Andanzas y visiones españolas

Part 6

Chapter 64,170 wordsPublic domain

En el verde rincón en que oí la gaita, sobre el Lérez ensoñador, a la vista de la ría de Marín, que venía a buscar olvido en brazos de la verdura, en una aldehuela se recogía un camposanto. ¡Un camposanto de aldea! Recordamos--éramos literatos ¡Dios mío! los que nos juntamos allí--la elegía de Gray--y recordamos también, ¿cómo no?, aquello de Rosalía: «De Galicia os cimiterios--c'os seus alcipreses altos,--c'os seus olivos escuros--y os seus homildes osarios--todos de frores cobertos,--frescos com'os nosos campos,--pol as mañans meancónicos--y nas tardes solitarios,--cand'o sol poniente os baña--c'o seu resplandor dourado,--cheos d'un gran desosego--parés que nos din: ¡durmamos!». Y así es; estos dulces cementerios parecen decir: ¡durmamos! Son otros los que dicen: ¡soñemos! y son otros, muy otros, los que dicen: ¡resucitemos! Fluye allí por todas partes la invitación al dulce sueño sin ensueños, a dormir en el seno de la tierra, sin más acaso que la oscura sensación de recibir sobre la yerba que cubra nuestros huesos la lluvia que baja desde el cielo a consolarnos. Y esa lluvia calará hasta los huesos mismos.

Y de todo ello se desprende un cierto vaho que languidece a la voluntad, que la enerva, que convierte sus impulsos en quejas o en zumbas, en llantos o en risas, en mimos y en recelos. Es un panteísmo de absorción.

Y los hijos de esa tierra veneran a las benditas ánimas del Purgatorio, creen en fantasmas, agüeros y brujerías, se acuerdan de sus muertos que vagan por las selvas y veneran a los árboles. El paganismo, que en ninguna parte murió, sino que se hizo bautizar cristianándose más o menos, late aquí más vivo que en otras regiones españolas, tal vez porque el antepasado del gallego, un celta, tenía una mitología naturalista de que carecía el beduino, abuelo del castellano, el íbero recio. Todo el fondo pagano del pueblo gallego levantó cabeza en el gnosticismo de Prisciliano, el hereje galaico--el único gran hereje español de los primeros siglos cristianos--gnosticismo que duró unos tres siglos, si es que del todo ha muerto. Este Prisciliano, cuyas obras se encontraron no ha mucho, ha de darnos con el tiempo la clave de no pocos problemas que suscita el estudio del alma galaica. Y de Prisciliano puede decirse que aún no ha muerto, y quién sabe si su sepultura, disfrazada por la ortodoxia, no sigue siendo lugar de atracción de peregrinos.

Salamanca, octubre de 1912.

LEÓN

Hace pocos días he visitado por quinta vez la regia ciudad de León, cabeza del reino que unido al de Castilla formaron el esqueleto de España. Por algo dice el pareado:

A Castilla y a León nuevo mundo dió Colón.

Y tan íntima y fuerte fué la unión de ambos reinos, que los leoneses no tienen empacho alguno en llamarse y dejarse llamar castellanos. Esta ciudad y región en que vivo, Salamanca, perteneció al reino de León, y leonesas son las particularidades de su habla popular, que del castellano literario se apartan algo. O más bien por esta provincia cruzaba la frontera entre ambos reinos, por poblados que aún hoy llevan el apelativo de la Frontera, como Zorita de la Frontera, por ejemplo. Y en el lenguaje popular mismo se conoce esta división, pues si en la parte castellana dicen del pan cuando fermenta que está «lludo»--el _diccionario de la Academia_ dice «leudo»--, en la parte leonesa dicen que está «yeldo».

Es el león leonés león de Castilla, y en el escudo abreviado de España, en el más usual, figuran los dos leones junto a los dos castillos. Y es el tal león un símbolo de origen lingüístico, como tantos otros lo son. (¿Quién no recuerda los estudios de Max Müller sobre el origen puramente lingüístico de tantos mitos? ¿Quién ignora que la Osa Mayor o Carro del Cielo no es tal osa sino por confusión de nombres?). Llamóse León con este nombre, del acusativo latino _legionem_, porque fué poblada por la sétima legión romana; _legio septima gemina pia, felix_. Y coincidiendo luego el nombre León, de legión, con el del león, tomóse la figura de éste por símbolo de aquél. Y a tal punto, que en un conocido dístico latino, de que os hablaré, se llamaba a la catedral de León _pulchra leonina_, con un adjetivo de _leo-onis_, el león, y no _legionensis_.

