An Elementary Spanish Reader

Chapter 2

Chapter 24,020 wordsPublic domain

Cuando se marcharon los dos, el prendero escondió el cuadro. A las cuatro de la tarde volvió el dueño.

--¿En dónde está mi cuadro?

--Tengo que hablar con Vd.

--Bien, hable Vd., pero tengo prisa y quiero el cuadro. 50 ¿Dónde está?

--¿Quiere Vd. venderlo?

--No, señor.

--Le doy cien duros por él.

--No quiero venderlo. 55

--Doscientos.

--Nada.

--Quinientos.

--Nada, nada.

--¿Quiere Vd. mil? 60

--No, señor.

--Pues debo confesar la verdad. Me han robado el cuadro y no puedo devolvérselo.

--¡Desgraciado de Vd.! ¿Qué ha hecho?--dijo el caballero.--¿Sabe Vd. que es un cuadro que vale diez mil 65 duros?

--¡Pobre de mí! haga Vd. lo que quiera, pero no puedo darle el cuadro; me lo han robado.

El caballero se dejó caer en una silla desesperado.

Después de algunos minutos, dijo:--¿Cuánto dinero 70 puede Vd. darme?

--Mil quinientos duros. No tengo más, aunque me lleve a la cárcel.

--No, no quiero hacer eso. Si me da Vd. ese dinero estaré satisfecho. 75

El prendero pagó y escondió el cuadro en la tienda, esperando al comprador.

Pasó un día, una semana, un mes y no pareció.

Entonces llamó a un pintor amigo, y le dijo:

--¿Qué le parece a Vd. este cuadro? 80

--Hombre, no es malo.

--¿Lo quiere Vd. comprar?

--No, señor.

--¿Cuánto vale?

--Ya sabe Vd., señor Juan, que los cuadros están muy 85 baratos.

--Pues bien, dándolo barato.

--Hombre, si le dan a Vd. cuarenta reales, no será Vd. mal pagado.

--¿Dice Vd. cuarenta o cuarenta mil? 90

--Cuarenta, señor Juan, cuarenta, y es mucho.

--¡Ah! ¡me he perdido! ¡ladrones! ¡infames ladrones!

Después de esto ¿quién quiere comprar gangas?

EL MÉDICO TUNANTE

Llegó un tunante a la ciudad de Zaragoza, diciendo que sabía raros secretos de medicina. Entre otras cosas dijo que podía remozar las viejas. Muchas viejas del pueblo creyeron sus palabras.

Llegaron pues un gran número de ellas a pedirle este 5 precioso beneficio. Él les dijo:

--Es necesario que cada una escriba en una cédula su nombre y edad.

Había entre ellas mujeres de setenta, de ochenta, y de noventa años de edad. Todas hicieron exactamente como él les 10 había dicho porque no querían perder la dicha de remozarse. El tunante les dijo que volvieran a su posada al día siguiente.

Cuando volvieron él empezó a lamentarse y les dijo:

--Debo confesar la verdad. Una bruja me ha robado todas las cédulas. Era envidiosa de la buena suerte de Vds. 15 Así es necesario que cada una vuelva a escribir su nombre y edad. También quiero decirles porqué es necesaria esta circunstancia. La mujer más vieja ha de ser quemada. Las otras han de tomar una porción de sus cenizas y así se remozarán. 20

Al oír esto se pasmaron las viejas, pero, todavía creyendo su promesa, hicieron nuevas cédulas. Pero todas tenían miedo de ser quemadas y no escribieron sus edades correctamente. Cada una se quitó muchos años. 25

La que tenía noventa, por ejemplo, escribió cincuenta; la de sesenta, treinta y cinco, etc.

Recibió el picarón las nuevas cédulas y luego sacó las del día anterior. Había dicho que las había perdido pero no era verdad. Comparó las nuevas cédulas con las otras y dijo: 25

--Ahora bien, señoras mías; ya tienen Vds. lo que les prometí; ya todas se han remozado. Vd. tenía ayer noventa años, ahora tiene cincuenta; Vd. ayer cincuenta, hoy treinta y cinco.

Hablando así las despachó a todas tan corridas como puede 30 suponerse.

