Andanzas y visiones españolas

Part 8

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Otra vez, a la derecha, aquí, cerca, asomando tras esa loma, los tejados de la Alberca, a que domina la torre de la iglesia. Estos pueblos que se pueden abarcar así desde lo alto, en una ojeada, y que se diría cabe cogerlos en un puño. Y allí dentro es todo un mundo. Y cerrando los ojos veo las negras calles de la Alberca, los balconajes de madera, los aleros voladizos de sus casas, las mujeres sentadas en el umbral de las puertas y los niños jugando en la calle, y allí, en la fuente, una moza llenando el cántaro. Y corre la vida, como el agua de un arroyo que baja de la cumbre entre guijarrales. Y a las veces, el agua se enturbia. Y otras, como en este verano, casi se extingue por la sequía. Robustos castaños ciñen a la Alberca. Y los hombres miran al cielo, por si llueve sobre la tierra.

¿Y si no llueve? Si no llueve, los frutos abortan en leche, y a otros les ataca el tizón. Cuando el fruto de la encina, y aun el de otros árboles, enfermándose, se mela, destila a tierra mangla, que cosechan las abejas, pues es la mangla dulcísimo tributo para la miel de la colmena. Destila miel el pobre árbol enfermo.

Una mañana, al levantarme antes que el sol y salir a saludar al campo, cubría la llanada un mar de nieblas sobre que se destacaban, como islotes, algunas colinas. Por desgarrones del mar veíase a ratos su fondo verde. Es una visión que recuerdo siempre que en el fondo de estas ciudades del llano en que vivimos amanece un día sin sol, por velarlo la niebla baja. Esta baja niebla, que retiene y arrastra sobre los plantíos los gérmenes del añublo. A la cumbre, donde no llegan las nieblas, tampoco llega el añublo del espíritu. Se añubla el alma, como el trigo, bajo la niebla que forma el vaho de nuestras mismas concupiscencias.

Allá lejos está la ciudad. No se la ve, pero se la adivina. Y allí caen las horas con ruido, como la lluvia sobre el empavesado de sus calles, sobre las losas estériles. Ese ruido se hace a las veces un rumor continuo, como el del agua que muele en una aceña, y acaba uno por no oirlo y se duerme brezado por él. Pero no se goza del silencio de que se goza aquí, en la cumbre, donde no hay aceña ni hay molienda.

Allá, lejos, tras la enorme parva del Calvitero, asoman los dientes de la sierra de Gredos, cual mordiendo al cielo. Y recuerdo aquellos versos del estupendo soneto de García Tassara, los que dicen:

Cumbres del Guadarrama y de Fuenfría, columnas de la tierra castellana...

Columnas, sí, pero truncas. ¿Qué sostienen? ¿Acaso el cielo? ¿O no son más bien lo que nos resta de un vasto templo que cobijó a un dios, hoy muerto, en algún tiempo? ¿O no son torres babélicas de la naturaleza, de cuando ésta quiso escalar el cielo? Aquí, bajo mis pies, dentro de esta Peña de Francia, ¿no sufre y espera algún Encélado, algún titán preso? Todo este reposo ¿no está preñado acaso de inquietudes? ¿No es éste el punto de equilibrio en que se encuentran enormes fuerzas que se contrapesan?

Algo así debe de ser, porque del seno de este reposo siento que me invaden el alma aluviones de energía y un tumulto de pensamientos informes, de larvas de ideas, que, formando nebulosa, buscan liberación. El silencio está preñado de rumores. Y de las visiones de esos pueblecillos tendidos a mis pies parece subir la llamada de la patria. Esta alfombra que se despliega aquí, debajo mío, es un pedazo del cuerpo de España.

Hay que bajar de la cumbre, dejando a los buitres que se ciernan sobre ella. Dentro de unos meses la veré a lo lejos cubierta de nieve.

LAS HURDES

I

Las Hurdes o Jurdes tienen de antaño el prestigio de una leyenda, y cuantos van a ellas van, dense o no clara cuenta de ello, o a corroborar y aun exagerar la tal leyenda o a rectificarla. Y no creo haber estado libre de este sentimiento.

