Chapter 7
Antes de abrir el armario, cerré las puertas para evitar una sorpresa casual de los criados.
Luego abrí temblando el espejo que servía de puerta al armario.
En una tabla, cuidadosamente pegado a un rincón, estaba el cofrecillo.
En aquella misma tabla había otro objeto.
Un gancho de trapero.
El gancho representaba su pasado.
Acaso el cofrecillo constituía su presente.
Acaso yo al abrir aquel cofrecillo determinaría su porvenir.
Cuando el porvenir es sombriamente misterioso, tememos conocerle: como el preso por una causa grave teme conocer la sentencia del juez.
Durante algunos minutos vacilé; dudé si debía desentrañar el misterio que guardaba aquel cofrecillo, o si prefería la duda a la verdad.
Tres veces extendí mi mano hacia el cofrecillo, y tres veces la retiré.
Pero por terrible que sea la verdad es preferible a la duda.
Me apoderé al fin del cofrecillo, le puse sobre la mesa y le abrí.
Al abrirle mi corazón no latía.
Lo primero que vi fue un pequeño estuche.
Le abrí y encontré... la cruz de brillantes que le había regalado el día que por primera vez almorzó conmigo.
La existencia en el cofrecillo de aquella cruz, me dio no sé qué aliento, qué esperanza vaga, qué alegría íntima.
Luego seguí en mi inspección:
Buscaba el retrato y le hallé cuidadosamente envuelto en un papel muy usado.
Necesité hacer un violento esfuerzo para mirar aquel retrato; pero cuando le miré...
¡Oh! ¡Dios mío! ¡cuando le miré creí morir!
El retrato que Amparo besaba llorando; que estrechaba contra su corazón y contra sus labios contemplando el cual pasaba inmóvil hora tras hora... aquel retrato...
¡Aquel retrato era el mío!
* * *
¿Me habría yo engañado?
¿Habría otro retrato en el cofrecillo? sería aquel otro el que besaba Amparo.
Revolví, busqué y encontré otro retrato.
Pero era un retrato de mujer, y tenía el marco negro.
Yo estaba seguro de que el retrato que besaba Amparo estaba contenido en un medallón dorado.
Aquel retrato era el mío.
* * *
Sentí una vaguedad fría en mi cabeza: mis ojos se oscurecieron, no pude sostenerme de pie, y me senté en el mismo sillón en que ella se sentaba.
Y allí, replegado sobre mí mismo, con la cabeza entre mis manos, creí revolviendo mi destino; pasar mis dudas y mis celos; calmarse lentamente mi desesperación; desaparecer mi presente de hacía un momento, e ir creciendo aquel mi otro presente que hacía un momento había nacido.
Sentí comprimirse mi corazón, como necesitado de arrojar de sí un peso insoportable, y luego sentí que mi corazón se dilataba y lloré en un llanto largo, tranquilo, dulce, toda la hiel que había ido depositándose en mi corazón.
Y luego me sentí inflamado de un fuego dulce, para mí desconocido; de un fuego que parecía aislar dentro de sí mismo mi alma, purificarla, levantarla hasta el cielo; pareciome tenerla en contacto con Dios, bendecida por él; luego me sentí completamente abstraído, espiritualizado, fuera del contacto de todo lo terreno, y pareciome tocar con mi espíritu el espíritu de Dios, del Dios justo y bueno que premia a los que lloran; y creí en Dios y le confesé con la inmensidad de mi pensamiento.
Y ya no dudé, no: y al consagrar mi felicidad a Dios, me alcé fuerte y tranquilo, lleno de vida y de juventud y de esperanza.
Aquel sueño de redención y de paz había pasado, y su reciente recuerdo difundía en mi ser una calma inefable; ya mi aliento no salía ronco y fatigoso de mi pecho: la vida me era fácil: el sol que penetraba por las ventanas del jardín, tenía color de gloria: mis ojos veían luz: mi pecho respiraba aire: parecíame que el espacio era armónico, que todo me sonreía, que todo se asociaba a mi felicidad.
