Andanzas y visiones españolas

Part 2

Chapter 24,004 wordsPublic domain

¡La sociología! ¿Hay algo más horrendo, más grotesco, más bufo que eso que suelen llamar sociología? Hay en ella «Californias de grotesco», que diría Flaubert. Todas las ramplonerías progreseras, todos los lugares comunes modernos, parece se han refugiado en esa flamante sociología. Desde allí arriba, desde los canchales de la cumbre de Gredos, contemplábamos con unos prismáticos los pueblecillos del valle del Tiétar, Madrigal, Villanueva de la Vera... Unas montañas nos tapaban a Yuste, donde fué a morir, hastiado de los hombres, nuestro emperador. No se veía a los hombres en aquellos pequeños hormigueros.

Y heteme otra vez aquí después de haberme dado cuerda al corazón con el aire libre de las cumbres, heteme otra vez aquí, en la ciudad, en el vaho de la ramplonería humana, teniendo que soportar el que al lado mío se hable de nuestras diferencias con Francia a propósito de lo de Marruecos o de las cogidas de Vicente Pastor. Otra vez a oir comentar durante veinticuatro horas las noticias del día. Me ocurre lo que a Flaubert: «siento un disgusto profundo de lo diario, es decir, de lo efímero, de lo pasajero, de lo que es importante hoy y no lo será ya mañana».

¡Sea usted más objetivo!, me dijo una vez un redomado pedante, y añadió: «¡Exponga usted menos ideas y cuente más cosas!». Y yo me quedé pensando: ¿Qué entenderá por cosas este mentecato, y en qué las distinguirá de las ideas? Sí, ya sé, lo que hace falta es decir algo que pueda luego el lector repetirlo, atribuyéndoselo o no. Es lo que me decía un ingenuo: «Mire usted, yo voy al teatro porque alguna frase, algún pensamiento se me queda y puedo repetirlo luego, y en último caso cabe contar el argumento a los amigos; ¿pero a un concierto?, no se me pega la música...». Y, sin embargo, este ingenuo va al concierto, pero es para que le vean en él y decir que ha estado. Pero tú, lector, me complazco en creer que no me pides noticias. Hay otros que te informarán mejor que yo de lo que pasa por el mundo. Y entretanto, acaso no te enteres de lo que pasa en ti mismo. Por mi parte, si alguna vez he logrado llevarte o siquiera acercarte a ti mismo, me doy por pagado.

Vives acaso, lector mío, en un tráfago mundano, entre negocios o entre diversiones. Escápate cuando puedas a la cumbre, ve a pasar unos días al pie del Aconcagua, donde más alto puedas. Deja de pisar el asfalto de los bulevares. Aprende a desdeñar eso que llamamos civilización, y que rara vez es tal, y a extraer de ella lo que de cultura encierre. Deja la civilización con el ferrocarril, el telégrafo, el teléfono, el _water-closet_ y llévate la cultura en el alma. La civilización no es más que una cáscara para proteger las pulpas, el meollo, que es la cultura. Todo ese formidable aparato de invenciones mecánicas acaba en producir una poesía. Cuando haya surgido el poema de la ingeniería moderna puede muy bien hundirse ésta.

Y otra gran lección nos da la cumbre, y es enseñarnos a pasarnos sin comodidades. Nada denuncia tanto la ordinariez de espíritu, la ramplonería y plebeyez de alma, como el apego a la comodidad. El señor que no sabe viajar sin almohada y baño es un mentecato. El desprecio a la comodidad es aún una de las evidentes superioridades de los pueblos de casta ibérica. En ninguna parte estalla tan a las claras la ramplonería humana como en la mesa del comedor de un gran hotel.