Desde que por vez primera la visité me atrajo esta vieja y regia ciudad de León, henchida de recuerdos de nuestra historia, en una verde llanada llena de álamos, que bañan el Bernesga y el Torío al ir a juntar, a la vista de la ciudad, sus aguas. Es su paisaje un paisaje aquietador, lleno de cielo y de frondosidad, pero sin riqueza ni exuberancia.

La ciudad misma no es de las que más carácter conservan si se exceptúan los trozos de las antiguas murallas y sus tres principales monumentos. Las calles se han modernizado y se modernizan y aún cambiarán más, pues la riqueza minera de la provincia acabará por hacer de la capital un gran centro mercantil y aun de recreo. Sólo una plaza, una de esas nuestras típicas viejas plazas, nos habla allí de otros tiempos. En ella puede verse a la paisanería con sus pintorescos trajes.

Pero las joyas de León, aquello por lo que merece visitarlo, son la catedral, lo más famoso de la ciudad, San Marcos y San Isidoro, lo más interesante acaso este último y lo más genuino, aunque no ciertamente lo que más atrae, desde luego, las miradas del peregrino, ni lo más famoso. Lo más famoso es la catedral.

Hay un dístico latino que refiriéndose a cuatro de nuestras viejas catedrales españolas reza así:

_Sancta ovetensis, pulchra leonina, dives toletana, fortis salmantina_;

es decir: Santa la de Oviedo, por sus muchas reliquias; bella la de León, rica la de Toledo, fuerte la de Salamanca, la vieja, la románica, no la nueva, la que en el siglo XVI se empezó. Y he traducido _pulchra_ por bella, como pude traducir elegante o bonita. Y lo es más, sin duda, que no hermosa. Porque esta elegantísima y bella catedral gótica leonesa no tiene ni lo pintoresco y variado de la de Burgos, ni la magnificencia de la de Toledo, ni la solemnidad de la románica sede de Santiago de Compostela, ni el misterio que tienen las de Ávila y Barcelona, menos celebrada esta última que merece serlo. La catedral de León se abarca de una sola mirada y se la comprende al punto. Es de una suprema sencillez y, por lo tanto, de una suprema elegancia. Podría decirse que en ella se ha resuelto el problema arquitectónico, a la vez de ingeniería y de arte, de cubrir el mayor espacio con la menor cantidad de piedra. De donde su aérea ligereza y aquellos grandes ventanales, cubiertos de vidrieras con figuraciones policromas, donde la luz se abigarra y se alegra en tan diversos colores.

Lo cual me sugirió una reflexión traslaticia o metafórica aplicada al arte de la poesía y en general a la literatura. Y es que así como en este genuino arte gótico de arquitectura se llegó a cubrir grandes espacios con poca piedra, sin más que tallarla y agruparla bien, así en la poesía ha de cubrirse o encerrarse el mayor espacio ideal, se ha de expresar el mayor contenido posible representativo, con el menor número de palabras, sin más que tallarlas o agruparlas bien. ¡Y cuán lejos de ello estamos en España! Nuestra poesía y nuestra literatura en general nada tienen de góticas en este sentido; son más bien platerescas y aun barrocas, por el exceso de su ornamentación nada constructiva, y bajo la cual se pierde la línea. Pensamiento poético que puesto en prosa exija menos palabras que aquéllas con que en verso lo expresó un poeta, podéis asegurar que éste lo expresó mal.

No voy a describiros, claro está, la catedral de León. El que quiera verla descrita puede leer lo que de ella escribió D. José M. Quadrado en el tomo que a Asturias y León dedicó en la obra _España; sus monumentos y artes, su naturaleza e historia_.