Al fin había encontrado aquel amor infinito, necesidad ardiente de mi alma.
Al fin Dios me dejaba ver el ángel de fuego que debía ser paz y mi gloria sobre la tierra.
Amparo me amaba.
Yo era el hombre más rico de la tierra; todo lo que había ansiado lo tenía.
* * *
Los que no hayáis amado con toda vuestra alma y sin esperanza, no podéis comprender lo que acabo de deciros.
Os reiréis de mí, y creeréis hacerme mucho favor llamándome solamente loco.
Yo escribo para los que sufren; para los que lloran.
Los que no veis la vida sino al través del escepticismo, no podéis comprenderme.
¡Callad! porque si estoy loco, mi libro es una verdad.
La verdad de la locura.
¿Estáis vosotros seguros de que tenéis razón?
¡Ah! ¡ah! ¡ah!
* * *
Puse otra vez los dos retratos y el estuche en el cofrecillo, éste en su lugar, cerré el armario, y no sabiendo adónde había ido Amparo, me resigné a esperar su vuelta con la menor impaciencia posible.
Al pasar por su gabinete vi una carta abierta sobre un velador.
Aquella carta era sin duda la que había causado la precipitada salida de Amparo.
La leí y palidecí como ella había palidecido.
El padre Ambrosio había sido atacado de una congestión cerebral, y el médico que le asistía lo participaba a Amparo.
Entonces comprendí por qué Amparo había salido de casa con tal precipitación.
Yo salí del mismo modo, y recorrí en algunos minutos la distancia que separaba mi casa de la del exclaustrado.
La primera persona que encontré en la habitación del religioso, sentada y triste junto a una puerta cuyas cortinas estaban corridas, fue a Amparo.
Al verme se levantó de una manera nerviosa, y sus ojos se fijaron en mí con una alegría inmensa, pero aquella alegría tuvo la duración de un relámpago.
--¡Ah!--dijo--yo no esperaba... que volviéseis tan pronto.
--¡Oh! sí--la dije--no puedo vivir separado de ti.
Y acercándome a ella, la abracé y la besé en la boca de una manera ardiente.
Amparo dio un gritó, se retiró y me miró de una manera profunda.
Yo me rehice.
--He visto la carta en que te anunciaban el triste estado de nuestro amigo--la dije.
--¡Oh! sí--dijo ella rehaciéndose a su vez--yo corrí, volé; pero...--añadió tristemente--todos hemos llegado tarde.
--¡Ha muerto!
--No: pero no hay esperanza; se ha hecho cuanto puede hacerse.
Amparo calló y quedó profundamente triste.
--¿Y estás... sola?
--Sí... el infeliz duerme; Teresa ha ido a casa para que vengan Juan y María; he mandado traer una cama; me siento mala, desesperada, Luis; era mi padre.
* * *
El buen exclaustrado murió aquella misma tarde.
Amparo volvió a casa desolada, impresionada fuertemente; se encerró en su aposento, y yo respeté su dolor.
* * *
Me vi obligado a continuar durante algunos días mi antiguo papel de hermano.
Al fin, una mañana, Amparo me dijo:
--Siéntate a mi lado, Luis.
Me senté en el sofá junto a ella.
--Necesito que me expliques--me dijo--ciertas cosas que no comprendo bien. Desde que has vuelto de tu extraño viaje eres otro.
--¿Otro?
--Sí por cierto, antes sufrías; ahora no sufres; antes no tenías ni fe ni esperanza; ahora... Luis; yo veo en tus ojos otra vida... Luis; tú has encontrado la felicidad que buscabas... yo quiero saber la causa de tu felicidad.
Amparo tenía menos paciencia que yo, y pasaba la primera el límite que tácitamente nos habíamos señalado.
Quise facilitarla el camino adelantándome a ella.
--Te engañas, Amparo--la dije--yo no soy feliz, bajo el punto de vista que tú crees.
