Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana

Part 13

Chapter 134,064 wordsPublic domain

«Confiando nosotros, decia aquel, en el parecer que uniformemente han mostrado todos estos respetables señores, hemos tomado algunas medidas preventivas. Entre otras, por ejemplo, hace tiempo que retenemos aquí a un estranjero que era perseguido con una hechicera que le acompañaba en su fuga. Una noche en que hubo de ser aprehendido, pudimos obrar de modo que lo fuese su compañera, i él quedase libre i asilado entre nosotros.» (Esto es contigo, dijo Asmodeo al ingles.) «Este hombre puede servirnos mucho. Estando a nuestra disposicion i en nuestra casa misma la salida de la Cueva, porque nosotros dirijimos la inspiracion de los Jenios al mundo, i mantenemos la comunicacion con esas rejiones, podemos facilitarle la salida con la condicion de que nos procure el auxilio de los de afuera para derrocar a los Jenios i establecer nuestro poder.» (Don Guillermo no respiraba: no era mas que orejas para oir i ojos para mirar.) «Este hombre necesita vengarse de su larga peregrinacion en la Cueva, se afiliará con entusiasmo a nuestro servicio. Nosotros poseemos la clave del sistema sobrenatural de que los Jenios se valen para influir en las cosas humanas, pero no tenemos la fuerza necesaria para derrocarlos, para ocupar su lugar i ejercer su poder. Apelemos a la alianza con los hombres que en el otro mundo profesan nuestra doctrina. Pero para llevar a cabo el plan, es necesario que podamos disponer de un caudal, que lo formemos entre todos»...

El discurso fué interrumpido por los regüeldos de un notable a quien le habia dado flato.

--¡Fuit Illium! dijo Asmodeo, ardió Troya, i se echó a reir convulsivamente.

El enfermo se habia levantado de su asiento, i con él casi todos los concurrentes. Algunos de ellos, ganando la sombra de los otros, se acercaban a la puerta mui disimulados i desfilaban para afuera. Otros se ponian en corrillos a conversar por lo bajo con gran seriedad; aquellos se paseaban, i muchos, contajiados por el flato, comenzaron a sentirse indispuestos. En un cuarto de hora mas, habiendo ya mui pocos concurrentes, el senescal de los Esenios creyó prudente aplazar la reunion para otro dia, i el salon quedó desierto i a oscuras. La reunion habia terminado sin acuerdo ninguno, sin resultado, repentinamente, como termina la sesion de una cámara, cuando se ve en apuros un ministro que dispone de la campanilla. Talvez los Esenios i sus afiliados no tenian hábitos parlamentarios, o talvez entre estos últimos habia costumbre de salvar un compromiso o de conjurar un peligro, recurriendo al flato.

Como quiera que sea, los dos espectadores de este espectáculo se habian quedado en la tribuna el uno riéndose i refunfuñando, i el otro estupefacto, como una estátua de piedra, i casi en ayunas del contenido i significacion de lo que acababa de ver.[27]

[27] Este cuadro hace la descripcion, salvo los detalles necesarios para mantener la verdad relativa del cuento, de una de las primeras conferencias que celebraron los pelucones por organizar la conspiracion de 1829 contra el gobierno liberal; reunion que terminó como aquí se refiere. El autor oyó a Don Ventura Marin, su maestro, describir esta conferencia, que tuvo lugar en el cuarto del canónigo Meneses, rector del Instituto Nacional.

XXI.

En donde se ve que no es malo salir como se ha entrado.

--¿En qué piensas, Guillermo? decia Asmodeo un momento despues a su compañero, sacudiéndole de un brazo; i éste alumbrado en medio de aquellas tinieblas por los dos carbunclos que usaba por ojos el otro, tomó un asiento, como fatigado i siguió pensando, puesto un dedo en la sien i la vista fija en el suelo.

--¿Piensas quedarte aquí? No puede ser porque voi a cerrar la puerta, agregó el viejo.

--Nó, al contrario, dijo el ingles: pienso en irme ahora mismo. ¿Como ha podido escapárseme la salida de la Cueva?, puesto que está en esta misma casa, que tanto he recorrido i examinado. ¿Qué misterio es este? ¿Miente acaso el Esenio que acaba de hacer esa revelacion?