Allí arriba hay que comer poco y frío, y mojarlo con agua, con agua cristalina del deshielo de los ventisqueros. Si a alguien se le ocurriese allí, en la cumbre, brindar con champaña, se le vendría encima el desprecio silencioso de los riscos. El brindar con champaña es el acto más sociológico, quiero decir, más grotesco que ha podido inventar el hombre enamorado del progreso. Y si el que brinda lo hace estando vestido de frac, ¡qué enormidad de grotesquez! ¿Has visto, lector, nada más bufo que un señor de frac, con su blanca pechera reluciente y acaso un anillo en un dedo, con una copa de champaña en la diestra y brindando?

A eso llaman, creo, vida de sociedad. Y eso pide, claro está, la fotografía para que lo eternice. Y es que hay pocas cosas más sociológicas que la eternización fotográfica. Es lo que llaman ilustración. Porque ilustrar hoy quiere decir añadir fotografías.

Figúrate, lector, que esta divagación fuese ilustrada con vistas de Gredos, la subida por la barranca, un ventisquero, el pico de Almanzor, el Ameal de Pablo, la choza de un pastor, la laguna vista desde arriba, etc. ¡Cuánto no ganaría esto para los que quieren cosas! Y el recurso es excelente. Sé de un cronista a quien no le interesan ni los paisajes ni los monumentos arquitectónicos; llega a una ciudad, compra una colección de vistas de ella, se encierra en el hotel, donde se cuida, ante todo, del menú, y se pone, con una guía al lado, a escribir su viaje. Así es como ha sido tantas veces descubierta esta Salamanca en que vivo, lucho y rabio.

Basta ya. Dentro de unos días me voy con unos amigos franceses a pasar algunos en el Santuario de la Peña de Francia, en la sierra de este nombre, entre esta provincia y la de Cáceres. Allí volveré a vivir vida libre.

Salamanca, agosto 1911.

EL SILENCIO DE LA CIMA

Unos días en la cumbre silenciosa, en el santuario de Nuestra Señora de la Peña de Francia, teniendo a un lado, al norte, la llanada de Salamanca, como un mar de cálidos matices sembrado de islas de verdura, los manchones de los encinares, y de otro lado, al sur, las abruptas sierras de las Hurdes, y detrás la sabana de Extremadura. Y al pie los pueblecillos de la sierra de Francia, agazapados entre castañares, enviando al cielo limpio el humo de sus hogares, viviendo su vida recogida. Y allí arriba, en la soledad de la cumbre, entre los enhiestos y duros peñascos, un silencio divino, un silencio recreador. Silencio sobre todo.

He vivido unos días de silencio, de augusto silencio. Ni chirriar de cigarras, ni gorjear de pájaros, ni balar de ovejas, y, sobre todo, nada del rumor enloqueciente de las atareadas o alborotadas muchedumbres humanas. A ratos el canto dulce del armonio que en el coro del santuario tocaba algún dominico de los que allí arriba, en aquel verdadero sanatorio, se reponen del rudo invierno de Salamanca.

Subí y permanecí allí con dos amigos franceses enamorados de esta nuestra inalterable y casi desconocida España: ésta, la de los rincones adonde aún no llegan ni el tren ni el automóvil; ésta, que conserva en el alma toda la recia primitividad del granito sobre que descansa y sueña. ¡Qué sabrosas conversaciones con ellos, allí arriba, en el seno del silencio, tendidos sobre la cumbre! ¿Creéis acaso que dos hombres puedan de veras entenderse, no digo ya comprenderse, cuando se hablan entre el rumor, que de todas partes les llega, de la muchedumbre, entre el zumbido del enjambre humano atareado o alborotado? ¿Creéis que pueden acaso llegar a comunión dos almas cuando las rodea el eco del mar humano? En la ciudad cabe hablar de negocios, de política candente, de sociología, de modas; pero ¿de las cosas eternas? (Ahora, en este momento, mientras escribo esto, me llega al oído el grito de un vendedor ambulante que pregona su mercancía, y no es posible que este grito no se cuele, de un modo o de otro, en lo que voy escribiendo).