--¡Oh! sí, sí; yo no me engaño--me respondió.
--Pues te has estado engañando hasta ahora; por mejor decir, yo he sabido engañarte.
-¡Tú!
-Sí.
--¡Cómo!
--Tú no has conocido mis celos.
--¡Tus celos! ¡amas acaso!
--Sí, con toda mi alma, con toda mi fe, con todo mi entusiasmo.
Y la rodee un brazo a la cintura.
--¡Oh! ¡qué es esto! ¡Dios mío!--exclamó Amparo levantándose pálida como un cadáver.
--Mis celos son justos--dije fingiéndome desesperado--tu amor hacia un ser misterioso, te hace horrible toda demostración de amor por mi parte.
Amparo continuaba de pie, aterrada, muda, pálida, fijando en mí una mirada llena de ansiedad, de temor, de duda; ávida, dolorosa, suplicante, llena de impaciencia.
Yo la atraje a mí y la senté sobre mis rodillas sin que ella opusiese resistencia; inclinó la cabeza sobre el pecho, luego la alzó, me miró destellando de sus magníficos ojos negros un fuego casi divino, y me dijo con las manos puestas sobre mis hombros con la boca entreabierta, los labios trémulos, embriagándome con el perfume de su aliento.
--¡Luis! ¡Luis! ¡ten compasión de mí!
Y luego reclinó la cabeza sobre mis hombros, y rodeó sus frescos brazos a mi cuello.
--¡Yo te amo!--la dije con voz opaca y ardiente rozando con mis labios sus mejillas.
Amparo se estremeció y rompió a llorar.
--¡Te amo--continué--no sé desde cuando! me parece que te he amado toda mi vida; que te amaba antes de nacer.
Amparo se estrechó más contra mí.
--He callado, porque debía callar; he sufrido cuanto he podido sufrir; pero ya no puedo sufrir más, porque tengo celos.
Amparo levantó su cabeza de sobre mi hombro, y me miró con una expresión triste, grave, solemne, al través de sus lágrimas.
Luego me dijo con voz opaca y reconcentrada:
--¡Celos tú! ¡celos por mi amor y celos de otro hombre! ¡Esto es horrible! ¡Esto no puede ser!
Fue para mí tan inesperada esta exclamación de Amparo, que me estremecí, y brotaron a mis ojos, sin duda, todos mis enamorados deseos, porque las mejillas de Amparo se coloraron, y pasó por sus labios una indicación de sonrisa inefable.
--¿Con que yo lo soy para ti?--añadió--¿con que has sufrido y has callado y has mentido, como yo he sufrido, mentido y callado? ¿con que por una obcecación mutua hemos estado a punto de ser los más desgraciados de la tierra?
--¿Pero ese hombre? ¿ese hombre a quien amas? ¿es imposible de tu deseo?...
--Ese hombre, eres tú--me dijo exhalando en un grito inmenso toda su alma, y dejándose caer abandonada y trémula entre mis brazos.
--¡Oh! qué feliz soy--añadió sollozando de placer--¡Dios! ¡y tú!
* * *
La memoria es un don funesto.
¡La memoria, que nos trae en la desgracia, el encendido recuerdo de la felicidad perdida!
¡Oh! ¡la memoria!
¡Si Satanás no tuviese memoria, no estaría condenado!
* * *
Después de esto había en el manuscrito que me había entregado mi amigo el loquero del hospital de Zaragoza, algunas hojas rasgadas.
Púsome de muy mal humor esta laguna que aparecía de repente, acaso en la parte más interesante de la historia de aquel pobre loco; y tanto más, cuanto en algunos girones de hojas que habían quedado adheridos, se leían algunas frases que demostraban que Luis no había sido muy feliz después de su matrimonio.
Pero para subsanar en cierto modo esta falta, quedaban íntegras más allá de las hojas rasgadas, algunas otras escritas con seguridad, y aun nos atreveremos a decir con reflexión, en estado de razón completa.