Todos sabéis que las catedrales góticas son vertebradas, es decir, tienen un esqueleto de columnas y crucerías recubierto de carne de piedra, y que el peso todo de las bóvedas se echa hacia afuera, sosteniéndolo los contrafuertes con sus arbotantes. De aquí que a la ligereza y esbeltez del interior corresponda una robusta y complicada fábrica exterior. Y así ocurre con la de León. Pero por dentro a esta catedral, que podríamos llamar modelo de gótico, tan pura, tan aérea y tan clara, le encuentro que le falta recogimiento y misterio. No es fácil esconderse y aislarse en ella. Hase dicho también, no sé con qué fundamento, que es poco española. Verdad es que se le ha negado casticidad a nuestro arte arquitectónico, de importación lo más de él, sobre todo el gótico. Lo nuestro parece ser una parte del románico, el llamado visigodo, y el plateresco. Pero las catedrales góticas nos vinieron de Francia. Sus maravillas en el género, las de París, Reims, Chartres y Bourges, decidieron su introducción en España; Fernando el Santo parece haber sido gran admirador del estilo gótico francés, y en su reinado se alzaron las tres grandes catedrales góticas españolas, las de Burgos, Toledo y León.

Si la catedral representa en León el arte gótico del siglo XIII, en la iglesia y convento de San Marcos, residencia principal que fué de la Orden de Santiago en los reinos de León, y hoy depósito de sementales para la Caballería del Ejército (!!!), se nos ofrece un ejemplar de la Escuela del Renacimiento del siglo XVI. Me recordaba este edificio a mi Salamanca, ciudad renaciente si las hay. Paseándome con unos buenos amigos, a la caída de la tarde, por la alameda que delante de San Marcos corre a lo largo del Bernesga, no me hartaba de contemplar aquel rosetón calado que se alza sobre su frontispicio. Estos bordados de la piedra, destacándose sobre un cielo limpio de ocaso, son uno de los espectáculos más hermosos de que se puede gozar, sobre todo cuando, cerca ya del anochecer, parece como que la piedra pierde su materialidad tangible.

Me han asegurado que S. M. el Rey, al pasar por León, ha manifestado ya más de una vez su extrañeza porque esa joya de nuestra arquitectura plateresca siga dedicada a depósito de sementales.

Mas lo que en León produce impresión más profunda al espíritu algo cultivado es la venerable basílica románica de San Isidoro, donde está el formidable panteón de los reyes de León. «Su maciza y adusta mole--dice Quadrado--nos traslada a la monarquía semiheroica y semibárbara del siglo XI; austeros monjes o duros guerreros son los únicos adoradores análogos al carácter de su arquitectura; su panteón compendia la historia de dos centurias y de diez generaciones de monarcas».

San Isidoro es, sin duda, una de las más severas y a la par más elocuentes páginas de piedra de la historia de España. Su maciza torre cuadrada nos habla de tiempos macizos también, y cuadrados, de los recios tiempos de la Reconquista.

Difícilmente olvidaré la impresión que se produjo en mi alma cuando entré, hace ya más de siete años, por primera vez en el panteón de los reyes leoneses. Sólo recuerdo otras dos impresiones análogas, y es las que sentí al bajar, en la Real Capilla de la Catedral de Granada, a la cripta en que se guardan, en sencillísimas cajas, los restos de los Reyes Católicos D. Fernando de Aragón y D.ª Isabel de Castilla, dejando arriba los suntuosos pero vacíos túmulos que en imágenes yacentes nos les muestran, y la que recibí en Alcobaça, al entrar en la capilla en que descansan su eterno sueño de amor y de tragedia D. Pedro y su infortunada amante Inés de Castro. ¡Cuán diferente el efecto que me produjo el panteón de los reyes de España en el Escorial! Este panteón escurialense es de lo más frío, de lo más ordenancista que puede verse. Los cuerpos de los reyes de las casas de Austria y de Borbón están almacenados en él, en sus urnas, como las piezas de género en una pañería. ¡Qué otro lo de León! Al entrar en el solemne recinto, bajo de techo, con sus robustas columnas románicas, en que los reyes del antiguo reino de León duermen en el eterno olvido, se siente el ánimo sobrecogido. «Doce túmulos lisos--dice Quadrado--, de más de treinta que anteriormente había sin efigie, sin labores de ningún género, sin inscripción, excepto el de Alfonso V y algunos trozos que se leen en el de Sancha, hermana del emperador, dejaron allí únicamente los soldados de Napoleón, después de profanar aquel venerable recinto y de buscar inútilmente entre los huesos y la podredumbre los imaginados tesoros que tentaban su codicia». Y esta profanación ha añadido acaso, creo yo, a la solemnidad del espectáculo. Una tumba profanada es como una tumba intensificada. Cuando la destrucción, es decir, la muerte pasa sobre la muerte, redobla su trágico interés.