¡Vivir unos días en el silencio y del silencio, nosotros, los que de ordinario vivimos en el barullo y del barullo! Parecía que oíamos todo lo que la tierra calla, mientras nosotros, sus hijos, damos voces para aturdirnos con ellas y no oir la voz del silencio divino. Porque los hombres gritan para no oirse, para no oirse cada uno a sí mismo, para no oirse los unos a los otros.

Y el silencio casaba con la majestad de la montaña, una montaña desnuda, un levantamiento de las desnudas entrañas de la tierra, despojadas de su verdor, que dejaron al pie como se deja un vestido, para alzarse hacia el sol desnudo. La verdura al pie, en el llano, como la vestidura de que se despoja un mártir para mejor gozar de su martirio. Y el sol desnudo y silencioso besando con sus rayos a la roca desnuda y silenciosa.

Allí, a solas con la montaña, volvía mi vista espiritual de las cumbres de aquélla a las cumbres de mi alma y de las llanuras que a nuestros pies se tendían a las llanuras de mi espíritu. Y era forzosamente un examen de conciencia. El sol de la cumbre nos ilumina los más escondidos repliegues del corazón. Había subido, además, con una recogida angustia, con una punzante preocupación de origen familiar; sobre mis esperanzas de padre se cernía una nubecilla que mi aprensión convirtiera en nubarrón.

¿Por qué no había yo de callar una temporada, una larga temporada? ¿Por qué no había de interrumpir mi comunicación con el público hasta que un largo, un muy largo silencio me retemplara la fibra y me hiciera acaso descubrir simpatías que hoy se me escapan? ¿Por qué este hablar--o escribir, que es lo mismo--continuo y precipitado, al correr de la pluma, sin filtrar mis palabras, dejando que salgan todas, así las más limpias como las más turbias? ¿Por qué este pensar escribiendo, y, lo que es peor, este pensar para escribir?

Y no es, no, Dios me libre, no es temor a los puntos flacos que puede uno así mostrar a los despechados o doloridos, a los que buscan por dónde zaherir a quien alguna vez les hirió con sus juicios. He aprendido a llevar como trofeos, más aún que las simpatías que en algunos haya podido despertar, las antipatías que en otros he provocado. Encuentro justo que haya quienes finjan desdén hacia quien tanto ha desdeñado y desdeña. No olvido--y tampoco pido perdón por la arrogancia--lo que el iracundo florentino Filippo Argenti dijo al Dante cuando le encontró en el infierno, y fué que ciñéndole con los brazos le besó en la cara y le dijo:

«Alma sdegnosa, benedetta colei che in te s'incinse»: alma desdeñosa, bendita la que de ti quedó encinta. Y acaso un día, cuando visite yo a mi vez el infierno, me encuentre allí con más de un Filippo Argenti que me bendiga por el desdén.

Recogerse una temporada, sí, y callar, callar, envolviéndose como en mortaja de resurrección en el silencio, pero no por mezquinos móviles de defensa y de ataque, no, sino a busca de alguno de nuestros otros yos, de alguno de aquéllos que he ido dejando en las encrucijadas del camino de la vida. Pues a cada cruce de caminos que en la vida se nos presenta, cuando tenemos que escoger entre una u otra resolución que ha de afectar a nuestro porvenir todo, renunciamos a uno para ser otro. Llevamos cada uno varios hombres posibles, una multiplicidad de destinos, y según realizamos algo perdemos posibilidades. Y luego suspiramos exclamando: «¡Oh, si entonces hubiera hecho otra cosa!».

Allí, en la cima, envuelto en el silencio, soñaba en todos los que habiendo podido ser, no he sido para poder ser el que soy; soñaba en todas las posibilidades que he dejado perder desde aquella infantil atracción al claustro y luego, antes de llegar a los veinte, aquella propuesta de ser llevado lejos, muy lejos de la patria, allende el mar, a trabajar en luengas tierras. Empieza el silencio rodeándole a uno de remordimientos que de él brotan, pero acaba corroborándole en el inevitable destino. Y da fuerzas, da fuerzas como una sumersión en la fuente de la vida.