He aquí aquellas páginas:
* * *
He despertado de un largo sueño.
No sé cuánto tiempo ha durado mi sueño.
Pero ha debido de ser largo.
Me he encontrado en una prisión.
Esto es; en un pequeño aposento, cuya puerta demasiado fuerte, tiene una rejilla espesa, y al que da luz una ventana con reja que corresponde a un jardín abandonado.
En este aposento he visto algunos muebles modestos, y una cama de forma extraña, inclinada, y a lo largo de cuyas maderas hay algunas correas.
Estas correas demuestran que algunas veces ha habido necesidad de sujetar en aquel lecho, a la persona que en él durmiese.
Estando ese lecho en mi aposento, o yo en el aposento donde está ese lecho, claro es que la persona a que alguna vez se han visto en la necesidad de sujetar, soy yo.
¿Y por qué razón ha podido haber esa necesidad de sujetarme?
Yo no me acuerdo de nada.
Tengo un recuerdo confuso de una noche en que bebí demasiado, en que me escité demasiado, en que ardía mi cabeza, en que me parecía sentir dentro de ella un vacío doloroso.
Recuerdo que entonces tenía yo veinte y cuatro años; que era desgraciado, porque la vida era para mí monótona, porque me había hastiado de todo.
Recuerdo que yo buscaba una vida artificial, en los excesos, en el abuso de los licores fuertes.
He debido pasar mucho tiempo sin la conciencia de mi existencia, o mejor dicho, el período de mi existencia, cuyos sucesos no recuerdo, ha debido de ser largo.
Porque me he mirado a un espejo que tengo aquí colgado en la pared, y me he encontrado viejo, enfermo, horriblemente demacrado, con todas las señales de la tisis.
He encontrado en mi mesa un manuscrito: manuscrito mío, no puedo dudar de ello.
Ese manuscrito me ha dicho que he estado loco, que he soñado.
Que he vivido muchos años, entregado a una pesadilla dolorosa y que despierto para morir.
He recobrado indudablemente la razón.
Al entrar un hombre con mi comida me ha mirado con asombro, y me ha llamado: «señor duque.»
¡Con que ha muerto mi pobre tío!
¡Con que es verdad lo que dice ese manuscrito!
¿Quién sabe?
He preguntado acerca de mí mismo, acerca de mi tío, y nada ha sabido contestarme el director del establecimiento.
Un día me trajeron aquí porque estaba enteramente loco.
Un curador, nombrado judicialmente, ha cuidado de mis bienes, porque yo no tengo parientes.
He mandado llamar a ese hombre.
--¿Qué sabe usted de la causa de mi locura? le he preguntado.
--Nada puedo contestar a vuecencia, me ha respondido, sino que fue recogido de las calles públicas por donde vuecencia discurría diariamente perdida la razón: ningún pariente se presentó a reclamar la curaduría de vuecencia como demente, y esa curaduría se me ha conferido por providencia judicial: vuecencia ha recobrado la razón, y estoy dispuesto a darle cuentas.
--No se trata ahora de eso. ¿Soy yo viudo?
--Lo ignoro, señor: en Zaragoza se sabe únicamente que un día llegó vuecencia en una silla de posta, procedente de Madrid, a la fonda de las Cuatro naciones, en donde tomó el mejor aposento: en el pasaporte de vuecencia constaban su nombre y su título: muy luego se comprendió que vuecencia estaba gravemente enfermo: al cabo su enfermedad se agravó: lo que antes era una monomanía tranquila, se convirtió en una locura furiosa, y fue preciso...
--Bien, bien; pero para reconocer mi título y mi nombre debió identificarse mi persona.
--Sí, señor.
--¿Y no consta en las diligencias judiciales mi estado?
--No, señor.
--¿Y nadie me conocía en Zaragoza?
--No, señor.
--Pues bien, es necesario que usted, u otra persona de confianza, vayan a Madrid: yo daré a usted, o a esa persona, cartas para mis antiguos amigos. Necesito saber un período de mi historia que durante mi enfermedad he olvidado.