--Dice la verdad, replicó Asmodeo, i tú debes haber pasado mil veces por esa salida sin reconocerla: está al fin del parque mas inmediato. ¿Pero por qué no esperas a que te nombren embajador?

--¡Si hubiese de ser para que todos cayeran, esperaria! ¡Mas, la salida! ¡¡Dios mio!!...

--Cuidado con esas esclamaciones, si quieres hallar la salida.

--¿Por qué? ¿Podria señalármela usted?

--Es claro que sí. Favor por favor: tú me has abierto la puerta de esta tribuna; yo te abriré la otra. Pero necesitas, no solamente el valor que tenias cuando entraste a la Cueva, sino otro tanto mas: vas a atravesar un camino espantoso. Yo te acompañaré con una condicion...

--No admito condiciones: fio en mi valor i en mi porvenir.

--Corriente. Voi solamente a ponerte en la puerta; favor por favor i estamos a mano. Vamos.

--Vamos pronto.

I salieron de la tribuna, cerrándose tras de ellos suavemente la puerta. Bajaron de la galería, tomaron un claustro, se introdujeron por un pasadizo, pasaron una puerta, otra mas i despues otra; todavía un callejon i salieron a un parque cuyos frondosos árboles dormian en silencio, sin que la mas lijera brisa ajitase su follaje. El silencio era profundo; solo se oia el golpe de la pierna coja de Asmodeo en el suelo limpio i endurecido de la avenida de árboles que habian tomado. El viejo marchaba a paso redoblado adelante, i el ingles tenia que apurar el suyo para no quedar atras.

Al fin de la avenida, se esplanaba el lugar, pues terminaba la arboleda i solo tenian a su frente un cerro elevadísimo que parecia tocar las estrellas con su cumbre. Mr. Livingston veia levantarse sombras vaporosas por todos lados, i comprimió sus ojos con la mano, para persuadirse de que esos fantasmas eran una ilusion de su vista. Pero cuando volvió a mirar, los halló mas cerca, i no pudo ménos de esclamar:

--¡Estamos perdidos, nos han rodeado los Esenios!

--No hai cuidado, son mis espíritus, que me hacen los honores de ordenanza, esclamó el viejo, al momento de llegar a tocar una enorme roca que se avanzaba del cerro, como centinela. Aquí esta la puerta: busca un boton que debe estar ahí.

Don Guillermo recorrió con su mano durante algunos minutos el paraje que se le indicaba i halló un punto redondo que le pareció de fierro.

--Aquí está, dijo conmovido.

--Apriétalo, le replicó Asmodeo; i el peñasco dió una media vuelta sobre su eje, a la presion violenta que el ingles hizo en el boton, dejando en su base una abertura oscura i renegrida, larga i angosta, que seguia en su curso la curva de la figura de la roca.

--Entra, agregó Asmodeo, i buenas noches; hasta mas ver.

El ingles intentó darle la mano en muestra de agradecimiento, pero él le volvió su joroba mirando hácia el parque i silbando despacito un aire de «Roberto el Diablo».

Bajó Mr. Livingston lleno de emocion, i adentro sintió una atmósfera tibia i seca que le paralizó.

--¡Adelante, derecho, sin titubear, valor!... le gritó de afuera Asmodeo.

El obedeció, i sintiendo el suelo firme i parejo bajo su planta, echó a andar con rapidez. Despues de algun tiempo de marcha no interrumpida, notó que la oscuridad no era tan profunda ni el silencio tan continuado, pues que algunos ruidos indefinibles herian su oido. Pensó en Lucero, suspiró por ella con dolor i con esperanza, i recordó la descripcion que en otro tiempo le habia hecho del camino de la salida i las instrucciones que le habia dado. Pronto debo encontrar, dijo entre sí, al monstruo de la ignorancia.