Está aquello como estaba hace un siglo, hace dos, hace cuatro, hace veinte. Es la imagen viva de lo inalterable. A lo sumo se ve un momento allá, a lo lejos, sobre el vasto piélago de tierra, el penacho de humo de la locomotora, y se piensa un instante, quieto sobre la cima, en los que van y vienen por los valles de agitación y de ruido. ¿Y todo ello para qué?

Porque la radical vanidad de los paraqués humanos en ningún sitio se siente con más íntima fuerza que en estas cimas del silencio. Es como contemplar los vuelos de una mosca dentro de una botella.

En el interior del convento y en el del santuario de la Peña de Francia están los muros, ya cerca del techo, y los techos llenos de manchas negras, unas más espesas, otras más claras. Son apelmazadas muchedumbres de mosquitos--no cínifes, sino pequeñitas moscas--por cientos, por miles, y en conjunto por millones, que se están allí, quietos, inmóviles, sin buscar alimento, haciendo... ¿qué? Se diría que, desengañados de la vanidad del mundo, se reúnen a dormir su vida en vez de suicidarse. Y aunque no se les ve alimentarse ni cabe tomen alimento de los pelados muros, crían sangre, según los novicios nos dijeron. ¿Qué hacen, pues, allí? ¿Cuál es la utilidad de esos pequeños insectos ociosos? He aquí algo en que no nos habríamos fijado en el valle, entre el barullo, y sobre que disertamos allí arriba, en la cima, entre el silencio.

Y luego, tendidos en la cumbre, bajo el sol, que en tales alturas acaricia sin herir, a contemplar los pueblecillos, a hacer geografía. Este de aquí, de la derecha, este _testudo_ de rojos tejados, como la _testudo_ que uniendo sus escudos sobre sus cabezas formaban los legionarios romanos; esa masa roja, coronada por la torre de la iglesia, y que humea entre el verdor de los castaños, es La Alberca. Ahí abajo, entre el cascajo de las laderas, corre el río Francia. Más allá, aquellas ruinas de un antiguo castillo y aquella torre que parecen apacentar otro grupo de rojos tejados es San Martín del Castañar. Más a la derecha, sobre aquella loma verde, se hunde entre el verdor Sequeros. Más lejos, a la derecha, sobre otra loma, pero más escueto y descampado, se levanta Miranda. Y allá, en el fondo, al pie del macizo contrafuerte de la vasta montaña, con velas de nieve en su cima, que nos cierra el horizonte, blanquea a ratos la ciudad de Béjar, mi vieja conocida. Y aun se alcanza a ver, asomando sobre esta montaña, los picos de Gredos, en donde no ha muchos días soñé en la España inmortal. Y más acá, al pie mismo de nosotros, como bajo la protección de la Peña, la Nava, Cereceda, el Cabaco, otros pueblecillos. Y aquí mismo, casi a nuestra mano, este pequeñito poblado del Casarito, cuatro o cinco casas escondidas entre robles y castaños que dan la sensación de una paz perpetua.

Es un acontecimiento cuanto rompe la solemne monotonía de la quietud y del silencio. Uno que sube por el pedregoso y empinado sendero. Y es el cabrero que viene a traer leche, o uno que viene en busca de la nieve aquí durante el invierno almacenada para que refresquen sus bebidas los hijos del llano, o es el que trae el correo; acaso uno que viene de promesa o en busca de unos días de paz y de salud. Si acaso se tocó a misa en el santuario, se aguarda al que sube. Y el que sube trae ecos del mundo; trae acaso noticias de los afanes y los fracasos, de las venturas y desventuras de los de abajo. Y se le aguarda viéndole subir.