No hay, al menos para mí, espectáculo más conmovedor que el de un cementerio abandonado. Una tumba vacía me dice mucho más que una vacía cuna. Y aquel asolado panteón de los guerreros reyes leoneses, sobre el que pasó la guerra, es algo que difícilmente olvida el que una vez lo ha visto con los ojos del alma en que duermen recuerdos de historia.

Tiene para mí San Isidoro de León otro recuerdo, y es que en su solemne recinto, en un día del mes de agosto de 1906, su abad solemne, D. Genaro Campillo, me sacó los demonios del cuerpo con la mandíbula de San Juan Bautista, que allí se venera. Es una historia que he de contar algún día para edificación de las almas sencillas que crean en la mandíbula del Bautista y en mis demonios, y no sé si para regocijo de los espíritus volterianos.

Fuera de esos tres monumentos, la catedral de San Marcos y San Isidoro, aún queda algo que ver en León arquitectónico. La iglesia del Mercado, por ejemplo, muestra aún señales de lo que en un tiempo fué, y es un caso típico de cómo puede desfigurarse un templo haciéndole perder su primitiva personalidad. Que la tienen los edificios y a las veces más que las personas. El trozo del primitivo ábside románico, bellísimo por fuerte, que hoy está allí encerrado en la sacristía y cubierto, para los ojos que ven la iglesia desde fuera, por una superestructura posterior, es algo que se presta a no pocas reflexiones metafóricas. Hase conservado mucho mejor que si hubiera quedado al exterior, expuesto a la intemperie y a las injurias de los chiquillos y aun de los adultos. Y así nos sucede que tal idea o sentimiento de nuestra infancia, tal trozo del ábside de nuestra niñez, se nos conserva en el fondo del alma, en la cerrada sacristía, en el relicario de los recuerdos, fuera del alcance de las burlas y desdenes de aquéllos con quienes tenemos que tratar, mucho mejor que se nos habría conservado expuesto a la intemperie del mundo social. Había que oirle al párroco de la iglesia aquella del Mercado, un hombre admirable que en restaurar y mantener su iglesiuca pone sus amores y sus haberes, explicarnos el singular fervor que le inspira el celebrar misa en una reducida capillita del lado de la Epístola del altar mayor, en una especie de concha románica que parece una gruta. «Cuando celebro aquí--nos decía--me parece estar muy lejos del mundo; en una cueva del desierto, solo con Dios». Aquel cura siente su iglesia y ha hecho de ésta como un segundo cuerpo de su alma. ¡Y dichoso de aquél que logra hacer de su casa o de la morada en que su oficio cumple otro cuerpo más para su espíritu! Y si no ya de su casa tan sólo, sino del lugar, villa o ciudad en que vive, ¿qué mayor bendición de Dios? No hay para vivir como una de estas viejas ciudades rebosantes de seculares recuerdos cuando se logra encarnar o, si queréis, «empedrar» en ellas, hacerlas cuerpo de nuestra alma. Se nos hace también secular ésta.

Salamanca, julio de 1913.

EN LA QUIETUD DE LA PEQUEÑA VIEJA CIUDAD

Ahora, de mis veraniegas excursiones vuelto a este mi hogar ciudadano, de pequeña ciudad, tranquila por de fuera, y mientras me apercibo a las tareas del próximo curso académico, púsome a leer las cartas del poeta inglés Tomás Gray, el autor de aquella famosísima elegía escrita en un cementerio de aldea. Y en una de las primeras cartas de la colección, la que el 8 de mayo de 1736 escribió desde Cambridge, pequeña ciudad académica, Gray a West, leí esto: «Cuando has visto uno de mis días, has visto el año entero de mi vida; van dando vueltas como el caballo ciego en el molino, sólo que éste tiene la satisfacción de imaginarse que avanza algo y que cobra suelo; pero mis ojos están lo bastante abiertos para ver la misma triste perspectiva y para saber que habiendo dado veinticuatro pasos más, estaré precisamente donde estaba...». ¿A qué seguir?