Un rujido espantoso aturdió a don Guillermo, pero no conmovió su corazon. Sintió que le repelian con violencia, i fijando con toda intensidad su vista, vió delante de sí que la bóveda de la caverna habia desaparecido, i que marchaba por una agostura aclarada por una vislumbre opaca que dejaba ver a uno i otro lado elevadísimas murallas de roca. A pocos pasos mas, ya no pudo andar sintiendo sus piés enlazados como por un anillo de hierro. Cruzó ambas manos sobre el pecho i esperó. El anillo de hierro subia lentamente, pero mas bien eran nuevos anillos los que le abrazaban las piernas, puesto que mas arriba del primero que le ligó los piés, sentia otro i otros que se le enroscaban i apretaban, produciéndole una impresion de hielo que le daba un frio mortal a pesar de sentirse empapado de sudor. Un jadeo silbante i áspero, como el del boa constrictor, llegaba a sus oidos, i sentia un hálito pestífero, cuando los anillos le subian ya hasta la cintura.

El peso de los anillos casi le doblaba, i al mover sus brazos para balancearse i equilibrarse, sintió con ellos la cabeza enorme de la serpiente que le envolvia i tocó la forma i la morbidez glacial de su cuerpo. Entónces los levantó hácia arriba para que en ellos se enroscase el monstruo i preservar su cuello de la estrangulacion. Así sucedió, i aquella serpiente atroz dobló sobre el codo del brazo derecho su cabeza de un pié de largo, con ojos de áscuas, de boca abierta i de lengua de saeta que movia horizontalmente con velocidad, i la colocó cerca de la cara del animoso ingles.

«¡La luz de la JUSTICIA, el ardor del PATRIOTISMO i el poder de la DEMOCRACIA disipan las tinieblas, i aniquilan la ignorancia!» dijo el héroe con voz trémula i pausada.

La serpiente dió un silbo parecido al que hace la tempestad en la jarcia de un navío, i se desplomó al suelo...

El héroe quedó inmóvil algunos instantes i repitiendo--Justicia, Patriotismo, Democracia, emprendió su marcha rápida i segura hácia adelante.

Una luz viva i rosada inundaba entónces aquel estrecho sendero por donde apénas cabian cuatro hombres de frente. A uno i otro lado se notaba la superficie desigual i ondulada de la montaña, que al parecer habia sufrido un rajamiento obrado por un cataclismo, como se ve en la angostura de Chañarcillo i en las gargantas del Caspio. Los ángulos i demas formas salientes de un lado correspondian a las hendiduras i curvas del otro; i el perfil de ambas líneas culminantes era igual, i ese perfil se divisaba a una elevacion prodijiosa.

Mr. Livingston abarcó de una mirada la fisonomía del lugar, i siguió las ondulaciones del camino, sin saber lo que habia detras del punto que le interceptaba la vista. Pero marchaba con valor i confianza, a pesar de que todavía sentia helada su sangre, húmeda su frente, i se miraba las manos como si fueran de mármol.

A medida que avanzaba, notó que la vereda se ensanchaba, pero que la luz disminuia i se ponia de un tinte incierto que estraviaba la vista i hacia vacilar la cabeza. Trató de sobreponerse a aquel prestijio i redobló su paso; pero al dar vuelta una curva de la montaña, se halló con tres caminos. Paróse dudoso i casi se aflijió: no sabia cuál de esos caminos debia tomar, i habia perdido la direccion del rumbo que traia.

Una mujer bellísima se presenta en el punto que hacia centro a los caminos. Vestia ropas lucientes i ricas, tachonadas de máscaras i lenguas rojas, mostraba solo una pierna por la abertura de su túnica talar, porque la otra le cojeaba; i llevaba en la mano un haz de pajas ardiendo, cuyas llamas deslumbraban i perturbaban la vista del viajero.

--¿A dónde vas? le preguntó con una sonrisa que descubria una boca negra i oscura.

--En busca del Patriotismo, respondió con severidad don Guillermo.

--¿Para qué? ¿Con qué fin?

--Porque esa virtud nos traerá la luz de la Justicia i el poder de la Democracia, que hacen triunfar la verdad i matan la mentira!

--¡Marchad! dijo ella i se estinguió repentinamente la llama del haz de pajas, despidiendo humo renegrido i hediondo.

--¿Cuál es el camino? preguntó el viajero.

--El de la derecha...

--¿I por qué no el de la izquierda?

--El que queráis, dijo la bella, i dió vuelta las espaldas, ocultando con el manto su pierna coja.