Hace ya años, lo menos diez y ocho, que me llegué desde la Alberca hasta el famosísimo valle de las Batuecas, y desde entonces quedé deseoso de visitar las Hurdes; mas aunque después he andado por la sierra de Francia, nunca, hasta este verano, se me cumplió el deseo.

El lector que desee noticia detallada de la región de las Hurdes, de sus tierras y sus gentes búsquela en otra parte. Desde M. Vide se han escrito diferentes relaciones. La última de que tengo noticia, la del viaje del señor Blanco Belmonte, es excelente. Lo que va a seguir son notas de un curioso excursionista, que toma lo que ve y observa al azar de sus correrías como punto de partida para sus reflexiones, tal vez algo arbitrarias.

Nos dispusimos a entrar en Las Hurdes mis dos compañeros de excursión y yo por el Casar de Palomero, desde Extremadura. Mis dos compañeros eran M. Jacques Chevalier, profesor del Liceo de Lyón, y M. Maurice Legendre, este puro francés tan amante y tan buen conocedor de nuestra España. Legendre conocía ya las Hurdes. En el número de julio de este año de _La España Moderna_ puede verse la traducción de un trabajo suyo, «El Corazón de España», publicado antes en _Le Correspondant_. Es algo que debe leerse en España y hacer votos por que todos nuestros amigos franceses sean como Legendre. Nos acompañaba el tío Ignacio, de la Alberca, de quien Legendre da noticia en su escrito. Íbamos, pues, dos españoles y dos franceses.

Partimos de Aldeanueva del Camino a pie, y por Abadía y Granadilla nos dirigimos al Casar de Palomero. Tierras extremeñas, las que cantó como una alondra Gabriel y Galán; tierras solemnes. Hay algo de religioso en la majestad de ciertos alcornoques--_honni soit qui mal y pense_--, y nunca he podido verlos desollados, como San Sebastianes vegetales, sin profunda emoción. Como hay otra cosa en el bosque que me sobrecoge siempre, y es el cadáver, el esqueleto de un árbol.

La vista de Granadilla a la distancia, con su recinto de murallas y su torreón de entrada, nos quita algunos siglos de encima. ¡Y pesan tanto! Pero más pesa aún la paz plúmbea, bajo un cielo de implacable limpidez, de que se ve uno ceñido dentro de la villa. Y por dondequiera el recuerdo de Galán, del poeta. Y esos hombres de siempre, fuera de época, que parecen arrancados de una novela picaresca, y con que uno se encuentra en las posadas de los pueblos donde no hay ferrocarril; esos hombres como el sastre aquel ambulante y aficionado al zumo de la vid.

Después de Granadilla, unas soledades henchidas de luz del cielo. La jara, como pebetero del desierto, las perfuma. Por allí, el torbisco, amargo como la vida de quien tiene que trabajar esa tierra; madroños, romero, lentisco y aquella retama, _contenta dei deserti_, que cantó Leopardi.

Al empezar a ver sobre Moedas, en el puerto del Gamo, castaños y olivos mezclados en no sé si amigable compañía, recordé haber visto en no sé qué Atlas geográfico separadas por una línea la región del olivo y la del castaño. Debíamos estar en la línea misma. Y de hecho casi siempre se vive en líneas así, divisorias.

¡Y qué largo se me hizo el camino al Casar! En una gran ermita empezó a anochecernos, y aquello no acababa. Silenciosos, sin decirnos nada, uno tras otro, sobre el pedregal del sendero montañés. Y al llegar al Casar, de noche ya, qué tragos de agua, de agua de Sierra, del cántaro de una buena samaritana--es un decir--de la fuente que hay a la entrada del pueblo. Mientras bebía, al levantar con la cabeza los ojos, encontraron éstos en una estancia de la casa frontera, iluminada a luz eléctrica, dos novios sentados a una camilla. Me informé luego de ellos. Es una vieja debilidad.

El Casar de Palomero puede llamarse la corte de las Hurdes, y sus dos capitales, Pinofranqueado y Nuñomoral. Es decir, las Hurdes tienen dos especies de cortes: el Casar del lado de Cáceres y la Alberca del lado de Salamanca.