* * *
Este hombre, que es un honrado propietario aragonés, ha partido para Madrid.
Pero me temo que cuando vuelva...
Esta tos seca, lenta, sin esfuerzo...
Me he visto obligado a guardar cama.
* * *
¡Amparo!
¡Una mujer formada por la educación, sostenida por la virtud, por lo exquisito de su sentimiento!
Esta mujer debe de haber sido un sueño mío.
Esta mujer no ha existido.
Ha sido un hermoso sueño de primavera.
Una horrible pesadilla de verano:
¡Esa mujer!
¿Y si ella hubiese existido?
¿Si no hubiera sido el sueño de un loco sediento de amor?
¡Oh! ¡qué horrible desgracia!
He rasgado la parte más dolorosa de ese sueño o de esas memorias.
La he rasgado y la he quemado temeroso de volver a la locura si leo mucho ese fragmento horrible.
Pero su recuerdo está fijo en mi memoria.
Un día entré yo en mi casa, como suele entrarse por casualidad, sin ser notado.
En el gabinete de mi mujer hablaba un hombre.
Uno de mis mayores amigos.
Pretendía una cosa horrible.
Pretendía que ella me hiciera traición.
* * *
Yo maté a aquel hombre.
Le maté como mata un caballero a un infame que le ha ofendido.
En duelo, con peligro de mi vida.
* * *
Todo esto ha debido ser un sueño.
* * *
¡Pero que sueño tan horrible!
Y si no ha sido sueño. ¡Qué verdad tan aterradora!
Parece que Dios me ha dicho:
«Tu dudaste de mí, y me negaste al cabo:
»Yo tuve compasión de ti, y te envié en Amparo un ángel de redención;
»Después te sujeté a una prueba;
»Te hice sufrir una injuria;
»Tú no supiste perdonar la injuria y levantaste tu mano armada contra un hombre y le mataste.
»Tú no eras merecedor de la felicidad.
»El ángel que yo te había dado, vio sangre humana en tu frente y se horrorizó de ti...
»Y el horror le mató.
»Le mató como un tósigo lento.
»Y el hijo, el hermoso hijo que el amor de Amparo te había dado, privado de la ternura de su madre, murió también...
»Y tú enloqueciste.
»Y como Caín el maldito, fuiste separado de tus hermanos.»
* * *
Si esto ha sido verdad... ¡Oh Dios mío! tu justicia ha sido severa; severa e implacable.
Si ha sido un sueño, ¿para qué me has dado ese ardiente sueño, Dios mío, ese sueño escrito por mi mano, que me hace dudar, que me envenena el alma?
¿Será acaso ese sueño un castigo a mi impiedad, a los impuros desórdenes de mi juventud?
* * *
¡Cuánto tarda ese hombre que ha ido a Madrid!
Me siento cada día más débil.
Cada día escribo con más dificultad.
Ignoro si podré concluir.
* * *
Escribo estas últimas líneas en el lecho.
Apenas tiene fuerza mi mano para sostener la pluma.
Tal vez ese hombre no llegue a tiempo.
Oídme por la última vez:
No dudéis de Dios: si sois desgraciados, aceptad resignadamente la desgracia: si Dios os da la felicidad, no os hagáis indignos de ella; y nunca, oyendo la voz de vuestras pasiones, siguiendo a ese fantasma que se llama honor, echéis sangre sobre vuestra frente: sufrid y perdonad, no sea que os pregunte Dios cuando en un momento de desesperación le pidáis cuenta de vuestra desgracia:
¡Caín! ¿qué has hecho con tu hermano Abel?
* * *
Aquí concluían las memorias del loco. Tuve la tentación de esclarecerlas, pero me detuvo el temor de encontrar en el esclarecimiento de estas memorias algo demasiado horrible.
Si hemos presentado a nuestros lectores una obra incompleta, perdónennos, porque no hemos podido hacer más.
FIN