Pero el ingles miró con vista fija i cierta, i distinguió bien que el camino del centro estaba iluminado, miéntras que los otros eran oscuros, diferencia que ántes no habia notado, porque su vista vacilaba i la llama del haz de pajas la estraviaba. Entónces tomó con denuedo la senda iluminada, miéntras que la Mentira se perdia en las sinuosidades lóbregas del camino de la derecha, i se oia el gárrulo sonido que hacia al andar con sus vestidos.

La luz fué mas viva i dorada por algun tiempo i la angostura mas ancha i derecha, pero allá a lo léjos se divisaba una columna negra que cerraba el camino en toda su altura, como si fuera su término. Así anduvo el viajero una inmensa distancia, hasta que vió distintamente que la columna no era un cuerpo perpendicular, como le habia parecido, sino una abertura profunda, que indicaba que el camino continuaba oscuro como una caverna, estrecho i sinuoso. Por un instante sintió que el corazon se le oprimia, pero un rayo de su mente le representó la imájen de Lucero i cayó sobre su corazon, desahogándolo i dándole contento.

¡Adelante! dijo, i penetró en las tinieblas. Pero al punto tropezó en un estorbo, i una voz gutural, ronca i desapacible como la que sale de un pecho enfermo, esclamó:--«Cuidado con mi pierna, que es la mala, mi buen Guillermo! Eres valiente i sagaz. ¡Bravo! Has dado pruebas mas espléndidas que las que dió en su mocedad nuestro hijo Napoleon el Grande. ¡Eres mas grande tú! ¡Eres un Wellington! I a propósito, ¿sabes que ese diantre de viejo se conserva todavía en todos sus brios i comiendo uvas como un viñatero?»

Mr. Livingston habia reconocido al mismo Asmodeo, su compañero en la tribuna, que estaba allí sentado en el suelo i que le miraba con sus ojos redondos i ardientes.

--¿Qué hace usted aquí? le preguntó sorprendido.

--Hijo, le respondió, me adelanté a tí luego que te ví triunfar de la sierpe, pues te habia seguido desde la entrada, i aquí me he puesto a esperarte.

--¿Para qué?

--Para aconsejarte que no sigas adelante. Me das lástima, i me intereso por un valiante como tú.

--Estoi decidido: yo no vuelvo a la Cueva, suceda lo que sucediere.

--¡Ah, tú no sabes lo que te espera!

--Pero usted lo sabe i me lo dirá.

--Me gusta tu confianza. Pues, hijo, aquí, en esta noche de mar en tempestad en que vas a entrar, te encontrarás con una bandada; nó, con una turba, ménos: con una atmósfera de cuervos voraces que te harán pedazos i para quienes no valdrán los conjuros que te ha enseñado Lucero.

--Yo venceré, pasaré adelante.

--Lo creo, tú te volverás águila, porque puedes hacerlo i pelearás, hasta salir desplumado. Pero mas adelante i en el término de la salida, no te valdrá ninguna brujería, ningun ensalmo, ningun valor. Allí el suelo está erizado de bayonetas, al estremo de no haber donde pueda pisar un mosquito; i la atmósfera está cruzada en todas direcciones de balas de todos los calibres imajinables, que te matarían aunque te volvieras pulga. Hijo, yo te lo digo con esperiencia: con los cuervos i los soldados que manejan aquellas armas no hai medio, pues que los unos pican i los otros matan todo lo que no les pertenece. Lo mejor es no hacerles frente, no luchar con ellos a la descubierta, i dejarlos que solos entre sí se piquen i se destrozen, porque cuando tienen enemigos que combatir, se unen i se hermanan respectivamente a las mil maravillas.

--Es cierto que yo no debo combatir ni resistir.

--Ya, pero tampoco debes siquiera presentarte a esos monstruos en ningun caso. Un hombre cuerdo no lo hace jamas. Lo que importa es huir bien léjos de ellos, dejarlos aislados, solos, que se devoren en su propio fuego.

--¿Qué hacer entónces?

Asmodeo se quedó pensativo un rato. Luego continuó:--Hombre, yo te salvaría, pero no puedo hacer nada de valde, i tú no admites condiciones. ¿Me darías tu alma?

--La tengo dada a Lucero.

--Para dirijirla solamente, para ser tu padre espiritual.

--Lucero me dirije.