Buen pueblo el Casar, atractivo para quien ama la paz del retiro y el retiro de la paz. Pueblo con dos médicos, y esto no es ninguna bendición cuando basta y acaso sobra uno, y esa dualidad es fuente de disensiones y partidos, y pueblo con dos fábricas de luz eléctrica, lo que les permite alumbrarse casi de balde. Y no deja de estar relacionado lo de los médicos con lo de la luz.

Excelente remanso de sosiego este Casar de Palomero, con su fisonomía serrana, sus grandes balcones de madera para tomar el fresco. Cuando entramos, anochecido ya, parejas de enamorados, bien arrimaditos, en los bancos de las casas. ¡Estos amoríos lentos de los pueblos recogidos y aislados!

Topé con conocidos, con estudiantes, y pronto tuvimos en torno nuestro en la posada a los notables del pueblo. Y gusta charlar así. Nos informaban de las Hurdes y de los hurdanos, y pude observar que la leyenda empezaba ya allí. Y además, que suele suceder que aquéllos que viven junto a una región famosa y de que se habla mucho suelen ser con frecuencia los que menos han sentido el acicate de ir a conocerla por sí. El maestro del Casar, D. Feliciano Abad, sí que conoce las Hurdes. Un pequeño croquis que de ellas nos hizo nos fué utilísimo.

Retiro de paz y remanso de sosiego he llamado al Casar, y así es. Pero sería más si los perros le dejaran a uno dormir de noche. Toda la noche fué una lamentable sinfonía--es un decir también--de ladridos. A ratos estuve por asomarme al balcón a gritar: «¡Que maten a ese perro!». Pero no era uno solo, no. Parecía alejarse, perderse en el otro extremo del pueblo; pero volvía al punto.

Sólo al romper la mañana, cuando los gallos cantan, callaron los perros. Había ya otros voceadores que nos desvelaran.

Y a la mañana, después de haber visitado la iglesia y aquella cruz que los judíos apedrearon antaño, emprendimos, montaña abajo, junto al río Ángeles, que corre entre piedras limpísimo, el camino de Pinofranqueado, de las Hurdes. El maestro nos escoltaba.

Estábamos ya en las Hurdes, lejos del mundo bullanguero, siguiendo lo que dice el agua que canta al pie de las montanas peladas, vestidas no más que de brezo, helecho y matorrales bajos; montañas de perfiles suaves, redondeadas, que bajan, al parecer, mansamente a bañar sus pies en el agua; pero montañas recias y ásperas, madrigueras de bestias más que cunas de hombres. Pero ¡qué sensación de recogimiento! ¡Y el bañarse allí, en la claridad del agua que canta entre canchales y secarse al sol, desnudo como el cuerpo que se le entrega!

¡Adiós el mundo de los periódicos y de la política! Por unos días no habríamos de saber nada de él.

Los tesos, collados y montañas se entrebrazaban unos con otros. En su disposición general forman las Hurdes tres hondos valles casi paralelos: el del río Esperabán, el del Fragosa y el del río Hurdano, sin contar el del río Ángeles; pero, dentro de esta traza, ¡qué intrincamiento de repliegues! Difícilmente se encontrará otra comarca más a propósito para estudiar geografía viva, dinámica, la acción erosiva de las aguas, la formación de los arribes, hoces y encañadas. Y una maravilla de espectáculo a la vista, ya desde los altos se dominen las hondonadas y el vasto oleaje petrificado de las líneas de cumbres, ya desde los barrancos se cree uno encerrado lejos del mundo de los vivos que leen y escriben.

Y así llegamos a Pinofranqueado, la capital de las Hurdes bajas. Un buen pueblo, sin nada de la ridícula leyenda del salvajismo hurdano. ¡Y con impaciencia de entrar de una vez en las verdaderas Hurdes, es decir, en aquéllas de que se nos ha dicho tantas veces que los hombres casi ladran, que se visten de pieles y huyen de los... civilizados! Había que entrar de una vez en esa región que alguien ha dicho es la vergüenza de España, y que Legendre dice, y no sin buena parte de razón, que es, en un cierto sentido, el honor de España. Porque, ¡hay que ver lo heroicamente que han trabajado aquellos pobres hurdanos para arrancar un misérrimo sustento a una tierra ingrata! «Ni los holandeses contra el mar», me decía, y no le faltaba razón.

Pero de esto más adelante.