Sí, me dije, dando vueltas a la noria como un caballo vendado; pero, ¿no sale de esa noria agua? ¿y esa agua no riega un huerto? ¿y ese huerto no da frutos? ¿y esos frutos no mantienen a hombres que corren el mundo de un extremo a otro, y que por recorrerlo así creen vivir más intensamente que el pobre caballo vendado que saca de la noria el agua que riega el huerto que da los frutos de que se mantienen ellos? ¿Quién vive más su vida?

Y fuí a leer en la inmortal _Elegía_ del mismo Gray aquella estrofa que dice:

«Some village Hampden, that, with dauntless breast The little tyrant of his fields withstood, Some mute inglorious Milton here may rest, Some Cromwell guiltless of his country's blood».

Allí, en el solitario cementerio de aldea, descansa algún Hampden aldeano que con pecho indómito resistió al tirano de sus campos, algún mudo Milton sin gloria, algún Cromwell sin culpa de haber derramado la sangre de su patria. Pero, ¿es que los Milton y los Cromwell no surgen sino de las populosas y ruidosas ciudades? ¿es que no salen, como en Francia salió Juana de Arco, de algún ignorado rincón durmiente? ¿Es que no se fraguan alguna vez los héroes _far from the madding crowd's ignoble strife_, lejos de las innobles luchas de la enloquecedora muchedumbre?

Y recordé a Descartes filosofando en la soledad de su estufa, a Spinoza encerrado en su cuarto de soltero de Amsterdam, a Kant cumpliendo su vida ordinaria con la regularidad de un caballo de noria en su académica Koenigsberg.

Sí, sí; yo sé que no viaja mucho el que todos los días da treinta o cuarenta vueltas al jardín de su casa; yo sé que la ardilla que se revuelve en una jaula no sale de ésta; pero también sé que se está quieto y no se mueve por sí aquél a quien su automóvil lo lleva a cien kilómetros por hora, y sé más, y es que no se entera del camino por el que va.

¡Pueblos progresivos...! ¡pueblos progresivos...! ¿Y qué es un pueblo progresivo?

Un pueblo que cambia rápidamente... por de fuera. Acaso un pueblo que crece.

No sé si alguno de mis lectores conocerá un librito admirable de G. Lowes Dickinson. Se titula _A Modern Symposium_. (Un simposión--o sea banquete--moderno), inspirado en el inmortal diálogo de Platón. En este nuevo Simposión del profesor inglés, hablan de política un tory, un liberal, un conservador, un socialista, un anarquista, un profesor, un hombre de ciencia, un periodista, un hombre de negocios, un poeta, un caballero bien acomodado, un cuáquero y un hombre de letras. Y al tocarle su turno a Arturo Ellis, el periodista, nos hace una pintura muy brillante--del parecido no respondo--de la vida norteamericana, prototipo del progreso.

Hay en este discurso del periodista de Dickinson cosas admirables, como aquello de que «gracias a Europa, América jamás ha sido impotente frente a la Naturaleza; no ha sentido, por lo tanto, temor; por esto nunca ha conocido la reverencia, lo que la ha llevado a no experimentar religión». Pero vamos a otra cosa, y es cuando Ellis dice:

«¿Qué es lo que reconocen como fin? He aquí un punto importante en que he reflexionado mucho en el curso de mis viajes. A las veces he creído que era la riqueza, otras veces el poder, otras la actividad. Pero un poema, o por lo menos una producción métrica con que me topé en los Estados Unidos, me dió una nueva idea sobre el objeto. En este punto hablo con gran desconfianza, pero me inclino a creer que mi autor estaba en lo cierto, que el fin real que los norteamericanos se proponen es la Aceleración. Estar siempre moviéndose, y cada vez más de prisa, es lo que creen ser la vida beatífica, y con su feliz despego a la filosofía y la especulación no se preocupan por la cuestión de: ¿adónde? Si europeos u otros les preguntan cuál es el punto a que van tan de prisa, su único sentimiento es el de un genuino asombro. ¡Eh, replican, date prisa! ¿Y qué más puede decirse? De aquí su desprecio por el ocio tan apreciado de los europeos. El ocio (leisure), sienten que es una especie de parada, el pecado imperdonable. De aquí también su aversión a jugar, a la conversación, a todo lo que no sea trabajo».