--¡Qué diablos!... Pero me ayudarias allá en el mundo en algunas cosas que yo te encargaria de vez en cuando?

--Eso sí, con tal de que no me estraviase de mi principal mision.

--¡No hai temor! Yo tengo hecho ya el ánimo a ver triunfar la democracia. Los hombres son hombres siempre, i tanto me da pescarlos en China como en Inglaterra, en Turquía como en la Union Norte Americana. Vamos, manos a la obra.

El viejecillo se levantó, i dando una cabriola, volvió las espaldas al ingles. Súbitamente se desprendieron de su joroba dos enormes alas de murciélago, que desplegó con natural donaire. En la articulacion superior de esas alas aparecieron dos pequeños cuernos rosados que las coronaban graciosamente.

--Ya está, esclamó, échate sobre mí i aférrate de esos cuernecitos. Cuernos de cabron fueron los que te simbraron a la playa del mar cuando entraste a la Cueva, i cuernos de murciélago son los que te sacan para lanzarte a la ceja de la cordillera. Lo mismo da, i saldrás como has entrado.--Dijo i partió volando hácia arriba como una bomba arrojada por el mortero.

El vuelo fué atroz, violento, mas veloz que el huracan, mas impetuoso que el rayo. Don Guillermo, aferrado de los cuernos i tendido en las espaldas de Asmodeo, sentia silbar el aire en sus oidos, veia precipitarse como una ilusion las montañas hácia abajo, i un vértigo doloroso le quitó el sentido. El instinto o mas bien la crispadura de sus nervios, le mantuvo asido a los cuernos.

Asmodeo llegó arriba i sentó airoso su planta. Sacudió el cuerpo i tiró su carga al suelo. El ingles estaba exánime, lívido, sin pulso. El viejo le echó una mirada al soslayo, sonriéndose; i haciendo una castañeta con ambas manos, ahuecó su boca dándole el sonido burlesco de un calabozo, i se lanzó a la Cueva como un águila sobre su presa...

XXII.

1841.

El sol estaba en su zenit, i desprendia a torrentes sobre la tierra esa luz caliente, confortante, clara, nítida, espléndida con que nos regala en un dia de junio, cuando el suelo está ennegrecido por la lluvia, i los árboles en esqueleto nos presentan su triste desnudez.

La bóveda celeste ostentaba toda su pureza, ni un vapor la empañaba, i su limpio azul relucia mas, en vez de atenuarse, con el esplendor del sol. La vista podia dilatarse i penetrar bastas las últimas ondas de aquel éter dulcísimo que azula nuestro cielo en un dia de invierno.

Ese calor vivificante obró en los miembros ateridos de nuestro héroe, que vuelto en sí, recobró todo su vigor i se puso de pié. Estaba en la cumbre de una montaña, a cuyo pié se estendia manso, inmenso i portentoso el océano: allá a lo léjos se divisaba una franja de espuma blanca como la nieve, describiendo el mismo curso de la base de las colinas, que formaban una estensa bahía. En el fondo aparecian como columnas flotantes algunos buques que surcaban las olas, i otros se veian de costado ostentando todo el lujo de sus velas, como las gaviotas que se columpian en sus alas desplegadas. Al pié de la montaña se elevaban columnas de humo, i en los últimos declives se distinguian casas apiñadas, cuyos techos de diversos colores estaban limpios como despues de un aguacero.

Don Guillermo suspiró con efusion inefable, i sintió que las lágrimas se le agolpaban i le eclipsaban la vista. Se arrodilló i oró......

Despues de pasada esta primera impresion consagrada a Dios, reconoció que estaba en una senda que se prolongaba por toda la ceja de la montaña i descendia al mar.

--¡Este es el camino de Carretas, dijo; no hai duda! ¡¡¡Allí está Valparaiso!!!....

I corrió como un niño hácia abajo, lanzando gritos de alegría i ajitando sus brazos de contento. Despues de largo tiempo, se sintió fatigado; paró, se sentó en una peña, i desde allí descubrieron sus ojos una ciudad estensa, cuyas calles se prolongaban a la orilla del mar, formadas por edificios elegantes, limpios i de variados colores. Sintió el bullicio, i en las casas que faldeaban las colinas mas próximas, vió el movimiento de los habitantes.