II

En Pinofranqueado, donde comimos, nos hizo el maestro del Casar un croquis topográfico de las Hurdes y nos dió una carta para el secretario del pueblo, D. Juan Pérez Martín, entusiasta e ilustrado hurdanófilo, que estaba ausente, y a quien encontramos en el camino a Las Erías, donde íbamos a dormir. No habíamos tenido que tocar las provisiones con que en Béjar nos proveyó Venancio ni hemos tenido apenas que tocarlas en nuestros cinco días hurdanos. "Miren ustedes que allí no hay nada, ¡ni pan!", y el buen fondista bejarano quería cargarnos de vituallas. "Pero algo comerá allí la gente...", decía yo. "Sí; patatas asadas entre dos piedras". Y, en efecto, la gente, aunque sea mal--no tan mal como dice la leyenda--, come, y quien allá va puede comer también. ¡Ahora, esos señoritos remilgosos!...

Al rato de salir de Pinofranqueado, en plenas verdaderas Hurdes ya, encontramos a su secretario, D. Juan Pérez. Se puso a nuestra devoción y se volvió con nosotros. Hombre despierto y vivo y uno de los mejores informantes de cuanto a las Hurdes respecta. Él nos hizo saber todo lo que esa región debe al que fué obispo de Plasencia, el salmantino D. Francisco Jarrín Moro, cuya labor en las Hurdes fué realmente benemérita.

Seguíamos entre esguinces y rodeos, buscándoles las vueltas a los tesos, el río Esperabán. Atravesamos dos pequeñas alquerías hurdanas, la Muela y el Robledo, sin detenernos en ellas. Pasé junto a una casa de piedras apiladas, tejados de pizarra, sin más hueco que la puerta de entrada. Empezaba la visión de la miseria.

Ya muy al atardecer llegamos a Las Erías, donde habíamos de pasar nuestra primera noche verdaderamente hurdana. Nos sentamos a tomar el fresco y contemplar el cielo limpidísimo, en una de aquellas callejuelas escabrosas, junto a corralillos enanos. Unos grillos caseros, blancos, según me dijeron, que se albergan en las rendijas de los muros de aquellas casucas miserables, cantaban la desolación de la barranca en que penan los hombres. Casi todo el pueblo nos rodeó: niños, mozos y viejos, y en torno a nosotros, a los forasteros, se hizo serano. ¡Pobres gentes! Hay que oirles quejarse de la triste y dura tierra que les ha cabido en suerte. ¡Pero no la abandonan, no! Más bien se apegan a ella, con tanto más trágica querencia cuanto más dura es. Suele quererse más, no al hijo más hermoso y afortunado, sino al más desvalido y desgraciado, al que costó más criarlo y sacarlo adelante. Un escritor prefiere de entre sus escritos el que más trabajo le costó, no el que obtuvo mejor éxito.

Sí, es hondamente humano el que estos pobres hurdanos se aquerencien y apeguen a aquella tierra que es, más que su madre, su hija. Legendre me decía que eran el honor de España. Y no es paradoja. Han hecho por sí, sin ayuda, aislados, abandonados de la Humanidad y de la Naturaleza, cuanto se puede hacer. Entre aquellas quebradas fragosísimas, en los abruptos barrancos, bancales levantados trabajosísimamente; un muro de contención para sostener un solo olivo, una sola pobre cepa de vid; canalillos en que se trae el agua de lejos y que hay que rehacer a cada momento; huertecillos enanos, minúsculos, cercados que parecen de juguete infantil. Y luego baja el jabalí y les estropea el patatal, su casi único remedio contra el hambre. Casi llorando me lo decía una pobre mujeruca de las Mestas.

Y todo ese rudo combate contra una naturaleza madrastra--allí sí que encaja el "madre en el parto; en el querer, madrastra", de Leopardi--lo hacen solos, sin ayuda de bestias de carga, llevando a cuestas las piedras de la cerca o del bancal, transportando a propio lomo por senderos de cabras o entre pedregales sus cargas de leña o el haz de helecho para la cama. Rico, riquísimo, el que posee un borrico entero en uno de los pueblos pobres. Contáronnos que había veces en que al casar un padre a su hija--las bodas las hacen los padres y cuando apenas son adolescentes los mozos--la daba de dote la pata de un asno; es decir, una cuarta participación en la propiedad del asno, o sea el poder disponer de él cada cuatro días, alimentándolo entonces. Y el novio iba la víspera de la boda al monte a recoger helecho para la cama nupcial, la del _rejollijo_.