Otras veces es otra aparición, pero aérea y silenciosa. La de algún buitre o algún águila que con sus vastas alas extendidas parece bogar, sin esfuerzo alguno, por los azules espacios. ¡Qué diferencia de este solemne vuelo a los turbulentos afanes de nuestros aviadores humanos! Mis amigos, los franceses, recitaban aquella imponente poesía de Leconte de Lisle al cóndor, y yo me acordaba de mi _Obermann_, de mi íntimo _Obermann_, de este libro formidable, casi único en la literatura francesa, que fué el alimento de las profundas nostalgias de mi juventud y aun de mi edad madura; de este _Obermann_, de aquel desdichado y oscuro Senancour, de que he hecho casi un breviario. En este libro sin par se nos revela toda la tragedia de la montaña. Y recorría con la memoria sus pasajes más trágicos, aquel en que en la paz de la noche y en la cima interrogaba a su destino incierto, a su corazón agitado, y a esta naturaleza inconcebible que, conteniéndolo todo, parece no contener, sin embargo, lo que nuestros deseos buscan. «¿Qué soy, pues?»--se preguntaba Obermann, y se decía:--«¡qué triste mezcla de afecto universal y de indiferencia hacia todos los objetos de la vida positiva!». Contemplando al buitre recordé cuando Obermann vió aparecer un punto negro en los abismos, a sus pies, que se elevó rápidamente, «vino derecho a mí--nos dice--; era la poderosa águila de los Alpes; sus alas estaban húmedas y feroces sus ojos; buscaba una presa, pero a la vista de un hombre echó a huir con un grito siniestro, desapareció precisamente en las nubes. Repitióse veinte veces el grito, pero en sonidos secos, sin prolongamiento alguno, semejantes a otros tantos gritos aislados en el silencio universal. Después volvió a entrar todo en una calma absoluta, como si hubiese dejado de existir el sonido mismo y se hubiera borrado del universo la propiedad de los cuerpos sonoros». Y agrega en seguida Obermann aquellas palabras insustituíbles, donde dice: «Jamás ha sido conocido el silencio en los valles tumultuosos; no es sino en las cimas frías donde reina esta inmovilidad, esta solemne permanencia que no expresará lengua alguna, que la imaginación no ha de alcanzar. Sin los recuerdos traídos de las llanuras no podría creer el hombre que hubiese fuera de él movimiento alguno en la naturaleza; seríale inexplicable el curso de los astros, y todo, hasta las variaciones de los vapores, pareceríale subsistir en el cambio mismo. Pareciéndole continuo cada momento presente, tendría la seguridad, sin tener el sentimiento, de la sucesión de las cosas, y las perpetuas mudanzas del universo serían para su pensamiento un misterio impenetrable». Lo he sentido, lo he sentido así en la cima de la Peña de Francia, en el reino del silencio; he sentido la inmovilidad en medio de las mudanzas, la eternidad debajo del tiempo, he tocado el fondo del mar de la vida.

¿Pero lo veis? ¿cómo hasta en la cima, en el sacro imperio del silencio santo, no he olvidado los libros que me persiguen adonde quiera que vaya? Porque el _Obermann_ no es sino un libro, aunque a mi sentir uno de los más grandes que se hayan jamás escrito. Aunque no, no, no, el _Obermann_ no es un libro; es un alma, un alma vasta y eterna como la de la montaña. El _Obermann_ se puede leer en la cima del silencio, donde no hay tratado alguno de sociología que resista la lectura.

Se lleva a las alturas el corazón y la cabeza hechos en los valles y llanos, y allí arriba, en la cumbre, hablamos de nuestras preocupaciones, de literatura, de filosofía, de poesía, de religión, del inmortal anhelo de inmortalidad sobre todo, pero no de sociología.

Hablamos también de esa América y de la suerte singular que en ella corre la literatura francesa, siendo admirados ciertos escritores que apenas cuentan en su propia patria y pasando inadvertidos no pocos de más hondo valer. Y aquí, en España, ocurre con la literatura francesa algo parecido.

Pero no es de esto de lo que debo ahora tratar. Se despega de la cima.

Salamanca, agosto de 1911.