EL PRÍNCIPE JALMA

Había un viejo que tenía una hija muy hermosa. Él era muy ignorante y no sabía lo que era ni oro ni plata. Todos los días iba el viejo al bosque a cortar leña. Llevaba la leña a la ciudad y la cambiaba por comida para su mujer y su hija. Un día estaba cortando el tronco de un árbol grande y oyó 5 lamentos adentro. Luego salió un negro muy feo y le dijo:

--Me has herido y morirás por esto.

El viejo se excusó, diciendo:

--Señor, perdóneme Vd. Soy muy pobre y vengo a buscar leña para mantener a mi mujer y a mi hija. 10

--¿Y es hermosa tu hija?--dijo el negro.

--¡Oh! sí, señor--dijo el viejo;--y mucho.

--Pues bien--le dijo el negro,--yo te perdono la vida si me das tu hija por esposa; y si no, morirás. Dentro de ocho días te presentarás aquí con la contestación. Si la 15 niña quiere o no quiere, debes venir para decírmelo. Y ahora abre el tronco de este árbol y hallarás mucho oro. Puedes llevarlo a tu mujer y a tu hija.

El viejo cortó el árbol y adentro halló mucho oro. Cargó su burro con el oro y se fue a casa. Cuando llegó, su mujer y 20 su hija le preguntaron porqué venía tan tarde. Él les explicó el caso y la niña dijo que consentiría en casarse con el negro para salvar a su padre. Entonces les dió todo el oro que traía. Nunca habían visto monedas de oro y no sabían que era dinero. 25

--¿Qué es esto?--dijeron ellas.--¿Qué medallas son éstas tan bonitas?

--Será bueno venderlas en la ciudad, padre, si es posible,--dijo la niña.

El viejo se fue a la ciudad llevando su oro. Quería venderlo, 30 pero le dijeron que eran monedas de oro y que con ellas podía comprar muchas cosas. Él compró comida y vestidos para su familia y volvió muy contento a casa.

Al cabo de los ocho días, tomó el viejo su hacha y su burro y se fue al bosque. Dió algunos golpes al tronco del árbol y 35 salió el mismo negro.

--¿Qué contestación me traes?--le dijo éste.

--Mi hija consiente en casarse contigo--le dijo.

--Bien--dijo el negro;--pero hay una condición y es que las bodas se celebren a oscuras y que ella nunca trate de verme, 40 mientras yo no lo diga.

El viejo le dijo que así sería.

--Carga tu burro con todo el oro que quieras--dijo el negro--y compra todo lo que creas necesario para las bodas. Me casaré con tu hija en ocho días desde hoy. 45

El viejo cargó su burro de oro otra vez y volvió a casa. La hija salió a encontrarle. Él le dijo todo y ella consintió en todo lo que su novio quería.

Al cabo de los ocho días se celebraron las bodas a oscuras. La niña vivió muy feliz. El novio salía muy temprano cada 50 mañana y volvía por la noche.

Un día vino una vecina vieja a visitarla. Le preguntó si era feliz en su matrimonio. Ella le dijo que era muy feliz y que estaba muy contenta. Después le preguntó la vieja como era su marido, si era joven o viejo, feo o hermoso. Ella dijo que 55 no sabía porque nunca le había visto.

--¡Cómo!--dijo la vieja.--¿Te has casado y no conoces a tu marido? Esto no es posible.

--Sí--dijo ella;--pues así lo pedía antes de casarse.

--Niña--dijo la vieja.--¿cómo sabes si tu marido es un 60 perro o si es Satanás? Es necesario verle. Toma este fósforo; cuando tu marido duerma, enciende el fósforo, y le verás.

La niña lo hizo así. Cuando llegó la media noche, encendió el fósforo y miró a su marido. Vio que era muy hermoso. 65 Olvidó el fósforo y un pedazo cayó en la cara de su marido. Entonces él despertó y dijo:

--¡Ingrata, no has tenido palabra! Has de saber que soy un príncipe encantado. Yo soy el príncipe Jalma. Estaba a punto de salir de mi encantamiento pero ahora es imposible 70 por mucho tiempo. Si quieres volver a verme, tienes que gastar zapatos de hierro hasta que me encuentres. Tienes que buscarme por toda la tierra.

