todos locos? ¡Oh, sí, el mundo tambien está aislado! Será porque está habitado por locos. ¿A quién hacia yo mal? ¿No devoraba en silencio mi dolor? ¿No callaba? ¿No me ocultaba para llorar? ¿Por qué me han puesto aquí? ¿Quién podrá libertarme, si todos los mios han muerto?...

¡Sí! ¡Fructuoso! ¡Oh qué muerte tan horrible! ¡El clérigo! Allí, allí aparece...

No, no os alarmeis, sor María. Entrad sin cuidado. No estoi loca. Hablaba sola, porque estoi escribiendo lo que hablo. Sentaos, i dejadme llorar, las lágrimas me ahogan...

III.

Mucho lloré ayer, i despues me dormí profundamente. ¿Qué será el llanto, qué serán las lágrimas?... ¿Por qué el dolor del alma se desahoga mas por los ojos que por los suspiros del corazon? Parece que el fuego del alma produce la lluvia como los rayos de que se corona el Illimani producen los torrentes que se desbordan de sus faldas. Aquí tambien el fuego de este cielo abrasador sofoca a veces, i cuando los rayos estallan con su espantoso estampido en la cumbre del Corcobado, el cielo se deshace en lágrimas, i con el fresco de la humedad, se restablece la calma. ¿Será que él tambien padece i llora como yo?...

¡Ah! ¡Es preciso no llorar! Quien llora como yo, es encerrado en un asilo de locos... Los cuerdos no lloran, rien de todo. Para ser cuerdo, es necesario no tener fuego en el alma. Eso que llaman gran mundo en la sociedad tiene un páramo en su cerebro, siempre helado, siempre yerto, jamas ardiente.

¡Prefiero ser loca...!

Pero esta mañana se ha admirado el doctor de mi mejoría, i le repetia a sor María: «que ella duerma, cuidad de su sueño, que duerma mucho, aunque llore mas. Los ojos, cansados de llorar, se cierran pronto... Hacedla pasear por las galerías»...

¡Pasear! ¿Para qué? Para presenciar aquel cuadro espantoso?

Los locos desfilaban a hacer su almuerzo en el comedor. Iban callados i en órden, como los niños de un colejio. Abajo, en ese hondo patio, separado por rejas de las galerías que lo rodean, habia unos cuantos, de ropas desgarradas, de caras siniestras, dispersos i léjos unos de otros. Ni se miraban. Uno vestia casaca. Era militar. Su alma, sin duda, no fué un páramo...

¿Quiénes son esos? pregunté a sor María, que me hablaba en ese momento de la Vírjen.

--Son los furiosos,--me respondió.

--¡Ah! ¿Tan pocos hai?

--Todos los demas, añadió ella, con cierta intencion, están en sus celdas separadas, i tienen cada uno un guardian... como yo...

¿Seré yo furiosa? dije entre mí...

A las sazon les tiraban el almuerzo por la verja a los furiosos. El militar lo arrojó con la punta del pié, se quitó la casaca, la dobló con prolijidad, i poniéndola de cabecera, se tendió en las piedras.

Los otros comieron. ¡No he visto jamas nada mas horrible! Solo el tigre come así, devorando, aspirando el alimento, mirando a todas partes, gruñendo tal como si hubiera otro tigre para arrebatárselo, lanzando rayos por los ojos. En un minuto no habia nada sobre las losas, i los furiosos gruñian todavía. Estaba allí solamente el animal. El espíritu se habia volatilizado...

Me admiré. Me aflijí, temblé de miedo...

--¿Así como yo? pregunté a sor María, llena de vergüenza.

--¡Oh! ¡No, señora mia, mi pobre señora! Usted no come cuando está con el accidente, me replicó la monja.

--¿Hago como el militar?

--¡Sí, mi señora, pero nadie la vé, sino yo, que la cuido, yo que la quiero tanto!...

--¿Quién es ese oficial?

--Un frances, un compatriota mio, que dejó aquí un navío que vino a repararse, de paso para la Guayana, llevando prisioneros del golpe de Estado. El pobre se volvió loco a bordo. Solo se enfurece el 2 de cada mes, i se lleva tres dias combatiendo por la república.

--¿Tambien enloquece el amor a la libertad?...

--Debe ser así, porque en mi pais hai muchos de esos locos...

--Los tiranos no enferman así, porque la locura es su elemento. Están como el pez en el agua. Son los reyes de los locos, de toda esa turba que se cree cuerda, porque no tiene alma, i que hace casas como esta para los que la tienen. Vamos, sor María, me siento mal...

IV.

En efecto, aquello me enfermó. He reposado. Sor María me ha dejado sola.

¡Qué dia tan espléndido, pero cuán ardiente! No, hai brisa. El golfo no se mueve. He ahí a Rio de Janeiro, con sus colinas resplandecientes de verdura i cuajadas de blancos edificios. Allá el Rosario, mas acá las palmas del Largo de Machao, todos esos boscajes que suben son los jardines de Larangeiras. ¡Qué lindas quintas! Mas acá se perfila el barrio de Botafogo, con sus elegantes casas aisladas i rodeadas de verdes mangueiras, de plateadas magnolias, i de aquellos arbustos de hojas purpurinas i amarillas, que tan bello contraste forman entre esos abundantes i ricos colores. ¡Qué naturaleza!

¡I esa es la mansion de un pueblo de cuerdos, que ha construido en este sitio un palacio para sus locos! ¿Adónde está la razon, allá o aquí? Allá, si la razon consiste en ajustar la vida a las conveniencias del egoismo i a las exijencias de la sociedad: aquí, si únicamente tienen alma los que saben pensar i sentir sin egoismo, sin esclavitud, sin miedo, sin estupidez.