CIUDAD, CAMPO, PAISAJES Y RECUERDOS

Así es, Rebechi amigo--pues a darle este titulo su carta me autoriza--, así es: el recuerdo del campo y la esperanza de volver a él es una de las cosas que más y mejor nos sostienen en medio del tráfago de las ciudades. ¿Hay acaso placer mayor que, sentado en las largas noches de invierno junto a la leña que arde y zumba en la chimenea, soñar en un paisaje favorito? ¿Hay algo como, viendo el fuego de las lenguas de llama, recordar el de las lenguas de agua en la rompiente de las olas? Las dos cosas que más se parecen son el juego de las crestas de la ola marina, empenachadas de espuma, y el fuego de las crestas de la llama del hogar.

Lo comprendo, ¿que lo comprendo? No, lo he sentido; he sentido al retirarme al reposo y silencio del lecho, después de un día de duro trabajo y de agitación ciudadana, y allí, en el silencio y el reposo, entre cobijas, soñar, con un libro de viajes en la mano, montañas, valles, ríos, mares y cielos libres.

Aun hay más, y es que durante el verano y en las siempre breves vacaciones de que durante el curso puedo gozar, salgo a hacer repuesto de paisaje, a almacenar en mi magín y en mi corazón visiones de llanura, de sierra o de marina para irme luego de ellas nutriendo en mi retiro. Así como también llevo al campo el recuerdo de las espléndidas visiones de esta dorada ciudad de Salamanca, cantada por mí hace algunos años.

El follaje de estas pardas encinas de Castilla, de estos árboles solemnes que brotan de la roca misma, de las entrañas de la tierra, es inmoble al viento, es apretado y denso, y es perenne. No cae en invierno como cae el follaje más blando y más movedizo de los robles. La encina parece un árbol férreo, ni el vendaval la dobla o la sacude, como hace estremecer al chopo la más ligera brisa. Y denso, inmoble y perenne es también el follaje de piedra de estos viejos monumentos salmantinos. Las piedras doradas por soles de siglos de nuestra catedral, de nuestro templo de San Esteban, de nuestra Universidad, son como el follaje de las encinas. Y así, al contemplar los pináculos de la catedral, sueño en las encinas de las anchas navas, y al apacentar mi vista y mi corazón en éstas me corre por dentro, en curso soterraño del alma, el recuerdo de las piedras hojosas de nuestros monumentos de arenisca.

Así llevo la ciudad al campo y traigo el campo a la ciudad. Pero la ciudad que es a su vez también campo, la ciudad hecha naturaleza serena, impasible y noble. Una catedral es también un bosque, y hay paisajes, verdaderos paisajes ciudadanos, sobre todo en las viejas ciudades, en aquéllas sobre cuyos monumentos y viviendas han pasado los siglos que sobre un bosque pasan. Cuando una casa ha abrigado generaciones de hombres acaba por hacerse algo campestre.

Pero hay otra ciudad que ni llevo ni quiero llevar al campo, hay otra ciudad que gozosamente dejo aquí cuando voy a retemplar entre valles y montañas mi fibra, cuando voy a remontarme al hombre primitivo. Y es la ciudad odiable y odiosa del trajín social, de los cafés, de los casinos y los clubs, de los teatros, de los parlamentos, la odiosa ciudad de las vanidades y las envidias. Huyo de esta ciudad, en cuanto puedo. El campo es una liberación.

Triste tarea, amigo, la de tener que pasarse el día haciendo números, sobre todo si son de numerario ajeno. Allá en mis mocedades bilbaínas la mayor parte de mis amigos de excursiones y correrías monteses eran escribientes encargados de la correspondencia o tenedores de libros de casas de comercio, y el campo les servía preferentemente para maldecir del escritorio. Y eso que todos ellos servían leal y concienzudamente a las casas que los ocupaban dándoles de ganar. Comprendo muy bien, pues, que usted, amigo, en los descansos de su labor, y cuando cruce las anchas y largas avenidas de esa gran capital del sur de América, se acuerde de aquel su nativo «huraño villorrio» italiano que se esconde como perseguido entre una cima complicada del generoso Apenino, según me dice en muy castizo castellano.