# Angelina (novela mexicana)

## Part 15

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Anteayer en la tarde salimos de paseo por las orillas del pueblo, que todas son laderas. Papá tomó asiento en una roca, y se puso a rezar el oficio, y yo, entretanto, me eché por aquellos vericuetos, y subí y subí, hasta un picacho desde el cual se ve algo de los valles de Pluviosilla y de Villaverde. Llegué a la cima, y llegué fatigadísima. Es cierto que desde allí se dominan los campos de Pluviosilla; pero ¡ay! sólo un poquito, muy poquito, los cerros de Villaverde; nada más la punta del Escobillar. ¡Cuánto hubiera yo dado por ver, aunque fuera desde tan lejos, esa peña en la cual te sientas a contemplar la puesta del sol. Estaba el cielo muy limpio y despejado; ni una nube en esa región; y yo me decía: ¡quién fuera pajarito para volar hacia allá, y volar, y volar en busca de Rorró, de mi Rorró! Sentada allí, entre el follaje, estuve pensando en tí; pero con muchas ganas de llorar.... Era ya muy tarde; bajé, y a la bajada, corté muchas flores, y como no puedo mandártelas, elegí un helecho que va dentro de esta carta. Lleva una cosita... ¿a qué adivinas? Te acuerdas que la noche, cuando nos despedíamos, me pedías las flores que tenía yo en la cabeza? ¿Te acuerdas qué me decías?... Me da vergüenza escribirlo; pero ¡tú me entiendes!... Escríbeme, Rorró. Escríbeme, alma mía; mira que si no me pones cuatro letras, aunque sean cuatro letras nada más, me voy a morir de pena. No seas perezoso, Rorró. Tú eres muy perezoso, y aunque me quieres mucho, como yo a tí, eres capaz de no escribirme a tiempo, y el mozo vendrá, y no me traerá carta tuya, y tendré que esperar ocho días, ¡ocho días, que serán para mí ocho siglos! Escríbeme; mira que estoy dispuesta a ir hasta el rancho de los Cedros a encontrar al mozo, para que me dé las cartas y los encargos. ¡Imagínate qué pena tendré si tú no me escribes!

Ya es muy tarde: acaban de dar en el reloj de la sala las doce de la noche, y no puedo seguir escribiendo. Ya escribí la otra carta, para que no te veas en el compromiso de leer ésta delante de tus tías, y así será en lo de adelante. Dos cartitas: una para tí y para todos, otra para... «mi Rodolfo».

Cuida mucho de tus tías, particularmente de doña Carmelita. Piensa que la pobre está muy enferma, muy nerviosa, y necesita cariño y amor. Ya les escribo cuatro renglones. Dile a doña Pepilla que si tiene entre manos alguna obra grande, que me mande los avíos; que yo la ayudaré aquí; que tengo mucho gusto en ayudarla; que me sobra tiempo y puedo emplearlo en eso.

Dime lo que haces, y en qué pasas el tiempo cuando sales del escritorio; dime si piensas en mí; si te acuerdas de tu Linilla que te quiere mucho, mucho, mucho, y sólo vive para amarte. ¡Adiós!

Angelina.

P. D.--¡Cuidadito con no escribir! Te castigo: no vuelvo a pensar en tí.»

XXXVIII

La carta de Angelina fué para mi alma entristecida como el rayo del sol que disipa en valles y riberas las brumas que dejó la tempestad. Me sentí dichoso y feliz, feliz y orgulloso de ser amado. Algo como un soplo de primaverales vientos inundó mi alma y vino a reanimar mi desmayado corazón.

No quise recogerme sin escribir antes a Linilla. Todo reposaba en torno mío. Por la ventana, abierta de par en par, entraban los aromas del jardín; el agua corría silenciosa por el sumidero del pilón, y de cuando en cuando, anunciador de la estación florida, preludiaba un jilguero su amorosa serenata.