El príncipe desapareció. La niña empezó a llorar y sintió haber seguido los consejos de la vieja. Cuando vino ésta al 75 día siguiente, dijo a la niña:

--¿Has visto a tu marido?

--Sí--le contestó,--y lo siento muchísimo. Era un príncipe encantado y ahora nunca volveré a verle.

Se fue a la ciudad, compró zapatos de hierro y salió a 80 buscar a su marido. Visitó muchas ciudades preguntando por el príncipe Jalma, pero ninguno le conocía. Cuando llegó al fin del mundo vio a la madre del viento del Norte y la saludó.

--¿Cómo le va, buena señora? 85

--Bien, hija,--le dijo;--¿qué haces aquí, cuando ni los pájaros llegan a estos lugares? Mi hijo te comerá.

--Señora--le dijo la niña,--vengo en busca de mi marido, del príncipe Jalma. Tengo que gastar zapatos de hierro hasta que le encuentre. 90

--Yo no le conozco, hija,--dijo la madre del Norte,--pero es probable que mi hijo le conozca. Te esconderé debajo de esta olla. Cuando llegue le preguntaré.

Cuando llegó el viento, gritó:

--¡Hu-u-u-u! a carne humana huele aquí! 95

--¿Qué carne humana vendría aquí, hijo,--dijo la madre,--cuando ni los pájaros llegan a estos lugares?

Pero él siguió gritando:

--¡Hu-u-u-u! a carne humana huele aquí!

Su madre puso la mesa, y después que hubo comido, le dijo: 100

--Tengo que pedirte un favor. ¿Quieres concedérmelo?

--Hable Vd. señora--le dijo.

--Has de saber que hay aquí una niña en busca de su marido, el príncipe Jalma. ¿Sabes donde está? ¿Le conoces? 105

--Que salga la niña--dijo el Norte.

La niña salió y preguntó por su marido.

--Yo no conozco a tu marido--dijo el Norte,--pero yo creo que mi amigo el Sur puede conocerle. Te llevaré allí si quieres. 110

La niña dijo que quería ir con él y la madre del Norte le regaló una gallina de oro y trigo de oro para vender en caso de necesidad.

El Norte la tomó en brazos y la llevó al otro fin del mundo. Allí vio a la madre del Sur y ésta le dijo: 115

--¿Qué haces aquí, hija, cuando ni los pájaros llegan a estos lugares? Mi hijo te comerá.

--Vengo en busca de mi marido, del príncipe Jalma. ¿No le conoce Vd. señora? El Norte, que me trajo, dijo que pudieran Vds. darme noticias de él. 120

--Yo no le conozco, hija; pero es probable que mi hijo le conozca. La madre del Sur la escondió debajo de una olla y pronto se oyó un gran ruido y llegó el Sur.

--¡Hu-u-u-u! a carne humana huele aquí!

--¿Qué carne humana puede venir aquí cuando ni los 125 pájaros del cielo llegan a estos lugares? Siéntate a comer y hablaremos.

Después que hubo comido le dijo su madre:

--Quiero pedirte un favor, si me lo concedes.

--Hable Vd., señora, y se lo concederé--contestó él. 130

--Ha venido aquí una niña en busca de su marido, el príncipe Jalma. ¿Tú le conoces?

La niña salió y el Sur le dijo:

--No le conozco; pero te llevaré a mi amigo el Oriente y es muy probable que le conozca. 135

La madre del Sur dió a la niña una cruz de oro y el Sur la llevó al Oriente. Éste tampoco conocía al príncipe Jalma y ofreció llevarla a su amigo el Poniente. La madre del Oriente le regaló un peine de oro para vender en caso de necesidad. 140

Cuando el Oriente llegó con la niña, encontraron a la madre del Poniente. Ella recibió a la niña con gran asombro y cariño. La niña hizo las mismas preguntas y la madre contestó:

--Mi hijo le conocerá. 145

Entonces la escondió debajo de la olla.

Cuando llegó el Poniente, estaba muy enojado pero después que hubo comido, la madre sacó la niña y preguntó por el príncipe Jalma.