¡La humanidad no piensa, i se llama racional i se dice la reina del mundo! Solo piensa una mínima porcion, i de esos que piensan, los unos no hacen mas que estudiar el modo de esclavizar el espíritu i de sujetar a la sociedad a un sistema de ideas i de intereses, propio para dominarla: los demas que piensan, i no piensan de ese modo, son locos.

Pero todos sienten i se dejan llevar de sus instintos. El que sabe gobernarlos en provecho propio, saciándolos en secreto, i disimulándolos en público, para ajustarse a las conveniencias de la sociedad, ese es cuerdo.

En eso consiste la racionalidad, la superioridad del hombre. Solo los brutos no calculan, ni especulan con sus instintos. Tambien los locos... El cerebro que no calcula i se deja dominar de una idea, de una pasion, es cerebro descompuesto. Va al hospital.

¿Tiene una la culpa de ser así? ¿Por qué nos aprisionan entónces, como a los criminales? ¡Ah! porque somos bestias feroces, no somos racionales... El cerebro desorganizado carece de razon...

Yo no soi racional, porque me he dejado dominar de un amor tan inmenso como desgraciado...

¡El era tan hermoso, tan valiente, tan noble! La primera vez que lo ví, muchacho aun, con su uniforme punzó, a la cabeza de un batallon vistosamente vestido, me pareció un ánjel que irradiaba, que deslumbraba... Mi primer movimiento fué entrar a mi aposento i postrarme delante de la Vírjen, con el corazon anhelante, a pedirle que salvara de la muerte a aquel precioso jóven, que le tuviera de su mano en los combates, en los peligros de la guerra.

Volví a los balcones, en el momento de la partida. Iban a la campaña del Perú. Todo era movimiento en aquella plaza, todo bullicio; pero las músicas militares llenaban el aire con sus melodías, i parecia que lloraban. Sus acentos atravesaban el alma i humedecian todos los semblantes con dulces lágrimas.

Fructuoso montaba un potro blanco, que no marchaba sino que piafaba.

Frente a mis ventanas estuvo mucho tiempo, i yo me extasiaba mirándolo.

El sol reflejaba mas sobre el blanco mate de su cara, que sobre sus bruñidas armas. Parecia tranquilo, pero triste i severo. Su cabeza levantada dejaba ver toda su hermosura.

Sus ojos se fijaron muchas veces en mí, i cuando los mios se encontraron con ellos, me parece que se unieron i confundieron dos rayos de luz, que él cortó, moviendo graciosamente su espada para saludarme...

¡Ya nos amábamos!...

Una hora despues estaban desiertas la plaza i las calles. Pero yo creia divisar todavía a Fructuoso entre la nube del polvo que dibujaba por la senda del Alto la columna en marcha.

Me parecia oir todavía la vaga armonía de la música que se despedia, i sentia mi corazon opreso con aquella angustia del amor en ausencia.

El recuerdo de ese dia me hace llorar i mis lágrimas van borrando lo que escribo. ¿Este dolor tan dulce será locura?...

V.

Basta de lágrimas. Pero, no; quiero reanudar esos recuerdos.

Yo no sé tampoco si viví o no durante aquellos largos meses que pasaron hasta que Fructuoso volvió con los laureles de Yanacha i Socabaya.

Era coronel i estaba aun mas bello, mas dulce, mas adorable.

Tenia veintitres años, i no habia una mujer que no se muriera por él.

En el primero de los grandes bailes con que se celebraban aquellos triunfos, se atraia todas las miradas. Allí estaba la corte de la Gran Confederacion. El Protector i sus jenerales brillaban por el oro de sus trajes i la pedrería de sus cruces.

Fructuoso, vestido sencillamente, brillaba entre todos por la elegancia de su porte, por la serenidad i hermosura de su rostro.

El Protector lo presentó a mi madre i a mí, i cuando él estrechó mi mano, pidiéndome una contradanza, me desvanecí, no sé si de gloria o de amor...

Cuando bailábamos, me dijo él:

--Usted es la reina del baile, segun el voto de todos; pero yo la he visto a usted mas bella i mas deslumbradora en otra ocasion.

--¿Cuándo?

--En aquel momento de mi partida a la campaña. Cuando nuestras miradas se cruzaron, confundiendo nuestras almas en un ardiente amor.

--¡Señor!

--¿Para qué disimular? Nuestros corazones se comprenden, i no es justo que nosotros los tiranicemos, haciéndolos disfrazar su intimidad.

En efecto. Desde este instante nos hablamos i nos comunicamos como si hiciera largos años que nos tratábamos. Eramos uno.

Seis largas filas de contradanza, infinitos grupos de cuadrillas se organizaban en aquel vasto recinto, cubierto de luces i de flores que enbalsamaban el ambiente, i a mí me parecia estar sola con él.

Nada veia, sino su dulce fisonomía; nada escuchaba, sino sus encantadoras palabras al traves de los vivaces compases de la música.

Cuando paseábamos, yo reclinada en su brazo i lánguida de emocion, se abrian para darnos paso aquellas turbas de oficiales brillantes i alegres, que parecian saludar con entusiasmo una nueva aurora de amor que se levantaba; i yo entónces veia la aprobacion i el aplauso en todos los semblantes.

Si era tan simpática la union de nuestros corazones, ¿por qué fué despues tan cruelmente desgarrada, por qué he venido a llorarla en una casa de locos?

¡Oh! El amor feliz es simpático, no hai duda; pero cuando la desgracia lo hiere, todos apartan de él sus miradas. La sociedad no gusta de la desgracia, no quiere que la imájen del dolor se le presente en su camino. Por eso hace hospicios. Por eso no se acuerda de los que lloran, i los deja rezagados a un lado de la senda, para que mueran léjos de su vista.