A media noche dejé la pluma, y leí, y releí mi carta: seis pliegos escritos por las cuatro carillas. Presa de un desaliento inexplicable metí los pliegos en el sobre. No; no decían aquellas páginas lo que sentía mi corazón. En vano me empeñé en transmitir al papel las impresiones que en mí produjo aquella carta; en vano luché por expresar la emoción de mi alma hondamente conmovida, la emoción sublime que señoreada de mi espíritu anudaba mi lengua, humedecía mis ojos y paralizaba mi pensamiento.

Desalentado, rendido de cansancio, me tendí en el lecho. A la incomparable alegría de un instante sucedió en mí cierto estado penoso, y procuré dormir.

Alguien ha dicho que el sueño es un anticipo que nos hace la muerte. Dulce y reparador después del trabajo; consolador y benéfico cuando el dolor hinca en nuestro pecho sus garras de milano; rico en imágenes y fantasías cuando está con nosotros la esperanza, suele ser esquivo, desdeñoso, cruel, si cuando la felicidad nos sonríe le pedimos, para completar nuestra dicha, un ramo de su corona de adormideras.

El sueño tardó mucho en venir. En tanto me dí a pensar en que próximamente tendría yo que separarme de aquella casa para ir a ganar entre desconocidos y extraños un pedazo de pan.

¿Qué harían sin mí las pobres ancianas? ¿Qué harían si yo me iba? Tendrían más dinero, es cierto, pero se quedarían solas, como abandonadas, sin más amigos que un viejo servidor trabajado y achacoso; un médico tan pobre como ellas, y un dómine que se moría de tristeza y... ¡de hambre!

Al irse Angelina fué preciso buscar una criada que viniera en auxilio de mi tía Pepa y de señora Juana. Pero, ¿con qué pagarle sus servicios? Mi sueldo, no siempre pagado con puntualidad, a causa de la mala memoria de Castro Pérez y de mi timidez para reclamárselo, lo que ganaba mi tía con sus flores y sus chiquillos, y lo que Andrés nos daba, era lo único que teníamos. Resolvimos suprimir un platillo en la mesa, y eso que la nuestra no era, por cierto, mesa de banqueros ni de príncipes.

Iba yo a ganar un buen sueldo; no sabía yo cuanto; pero, en fin, no sería tan exíguo como el que me pagaba el jurisperito. Tendría yo en la hacienda casa y comida; los tiempos mejoraban, y era del caso aprovechar la buena suerte; pero la idea de abandonar a mis tías, aunque fuese para atender a sus necesidades de un modo más amplio, me atormentaba, me llenaba de angustia, y no dejaba de aterrorizarme el pensamiento de que en el prometido empleo me sería necesario tratar con personas que no me estimaran, que acaso no me conocían, y de las cuales tendría yo que sufrir menosprecio y maltrato. Cuando se habla de la pretendida felicidad de los ricos, y se elogia la abundancia en que viven, el lujo que gastan, las comodidades de que disfrutan y el bienestar que los rodea, nadie acierta a señalar lo único que a los mimados de la fortuna da verdadera superioridad sobre aquéllos que viven de un trabajo diario, penoso y mal retribuído. No; no está su envidiable superioridad en los respetos sociales, ni en la estimación pública, que, aunque aparente y mentida, es poderoso elemento de felicidad, porque hace que todos les guarden consideraciones y respetos; ni está en la tranquilidad de una vida sin afanes,--que también los tiene el rico, y grandes y terribles,--sino en la noble entereza que les da el dinero para rechazar los ultrajes, para no pedir a nadie favores ni indulgencia con mengua del propio decoro. La pobreza rebaja de ordinario los caracteres, abate el espíritu, envilece el alma, la nivela con lo más abyecto, y sólo espíritus muy levantados, espíritus de sublime temple, salen ilesos de la prueba. Cuando solemos encontrarnos con seres mezquinos, con almas degradadas, para las cuales el respeto propio es vana palabra, que si llega a los oídos no conmueve el corazón, ni tiñe de rojo las mejillas, decimos: «¡Alma de esclavo!» Y sin quererlo pensamos en una vida de miseria que envileció el carácter y encanalló el espíritu. Dígase lo que se quiera, esa nobleza es la única felicidad de los ricos. Por ella, sólo por ella, los admira el mundo. Todo lo demás que en ellos envidia la multitud es como la corona de oropel que ciñe la frente del comediante. ¡Noble dignidad, dignidad envidiable que pone a salvo las prendas más altas del corazón!