--Sí--le dijo,--le conozco, y sé donde está; te llevaré 150 allá. Vive preso en un palacio con una vieja bruja y su hija. La hija quiere casarse con él. Nadie puede verle y él no puede ver a nadie. Duerme bajo siete llaves.

La madre del Poniente dió a la niña una taza de oro para vender en caso de necesidad. 155

Al fin llegó la niña al palacio y supo que dentro de cuatro días se casaría el príncipe con la hija de la bruja. Ella se sentó en el jardín, y trató de hacerse pasar por una tonta. Con este motivo se lavaba la cara con barro y hacía otras muchas tonterías. Sacó la gallina de oro y le dió el trigo. 160 Los sirvientes del palacio refirieron esto a su señorita que vino a verlo. Luego le dijo:

--Dame la gallina de oro.

--No--dijo ella.

--Véndemela entonces. ¿Qué quieres por ella? 165

--Si me dejas dormir en el cuarto del príncipe, te daré la gallina.

--Bien--dijo ella;--dormirás allí.

Abrieron las siete llaves y la niña entró en el cuarto del príncipe; pero antes echaron algo en el vino del príncipe para 170 hacerle dormir. Así la niña le encontró profundamente dormido. Fué a su cama, le sacudió y le dijo:

--Príncipe, despierta, yo soy tu esposa. He gastado los zapatos de hierro según me has pedido. Ahora te he encontrado; pero si no me reconoces te casarán con otra. 175

Pero él no despertó y al día siguiente la sacaron de allí y ella se fue otra vez al jardín. Sacó su peine de oro y se peinó. Salió la hija de la bruja y lo compró bajo las mismas condiciones; pero la misma cosa sucedió con el príncipe. Al tercer día sacó ella la cruz de oro, y la hija de la bruja la compró, 180 pero la niña no podía despertar a su marido.

El cuarto día la niña sacó la taza de oro y la hija de la bruja la compró bajo las mismas condiciones. Pero el príncipe había empezado a sospechar algo y cuando le dieron el vino, no lo bebió. La niña entró en el cuarto y empezó de 185 nuevo sus lamentaciones. Le dijo:

--Si no me reconoces esta noche soy perdida para siempre. No tengo otra cosa con que pagar mi entrada al cuarto. La hija de la bruja tiene la gallina de oro y el trigo de oro y el peine de oro, y la cruz de oro y la taza de oro. Además te casarán 190 con ella mañana.

En este momento despertó el príncipe, le dió un abrazo y le dijo:

--¡Ninguna ha de ser mi esposa sino tú!

Al día siguiente celebró nuevas bodas con su esposa, y 195 mandó quemar a la bruja y a su hija.

EL PALACIO DE MADRID

El rey de España quería tener un palacio muy hermoso, el mejor del mundo. Quería tener el mejor arquitecto de Europa para construir este hermoso edificio y le buscó por todas partes. Al fin encontró uno muy bueno y muy nombrado. Le prometió grandes sumas de dinero para construir su palacio. 5 El arquitecto empezó la obra y la acabó en breve plazo. El rey estaba satisfecho. Entonces el rey dijo para sí:

--Si este hombre puede hacerme un palacio tan magnífico, puede hacer lo mismo para otro rey. Yo no quiero que otro rey tenga un palacio tan bueno, tan magnífico, como el mío. 10 ¿Qué haré?

Un día convidó a comer al arquitecto famoso y le preguntó si podría hacer otro palacio como el que había concluido. El arquitecto contestó que sí.

El rey le manifestó que no quería que construyese otro 15 palacio. Él quería tener el mejor palacio del mundo. Prometió darle grandes tesoros si daba su promesa de no hacer otra obra como aquélla. El arquitecto estimaba su fama más que todo y se negó a darle su palabra.

Cuando el rey vio que no podía obtener la promesa deseada, 20 mandó que aprisionasen al arquitecto. Después de esto, le sacaron los ojos, para que no pudiera dirigir ninguna otra obra; le cortaron los brazos, para que no pudiera trazar los planos; y también le cortaron la lengua, para que no pudiera comunicar a nadie sus conocimientos. Pero le dió el rey 25 habitación en el palacio y grandes riquezas. Todos los días estaba sentado el arquitecto a la mesa del rey. Los criados tenían que darle de comer porque no tenía brazos. Así estuvo viviendo de esa manera hasta que murió.