Mas yo las cuatro noches que dormí en las Hurdes dormí en cuatro diferentes camas y buenas, mullidas y limpias.

En limpia y buena cama dormí en Las Erías, en casa del maestro de la alquería, de uno de esos maestros habilitados que la Diputación de Cáceres ha puesto por las Hurdes, de uno de esos heroicos ciudadanos que por un pobre estipendio van a luchar en una lucha no menos trágica y menos recia que la de los pobres hurdanos con su madrastra tierra.

Cuando descansábamos en las escarpadas callejuelas de Las Erías, al ir cayendo, como un celeste consuelo, una noche de serena majestad sobre la ceñuda desolación de la madrastra, empezaron a volver al pueblo las cabras, las cabritas enanas de las Hurdes. ¡Pobres animalitos!

La pobre gente hablaba de su vida mansa, humilde, resignadamente. Me entró la duda de si las quejas eran quejas rituales, eco de lo que han oído a los que se constituyen en sus abogados, o una forma más de nuestra característica quejumbrosidad española, de esta detestable manía de pordioseros de estar siempre lamentándonos de nuestra suerte y la de nuestra patria. Me entró la duda de si todo ello no era sino la voluptuosidad de la queja. Porque es el caso que ellos apenas emigran, y si salen, vuelven pronto a encerrarse allí. ¿Y el secreto de esto? Ya os diré lo que de ello creo.

Partimos al amanecer de Las Erías trepando a unos altos para llegar a Horcajo. ¡Estupendo panorama! Me acordé de la frase de Obermann, de que jamás se podrá expresar el sentimiento de la montaña en una lengua hecha por los hombres de las llanuras. Allá, en lo hondo de la encañada, se apeguñaban los tejados de pizarra de las casucas de Las Erías, bien apretados unos a otros, como un testudo romano. Y todo ello, la alquería, como una roca en pedazos. Diríase un fenómeno de mimetismo; que los pobres hombres querían confundir sus pobrísimas viviendas con las rocas de la madrastra, para escapar así al ojo del Supremo Cazador.

En Las Erías, en invierno, el sol no dura más de cinco horas, de nueve a dos. Pero allá arriba, en otra mucho más miserable alquería, colgada en las abruptas cuestas de un sombrío repliegue de la montaña, allí apenas si hay sol. Sus misérrimos moradores son, en su mayoría, enanos, cretinos y con bocio. Nuestros informantes atribuíanlo a la falta de luz del sol. Otros lo han atribuido, al buen tuntún, a lo corrompido de las aguas. Y parece ser que es todo lo contrario: que ello se debe a la pureza casi pluscuamperfecta de las aguas, a que las beben purísimas, casi destiladas, recién salidas de la nevera, sin sales, sin iodo sobre todo, que es el elemento que, por las tiroides, regula el crecimiento del cuerpo y la depuración del cerebro. Y esta explicación, que parece satisfactoria, me despierta una analogía. Y es que también los que no beben sino ideas puras, destiladas, matemáticas, sin sales ni iodo de la tierra impura, acaban por padecer bocio y cretinismo espirituales. El alma que vive de categorías se queda enana.

¡Pobres hurdanos! Pero... ¿salvajes? Todo menos salvajes. No, no, no es una paradoja lo de mi amigo Legendre, el inteligente amador de España; son, sí, uno de los honores de nuestra patria.

III

Cuando entramos en Horcajo hirió lo primero mi vista, como ya en Las Erías me pasó, las macetas de flores en ciertos salientes de las casucas. Bien se conocía que estábamos en Extremadura, donde se rinde a las flores mucho mayor culto que en Castilla. Y vi en Horcajo, al entrar de improviso en él, las hurdanas lavando a sus chiquillos. Y arrullándolos con maternales caricias.