Observad a todos aquéllos que vivieron una niñez miserable; en cuyo hogar faltó muchas veces el pan; que no tuvieron ropas para cubrir el demacrado cuerpo; que imploraron avergonzados la caridad pública, y no como el mendigo, con serena franqueza, sino ocultando la demanda en una frase lisonjera; que pasaron, poco a poco, de la timidez bochornosa a la súplica sonriente; de la petición insinuante a la explotación vergonzosa, y de allí... a la tolerancia interesada, y veréis cómo, aunque estén en la opulencia, aunque la sociedad los mime y la fortuna los haya indemnizado de cuanto en un tiempo les negó, aun tienen en lo más escondido del corazón el vinagre y la hiel de la miseria. La pobreza desesperanzada imprime carácter, y en su seno se crían la soberbia hipócrita, la modestia burlona, la astucia dolosa, que tienen flexibilidades de víbora; la ruindad intrigante, la maledicencia ponzoñosa, y la envidia exangüe que todo lo codicia y que todo lo afea.

En pos de esa noble dignidad corren todas las almas levantadas, alto el pensamiento, alto el corazón: el estudiante que se afana por conquistarse digno puesto en la sociedad; el mercader que gasta en el trabajo los años mejores de la vida; el menestral que lucha por conseguir vida independiente. El deseo de alcanzarla es la única disculpa que tiene la avaricia.

Mi padre quiso darme esa codiciada felicidad; no pudo lograr sus propósitos; pero de él heredé ese instinto de soberbia altivez con la cual rechacé en todo tiempo, de niño, de mozo, y de hombre maduro, la humillación indigna, la reprensión inmotivada, el atropello brutal de quien se consideraba superior a mí. De mi madre heredé plácida dulzura para la debilidad, sumisión respetuosa para todo acto de justicia, tendencia irresistible para compadecerme del ajeno dolor, y cierta delicadeza femenil que me ha causado muchas amarguras.

Entregado a estas meditaciones pasé una hora. Vino el sueño, y vino dulce y halagador, como un amigo cariñoso que acude a nuestro llamado para darnos consuelo, para reanimar el abatido corazón; como una hermana compasiva que se acerca a nuestro lecho, acaricia nuestra frente, entorna nuestros ojos, y nos invita a reposar porque sabe que padecemos y necesitamos descanso.

XXXIX

Al día siguiente, después del desayuno, dije a mis tías lo que pasaba.

--¡Y te vas!--exclamó mi tía Pepa.--¿Te vas y nos dejas?

--Es preciso. Comprendo que esto ha de ser muy penoso para ustedes.... Lo comprendo, ya he pensado en ello, pero ¿qué hacer?

--¡Ahora que estamos solas, cuando Angelina acaba de irse... cuando después de tantos años de ausencia has vuelto a nuestro lado!

--Sí, tía, me iré; y no por gusto. ¡Bien sabe Dios cuánto me duele esta separación!... Pero no se aflija usted. Es necesario.... Estoy obligado a....

--¡A vivir con tus tías!--exclamó interrumpiéndome.

--Estoy obligado a subvenir a las necesidades de ustedes.

--¿Y no te basta con lo que ganas en la casa de Castro Pérez? ¿Te pedimos algo que no puedas darnos?