Sobre los pequeños pilares que forman la cornisa del palacio 30 se puede ver el busto de un hombre. Como todos los bustos, no tiene ni brazos ni ojos. Según el pueblo este busto es la efigie del arquitecto que dirigió la erección del palacio. Se cree que el rey lo puso allí para honrarle en muerte.

LAS METAMORFOSIS DEL PICAPEDRERO

Había una vez un hombre que cortaba piedras de una roca. Su trabajo era largo y penoso, y muy mezquino en su salario, por lo que suspiraba tristemente. Un día, cansado de su ruda tarea, exclamó:

--¡Oh! ¿Por qué no seré yo bastante rico para pasar la 5 vida tumbado sobre un blando lecho, provisto de cortinas que me libren de los mosquitos?

Entonces un ángel descendió del Cielo y le dijo:

--Que tu deseo sea satisfecho.

Y el hombre fue rico, y reposaba en blando lecho, provisto 10 de cortinas de seda roja. Pero he aquí que el Rey de aquel país llega en su magnífica carroza, precedido y seguido de lujosos caballeros y rodeado de servidores que sostienen una sombrilla de oro sobre su cabeza.

El rico se sintió entristecido por este espectáculo y dijo 15 suspirando:

--¡Oh, si yo pudiera ser rey!

Y el ángel descendió del Cielo, y le dijo:

--¡Que tu deseo sea satisfecho!

El hombre fue Rey y se paseaba en una magnífica carroza 20 precedida y seguida de lujosos caballeros, y le rodeaban servidores que sostenían sobre su cabeza la sombrilla de oro.

El Sol brillaba de tal modo que sus rayos quemaban la hierba. El Rey se abrasaba de calor y decía que quería ser cómo el hermoso astro. 25

Y el ángel descendiendo del Cielo le dijo:

--¡Que tu deseo sea satisfecho!

Y el Rey fue transformado en Sol, y sus rayos se derramaban sobre la tierra, abrasando las hierbecillas y haciendo brotar el sudor del rostro de los Reyes. Pero una nube se eleva en los 30 aires y tapa su luz. El Sol se irrita al ver su poder menospreciado y grita que se cambiaría por la nube.

Y el ángel desciende del Cielo y le dice:

--¡Que tu deseo sea satisfecho!

Y el Sol se convierte en nube que sombra a la tierra, y las 35 hierbecillas reverdecen.

Y la nube se abrió y de sus flancos corrieron torrentes de agua que inundaron los valles, devastaron las mieses y ahogaron las bestias; pero nada podían contra una roca, a pesar de embestirla el oleaje por todos lados. 40

Entonces gritó la nube:

--Esa roca es más poderosa que yo; quisiera ser roca.

Y el ángel desciende del Cielo y le dice:

--¡Que tu deseo sea satisfecho!

Y la nube fue convertida en roca, y ni el ardor del Sol, ni la 45 violencia de las lluvias podían conmoverla. Pero llega un obrero que comienza a golpearla, haciéndola pedazos con su martillo, y la roca exclama:

--Este obrero es más poderoso que yo; ¡Quisiera ser este obrero! 50

Y el ángel desciende del Cielo y le dice:

--¡Que tu deseo sea satisfecho!

Y el pobre hombre, transformado tantas veces, vuelve a ser el picapedrero que trabaja rudamente por un mezquino salario y vive al día contento con su suerte. 55

EL CABALLO DE ALIATAR

D. Pedro Gómez de Aguilar tenía una magnífica finca cerca de la ciudad de Cabra. Un día del mes de noviembre le avisaron que sus colonos habían abandonado la finca a causa de una invasión de los moros. D. Pedro no podía creer las noticias y sin decir nada a sus hijos, montó a caballo y se fue 5 a la finca para informarse del suceso.

Llovía a cántaros y no vio a nadie en el camino. Al llegar a su finca no vio a nadie tampoco y creía que ya se habían ido los moros.

Algunos momentos después se vio rodeado de cuarenta de 10 ellos a las órdenes del famoso alcaide de Loja, Aliatar. La resistencia y la fuga eran imposibles. Gómez de Aguilar tenía que rendirse.