Repito que no sé si la pintura es o no exacta, pero que conozco muchos que se llaman progresistas porque sienten así.

Más adelante añade el periodista de Dickinson: «Es verdad--dice el hombre del porvenir--, no tenemos religión, literatura o arte; no sabemos de dónde venimos o adónde vamos, pero lo que más importa, no nos cuidamos de ello. Lo que sabemos es que nos estamos moviendo más de prisa que se movió nadie antes, y que es lo probable que nos moveremos más y más de prisa cada vez. El inquirir ¿adónde? es algo que consideramos blasfemo. El principio del universo es la Aceleración y nosotros somos sus exponentes; lo que no se acelera se extinguirá, y si no podemos responder a las últimas preguntas, es tanto menos de lamentarlo cuanto que dentro de unos pocos siglos no quedará nadie para responderlas».

Confrontad ahora con esto estas otras palabras admirabilísimas que el mismo G. Lowes Dickinson, en este su mismo preñado librito, pone en boca del profesor Henry Martin, cuando dice: «Las gentes creen que la vida de la razón es fina. ¡Cuán poco saben lo que es responder a cada llamarada, ser solicitado por cada impulso, pero siempre quieto, como el imán, vibrando siempre hacia el norte, nunca tan tenso, nunca tan consciente del esfuerzo como cuando se está más irremoviblemente fijo hacia aquella meta. La intensidad de la vida no hay que medirla por el grado de oscilación. Es en el punto más quieto donde las más tremendas energías se encuentran».

Al leer esto me acordé al punto de aquel famoso discurso sobre la vida intensa--_the strenuous life_--que el inquieto y oscilante Teodoro Roosevelt, cazador de rinocerontes en África y apóstol de la Aceleración, pronunció en Chicago en abril de 1899. Hay allí cosas admirables, de un elevado idealismo--de espiritualismo, que es mejor, más bien--pero hay también demasiada... aceleración. Que se confunde con la precipitación. Acelerarse suele ser no pocas veces precipitarse.

Y es un grandísimo acierto el de que en el moderno banquete que nos presenta Dickinson, sea precisamente el hombre de negocios, Philip Audubon, el que exponga el punto de vista más desolador y pesimista. He leído pocas cosas tan amargas, tan tristes, tan desoladas, como el discurso de ese hombre de negocios. Y no lo dudéis: pueblo en que apenas se hable sino de negocios--de voladas y de pichinchas, pongo por caso--y de placeres, es pueblo donde no tardará en brotar y arraigar un triste pesimismo. Y no el del hambre, no, sino el otro, el peor, el de la hartura. De la hartura y del vacío.

Yo, por mi parte, no corro cuando puedo ir al paso, a pie, y enterándome del camino. ¿Que recorro poco espacio? ¿Y qué? Todo pedazo de espacio es infinito dentro de sí. Y lo mismo digo del tiempo. «¿Pero cómo encuentra usted tiempo para hacer tantas cosas?»--me preguntaba un amigo. Y le respondí sonriendo: «Es que mis horas son cuadradas y a las veces cúbicas...». «¿Cómo?», añadió. Y yo: «Usted sabe que si un metro lineal tiene 10 decímetros, un metro cuadrado tiene 100 decímetros cuadrados y no 10, y un metro cúbico 1.000 decímetros cúbicos. Así mi hora cuadrada tiene 3.600 minutos cuadrados y mi hora cúbica 216.000 minutos cúbicos».

Hay que buscar el tiempo de dos y de tres dimensiones, ancho y profundo a la vez que largo. Y esto se logra mejor encerrándose en estos retiros de las viejas y pequeñas ciudades que parece que no se mueven ni progresan.