--No, tía; pero no puedo mirar tranquilamente la vida de trabajo que lleva usted. Andrés hace por nosotros cuanto puede, y el pobre puede poco. No me avergüenzo de aceptar sus favores; pero eso no debe seguir así, indefinidamente.... Ya sabe usted que en la casa de Castro Pérez gano poco, y que no es posible ganar más.

--Pues yo creo que allí está tu porvenir....

No pude menos de sonreir al escuchar a mi pobre tía.

--¿Mi porvenir?

--Sí.

--No, tía; yo no me pasaré la vida escribiendo alegatos. Ese trabajo me mata. No porque sea rudo, sino porque es insuficiente. Prefiero las faenas agrícolas y la vida agitada de los campos que dan salud y buen humor.

La enferma permanecía silenciosa. Tía Pepa trató de convencerme de que no debía yo dejarlas. Discutimos largamente el punto; ella, viva, nerviosa, desatando todas las dificultades; yo, aparentando una serenidad que no tenía. Ni la anciana quería rendirse ni yo conseguía convencerla.

--¡Vamos,--exclamé--que resuelva mi madrina!

--Sí, hijo mío:--contestó la anciana--¡eso me toca a mí! Pepa te quiere mucho y se le hace duro que nos dejes. Piensa tú, Pepa, que no estará muy lejos de nosotras; piensa que vendrá frecuentemente, y considera que aquí, con Castro Pérez, no hará nada. Te irás, Rodolfo, te irás, y nos quedaremos muy contentas. No hablemos más. Vístete, que como te veo te juzgo, vístete y vete a la casa de Fernández. No saldrás descontento, es una persona muy fina. ¿No es verdad, Pepa?

--Así lo haré, tía.

--Después, te vas a la casa de Castro Pérez, y le avisas que dentro de veinte días, o los que sean, según lo convenido, tendrás que separarte de allí, y ¡ya está!

Y agregó un poco trémula y conmovida:

--Mira: siento que nos dejes; pero la razón me dicta que te deje ir; que no te impidamos lo que vas a hacer. Yo el mejor día me iré también, y no quiero que a la hora de morir me atormente la idea de que por culpa nuestra has perdido un bienestar que nosotras no podemos darte....

La voz de la anciana iba siendo más débil cada día, y a la menor emoción se le apagaba hasta hacerse imperceptible. Para calmar a la enferma y dejarla tranquila le dí un abrazo y la besé en la frente.

--No, madrina, ¡no hay que afligirse! Vendré a ver a ustedes cada ocho días. Además, la hacienda de Santa Clara no está en el fin del mundo.... ¡Ya, ya verá usted a su sobrino, qué majo y qué gallardo que viene, vestidito de charro, en un caballo soberbio! ¡Ya verá usted, tía Pepa, qué elegante y guapo estaré con el pantalón ceñido, el jarano galoneado, la chaquetilla airosa y la pistola al cinto! ¡Y «taca, taca, taca»! ¡Ahí está el ranchero! ¡Ya llegó! Y entrará Juana, diciendo: «¡Señora... ya vino el charro!» Y usted, tía Pepilla, usted saldrá corriendo a recibirme y abrazarme, o se asomará usted a la ventana para verme llegar, y ver a todas las muchachas que han de mirarme con tamaños ojos, como diciendo: «¡Qué reguapo!» Y entraré, sonando las espuelas, y ustedes se pondrán muy alegres. Y... ¡chas! ¡Ahí está el chorro de pesos!

Sonreía la enferma, sonreía tía Pepilla, y yo me paseaba por la estancia, afectando la gallarda apostura de un jinete admirable.

Una hora después salía yo de la casa del señor Fernández. Presenté la tarjeta del doctor y fuí recibido perfectamente. El hacendado me hizo pasar a su despacho, una pieza elegantemente ajuarada. En dos por tres quedamos arreglados.

--Le espero a usted el día quince. Vendrán por usted. Mandaré un criado. ¿Tiene usted costumbre de montar a caballo?