--¿Dónde están sus hijos?--preguntó Aliatar a D. Pedro.

--He venido solo, porque no podía creer que se atreviese 15 Vd. a llegar hasta aquí.

Sonrió el viejo alcaide, enseñando unos dientes todavía blancos y replicó:

--Me habían ponderado mucho su finca y tenía deseos de conocerla. Pero como sus colonos habrán dado la alarma, 20 vamos ahora hacia Carcabuey y es preciso que nos acompañe Vd.

--Aliatar, fije Vd. el precio de mi rescate, y, si no es demasiado, le doy palabra de que lo recibirá en Loja antes de dos días. 25

--No dudo de su palabra, mas prefiero su persona a su dinero.

--¿Quiere Vd. canjearme por uno de los suyos...?

--No tienen Vds. un prisionero nuestro que valga tanto como Vd. Así, pues, debe Vd. resignarse y seguirnos. 30

Se pusieron en camino, pero no se atrevían a seguir el camino frecuentado. Tenían que marchar uno a uno por sendas extraviadas. D. Pedro iba en el centro, junto a Aliatar, y los dos caballeros hablaban amigablemente.

Llegó una ocasión en que se encontraron solos, pues los de 35 adelante habían caminado más aprisa que los de atrás. Tenían a sus pies un barranco. Al instante comprendió Gómez de Aguilar que se le presentaba una ocasión favorable para salvarse. Tiró al caudillo árabe al barranco, le sujetó y amordazó. Le quitó sus armas y le obligó a esconderse 40 con él.

Empuñó D. Pedro su puñal y dijo a Aliatar en voz muy queda:

--Si se mueve Vd., le mato. Los suyos vendrán en seguida a buscarnos. 45

--Mi palabra le doy, Gómez de Aguilar. No necesita Vd. mordaza para mí.

Se la quitó su enemigo. Fiaba en la palabra de Aliatar como en la suya, porque la fama del alcaide de Loja era la de un perfecto caballero. 50

En efecto, pronto empezaron los árabes a buscar a su jefe y al prisionero. Algunos se dirigían al escondite. Los momentos eran supremos.

Nunca había estado Gómez de Aguilar en peligro tan inminente 55 de su vida. Aquellos hombres no le habrían dado cuartel.

Volvió sus ojos a Aliatar. Éste no se movía y sus ojos parecían decir:

--Yo no me moveré; y no los llamaré. 60

Pero a veces brillaba en su mirada una viva esperanza que Gómez de Aguilar interpretaba en estas palabras:

--Pero es muy probable que nos encuentren sin llamarlos y sin moverme.

Al fin estaban dos de los moros a cuatro pasos del escondite. 65

Otra vez empuñó D. Pedro su puñal y miró a Aliatar.

El caudillo seguía inmóvil y sus ojos le dijeron:

--No dude Vd. de mí; no me moveré; no los llamaré.

En este momento oyeron el galope de un escuadrón y los dos moros huyeron del sitio. 70

El escuadrón era mandado por el Conde de Cabra. Sorprendió y derrotó a los moros. Entonces salió D. Pedro Gómez con el caudillo.

Refirió al conde lo que había ocurrido y éste le dijo:

--En rigor, Aliatar es también mi prisionero, Don Pedro. 75 Es honor que he buscado muchas veces en los campos de batalla.

En confirmación de estas palabras el prisionero movió tristemente la cabeza y dijo al conde:

--En Alora me hirió su lanza y estuve a punto de caer en 80 sus manos, pero me salvó este caballo. Mírenlo Vds., es atigrado, pero más fuerte y más valiente que un tigre.

Y el viejo Aliatar acarició al hermoso bruto y exclamó tristemente:

--¡Pero ahora, mi Leal, no puedes salvarme! 85

Esta escena conmovió igualmente a los dos caballeros, e inflamados por el mismo sentimiento.

--¡Aliatar, es Vd. libre!--exclamó D. Pedro Gómez de Aguilar.

--¡Sí, libre!--añadió el Conde de Cabra. 90

Como seguían los caminos intransitables el moro tenía que aceptar la hospitalidad que le ofrecieron para aquella noche.