Una de las cosas que más han llamado mi atención en las Hurdes es la gran cantidad de niños preciosos, sonrosados, de ojillos vivarachos, que he visto. Luego se estropean en aquella terrible lucha por el miserable sustento. Y es curioso también ver las grandes diferencias de unos a otros. Paréceme que el tipo medio como si se borrase. Junto a hombres entecos, esmirriados, raquíticos, se ven recios mocetones quemados del sol, ágiles y fuertes, y junto a pobres mujerucas, prematuramente decrépitas, encuéntrase muy garridas y guapas mozas.

Desde Horcajo, para pasar al Gasco, al valle--o, mejor que valle, barranca--, en cuyo fondo corre el río de Fragosa, una imponente cuesta. Desde lo alto, abierto el pecho, respirando a todo pulmón el aire de las cumbres, se veía allá abajo el que dicen el volcán de las Hurdes. No voy a hablaros de él, ni de las cascadas. Otros han dicho muy bien de esto.

Esta barranca del río Fragosa, este valle central de las Hurdes, es lo más miserable de éstas. Difícilmente se encontrará peores poblados que el Gasco, Fragosa, Martilandrán. Al atravesar el Gasco por aquellas infernales callejuelas, entre aquellos hombres ceñudos y negros, me asomé a la puerta de un casuco. La carita, fresca como una rosa y brillante como un lucero, de una niña, hacía resaltar la hórrida y sucia negrura de aquella zahurda.

Y siempre las quejas. «Por aquí debía venir el rey a comer lo que comemos»--decía una mujer que, si no era vieja, lo parecía. Y decíalo en muy claro y muy neto castellano. Porque eso de que ladren o poco menos, es otra patraña. Hablan castellano, y lo hablan muy bien. Y no huyen de los visitantes. Al contrario, acércanse a ellos a pedirles cigarrillos y por si cae alguna perrilla que les remedie.

Por fragosísimo sendero, desde el Gasco a Fragosa. Y aquí a bajar al río, a darnos un baño en su lecho de rocas redondeadas y dulcificadas por el agua. Un agua clara, tibia, rumorosa, soleada. «¡No hay agua como la de aquí!»--decían con orgullo. Y esto lo oímos en las Hurdes por dondequiera. La tierra es mísera, dura, pedregosa; pero, ¿aguas? ¡No las hay mejores en el mundo! Esto mismo dirán, me figuro, aquellos pobres enanos cretinos y con papera de la alquería colgada de la cumbre. Como los otros, los de los conceptos destilados y sin sal alguna, dicen: ¡No hay ideas como las nuestras, como las ideas puras!

Junto al lugar del baño, a la sombra de unos castaños y al son del canto del agua, nos pusimos a comer. Bajó una buena parte del pueblo, mozos y mozas sobre todo, y nos rodearon en tertulia. Logré un muy halagüeño éxito poniéndome a dibujar. «¡Y lo hace sin máquina, como escribiendo!». Un chicuelo hizo gala de su conocimiento en lectura. Y un mozo, ya hombre, fuerte, limpio, garboso, de nombre Bernardo, nos mostró lo claro y vivo de su inteligencia. El pobre hurdano ansiaba conocer las lenguas de los distintos reinos--nos oyó hablar francés--, correr tierras, ver mundo, salir de las fragosidades de Fragosa. Sabía que para ir a Roma por tierra hay que pasar por Francia. Mas de seguro que si sale volverá a su pobre Fragosa, a la miserable alquería tan heroicamente arrancada a los furores de la madrastra, allá, entre sus pobres olivos, su huertecillo de patatas, sus cabritas enanas. ¿Por qué?

De Fragosa, pasando junto a la alquería de Martilandrán, pero sin entrar en ella, a Nuñomoral. ¿Para qué habíamos de entrar en una más de esas miserables mazorcas de tugurios? ¿A qué conduce apurar el espectáculo de la miseria? Además, no íbamos a hacer estadística, ni menos sociología. Y Dios les libre a las Hurdes de que caiga en ellas un sociólogo.

Nuñomoral, en una vega algo más extensa que lo son en los barrancos de las Hurdes, es ya otra cosa que esas miserables alquerías que acabábamos de atravesar. Hay, sí, en Nuñomoral viviendas deplorables; pero junto a ellas se alzan algunas excelentes casas modernas. La de D. Patricio Segur, de cuya hospitalidad cordial y franca gozamos, es una muy buena casa hasta para fuera de las Hurdes.