--No, señor, debo hacerlo como un colegial....

Sonrió el hacendado, y me dijo:

--Amiguito: ¡ya veremos!... Cabalgando se aprende....

Después se habló de mi familia, de mis tías, de la enfermedad de mi madrina, de mi abuelo, a quien había tratado en no sé qué parte, y luego, en dos palabras me despidió.

--Bien:--dijo--¡asunto arreglado! Usted me perdonará... ¡estamos de viaje!... ¿Gusta usted de almorzar?

Y se levantó y me condujo a la puerta.

En esos momentos apareció la señorita.

--¡Papá!

Sonrojóse al verme, y murmuró tímidamente:

--Usted dispense....

--¿Qué quieres, Gabriela?--le preguntó el caballero.

--¿A qué hora hemos de salir?

--Después de comer... a menos que tú quieras salir más tarde....

Saludé, y me fuí. ¡Linda criatura! Aun me parece que la veo con aquel vestido azul que parecía un jirón de cielo; esbelta, donairosa, elegante, sencilla, húmedos los rubios cabellos, que, atados con una cinta de seda, caían hacia la espalda sobre una toalla anchísima. ¡Nunca me pareció más bella!

XL

Cuando llegué al despacho me encontré con el jurisperito. Salía para ir al Juzgado.

--Amigo:--me dijo muy gestudo y mohino--ya me cansé de esperar.... ¿Qué le ha pasado? ¿Por qué viene usted a esta hora? Recuerde usted que el deber es lo primero. Déjese usted los amoríos para los ratos de huelga.

Me sentí herido, y murmuré una disculpa, que no calmó la cólera de don Juan, sino que, por lo contrario, le impacientó, porque, interrumpiendo mis excusas, agregó en tono despreciativo:

-¡Bien! ¡Bien! ¡Que no se repita esto!... Me voy al juzgado. Avise usted a las muchachas que no me esperen.... Volveré entre cuatro y cinco. Ahí en mi bufete está un escrito.... ¡Cópiele usted!

Se compuso el sombrero, y se fué. A poco, cuando principiaba yo a escribir, oí en el zaguán voces femeniles que distrajeron mi atención. Luisa y Teresa, (no eran otras las que hablaban) aparecieron en la puerta del escritorio. Venían muy majas y de ataque.

--¡Papá!--gritó la rubia, asomando su vivaracha cabecita.--¡Papá! ¡Ya estamos de vuelta!

Luego que supieron que don Juan había salido, y que no volvería hasta la tarde, las dos muchachas se colaron de rondón en el despacho, y tomaron asiento en la banca de los clientes. Se abanicaban furiosamente, y se miraban y sonreían como deseosas de decir algo que no les cabía en el cuerpo.

--¿No le robamos el tiempo?--preguntó la morena.

--No, señorita.

--¿De veras?--dijo la rubia.

--No.

--Pues entonces,--prorrumpió Luisa,--deje la pluma y charlemos un rato.

--Como ustedes gusten.

--¿A qué no sabe usted de dónde venimos?

--De la iglesia; de las tiendas; vendrán de comprar perendengues y moños.

--¡No!--exclamaron a una.

--No acierto....

--¡Adivine usted!...--dijo la morena.

--¡Adivine usted!...--repitió la rubia.

--No acierto, señoritas....

--¿Oyes, Luisa? ¡No acierta! Pues nosotras sabemos dónde estuvo usted hace media hora....

--¡Ah! No es difícil saberlo. Acabo de llegar, y ustedes me verían salir de casa..

--¿Oyes, Tere? ¡De... casa!

--Pues de allá salí hace una hora.

--¿Conque de casa, eh?--murmuró la morena.--¡De casa!

Se miraron discretamente, y sonrieron.