--¡Nó, esclamó tristemente, nó; Valparaiso no es ese, no es tan grande, no es así! ¡Adonde estoi!

Mucho rato estuvo absorto, pero sin pensar en nada; i al fin su vigorosa intelijencia despertó.

Se puso en marcha de nuevo, pero pausadamente i aun con tristeza. Así comenzó a penetrar por entre las primeras casas, i no siéndole estraño el tipo de las jentes que encontraba, paró enfrente de unas mujeres que cosian tomando sol a la puerta de una habitacion.

--¿Qué barrio es este, niñas? les preguntó en buen español.

--El cerro de Carretas, señor, le respondieron con afabilidad.

--Gracias, dijo, i siguió su camino.

--Mira, ¡qué gringo tan buen mozo! oyó que decia una mujer.

--¡Qué pálido! ¡De dónde vendrá! decia otra.

Don Guillermo iba mas tranquilo, i su continente era ya el de un hombre que ha sufrido grandes desgracias, mas calmado.

El sol descendia tras de la punta de Curaumilla, cuando el ingles bajaba las últimas laderas de la quebrada del Arrayan i penetraba por callejuelas estrechas i barrosas.

Despues de algunos minutos desembocaba a la plaza Municipal i se dirijia sin vacilar a la calle de la Planchada. Multitud de jentes cruzaban en todas direcciones, pero nadie se dignaba echar una mirada sobre el viajero. Entre tanto él los miraba a todos i a cada momento creia encontrar a algun antiguo conocido; el corazon le palpitaba con violencia, la cabeza se le reventaba i sentia vahidos que le hacian sudar, las piernas le flaqueaban: tal era la fuerza de su emocion al verse salvo en los mismos sitios donde ántes soñó venturas.

De repente i casi maquinalmente, paró en el hotel de Francia, en cuya ancha puerta habia unos franceses con sendos i poco fragantes puros en la boca, hablando todos a un tiempo, _sans façon_, como si estuvieran en casa. El ingles entró derecho, i ellos, haciéndole paso, le miraron de alto a abajo, no sin fijarse en el hermoso sobretodo que le cubria su elevado cuerpo, hasta mas abajo de las rodillas.

En el patio se presentó un mozo, i Mr. Livingston se dirijió a él preguntándole por madama Ferran.

--Ya no está aquí, señor, le dijo aquel, tiene ahora el hotel de Europa.

--¿A dónde?

--En la plaza Municipal, a la entrada de la calle de los Alamos.....

Mr. Livingston dió media vuelta i desanduvo su camino, volviendo a llamar la atencion de los franceses de la puerta, que le tomaron entónces por capitan de buque.

Llegó a la casa señalada, i apénas entró al patio sintió que madama Ferran llenaba todos los ámbitos de la casa con su voz sonora, dando órdenes desde los altos. Subió la escalera, siguió el rumbo de la voz, i llegó hasta la persona que la producia. La voz paró un momento, pero luego se desató como una catarata. La servidumbre entera se puso en movimiento. Corrian luces por todas partes, tronaban los pisos entablados con las carreras, tropezaban los mozos llevando ropas de cama, bandejas, cubiertos i uno de ellos se despeñó escalera abajo, impulsado por madama Ferran que le mandaba a la cocina.

Un cuarto de hora despues todo estaba tranquilo.

Pasados algunos dias, en una tarde húmeda i nebulosa, Mr. Livingston estaba tomando café en el Aguila i sucedia lo que se refirió al principio.

XXIII.

1860.

Pronto se enterarán diez i nueve años contados desde aquella tarde. Mr. Livingston habrá hecho hasta entónces dos mil ochocientos cincuenta viajes entre Santiago i Valparaiso, i habrá repetido en cada una de esas ciudades mil cuatrocientas veinte i cinco veces tres palabras misteriosas.

¿I nosotros qué hemos hecho? Nada. ¡Un solo viaje! ¿Para atras o para adelante? Ese es el problema. Los descontentos, que son muchos, dicen que para atras. Los contentos, que son pocos, dicen que para adelante. Mr. Livingston, que nos ve con ojos serenos, talvez creerá que principiamos a andar cuando él emprendió su peregrinacion, pero que a pocos pasos que dimos tropezamos i nos caimos de cabeza en un abismo.