Luisa, para lucir sus lindas manos, se compuso el peinado, afirmando las horquillas con la punta de los dedos. Teresa se acomodó en el asiento dejándome ver los pies, primorosamente calzados; luego, cerró de un golpe el abanico, fingió que arreglaba las varillas, bajó los ojos, y después de un rato de silencio, repitió, viéndome de hito en hito:

--¿Conque de casa, eh?

Me eché a reír. Aquel «conque» era la muletilla de las señoritas Castro Pérez, y en Villaverde cuando de ellas se hablaba, todos decían «las niñas Castro Conque».

--¿De qué se ríe usted?--preguntó contrariada la rubia.

--De nada. Son ustedes muy maliciosas....

--¡Conque de casa!--volvió a decir.--No sabíamos que vivía usted allí, en el ¡«pa... la... cio» de la marquesita! ¿Por qué no avisa usted cuando muda de casa?

La tormenta estaba encima.

--Son ustedes muy maliciosas. Es cierto que estuve en la casa del señor Fernández..., ¿y qué?

--¡Vaya! ¡Vaya! Confiesa usted...--exclamó Luisa, abanicándose.

--Nada tiene de extraño. Ya saben ustedes que los negocios.... Fuí a recoger una firma.

--¡Puede! Si nosotras estábamos allí.... Fuimos a pagar la visita. Ya nos daba vergüenza ver a Gabriela. Figúrese usted que hace más de un año que vino acá. Papá decía a cada rato: «Niñas... ¿ya pagaron esa visita?» Nosotras no queríamos ir... porque... la verdad....

--¡No la digas;--interrumpió la morena--no la digas, que Rodolfo es de los interesados!

--¡Adiós! ¿Y por qué no? Una es muy dueña de decir lo que quiera....

--Sí; pero... ¡no a todo el mundo! ¿No ves que Rodolfo....?

--¡Diga usted, Teresa, diga usted!

--¡No, Tere!--suplicó Luisa.

--¡Pues lo he de decir!... Pues, ¡vaya, que... esa señorita nos... choca!

--¿Y por qué?

--¡Friolera!--exclamó Luisa.--¿No la ve usted tan pagada de sí, y tan orgullosa, que a todos desprecia, y que dice que todas las vilaverdinas somos unas payas..., unas ridículas.

--Vean ustedes, señoritas: pienso que esa niña no es orgullosa, ni está pagada de sí; pienso que no desprecia a nadie, y que, por lo contrario, es muy amable con todos; y de seguro que es incapaz de decir eso que ustedes le atribuyen....

--¡Usted qué ha de decir!... Usted la defiende porque... ¡vaya! ¡porque está usted enamorado de ella!

--¿Yo, Teresa?

--Sí.

--¿Quién ha dicho eso?

--¡Todo el mundo! ¡Todo el mundo lo dice!

--Pues «todo el mundo» dice mentira.

--¿Mentira? ¡Que me azoten en la plaza, y que no lo sepan en mi casa! Usted dirá lo que guste... pero si no es verdad eso que cuentan, usted tiene la culpa de todo, porque le hace usted unos osos terribles.... Noche a noche va usted a oirla tocar.... Allí se está usted horas y horas, en la baranda de la Plaza. Y por eso Gabriela, que sabe que tiene... «au... ditorio», no se quita del piano.... Y por cierto que... (¡no se enoje usted!) ¡por cierto que la pobrecilla lo hace bien mal!... ¿Verdad, Luisa?

--¡Por Dios, Tere!--exclamó la morena.

--¡Cállate tú! Ahora verá usted, Rodolfo: le dijimos que tocara, y tocó la «Sonámbula» de Talberg. ¡Jesús nos asista! ¡Qué «Sonámbula»!

--No, hija, no; no digas eso.... Ella toca sin expresión, sin compás... pero en cuanto a ejecutar... ¡ejecuta mucho! Ya quisieran muchos, de esos que se llaman profesores, ejecutar como Gabriela.

--Pues, mira, Luisa; ¡yo ni eso le concedo! ¿Qué chiste tiene eso de aporrear el piano? Si aquello me parecía un pleito de perros.

Y la rubia se tapó las orejas.

--Teresa, por Dios: ¡ten caridad!--dijo en tono compasivo la morena.--No hables así; dirán que decimos eso por... ¡envidia!

--¿Envidia yo? ¿Y de qué? ¿Yo? ¡Gracias a Dios que no toco el piano!

--No; pero pensarán que tú no haces más que repetir lo que yo digo.

--Y dirán la verdad. Quién me dijo ahora, al salir de allá: «¿Viste, oiste? ¡Eso no es tocar! ¡Lástima de piano!» ¿No fuiste tú? Pues entonces ¿de qué te espantas? Yo diré lo que me dé la gana. Ya lo sabes: ¡tan fea como tan franca!

Me indignaba la murmuración de aquellas niñas tan mal educadas y tan cursis.

--¿Fea? ¡Nada de eso! ¿Quién ha dicho que es usted fea? No lo digo yo, ni lo dice nadie, y menos... Ricardo Tejeda.

Encendióse la rubia al oír este nombre. Ricardo había sido su novio, lo sabía yo muy bien, él mismo me lo dijo en el Colegio, y Teresa no le perdonaba a mi amigo que, a poco de «terminar» con ella, hubiera visto con demasiado interés a la elegante y encantadora señorita. De aquí el odio a Gabriela; de aquí que murmurase de su hermosura; de aquí el que afeara todo en la señorita Fernández.

--Sí;--contestó vivamente Teresa--ya sé que en Ricardo tiene usted un rival....

La maldiciente polluela estaba enamorada de amigo; le quería, a su manera, le amaba como loca, y no podía olvidarle.

--Sí, ya sé que Ricardo está enamorado de Gabriela, lo sé; y sé también que por eso no habla con usted, ni le busca como antes. ¡Antes tan amigos! ¡Ahora enemigos a muerte!

--¿Enemigos? ¿Quién ha dicho eso?

--Sí, se pasan pero no se tragan.... Pero esté usted tranquilo, Rodolfo; Ricardo no es temible... ¡no es temible!

--Vea usted, señorita: si Ricardo está creyendo que yo pretendo a Gabriela, es porque alguno le ha engañado.... ¡Alguno que ha querido burlarse de nosotros...!

Luisa nos escuchaba atentamente, jugaba con el abanico, y sonreía al oirme. Teresa se quedó un instante pensativa.

--Oiga usted, Rodolfo: ¿me quiere usted hacer un favor?

--Veamos, ¿cuál?...

--¿Tiene usted amores con esa señorita?

--No.

--¿De veras?

--De veras.

--Pues, enamórela usted; enamórela usted. Yo conozco muy bien a las mujeres, como que soy del sexo. ¡Enamórela usted! ¡Yo le aseguro que en dos por tres se arreglan ustedes!

--¿Y Ricardo?--pregunté con mucha seriedad.

--¿Ricardo? ¡Qué rabie! ¡Quién le manda ser tonto!

Las muchachas se levantaron, chacharearon dos o tres minutos, y se fueron. Ya en la puerta se detuvieron. Teresa se volvió hacia mí, y con tono entre suplicante y malicioso me dijo:

--Rodolfo: ¡enamórela usted!

XLI

Castro Pérez llegó un poco antes de las cinco. Entró silencioso, dejó en su mesa el sombrero y el bastón, y luego, paso a paso, se dirigió a la mía:

--¿Acabó usted la copia?

--Aquí está.

Leyó el alegato, firmó, y volvió a su pieza. Yo le seguí.

--Deseo hablar con usted dos palabritas.

--¿De qué se trata?

Díjele que iba yo a separarme; que a ello me veía obligado por la necesidad; mis gastos iban siendo mayores cada día, y lo que allí ganaba no me era suficiente para atender a mi familia.

--Vamos:--me interrumpió--¿a qué viene todo eso? Está usted disgustado porque esta mañana....

